VIEJO MADRID (7) : HACIA CERVANTES

Café Central.-2

Cuando uno bordea la madrileña Plaza de Santa Ana y llega hasta la cercana Plaza del Angel  allí encuentra el Café Central con el mejor jazz – según dicen – que ha habido siempre. cafe central.-Sam Rivers.

cafe central.-3,.Mohammad, Montoliú Van de Geyn

En esta Plaza del Angel recuerda Répide-estaba el oratorio y convento de San Felipe Neri y aquí quedaba una callejuela hoy desaparecida que se llamaba del Beso. Mis pasos van ahora por la calle de Huertas – llamada así por las que en gran número ocupaban estos arrabales de Madrid  hace varios siglos- y allí mi cámara se detiene en el número 7, ante esta farmacia sobre cuya cruz iluminada reza esta petición: «Aparta, Señor, de mí, lo que me aleje de Tí«.

Calle Huertas 7.-Aparta, Señor de mí, lo que me aleje de tí.-Farmacia.-diez agosto 2009

Pienso que por estas calles caminaron grandes hombres de las Letras y aquí, en julio de 1614, se podía ver a Cervantes, en una casa donde se había mudado hacía tres años. Seis veces cambió de vivienda Cervantes en Madrid: dos veces en la calle de la Magdalena; en otra ocasión en una casa cercana al palacio donde había vivido el Príncipe Negro; y en otra, en una vivienda cercana al Colegio Imperial de los Jesuitas. Al fín, iría a parar a la calle hoy de su nombre, en la casa que hace esquina con la calle del León. Allí me detengo ;calle de Cervantes.-A.-placa sobre Cervantes.-10-8-2009 ante este portal, sobre el que una placa recuerda al autor del «Quijote«, evoco su pobreza en las mudanzas: apenas un par de camas y tres o cuatro sillas, la mesa para escribir, dos docenas de libros, algunos utensilios de cocina y algo de ropa blanca, tanto de cama como de vestir. En noviembre de 1615, su obra cumbre está en la calle; medio año más tarde, la enfermedad que le atenaza acabará con su vida.

En el prólogo a su obra póstuma, «Los trabajos de Persiles y Sigismunda«, Cervantes nos cuenta cómo, en marzo de 1616 -agotado por el esfuerzo, enfermo de hidropesía, con problemas en el sistema circulatorio -, es decir,  encontrándose cada vez más maltrecho por tantos vaivenes de la vida, vuelve desde Esquivias, el pueblo de su mujer, a Madrid. En el camino se le acerca un apasionado admirador, (lo que hoy llamaríamos un «fan«). Montado en su burrilla, «un estudiante pardal  -lo describe Cervantes -, porque todo venía vestido de pardo, antiparras, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales» da voces a Cervantes y a los que con él van, para que le esperen y le permitan ir en su compañia. Alguien de la comitiva le explica al estudiante quién es el que viaja. «Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes – sigue contando el gran escritor -, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndose aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y acudiendo a asirme de la mano izquierda dijo:

Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y finalmente el recocijo de las musas!».

A lo que el autor del « Quijote» contestaría:

Yo, señor, soy Cervantes, pero no el recocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho. Vuesa merced vuelva a cobrar su burra, y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino«.

Cervantes.-por Juan de Jauregui.-biografías y vidas

En todo eso estoy pensando ante el portal de esta casa.  Voy caminando por el viejo Madrid, como lo estoy haciendo a través de Mi Siglo en otros paseos anteriores: La bohemia de Alejandro Sawa,  la Plaza de Oriente, la casa de los Lujanes, Plaza Mayor, pequeñas plazas históricas, y ahora este andar hacia Cervantes que al final de su vida nos despide:

«¡Adiós, gracias, adiós, donaires; adiós, recocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!».

(Imágenes:-1.-Café Central.-foto JJP/ 2.-Sam Rivers.-cafecentralmadrid.com/3.-Mohammed, Montoliú & Van de Geyn.-cafecentralmadrid.com/ 4.-calle Huertas.-foto JJP/5.-casa de Cervantes en la calle de Cervantes.-foto JJP/ 6.-Miguel de Cervantes.-biografíasy vidas)

CASAS E INTIMIDADES

Juan Ramon Jimenez.-2.-adn.es«Si Antonio Machado era el hombre alejado y perdido en provincias, Juan Ramón Jiménez es el hombre alejado y perdido en un piso –escribió Rafael Alberti -. Su vida se desenvuelve en la monotonía de un bienestar burgués. Su tiempo se le ha pasado mirando las madreselvas, los malvas y  los verdes del crepúsculo. Su encierro voluntario, con salidas momentáneas al mar, es la consecuencia de la vida española tirante y agria en los finales de la monarquía. No quiere enfrentarse con ella, como Lope hizo. La rehuye y, al rehuirla, él y los que como él hicieron, nos escamotearon una interpretación de varios años de historia de España.– Punto de partida de mi generación son estos dos poetas».

Estas palabras singulares, publicadas por Alberti en «Revista Cubana» de la Habana – recuerda Ricardo Gullón – fueron comentadas por el propio Juan Ramón de esta forma: «Aquí Alberti es honrado. Dice las cosas como son. Me gusta esta clase de crítica. Odio al adulador impenitente y lo desprecio».

