VERANO 2015 (5) : VELÁZQUEZ Y JUAN RAMÓN

Velázquez- Las Meninas- museo del Pado

 

“Hoy, cuando entro en un museo, todo lo realista me parece falso y todo lo inventado me parece real y cuando salgo, qué muerto se me queda atrás lo inventado real del museo y qué vivo lo irreal. Tan vivo que la vida de la calle me parece muerta.

Naturaleza y museo, al entrar o al salir yo de uno a otra, siempre se contradicen. Lo que no se contradice es museo y cuerpo o espíritu y naturaleza.

De todo lo realista pintado, sólo me permanece inexplicable un cuadro ¡ qué cuadro! Las Meninas de Velázquez. Caso de tiempo y de silencio”.

Juan Ramón Jiménez

(Imagen.- “Las Meninas” de Velázquez- museo del Prado)

“EL NIÑO DE VALLECAS”

“De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota

del Niño de Vallecas exista,

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Antes hay que deshacer este entuerto,

antes hay que resolver este enigma.

Y hay que resolverlo entre todos,

y hay que resolverlo sin cobardía.

Sin huir

con unas alas de percalina

o haciendo un agujero

en la tarima.

De aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Y es inútil

inútil toda huida

(ni por abajo

ni por arriba).

Se vuelve siempre. Siempre.

Hasta que un buen día (¡un buen día!)

el yelmo de Mambrino

-halo ya, no yelmo ni bacía –

se acomode a las sienes de Sancho

y a las tuyas y a las mías

como pintiparado,

como hecho a la medida.

Entonces nos iremos todos

por las bambalinas.

Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,

y el místico, y el suicida”.

León Felipe.“Pie para El niño de Vallecas” de Velázquez”

(el enano Francisco Lezcanosegún afirma Brown en suVelazquez” -estuvo empleado en la Corte entre 1634 y 1649, salvo una ausencia de tres años. “Lo que tiene en la mano – nos enseña Brown – es un mazo de cartas, símbolo tradicional de la ociosidad, que puede referirse a su condición de compañero de juegos de Baltasar Carlos o, de manera más general, a la misión de entretenimiento que cumplía en la Corte. El enano está sentado en una roca, con la pierna derecha osadamente extendida hacia el espectador. (…) Viste traje de color verde hoja seca y tiene por fondo una oscura escarpadura rocosa. En el centro de tan leñosos colores, el rostro es el núcleo de atención irresistible de toda la composición. La cabeza, echada ligeramente hacia atrás, se inclina hacia un lado en la medida justa para trastornar el equilibrio de la postura. La descompensación se afirma suavemente por medio de la mancha blanca de la camisa, por completo visible a un lado y casi invisible al otro. Aunque los rasgos están plasmados con la técnica de transparencias que caracteriza a los retratos informales, la nariz respingona y casi sin caballete, el gesto torcido de la sonrisa semiinconsciente y la expresión velada pero vacía de la mirada retratan con contundencia a una criatura cuya deformidad parece alcanzar tanto al alma como al cuerpo. (…) Velázquez se animó a plantear la ejecución por la vía de audaces atajos: por ejemplo, la sumaria descripción de las manos, en las que los dedos parecen surgir de las sombras por medio de dos breves e irregulares pinceladas de un pigmento rojo anaranjado”)

La poesía y la pintura – como tantas otras veces – se entrelazan ante un mismo motivo. Como también aquí se une la medicina, cuando en 1964 el doctor Moragas, al estudiar “los bufones de Velázquez,” diagnostica que Lezcano “sufre de un cretinismo con olifogrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna”. ” En la cara hay una expresión de satisfacción, favorecida por el entornamiento de los párpados y la boca entreabierta, que parece acompañarse del inicio de una sonrisa…” Murió Lezcano en 1649 y tenía este llamado “Niño de Vallecas”, según señala Moragas, un criado a su servicio, lo que era común entre los bufones reales.

(Imágenes:- 1.-detalle de “El Niño de Vallecas”/ 2.-Velázquez.-Francisco Lezcano, el “Niño de Vallecas”.- Museo del Prado.-wikipedia)

VOCES EN LAS CALLES

Entre 1808 y 1812 y en la madrileña esquina del tiempo, ve Francisco de  Goya a este afilador que vocea, se fija en sus mangas remangadas, observa su pecho descubierto y contempla cómo levanta la pierna derecha para hacer girar la muela. Desde la calle mira el afilador fijamente a Goya y Goya  desde su estudio mira fijamente al afilador. Después lo pinta. Lo hace con un naturalismo marcado, dejando en primer plano la gran muela montada en la carretilla, realizando “la obra bien hecha” como pintor que recoge “la obra bien hecha” de este experto en su oficio.

Más de dos siglos antes – en 1568 – otro afilador, antepasado del de Goya, cantaba en otra esquina de una calle europea:

“Afilo hirientes espadas y cuchillos

puliendo todo hierro con hábil mano.

Aquí venga deprisa el barbero a quien no le funciona la navaja

o se le ha quedado sin punta por el paso de los años.

Aquí venga deprisa aquel cuyas tenazas de dos brazos están llenas

de hollín, o a quien una hoz sin afilar retrasa.

Aquí venga corriendo aquel cuya espada podrida de herrumbre

tiembla, y cuyo puñal sin punta no vale.

Afilando con talento todo esto lo arreglaré

para que se pueda cortar lo más duro con cualquier espada”.

Lo recogía en sus poemas Hartmann Schopper para “El libro de los oficios” pero sobre todo dejaba de ello constancia el gran grabador alemán Jost Amman con testimonio preciso.

Muchas voces de las calles han sido pintadas o grabadas en los siglos. Son voces que ya apenas oímos, voces solitarias que hoy aplasta el tumulto de coches y de ruidos. Afilaban hace tiempo su lengua y sus tijeras como silbido penetrante en el silencio de la mañana. Ahora – las poquísimas que quedan- viajan en bici o en motocicleta,  pero cuando andaban y roturaban caminos por esos mundos de Dios y asomaban puntuales en el cruce de las ciudades, los pintores se asomaban a las ventanas y los grabadores afanaban su arte intentando dejarlas para la posteridad.

