“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (18) – LOS PROCESOS DE LA CREACIÓN

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (18):  los procesos de la creación

 

– Rememora usted muy detalladamente el proceso de creación en Stravinski, esos procesos que siempre le han interesado. Ha escrito usted varios libros en torno al proceso creador …

 

– Sí, el proceso de creación en muchos escritores y artistas siempre me ha intrigado. ¿ En qué momento empieza, en qué momento ocurre? Es un misterio. Muchos han tratado este tema, entre ellos Stefan Zweig en unas conferencias relevantes. Recuerdo una frase del “Diario” de Tolstoi: “escribir no es difícil. Lo difícil es no escribir”. Es decir, uno tiene que escribir, si es que está llamado a ello. El asunto es cómo, de qué manera empezar. Las cosas que se escriben suelen viajar con nosotros mucho tiempo en el metro, se duchan con nosotros bajo el agua, van tomando cuerpo y forma, a veces nos hacen esperar como decía Stravinski al hablar de las mañanas y las tardes, y entonces, cuando nos hacen esperar, hay que aguardar a que ellas mismas se vayan construyendo y que poco a poco levanten su arquitectura y se nos muestren tal y como quieren ser escritas, con el tono y la voz que quieren mantener. Hace unos días me preguntaba usted por la importancia de la “voz”. Me acordaba de que Marguerite Yourcenar confesaba que hubo de esperar varios años hasta encontrar la “voz” adecuada para el relato de Adriano en sus “Memorias”. Pero, como usted dice, a mí me han interesado siempre esos vericuetos de la creación. Recuerdo, por ejemplo, en Madrid, estando un día en casa de Gerardo Diego, hace años, en la calle Covarrubias donde vivía, cómo el poeta me mostró sus “variaciones” o “variantes” dentro de un mismo poema, es decir, sus tentativas y bifurcaciones, sus incertidumbres, o también cómo el pintor Juan Barjola, paseando cerca de su taller en la calle Amalarico, cerca de Carabanchel, me reveló el enigma de sus perros descarnados y solitarios bajo la luna, o igualmente cómo un bailarín español, Antonio Gades, en París, al dar sus vueltas en un ensayo sobre el escenario, me descubrió el secreto del movimiento de sus tacones repiqueteando y girando en la madera. Pero todo esto son sólo meras aproximaciones. Muchas veces los artistas no saben mas que confusamente lo que han hecho y tampoco conocen realmente cómo han podido crear todo aquello y entonces han de ser los comentaristas quienes se lo expliquen. Hay muchos ejemplos de ello, y por citar uno destacado ahí tenemos cómo Kafka le pregunta a Felice Bauer si ella encuentra algún sentido coherente al relato “La Condena” porque él no se lo encuentra. Y en el caso de la poesía esta experiencia es aún más singular. Shelley, por ejemplo, decía que ni los poetas mismos se dan cuenta cabal de su excelencia porque la poesía obra de una manera imperceptible y serán las generaciones futuras las que contemplen el efecto de su poderío.

Cuando se me pregunta entonces, y lo han hecho muchas veces, qué es la invención me remito a la interrogación que en el fondo se hacen muchos escritores. Sabemos que dos y dos son cuatro, pero el artista muchas veces se plantea: ¿y si fueran cinco? Ese cinco es precisamente la invención, la posibilidad: yo diría que es la creación. Con ese cinco se pueden hacer y se han hecho muchas cosas importantes en la literatura. Es como el peldaño de la fantasía. El escritor, el pintor, el músico, se preguntan: ¿ y si esto no fuera así como lo vemos? ¿Y si debajo o encima de esa realidad hubiera otra realidad? Todas las revoluciones en las artes han mostrado que dos y dos, además de ser cuatro, pueden sumar cinco. Y la fantasía, la imaginación, la invención han cubierto con ese número cinco los libros y los lienzos. Hay que tener en cuenta que muchas gentes van en busca de la invención, atraviesan las ciudades en su busca, les interesa, naturalmente, la realidad, quieren ver en un libro o en un cuadro muy bien reflejada la realidad de donde provienen y donde viven, su barrio, su casa, sus costumbres, pero de pronto quedan sorprendidas y extasiadas ante la invención, ante la irrealidad de la realidad, fascinadas de cómo el escritor o el pintor o el músico han podido sublimar la chata realidad de todos los días y transformarla en un escenario nuevo, por ejemplo, cómo una mujer muestra en su mejilla tres ojos cruzados colocados por Picasso o cómo unos teléfonos se derraman blandos en una playa de Dalí. Se vuelven entonces adictos a la invención. Recorren las calles en busca de la invención, persiguen la prodigiosa invención, entran en una librería, hojean una realidad absolutamente inventada, saben que esa historia no es la verdad, que esas páginas son mentira, (por ejemplo, “el Vizconde demediado” de Calvino o la desaparición de una nariz en Gógol), pero compran compulsivamente esa mentira tan atractiva, tan bien escrita, tan subyugante, y se llevan esa fantasía inventada a sus casas, a la realidad de sus casas, y luego la leen ávidamente.

