“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (34): “LA CASA DEL LIBRO”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (34) : “La casa del libro”

 

-– Me gustaría — me dice  hoy la periodista al entrar— que me hablará  usted nuevamente de lo que usted llama   “relámpagos”…

— Bueno, para mí hay otro tipo de relámpagos distintos por su brevedad y por su intensidad, escenas que se iluminan de pronto y que quizá aparezcan al fin, no lo sé, quizá aparezcan al final de mi vida como un flash, como un resumen, como instantáneas sobre lo que uno ha vivido.

– El incidente que tuvo usted con Saramago ¿ también está entre esos “relámpagos”?

– No, no lo está. Pero ya que usted se refiere a ello, porque de eso preferiría no hablar, decirle que no fue ningún incidente importante, simplemente un encuentro algo tenso entre los dos. Al menos para mí sí fue un encuentro tenso. Ya le digo que no me gusta recordarlo. En síntesis, ya que usted me lo pregunta, fue lo siguiente: en 1984 publiqué yo una novela titulada “Contramuerte”. En esa novela describía la paralización de la muerte – una pandemia insólita en la que la gente poco a poco dejaba de morir hasta no morir nadie – y en razón de ello iba narrando las reacciones de políticos, sociólogos, familias, etc. Pues bien, veintiún años después, en 2005, Saramago publica una novela con el mismo argumento : la gente deja de morir, y se suceden igualmente las reacciones de políticos, etc. En un encuentro en Madrid por otros motivos que no eran literarios se lo dije directamente a Saramago. Le enseñé mi libro publicado muchos años antes, se lo entregué, y él, tras escucharme, no me dijo nada. Tomó mi novela, la metió dentro de un sobre y prácticamente no intercambiamos ya más palabras. Ahí el incidente terminó. Pero estas son cosas marginales que a veces ocurren. Uno no puede quedarse enganchado a estas cosas.

– ¿Este incidente le dejó algún desencanto?

– No, ningún desencanto. Fue una experiencia más en la vida literaria.

—¿Cómo ve usted la vida literaria? ¿Qué piensa de ella?

—Pues pienso que la vida literaria es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

—Trapisondas acaba de decir … , ¿ha vivido usted muchas?

—-Alguna. En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

—¿Le afectó aquello?

—No, no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Pero todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, lo que sucede a lo largo de todos los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma más en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Como le decía antes, uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.

—¿No es áspero escribir?

—No, no es áspero. Para mí no es nada áspero. Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.

—Cuando habla usted de sinceridad, ¿a qué se refiere?

—Me refiero a la convicción que uno debe tener siempre ante lo que escribe, pinta o esculpe. Uno debe hacer lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Sin plegarse a las modas. Pongo un ejemplo entre muchos : Giacometti compone figuras diminutas, cabezas diminutas, figuras tan delgadas que parecen casi de alambre. Él reduce las dimensiones hasta el máximo. Es lo que quiere hacer desde su convicción de artista y es lo que hace. No piensa qué efecto pueden tener sus mínimas figuras ante el público, tampoco le importa. Él compone esas figuras porque cree en ellas, es como él ve el mundo y así lo expresa. En el otro extremo, tan sólo refiriéndonos a las proporciones o a las dimensiones, tenemos a Botero. También él hace lo que cree que debe hacer. Y así lo hicieron cada uno a su modo los impresionistas enfrentándose a veces a salones y a galerías, o Picasso, o tantos otros. Tengo un enorme respeto hacia la autenticidad, hacia la creatividad personal. En el fondo tengo un enorme respeto por el que crea algo.

—Habla usted de la “casa del libro” como un lugar de protección, de trabajo. ¿Por qué usa esa expresión?

—Bueno, es una expresión más, tampoco sé si es la acertada. A mí me sirve. Porque realmente es así. Uno está concentrado en una obra que escribe, está envuelto y comprometido en un proyecto. Como creo recordar que le dije uno de estos días, la vida es proyecto. Así lo reafirmaba Ortega. Siempre se ha de tener un proyecto entre manos, aun en momentos finales, débiles o delicados. Quizá en esos momentos débiles hay que tener un proyecto más pequeño, más corto, que dure un día o menos de un día, pero siempre será un reto a conseguir, conseguir algo que sea ilusionante. En el caso de la escritura el proyecto real al que uno dedica muchas horas es el libro. La casa del libro.

