ME ENCANTA EL PUEBLO DE LOS PRADOS

 

 

“Me encanta el pueblo de los prados. Su belleza frágil y carente de veneno no me canso de recitármela. El ratón de campo, el topo, chiquillos lóbregos perdidos en la quimera de la hierba, el lución hijo del cristal, el grillo más manso que nadie, el saltamontes que taconea y cuenta su ropa tendida, la mariposa que simula la ebriedad  y pone nerviosas  a las flores con sus hipos silenciosos, las hormigas a las que la vasta extensión verde hace sentar cabeza, y de inmediato por encima los meteoros golondrinas…

Pradera, eres el botiquín del día.”

René Char – “Hojas de Hipnosis” (1943- 1944) – “Furor y misterio”

(Imagen- Max Liebermann- 1926 –   Galerie Ludorff – artnet)

EL INSTANTE DE LA CREACIÓN

 

 

“El instante de la creación literaria nos es tan desconocido como el de la creación del universo mismo . Podemos estudiar cada momento posterior al Big Bang, así como podemos leer (en los días en que los escritores conservaban sus primeros garabatos) cada borrador de “A la recherche du temps perdu”. Pero el momento mismo del nacimiento de nuestros libros más queridos es más misterioso. ¿Qué encendió la chispa de la primera idea de la Odisea en la mente del poeta o poetas que llamamos Homero? ¿Cómo fue que un narrador a quien no le interesaba añadir su nombre a su obra soñó la atroz historia de Edipo que más tarde inspiraría a Sófocles y a Cocteau? ¿Qué triste amante de carne y hueso prestó su personalidad a la irresistible figura de Don Juan, condenado por toda la eternidad?

 

 

Todo esto lo cuenta Alberto Manguel en “Mientras embalo mi biblioteca” y allí también evoca una anécdota de Stevenson : “ Una noche – dice – , una de las muchas noches en que yacía febril en la cama, sin aliento y tosiendo sangre, Robert Louis Stevenson, que entonces tenía treinta y ocho años, soñó con un terrorífico tono de color marrón. Desde su primera infancia, Stevenson había llamado a sus frecuentes terrores nocturnos “las visitas de la Bruja de la Noche”, que solo la voz de su niñera podía calmar, con canciones y cuentos folklóricos escoceses. Pero las apariciones de la Bruja de la Noche eran persistentes, y Stevenson descubrió que  podía convertirlas en algo beneficioso si las exorcizaba con palabras. Así, el espantoso color marrón de esas pesadillas se convirtió en una historia. De esta manera, nos cuenta, nació el cuento del doctor Jekyll y el señor Hyde.”

“(…) La existencia de creaciones literarias magistrales asombra tanto a los escritores como a los lectores (…) Podemos averiguar lo que un autor determinado cuenta sobre las circunstancias que han rodeado el acto creativo, qué libros leía, cuáles  eran los detalles cotidianos de su vida, su estado de salud, el color de sus sueños. Todo excepto el instante en que las palabras aparecieron, luminosas y claras, en la mente del poeta, y las manos comenzaron a escribir”.

 

 

(Imágenes -1- Albert Marquet/ 2- Max Lieberman – 1923/3- Emil Nolde -1935)

ESCRIBIENDO UN LIBRO

 

jardines-noio- Jack Butler Yeats- mil novecientos cincuenta

 

«Cuando uno está escribiendo un libro vienen frecuentemente hacia ese libro miles de hojas revoloteando. Sueños, preguntas, encuentros, lo que he hecho y oído en el día de ayer o de hoy y también lo de hace años. Vienen volando rapidísimas estas hojas, cada una desde un sitio distinto de la imaginación, de la memoria, del recuerdo, vienen sin ser llamadas, y se van pegando apretadas y urgentes unas contra las otras sobre esta página que estoy escribiendo ahora en el Botánico de Madrid, sentado en el banco de esta pequeñísima y oculta glorieta y ante una fuente, y estas hojas y recuerdos revolotean, se congregan, se amontonan con un ligero polvillo en torno al banco, a mis pies, en el centro de Madrid.

 

jardines-dryyn-Sergei Arsenevich Vinogradov- mil novecientos trece

 

Mientras pienso en todo esto repaso «Relámpagos», el libro que estoy escribiendo: lo releo, lo corrijo, voy colocando cada cosa en su sitio. Joan Miró daba una vuelta cada día por su estudio mallorquin y retocaba aquí y allá cuadros anteriores, terminaba una pincelada, añadía un color. Aquí, entre flores y caminos de estos setos tan cuidados, entre tantos aromas y colores, me siento a releer este libro que va creciendo y expandiéndose cada vez con ramajes diversos, igual que lo hace la variedad de plantas que me rodean. De vez en cuando levantó la vista de la página y miro hacia el gran edificio con su pared de ventanas que cierra uno de los extremos del Botánico y pienso en la excelente vista que supongo tendrán aquellos altos dormitorios y comedores al contemplar desde arriba este campo de flores, estos espacios limpiamente trazados. Y los árboles. La visión que tendrán de estos árboles. Recuerdo aquella visión que yo tuve en los montes de Galicia, hace años, cuando levantaba también mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales  y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras.

