“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (6)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Han comenzado a publicarse el 30 de marzo y van apareciendo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (6) : Mujica Láinez

 

 

26  abril

 

– ¿Y por qué habla usted tanto de lo invisible? – me pregunta hoy nada más entrar la periodista – ¿siempre le intrigó lo invisible?

– Sí, siempre me ha intrigado. Muchas cosas importantes que nos rodean son invisibles. Únicamente vemos o sentimos sus efectos. Un ejemplo entre mil, la electricidad, la corriente, no la vemos: vemos la luz. Y así hay muchas cosas invisibles en el mundo. Lo invisible y lo misterioso han convivido permanentemente en mí junto a lo real, al menos eso me suele ocurrir, y precisamente, en torno a eso tan invisible sobre lo que usted ahora me pregunta, recuerdo algo que me dejó impresionado y que viví hace años: una conversación que tuve con el escritor argentino, Manuel Mujica Láinez.

A Mujica lo conocí en Madrid en 1979. Estábamos sentados él y yo en la habitación de un hotel cercano al Ateneo, en el centro de la ciudad, cuando me contó la historia de la desaparición de su sortija. Y más o menos, me dijo lo siguiente: “tenía yo una sortija que me habían regalado entre veinte amigos, porque era extremadamente cara: era un ágata que tenía tallado el perfil de Shakespeare. Y ese anillo lo usé siempre, siempre – me repitió – , hasta hace unos dos años en que nadie sabe cómo desapareció. Como si fuera algo mágico. Era un día de mucho frío; yo no salí ni al jardín, me acosté a dormir la siesta, me puse una manta sobre el cuerpo… y cuando me desperté noté que no tenía mi sortija… Todo fue muy raro; no había nadie extraño en la casa, era el mismo servicio que ahora tengo…, se revolvió todo, incluso la chimenea, las cenizas por si se me había caído…Jamás, jamás apareció”.

Aquello me lo contó Mujica con la voz suave que él tenía y con sus maneras elegantes, corteses y agradables con que hablaba, y cuando yo creía que ya había terminado, me añadió otro suceso inexplicable. Un día paseando él por Londres, me dijo, vio de repente una pequeña librería cerrada y en su escaparate un libro abierto que mostraba la imagen de un hada… Le gustó el libro y pensó comprarlo a la vuelta de su visita al Museo Británico. Una hora después, en la misma plaza, le extrañó no ver la librería. Preguntó a un guardia y le contestaron que jamás había existido una librería en esa zona. Volvió al día siguiente, pero nunca jamás pudo hallarla.

Naturalmente me sorprendió aquello que Mujica me contó pero le creí. ¿Por qué no iba a creerle? ¿por qué iba a exagerar, a inventar o a mentirme? Mujica era un autor de diversos libros en donde se mezclaban mito y realidad; sobre todo le interesaba el tema del tiempo y de los antepasados, sus averiguaciones sobre los antepasados, pero también era escritor que estudiaba al detalle la realidad que describía. Yo conocía su gran novela “Bomarzo” en la que relata la vida de un duque italiano del Renacimiento, Pier Francisco Orsini, muerto en Bomarzo en 1572. Contemplando Mujica cuatro siglos después, en 1958, el Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo, pronunció una frase clave ante las ruinas: “ Yo he estado aquí alguna vez”. Y de aquella revelación nació toda su novela. Era la reconstrucción de un tiempo pasado, como antes lo había hecho con una finca de las afueras de Buenos Aires y sobre ella había escrito un libro de cuentos titulado “Aquí vivieron”.