Ahora que se lleva tanto la espuma del cotilleo intranscendente y el rebuscar retales de intimidad en cualquier camerino célebre, he aquí que también los grandes tenían lógicamente sus pasillos internos, aquellas trastiendas que cualquier ser humano posee cuando elabora lentamente su creación,  talleres y pasillos cuya decoración muchas veces nos sorprenden.

los Machado con Margarita Xirgu en el estreno de La Duquesa de Benamei en el Teatro Españlol el 26 de marzo de 1932

Rafael Cansinos -Assens, frecuente cronista del vaivén de vidas literarias, describía en la revista «Ars«, en 1954, cómo vivían los hermanos Machado en Madrid hacia 1901.»Vivían los Machado en el segundo piso de un gran caserón viejo y destartalado, con un gran patio lóbrego, donde el sol se perdía y el frío del invierno se encontraba de pronto. Volvía a recuperarse el sol al entrar en la gran sala cuadrada, con balcón a la calle, tan anegada en claridades cristalinas que al principio deslumbraba y no dejaba ver. Voces juveniles y efusivas me acogieron. Ya estaban allí todos, es decir, Villaespesa, Antonio de Zayas y Ortíz de Pinedo, un joven poeta, aún todo en blanco, cual yo mismo. Uno de los Machado, creo que Antonio, en mangas de camisa, se estaba acabando de afeitar ante un trozo de espejo, sujeto en la pared, como los que se ven en las carbonerías. La habitación detartalada, sin muebles, salvo algunas sillas descabaladas, con el suelo de ladrillo, salpicado de colillas y las paredes desnudas, tenía todo el aspecto de un desván bohemio. Eran tan pocas las sillas, que algunos permanecían de pie. Allá dentro, tras una puerta lateral, sonaban voces femeninas. El sol, un verdadero sol de domingo, era el único adorno de aquella habitación que parecía una leonera de estudiantes. El sol y el buen humor juvenil».

(Hago un inciso personal aquí evocando, no sin emoción, que en aquella habitación de los Machado estaba – tal como relata Cansinos Assens – José Ortíz de Pinedo, mi abuelo materno, con el que yo conviví varios años, en la década de los cincuenta, en su casa de Madrid. Él me contaba directamente aquellos encuentros, aquellas tertulias y amistades que yo siempre recordaría)

Juan Ramon Jumenez.-2,.nobelprize.org

Pero la personalidad de los grandes y la dimensión de su obra, como es el caso de Juan Ramón, muestran también su envés desconocido, andanzas inesperadas por las calles de Madrid en excursiones sorprendentes para un hombre que -como quería definir Albertiestaba «perdido en un piso«. El 10 de mayo de 1936 Juan Ramón Jiménez publicó en «El Sol«, de Madrid, una evocación de sus trepidantes idas y venidas por la ciudad «arrastrado» de alguna forma por Villaespesa: «Cogidos de una idea súbita, locos sucesivos – escribe Juan Ramón -, andábamos y desandábamos las calles, las plazas, las iglesias, los paseos, las fábricas, los cementerios, recitando versos, cantando, hablando alto. Villaespesa insultaba a veces a uno que pasaba, creo que sin saber quién era, para admirarme, y luego me decía que era tal o cual escritor «imbécil»; tomábamos un coche, lo dejábamos; comíamos, bebíamos a cualquier hora, en cualquier sitio, cualquier cosa. Y así hasta las 4 o las 5 de la mañana, cuando el blando gris azul del cielo de oriente  sobre la Puerta del Sol, la calle de Alcalá, la Red de San Luis me arrullaba, me endulzaba el cuerpo y el alma y me llevaba a dormir. Pero a las 8 siguientes, como el primer día, Villaespesa estaba, con su sombrero de copa y su abrigo entallado, en mi casa, y otra vez el ciclón».

Sorprende ver a Juan Ramón así, tan agitado, él que se detenía contemplativo ante el oro del sol o ante la rosa. Pero la vida es así. Las anécdotas entretienen, sin duda, pero nunca serán más importantes que la obra lograda.

(Imágenes: 1 y 3.-Juan Ramón Jiménez/ 2.-Antonio Machado y Manuel Machado con la actriz Margarita Xirgu en el estreno de «La duquesa de Benamejí» en el Teatro Español el 26 de marzo de 1932.-Abelmartin.com)

VIEJO MADRID (6) : EL TEATRO EN LA CALLE

Plaza de Santa Ana

Por la mañana, antes de que las funciones empiecen, los actores se sientan a jugar a las cartas al aire libre, en medio de la madrileña Plaza de Santa Ana, frente por frente al Teatro Español. No son actores, son espontáneos vecinos de estas calles que representan su papel de madrileños sin que nadie les dirija, sin que ningún director les indique que sobre la mesa deben golpear con suavidad o con ímpetu el as de oros o el caballo de copas. Lo hacen en silencio, con gestos, pupilas o señas que esconden ladinamente su cálculo mental. Saben jugar, como sabían hablar y criticar en la vieja tertulia de hace siglos aquellos que asistían al Corral del Príncipe, lo que hoy es Teatro Español.

En este sitio estuvo el Convento de Carmelitas Descalzas, titulado de Santa Ana y fundado por San Juan de la Cruz. Este Teatro Español, Monumento Nacional, que se inauguró en 1583 con una representación de Lope de Rueda,  lleva en su historia voces y giros y ademanes relatando las mejores comedias del Siglo de Oro. «¿Parécele a V. M. que le será de alivio oir la comedia, pues le han convidado a ella aquellos caballeros toledanos y tienen tan buen aposento en el Corral del Príncipe?», dice Salas Barbadillo en «El Cortesano Descortés«.

Pero mi cámara sigue reflejando a los que juegan. Luego, poco a poco, gira alrededor de este Teatro, se cuela por detrás, por la calle de Echegaray y me parece mentira que estos jugadores de cartas reaparezcan en el tiempo. «En los veladores, pintados de almagre – cuenta Emilio Carrere dibujando esta calle de Echegaray -, los cuatro clásicos del «mus», con gorrilla de seda ladeada, como Felipe, el martelo y tormento de «La Revoltosa«, se jugaban aquellos frascos de vino negro que costaban seis reales. El chico del mostrador, que se llamaba «el medidor», entrechocaba los vasos en el barreño de cinc y vertía las «cortinas» del copeo en un frasco grande. Un cartel de arbitraria ortografía atraía en el escaparate a los traspillados cesantes: «Se guisa de comer. Hay callos y caracoles«.

