SOBRE LA LUNA

“La superficie de la Luna es suave y polvorienta – relataba Neil Amstrong el 21 de julio de 1969 -; puedo… puedo removerla sin dificultad con la punta del pie. Se adhiere en finas capas como tiza en polvo a la suela y los costados de mis botas. Tan sólo puedo moverme centímetros, o tal vez una fracción de centímetro; pero puedo ver las huellas de mis botas en las finas partículas arenosas…No parece existir demasiada dificultad para moverse de un lado a otro, tal como imaginábamos… Nos encontramos en un lugar llano, muy llano, de hecho”. Así lo transmitía Peter Fairley, el entonces corresponsal científico de las Independent Television News.

En varias ocasiones he hablado de la Luna en Mi Siglo. Recordando mi conversación en París con Gabriel Marcel y evocando lo que sobre la Luna comenta el novelista inglés Kingsley Amis y lo que muchos autores han escrito sobre ella.

 La Luna ha sido atracción constante para generaciones y sus misterios siempre provocaron preguntas.

Cuando el gran periodista italiano Enzo Biagial que ya me referí aquí – le interrogó a uno de los científicos más notables, el físico y matemático Tullio Regge, sobre la existencia de posibles colonias lunares, éste le contestó: ” A mí me parece que hablar de estas colonias es ocioso e inútil. Costaría mucho menos colonizar la Antártida que ir en busca de aventuras por el espacio. Con menos gasto irrigaríamos también el desierto del Sahara. No veo de qué forma la Luna pueda constituir la base natural de una colonia humana. Ante todo, si bien es cierto que resulta fácil llegar a ella, salir es difícil, porque para ello se necesitaría mucha energía. Una colonia humana sería mucho más natural en un asteroide, donde las distintas fuerzas de gravedad se anulan. Si uno recoge minerales en la Luna y quiere llevarlos a la Tierra, tiene que levantar el peso en órbita y emplear mucha fuerza. Lo que supone potencia malgastada. Si uno encuentra el mismo mineral en un asteroide, la velocidad de fuga para traerlo es mínima y el esfuerzo despreciable; bastan veinte kilómetros por hora, lo que significa que si se da una patada a una piedra, la piedra entra en órbita”.

Sobre La Luna – enaltecida en tantas poesías y observada desde tantas ventanas –  puso el pie Neil Amstrong , el hombre que acaba de morir.

Descanse en paz.

(Imágenes.- 1.-Lisa Falzon/ 2.- Luna llena en Kansas City.-MO (AP/Charlie Riedel)/ 3.-Max Ernst.-1970/ 4.-Shannon Stamey.-pichaus.com)

ÚLTIMOS HABITANTES DE LA LUNA

Ciento treinta y cuatro años antes de que el primer astronauta pisara en silencio la corteza de la Luna, el periódicoThe Sun” de Nueva York describió a sus habitantes, los selenitas, – observados desde el Cabo de Buena Esperanza con un poderoso telescopio – con absoluta precisión: tenían – decía “The Sun” – “cuatro pies de estatura, estaban cubiertos, salvo en su cara, de un pelo brillante y corto, de color cobre, e iban provistos de unas alas compuestas de una sutil membrana”. En lo que respecta a la simetría general eran infinitamente superiores al orangután, “se mostraban criaturas inocentes y felices fuera de toda duda”, y en el Valle de las Tríadas se podía ver incluso una raza superior de selenitas que eran “sumamente felices y educados, y comían calabazas y pepinos rojos”, para alcanzar después, internándose en la Luna, la raza del hombre-murciélago, “criatura de una belleza personal infinitamente superior, apenas menos adorables que las representaciones habituales de ángeles”.

 No sólo se distinguían perfectamente los selenitas sino que “las playas de la Luna – seguía contando The Sunen 1835 – se extendían con brillantes arenas blancas, ceñidas por castillos de agrestres rocas que parecen de mármol verde, separadas por abismos, que se suceden a intervalos de doscientos pies, con grotescos bloques de creta o yeso, y coronadas y engalanadas en sus cimas por el frondoso follaje de árboles desconocidos”. Aparecían igualmente en la Luna extraños monstruos de animales (una combinación de unicornio y carnero), pelícanos, grullas, criaturas anfibias y un extraordinario castor bípedo. “Éste poseía cola y andaba solamente sobre sus dos patas traseras, llevaba a sus crías en brazos, y sus cabañas estaban mejor construidas y eran más altas que las de muchas tribus salvajes”.