—¿Y cuando uno tiene que abandonar esa casa, es decir, cuando se concluye el libro?

—Entonces existe un periodo de tiempo extraño y vacío. Hay que esperar. No hay que precipitarse en pensar enseguida en hacer otra obra. Salman Rushdie contaba que un amigo escritor le confesaba que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro. Es decir, hay que controlar las presiones de los editores, del mercado. Ha llegado el momento de desprenderse de lo que uno ha hecho, exponerlo al juicio de los demás. En ese momento interviene todo eso a lo que antes me refería: principalmente la búsqueda de un editor; después – si uno tiene editor-, las lógicas gestiones de promoción, de entrevistas, de firmas. Ese aspecto, naturalmente necesario para lanzar una obra, es, al menos para mí, muy cansado.

—¿Qué relaciones ha tenido con los editores?

—Muy diversas, como ocurre siempre en muchos aspectos de la vida. El manuscrito de una de mis primeras novelas, no la que escribí sobre el tapete de la mesa de la calle Goya, de la que ya le hablé, sino otra a los pocos años de la anterior, lo llevé en mi coche, en un viaje largo, cruzando la península, del centro al norte, de Madrid a Oviedo. Me habían hablado que había un posible editor en Oviedo, al que no conocía, y allí fui, exponiéndome naturalmente a una negativa. Y sin embargo él aceptó. Aparte del manuscrito, creo que le impresionó, así me lo dijo, mi tenacidad (no sé también si mi temeridad o mi audacia) por hacer ese viaje. En otra ocasión, muchos años después, esta vez respecto a un libro mucho más reciente, los hilos y las gestiones se entrelazaron de modo muy sorprendente. Yo había ido publicando extractos de una novela mía en un blog que llevo desde hace años, y de repente una lectora del blog me escribió para comunicarme que le habían gustado esos extractos y que por su cuenta los había mandado a un editor que ella conocía (que por cierto vivía fuera de España), y lo había hecho con el ruego de que publicase el libro. Y así fue. Ese editor me escribió y me propuso publicar la novela entera. Y eso ocurrió..

—Realmente algo inesperado…

—Si, realmente inesperado.

—Cuando usted habla de ese blog, de ese trabajo suyo, ¿qué le aporta, es para usted un entretenimiento?

—-No, no es un mero entretenimiento. Este blog,  MI SIGLO, que tiene ya más de diez años, me permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente: la divulgación de las artes, de la literatura, del pensamiento. A la vez me permite ser de alguna forma mi propio editor. No me dedico tanto a comentar los sucesos recientes del mundo intelectual, digamos las últimas noticias o publicaciones, como en cambio a aportar reflexiones e intentar que revivan autores de distintas épocas, o también simplemente presentar citas o expresiones que me parecen de interés y que pueden enriquecer algo a los posibles lectores. La divulgación del arte y del humanismo en general siempre es un tema que me ha interesado. La creo necesaria. Lo he hecho en libros, a través de entrevistas, a través de artículos, ahora lo hago a través del blog. Dejar hablar a los demás es mucho más aleccionador que hablar uno mismo. Y ahora todo eso lo hago utilizando esta nueva herramienta que me brinda un mundo globalizado y que me llena naturalmente de sorpresas. Un espacio intelectual, artístico y literario como el mío, que parecería no tener mucho eco, y que de repente es leído por mucha gente y de modo casi instantáneo en Corea, en Birmania, en Turquía o en Pakistán, aparte, naturalmente, de Europa, Sudamérica y Estados Unidos que son los que reúnen la mayor cantidad de las visitas que acuden. Según lo que aparece oficialmente en la página se acercan a los dos millones de visitas, que leen, como digo, un espacio y unos contenidos muy reducidos, porque simplemente son contenidos intelectuales, pero eso indica que el mundo del arte y de la reflexión sigue atrayendo. En el fondo, que, hay un deseo de acercarse al pensamiento y a la Belleza.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará )

TOSOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

CONCURSOS, JURADOS, ESCRIBIR, PUBLICAR

 

 

“Ser miembro de un jurado exige cierto talento y ser un buen estratega. Escuchar a los demás —recordaba un veterano miembro de jurados españoles —. Aceptar sus argumentos, es decir, evitar enfrentamientos. Algo muy difícil, si no imposible, porque es fácil perder la paciencia. Desde luego, el que más ha leído es el que más ventaja tiene.