Y precisamente fue ese “aquí vivieron” de Mujica Láinez – ahora que cito el título y aunque yo nada tenga que ver con su literatura- , lo que me acompañó varias veces en mis paseos por Madrid. Recuerdo en ese sentido una concreta mañana en la esquina de Callao con la Gran Vía – sería ya pasado el mediodía – , cuando al avanzar por la plaza del Callao entre el gentío, al intentar abrirme paso entre tantas figuras diversas con las que casi tropezaba, hombres y mujeres que parecían surgir incesantes desde todas las esquinas, la mayoría de ellas apresuradas, yendo y viniendo a sus quehaceres y negocios, quise retener, no sé con qué intención, alguno de aquellos rostros fugaces que pasaban a mi lado y me descubrí de pronto pensando en cuántas historias guardaban sin duda aquellas caras, aquellas figuras vestidas de mil colores que intercambiaban gestos y conversaciones, también silencios, como fragmentos de vida. Era un mundo lleno de historias, como las que deseaba encontrar, según me había confesado aquella estudiante de medicina días atrás con la que había coincidido en la librería, y por un momento, en la esquina de Callao con Gran Vía, quise pararme en medio del tráfago humano que casi me arrastraba y me volví para observar a la multitud. La multitud subía y bajaba con enorme densidad por la Gran Vía y yo quise divisar desde allí, como muchas otras veces hacía, cómo detrás de cuatro o cinco manzanas de casas se encontraba el lugar y la calle donde yo había nacido. Yo he nacido en la calle de Fuencarral casi esquina con el edificio de Telefónica, y por lo que me habían contado mis padres y luego pude contemplar en muchas fotografías, mi nacimiento tuvo lugar en un año en donde una Gran Vía descarnada y violenta, sembrada de estampidos, vivía estremecida por la guerra. Siempre me ha entretenido imaginar que la cara de las ciudades es lavada varias veces al día, como si una mano pasara por encima de los tejados cada madrugada y dejara otra vez las aceras desiertas y limpias, preparadas para la irrupción de la nueva multitud. Parecida operación me ha gustado también imaginar que podría muy bien aplicarse a la Historia y así en aquella esquina de Callao con Gran Vía donde ahora me encontraba, la Historia, de repente, me trajo a la memoria todas las fotos que yo había repasado tantas veces en mi adolescencia, ilustradas y comentadas por mis padres, con escenas fijas de aquella gran calle madrileña hacía muchos años, principalmente fotografías en colores blancos y negros de los portales, carteles desgarrados en fachadas, adoquines levantados, tranvías desvencijados en lo que entonces, según creo, se llamaba la Red de San Luis, cadáveres dispersos tendidos en las aceras, y ante todo una imagen que siempre me persiguió : un gran caballo muerto en la calzada y sobre cuya grupa, habilitada por los soldados como trinchera, apoyaban sus fusiles los combatientes para disparar. Yo no había conocido lógicamente todo aquello, pero cuando mis padres me quisieron contar mi nacimiento y el transcurso de mis primeros meses de vida con sus vicisitudes y contrastes, aquellas escenas de una Gran Vía envuelta en explosiones en 1936 surgían en mí cada vez que, años después y en muchas ocasiones, tuve que pasar por esa calle de Fuencarral. Un niño de meses, tras los ventanales de un balcón, no comprendería aquellos estruendos imprevisibles que conmovían hasta estremecer las paredes y felizmente nunca vería el penacho de aquellas inmensas nubes polvorientas rodeando la cúpula de Telefónica sobre la que las bombas acababan de actuar con precisión y celeridad. Toda aquella esquina y toda la calle, los amplios despachos del edificio de Telefónica ocupados entonces, en plena contienda, por corresponsales de guerra, entre ellos por escritores afamados como Hemingway o Dos Passos, y asimismo las viviendas de Fuencarral y Gran Vía alcanzadas por las explosiones, cobijaban infinitas historias humanas cuyas raíces se perdían por los vericuetos de las familias.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará )

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ANIMALES CÉLEBRES

En alguna ocación he hablado en Mi Siglo de animales más o menos famosos. Perros de Virginia Woolf, de Edith Wharton, de Emily Brontë, de Mujica Láinez, de Emily Dickinson y hasta de las “Investigaciones de un perro“, de Kafka. Pero hay otros animales célebres – unos existieron realmente y otros cruzaron campos de leyendas y de fábulas, asomaron su perfil por esquinas de iconografías, fueron recogidos por creencias y literaturas – y casi todos ellos, sin embargo, se doctoraron al fin en universidades; despedazados por herramientas de discusiones, quedaron extendidos en mesas de debates y sirvieron como pieza de disección, motivo de análisis y sujeto de tesis importantes.

El profesor Michel Pastoureau, encargado de la cátedra de Historia del Simbolismo en Occidente, cuenta – “Les animaux célèbres” (Arléa) – cómo el oso, el cerdo, el zorro, el gallo y el asno han sido, entre otros, objeto de sus seminarios en la Escuela de Altos estudios en Ciencias Sociales. Durante veinte años han subido y bajado estos animales por las escaleras universitarias, seguramente no han frecuentado el bar ni las tertulias, pero sí permanecían escondidos, apresados entre los pliegues de los apuntes y las carpetas, las orejas afiladas, los ojos vivos, nerviosos también – como los alumnos – ante las pruebas que les iban a examinar.

