ESTAMPAS DE TOLSTOI (1)

«Por la mañana – recordaba Ilia Tolstoi, uno de los hijos del escritor -, mi padre salía de su habitación, que estaba en el primer piso, en el extremo de la casa, y en bata, con la barba despeinada, bajaba a vestirse. Volvía a salir de su despacho fresco, dispuesto, vestido con una blusa gris, e iba a tomar café a la sala, donde estábamos ya todos para desayunar. Cuando no había visitas no se quedaba mucho con nosotros. Llevaba un vaso de té y se volvía a su despacho; pero si se reunían algunos amigos, empezaba a conversar, se entusiasmaba y no podía decidirse a marcharse. Con una mano en el cinturón y en la otra su portavasos de plata con el vaso lleno de té, se quedaba cerca de la puerta, durante una media hora sin advertir que el té se enfriaba, y hablaba sin cesar. Sin saber por qué, en ese momento la conversación se ponía siempre particularmente interesante y animada».

Es el gran escritor ruso retratado en su gran casa, observado en familia, y cuya filial evocación aparece en «Tolstoi en la intimidad» (Futuro). Éste es el personaje tratado por Steiner en su «Tolstoi o Dostoievski» , lo épico frente a lo dramático, teórica división del fluir de la existencia que algunos estudiosos y críticos desean hacer. ¿Cuánta parte de nuestra vida es épica y cuánta dramática? A veces las meras cuestiones diarias levantan su épica desde el suelo si adquieren pulso de eternidad y a veces esas mismas cuestiones se desgarran en dramatismos irremediables. Retablo de la vida continua y fragmentada en Tolstoi, fluir de esa vida y del tiempo, finales abiertos, omnisciencia como narrador. «Cuando escribo – le había dicho Tolstoi a Gorki – frecuentemente tengo piedad de mis personajes y entonces yo les presto cualquier buena cualidad, o le aumento una buena cualidad a otros, para que en comparación el otro no aparezca demasiado negro».

«El despacho de papá – cuenta Ilia en sus recuerdos– está dividido en dos por grandes armarios llenos de libros. Para que no se caigan, estos armarios están sostenidos por medio de grandes travesaños de madera, entre los cuales se colocó una puertecita de abedul. Detrás de la puerta estaba la mesa escritorio de papá y su gran sillón antiguo, semirredondo. En las paredes se ven cuernos de ciervos traídos del Cáucaso y una cabeza de reno disecada. En esos cuerpos mi padre acostumbraba a colgar su toalla y su sombrero. En la pared, al lado, están los retratos de Dickens y Schopenhauer«.

Aquí trabajaba el hombre que consideraba el teatro como algo artificial mientras la vida y el campo eran para él algo natural y real, una vida que animaba todas sus obras, la alegría de la «visión homérica» y la armonía entre el hombre y el mundo. Aquí trabajaba el hombre que intentaba dominar sus estados de ánimo. «No tienes idea – le decía a su hijo Ilia – de lo que puede un estado de ánimo. Por ejemplo, uno se levanta fresco y dispuesto, con la mente clara; se comienza a escribir: todo va bien, todo marcha. Al día siguiente se relee, y hay que tacharlo todo porque falta lo principal. No hay imaginación ni talento, ni ese «algo» sin lo cual toda nuestra inteligencia no sirve para nada. Sucede también que uno se levanta mal dispuesto, con los nervios tensos; parece que, a pesar de todo, se puede trabajar. En efecto, se escribe bien, afluyen las imágenes, y toda la inventiva que uno quiere. Se relee una vez más: tampoco aquello vale nada. Está torpemente escrito; la inteligencia no ha hecho nada. Las cosas no marchan más que cuando la imaginación y la inteligencia andan a la par. Apenas una de las dos se impone, todo está perdido. No hay más que abandonar lo hecho y comenzar de nuevo».