Lorca en la Plaza de Santa Ana

Cuando vuelvo a la Plaza de Santa Ana, García Lorca, entre sol y sombra, está lanzando ya palomas al aire. Son palomas de bronce, muy livianas, nacen de las manos del poeta y las mece el cielo de Madrid. Aquí pronunció Federico su «Charla sobre teatro«, en este Teatro Español, el 2 de febrero de 1935, con motivo de una representación extraordinaria de Yerma. Pero las palomas me distraen:

«Por las ramas del laurel

van dos palomas oscuras.

La luna era el sol,

la otra la luna.

«Vecinitas», les dije,

«¿dónde está mi sepultura?»

«En mi cola», dijo el sol.

«En mi garganta», dijo la luna.

(…)

Por las ramas del laurel

vi dos palomas desnudas.

La una era la otra

y las dos eran ninguna«.

 («Diván del Tamarit«)

(Imágenes: 1.-Teatro Español en la madrileña Plaza de Santa Ana/ 2.-estatua de Federico García Lorca en la Plaza de Santa Ana.- fotos: JJP)

VIEJO MADRID (5) : PEQUEÑAS PLAZAS HISTÓRICAS

Plaza del Conde de Miranda.-1Cuando entra mi cámara en la madrileña  Plaza del Conde de Miranda – al fin de la calle del Codo, cerca de la Plaza de la Villa -, la soledad y el sol son ocupados por la Historia y esa Historia nos hace retroceder hasta nombres y edificios que estuvieron por aquí, andanzas de este barrio antiguo que hubo de llamarse la «Platería» por la cantidad de orfebres y plateros que por estas calles se aposentaron. Por aquí estuvo también la llamada casa de «los Salvajes«, propiedad de don Iñigo Cárdenas, señor de Loeches, Embajador de España en la República de Venecia y en Francia, cuando Enrique lV fue asesinado por Revillac. (Fue el Embajador el primer acusado en París de que él había matado al rey hasta que todo se puso en claro, y tal era la fama de hombre arriesgado que el embajador español tenía – frases altivas y agudas que don Iñigo cruzó con el propio Enrique lV – que el pueblo parisino creyó en un  primer momento que se trataba de una acometida hidalga del español contra el monarca francés)

Pero las cámaras fotográficas modernas no pueden penetrar en la Historia, ni en los recintos del señor de Loeches ni tampoco en los muros donde se descubrieron los siniestros sucesos del lamado «crimen del capitán Sánchez» en 1913. La cámara, antes de salir de la Plaza, observa al fondo el convento de las monjas jerónimas de «Corpus Christi«, denominado de «Las Carboneras«, que, como ilustra Mesonero Romanos en «El antiguo Madrid«, se llama así por una imagen de la Concepción que se venera en él, y que fue extraida de una carbonera. Fundado a principios del XVll, otro ilustre comentarista de Madrid, Diego San José, recuerda que en este convento se celebra diariamente una misa por el alma del Gran Capitán, don Gonzalo de Córdoba, y por su mujer.

Plaza del Conde de Barajas

Luego la cámara ralentiza su paso. Entra en la vecina Plazuela del Conde de Barajas donde, en el actual número 7, vivió hasta 1936  María Zambrano , plaza en la que yo también tuve largas charlas sobre cine con el novelista español Jesús Férnandez Santos.

casa donde vivió María Zambrano (Plaza de Conde de Barajas)

Estas plazuelas irregulares, escondidas, guardan profunda historia. En este espacio vivieron el barón de Riperdá, ministro de Felipe V, el comisario general de Cruzada de Fernando Vll o el general Espartero en 1854. Aquí estuvo el palacio del Conde de Barajas, que dio nombre a esta Plaza, y que fue el dueño de la mayor parte de las casas de la zona. Aparece ya en los célebres planos de Texeira y Espinosa y el aire calmo de agosto que roza los árboles me lleva poco a poco a cruzar los siglos y asomarme a esta tienda de olores, en el número 4, que es «Taller Puntera«. Está la ventana abierta y asoman los colores de esta tienda de trabajo con piel, las pieles acabadas de los bolsos y de las agendas.

escaparate de Taller Puntera.-Plaza Conde Barajas, 4

Trabaja una dependienta al fondo. Entra mi cámara, y entro tras ella. El tacto suave de las pieles me hace abrir unos blancos cuadernos. En Mi Siglo he hablado muchas veces de su magia. Repaso estas páginas inmaculadas, aún sin escribir. Luego miro hacia afuera, hacia la calle,  hacia tantos  sucesos ocurridos en Madrid.  Alguien en estos cuadernos seguirá escribiendo la Historia.

(Imágenes.-Madrid, agosto 2009.-: 1.-Plaza del Conde de miranda/ 2.-Plazuela del Conde de Barajas/3.-casa, en el número 7, en la que vivió María Zambrano/4.-taller de trabajo con piel en el número 4.-fotos JJP)

VIEJO MADRID, 2009 (4)

 

Botin.-escaparate.-3.-11 agosto-2009Cuando me acerco al escaparate de Botín parece que viniera Galdós por esta acera y con él toda la novela española del XlX. «La novela está en las calles y en las casas de Madrid, en cada  calle, en cada casa. Allí hay que verla», dijo uno de sus mejores estudiosos. Efectivamente estoy aquí, delante de Botín, pero sobre todo en medio de «Fortunata y Jacinta«, asomado al capítulo lV de la Primera Parte, y oigo decir a Galdós  hablando de Barbarita, que «como supiera la dama que su hijo frecuentaba los barrios de Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a Estupiñá que vigilase, y éste lo hizo con muy buena voluntad llevándole cuentos, dichos en voz baja y melodramática:

Anoche cenó en la pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros…¿sabe la señora? Tambien estaba el señor de Villalonga y otro que no conozco, un tipo así…¿cómo diré? de esos de sombrero redondo y capa con esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un randa que por un señorito disfrazado«.