 

jardines.-rrvff.- Robert Gallon.-1897

 

Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. «Un cuento – me había dicho entonces y ahora le escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector». Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oir la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos, algo que al menos para mí, me conmueve más que una fotografía».

José Julio Perlado ( del libro inédito «Relámpagos»)

 

jardines-ynnbb- Max Liebermann

 

(Imágenes.- 1.-Jack Butler Yeats– 1950/ 2.-Sergei Arsenevich Vinogradov– 1913/ 3,. Robert Gallon. 1887/ 4.-Max Lieberman)

ELOGIO DE LOS PRÓLOGOS

Escritores.-3d3.-Sranislw Lem.-wikipedia

 

«El arte de los prólogos – dice Stanislaw Lem en «Un valor imaginario«(Bruguera)  -lleva tiempo clamando por que se le otorguen títulos de nobleza. Asimismo, yo llevo tiempo sintiendo el apremio de dar satisfacción a esa literatura marginada, que guarda silencio sobre sí misma desde hace cuarenta siglos, esclava de las obras a las que vive encadenada (…) Tiene este género, sometido a tan duras pruebas, su estado inferior, el de los Prólogos mercenarios, porteadores, jornaleros y oscuros, ya que la esclavitud degrada (…) Además de los prólogos comunes existen jerarquías: Prefacios e Introducciones; no hay tampoco igualdad entre los Prólogos corrientes, ya que son dos cosas muy diferentes un prólogo a un libro propio y uno hecho para un libro ajeno (…) El prólogo es a veces un sobrio entrar en materia, dictado por la dignidad y la responsabilidad, una garantía avalada por la firma del autor o, en otras ocasiones, una manifestación – forzada por las conveniencias sociales, superficial aunque amigable – del compromiso, en realidad simulado, que una persona revestida de autoridad contrae con el libro.»

 

POLAND LEM OBIT

 

Y así va contando el escritor polaco sus teorías sobre el prólogo para adentrarse después en diferentes prólogos a libros inexistentes: «Necrobias» de Strzybisz, «La Eurintica» de Reginald Gulliver, la «Historia de la literatura bítica» en cinco volúmenes, la «Extelopedia Vestrand» o «El Golem XlV» publicado en 2029.

Es la fantasía transformada en prólogo, la imaginación desbordada en introducciones a obras nunca escritas, una muestra del gran ingenio de Lem. El prólogo ha sido a veces denostado e infravalorado, se ha pasado sobre él en ocasiones con descuido y frivolidad. Y sin embargo grandes prólogos escribió Borges reunidos después en  su «Biblioteca personal» y estudios certeros y completos se han hecho sobre «el prólogo como género literario«, como los analizados por Alberto Porqueras Mayo. En su gran trabajo – que luego descenderá a considerar «El prólogo en el Renacimiento español» y  «El prólogo en el manierismo y barroco españoles» – , el profesor Porqueras alude a prólogos importantes, algunos de ellos revestidos de doctrina y con un estilo bello y solemne. Así, por ejemplo, los de Juan de Mena, Alvaro de Luna, el Marques de Santillana y el prólogo al «Cancionero de Baena«. Mención aparte serían los famosos prólogos al Quijote, con la gracia novelística del primer prólogo de 1605, como señala Elías R Rivers, tan distinta a la del célebre prólogo de la Segunda Parte, de 1615.

 

escritores-bbhh-Borges- Tullio Pericoli

 

Hace ya cinco años quise rescatar en Mi Siglo un prólogo de memorable prosa como es , a mi parecer, el de OrtegaVeinte años de caza mayor», del conde de Yebes, y ese extracto  lo reproduzco nuevamente aquí:

 

paisajes.- 477h.- caza.- Max Liebermann.- 1913

 

