“¿Qué me decís del otoño? Especialmente, esas noches nebulosas de luna cuando la claridad lo baña todo y uno tiene la impresión de que pueda recoger en la mano sus rayos … — anota Dama Sarashina , una escritora japonesa de hace más de mil años en su relato autobiográfico “Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian”—. En momentos así, todo el encanto del otoño parece estar dentro del sonido del viento y del canto de los insectos. Y, si como fondo a esos sonidos, uno escucha los acordes animados del arpa o el sonido transparente de una flauta, la belleza de tal noche posee una elegancia que, a mi juicio, es imposible de superar por la primavera.”
“Sentado en la misma piedra, inmerso en el mismo olvido y sonriente a la misma desilusión, he vuelto un instante a sorprender el otoño. Ha venido este día de agosto al jardín a preparar su temporada, menos ligero ya de ropa, rodeado de brisas frescas y con una hoja verde-amarillenta en la boca.
Aún no están las cosas que son pero ya piensan aquí. Y su pensamiento hecho hoja y agua, pájaro y sol, nos cerca la frente y entra un poquito, y luego, voluble, se va en el mediodía que tiene ya algo de tarde.
Algo de tarde. Como una tarde es el día todo del otoño. Sobre su luz está siempre, inminente, lo sombrío y lo frío sobre su calor. Ya el corazón lleno de amor lo siente. Y no se ve en él un saludo infantil del invierno sino un adiós romántico a la primavera.”
Juan Ramón Jiménez – “El otoño”- “Colina del alto chopo”
(Imágenes -1-Lynn Geesman- 1997/ 2-Michael Yamashita – National Geographic)
«Alrededor del seis de octubre, las hojas suelen empezar a caer, en sucesivos chaparrones, tras una lluvia o una helada, pero la principal cosecha de hojas, el súmmun del otoño, suele ser alrededor del dieciséis» – así lo va contando en sus paseos solitarios el norteamericanoHenry David Thoreau. enamorado, como tantos otros, de los movimientos de la naturaleza. «Las calles están cubiertas por una capa espesa de trofeos, y las hojas caídas de los olmos crean un pavimento oscuro bajo nuestros pies. Tras uno o varios días especialmente cálidos del veranillo de San Martín, percibo que es el calor inusual lo que provoca, más que nada, la caída de las hojas, quizá cuando no ha habido lluvia ni heladas durante un tiempo. El calor intenso las madura y marchita repentinamente, igual que ablanda y pone a punto a los melocotones y otras frutas y las hace caer».
«Las hojas del arce rojo tardío, brillantes aún, están esparcidas sobre la tierra, con frecuencia como un fondo amarillo con manchas rojas, como manzanas silvestres, pero sólo conservan esos colores sobre la tierra uno o dos días, especialmente si llueve. (…) Los nidos de los pájaros en los arándanos y otros arbustos, y en los árboles, ya están llenos de hojas marchitas. Han caído tantas en el bosque, que una ardilla no puede correr tras su nuez sin que la oigan. Los niños las rastrillan en las calles, sólo por el placer de tratar con un material tan fresco y crujiente. Algunos barren los senderos y los dejan escrupulosamente limpios, para quedarse a mirar el siguiente soplo que esparza nuevos trofeos».
«Aquí no se trata sólo del mero amarillo de los granos – sigue diciendoThoreaual hablar de los «Colores de otoño» (Centellas) -, sino de casi todos los colores que conocemos, sin exceptuar el azul más brillante: el arce temprano ruborizado, el zumaque venenoso enarbolando sus pecados escarlata, la morera, el rico amarillo cromado de los álamos, el rojo brillante de los arándanos que pinta el fondo de las montañas. (…) La tierra está engalanada. Y, a pesar de todo, las hojas siguen viviendo alli en el suelo, a cuya fertilidad y volumen contribuyen, y en los bosques de los que vienen. Caen para elevarse, para subir más alto en los próximos años, por medio de una química sutil, trepando por la savia a los árboles y a los primeros frutos que caen de los árboles jóvenes, trasmutadas al fin en una corona que, al cabo de los años, las convierten en el monarca de los bosques».
«Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente – continúaThoreau -. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos!. Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. ¡Cuántas revolotean antes de descansar en silencio en sus tumbas!».
Y luego a las hojas las recogen voces y canciones antes de morir.
(Imágenes:- 1.-otoño en Ontario.-foto Ellioy Eskey/ 2.-mrhayata.-amayakeer/3.-Lynn Geesaman.-Parque de Sceaux.-París.-1997.-artnet/4.-la melancolía de la caída.-foto Balduino)
«Contra el macizo negro y plata de Guadarrama, que asoma imponente, mina de hierro, entre sus nubes grandes, al fin del río, el agua gris viene al puente viejo, entre chopos deshojados, que aún conservan un festón amarillo.
El terreno bello, lomeado, hace un oleaje de verdeazul y sombras negras, y por las negras encinas sin bellotas, andan los cuervos negros.
El dramatismo de El Pardo no es nada ascético, como se ha dicho tanto, ni nada místico. Su trájico es sano, su fatídico saludable y con quien debiera concertar mejor que conFelipe ll, Felipe lV y Carlos lV, es con Carlos lll.
El Pardo se ha aconsejado como sanatorio. Sí, es sanatorio de sanos, concentrador de dispersos, arraigador de volubles, pedazo ejemplar de esta gran España otra – ¡ qué lejos de ésta! – con su Guadarrama de hierro y plata, sus encinas de hierro y fecundidad y su sueño de hierro y vida».
«Todo resuena, apenas se rompe el equilibrio de las cosas. Los árboles y las yerbas son silenciosas; el viento las agita y resuenan. El agua está callada: el aire la mueve y resuena; las olas mugen: algo las oprime; la cascada se precipita: le falta suelo; el lago hierve: algo lo calienta. Son mudos los metales y las piedras, pero si algo los golpea, resuenan. Así el hombre. Si habla, es que no puede contenerse; si se emociona, canta; si sufre, se lamenta. Todo lo que sale de su boca en forma de sonido se debe a una ruptura de su equilibrio.
La núsica nos sirve para desplegar los sentimientos comprimidos en nuestro fuero interno. Escogemos los materiales que más fácilmente resuenen y con ellos fabricamos instrumentos sonoros: metal y piedra, bambú y seda, calabazas y arcilla, piel y madera. El cielo no procede de otro modo. También él escoge aquello que más fácilmente resuena: los pájaros en la primavera; el trueno en verano; los insectos en otoño; el viento en invierno. Una tras otra, las cuatro estaciones se persiguen en una cacería que no tiene fin. Y su continuo transcurrir, ¿no es también una prueba de que el equilibrio cósmico se ha roto?
Lo mismo sucede entre los hombres; el más perfecto de los sonidos humanos es la palabra; la literatura, a su vez, es la forma más perfecta de la palabra. Y así, cuando el equilibrio se rompe, el cielo escoge entre los hombres a aquellos que son más sensibles, y los hace resonar».
Han Yü (768-824) : «Misión de la literatura» ( traducción de Octavio Paz)
(Imagen: foto Kurasovas Olegas.-The National Geographic)