Y viene el tema de la corrupción de los jurados. La gente se equivoca al escandalizarse con premios que están dados de antemano. No hay trampa. Y es una política común en las grandes editoriales y en los premios donde además de prestigio hay dinero. En las aparatosas cenas de algunos de estos premios, presididos por políticos, que es la gente que menos lee, sabemos de antemano quién es el ganador. Pero no se premia por amistad, como suele creerse, sino porque el premiado es el que mejor responde a la línea de la editorial. Difícilmente el que gana el Premio Herralde de Novela podría ganar el Planeta, o viceversa. Aunque también es cierto que están los pluripremiados, como está el pluriempleo.

 

 

Desde luego, para convencer y vencer hay que haber leído las propuestas de los otros miembros del jurado.  Algunas discusiones han provocado serias desavenencias. Yo trato de defender mi criterio con argumentos críticos. Ocurre con frecuencia que algún miembro del jurado no ha leído los libros, sobre todo cuando se trata de premios a libros ya publicados. Es a estas personas a las que hay que tratar de convencer, pues ellos van con las manos vacías, sin defender a ningún candidato. Y sólo se les puede convencer con razones sólidas. Luego, concedido ya el premio, yo me olvido de mi irritación y de la irritación ajena. Con frecuencia pienso: ¿quién soy yo para decidir si alguien merece o no un premio? ¿ No son arbitrarias  todas las lecturas? ¿No lo son nuestros gustos?  Juzgamos siempre: altos o bajos, guapos o feos, inteligentes o tontos. Establecemos jerarquías, y las jerarquías suelen nacer de prejuicios. Darle un premio a alguien es quitárselo a otro. Cada premio es un acto de injusticia. Lo es el premio por excelencia : el Nobel. ¿Quiénes son estos señores que viven en un rincón de Europa para juzgar sobre el universo?

 

 

Pienso a menudo en las razones por las que desde muy pequeño me sentí escritor y adónde me ha llevado esta inexplicable vocación. Vuelvo a mi obsesión. ¿Por qué escribimos? ¿Para qué?  ¿Para quién? Es absurdo hacerse estas preguntas. Escribimos porque nos da la gana.  O porque a alguien le da la gana. Es el amor a las letras, a las palabras, a las ideas, al misterio que encierra la escritura y que es al mismo tiempo revelación. Y escribimos porque hemos leído ¿O es al revés?  ¿ Aprendemos para escribir o para leer? En el fondo, son una misma cosa. En ambos casos vivimos la revelación. ¿Para quién?  Si estuviéramos  en una isla desierta pero con plumas, lápices o los más improbables ordenadores, seguiríamos escribiendo. Ni siquiera para nosotros. Para la misma escritura. A medida que escribimos surge la escritura. De pequeños leíamos para emular a nuestros padres. Porque les oíamos hablar de libros. Y también leíamos a escondidas, para aumentar la emoción de la lectura. Sí, en una isla desierta seguiríamos escribiendo. Pero entonces, ¿por qué la necesidad de publicar?  Pues porque de la misma forma que las letras son dibujos, los libros son objetos, cajas en las que se encierra el misterio de las palabras. Y de la misma forma que para un cuadro es importante el tipo de marco, también lo es la forma de un libro.”

 

 

( Imágenes —1-Wolfang Suschitzky – 1939/ 2-Alexa Meade -2010/3-Foto Eamon Mccabe/4-Alfred Stieglitz)

DELIBES

 

Delibes- inu- en Sedano- años sesenta

 

Estuve con él la última vez en 1987, con motivo de su nombramiento como doctor “honoris causa” por la Universidad Complutense de Madrid, en la Facultad de Periodismo. Muchos años antes – al finalizar la década de los cincuenta – nos habíamos escrito, al comentarle su novela “La hoja roja”, en los tiempos en que yo era redactor-jefe de “La Estafeta Literaria”. Ahora se anuncia el acceso al archivo del escritor y sin duda encontraremos en él grandes hallazgos.

