SUEÑOS Y RECUERDOS

 

 

”Cada uno de nosotros posee un mundo interior de sueños y recuerdos, imperceptible a los demás – decía Juan Benet y, como tal, llegamos a la ineludible conclusión de que el texto literario no puede ser más que un vano reflejo de una realidad interna, la del autor. ¿Quién mejor que él va a conocer su intención y significado, sea expreso o tácito, su estilo, su tratamiento narrativo, su relación con la propia experiencia, el medio cultural en el que fue engendrada, las influencias que lo marcaron, etcétera? El escritor que quiera reflejar mejor la realidad tendrá que crear un texto lleno de zonas oscuras, contradicciones y ambigüedades, e intentar resolver los enigmas daría al traste con su obra.”

(Imagen –Man Ray – autorretrato)

LOS CUADERNOS DE PIERRE MICHON

 

 

“El cuaderno de notas para mí – confesaba Pierre Michon – lo es todo: es un cajón de sastre. Lo mismo hay en él notas orientativas, citas, fragmentos de cosas vistas o leídas que frases redactadas, cadencias, metáforas… Son ideas, pero que suelen limitarse en general a una palabra o a una simple expresion. Es un recordatorio, un conjunto de recursos de los que se deja constancia de forma nemotécnica. Tengo esos cuadernos al alcance de la mano cuando escribo y los hojeo con frecuencia mientras trabajo, y, al hojearlos, voy pescando en ellos lo que puede alimentar mi redacción. Es una reserva. Es eso que en los cuadernos de Flaubert se dice al principio “provisional”, pero con la diferencia de que para mí el cuaderno puede desempeñar también un papel de activación. Lo que anoto en el cuaderno durante el propio período de redacción puede servirme al día siguiente para volver a arrancar gracias a una acometida o a una idea que estaba allí sin saberlo.

 

 

Las hojas sueltas las pierdo. De hecho, lo de tomar notas puede ser completamente  ocasional: muchas veces tomo notas según se me ocurren, en donde sea, y a veces en hojas sueltas, pero me esfuerzo en pasarlas a un cuaderno para tener la seguridad de poder localizarlas llegado el momento. La fuerza del cuaderno reside en su estabilidad física. La posibilidad  de reunir en él cosas heterogéneas que tienden a un mismo proyecto (…) El cuaderno permite la salvaguarda material de las notas, el almacenamiento de ideas: es una zona activa (…) Hojear un cuaderno es consultarlo en desorden, dejar una oportunidad  a las interconexiones nuevas que surgirán de la consulta  de unas  cuantas páginas abiertas al azar. Voy al cuaderno para espigar cosas de inestimable valor para la escritura, pero como un inventor, como el que descubre tesoros, sin intentar conocer el inventario exacto de las riquezas que he depositado en él. Es algo así como una cueva de Alí Babá que la mayoría de las veces visito sin determinación alguna”.

 

 

(Imágenes- 1- Irene Nemirovsky /2- Brígida Baltar / 3- Alejandra Laviada)

ESCRIBIR SEGÚN PLA

 

 

“Para llegar a escribir alguna cosa que tenga un cierto sentido – decía Pla– hay que haber escrito muchísimo. Escribir muchísimo no supone ningún sacrificio, antes al contrario, es un placer — sobre todo si se tiene algo que decir, por poco que se diga. La literatura  no tendría ningún sentido si no fuese por el placer que produce escribir. No creo que haya nada más eficaz contra el tedio (…) Hay personas que escriben a raudales — en todas las actividades literarias — con una sorprendente facilidad. Y hay otras que escriben con mucha más lentitud, y aún así, la coherencia de la escritura es muy difícil de conseguir. Yo he formado parte siempre de esta clase de personal. Escribir pausadamente — a veces utilizando pausas muy largas — , ésta es la fórnula que yo he utilizado.

