LA LUNA CUANDO UNO ESTÁ CANSADO



“Cuando uno está cansado y tiene la suerte y los medios para poder ir a algún buen hotel del mundo, ocurre ese mismo fenómeno que jamás aparecerá en las guías de viaje. Suele haber una serie de habitaciones en el último piso en cuyas ventanas aparece en la media noche del verano ,la luna. No es una luna redonda sino una media luna solitaria que pende sobre el océano. Desde la cama, con la ventana abierta, se sigue perfectamente el silencio blanco de esa luna omnipresente que se desplaza muy despacio , casi intangible, por el marco de la ventana.. Suele suceder eso hacia las tres o tres y cuarto de la mañana. Es donde parece pararse el tiempo. El tiempo se detiene , también la atmósfera y el clima.. La brisa refrescante del mar asciende hacia la luna. Por la ventana abierta llega toda la suave humedad nocturna hasta la cama. Uno se adormece, o al menos cierra los ojos. El cansancio, la polvareda de gases del invierno, las precipitaciones de escaleras y ascensores, el vibrar de los móviles, el centelleo de pantallas y ordenadores, los gritos de los niños, las comidas copiosas y apresuradas, todo queda bajo los párpados cerrados unido a las discusiones y a los despertares. El ruido de las autopistas y el zumbido de los aviones desaparece. Da la impresión de que uno reposa con los ojos cerrados y toda la tensión del invierno se diluye en escamas. Pero apenas uno entreabre los párpados ve de nuevo desde la cama esa luna inmóvil, esa media luna blanca que está en el centro de la ventana y que continúa sobre el mar azul y sobre la humedad oscura de la noche. Son las cuatro de la mañana y todo el mundo duerme. Parece mentira que existan inviernos con tanta gente subiendo y bajando las escaleras del metro y precipitándose por los andenes.”

José Julio Perlado

(del libro ”La mirada”)

(texto inédito)

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(Imagen — Gao Xingian)

11- S: LOS QUÉS Y LOS POR QUÉS

“El ojo no basta.La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace sobre la pantalla. A este día de terror no le es suficiente el ojo televisado. Este ojo tendrá que salir de esta habitación de imágenes y buscar un periódico, detenerse, volver a rebuscar entre las líneas del periódico, ávida y tenazmente, intentando encontrar el secreto bajo la tierra de las palabras. Después lo hará en el libro. Aquí,sí, aquí una palabra clave vale siempre más que mil imágenes saliendo del Vesubio de Nueva York, fantasmas de arena como esculturas de barbarie. Esas estatuas de arena que andan sobre los puentes con sus carteras de ejecutivo y sus pañuelos de ocasión escapan maquilladas del polvo del espanto como saliendo de Nínive. ¿Por qué marchan hieráticas y sobrecogidas? ¿ Qué ha ocurrido es esos edificios gigantes que ahora se derrumban? ¿ Por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polucion americana, dentro de la cüpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros. Durante siglos paces y odios entre civilizaciones se han prensado entre signos apretados que los copistas se pasaron unos a otros, que los lectores leyeron primero en voz alta y luego en la intimidad. Después la lectura cambió la intensidad y el silencio por la extensión y el afán de leer. Gran parte del mundo occidental leía en el siglo XlX. Luego, al entrar las imágenes en las habitaciones del siglo XX, al sentarse los hombres ante las pantallas y quedar extasiados por sombras y luces, el libro permaneció en otro cuarto y fue alejándose poco a poco al fondo del pasillo del esfuerzo y también del placer.”

José Julio Perlado — “El ojo y la palabra”


(Imágenes—1-Brittan Miller/ 2- foto Robert Cappa- images our world)