(Pequeña evocación a los cien años de su muerte: 1910-2010)

(Imágenes:-1.-Tolstoi descansando en el bosque.- 1891-Repin.-Galería estatal.-wikipedia/ 2.Tolstoi trabajando en Yasnaia Poliana.-1910.- B. Meshkov.-wikipedia/ 3.-Yasnaia Poliana.-wikipedia)

CENTENARIA GRAN VÍA DE MADRID (2) : CANSINOS ASSENS, SOLANA, ANTONIO LÓPEZ

Cuando se está pintando una calleconfesaba Antonio López -, lo que estás viendo es tan extraordinariamente impresionante que a mí, desde luego, me cuesta muchísimo trasladar una parte de aquello. Eso es lo que me hace tardar tanto. Yo no puedo resolver todo ese espectáculo con rapidez“. Esta Gran Vía desierta, de una soledad minuciosa, de un silencio total, pintada amorosamente por Antonio López entre 1974 y 1981, había sido cantada en tono pesimista por otro pintor-escritor, José Gutiérrez Solana, en 1923, en su «Madrid callejero«: » A las antiguas calles- decía – ha sucedido esta nueva red, llena de edificios a la moderna, petulantes, todos muy blancos, estilo catalán  y en los que no se ve ni por asomo un poco de arte y personalidad; los pisos se anuncian hoy en día: todo confort y personalidad. Las tiendas son del mismo estilo pretencioso que las casas: gran derroche de luz, en que se muestran sobre maniquíes de cera, ropas de bazar, pretenciosas y de gusto burgués; escaparates con objetos de caza, muchas escopetas, pistolas (…) Grandes escaparates con pianolas, gramófonos, música mecánica, alternando con fotografías y autógrafos de divos más o menos melenudos; fondas, pensiones, manicuras y círculos y cafés exhibicionistas y, sobre todo, los restaurantes, muy frecuentados por las tardes y en los que se baila con música de negro (…) Ahora que el primer trozo de la Gran Vía está ya terminado, sentimos todos, como un vago temor, la inutilidad de esta obra».

Pero Antonio López, alejado de tantos pesimismos, entregado a un hiperrealismo casi fotográfico, espera pincel en mano que los silencios acudan cuando las gentes se retiran y las aceras prestan a la soledad su escenario. Retoca, rehace, corrige el silencio. Sabe que el silencio se cubrirá enseguida con el vocerío de vehículos y el pasar de frases quebradas, pero el oleo sobre lienzo de la soledad le lleva largos años de trabajo. Es la Gran Vía que quedará en pintura, la Gran Vía que nadie ve puesto que la multitud duerme. Es la Gran Vía que otro escritor, también con tintes poco optimistas, saludará con cierto escepticismo. «La Gran Vía, el sueño de los madrileños -dice Cansinos Assens en «La novela de un literato» -, va a ser al fin una realidad. Ya la piqueta ha empezado su labor demoledora y esas viejas y tortuosas calles de Jacometrezo, Horno de la Mata, Carbón, etcétera, son ya totalmente o en parte montones de escombros, por los que en la noche merodean perros vagabundos. Todo ese antiguo barrio de casas de huéspedes, para estudiantes, de prostíbulos y chirlatas, refugio de vidas miserables y  truncadas, de viejas viviendas llenas de chinches y cucarachas, sin luz y sin aire, con toda la suciedad y falta de higiene del Madrid fin de siglo, es ya una ruina lamentable como los seres que albergaba. En su solar, los arquitectos ha trazado los contornos de la proyectada Gran Vía, ancha y espaciosa, que por el momento no es sino una larga fila de zanjas profundas y siniestras como osarios…».

El pintor mientras tanto deja que la mujer pase para pintar bien la Gran Vía y Antonio López deja que pasen la mujer y el pintor para pintar bien el silencio.

(En el centenario de la Gran Vía de Madrid: 1910-2010)

(Imágenes:-1.-» Gran Vía».-Antonio López.-1974-1981/.-2.-«Gran Vía». Clavel-Antonio López.-1977-1990-/3.-«Gran Vía».-Archivo AGA.-elmundo.es)

INFANCIAS DE ESCRITORES

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La pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo pasea la cámara de los ojos por la calle de la niñez, la pasea muy despacio, y va filmando los recuerdos que un día dejará en el papel:

«Desde el Hotel Regina, desde el emporio madrileño de la calle de Alcalá, donde mi padre trabajaba, hasta aquella casa de Guillermo de Osma – cuenta Medardo Fraile -, las viviendas se iban haciendo más bajas; los árboles, desenfilados y ralos, más frecuentes; los bares más sucios. Carros y, a veces, cabras y ovejas, acompañaban la perezosa marcha de los tranvías y, junto a las aceras, no era extraño encontrarse un gato muerto, tieso, el pelo brillante, la sonrisa roja y un ojo en desvarío. Los solares emanaban un vaho fétido al sol y se oía, de vez en cuando, enganchar vagones, o el resuello domado de un tren avanzando en vía muerta, o pitidos anémicos que parecían pregonar el hambre de los campos. Había puestos de sortijas y puestos de avellanas, de carteras y cintas, de llaves y altramuces y, en balcones y ventanucos oscuros, colgaban jaulas de canarios, colorines y grillos; el grillo preso plañía su carcelera sobre la lechuga y le contestaba el grillo libre del solar, acechado, entre las ortigas, por la boina ociosa de un viejo».alcala-8-en-1900-skyscrapercity