Botín.-2.-11-agosto.-2009

Entonces doy unos pasos hacia atrás para ver el establecimiento desde más lejos. Esta «Antigua Casa Sobrino de Botín» se encuentra en la calle de Cuchilleros y Pedro Ortíz Armengol, el máximo especialista en «Fortunata«, recuerda que la tal Casa alega su antigüedad de 1590, si bien el actual edificio y el horno de asar datan de 1725. Hacia 1860 (Galdós escribe «Fortunata y Jacinta» desde diciembre de 1855 hasta junio de 1887) se instaló en la planta baja pastelería, subsistiendo el horno de asados. Una y otra la menciona Galdós en muchas ocasiones, puesto que el novelista conoce al detalle todos estos sitios. ·En «Fortunata y Jacinta» ,  novela que se desarrolla en 1869-76, la Plaza Mayor es una plaza venida a menos – dice Armengol -, es la recién destronada, pero todavía con un bien vivo prestigio centenario. En ella y en sus aledaños ocurren cien cosas: junto a la Casa de la Panadería, en Cuchilleros, Arco de 7 de Julio, calle de Felipe lll, la de Toledo, el propio monumento al rey Felipe…Pero ,sobre todo, los balcones de Estupiñá y, encima, la barandilla de la terraza de la casa número 11 de la Cava, con trasera – que es delantera – a la Plaza…».

Plaza Mayor.-agosto.-2009

Antes de que vengan los turistas cruzo la Plaza Mayor, es decir,  cruzo del siglo XlX al XXl. Dejo a un lado la historia de los tres grandes incendios que sufrió esta Plaza: el de 1631, el de 1672 y el de 179o. El humo de tantos acontecimientos cambió aquellas casas primeras de madera y de 75 pies de altura, aquellos sótanos abovevados y las fachadas de ladrillo rojo visto a las que se abrían los balcones. Desde tales balcones se contemplaron toros, cañas y autos de fe. La servidumbre de los inquilinos de aquellos balcones obligaba a cederlos para su distribución por riguroso turno de jerarquía  y etiqueta o bien para ser vendidos como localidades. Balcones como ojos, ojos de cristal, ojos que miran el rostro del tiempo.

Paso, pasa mi tiempo ante esos balcones. Voy hacia el Mercado de San Miguel.

Mercado de S. Miguel.-1 Al entrar enseguida en este Mercado de San Miguel, el único mercado de hierro que ha llegado hasta nuestros días, el siglo XXl es ya plena gastronomía. Galdós hubiera escrito páginas memorables sobre este recinto de planta baja con estructura metálica de soportes de hierro fundido que ahora se ha remozado y desde cuyo interior se mezclan colores y olores  inusitados. Los turistas que se han asomado al XlX en Botín y que han cruzado platos y mesas del XX vienen ahora a ver qué se come aquí, en el siglo XXl. Madrid siempre ha brillado en gastronomía. Por la mañana -según el tiempo – la ciudad se ha desayunado con aguardiente y churros, con chocolate y buñuelos; las comidas Madrid las ha hecho muchas veces con sopa de pan, cocido madrileño, requesón de Miraflores con azúcar, rosquillas de Fuenlabrada, vino de Arganda. Otros madrileños han preferido la tortilla de escabeche de bonito con ensalada de huevos, tomate y pimientos; al fin, si era también su tiempo, una sandía. Otros, en la mesa de al lado, escogieron callos a la Madrileña, ensalada, bartolillos de crema, melón de Villaconejos. Y aún hubo quien se decidió por la ensalada de berros del Lozoya, el besugo a la Madrileña y acabó con el requesón de Miraflores con fresas de Aranjuez y unas almendras de Alcalá, de las monjas de San Diego.

Al fin  se retiraron los platos y yo me retiré también hacia la Cava de San Miguel dando un paseo, para ver más cosas.

(Imágenes: Madrid, agosto 2009 : 1.-detalle del escaparate de «Botín»/ 2.-fachada del restaurante «Sobrinos de Botín»/ 3.-Plaza Mayor/ 4.-Mercado de San Miguel en la actualidad.- fotos JJP)

VIEJO MADRID, 2009 (3)

calle del Codo.-A

Calle del Codo del viejo Madrid por donde ahora entramos. Va la sombra y la luz desde la Plaza de la Villa a la del Conde de Miranda, y Pedro de Répide recuerda que toma su nombre de la configuración especial de esta calle, que rodea la famosa casa de los Lujanes. El codo hace que la luz se doble y que la sombra estire el brazo para alcanzar la soledad. Vamos sobre la soledad misma, el silencio camina tras nosotros, el silencio nos precede.

calle del Codo.-2

El silencio se llena ahora de sombras. Este es el Madrid de agosto,  fachadas y verjas recogen la luz. Baroja escribió de Madrid: «La Corte es ciudad de contrastes: presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; la vida refinada, casi europea, en el centro; vida africana, de aduar, en los suburbios«. Esto, sin embargo, no es suburbio; en torno a estas calles nació la ciudad. El gran cronista de Madrid que fue Répide, en su «Madrid a vista de pájaro el año 1873«, dobla con su prosa esta esquina de la calle del Codo y nos cuenta de la Torre de los Lujanes que «en el siglo XVll esta casa pertenecía al regidor don Gonzalo de Ocaña y a su esposa doña Teresa de Alarcón, parienta muy próxima de don Hernando de Alarcón, que fue quien trajo a esta villa al prisionero rey de Francia, Francisco l. Pero no tiene realidad ninguna – sigue diciendo Répidela tradición de que este monarca padeciese prisión en la torre de los Lujanes. Su venida a Madrid fue una continua sucesión de fiestas con que se le obsequiaba en el tránsto, y en la Casa de los Lujanes lo que hizo fue detenerse para recibir el agasajo que allí se le tenía dispuesto por ser la mansión donde en esta villa podía hacer los honores don Hernando de Alarcón a su custodiado, quien desde la vivienda de don Gonzalo de Ocaña pasó al alcázar que se le había señalado como cárcel, harto benigna, como harto suave fue el cautiverio a que se le sometió con una caballerosidad no muy bien correspondida por aquel rey que por tan caballero se tenía«.

Doblamos el codo de la Historia y procuramos caminar hacia la luz.