EL SUPLANTADOR


“ Entonces Don Miguel se asustó de lo deprisa que corría su pluma en el episodio de la muerte del Quijote y pensó en todos los esfuerzos anteriores y quedó extrañado. Tardó dos noches en llegar al final. Iba a rubricar ya su firma en la página última y estaba como enfebrecido de hambres y de vigilias cuando al ir a poner su pluma en el papel vio en la parte baja, escrito ya, su propio nombre. “Miguel de Cervantes”, leyó Don Miguel. Hasta su propio nombre habían escrito antes que él. Todo había sido hecho, todo estaba ultimado de antemano y aquel final de la Segunda Parte aparecía tan completo que ni era necesario firmarlo. Y sin embargo, una furia vencía a su paciencia y con aquel brío sordo que le atenazaba, mojó su pluma de ave, se acercó a la luz y pasó la punta de la pluma sobre los trazos de la rúbrica siguiendo aquella M grande y angulosa y reescribiendo el nombre de Miguel sobre aquel otro Miguel que alguien había escrito. Y con pulso y con furia pasó luego a escribir su apellido, y mojando la pluma de nuevo contempló aquel “Cervantes” en la página como si le retase a él en el silencio de su pobre habitación. Y firmó de nuevo sobre aquel apellido y notó sin embargo que la mano no le obedecía cuando su mente le obligó a inventar otra rúbrica, porque como antes le había pasado con cada episodio de la novela, nada podía cambiar por mucho que se devanase los sesos y afilara su fantasía. Había que escribir encima de lo escrito por el “otro”, y había que firmar tal como el otro había hecho hacía tiempo, con aquel trazo de rúbrica que a Don Miguel le atraía y repelía a la vez. Descubría que aquello era “suyo” aunque anticipado, un sino que le marcaba como destino que amaba y le atraía a firmar; descubría a la vez, como le había pasado en todo el libro, que de algún rincón misterioso se le cercenaba la libertad. Era imposible para Don Miguel de Cervantes no firmar de otro modo más que lo que allí él veía, y como lo “ya vivido”, como lo anticipado. El Quijote entero estaba escrito desde hacía tiempo por un Cervantes que no era el Don Miguel que allí estaba sino por un Miguel de Cervantes que se le había adelantado como escritor insigne y que le enseñaba ahora su firma inconfundible para que él sólo pasara la pluma sobre aquellos trazos y se abstuviera de toda velocidad y de cualquier otra aventura de libertad creadora.”

José Julio Perlado

( del libro “La mirada”)

(relato inédito)

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(Imágenes- 1—William Strang- 1909/. 2- Sebastián Stokopff)

LOS ARTISTAS ITINERANTES


Trece años después de esta gran ceremonia del té presidida por Hidehoshi —   es decir, el 21 de octubre de 1600, exactamente a las cuatro y media de la mañana  — unos 250.000 soldados del ejército de  Hideyori, el hijo de Hidehoshi, se enfrentaron  contra  el ejército de Ideyasu en la batalla de Sekigahra, en el centro de Japón. Una  batalla  que duraría hasta las dos de la tarde de ese día y que quedaría registrada en los anales del país como una  de las más decisivas y famosas.. A Hisae Izumi sólo le llegaron de esa  batalla   ecos lejanos, porque se encontraba  a mucha distancia  de donde ocurrió  y sobre todo porque pronto   le contaron el desenlace que era lo que a ella más le importaba:  que  Ideyasu había  vencido.  Algunos incluso quisieron comentarle el  espectáculo de las tropas de a pie en aquella jornada y el despliegue de los samurais a caballo manejando con destreza sus “katanas” junto a sus espadas cortas en un cruel encuentro cuerpo a cuerpo. Pero Hisae estaba ya ocupada desde hacía  tiempo en cosas que le interesaban mucho más. Le interesaba por ejemplo, conocer los secretos y  tesoros  de los castillos. Había estado ya en el castillo de Nagoya, admirando el llamado “espejo de emperadores”, aquellos dos paneles de oro  y  de polvo de oro sobre papel en donde dos pequeños y blancos personajes se perdían sobre el difuminado dorado. Había quedado extasiada  también en el castillo de Nijô,  en Kyoto, donde, en una de sus salas, se erguía la pintura de un pino gigante de catorce metros de anchura y cinco de altura, un árbol bañado en oro de grandiosas dimensiones. Todo aquello le atraía enormemente. Quería aprender más cosas sobre Japón  y se había unido a un movimiento llamado de “los artistas itinerantes”, o simplemente de los caminantes, cuyo propósito era recorrer en lo que fuera posible  el archipiélago entero para descubrir bellezas. Cuando Hisae llegó, por ejemplo,  en otro de sus largos recorridos ante el gran biombo del pintor Eitoku titulado “Ciprés japonés” con sus cuatro puertas correderas, ya los biombos le fascinarían  para siempre. Siempre hablaría de ellos. Sobre todo de aquellos biombos que reflejaban el movimiento de las ciudades, el movimiento de los barrios y de los innumerables transeúntes yendo y viniendo sobre el oro de las pinturas y bajo nubes doradas, personajes insignificantes que se perdían en la Historia pero que el arte de los biombos lograría rescatar.”