(Imágenes: 1.-El afilador.-Francisco de Goya.-1808-1810-Museo de Budapest.-wikipedia/2.-poemas de “El Libro de los oficios”.-Hartmann Schopper.-grabados de Jost Amman.-edición facsímil de la primera latina.-(Fráncfort del Meno, 1568).-Altabán Ediciones, 2006/3.-grabados de Jost Amman/ 4.-el afilador.-wikipedia)

“LOS SENTIDOS” DE JOSÉ RIBERA

“La vista – recordaba Brillat-Savarin -, que abarca el espacio y nos instruye, por mediación de la luz, de la existencia de los colores y de los cuerpos que nos rodean” figura en la serie de los sentidos, de la etapa del joven Ribera, que ahora se expone en el Prado. La vista, que en la historia de la pintura a veces se ha representado con un espejo en la mano que contempla con admiración, en otras ocasiones ha querido acompañarse de una antorcha: siempre la luz y el rostro iluminado.

El oído – sigue diciendo Savarinrecoge por medio del aire el ruido causado por los cuerpos ruidosos o sonoros“. María Zambranocuenta Ramón Andrés enEl mundo en el oído” -refiere que la escucha de Apolo en el templo de Delfos parecía situar “el oído divino en el centro del mundo“, ese oído que como órgano o sentido, dice, es el que se emplea o “ejerce” de un modo más intermitente: “en el escuchar se da lo más  penetrante y hondo de la atención, la decidida atención que el ejercicio de la vista no requiere“. “¿Sería aventurado concebir el oído – apunta Andrés – como el eje del ser humano? En un tratado escrito bajo el nombre del legendario Hermes Trismegisto se razona que aquel  que escucha debe tener el oído más veloz “ que la palabra del hablante”.

El olfato – prosigue Brillat-Savarin -, mediante el cual percibimos el olor de los cuerpos que lo poseen. El olfato, que va a la búsqueda, al cultivo y al empleo de los perfumes”.

El gusto, con el cual apreciamos lo que es sabroso o suculento” da origen – dice también Salavina la producción, a la elección y a la preparación de cuanto pueda servir de alimento“.

“El tacto, al fin, cuyo objeto es la consistencia y la superficie de los cuerpos” y se aplica a todas las artes, a todas las habilidades, a todas las industrias”.

El tacto– cncluye Brillat-Salavin en su “Fisiología del gusto”  – ha rectificado los errores de la vista; el sonido, por medio de la palabra articulada, se ha convertido en intérprete de todos los sentimientos; el gusto se ayuda del olfato y de la vista; el oído compara los sonidos y aprecia las distancias”

( Pequeño apunte sobre esta exposición donde Ribera, además de la serie de los apóstoles y de los filósofos, ofrece aquí  tres de los cinco sentidos: la vista, el olfato y el gusto)

(Imágenes:-1.-la vista.-1615.- Museo Franz Mayer.-ciudad de México/ 2.-el oído.-Museo de Valencia/ 3.-el olfato.-1615.-colección Juan Abelló/ 4.-el gusto.-1615.-Wadsworth Atheneum.-Hatford/ 5.-el tacto.- óleo sobre lienzo- Norton Simon Art Foundation en Pasadena)

SECRETOS DEL “CAFÉ DE POMBO”

Detrás de la botella de ron situada en el centro de la mesa, entre las manos de Ramón Gómez de la Sernaaparece escondido un secreto, según las últimas investigaciones llegadas a la prensa. En este célebre cuadro de Gutiérrez Solana, “La tertulia del café de Pombo“,  se ha descubierto una pintura bajo otra pintura y cuando nos acercamos a estas figuras – a Bergamín, a Tomás Borras, a Manuel Abril, al propio Solana y a Bartolozzi, entre otros – parece que estuviéramos en aquel 17 de diciembre de 1920 cuando la pintura se colgó en la Exposición del Salón de Otoño.

“Mucho tiene que viajar ese cuadro“, dijo entonces Gutiérrez Solana. El pintor asistía a las tertulias, y como refiere uno de sus mayores especialistas, Manuel Sámchez Camargo, en su “Solana(Taurus),” de “Pombo” prefería los vasos gordos de cristal, las grandes chuletas, el vino de Valdepeñas, la cerveza y los que entraban, estaban y salían, especialmente a la hora última. Lo demás no le importó nunca. Ël y su hermano Manuel, mientras presidiera Ramón, hubiera bebidas, espejos y luces azules de gas, estaban a gusto. Pero sin que calara Pombo-cripta en él. Sin embargo, como siempre, el pintor caló en Pombo, abriéndole el vientre y dejando su esqueleto colgado de cuatro clavos”.

RAMÓN escribiría su “Pombo“, célebre entre sus obras. Al Antiguo café y botillería de Pombo” – así se llamaba – se accedía por dos puertas y constaba de cinco gabinetes y un salón central, comunicándose todos por unos arcos, y sin dejar de ser independientes. Ante el álbum donde tenía que firmar todo aquel que llegaba por vez primera, Ramón le conminaba: “¡Diga usted su verdadero nombre!“. Ese era el rito. Los banquetes que en Pombo se dieron fueron numerosos: a Fígaro, a Ortega y Gasset, a Azorín, a Don Nadie...A Pombo llegó un día Picasso vestido de gran Arlequín, con motivo del estreno de su pantomima “La gran parada”, interpretada por los ballets rusos. En Pombo el mejicano Alfonso Reyes, autor entre muchos otros libros del delicioso “Tertulia de Madrid“, contó sus hallazgos históricos, como el descubrimiento de que los ahorcados de la Plaza Mayor eran desposeídos por sus verdugos de los zapatos, para que la gente que iba a pisarlos, después de la ejecución, como signo de buena suerte, no pudiera hacerlo.