 

DElibes-n

 

Delibes habló sabiamente de muchos temas. “Los premios literarios – dijo – tienen su cara y su cruz. El Nadal, con Nada”, fue un aldabonazo para autores  y lectores. Y un buen negocio para los editores. Por eso no tiene nada de extraño que al calor del Nadal proliferasen los premios literarios sin garantías, sin orden ni concierto (…) Es imposible en un país como el nuestro distinguir cada año cincuenta novelas meritorias. Así empieza el descrédito de los premios literarios. La gente ya no se fía de los premios. Si esta tendencia a premiar la mediocridad, salvo las excepciones, se acentúa, no tardaremos en ver que los premios que fueron ayer la cuna de la novela española serán mañana su sepultura”.

 

Delibes--

 

Hablaba del lenguaje: “En mis novelas y relatos sobre Castilla, lo único que pretendo es llamar a las cosas por su nombre y saber el nombre de las cosas. Los que suelen acusarme de que hay un exceso de literatura en mis novelas se equivocan, y es que rara vez se han acercado a los pueblos. La tendencia a la precisión que me despertó la lectura del Garrigues se agudizó al tratar yo gentes de Castilla. Es decir, la propiedad con que definen sus problemas o la topografía que les circunda es inusual, infrecuente. Este lenguaje rural – porque no tiene que ver con el popular – sigue aún llamándome la atención.

 

Delibes- nhu- Delibes con su esposa en los años curenta- fundación Miguel Delibes- el pais

 

Cuando yo escribo en mis libros aquel cabezo o aquel cotarro no significan la misma cosa. Esto es lo que saben los hombres del pueblo, pero no lo suelen saber los hombres de la ciudad. El cotarro, el teso, el cueto, no son el cabezo. El cabezo es sencillamente el cueto; el cotarro, la colina que tiene una cresta de monte y monte de encina. Esto pude parecer preciosismo, pero es exactitud”.

Amor a Castilla, amor al lenguaje, amor a la precisión.

 

Delibes- nhui- mil novecientos setenta y cinco

 

(Imágenes.- 1.- Delibes en su refugio de Sedano- años sesenta/ 2.-manuscrito de “Los santos inocentes”- fundación Miguel Delibes- el país/ 3.- manuscrito de “Cinco horas con Mario”- fundación Miguel Delibes- el país/ 4.- Delibes con su esposa- años cuarenta- fundación Miguel Delibes- el país/ 5.-Delibes en su casa- 1975)

LITERATURA DE LA AUTENTICIDAD

lectura.-4szn.-Werner Bischof.- Magnum Photos.-Finlandia 1948

“Ionesco en sus “Notas y contranotas” comentaba: “basta una presencia, una sinceridad ciega y, por eso mismo, clarividente: se pertenece (por el lenguaje) a ella o no se pertenece, casi naturalmente. Se tiene la impresión asimismo, que cuanto más se pertenece a su época más se pertenece a todas las épocas ( si se rompe la cáscara de la actualidad superficial). El esfuerzo de todo creador auténtico consiste en deshacerse de las escorias, de los clisés de un lenguaje agotado para recuperar un lenguaje simplificado, esencializado, renaciente, que pueda expresar las realidades nueva y antiguas, presentes e inactuales, particulares y a la vez, universales.”

Pienso que un creador debe ser auténtico, y por tanto  que lo que salva a un escritor es precisamente su autenticidad, su fidelidad, su honestidad consigo mismo. Parecen palabras banales ya que las palabras  se malgastan,  pero no lo son.. La historia de la Literatura es un cúmulo de cordilleras y valles que elevan y descienden con las modas, que vienen y van entre nombres y obras fervorosamente aplaudidas en su momento y olvidadas o sepultadas casi al  momento siguiente, si no a la generación siguiente. Algunos Premios Literarios, en líneas generales, desde el Nobel hasta el galardón localista o provinciano, suelen aparecer impregnados de intereses creados, con frecuencia teñidos de política unos – es decir, de instantaneidad – y mezclados otros con el oportunismo comercial. Lo que permanecerá en las estanterías de las novedades (que el tiempo va envejeciendo con celérica prontitud) será solamente  la autenticidad. La autenticidad permanece. Un escritor que ha sido auténtico consigo mismo se mantiene con una o dos obras suyas (quizá de las diez o  doce que publicó) y esas poquísimas obras se sostienen por encima de los vaivenes de los críticos y del resonar de las camarillas. La autenticidad es una moneda que se entrega personalmente al lector y no a esos circuitos comerciales cuya banda eléctrica recorre alocada los espacios de las ventas. Se ha escrito tanto sobre los gustos que un escritor auténtico no debe caer nunca en el servilismo de esos gustos, plegado cada vez al viento de lo que se lleva. (“Hay un elemento que quizá sea un poco preocupantedecía Javier Marías -: la rendición por parte de las editoriales. Han dicho: “Si el gusto del público es el que es, le voy a dar más de lo mismo”. Si  cada uno renuncia; si los autores a  veces se rebajan, porque tienen que vivir de algo y dicen: “”Está de moda la literatura policiaca de nuevo, pues voy  a hacer una policiaca, que no la he hecho nunca, o una novela histórica…”, si los autores renuncian a la idea de conseguir o de crear sus propios lectores; si se amoldan a los gustos preexistentes; si los editores se suman a lo mismo; si los críticos empiezan a  hacer lo mismo…, entonces ahí ya se está produciendo una especie de rendición incondicional. Y eso es peligroso.”)