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A veces también me han preguntado en ciertas ocasiones: ¿qué es más fácil escribir, realidad o ficción? Y yo añado a esa pregunta: ¿y qué es en el fondo la realidad? La realidad absoluta es casi imposible de describir. La auténtica realidad, o al menos quizá el débil acercamiento a la completa realidad reflejada, tal vez sería, y no estoy muy seguro de ello, la fotografía. Pero en cuanto el escritor quiere acercarse a una realidad e intenta mostrarla lo más fielmente posible a los demás, no tiene más remedio que acumular enumeraciones, añadir y añadir detalles en toda su observación, procurar elegir muy bien los adjetivos, agrupar y encadenar descripciones llenas de matices, y aún así no lo conseguirá. Un acercamiento a la auténtica realidad de lo que se muestra, quizá sería, como digo, aunque muy lejanamente, la fotografía. Por ejemplo, hace unos días hablándole a usted de mi primera casa en Madrid me refería a la figura de mi tía Amparo. Tal vez sí, una fotografía de mi tía Amparo caminando sobre las maderas del pasillo en aquel caserón que iba resonando bajo sus pies, sin duda nos mostraría la realidad de su figura. Pero se necesitarían varias fotografías de esa mujer, una que la enfocara por delante, otra que nos la mostrara por detrás, y aún varias más, desde ángulos muy distintos. Y aún así no bastaría. Sí, indudablemente veríamos con perfección en esas fotografías su vestido estampado de colores marrones, su figura diminuta, quizá hasta los abalorios brillantes que cubrían sus dedos. Pero en ese pasillo de la casa de la calle de Goya resonaban, como digo, también las maderas, crujiendo bajo sus pasos, y esos sonidos, naturalmente, ninguna fotografía los recoge. Sólo los recogería un documental: mi tía Amparo, pues, en un documental. Pero, ¿y sus pensamientos, entonces? ¿Y su personalidad? ¿Cómo se refleja? Por ello, ¿qué hace el escritor para poder contar lo más fielmente posible esa realidad? Pues ponerse ante el cuaderno e intentar describir lo mejor que pueda y sepa todos esos pasos, esos movimientos, esos colores, esos sonidos, y, si se atreve, adivinar incluso sus pensamientos. Es decir, recrear. Le será imposible fotografiar y tendrá que recrear. El escritor, pues, recrea. Al recrear, de alguna forma inventa. Se acerca hasta ese pasillo con sus adjetivos, con su memoria, con algunos recuerdos que le vienen a la cabeza, con otras asociaciones de ideas que le llegan también, con las inspiraciones para evocar un ambiente, mil cosas convocadas, pues, en ese instante para recrear y para crear. Creará incluso a veces cosas mejores que la pura realidad. Al menos distintas. Y cuando acabe de crear, como antes le decía, no sabrá bien de qué forma lo ha hecho. Será quizás una mágica combinación de elementos la que le ha llevado hasta una creación que incluso puede superar a la misma realidad.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

 

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (17)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando  desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (17) :   Igor  Stravinski

 

 

5 mayo

 

 

– Antesdeayer – me dice hoy nada más entrar la periodista y sentarse en la silla – me hablaba usted de Fellini… ¿Lo conoció en Roma? ¿Cómo fueron sus años romanos?