Cuando Gutiérrez Solana cantaba en la cripta de Pombo requerido por Gómez de la Serna, decían quienes le escuchaban: “frente al estupor de contertulios y parroquianos, puesto en pie, emtona sus arias que duran largos minutos, sin que nadie se atreva a sonreir. Este recurso lo emplea Ramón cuando es necesario ofrecer “el número mejor del programa“.

De esa célebre pintura que refleja la famosa tertulia del café el propio Solana, en el Epílogo a su “España negra“, quiso añadir: “Es un cuadro a medio conseguir, y ahora verdaderamente siento el no haberle podido dar una forma más acertada y más decisiva. En el centro está nuestro amigo Ramón Gómez de la Serna, el más raro y original escritor de esta nueva generación. Está, pues, en pie y en actitud un poco oratoria: recio, efusivo y jovial, un tanto voluminoso, pero menos de lo que deseamos verle, para completar su gran semejanza con un Stendhal español o un nuevo Balzac de una época más moderna y menos retórica; cerca de él su cartera, esa buena amiga que siempre le acompaña, llena de pruebas de imprenta y dibujos, que hace rápidamente para ilustrar sus escritos, son comentarios gráficos admirables y que dan un encanto más a los artículos que publica casi diariamente en “La Tribuna” y “El Liberal“.

A su lado, Bacarisse, Coll, Bartolozzi, Cabrero, Borrás, Bergamín, Abril, y encima, el prodigioso espejo de Pombo, este espejo cinematográfico, cuya luna patinada cambia constantemente de expresión: unas veces nos sugiere ideas antiguas, nos transporta a la época de Larra; los viejos con grandes levitones y las enormes chisteras, los fracs, las corbatas de muchas vueltas y los chalecos rameados, de los que cuelgan las pesadas y largas cadenas de oro. (…) Otras veces, este espejo se rejuvenece, y en los calurosos días de verano, en los meses de julio y agosto, cuando las puertas del café están abiertas, vemos pasar por ellas los tranvías iluminados y atestados de gente, los automóviles silenciosos y ligeros y los coches de punto, tirados por estos caballos siempre viejos y cansados, y ya más en las altas horas de la noche, los transeúntes que cruzan por las aceras o en el empedrado de la calle”.

Dos años antes de morir- murió a los cincuenta y nueve años, cincuenta personas fueron a su entierro -, Gutiérrez Solana hablaba aún de este cuadro confesando: “Ramón tuvo ese empeño. Yo lo hice con mucho gusto. Pero me llevó mucho tiempo. Nunca venían los contertulios cuyos retratos tenía que pintar“.

Solana bebía y cantaba, amaba los gatos, los relojes, los fetiches, las viandas bastas y el áspero vino. En la madrileña plaza de Santa Ana, a sus acompañantes, les iniciaba en el rito de la libación de la cerveza. Además de ir a “Pombo” asistía a la tertulia del café “Nuevo Levante“, en la calle del Arenal, donde se reunían Ricardo Baroja y su hermano Pío, Azorín, Valle-Inclán. De él se dijo: “su agudo espíritu de observador de fealdades y miserias le hizo a un tiempo literato y, sobre todo, pintor“.

(Imágenes:- “La tertulia del café de Pombo” de Gutiérrez Solana/2.- el banquete a Don Nadie en el café Pombo- elpasajero.com/ 3.-Ramón Gómez de la Serna.-dipity. com)

DESAPARICIÓN

“Una mañana a las diez y cuarto, en Madrid, cuando salía del mercado de la Plaza del Carmen Clementina López y volvía ya arrastrando su carrito de la compra por el Pasaje del Comercio, a punto de salir a la calle de la Montera y cruzar hacia la calle de Jardines, una mujer mayor, muy flaca y algo encorvada, que vestía un trajecito gris con dibujos de flores y a la que en ese momento se le habían torcido las ruedecillas del carrito, le pidió ayuda para enderezarlas, y mientras Clementina se agachó a hacerlo, entre suspiros y ayes comenzó a contarle su historia. Juntas cruzaron así la calle de la Montera y se detuvieron en la acera para proseguir su charla. Rósula se llamaba la mujer y era, según dijo, planchadora en la calle de la Aduana. Llevaba mucho tiempo viuda. Vivía en un semisótano cerca de un portal, y en aquel sótano con puerta de cristales a la calle, inclinada sobre la tabla de planchar durante años, había logrado al fin sacar adelante a sus dos únicos hijos, Máscula y Tirso, dos prodigios de inteligencia según la madre. “Pero a los dos, fíjese usted, los perdí un día“, le confesó a Clementina suspirando en aquella confidencia callejera. “A la niña, que era una maravilla para las letras y que tenía una imaginación portentosa y, no por ser su madre, pero estoy convencida de que hubiera sido una gran escritora, porque se me ahogó cuando tenía 8 años. Y al niño, a Tirso, que era el mayor, porque casi se me lo lleva por delante una de esas máquinas modernas“.