“De pronto, un ladrido de can apuñala el silencio reinante – escribe Ortega . -Este ladrido no es meramente un punto sonoro que brota en un punto del monte y allí se queda, sino que parece estirarse rápido en una línea de ladra. Oímos y casi que vemos correr suelto el ladrido, hilvanarse veloz por el espacio con algo de errática estrella. En un instante, sobre la placa del paisaje se ha trazado la raya del ladrido. A este siguen muchos de voces distintas avanzando en el mismo sentido. Se adivina la res que, levantada, va en carrera vertiginosa, como viento en el viento. Todo el campo se polariza entonces; parece imantado. El miedo del animal perseguido es como un vacío donde se precipita cuanto hay en el contorno. Batidores, perros, caza menor, todo allá va, y aun los pájaros, asustados, vuelan presurosos en esa dirección. El miedo que hace huir a la res sorbe entero el paisaje, lo succiona, se lo lleva corriendo tras de sí, y hasta al mismo cazador, que por fuera está quieto, le golpea el corazón montado en su taquicardia. El miedo de la res… Pero ¿es tan cierto que la res tiene miedo? Por lo menos su miedo nada tiene que ver con lo que es el miedo en el hombre. En el animal el miedo es permanente, es su modo de existir, es su oficio. Se trata, pues, de un miedo profesional, y cuando algo se profesionaliza es ya otra cosa. Por eso, mientra el pavor hace al hombre torpe de mente y moción, lleva las facultades del bruto a su mayor rendimiento. La vida animal culmina en el miedo. Sortea el venado, certero, el obstáculo; con precisión milimétrica se enhebra raudo por el hueco entre dos troncos. Hocico al venteo, corvo hacia atrás el cuello, deja gravitar a su paso la regia astamenta que equilibra su acrobacia, como el balancín la del funámbulo. Gana espacio con prisa de meteoro. Su pezuña apenas toca la tierra; más bien – como dice Nietzsche del bailarín – se limita a reconocerla con la punta del pie; reconocerla para eliminarla, para dejársela atrás. De súbito, sobre el lomo de un jaro aparece al cazador el ciervo; lo ve sesgar el cielo con garbo de constelación, lanzando allá al dispararse los resortes de sus cabos finísimos. El brinco de corzo o venado – y más aún el de ciertos antílopes – es, acaso, el acontecimiento más bonito que se da en la Naturaleza. De nuevo gana el suelo a distancia, y acelera su fuga porque le andan ya en los jarretes resoplando los perros – los perros, fautores de todo este vértigo, que han transmitido al monte su genial frenesí y ahora, en pos de la pieza, con la lengua péndula, tendidos a todo su largo los cuerpos, galopan obsesos: podenco, alano, sabueso, lebrel”.

animales.-teed.-perro.- Andrew Wyeth

 

(Imágenes. – 1. -Stanislaw Lem-wikipedia/ 2-Stanislaw Lem/ 3.- Borges, por Tullio Pericoli/ 4.-Max Liebermann- 1913/ 5.-Andrew Wyeth)

 

CONTEMPLAR UN PRADO

paisajes.-8822.-foto Librado Romero.-The New York TimesComo si nos tuvieran que llevar de la mano para aprender a contemplar espacios a los que no estamos acostumbrados, así muchos autores – como, por ejemplo, John Berger, del que he hablado varias veces en Mi Siglo – nos conducen en sus textos camino adelante, recordándonos – como indica un proverbio ruso – que «la vida no es un paseo campo a través«.

Sonreiríamos si nos dijeran que hay que aprender a contemplar un prado. Y sin embargo es así. Repletas las pupilas de velocidad, constantemente abiertas a tantas solicitaciones y quehaceres, el ojo ante el silencio y la mansedumbre del prado apenas se  detiene para remansar tal espacio, y si lo hace pronto pestañea, ya que el acto de la contemplación, en un mundo de celeridad utilitaria, le parece una pérdida de tiempo. Como he recogido en algún libro mío, «Santayana cuenta cómo él solía desfilar por las grandes colecciones de pintura del mundo con un amigo entendido en arte. Y cuando veía a su amigo quedarse totalmente ensimismado y extasiado ante una obra maestra, entonces (…) entonces caía de mí mi propia carga: me daba cuenta de que todos los esfuerzos de los hombres y toda la Historia, si a algo tendían, eran a ser coronados solamente en la contemplación«. («El ojo y la palabra«, pág. 167)paisajes.-7502.-por Max Liebermann.-1926.-Galerie Ludorff.-artnet

Pero John Berger en «Mirar» (Gustavo Gili) llega a algo más. «Los acontecimientos que tienen lugar en el prado (dice) – dos pájaros que se persiguen, una nube que oculta al sol cambiando así el color del verde – adquieren una significación especial porque ocurren durante los dos o tres minutos que estoy obligado a esperar. Es como si esos minutos llenaran una zona del tiempo que encaja perfectamente en la zona espacial del prado. El espacio y el tiempo se unen (…) Nosotros relacionamos los acontecimientos que hemos visto y todavía estamos viendo en el prado. Éste no solamente los enmarca, sino que también los contiene. (…) Empecé refiriendome al prado como un espacio a la espera de acontecimientos; ahora hablo de él como un acontecimiento en sí mismo«.

Berger nos anima a contemplar el prado sin acontecimientos que lo crucen, a contemplar el cielo sin el menor rasgo de una estrella fugaz. No esperemos relato alguno porque ése es el relato. Cielo y prado en sí son los acontecimientos supremos. Es en esa superficie inmóvil y bellísima donde debe encontrar el ojo su descanso.

(Imágenes:- 1.-foto de Librado Romero.-The New York Times/ 2.-paisaje.-por Max Liebermann.-1926.-Galerie Ludorff.-artnet)