Por esas aulas caminaba  el cerdo regicida de 1131, los perros de Carlos lX o la jirafa de Carlos X . La realidad subía los peldaños y la imaginación los bajaba. Por eso se cruzaban en estos pasillos universitarios animales bíblicos y mitológicos, los nacidos de textos literarios y de láminas de imágenes, y al saludarlos los zoólogos, arquéologos, sociólogos , historiadores y lingüistas que se encaminaban a sus clases, el león, e incluso el elefante, a pesar de su poderosa envergadura, parecían invisibles y se mezclaban con el caballo de Troya, el rinoceronte de Durero,  la Pantera Rosa o el monstruo del Lago Ness.

De todos ellos se han hecho numerosos estudios. También del bestiario de fábulas de La Fontaine, de la loba romana, las ocas del Capitolio o de Laika, la primera perra cosmonauta. La historia natural alegórica de los animales fabulosos sirvió de inspiración a muchos artistas y los numerosos bestiarios de la Edad Media representaron en cabeza y cuerpo animal los vicios y virtudes, las pasiones y caracteres de los hombres. Hay animales que fueron célebres en su tiempo y que ahora ya no lo son. Y hay animales cuya celebridad surgió de los símbolos, como el leopardo, o de los objetos, como el oso de peluche.

Los animales se han hecho célebres en la radio o en la pantalla, han recorrido salas de museos, ciertos ingenios hicieron de ellos dibujos animados, fueron durante siglos animales de compañía, representantes exóticos en las relaciones entre los hombres, bastantes de ellos fueron perseguidos, se analizó su lenguaje y también su silencio, quedaron clasificados, ordenados, cuando los nombres de los pájaros volaban por la Edad Media se intentó seguirlos en el aire, la Biblia, la hagiografía, la Naturaleza, la Poética les acompañó en el curso de los siglos, se estudió la mutación de su sensibilidad y asombraron con sus equilibrios en las pistas del circo. La historia cultural les debe mucho. Corren y corren de un autor a otro y de una película a una página y de repente se quedan quietos, mirándonos, a ver cuánto tiempo aguantamos su mirada.

(Imágenes:- 1.-el cerdo regicida.- miniatura de un manuscrito del sigloXlV.-Besancon.-tretafaucube.free/ 2.-jirafa de Carlos X.-1827.-wikipedia/ 3.-Rinoceronte.-grabado de Durero.-1515.-/ 4.-Le lapin blanc de Alicia en el país de las maravillas.-Gwynedd M. Hudson.-1922.-Hertage/Leemage)

PERROS

perro-foto-keith-carter-imagery-our-world“He perdido a mi perro que tenía desde hace siete años. Lo busco por todas partes… Lo he perdido hace un mes, cerca de Deauville, y no lo consigo encontrar, lo que supone una tremenda desgracia cuando se ama a los perros..” Así hablaba ante la Televisión francesa la novelista Francoise Sagan en septiembre de 1964 tal como lo recuerda ahora Le Magazine Littéraire en un dossier dedicado a los animales y a la literatura. “Es un animal bastante grande, negro y marrón, con las cuatro patas blancas y una mancha blanca como la de un maitre de Hotel. Le falta uno de los dientes porque se le ha caído…”, describía angustiada la novelista. Cuando uno de los periodistas quiso interrumpirla y decirle: “¡Al menos es curioso! ¿No se encuentra usted algo molesta por tener que convocar a la Televisión para hablarnos de su perro? ella contestó: “Sí, quizá  lo encuentre un poco molesto, pero, por una parte, yo adoro los perros, y en ese caso todos los medios son buenos; y, por otra parte, yo he sido muchas veces perseguida por los periodistas de televisión. Cuando por azar me pueden ser útiles, no tengo ningún escrúpulo en utilizarlos (…) Las historias del respeto humano me sobrepasan ya desde hace tiempo, y yo desearía mucho mejor recuperar mi perro y que se burlen de mí miles de desconocidos que vivir sin mi perro y tener la buena consideración general…”perro-2-velazquezlos-hermanos-de-jose-lyceo-hispanico

  Perros, perros famosos, gente famosa, perros silenciosos que saben cuando el artista ha dejado su quehacer y se yerguen de su sitio, se desperezan, y le acompañan mansamente, yendo y viniendo por la vida, apenas un ladrido,  suele sobrecogerles la tormenta, les distrae una avecilla que pasa, vuelven, vuelven de vez en cuando la cabeza para ver si el amo camina, sí, camina, va detrás Virginia Woolf  pensando en Flush, el perro de la poeta Elizabeth Barret-Browning, va Mujica Láinez con Cecil, que mira cuanto duda y cuanto escribe el argentino. De estos y de otros perros hablé ya en Mi Siglo. Tienen su hora estos perros para husmear el espacio, se apoyan en el quicio de la necesidad y descargan cuanto llevan dentro. Perros, perros célebres inmortalizados por Velázquez, que descansan estirados en Las Meninas, que reposan a los pies de los cazadores, a la sombra de los infantes, perros que cruzan los cuadros. Perros, perros siempre, a los que se les pasa la mano sobre el lomo antes de volver camino de casa y sentarse de nuevo a escribir.