(Imágenes.- Madrid, agosto 2009.- 1 y 2:  calle del Codo.-fotos JJP)

VIEJO MADRID, 2009 (1)

Plaza de Guardias de Corps.-2

La cámara va conmigo. Los ojos de la cámara son mis ojos. Aquí me detengo un momento, en la Plaza de Guardias de Corps, la plaza que va de la calle del Limón a la del Conde Duque. Pedro de Répide, en sus «Calles de Madrid«, cuenta cómo antes se llamó Travesía de Guardias de Corps, «por estar junto al cuartel donde se hospedaba aquella escolta de las reales personas, y era una corta y estrecha vía, continuación de la calle del Cristo«.

Travesía del Conde Duque

Agosto deja en Madrid estos descubrimientos solitarios, plagados de leyendas, cantados por cronistas. Cuando llego – un poco más abajo – a la Travesía del Conde-Duque, evoco con Répide que aquí estaba la plazuela del Gato. «En esta plazuela vivía una famosa aleluyera, a donde los días del Corpus y de la Minerva, iban los chicos y los grandes a proveerse de los pliegos de aleluyas, que, recortadas, habían de caer revoloteando sobre la procesión. Y el nombre del Gato nacía de que en el bosque de Amaniel, que ahí llegaba, había sido cazado un gran gato montés, de cuya piel fueron hechas unas botas que el cardenal Cisneros regaló al Gran Capitán, y que, según decían los bien enterados, eran exactamente iguales a las que llevaba Carlomagno en sus expediciones guerreras. Pero tales botas tenían un inconveniente gravísimo, como era el que todos los gatos que las olían acudían muy luego a hacer aguas en ellas, con notorio menosprecio de la alta calidad de don Gonzalo de Córdoba, quien, justamente molesto, se deshizo de botas tan especiales y se apresuró a vendérselas a un mercader francés, que, acaso las contemplara satisfecho«.

Casa de Alejandro Sawa.-Conde Duque 7

La cámara desciende Conde Duque abajo y yo con ella. En el número 7 de esta calle, sobre un pequeño portal, aparece la blanca placa del recuerdo de Alejandro Sawa, que aquí vivió. Aquel Sawa del que tomó Valle- Inclán inspiración para su Max Estrellahiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales«, dijo Valle – en «Luces de bohemia«.  De «Alejandro Sawa, muerto, ciego y loco, en 1909«, Zamora Vicente dice que es la contrafigura de Max Estrella.  También añade: «Yo quiero ver en Don Latino al propio Sawa. Es un desdoblamiento de la personalidad. Lo que Sawa habría hecho en el envés de su cara noble y avasalladora. El otro Sawa. El que, lejos de la sabiduría verlainiana, engaña a quien puede y vive del sablazo ocasional». «Pero Valle-Inclánagregó igualmente Gonzalo Sobejano -, puso algo, bastante de sí mismo en Max Estrella, porque también él vivió una bohemia heroica y hubo de sufrir – o eludir a tiempo – ciertas experiencias de su personaje». 

caminobreve en Plaza de España

Luego cruza mi cámara la Gran Vía a la altura de la Plaza de España. Agosto, a estas primeras horas de la mañana, me lleva en soledad al sendero de árboles que camina hacia la calle de Bailén. Este agosto ha sido cantado por los grandes cronistas. «El Madrid estival, pobretón – escribía Emiliano Ramírez -Ángel en su «Madrid sentimental» en 1907 -, que ama los claveles y las polkas, y los pinares de la Moncloa, y las mañanitas del Retiro, y se estremece con «el crimen de esta tarde», y se interesa por el «se continuará» del folletín, y sueña ya con el bulevar novísimo proyectado por Aguilera, y no ha visto nunca el mar, y colecciona postales, y llora cuando el novio falta dos noches, y reza cuando truena, y alguna vez va a los toros, y nunca se mete entre sábanas sin dedicar una plegaria de amor y súplica a su «San Antonio«, y se envuelve en mantones de Manila para bullir en las verbenas, y ríe por nada, y se hermosea con poco, y es sencillo, y es humilde, y es crédulo y es inofensivo…ese Madrid femenino, risueño, grácil, lastre de muchas almas hombrunas y perversión de muchas almas yertas, rebulle ya por las calles, en busca de los bulevares, de las glorietas, de los paseos donde haya reposo y frescura«.

Por estos paseos ando yo. Paseos de hace un siglo y de hoy mismo, Madrid de 2009, de 1909, de 1907. Los árboles me llevan hacia la calle de Bailén y yo voy con ellos pensando ya en el paseo que daré otro día.

(Imágenes: Madrid:agosto 2009.-1.-Plaza de los Guardias de Corps./2.-Travesía del Conde Duque/3.-calle del Conde Duque, número 7/ 4.-pequeña avenida de árboles en la Plaza de España, camino de la calle de Bailén.-fotos JJP)

ESTAMPAS DE LA PUERTA DEL SOL

Puerta del Sol.-A

Estos días que ha vuelto a levantarse una vez más  la estampa de la madrileña Puerta del Sol hasta horadar su vientre y abrir así nuevas y modernas galerías de comunicaciones futuras,  su historia  parece como si nos hablara desde el tiempo, murmurando desde sus cimientos y edificios, como así lo hacen muchas veces a los hombres las grandes ciudades.

Murmullos de la Puerta del Sol en guerra:

 Corpus Barga, el 1 de mayo de 1937, en «El mono azul» cuenta que «ya no transitan por su asfalto los coches que iban a Palacio, al Palacio Real o al Palacio Nacional; ni pasan por sus aceras las señoritas del barrio de Salamanca, que iban a San Ginés o a San Luis, o a comprar el postre a la calle Mayor, a la pastelería del Riojano. (…) Se han llevado también a los paletos, a los famosos paletos de la Puerta del Sol. Sigue habiendo ahora, más que nunca, boinas y pantalones de pana; pero los paletos no son ya paletos, son evacuados de guerra. Bajo el bombardeo, la Puerta del Sol ha quedado en poder de los vendedores ambulantes. Siempre han tenido algo de cantineros los vendedores de mechas, de cortaplumas y de anillos para los paraguas. Siempre han sido, naturalmente, vendedores de circunstancias. Ahora las circunstancias les han convertido en un verdadero ejèrcito. El ejército de Mercurio, que sigue siempre al de Marte.Puerta del Sol.-B

Allí encuentra el soldado la insignia – sigue Barga -, el pañuelo, el botón, el alfiler, la sortija, la fotografía que le hace falta. Sobre todo, el frasco de agua de colonia. La guerra huele mal: a todos los soldados de todos los tiempos les ha gustado perfumarse. Napoléon, perdido en las estepas de Rusia, se daba fricciones de agua de colonia todas las mañanas. En la Puerta del Sol abundan los puestos de perfumería.