 

 

(…) Ahora: el acto de dedicarse a escribir, el acto de publicar, ¿a través de qué facultad humana se produce? A mi entender, se describe con el propio temperamento. Si, además del temperamento, el posible escritor posee una determinada cantidad de espíritu, mejor que mejor. Es llover sobre mojado, lo cual, en estos países tan fríos, áridos y secos, es de una gran eficacia. Escribir con el temperamento — eso es lo esencial. Hay que escribir con el temperamento, pero lograrlo es difícil. La timidez y el convencionalismo han creado otra clase de escritor: el escritor ficticio, el que apunta, el que no tira nunca, el que diluye los adjetivos — cuando no pone unos por otros, más amables, menos sorprendentes, menos sin pena ni gloria”.

 


 

(Imágenes-1- Josep Pla- Fundación Pla – Josep Verges/ 2- foto Harold Davis/ 3- Hossein Zare)

CÓMO SE CONSTRUYE UN CUENTO

 

 

“Un cuento no siempre responde a los mismos estímulos, obedece a una intranquilidad interna tal vez por estar obsesionado por un personaje – decía Sergio Pitol – , o por una o dos frases que uno ha oído al azar en un café, o una tonadilla de canción que repites sin saber por qué; casi todos mis cuentos están muy ligados a cosas que he visto y escuchado que después transformo. En mi apego a la realidad no me gana ni el más obsesivo realista. No puedo casi imaginar si no veo algo, oigo una conversación, veo una cara con determinada expresión que después, a veces muchos años después, brota de la memoria. Todo empieza a esbozarse muy vaganente; de pronto en medio de esa vaguedad comienzo a estructurar una historia que se anuda con algunas preocupaciones nmediatas. Al escribir el borrador de un cuento se organiza de inmediato la trama; todos sus componentes surgen inmediatamente , y construyen una estructura que para mí es fundamental. En el primer bosquejo el lenguaje puede ser muy elemental, redacto como un niño de once o doce años (…) para mí algunos detalles me resultan como sostenes de la historia y le imprimen verosimilitud;  permite un encuentro con la realidad y transforma esa realidad. Después empieza el trabajo verdaderamente difícil, el que más me gusta, convertir en una geometría lo que ha llegado como un flujo: añadir, mutilar, ordenar. En esa fase empiezo a redondear los personajes ( …) En general una vez publicados los cuentos dejan de interesarme; debo seguir escribiendo y enfrentarme a otro tipo de problemas  y a requerimientos diferentes.”

 


 

(Imágenes- 1- Eyvind Earle – 1976/ 2- Thomasz Kaluzny)

HOJITAS DE PAPEL

 

 

“Yo escribía mis poemas – decía el poeta italiano y Premio Nobel de Literatura, Eugenio Montale – en hojitas de papel. Unas veces las conservaba, otras la muchacha las tiraba como basura. Esto asemás porque nunca he tenido hojas de papel. Aún hoy, cuando tengo que escribir una carta, tomo ese papel que da el periódico y que es el peor papel italiano, el más económico. Luego no se puede borrar  ni siquiera con la goma, porque se hacen manchas horribles. Así pues, divido en dos partes la hoja y allí escribo, siempre disculpándome  por el papel. Una vez, el profesor Molaioli, apiadándose por mi caso, me mandó un paquete de papel precioso. Pero ese es demasiado bonito.  Debe de estar allí todavía. Sería menester escribir en él autógrafos inmortales. Entonces, escribía en pedacitos de papel, a veces hasta en billetes de tranvía. Pero no sólo apuntes. Nacían en ellos partes enteras de poemas (…) Pero sigo escribiendo. He escrito poesías durante treinta y cinco años. Son muchos. De hecho ya habría debido morirme. Los grandes poetas mueren pronto. Se ve que soy un poeta muy pequeño, puesto que no muero. Hay excepciones. Víctor Hugo produjo en la vejez. Yeats escribió en la vejez. Pero, ¿por qué? Porque de joven no había encontrado todavía su fisonomía. Comenzó a encontrarla a los cincuenta años.”