– Bien, yo viví en Roma desde 1963 hasta finales del 65. Usted me pregunta por Federico Fellini, y me parece muy natural ya que él fue una personalidad que lógicamente atrae a mucha gente, pero yo, permítame que antes de hablarle de Fellini y de su mundo, prefiera referirme a otra personalidad que también conocí en Roma y que, al menos para mí, es mucho más poderosa que la de Fellini, por supuesto una personalidad absolutamente distinta, más completa, alguien cuya vida y obra me han dejado una gran huella. Hablo del compositor Igor Stravinski, al que conocí precisamente en Roma en 1964. Y recuerdo perfectamente como si ahora la reviviera aquella tarde bajo las luces de la gran sala de conciertos en la vía de la Conciliazione, un viejo palacio cercano a la plaza de San Pedro. Sucedió aquello el 13 de junio de 1964. Sentado como yo estaba en una de las esquinas del aula a la que me habían invitado, giré mi cabeza y allí vi a Stravinski, como también vi a Pablo Vl, el Papa que había entonces, en el centro del pasillo , sentado en un sillón algo elevado donde le habían colocado, con su capa roja cubriendo su sotana blanca, los ojos atentos y penetrantes que él tenía, las manos cruzadas : él presidía el concierto. En aquella audición, que luego se haría célebre en el mundo entero no sólo por la excelencia de su música sino por la presencia del Papa y por los compositores que a ella asistían, estaban presentes grandes figuras de la creación: Malipiero, Milhaud, Stravinski. Recuerdo que no se habían apagado todavía las luces ni los cuchicheos, llegaba aún un pálido resplandor de lámparas aisladas y se podían seguir movimientos de sombras buscando aquí y allá sus localidades. Pero inmediatamente se hizo el completo silencio, comenzó la música y todo se transformó. Yo miré el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski que a sus 81 años de entonces, con la mano en el mentón y en la butaca que le habían dispuesto a la derecha del Papa, se sumergía ya, como también lo hacía yo, abandonándose con ojos semicerrados al breve preludio de la “Sinfonía de los Salmos”, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Echarvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín “yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca”, aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente. E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento, tal como continuaba sentado en la butaca junto al Papa, todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas durante los viajes y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo. Pero en aquel momento recuerdo que también avanzaban de nuevo desde el fondo del escenario de via de la Conciliazione el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces que fueron levantando los salmos en el escenario (“me sacó del pozo de la miseria – cantaban los niños en latín -, del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos”), aquel Salmo 39 que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta. Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Echarvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la “Sinfonía de los Salmos” en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer. Aquellos Salmos no le habían dado tantos quebraderos de cabeza como cuando, por ejemplo, años antes, llegó a equivocarse y había escogido para trabajar una casa que él en principio creía silenciosa, también en Echarvines, pero no junto al lago d Annecy sino al borde de la carretera, y allí había querido esforzarse en crear, y al final lo consiguió – luchando contra gritos, discusiones y amenazas matrimoniales del albañil que habitaba en el piso de arriba y que era quien le había alquilado la casa -, sentado ante un piano a prueba de chillidos e incluso de olores ( aún recordaba el olor a arenques ahumados que descendía desde las ventanas), intentando componer el ballet en un acto, “El beso del hada”, su homenaje alto y claro a Tchaikovsky. Sí, él siempre había tenido, y así seguramente lo recordaba ahora en el concierto, una profunda admiración por el ballet clásico, por la belleza de su orden y el rigor aristocrático de sus formas, por el triunfo de la concepción sobre la divagación. Y ahora venían hasta su butaca de Roma todos esos recuerdos, todos los recuerdos, recuerdos muy desordenados. Avanzaban por la oscuridad de la sala de conciertos mezclándose con caras y con tiempos, caras de Cocteau que tantas veces él había visto, caras de Diaghilew, caras de Picasso, caras, caras, recuerdos…Y de repente concluyó la Sinfonía, estallaron cerrados los aplausos y se encendió la luz. Muchas veces me han preguntado, “¿Y usted pudo hablar ese día con Stravinski?” y he contestado que no, no pude hablar con él. Se encendieron de improviso las luces y Stravinski, levantándose de su butaca, giró a su izquierda, y estuvo unos minutos de pie, hablando con el Papa. Luego pasó a mi lado andando lentamente, apoyado en su bastón. Entonces yo solo me atreví a rozarle, a buscar una de sus manos y al pasar conseguí apretársela.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ (Memorias)