Alguno de estos puestos anuncia terminantemente: «No hay jabón«. Es para que le dejen en paz los clientes civiles. Se trata de un puesto de guerra. El soldado no va a la retaguardia a comprar jabón; lo tiene en el frente. Lo que no tiene en el frente, lo que el soldado busca en la retaguardia no es lo que necesita, sino lo que se le ocurre. El mercadillo de la retaguardia de un ejército es la feria de la fantasía» («Paseos por Madrid») (Alianza)Puerta del Sol.-1970.-E Murmullos de la Puerta del Sol en paz:

En «La Mallorquina«, el tradicional local tan conocido, se puso al principio un despacho de pasteles, fiambres y botellas, con un saloncito interior para que en él las gentes se sentasen en sillas en torno a unas mesas y tomaran té, café, chocolate a la francesa y a la española, cerveza, vinos, pasteles variados, nunca mariscos ni caldo como el famoso de Lhardy. «Sus camareros- recuerda Aráujo-Costa -iban  correctamente vestidos de frac y hablaban francés. Los helados se servían no en copa y con copete, a la manera de los cafés, sino en unos platillos de cristal, que eran como conchas, colocados en un plato corriente de postre y con un bollito muy mallorquín, hecho de mantequilla y hojaldre. Para estos helados se usaban unas cucharillas en forma de palas, más cómodas y elegantes que las clásicas de los cafés, aovadas y ya vulgares a base de ser vistas. Y allí en «La Mallorquina» tomaban a veces su refrigerio de media tarde nada menos que don Francisco Silvela y don Raimundo Fernández Villaverde, ambos muy enlevitados, muy enchisterados, muy en su porte de ex ministros y ex presidentes del Consejo».

Puerta del Sol en paz, Puerta del Sol en guerra. Los murmullos de los edificios y de las calles cuentan siempre su historia, ahora más que nunca, cuando nuevamente han horadado su vientre en servicio de la comodidad y la velocidad.

(Imágenes:- 1.-Puerta del Sol en 1930/ 2.-Puerta del Sol antes de 1857/ 3.-Puerta del Sol en 197o)

TABERNAS DE MADRID

la-nueva-1-1-mayo-2009«Se mete en una oya de barro, una livra de tocino, mu partío, con aceite pa que se reajogue bien i sechan cuatro libras daluvias con cevoyas, agos, perrejil, comino, laurel, sal, pimentón i arrima la oya al fogón que cuesca cuatro oras».

«Receta de judías guisadas«, por el Tío Lucas, (citado por Ángel Muro en sus «Conferencias culinarias» (Madrid, 1890)

Tabernas, viejas tabernas del viejo Madrid, tabernas de mostradores antiguos donde se acodaron tantas conversaciones, entrelazado vocerío, platillos de familiar gastronomía, caracoles, más vocerío, aceitunas aliñadas, callos, gallinejas del Rastro…la-nueva-3-2-de-mayo-2009

«Mire, oiga lo que le digo. Haga caso de mí, que tengo más gramática. No compre el vino en la taberna del hermano de Jesusa, ni en la de José Cumplido, donde le conocen. Váyase a comprarle a la taberna de la calle del Oso o a la de los Abadales, donde no le conocen»

Benito Pérez Galdós: «Nazarín«, segunda parte, pág. 42)

Tabernas, viejas tabernas del viejo Madrid, las bandejas sorteando los hombros, espuma de cerveza fría…

(Imagen: Madrid, 1 de mayo.- «La Nueva».-Arapiles 7.-foto JJP)

ESCRIBIR EN MADRID ES LLORAR

madrid-ccc-barrios-bajos-por-eduardo-vicente-ciudad-de-la-pintura“¿Qué me dice el lector de la Trapera ‑escribe Larra en uno de sus artículos, Modos de vivir que no dan de vivir. Oficios menudos que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano recorre a la madrugada, y aún más comúnmente de noche, las calles de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha sola y silenciosa: su paso es incierto como el vuelo de la mariposa: semejante también a la abeja, vuela de flor en flor (…) sacando de cada parte sólo el jugo que necesita; repáresela de noche; indudablemente ve como las aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el ojo pone el gancho, parecida en esto a muchas personas de más decente categoría que ella: su gancho es parte integrante de su persona; es en realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve, encuentra; y entonces por un sentimiento simultáneo, por una relación simpática que existe entre la voluntad de la trapera y su gancho, el objeto útil, no bien es encontrado, ya está en el cesto. La trapera, por tanto, con otra educación sería un excelente periodista (…), su clase de talento es la misma: buscar, husmear, hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado; he ahí la diferencia”.

