EL BILLETE DE SOMBRA

Contaba el dibujante, paisajista y muralista español Juan Esplandiu en la tertulia del café ”Lyon d’Or” historias de la picaresca madrileña. En la calle de Atocha se acercaban unos pícaros a unos paletos que subían jadeantes desde la estación del mismo nombre y le ofrecían un billete “para poder ir por la acera de la sombra”. Si el paleto no hacía caso de la oferta a los pocos metros se encontraba con un compinche del anterior, cubierto con una gorra de plato de vaga autoridad municipal y que le decía: “¿Tiene usted el billete de sombra? Si no, tiene que pasarse a la otra acera“. Los desconcertados que acababan pagando por el privilegio de no recibir el sol en la cara eran al parecer bastantes para que el ”negocio” diera resultado.

(Imágenes- 1-— Rik wouters—-1912/ 2- Juan Esplandiu – taberna madrileña-(1962)

CODICIA DE LOS BIENES AJENOS

 

 

La sucesión de los telediarios nos suele ilustrar de modo continuo sobre la gran picaresca del mundo y la pequeña picaresca cotidiana, la larga procesión y variedad de delincuentes, sus triquiñuelas y astucias, muchas veces apresadas al fin sus muñecas por los grilletes de la justicia y otras muchas escapando libres campo abajo y perdiéndose en  el olvido de la multitud.  Al abrir un libro del siglo XVll,  «Desordenada codicia de los bienes ajenos» (1619) , su autor nos abre todo el panorama de ciertas «profesiones«: » los «salteadores», que son aquellos que roban y matan en los caminos;  los » estafadores«, que asaltan a los ricos en sitios solitarios, y, mostrándoles dagas, les amenazan de muerte si no les dan una cantidad determinada en cierto tiempo;  los «campeadores«, que se apoderan por la noche de las capas o van con librea de lacayos a casas de diversión, de donde roban lo que pueden, saludando a cuantos encuentran ; los «grumetes«, que toman ese nombre de los aprendices de marino que trepan a los mástiles, porque éstos van provistos de escalas de cuerda, con garfios en los extremos para hacer sus robos; los «apóstoles«, que, como San Pedro, van con llaves y arrancan cerraduras; los «cigarreros«, que frecuentan las plazas públicas y se llevan de un tijeretazo la mitad de una capa; los «devotos», son ladrones religiosos, que despojan las imágenes de los Santos y confían en la suavidad de las leyes de la Iglesia, que con una pena leve los castiga si son descubiertos; los «sátiros», ladrones de bestias, llamados así porque viven en los campos; los «mayordomos«, que roban provisiones  y embaucan a los mesoneros; los «cortabolsas», su nombre lo indica; éstos son los más nunerosos en el país; los «duendes«, que son ladrones subrepticios ; y los «maletas«, que, dejándose llevar en bultos y baúles como si fueran mercancías, tienen fácil entrada en las casas».

En cuatro siglos, la lista – como nos recuerdan casi cada día los telediarios – sería mucho más larga.

 

 

(Imágenes-1-Georges Segal – pegausnews com/ 2- Yong Sin – 2009- andrewshire gallery – los Angeles- artnet)