Pero lo que Clementina no podía suponer eran los detalles de aquellas tragedias. Máscula había desaparecido entre los remolinos de un cuento y Tirso, asomado un día a un ordenador, sentado en una silla para ver mejor el fondo de las letras de un programa, al perder el equilibrio y echarse hacia delante, casi se había caído en el pozo de la pantalla. “Los dos de la misma forma, fíjese usted lo que son las crueldades de la vida”, le dijo Rósula Jareño a Clementina aguantando el carrito de la compra. “Yo, a la niña, como le gustaba leer, la cogí un día y le dije: “Máscula, aquí tienes El sastrecillo valiente y Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm (porque yo sé los nombres y apellidos de los escritores, ¿sabe usted?, a mí, desde pequeña los escritores me han dado muchísimo respeto, porque como yo apenas sé escribir –algunas cartas a mi difunto marido cuando éramos novios y poco más–, pues a los escritores los admiro), y entonces, en cuanto la niña se hubo leído a los hermanos Grimm, pues la cogí otro día y le dije: “Máscula, que yo me voy a planchar, estáte ahí quieta, que yo estoy aquí al lado”, y le di los cuentos de Andersen para que se entretuviera. Y ella se leyó El patito feo y Los cisnes salvajes, y otro día, cuando acabó todo Andersen, le di el Pinocho de Collodi, que recuerdo que le entusiasmó, y me traía todo el día loca, que si Pinocho por aquí, que si Pinocho por allá, y yo le dije, “¿Te has leído El flautista de Hamelin?”, que ya ni me acordaba que yo se lo había comprado ahí al lado, en una tiendecita de la calle de Peligros, no sé si usted la conocerá¼, bueno, pues como ya se había leído todos los cuentos y yo ya no sabía qué darle más, y ella pintaba y leía y pintaba y se le iban los ojos detrás de todos los libros tuvieran o no dibujos, porque era una enamorada de las letras, pues me fui a esa tiendecita de Peligros, que es una mercería, pero que también tienen de todo, libros, tebeos infantiles y chucherías, y allí, rebuscando al fondo algo para llevarle a Máscula, me encontré de pronto con los Cuentos de Hoffmann, concretamente con El puchero de oro. Y se lo llevé. Yo no podía imaginarme la desgracia. Como yo había leído poco, yo no sabía lo que pasaba con Hoffmann. Bueno, pues me puse a planchar. Le dije: “Máscula, me pongo a planchar, te dejo sola, no leas mucho tiempo seguido que te harán daño los ojos, no te estés mucho tiempo leyendo que luego dices que te duele la cabeza”. Me puse a planchar, y tenía tanto trabajo atrasado, que estuve planchando y planchando en el cuarto de al lado sin hacer mucho caso a la niña, porque no se oía nada, y me dije: “Ya está Máscula embebida en sus historias”. Y no pensé más. Como no se oía una tos, ni el pasar de una página, ni un suspiro, nada, pues yo estaba muy tranquila, porque la niña siempre era así, se metía en sus libros y no había quien la sacara. Hasta que fui a verla. Y me quedé helada. Aún ahora se me ponen los pelos de punta y no sé cómo reaccionar. ¿Usted tiene hijos?”. Clementina le respondió: “No, no tengo hijos“. “Pues no sabe usted lo que es eso –prosiguió Rósula–, no sabe lo que se siente. ¡Ay, hija mía! ¡Una madre es una madre! Cuando yo entré, y me veo aquel cuarto de al lado del cuarto de la plancha, sin apenas muebles, con el libro abierto en el suelo, las páginas de El puchero de oro abiertas de par en par, ¡y mi hija que no está!”. “¿Cómo que no está?“, preguntó Clementina. “¡Pues que no está, que no está!“, exclamó Rósula moviendo la cabeza. “¡Pero en alguna parte estaría!”, le dijo Clementina sobresaltada. “No, no estaba en ninguna parte. ¡No estaba!“, repitió Rósula.

–¿Y entonces? –preguntó Clementina desconcertada.

Rósula Jareño la miró.

Entonces, nada –contestó con un suspiro la mujer–. Que mi hija había desaparecido.

Y así Rósula, entre ahogos y serenidades puesto que ya había transcurrido mucho tiempo desde aquello, le fue contando a Clementina cómo su hija Máscula se había caído dentro de un cuento, aunque aún no se sabía bien cómo ni de qué forma ni por qué razón, quizá resbalando con las letras o perdiendo pie al querer apoyarse en un dibujo, porque lo cierto era –le contó la madre angustiada– que allí estaba el cuento sobre las baldosas del suelo, las páginas plácidas y abiertas, con un vientecillo leve que las movía, “como una brisa, ¿sabe usted?“, le añadió Rósula, “como si las páginas me estuvieran hablando a mí, o respirando, ¡ay, no sé señora!, yo no sabría explicárselo bien, fue algo tremendo”.

Y como aquella mujer empezó a temblar y a agitarse allí mismo, en la acera de la calle de la Montera al rememorar su tragedia, y como no atinaba con las palabras porque quería contarlo todo a la vez y desahogarse, Clementina intentó calmarla y no supo, y la invitó a caminar un poco y la mujer no quiso avanzar, siempre con su mano agarrada al asa de su carrito. Y así Rósula le fue contando que su hija Máscula no había vuelto a aparecer, ella no la había vuelto a ver, casi no recordaba su cara, habían pasado quince años desde aquella tarde y ella se había ido deprimiendo y enflaqueciendo, encaneciendo de desolación, y había andado como loca por Madrid sin saber qué contar a las personas, hablando sola y preguntándose, “Máscula, hija, ¿pero dónde estás? Dime dónde estás. Tú dime dónde estás que iré a buscarte“.

Y fíjese lo que son las cosas –cambió de pronto Rósula su tono de voz–, como las desgracias nunca vienen solas, pues yo me quedé únicamente con mi hijo Tirso, que entonces tenía once años, y como pude, como Dios me dio a entender, porque me costó muchísimo, lo fui sacando adelante. Mi hijo salió espabiladísimo, muy listo, pero acaso fue por lo de su hermana, pero lo cierto es que el niño se negó a leer. Sabía leer, naturalmente, pero en cuanto veía un libro, torcía a un lado la cabeza y lo apartaba. Se negaba. Lo único que le interesaban eran las imágenes. Las imágenes y las máquinas. Las maquinitas de juegos, los ordenadores y la informática. Se pasaba el tiempo en la calle, se me escapaba a jugar a los bares y yo tenía que salir corriendo detrás de él. Hasta que un día me harté, (lo hice para retenerlo) y juntando todos mis ahorros, le compré un ordenador. Se pasaba las horas muertas ante el ordenador, con la puerta de su cuarto entornada. Iba al colegio, pero en cuanto volvía se enganchaba al ordenador y del ordenador ya no salía. Conocía todos los programas. A mí me los intentaba explicar, pero como yo no entendía nada, pues poco a poco dejó de hablarme. Éramos como dos extraños. Yo planchaba y él se enganchaba a la pantalla. Hasta que un día a poco se me queda enganchado para siempre.