Hoy, que se cumplen 200 años del nacimiento de Larra, no tenemos mas que cerrar los ojos ‑y después abrirlos con mirada de periodista contemporáneo‑ para ver, modificados apenas por el tiempo, personajes y costumbres del Madrid eterno y los giros, caracteres y hábitos tan españoles. Pero a Larra no le interesa el cuadro de costumbres como simple descripción de las mismas, sino como un método de análisis, de disección, de profundización en los vicios que impiden el progreso social. Deja en las páginas de los periódicos de entonces ‑y esto es lo importante‑ (y no en los libros), continuas muestras de su talento siempre enlazado con la amargura del escritor reformista. Mientras en Mesonero Romanos se advierte sobre Madrid una mirada complaciente, y a veces emocionada, en Larra los ojos se empañan de subjetividad satírica.

trapera-la-trapera-al-amanecer-por-eduardo-vicente-taller-del-prado1 Desde 1828 a 1835 publica la mayor parte de sus artículos periodísticos, tanto políticos como costumbristas: El Duende Satírico del Día, el Pobrecito Hablador, la Revista Española y otros folletos sueltos serán su espacio periodístico. El dinero llega a su pluma. “En 1836, un año antes de suicidarse ‑recordará Nestor Luján‑, Fígaro, a su regreso de un viaje por Portugal, Inglaterra, Francia y Bélgica, firmó un contrato para colaborar en El Español de veinte mil reales al año y la obligación de dar dos artículos por semana, casi cincuenta pesetas por artículo, cifra que en toda su época sólo alcanzó a Jaime Balmes. El autor de Vuelva usted mañana, de El día de difuntos de 1836 y de La Nochebuena de 1836 se propuso convertir el artículo en vehículo de valores como los de la lírica, el drama o la novela y lo consiguió. Admirado como periodista excepcional, sus artículos se califican como creación de un género. Su voz aún asoma célebre en alguno de ellos: “Escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir un libro de memoria, es realizar un monólogo desesperadamente triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar.”(«El artículo literario y periodístico», págs 46-47)

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(Imágenes: Dibujos y pinturas de Eduardo Vicente:-1.-Barrios bajos.-Ciudad de la pintura/2.-.-La trapera al amanecer.- Taller del Prado/3.-Cielo y perspectiva.-Ciudad de la pintura)

LA VIDA EN MADRID

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Madrid se nos aparece en la Historia, asoma entre los textos de literatos y periodistas, muestra de pronto las capas de su pasado, todos los sótanos ocultos bajo plazas y calles, y la mirada y la pluma de los que escribieron nos cuentan otra vez los cotidianos paseos de los que observaban, anotaban, iban contando a todas las gentes – a todos los lectores – cuanto ocurría. 

Así Larra, el gran periodista – tan vigente hoy con su ojo en observación -, querrá narrarnos el Madrid del XlX :

«La mirada de este gran escritor de costumbres se fijará, por ejemplo, en la actividad periodística descendiendo a situaciones que él retrata con gran visión cómica: “¿Quién me responde ‑se pregunta‑ de que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate? ¿Quién me dice que no se pondrá Camellos donde yo puse Comellas, Torner donde escribí yo Forner, ritómico donde rítmico y otros de la misma familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh qué placer el de ser redactor! ¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise: juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo con sobrada razón exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh, qué placer el de ser redactor!» madrid-calle-de-toledo-1890 

 “Como a aquellas horas ‑escribe Larra el 12 de diciembre de 1834 en su artículo «La vida en Madrid«‑ no tengo ganas de volverme a dormir, dejo los periódicos; me rodeo al cuello una echarpe, me introduzco en un sobretodo, y a la calle. Doy una vuelta a la Carrera de San Jerónimo, a la calle de Carretas, del Príncipe y de la Montera, encuentro en un palmo de terreno a todos mis amigos que hacen otro tanto; me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo a alguna asomada y me vuelvo a casa a vestir.

¿Está malo el día? El capote de barragán; a casa de la marquesa hasta las dos, a casa de la condesa hasta las tres, a la tal otra casa hasta las cuatro; en todas partes voy dejando la misma conversación; en donde entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo y de la otra adonde voy; ésta es toda la conversación de Madrid.

¿Está el día regular? A la calle de la Montera. A ver La Gallarde o a Tomás. Dos horas, tres horas, según. (…)

¿Está muy bueno el día? A caballo. De la puerta de Atocha a la de Recoletos, de la de Recoletos a la de Atocha. Andado y desandado este camino muchas veces, una vuelta a pie. A comer a Genieys o al Comercio; alguna vez en mi casa; las más fuera de ella.

¿Acabé de comer? A Solito. Allí dos horas, dos cigarros y dos amigos. Se hace una segunda edición de la conversación de la calle de la Montera. ¡Oh! y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco se ha ponderado, otro poco se ha… Pero, en fin, en un país donde no se hace nada, sea lícito al menos hablar.

(…)

Acabado el teatro, si no es noche de sociedad, al café otra vez a disputar un poco de tiempo al dueño. Luego, a ninguna parte. Si es noche de sociedad, a vestirme; gran toilette. A casa de E… Bonita sociedad, muy bonita. Ello sí, las mismas de la sociedad de la víspera, y del lunes, y de…, y las mismas de las visitas de la mañana, del Prado, y del teatro, y…; pero lo bueno, nunca se cansa uno de verlo.

‑¿Y qué hace usted en la sociedad?

‑Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo a la sala; vuelvo a salir al gabinete…

‑¿Y luego?

‑Luego, a casa, y ¡buenas noches!madrid-vista-desde-san-ididro-1875

Esta es la vida ‑termina Larra su artículo‑ que de sí me contó mi amigo. Después de leerla y de releerla, figurándome que no he ofendido a nadie y que a nadie retrato en ella, e inclinándome casi a creer que por ésta no tendré ningún desafío, aunque necios conozco yo para todo, trasládola a la consideración de los que tienen apego a la vida.” («El artículo literario y periodístico«, págs 44-45)

(Imágenes: 1.-Madrid.-Puerta del Sol, en 1877/-2.-Madrid- calle de Toledo, en 1890/- 3.-Madrid visto desde la Pradera de San Isidro, en 1875)

INFANCIAS DE ESCRITORES

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La pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo pasea la cámara de los ojos por la calle de la niñez, la pasea muy despacio, y va filmando los recuerdos que un día dejará en el papel:

