¿ QUIÉN ES MAIGRET ?

¿Quién ha podido contar mejor cómo es Maigret  sino su creador? En 1953 Simenon redactó una descripción del inspector y se la entregó a un productor cinematográfico. En síntesis, decía así:

«Maigret tiene entre 45 y 5o años. Nació en un  castillo, en el centro de Francia, en el que su padre ocupaba el cargo de administrador. Es, pues, de origen campesino, robusto y fornido, pero posee cierta educación (…). Su vida privada es muy tranquila. Tiene una esposa dulce, rolliza, tierna y sencilla, que lo llama respetuosamente Maigret ( de tal manera que todo el mundo terminó por olvidar su ridículo nombre, Jules). Ella mantiene su hogar minuciosamente limpio, le prepara suculentos guisos, le cuida las heridas, jamás se impacienta cuando él permanece muchos días fuera de casa, soporta con indulgencia sus altibajos. Le horrorizan los cambios y vive desde hace veinte años en el mismo piso, en un barrio ni rico ni pobre, de modestos trabajadores.

Maigret es bastante grueso, plácido, fuma en pipa con cortas y golosas bocanadas, le gusta comer bien, y también beber: a veces cerveza, a veces tragos cortos de buenos aguardientes. Le gusta deambular por las calles y sentarse en la terraza de algún café.

Un caso criminal nunca es para él un caso más o menos científico, un problema abstracto. Es tan sólo un caso humano. Le gusta husmear el rastro dejado por un hombre como un perro de caza olfatea una pista. Quiere comprender. Se mete en la piel de sus personajes, de quienes, poco antes de verlos por primera vez, lo desconoce todo, y cuando hay un crimen, necesita averiguar hasta los más pequeños detalles. Otorga mucha importancia al ambiente en el que viven. Cree firmemente que determinado gesto no habría sido el mismo en un ambiente distinto, que un carácter evolucionaría de otra manera en cualquier otro barrio.

Es lento, pesado, paciente. Espera el déclic. El déclic, al que se refieren con afectuosa y respetuosa ironía sus colegas, es el momento en que Maigret, empapado de un ambiente y de los personajes a los que acaba de seguir paso a paso durante horas, días y semanas, consigue por fin pensar y sentir como ellos. (…)

Se sirve de los inspectores de su brigada, pero siempre prefiere acudir él, en persona, al lugar indicado, seguir él mismo los rastros, hacer vigilancias y diligencias que muchos considerarían incompatibles con su cargo. Quiere husmear a las personas y los lugares por sí mismo, hurgar por todas partes; aunque en ocasiones se siente descorazonado, nunca pierde la paciencia, y muchas veces se le podría creer borracho o dormido precisamente en el momento en que está más despierto.

Odia la maldad deliberada, odia a los hombres que impregnan el mal de sangre fría, y se muestra feroz con la hipocresía. Por el contrario, es indulgente para con las faltas que son fruto de las debilidades de la naturaleza humana. Un joven o una joven que van por mal camino le inspiran no sólo piedad, sino irritación contra su suerte o contra la organización social que está en el origen de esa mala orientación.

A veces incluso olvida que es un instrumento de la ley y ayuda a determinados culpables a escapar a un castigo que considera exagerado. Cuando puede, intenta, como en sus sueños juveniles, remendar los destinos. Lo cual le crea frecuentemente conflictos con sus superiores y sobre todo con los magistrados, que juzgan a los hombres tan sólo a la luz de los textos de las leyes (…)».

Así describió Simenon a Maigret y así queda recogido en el apéndice del volumen conjunto  «El mismo cuento distinto» y «El hombre de la calle» (Gabriel García Márquez y Georges Simenon) (Tusquets).

Un perfil singular que todo lo resume.