Por último el telescopio descubrió también “otro animal extraño, de cuello increíblemente largo, cabeza como de oveja, armada con dos cuernos espirales, un cuerpo como el de un ciervo, pero provisto de unas patas delanteras desmesuradamente largas, al igual que su cola, que era muy tupida y de una blancura nívea, y se enrollaba sobre su grupa y luego caía dos o tres pies por su costado”.

Todo esto dijo haberlo descubierto sir John Herschel gracias a una de las lentes que pesaba casi siete toneladas, encajada dentro de su gigantesco telescopio.

Quizá fueron aquellos los últimos habitantes de la Luna que pudieron observarse desde la Tierra.

 Lo cierto es que así lo recoge Bram Stoker, el creador deDrácula“, en su libroFamosos impostores“.

Luego se hizo un silencio de ciento treinta y cuatro años – un silencio denso, completo y total – hasta que Neil Armstrong dio su primer paso sobre aquella corteza.

(Imágenes:-1.-“Bondon of Union”, 1956.-M. C. Escher.-Volakis Gallery.-Napa-CA.-USA/.-2.-foto NASA.-Science Institute.-The New York Times/ 3.-“Tornado” 2005.-Sonja Braas.-foto Courtesy DZ Bank Kunstsammulung/ Sonja Braas.-The New York Times)

ARTHUR C. CLARKE, ODISEA EN EL ESPACIO

Los 9o años que acaba de cumplir Arthur C. Clarke le han llevado a pedir a la hora de soplar la vela de los luceros y las galaxias: “pido la paz y que me llame E.T.”.
La Luna no fue un misterio para las pisadas de Neil Armstrong. La Luna, desde 1969, parece tan vecina que asoma por encima de las tapias de nuestra curiosidad preguntándonos quiénes somos nosotros. Y fue precisamente sobre la Luna cuando le pregunté en París, en 1969, al filósofo francés Gabriel Marcel por los viajes y los espacios, conversación que recojo en mi libro “Diálogos con la cultura”.

– Tomemos el hecho de la aventura espacial – me dijo aquella tarde en su domicilio parisino del 21 de la rue de Tournon -. Ante él yo noto sentimientos contradictorios, creo que como todo el mundo puede notarlos. En primer lugar, una inmensa admiración ante este prodigio de la razón, ese prodigio de cálculo, esa extraordinaria puesta a punto, algo maravilloso por lo cual uno ha de quedar impresionado. Admiración también por el valor de esos hombres que son héroes en cierto modo. Por otro lado y como contrapartida, dos inquietudes: una primera inquietud en el plano político, puesto que para mí, en el fondo, tras los inmensos gastos que supone esa aventura, hay unas segundas intenciones políticas, algo que se encuentra ligado a la voluntad de poder; hay, en particular con respecto a la Luna, la idea de crear un observatorio que en un conflicto eventual podría desempeñar un papel extremadamente útil. Y al mismo tiempo, otra inquietud aún más profunda: y es mi temor de que este logro prodigioso no desarrolle un orgullo desmesurado en el hombre, y en este punto yo estoy de acuerdo con los antiguos, es decir, que el orgullo desmesurado es algo con lo que se corre el riesgo de ser conducido a la ruina: me parece algo completamente desastroso.
Pero años después de estas frases debe uno preguntarse : ¿Hay un orgullo o hay una indiferencia? ¿Nos hemos acostumbrado a ir y venir en conquistas espaciales o es la consecuencia de que ya nos hemos acostumbrado a todo?
La Luna nos sigue mirando por encima de la tapia de la curiosidad. Incluso se sorprende de que ya nada nos cause sorpresa. Cada noche sigue iluminando media corteza de nuestra realidad y con la otra media acoge nuestros sueños.