Y Rósula le contó que fue un pequeño ruidito el que a ella la sobresaltó y la avisó de que algo ocurría en el cuarto de al lado, “uno de esos ruiditos extraños, ¿sabe usted?, como el del desagüe, como uno de esos remolinos que hace el fregadero al acabar“. Un ruidito que se oyó en la otra habitación. Y entonces ella soltó la plancha y salió disparada. Apartó de un golpe a su hijo de la pantalla, lo apartó del ordenador, lo salvó en el último segundo.

–¡Casi le pasa lo que a su hermana, figúrese usted! –exclamó Rósula espantada.

Y poco a poco fueron bajando las dos mujeres la acera de la calle de la Montera hasta la esquina con la calle de la Aduana y entraron así por la calle de la Aduana hablando y contándose cosas, perdiéndose por vericuetos de recuerdos, y cada una arrastrando su carrito, deteniéndose a cada trecho y volviendo a andar, atenta una a las confidencias de la otra. Porque lo que Rósula Jareño le estaba contando a Clementina era realmente una historia más de las muchas similares que estaban ocurriendo en Madrid por aquel tiempo. Aunque los periódicos casi no hablaban de ello –quizá por el giro de la época o por el poderío de las imágenes–, lo cierto es que sí se estaban dando casos aislados de succiones de cuerpos sentados ante una pantalla, y la succión empezaba por los ojos y la cabeza, dilatándose las pupilas en atención y proyectándose el cerebro hacia la ventana encendida del ordenador en una persecución obsesiva por atrapar la informática. La informática, sin embargo, se evadía, pero al huir dejaba una estela imantada que atraía siempre al ojo humano haciéndole recorrer incansable los pasillos de los programas, y aquel ojo húmedo con su lengua fuera y su agitado trote de curiosidad, nunca alcanzaba su presa porque la información huía y la cola fascinada de la información volvía otra vez a escabullirse abriendo otra ventana y ésta otro pasillo de programa y al final de éste una luz que parpadeaba, y el hocico del ojo humano y las patas delanteras de la atención saltaban entonces del teclado a la pantalla y arrastraban en su ímpetu a la grupa del asombro del hombre que entraba chapoteando por las orillas de los menús y empezaba a tragar listados y cifras, ahogándose con tanta información atragantada, y adormeciéndose y sepultándose poco a poco, hasta irse haciendo un navegante mudo en una navegación de cristal, en una navegación de soledad silenciosa. Aquello había sucedido ya en varios programas, pero sobre todo había ocurrido en Internet. Casi todo el mundo estaba aguantando muy bien las conexiones con Internet, pero sin embargo existían mentes que, entrando en el mar de la navegación y abandonándose a ella, sin duda por la vastedad del horizonte, no habían podido o no habían sabido volver. Flotaban entonces dentro de las peceras de las páginas y en los acuarium de la información transparente con el cuerpo decapitado y azul, unos boca abajo y otros boca arriba, los labios en burbujeo de palabras y el vientre hinchado y deforme. Iban y venían desplazándose con impresionante lentitud dentro de las pantallas y sin poder salir nunca de ellas, vagando desde Madrid hacia cualquier parte del mundo, sin tocar jamás la orilla de la tierra, impulsados por el vaivén que transmitían los dedos de los navegantes al jugar con las teclas. Era lo que se llamó por entonces la navegación de los cuerpos azules, y era todo un espectáculo verlos mecidos como tallos de hierba, sonámbulos para siempre entre las espinas delgadas de Internet, transformados en anémonas de letras y también en corales, ascendiendo del fondo de los bancos de arena, entre los radios blandos de las aletas de los signos, fofos y muertos, reventados de vacío.

Pero aquel, felizmente, no había sido el destino del hijo de Rósula Jareño –de Tirso López Jareño–, que de milagro se había salvado de perecer y que en ese momento estaba aguardando a su madre en el estrecho semisótano que la planchado­ra tenía en la calle de la Aduana. Cuando Rósula empujó la puerta de cristales y agradeció a Clementina que la ayudase a meter dentro el carrito, ésta se quedó absorta ante aquel enorme hombre-niño completamente azul y grandes gafas sobre una cara absolutamente aplastada, vestido con un inmenso chandal blanco, sentado al lado de la tabla de la plancha, las manos sobre las rodillas y la mirada inmóvil.

Este es Tirso, mi hijo –le presentó Rósula orgullosa–. Saluda, hijo, a esta señora. Vamos, levántate.

Y aquel enorme hombre-niño azul se levantó como un gigante, ancho y alto como era, y con su cara chafada como una lámina, sus gafas inmensas y su sonrisa blanda, le plantó dos sonoros besos en los carrillos a Clementina.

Puede usted hablarle perfectamente –le dijo Rósula a Clementina– porque él lo entiende todo. Habla poco, pero es que es como un niño, aunque ya cumplió los treinta años. ¡Anda, hijo –le dijo cariñosa a Tirso–, ya puedes sentarte! Ahora te prepararé la comida antes de ponerme a trabajar –y en un aparte, cuando salió a despedir a Clementina, que ya se iba, le añadió– Es una pena que se le quedara así la cara desde entonces, ¿verdad usted? Como soy su madre, a mí me parece guapo. No le duele, y eso es lo importante. Pero no me acostumbro. A mí me da mucha lástima verle.

Quedó tan impresionada Clementina por aquella visita y por toda la historia que Rósula Jareño le había contado aquella mañana, que nada más llegar a casa se la contó a su marido. Le entraba un escalofrío al recordarla y marido y mujer estuvieron dándole vueltas a todo aquello durante mucho tiempo. No sabían de qué modo ayudar a Rósula. “Es difícil ayudarla –decía Clementina– porque no es una mujer triste. Es una mujer muy dulce. Te habla de las cosas como si exactamente hubieran tenido que suceder así”. Efectivamente así era. Las veces que Clementina se hizo la encontradi­za con Rósula a la salida del mercado, descubrió en la planchadora una mansedumbre apaciguada, un vencimiento de la suavidad sobre la aspereza, una ausencia de todo resentimiento. “La vida es así, Clementina“, le decía siempre Rósula a su amiga, porque de ese modo –como amiga– ya la consideraba. Iban juntas un trecho de la calle de la Montera y algún sábado quedaron las dos para desayunar.