(Imágenes: Flickr/ Cartel de la película de Jean Delanoy, 1959, «Maigret et l´affaire Saint-Fiacre».-hem.passagen.se/calv/gabin/ Sello recordando un film de Gabin interpretando a Maigret.-hem. passagen.se/calv/gabin)

EL ÚLTIMO MAIGRET

«Pusieron la maleta en el portaequipajes y el comisario se sentó al lado de su prisionera. Ella miraba los muelles, los puentes, los transeúntes, los autobuses y los coches como si todo eso perteneciera ya a un lejano pasado.
Al llegar al Palacio, Lapointe llevó la maleta, pues era demasiado pesada para ella. Maigret llamó a la puerta del juez Coindet.
Ella es suya… – dijo con voz confusa.
Maigret la miró, pero él ya había dejado de existir para ella. Nathalie se sentó frente al magistrado antes de que la invitaran. Estaba muy serena«.
Era el viernes 11 de febrero de 1972 cuando Simenon escribió estas líneas.
Era la última línea del último «Maigret». El título del libro: «Maigret y monsieur Charles».
Siete meses después, el domingo 18 de septiembre, tras haber entrado como de costumbre en su despacho de Epalinges, y tras haber anotado en un sobre amarillo «identidad de personajes para una nueva novela» -(«Victor» como título) -, Simenon toma la decisión irrevocable de no «ponerse más instintivamente» en la piel de los otros. «Yo me pondré en la mía – dirá el novelista– por primera vez desde hace cincuenta años».

 

Autor de centenares de novelas, vestido durante muchos años a la hora de crear con una camisa sport de grandes cuadros escoceses negros sobre fondo rojo que había comprado en Nueva York, nadie le vio nunca escribir. Durante mucho tiempo colgó de de la puerta de su cuarto el cartel de «No molestar«.
He recordado todo esto cuando en cada verano  esos pequeños libros  del  inspector nos acompañan en las  playas  o en los  campos, nos llevan «al París de Simenon que es el París del mostrador de cinc  en los bares donde se pide un calvados,  el París de los sonidos en las calles, el repiquetear de la lluvia, París gris, París plomizo, ciudad de hábitos, rutinas y costumbre, París de encuestas policiacas, informes, averiguaciones de esa pupila con ojo clínico de comisario humano, paciente paquidermo de investigación pausada y tenaz, la pipa humeando el interrogatorio, la marca del redondel del vaso de cerveza en su despacho del Quais des Orfebres, las barcas surcando el Sena, París de esperas y silencios, ruindad de vidas aparentemente anónimas que esconden el rencor, la venganza, los celos, unas pasiones trepando desde la infancia, pasiones encaramadas en los años, ahogadas y sofocadas confesiones, pasiones pardas que han ido anidando su crimen en ese París que mira con ojos de manso buey el comisario Maigret desde la ventana, observando cómo navega la culpa por el río de la vida, las manos embutidas en la paciencia y la paciencia escondida en los bolsillos del abrigo» El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes» .-(Eiunsa )(págs  200-201)

HABLANDO CON CHANDLER

Hablando ayer tarde con Raymond Chandler me decía que no sabía quién fue el idiota original que le aconsejó a un escritor: «No se moleste por el público. Escriba lo que quiera escribir.» Porque ningún escritor nunca quiere escribir nada. Quiere reproducir o producir ciertos efectos y al comienzo no tiene la más leve idea de cómo hacerlo.

Acariciaba Chandler a su gata mientras el animal reposaba en su regazo

– Hay una cierta cualidad indispensable a la escritura – añadió-, algo que desde mi punto de vista llamo magia, pero que podríamos llamar con otros nombres. Es una suerte de fuerza vital. Por eso yo odio la escritura estudiada, la clase de cosa que se yergue y se admira a sí misma. Supongo que soy un improvisador nato, no calculo nada por anticipado, y creo que por mucho que se haya hecho en el pasado, uno siempre empieza de cero.

Me miraba desde sus gafas de concha y envuelto su labio inferior en la niebla de su pipa humeante.