Por la escritura de la autenticidad es, al fin, por lo que merece la pena escribir.”

José Julio Perlado.“El proceso creador” (libro de próxima aparición)

lectura.-5g778.-Nishant Choksi

(Imágenes:- 1.- Werner Bischof.- Magnun photos/ 2.- Nishant Choksi.- thegazoo.com)

LOS “PREMIOS” DE THOMAS BERNHARD

BERnhard.-1.-teos.fi

“Al cabo de un rato, la ministra miró a su alrededor y preguntó con voz de arrogancia y estupidez inimitables: Bueno, ¿ dónde está el escritorzuelo? Yo estaba justo al lado de ella, pero no me atreví a darme a conocer”.

Esto cuenta Thomas Bernhard enMis premios” (Alianza Literaria). El autor deEl imitador de voces” logra narrar con su ácida ironía y su humor personal los preliminares – dos horas antes –  de la entrega del Premio Grillparzer de la Academia de Ciencias en Viena, ceremonia en la que muy pronto sería él galardonado. “Mi intención era comprarme, aunque de confección – escribe – el mejor traje de lana pura de color antracita, con unos calcetines a juego, una corbata y una camisa Arrow muy elegante, de rayita gris y azul. Sabida es la dificultad de hacerse comprender en seguida en las, así llamadas, tiendas elegantes, aunque el cliente diga rápidamente y de la forma más precisa lo que quiere, primero lo miran a uno fijamente con incredulidad, hasta que repite lo que desea. Sin embargo, naturalmente, el vendedor interpelado tampoco comprende aún. Por eso, también entonces, en Sir Anthony me hizo falta mucho más tiempo del necesario para ser conducido a las estanterías pertinentes. En realidad, por mis compras de calcetines, conocía ya la disposición de la tienda y sabía mejor que el vendedor dónde encontrar el traje que buscaba. Me dirigí a la estantería del posible traje y señalé uno determinado que el vendedor bajó de la barra para ponérmelo ante los ojos. Examiné la calidad de la tela y me probé el traje en seguida en la cabina. Me incliné unas cuantas veces hacia delante y me eché hacia atrás, y encontré que los pantalones me estaban bien. Me puse la chaqueta, me volví un par de veces ante el espejo, levanté los brazos y los bajé de nuevo: la chaqueta me sentaba igual que los pantalones. Di unos pasos con el traje por la tienda y entre tanto elegí la camisa y los calcetines. Finalmente dije que me quedaría con el traje puesto y que quería ponerme también la camisa y los calcetines. Escogí una corbata, me la anudé, apreté el nudo lo más posible, me miré otra vez en el espejo, pagué y salí”.

Dos horas después tendría lugar la ceremonia en la que al escritor le concedían el Premio. “Creo que la Filarmónica tocó – cuenta Bernhard – una pieza de Mozart. Luego se pronunciaron conferencias más largas o más breves sobre Grillparzer. Cuando la miré una vez, vi que la señora ministra Firnberg, así se llamaba, se había dormido, lo que tampoco se le había escapado al presidente Hunger, porque la ministra roncaba, aunque muy suavemente, roncaba, roncaba con  el suave ronquido de los ministros, conocido en el mundo entero”. 

Después, al despertarse la ministra, vendría la gran interrogación buscando en la sala al autor deMaestros antiguos“:

Bueno, ¿dónde está el escritorzuelo?”.

(Imagen:-Thomas Bernhard.-teos.fi)