Permítame que entre un momento aquí, en el Oratorio de Caballero de Gracia.- le dijo un sábado.

Rezaron juntas y al salir comentó:

¿Me acompaña usted ahora, que quiero ir a La Casa del Libro?

Y le explicó a Clementina que su recorrido muchos sábados era siempre el mismo: se acercaba al Oratorio de Caballero de Gracia, en la calle Caballero de Gracia, y luego entraba en la librería y rezaba por Máscula.

–Como no sé dónde está mi hija, ni en qué cementerio, ni dónde se encuentra, me pongo ante un cuento de Hoffmann, si es posible El puchero de oro, y la rezo. Sé que ella me escucha.

Clementina respetaba admirada aquella costumbre. En medio de toda la clientela de La Casa del Libro, de pie ante las páginas abiertas de El puchero de oro que ella colocaba sobre las mesas cargadas de volúmenes, Rósula Jareño entrecerraba los ojos y hablaba con su hija en un cálido bisbiseo de oraciones, preguntándole a Máscula por el más allá. Los dependientes ya la conocían y siempre le tenían preparado El puchero de oro en un rincón.

Doña Rósula, puede usted ponerse por aquí, si le parece –le decían buscándole un sitio discreto.

Y eran diez minutos o un cuarto de hora de charla entre madre e hija, en donde Rósula le contaba a Máscula cosas de Madrid, lo que le había ocurrido en la semana o lo que ella había hecho en esos siete días –”Me han dado ropa para planchar del Hotel Regina, hija”, le decía. O “Ahora tengo algunos apurillos económicos“. O bien, “Van a poner iluminaciones nuevas en la Gran Vía, ¿sabes?”. Y siempre acababa: “Tu hermano Tirso está bien y te manda muchos besos“. Y cerraba el libro con enorme cuidado:

Hasta el sábado, Máscula, hija –le susurraba a las páginas.

Y luego llamaba al dependiente y le devolvía el volumen.

Muchas gracias –le sonreía–. Hasta el sábado.

Hasta cuando usted quiera, doña Rósula –le contestaba respetuoso el dependiente y le acompañaba hasta la puerta.

Estoy segura, Clementina –le decía a su amiga ya en la acera– que un día veré a mi Máscula. Un día se me aparecerá en el cuento, ya lo verá. Y si no, al fin del mundo. ¿No dicen que el mar arrojará al final los cuerpos de los ahogados? ¡Pues también los arrojarán los cuentos, ya lo verá usted!”, le decía segura y encantada. Y las dos enfilaban ya la Gran Vía para torcer después por la calle de la Montera“.

(JJP –del libro “Caligrafía”) (relato inédito)

(Imágenes:-1.- Chema Madoz.-Chemamadoz. com/ 2.-leyendo a la luz de una lámpara.-George Clausen.-1909/ 3.- Julia Margaret Cameron.-1867/ 4.-Juan Gris.-thomerama.tumblr/5.- un rincón tranquilo.-Victoria Park.-Wm Notman & Son  1915.- McCord Museum)

RAMÓN GAYA

“Sol y frío- escribía Ramón Gaya en Roma, enero de 1957 -. Finalmente he podido pasear un poco por el jardín de la Villa Medici. Me tropecé en seguida con los temas de los dos paisajes de Velázquez: están casi intactos. Y de pronto me pareció sentir como una ráfaga de ese invierno bueno y limpio, y seco, de Madrid, tan distinto del invierno romano. ¿Puede darse un entrelazado así, de una realidad con otra?”.

“Siempre tenía una u otra reproducción sobre una mesa – confesaba Gaya -. Entonces colocaba en torno unos objetos y creaba una atmósfera en torno a esa reproducción: era mi manera de comunicarme con la pintura de siempre; era una actitud polémica, polémica sin gritos”.

“Muchas veces he puesto frutos o flores detrás de esos vasos. No ya unas flores dentro de un vaso sino detrás de un vaso. Y resulta que esas flores quedan…transformadas. Es decir, que un cristal se abre sobre un abismo: el abismo de la transparencia. Allí, en ese misterio, creo que se puede entrar…”

(Pequeño homenaje al pintor que tantos cuadros suyos bautizó como “homenajes“. Hoy, en su centenario, muchos coinciden en varios y excelentes homenajes a su figura: libros , páginas , comentarios y revistas.

A todos ellos me uno)

(Imágenes.-1.-cervantesvirtual/2.-Ramón Gaya trabajando en Roma en 1990.-wikipedia/3.-pintura de Ramón Gaya.-arteinformado)

MARUJA MALLO Y EL “SINSOMBRERISMO”

” La provocación de Maruja Mallo – cuenta Marcia Castillo-Martín – era en aquellos años “tan aparentemente inocente como el llamado “sinsombrerismo“: saltarse esa formalidad de clase que eran para las señoritas respetables el sombrero y los guantes. La madre de Concha Méndez le advierte de que si insiste en no llevar sombrero corre el riesgo de que le tiren piedras por la calle, a lo que Concha desafiante responde “Me mandaré construir un monumento con ellas”.

“Íbamos muy bien vestidas -recuerda Ulacia Altolaguirre -, pero sin sombrero, a caminar por el Paseo de la Castellana. De haber llevado sombrero, decía Maruja, hubiese sido en un globo de gas: el globo atadito a la muñeca con el sombrero puesto. En el momento de encontrarnos con alguien conocido, le quitaríamos al globo el sombrero para saludar. El caso es que el sinsombrerismo despertaba murmullos en la ciudad”.

Ese “sinsombrerismo“, aplicado a la audacia intelectual, hizo que Maruja Mallo fuera la única mujer en la tertulia de Pombo” o que Ortega le encargara a los dieciocho años colaboraciones en la “Revista de Occidente“.

“Pequeñita –  dibujaba a la pintora Ramón Gómez de la Serna -, con ojos de lince, la cabeza como una veleta de giros rápidos, apretada la nariz a la barbilla, como un pájaro orgulloso de su nido de colores“. “Aguda y con cara de pájaro, tajante y llena de irónico humor“, dijo de ella Alberti.