(Continuará)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

EL CINE, LOS JUEGOS, EL OLOR

 

 

 

“Cuenta  la argentina María Negroni cómo a su vez la italiana Giuliana Bruno describió el cine de varios modos. Lo llamó archivo nómada de imágenes, viaje arquitectónico, paisaje cultural del inconsciente, y visión peripatética. En todas sus definiciones, movimiento y figura son claves.  Pero al cine — añade — lo preceden muchos “espacios para ver”: los museos de cera, las vidrieras, las vistas panorámicas, las caminatas urbanas, los museos y, en general, todo espacio donde el espectador puede volverse, literalmente, un consumidor de imágenes.

Bergman por su parte quiso fundir el cine muchas veces con su infancia y con el juego especial del momento de rodar. “Me siento — decía —  muy atraído por mi infancia, casi obsesionado. Son unas imágenes y unas impresiones muy claras y que tienen un olor. A veces, puedo recorrer el paisaje de mi infancia, las habitaciones en las que he vivido, los muebles, los cuadros en las paredes, la luz. Es como un film, como trozos de films, y yo pongo en marcha el proyector.

Muchos artistas —continuaba — se parecen a niños grandes. Pensad en Picasso, por ejemplo, tiene cara de niño; con Churchill, Stravinsky, Orson Welles, ocurre lo mismo. Podría citarse también a Mozart. Yo soy consciente de eso cuando entro en el plató, o cuando tengo una cámara en las manos y los técnicos en torno  a mí. Entonces me digo: “ Bueno, vamos a comenzar un juego”.  Recuerdo exactamente que cuando era pequeño, antes de comenzar a jugar sacaba uno todos los juegos del cofre. En el plató  tengo más o menos la misma impresión. Hay una cierta analogía. La única diferencia está en que ahora, por una razón inexplicable, alguien me paga por organizar el juego, y determinadas personas me respetan y siguen mis instrucciones, cosa que de vez en cuando no deja de sorprenderme.”

 

 

(Imágenes—1-Chiara Samugheo- Marcello Masttroiani/2-Brazier Celyn)

VIEJO MADRID (91) : EN TORNO A “POMBO”

 

 

“En 1916 Ramón fundaba la tertulia de Pombo —evocaba Juan Manuel Bonet —. Un sombrío café de la época de Larra, un espacio al que alguien le veía un algo de tartana, se convertía en  trinchera de la pequeña vanguardia madrileña. Al año siguiente —“Parade” y otros ballets rusos en el Teatro Real — iba a ser recibido ahí Picasso, con motivo del que sería su último viaje a la ciudad donde a comienzos de siglo había participado en la aventura noventayochista de “Arte joven”. Pero Madrid tiene mala memoria. A comienzos de los años cincuenta, poco después de la última visita de un Ramón ya dramático, exilado en Buenos Aires e irremediablemente nostálgico de Madrid, cerró sus puertas el café. En su lugar se instaló una tienda de maletas. Hoy —decía Bonet en 1992 — ni tienda queda: un solar siniestro ocupa el espacio del que fuera el lugar de convivencia y de banquete por excelencia. El cuadro de José Gutiérrez Solana “La tertulia de Pombo”, que a partir de 1920 presidió las tertulias sabatinas, es una de las obras maestras de su autor. Ramón iba a catalogar fantasiosamente a las vanguardias en su disperso y brillante libro “Ismos” (1931), reflejo de su comercio con los artistas de Paris, pero tuvo además la genial intuición de conservar de sus años simbolistas, la fe en en el brillo oscuro solanesco.”