La pupila de un niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo sigue con los ojos aquel Madrid del primer cuarto del XX – los detalles, los objetos -, un Madrid que le va entregando todos los recuerdos que un día dejará en el papel.

«Había plantas también, en latas de arenques y en tiestos; geranios, hortensias, claveles, albahaca, verbena. El sol salía para todos, caldeaba las panzas de los churumbeles desnudos y dejaba, al marcharse, una capa de polvo que parecía descansar por las noches del azacaneo transeúnte. El que usaba sombrero era un tratante en burros: el que llevaba bastón estaba enfermo o era mayoral, pastor o reñidor; el que lucía corbata, alfiler de corbata y, a veces, camisa a rayas, era carterista».alcala-5-antique-printsde

Luego la pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor sube de dos en dos las escaleras de la infancia, trepa hasta esa buhardilla a la que aún no ha subido nadie, y rebusca, encuentra palabras que un día dejará en el papel.

«La hucha de mi vocabulario – sigue diciendo Medardo Fraile en «El cuento de siempre acabar. Autobiografía y memorias», que pronto publicará Pre-Textos – se iba enriqueciendo, palabra a palabra: cortijo, garrota, artesa, bardas, altramuz, crujía, jaráiz, chinero, alacena, dompedro, granero, murciélago, aguador, espliego o alhucema, poyo, fuente de taza, arreos, galería, romero, esparto, tábano, vencejo, tórtola, colorín (jilguero), reja, cochera, cuadra, muralla, arrezú (paloluz), feria, era, trillo, alberca, tejeringo, olivo y tantas otras que comenzaron a salir de mis labios como agua de bautismo fecunda y fresca».

La pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo baja corriendo otra vez las escaleras, lleva en la mente los recuerdos, procura que no se le escape ninguno, busca cuanto antes una mesa, y dándose cuenta de que de pronto se ha hecho mayor, comienza muy despacio a escribir.

(Imágenes: calle de Alcalá en 1928.-skyscraperCity/ calle de Alcalá en 1900.-skyscraperCity/ Cibeles.-antique-prints.de)

EL AGUA DE LA MÚSICA

Wagner cuenta en sus Memorias que, tras haber llevado años pensando en Lohengrin, el ímpetu de la creación le arrebató súbitamente y ya no pudo esperar más: «Apenas había entrado en mi baño hacia el mediodía cuando el deseo de anotar Lohengrin se apoderó violentamente de mí. Incapaz de pasar una hora entera en el agua, salté fuera de mi bañera al cabo de pocos minutos; y tomándome a duras penas el tiempo de vestirme, corrí como un loco a mi cuarto para arrojar sobre el papel lo que me oprimía». Se sabe que en ese momento el agua hirviendo de la música estalló en su cerebro y derramándose por el brazo derecho del compositor, bajó por los ríos de sus venas hasta llegar al puerto de sus manos donde los dedos comenzaron a trazar fragmentos de melodías y los pasos primeros de la ópera en tres actos.
Se sabe también que ese agua salió mansamente del cuarto, el líquido encontró pronto el cauce del pasillo y el agua de la música saltó a la calle, atravesó la ciudad en busca de un teatro y empujando violentamente sus puertas subió con fuerza hasta palcos y escenarios. El agua tocó primero la madera de los violines, entró y salió de las trompetas y golpeó jugetona los platillos. Luego se vio al agua de la música rondar con reverencia las túnicas de los coros y acompañar a las declamaciones dramáticas. Al fin, con brillantez, se despidió.
¿Hay algo en el mundo que se parezca a la música?, me pregunto a veces.
Shakespeare comenta en El mercader de Venecia: «El hombre que no tiene música en sí ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música». También Cervantes dice en El Quijote: «Donde hay música no puede haber cosa mala».
Y sin embargo en batallas enconadas – en la Segunda Guerra Mundial hubo muchos ejemplos -la música ha sabido mezclarse con las mayores crueldades.