A veces -seguía diciendo Ramónmezcla un  espantapájaros, que es una cruz del camino disfrazada de hombre“.

Ramón la llamó “la brujita joven“, la “artista de las catorce almas“. Madrid le inspira – decía en la biografía que escribió en 1942 .- Interesada por las cloacas, por el paisaje mineral de Castilla. Su “panorama terrero, enterrador, austero –seguía Ramón – frente al que no vale sino la gran pintura“. Luego añadía: “se enreda la pintura en los sargazos secos, en los alambres enguizcados y perdidos, en el cardizal de las afueras de la corte de las Españas. (…) Con los cardos figuran los trapajos, los harapos, volando sobre los rastrojales o rastrojeras, sobre los abrojos, los espartales y los más despeinados matorrales”. 

Después el “sinsombrerismo” de Maruja Mallo tomó otros vuelos. Otro tipo de audacias, búsquedas y resultados.

 París. América del Sur. De nuevo Madrid. Interesada por el número, traza sobre la geometría volutas y caracolas. Tras el surrealismo, una pintura de de moldes precisos, casi geométricos. Muchas veces geometría de intenso dramatismo. 

( (Y ahora, en Madrid, en la Academia de Bellas Artes -hasta el 4 de abril – una gran retrospectiva de toda su obra)

Imágenes: 1.-La sorpresa del trigo/ 2.-cabeza de negra.-1946.-Museo de Pontevedra/ 3.-Espantapájaros.-Galería Lorenzo/4.-Escaparate.-1927/5.-mujer con cabra.-1922/ 6.-la Verbena.-1927)

DESPEDIR A SOROLLA

sorolla..-K.-María.-1900

Me despido de Sorolla en los ojos de su hija María. Ojos pintados en 1900, ojos tímidos, sumisos, admirados de su padre.

sorolla.-ll.-7soldela tarde

Me despido de Sorolla en “Sol de la tarde” (1903) : espuma bajo los bueyes, pecho de vela ancha, vaiven de blancos, pardos, azules.

sorolla.-cloyilde paseando por los jardines de la Granja.-

Me despido de Sorolla cuando su esposa Clotilde pasea por los jardines de la Granja: andar pausado, reflejos, caminar de modelo enamorado.

sorolla.-H.-su suegro en la playa.-museo del prado

Me despido de Sorolla en sus retratos, ante “Antonio García en la playa” (1909):  brisa de mar, quietud, ensoñación.

sorolla.-A.-Ayamonte.-wikipedia.-

Me despido de Sorolla en”Ayamonte” (1919): resbaladizos atunes, brillos de mar.

sorolla.-B.-fotógrafo y pintor.-museo del prado

Me despido de Sorolla cuando el fotógrafo Christian Franzen se asombra de cuanto Sorolla pinta: a punto está de disparar para fijar pintura y fotografía.

sorolla.-E.-despues del baño.-

Pero Sorolla sigue pintando.Pinta y pinta mientras yo me despido. Agua, sol y luz pintados para siempre.

sorolla.-K.-auotrretrato

Luego ya, en la puerta del museo del Prado, es Sorolla quien me despide.

(Imágenes: 1.-María (1900)/ 2.-“Sol de la tarde”(1903)/3.-“Clotilde paseando en los jardines de la Granja” (1907)/4.”Antonio García en la playa”(1909)/5.–“Ayamonte.-La pesca del atún”(1919)/6.”El fotógrafo Christian Franzen(1903)/7.-“Después del baño” (1909)/8-“Autorretrato”.-Museo del Prado)

EL IMÁN DE TOLEDO

Greco.-Toledo.-4.-

El imán secreto de Toledo atrayendo a El Greco en 1577 es el mismo imán que muchos siglos después atraerá al médico y escritor Gregorio Marañón llevándole cada fin de semana hasta Toledo, hasta su cigarral “Los Dolores“, y en cierto modo es también el mismo impulso que ahora lleva desde Toledo a Madrid – desde el Museo de El Greco hasta el Prado – este gran cuadro “Vista y mapa de Toledo“, lienzo invitado estos días en el gran Museo madrileño.

Toledo, que cautivó poderosamente a El Greco, hizo decir a Valle- Inclán cuando miraba la ciudad, sin duda acordándose de su Santiago de Compostela, que es ciudad de piedra: “Este Toledo, en cuanto un día llueva se disuelve”. El secreto imán de Toledo atrajo también a Lorca, y así lo cuenta el mismo Marañón – que a sí mismo se llamaba “el trapero del tiempo“, y al que ya me referí en Mi Siglo-:”el grande e inolvidable García Lorca, que iba allí, al cigarral, a leernos a sus amigos sus versos o sus dramas admirables (allí leería en 1933, antes de su estreno, “Bodas de sangre“), nos decía una vez que le daban ganas de comer la tierra de Toledo untada en el pan”.GRECO.-VISION DE  TOLEDO

Las únicas líneas escritas que del Greco han quedado en cuanto a materia de arte se refiere, dicen así en la leyenda de la “Vista y mapa de Toledo“:

Ha sido forzoso poner el Hospital de don Juan Tavera en forma de modelo porque no sólo venía a cubrir la Puerta de Visagra, mas subía el cimborrio o cúpula de manera que sobrepujaba a la ciudad, y así puesto como modelo, y movido de su lugar, me pareció mostrar la haz, antes que otra parte; y en lo demás, de como viene en la ciudad, se verá en la planta. También en la historia de Nuestra Señora que trae la casulla a San Ildefonso, para su ornato; y al hacer las figuras grandes, me he valido en cierta manera de ser cuerpos celestiales, como vemos en las luces, que vistas de lejos, por pequeñas que sean, nos parecen grandes”.