(Imagen – Gerhard Richter)

EL AUTOBÚS Y EL ESCRITOR

 

 

“Sabes que cuando visitas una ciudad o un país nuevo por primera vez lo ves todo con extraordinaria viveza – recuerda Dorothea Brande enPara ser escritor” -. Los enormes autobuses rojos cruzando Londres, por el lado contrario de la calle para cualquier extranjero que los vea por primera vez: pronto serán tan fáciles de esquivar como los autobuses verdes de Nueva York para los neoyorquinos, y tan poco maravillosos como el escaparate de la droguería por el que pasas todos los días camino del trabajo. Pero ese escaparate, ese tranvía que te lleva a la oficina, el metro abarrotado, puede parecerte más raro que el mismísimo Xanadú, si te niegas a darlo por visto. Cuando te subes al autobús, o caminas por la calle, dite a ti mismo que durante quince minutos percibirás y te narrarás a ti mismo todas y cada una de las cosas sobre las que se posen tus ojos. El autobús: ¿de qué color es por fuera? ( Y no sólo si es verde o rojo, sino si es color verde hierba o verde aceituna, colorado o burdeos.) ¿Por dónde se entra? ¿ Lleva conductor y revisor, o el conductor y el revisor son la misma persona? ¿ De qué colores es por dentro, en las paredes, en el suelo, en los asientos? ¿ Cómo son los carteles que tiene en su interior? ¿ En qué sentido están colocados los asientos? ¿ Quién está sentado delante de ti?  ¿ Cómo van vestidos los pasajeros, cómo se sientan, en qué postura están de pie, qué leen? ¿Duermen profundamente? ¿Qué sonidos oyes, qué olores te llegan, qué tienes en la mano, qué sensación te da, cómo es el tacto de ese abrigo que te ha rozado? Después de unos momentos puedes abandonar la percepción intensa, pero acuérdate de ponerla en marcha otra vez cuando cambies de escenario.”

El autobús había sido ya casi personaje en la sucesión de variaciones ofrecidas por Raymond Quenau en “Ejercicios de estilo”. Pero aquí es otra cosa : son las recomendaciones de siempre para poder escribir y describir: la mirada, la observación, los detalles, el esfuerzo intenso para contar algo haciéndolo único: desde Maupassant a Flannery O’Coonor, es el mapa de los detalles nacidos de una minuciosa observación que nos entrega una concreta visión del mundo.

(Imagen- Londres – Grace Gollen)

ESCRIBO COMO TODO EL MUNDO

 

 

“Escribo más o menos como todo el mundo, creo. Intento escribir con regularidad. Cada día me cuesta arrancar. Si consigo dejar una línea o unas pocas palabras que me ayuden a retomar el hilo, va un poco mejor. A veces el día va bien. A menudo, no. Me he resignado a la certeza de que lo que escriba me decepcionará. Escribo cuando no me apetece, pero no cuando me asquea. Creo que escribo para cierto tipo de persona – no voy a definir exactamente quién, aunque tal vez sea una mujer -, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente, como dijo Bábel.

Así va confesando su tarea  y sus modos de trabajar James Salter enEl arte de la ficción”. “ Escribo a mano -continúa-, con un bolígrafo. Luego lo mecanografío con una máquina eléctrica. Podría usar un ordenador portátil, pero me gusta el sonido, ligeramente desacompasado, de las teclas. Tecleo con dos dedos. De hecho, de algún modo estoy componiendo. Escucho las palabras a medida que las escribo, o las cadenas de palabras. Me gusta volver una y otra vez sobre la cadencia que me conduce a las siguentes frases. A veces escribí un poco acerca de lo que me propongo escribir, unas palabras que abran el camino, y que quizá incluso decida incluir, pero todo está en suspenso.

 

 

(…) No siempre escribes en tu escritorio. Lo haces en otros sitios y te llevas el libro a cuestas. Te acompaña, lo tienes en la cabeza a todas horas, lo repasas, atento a posibles conexiones. Se convierte en tu principal compañero, en el sentido literal de la palabra, puedes hablarle en voz baja. Se convierte en tu único compañero. La escritura puede prolongarse diez días, como en el caso de Georges Simenon, o semanas, o meses, o años. Le pasa lo mismo a todo el mundo.”

 

 

(Imágenes- 1- Alexander Calder/ 2-Sigmar Polke – 2008/ 3-Jasper Johns)