– Los jóvenes, por ejemplo, que quieren que uno les enseñe cómo escribir – agregó -, les parece que todo lo que escriben tiene que ser, esperan ellos, publicado. No están dispuestos a sacrificar nada para aprender el oficio. Nunca les entra en la cabeza que lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer son cosas completamente distintas, que todo escritor que valga la pólvora que se gastaría en mandarlo al infierno a través de un alambre de púas siempre está empezando de cero. No importa lo que pueda haber hecho en el pasado: lo que está tratando de hacer ahora lo devuelve a la juventud, y por mucha habilidad que haya adquirido en la técnica rutinaria, nada le ayudará si no es la pasión y la humildad. Leen un cuento en una revista y se inspiran y empiezan a aporrear la máquina de escribir con energía prestada. Llegan a un cierto punto y ahí se apagan.

Estábamos charlando en una salita anónima, alejada de su habitación y de la mía. Tan sólo una estantería de libros nos acompañaba. Chandler abría sus piernas ante la pequeña mesita que nos separaba y me miraba fijamente.

– Y luego está el estilo – continuó -. No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia.

-¿Pero qué es el estilo?.-le pregunté llenándole la copa.

-La clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla.

-¿Y la concentración al escribir?

– El escritor no tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana, o hacer el pino o retorcerse en el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada.

De repente la gata debió oir un ruido finísimo porque escapó eléctricamente. Por la puerta apareció Philip Marlowe. Me apuntó con la pistola. Yo a mi vez apunté a Raymond Chandler. Extendí el cañón de «El simple arte de escribir» (Emecé) y antes de dispararle le obligué a firmarme una dedicatoria.

MAIGRET

Nos sentamos en una cervecería de París Simenon y yo. Le pregunto por su parecido con Maigret.
– Poco a poco – me dice el novelista -, hemos acabado por parecernos un poco. Sería incapaz de decir si es él el que se ha acercado a mí o soy yo el que me he acercado a él. Es cierto que yo he tomado algunas de sus manías y que él a su vez ha tomado algunas mías. Fíjese: ¿se ha preguntado con frecuencia por qué Maigret no tiene hijos, cuando realmente le hubiera gustado tenerlos? Esa es su gran nostalgia. Y bien, esto es así porque cuando yo he comenzado los Maigret – y he debido de escribir al menos unas treinta novelas antes de tener yo mismo un niño – mi primera mujer no los deseaba. Ella me había hecho jurar antes de casarme, que no los tendríamos. He sufrido mucho por eso, porque yo los adoro…, como Maigret.
Paladeamos la cerveza y Simenon prosigue:
– Y entonces yo me he sentido incapaz de mostrar a Maigret volviendo a su casa y encontrando allí a uno de esos pequeñajos. ¿Qué diría, cómo reaccionaría ante sus gritos, cómo se arreglaría por las noches para darles el biberón si la señora Maigret hubiera estado enferma? Lo desconozco. En consecuencia, yo he tenido que crear una pareja que no pudiera tener hijos. Esa es la razón. Por otro lado, yo he avanzado en edad mucho más deprisa que Maigret. Teóricamente él debería haberse jubilado a los 53 años y medio, y cuando yo lo he creado él tenía ya 40 o 5o. En consecuencia, él ha vivido quince años mientras yo vivía cuarenta. Entonces, irremediablemente, yo le he prestado sin quererlo mis experiencias, y él en cambio me ha dado su actividad. Es uno de los raros, si no el único personaje que yo he creado que tiene puntos de vista en común conmigo. Todos los demás, o casi todos, son completamente independientes de mí.
Charlamos de la técnica de la novela policiaca, de la atmósfera de París, de la piedad que él tiene por los criminales.
– ¿Tiene piedad usted o es Maigret el que tiene piedad?- le pregunto.
-Yo no saco nunca conclusiones.-me dice levantándose.
Cuando salimos de la cervecería veo sentado en una esquina, embutido en su gabán y envuelto en el humo de su pipa, a Maigret que está leyendo una novela de Simenon.