El imán de Toledo se funde con el imán de El Greco y la atracción de los dos nos lleva hasta el muchacho del verde jubón sosteniendo el mapa, a la Virgen y a los ángeles, a la escrupulosa minuciosidad de la ciudad recreada por los ojos del pintor, a la entonación clara y al frío gris ceniciento de su “apiñada colmena“, como dice en su gran “Greco” Manuel B. Cossío. (Espasa-Calpe)

(Imágenes:1.- “Vista y mapa de Toledo”.-Museo del Greco/2.-“Vista de Toledo”.-Metropolitan Museum.-Museumsyindicate)

EL AGUA, EL SOL, LA LUZ

Sorolla.-B.-cosiendo la vela.-joaquinsorolla y bastida. org

El agua, el sol, la luz, la jovialidad, la vida de la naturaleza en Sorolla, la fogosidad de su pincelada, la intensidad del blanco…Sorolla.-F.-el baño del caballo.-joaquin sorolla y bastida.orgEl caballo, el agua, el sol, la luz, los contrastes entre el mar y la tierra, los reflejos…sorolla.-D.-Madre.-1895.-joaquinsorolla y bastida.orgDe nuevo el blanco, el rostro, la maternidad, los grises, un poco de azul, el lecho luminoso…Sorolla.-C.-Triste herencia.-1899.-joaquin sorolla y bastida.org

La fijación de la luz, la captación, la blancura de una pintura que juega todos los matices lumínicos…, Sorolla desde el 26 de mayo hasta el 6 de septiembre en el Museo del Prado.

(Imágenes: 1.-“Cosiendo la vela”/-2.-“El baño del caballo”/.3.-“Madre”/ 4.-“Triste herencia”/ cortesía de www. joaquin-sorolla-y-bastida)

PERROS

perro-foto-keith-carter-imagery-our-world“He perdido a mi perro que tenía desde hace siete años. Lo busco por todas partes… Lo he perdido hace un mes, cerca de Deauville, y no lo consigo encontrar, lo que supone una tremenda desgracia cuando se ama a los perros..” Así hablaba ante la Televisión francesa la novelista Francoise Sagan en septiembre de 1964 tal como lo recuerda ahora Le Magazine Littéraire en un dossier dedicado a los animales y a la literatura. “Es un animal bastante grande, negro y marrón, con las cuatro patas blancas y una mancha blanca como la de un maitre de Hotel. Le falta uno de los dientes porque se le ha caído…”, describía angustiada la novelista. Cuando uno de los periodistas quiso interrumpirla y decirle: “¡Al menos es curioso! ¿No se encuentra usted algo molesta por tener que convocar a la Televisión para hablarnos de su perro? ella contestó: “Sí, quizá  lo encuentre un poco molesto, pero, por una parte, yo adoro los perros, y en ese caso todos los medios son buenos; y, por otra parte, yo he sido muchas veces perseguida por los periodistas de televisión. Cuando por azar me pueden ser útiles, no tengo ningún escrúpulo en utilizarlos (…) Las historias del respeto humano me sobrepasan ya desde hace tiempo, y yo desearía mucho mejor recuperar mi perro y que se burlen de mí miles de desconocidos que vivir sin mi perro y tener la buena consideración general…”perro-2-velazquezlos-hermanos-de-jose-lyceo-hispanico

  Perros, perros famosos, gente famosa, perros silenciosos que saben cuando el artista ha dejado su quehacer y se yerguen de su sitio, se desperezan, y le acompañan mansamente, yendo y viniendo por la vida, apenas un ladrido,  suele sobrecogerles la tormenta, les distrae una avecilla que pasa, vuelven, vuelven de vez en cuando la cabeza para ver si el amo camina, sí, camina, va detrás Virginia Woolf  pensando en Flush, el perro de la poeta Elizabeth Barret-Browning, va Mujica Láinez con Cecil, que mira cuanto duda y cuanto escribe el argentino. De estos y de otros perros hablé ya en Mi Siglo. Tienen su hora estos perros para husmear el espacio, se apoyan en el quicio de la necesidad y descargan cuanto llevan dentro. Perros, perros célebres inmortalizados por Velázquez, que descansan estirados en Las Meninas, que reposan a los pies de los cazadores, a la sombra de los infantes, perros que cruzan los cuadros. Perros, perros siempre, a los que se les pasa la mano sobre el lomo antes de volver camino de casa y sentarse de nuevo a escribir.

(Imágenes: 1.-foto: Keith Carter.-Imagery our world  /2.-Velázquez: detalle de” Los hermanos de José”.- flikr.-Lyceo Hispánico)

DALÍ, VEINTE AÑOS DESPUÉS

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“Mi primera imagen natural era la de la tela, que era también mi última imagen antes de acostarme. Intentaba dormirme pensando en ella (…) Durante todo el día, sentado delante del caballete, mi mirada se fijaba intensamente en la tela, como si fuera un médium, para ver surgir de ella los elementos de mi propia imaginación (…) Pero a veces tenía que esperar horas y horas, ociosamente, con el pincel inmóvil, antes de que imaginación alguna apareciera”, escribe Dalí.dali-c-morphologicalecho-1936-museumsyndicatedali-i-the-little-theater-1934-museum-of-modern-art-musseumsyindicate

dali-d-retrato-de-mrs-isabel-styler-tas-1945-museumsyindicatedali-b-dali-a-la-edad-de-seis-anos-1950-museesyindicate1dali-g-the-phanton-cart-1933-museumsindiicate

“Al entrar en la sala de exposiciones, Dalí acariciaba a un gran pájaro multicolor que reposaba sobre su hombro izquierdo.

– ¿Surrealismo?

– No, no.

– ¿Cubismo?

– No, tampoco: pintura, pintura, por favor”.

J.V.Foix: “Salvador Dalí”, 1932dalia-apparition-of-the-town-of-delft-1936-mussey

A los veinte años de la muerte de Salvador Dalí)

(Imágenes: Dalí,. 1.–“The Eye” (1945)/.- 2.-“Morphological Echo” (1936)/ 3.-“The Little Theater” (1934) Museum of Modern Art/ 4.- “Retrato de Mrs Isabel Styler-Tas” (1945)/ 5.-“Dalí a la edad de seis años” (1950)/ 6.-“The Phantom Cart” (1933)/ 7.-“Apparition of the Town of Delft” (1936).-musseumsyindicate.com)