(Imágenes: 1.-foto: Keith Carter.-Imagery our world  /2.-Velázquez: detalle de” Los hermanos de José”.- flikr.-Lyceo Hispánico)

LOS OBJETOS CANSADOS

“Siempre he tenido la idea de que los objetos tienen vida y de que los objetos nos ven así como nosotros los vemos a ellos, y se “cansan” – me decía Mujica Láinez en Madrid en 1979 -, es decir, que un objeto que tiene trescientos años o quinientos años se va saturando de presencias a lo largo del tiempo, y eso yo  lo he sentido y transmitido en mis libros. Acaso porque creo más en la fidelidad de los objetos que en la fidelidad de las personas”. Eso me decía el autor de Bomarzo en la conversación que mantuvimos sobre su obra y su vida  y en la que me relató experiencias insólitas, como aquella de la sortija desaparecida durante un sueño suyo y a la que ya me referí en Mi Siglo el 28 de noviembre pasado  en el texto “Un hada en una librería”.

Los objetos, al parecer, se cansan de nosotros. Nos ven ir y venir en torno a ellos, tomarlos en las manos, utilizarlos, recomponerlos, ajustarlos, los muebles de las habitaciones oyen nuestras discusiones, voces, gritos, portazos, el murmullo que hacemos al confesar una indiscrección y a la vez  los cuerpos se van apoyando en las butacas con sus edades y generaciones, los músculos descansan  en divanes,  platos y  bandejas, vasos  y cubiertos nos van acompañando cada mañana y cada noche de la cocina al comedor para volver puntualmente  a la cocina,  resortes de sillas se  comprimen bajo nuestros cuerpos,  nos hemos acodado al borde de las camas y hemos vivido los duelos y las  celebraciones y todo esto hemos podido verlo  reflejado de modo excelente tantas veces en la pantalla. Ettore Scola, en “La familia”, repasa una y otra vez esas habitaciones y ese pasillo de objetos, con sus puertas abiertas a vidas distintas y Vittorio Gassman y todos cuantos participan de esa familia recorren arriba y abajo el inmutable pasillo,  testigo impasible de  encuentros y despedidas.

Los objetos se cansan. O quizá nosotros nos cansamos de los mismos objetos. El movimiento de las costumbres hace que poco a poco los objetos se desplacen, sean sustituidos por otros más acordes con el tiempo, y el descender cuesta abajo de la vejez de los objetos les lleva hacia esos cementerios vivos en los que se visitan ruinas de épocas pasadas. “¡Oh, el Mercado de las pulgas de París, en la Avenida Michelet – cantaba Ramón  Gómez de la Serna en “El Rastro” -,  gran coincidencia del todo París, trágica suma de su historia y su galantería y de aquella calle conmovedora y de aquella noche y de aquello y aquello otro en un revoltijo, en una confusión, en una incongruencia profunda!…¡Oh, el mercado judío de Londres, en el barrio Whitechapel en Middlesex, rasero común de toda la gran ciudad, descanso y abismamiento de todas las observaciones hechas en caminatas largas y anhelantes!…¡Oh, aquel comercio en Milán, dentro de la Plaza del Mercado viejo, pequeño, oculto, pero entrañable y consciente, con esa consciencia superior y postrera de los Rastros!…¡Y así, cuántos Rastros más en el extranjero y en las provincias españolas, todos disolventes y en todos aplacado todo!…”.

Desde esos Rastros nos miran los objetos cansados, nos preguntan si no nos cansamos de mirarlos, desde las pupilas de las cajas y de las butacas y de los sillones y de aquel cenicero que hay detrás y de aquel candelabro torcido se extrañan de que al pasar nosotros sigamos tan cansados.