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa”)

(relato inédito)

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(Imágenes-1-Museo de arte japonés/ 2-ilustración del “Genji monogatari” atribuido a Tosa Mitsuoki- Wikipedia)

MUERTE Y VIDA DE UN PÁJARO

“ Ha muerto el viernes pasado, caído entre las hojas de un árbol en el bosque gallego de Caldas de Reyes, cerca de Villagarcía de Arosa, en Pontevedra, “Plumón”, un mirlo que me ha acompañado durante años mientras yo escribía. Perteneciente a una gran familia melódica, su padre fue muy reconocido en los ambientes musicales gracias a sus paseos cadenciosos y rítmicos por la barandilla de la ventana de la casa que ocupaba entonces Paul Mc Cartney en Londres , cuando aún estaba integrado en los Beatles y componía diversas canciones, entre ellas “Blackbird”. Sentado junto a la ventana abierta de su cuarto en una cálida noche de verano de 1968 y acompañándose con una guitarra acústica, Mc Cartney miraba cómo se paseaba el mirlo de aquí para allá y de derecha a izquierda por la barandilla, acunado o influido por unos compases de Bach que eran los que Mc Cartney estaba escuchando. Aquella unión de melodías Mc Cartney la había oído ya meses antes en su granja de Escocia y en ella se había inspirado casi instantáneamente, pero fue en Londres cuando el mirlo con sus pasos y sus melodías por la barandilla tomó más cuerpo y se adentró más en la canción.

El hermano de este mirlo de Paul Mc Cartney, es decir, el tío de mi “Plumón” que ahora acaba de morir en Galicia, fue célebre también en la historia de la música por haber acompañado muchas veces al compositor francés Olivier Messiaen por los prados, jardines y bosques de Francia mientras éste escribía “El despertar de los pájaros”, en 1953. El juego sonoro de los pájaros en aquella composición, comentó mucha gente entendida, era un verdadero comprendió de ornitología musical. El dúo entre un petirrojo y el mirlo, por ejemplo, abría el camino hacia unas tórtolas que se convertían en flautas y hacia un pardillo que se transformaba en clarinete. Después cantaban dos mirlos como si estuvieran invitando al piano, el tordo se unía a la abubilla y a la risa del pico verde y asomaban después en aquella alabanza de los pájaros las llamadas y gritos del verdecito, el estornino y el jilguero.

El mirlo de Messiaen, es decir, el tío de “Plumón”, siempre afirmó que el árbol genealógico de los mirlos se remontaba Historia arriba, hacia los inicios, e incluso aseguraba que llegaba hasta las teclas del piano de Beethoven, aunque eso no está en absoluto demostrado. Pero había muchas gentes que afirmaban que un mirlo “compuso” realmente la frase inicial del Rondó del “Concierto para violín” de Beethoven. Las tonadas de los mirlos, y así lo han dicho muchos especialistas, no están siempre completas la primera vez que las cantan. Van añadiendo toques que completan la idea musical primogénita.

¿Y cómo era “Plumón, desde el viernes caído hacia un lado y que ayer enterré bajo los árboles ? Tenía un plumaje negro en donde resaltaba como contraste el amarillo naranja del pico y de un anillo alrededor del ojo. Silbaba parsimoniosamente unas estrofas musicales interrumpidas por cortos silencios. Era un gran consumidor de larvas, caracoles y lombrices y le gustaba pasear cerca del arroyo que hay frente a mi casa. Un día que estaba yo escribiendo y que para distraerme tomé unos minutos mi violín, empezó a copiar las notas a su manera con el cuello estirado las plumas de la cabeza erizadas, los ojos chispeantes y el pico abierto. Nunca he oído cantar mejor una melodía.”

José Julio Perlado

(del libro “Museo de la mirada’)

(relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)

(Imágenes— 1- Vadim trunov 2- foto Richard Day- national geográficamente/ 3- Youssef Nabil – 2011/4-Joseph Cornell)