(Imagen – José Gutiérrez Solana —“La tertulia de Pombo’

EL ENTIERRO DE MODIGLIANI

 

 

“El entierro de Modigliani — contaba Corpus Barga —, que fue el nacimiento de su pintura, puede tomarse como la fecha arbitraria y fatal para marcar la muerte del Montparnasse cubista. Modigliani había sido un cubista de Montparnasse que no hacía cubismo. Cuando los mercaderes empezaron a fijarse en este pintor, ya arruinado y alcohólico, el hombre se murió. La muchacha que vivía con él se tiró por la ventana para seguirle para el otro mundo que han falsificado tantos pintores antiguos. Al entierro de Modigliani asistió  todo Montparnasse, desde Picasso hasta el último mono. Desfilaron en el depósito,  por delante del cadáver, pintores de todas las nacionalidades; cada cual saludaba según su rito, con el sombrero, con la cabeza, con los brazos o con el cuerpo.  El último mono de Montparnasse, con el cuello del gabán  levantado sobre el pelo rubio —a quién quiso imitar este personaje de la selva —, le dio el último adiós, un adiós con la mano, volviendo la cara. Parecía el adiós que se daba paradójicamente todo un Montparnasse a sí mismo.”

( a los cien años de la muerte de Modigliani)

 

 

 

(Imágenes—1- Modigliani _1917 – colección privada – Washington – Wikipedia/ 2-Modigliani -1918- colección particular)

SCIASCIA Y PICASSO

 

 

“La grandeza de Picasso no está, por decirlo de manera aproximada – dice Sciascia enNegro sobre negro”-, en la vanguardia, sino en la tradición. O sea: no contempló el futuro sino el pasado, lo que ya había sido hecho y que él, con su grandísimo y febril talento, ya no podía hacer. Podía únicamente disgregar, descomponer, deformar muchas veces con ironía, otras con desprecio, siempre con la rabia de haber llegado cuando ya todo había sido hecho. Recorrió así toda la historia del arte, y también todo el arte sin historia. Y dijo sobre el hombre, sobre el pasado del hombre, reinventándolo, rehaciéndolo, todo aquello que hoy niegan los imbéciles.”

 

 

(Imágenes -1-Sciascia – milanocultura/2- Picasso por Irwing Penn – 1957;- the New york times)

ESPACIO MIRÓ

 

“Cuenta Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de los ismos”  al hablar de lo que él llama la teoría infantilista en el arte que “consultados los niños de las escuelas de los Estados Unidos  sobre qué cuadros de los museos les agradaban más, contestaron unánimemente  que los de Miró, en especial su “Interior holandés”.

Ahora llega la noticia de que se reconstruye exacta y minuciosamente el taller de Miró, allí donde creó su atmósfera y su vida, “ y así reconstruir – señala la crónica – cómo Miró se movía por el espacio y cómo lo utilizó, además de identificar las manchas de pintura y asociarlas a obras concretas. El Departamento de Colecciones ubicó, gracias a filmaciones y fotografías de la época, todos los objetos, que, según el inventario, suman casi 4.000 piezas. De esta forma, se ha podido reconstruir fielmente, sin concesiones al artificio, el espacio original de los setenta, la época de máxima ebullición de Miró (…) La realización del inventario ha permitido descubrir que hay varios objetos duplicados en los talleres de Mont-roig y de Palma de Mallorca, y que dan cuenta de sus fijaciones: un retrato de Pablo Picasso, otro de Joan Prats, un sol de palma, una calabaza, un pez globo, un balancín, varias postales (…) Miró se dedicó a crear su propia pinacoteca, recogiendo objetos encontrados en la playa, en el campo o en las calles: esqueletos de caracolas, ranas, ratas o murciélagos; piedras; alambres; instrumentos de laboreo…”

 

 

También Cirlot habla de lo que él denomina  “folklorismo plástico” y comentando la obra de Joan Junyer anota que “ en su pintura se propone seguir, en ocasiones, los modelos ofrecidos  por la cerámica mallorquina: los belenes y las palomas de barro cocido, someramente recubierto de tintas fulgurantes y que le llaman al cultivo de ese estudio que, tangelcialmente, parece haber afectado asimismo a Miró y a Paul Klee, el de los objetos naturales: piedras de color recogidas a la orilla del mar, escamas, minerales diversos.”

Es en ese mundo cuidadosamente colocado por donde el pintor caminaba cada mañana, entre objetos, telas y pinceles, trabajando intensamente en su “espacio Miró”.

 


 

(Imágenes -1 – Miró – interior holandés- 1928  / 2- Miró- 1976- Andrew Weiss Gallery -artnet/ 3- Miró en su taller)