(Imágenes: fotografía de comedor antiguo/escena de “La familia”, de Ettore Scola)

COLOQUIO DE LOS PERROS


“Una sutilísima mezcla de los olores más variados le hacía vibrar las aletas de la nariz – describe Virginia Woolf al perro Flush -: áspero olor a tierra, aromas suaves de las flores, inclasificables fragancias de hojas y zarzas, olores acres al cruzar la carretera, el picante olor que sentía cuando entraban en los campos de habas…Pero de pronto traía el viento unos efluvios más agudos, más intensos, más lacerantes que todos los demás – unos efluvios que le arañaban el cerebro hasta remover mil instintos en él y dar suelta a un millón de recuerdos: el olor a liebre o a zorro. Entonces se lanzaba como una exhalación. Olvidaba a su ama: se olvidaba de todo el género humano. Oía a unos hombres morenos que gritaban: “¡Span! ¡Span!”. Oía el restallar de los látigos. Corría, se precipitaba…Por último, se paraba en seco, estupefacto: el encanto se había desvanecido. Muy lentamente, moviendo la cola con humildad, regresaba a través de los campos hasta donde estuviera Miss Mitford voceando: “¡Flush! ¡Flush! ¡Flush!” y agitando la sombrilla”.
Pronto llegaban otros perros. Por ejemplo, Cecil, el perro de Manuel Mujica Láinez, que describía así su convivencia con el amo: “Hace un año que es mi dueño y vivo en su casa, y me asombra todavía, dado mi carácter, que me haya conquistado en poco tiempo. Al principio quise resistirle. Ahora me he entregado con la intensidad de una pasión primera que sospecho será también la última. Es hermoso amar. Hermoso y terrible. No conozco gozo y ternura equiparables. No pienso que existan. Basta que me deslice una mano por el cuerpo, en caricia larga, para que vibre y me estremezca, como si me encendieran una pequeña fogata en el corazón”.
Pero aún queda el perro de Kafka, que se acerca también a juguetear: “¡Cómo ha cambiado mi vida y cómo no ha cambiado en el fondo! Ahora que rememoro el pasado y evoco los tiempos en que aún vivía en medio de la comunidad perruna, participaba de todo cuanto le interesaba, un perro más entre otros perros, descubro, mirándolo bien, que desde siempre algo no encajaba, que siempre hubo una pequeña fractura, que un ligero malestar se apoderaba de mí en medio de los actos populares más solemnes, y a veces ocurría incluso en círculos familiares, no, no a veces, sino con suma frecuencia, que la mera visión de un prójimo por el que sentía cariño, visto de pronto desde una perspectiva nueva, me turbaba, me asustaba, me dejaba indefenso y hasta me desesperaba”.
Perros que hablan. Perros que ladran en la literatura. Hablan ladrando, como Cervantes escribe en su Coloquio de los perros: “desde que tuve fuerza para roer un hueso tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria…”.
Además de Cecil (Editorial Sudamericana) de Mujica Láinez, además de Flush (Destino) de Virginia Woolf, además de Investigaciones de un perro (Alianza) de Kafka, además de la gran Novela ejemplar de Cervantes, vienen todos los perros, con sus gemidos y ladridos, a retozar. Viene Linky, el de Edith Wharton, viene Grasper, el de Emily Brontë, viene Carlo, el de Emily Dickinson, viene Flush, el de Elizabeth Barret.

Y luego están todos los que nos miran tumbados, los ojos adormecidos, las orejas gachas, esperando que un escritor se compadezca y narre su vida.

UN HADA EN UNA LIBRERÍA

Me contaba Mujica Láinez hace casi veinte años – ¿o fue ayer?-que estando un día en Londres vio de repente una pequeña librería cerrada y en su escaparate un libro abierto que mostraba a un hada. Le gustó y pensó comprarlo a la vuelta de su visita al Museo Británico. Una hora después, en la misma plaza le extrañó no ver la librería, preguntó a un guardia y le contestaron que jamás había existido una librería en esa zona. Volvió al día siguiente, pero nunca jamás pudo hallarla.
Todo ello lo cuento en mi libro Diálogos con la cultura, como relato también la historia de la sortija.
– Yo tenía una sortija – me dijo también aquella tarde el autor de Bomarzo – que me habían regalado entre veintisiete amigos, porque era extremadamente cara, era un ágata que tenía tallado el perfil de Shakespeare. Y ese anillo lo tuve siempre, siempre hasta hace unos dos años en que nadie sabe cómo desapareció. Como si fuera algo mágico. Era un día de mucho frío; yo no salí al jardín, me acosté a dormir la siesta, me puse una manta sobre mí…, y cuando me desperté noté que no tenía mi sortija… todo fue muy raro; no había nadie extraño en la casa, era el mismo servicio que ahora tengo…, se revolvió todo, incluso la chimenea, las cenizas por si se me había caído…, y jamás, jamás apareció…
Lo que nunca le confesé a Mujica Láinez era que yo fuí quien robó la sortija. Aprovechando su sueño, entré por el jardín e, inclinándome sobre el sofá del novelista, le extraje con gran cuidado el ágata. Es ese perfil de Shakespeare que la gente tanto envidia y que generalmente llevo yo.