«Desde el Hotel Regina, desde el emporio madrileño de la calle de Alcalá, donde mi padre trabajaba, hasta aquella casa de Guillermo de Osma – cuenta Medardo Fraile -, las viviendas se iban haciendo más bajas; los árboles, desenfilados y ralos, más frecuentes; los bares más sucios. Carros y, a veces, cabras y ovejas, acompañaban la perezosa marcha de los tranvías y, junto a las aceras, no era extraño encontrarse un gato muerto, tieso, el pelo brillante, la sonrisa roja y un ojo en desvarío. Los solares emanaban un vaho fétido al sol y se oía, de vez en cuando, enganchar vagones, o el resuello domado de un tren avanzando en vía muerta, o pitidos anémicos que parecían pregonar el hambre de los campos. Había puestos de sortijas y puestos de avellanas, de carteras y cintas, de llaves y altramuces y, en balcones y ventanucos oscuros, colgaban jaulas de canarios, colorines y grillos; el grillo preso plañía su carcelera sobre la lechuga y le contestaba el grillo libre del solar, acechado, entre las ortigas, por la boina ociosa de un viejo».alcala-8-en-1900-skyscrapercity

La pupila de un niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo sigue con los ojos aquel Madrid del primer cuarto del XX – los detalles, los objetos -, un Madrid que le va entregando todos los recuerdos que un día dejará en el papel.

«Había plantas también, en latas de arenques y en tiestos; geranios, hortensias, claveles, albahaca, verbena. El sol salía para todos, caldeaba las panzas de los churumbeles desnudos y dejaba, al marcharse, una capa de polvo que parecía descansar por las noches del azacaneo transeúnte. El que usaba sombrero era un tratante en burros: el que llevaba bastón estaba enfermo o era mayoral, pastor o reñidor; el que lucía corbata, alfiler de corbata y, a veces, camisa a rayas, era carterista».alcala-5-antique-printsde

Luego la pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor sube de dos en dos las escaleras de la infancia, trepa hasta esa buhardilla a la que aún no ha subido nadie, y rebusca, encuentra palabras que un día dejará en el papel.

«La hucha de mi vocabulario – sigue diciendo Medardo Fraile en «El cuento de siempre acabar. Autobiografía y memorias», que pronto publicará Pre-Textos – se iba enriqueciendo, palabra a palabra: cortijo, garrota, artesa, bardas, altramuz, crujía, jaráiz, chinero, alacena, dompedro, granero, murciélago, aguador, espliego o alhucema, poyo, fuente de taza, arreos, galería, romero, esparto, tábano, vencejo, tórtola, colorín (jilguero), reja, cochera, cuadra, muralla, arrezú (paloluz), feria, era, trillo, alberca, tejeringo, olivo y tantas otras que comenzaron a salir de mis labios como agua de bautismo fecunda y fresca».

La pupila del niño que aún no sabe que va a ser escritor pero que está destinado a serlo baja corriendo otra vez las escaleras, lleva en la mente los recuerdos, procura que no se le escape ninguno, busca cuanto antes una mesa, y dándose cuenta de que de pronto se ha hecho mayor, comienza muy despacio a escribir.

(Imágenes: calle de Alcalá en 1928.-skyscraperCity/ calle de Alcalá en 1900.-skyscraperCity/ Cibeles.-antique-prints.de)

«LA ESPAÑA NEGRA »

«Son estos hombres de pelo en pecho; sus caras se parecen a la del toro, muy barbudos, con las cejas muy pobladas y juntas, las caras atezadas por el sol, las frentes llenas de arrugas y las mejillas con surcos, como la tierra abierta con la azada; encerrados por el negro del afeitado de la barba y el bigote, destacan, más descoloridos, los labios y los dientes muy blancos; sus manos, desproporcionadas, grandes y membrudas; sus chaquetas llenas de cuchillos de tela de distinto color, para tapar los rotos, con la zamarra al hombro, en cuyo bolsillo asoma el pañuelo moquero con el que se suenan fuerte y lo atan al cuello para empapar el sudor; sus piernas, calzadas con polainas de cuero con todos los broches y hebillas tapadas y blancas por el barro de los días de lluvia; sus sombreros, de forma rara, encasquetados hasta las orejas».

Así describe Gutiérrez Solana a los carreteros de Tembleque en su libro «La España negra«. Ahora que acaba de publicarse una nueva edición de esta obra (Comares), que recoge los Viajes por España y otros escritos, el pensamiento se me va a los días en que leí mi tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid hace ya muchos años sobre el tema «La muerte en la obra literaria de Gutiérrez Solana«. Dirigida por un gran catedrático y luego gran amigo mío, Francisco Yndurain,  expuse en aquellas páginas la vida y la obra del pintor-escritor, muerto en 1945 a los 59 años de edad que entre Santander y Madrid, su hermano Manuel y el café «Pombo», cantaba a voz en grito y no con mala voz, rociando de vez en cuando la existencia con el sabor de la botella. Los principales biógrafos y comentaristas de Solana dejan fuera de duda su derecho deseo sin ninguna concesión a «ser leal consigo mismo», honrado en su quehacer de artista, y, sobre todo, en presentar desnuda su verdad, sin afeites ni arreglos, monda y lironda, aunque a muchos desagradase.

«Gutiérrez Solana – dije entonces- fue un permanente viajero y lo reflejó en todos sus libros. Viajó por Madrid en las dos series de «Madrid, escenas y costumbres», cuyo título evoca el de Mesonero Romanos. Viajó igualmente por España – desde Santander hasta Zamora, una vez «visitado» y «observado» de modo implacable lo mismo el Museo de Valladolid que pueblos como Tembleque, Calatayud, Ávila o tantos otros- en su libro «España negra». Esa España pobre, oscura, bastante ignorante y olvidada, encerrada en sí misma porque otros la hubieran encerrado en sus pueblos vacíos: toda esa faz negra de España – sin agregar moralejas, sino simplemente con pintarla con la pluma desnuda y denunciadoramente (ella se denunciaba con sus hechos) -, Solana la describió más que la escribió; y lo hizo a través de un viaje por nuestras tierras». («La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana», Tesis Doctoral, inédita).

Ahora vuelve a editarse esa «España negra» y volvemos a contemplar a esos carreteros de Tembleque que a la hora de comer «abrazan la cazuela y la recuestan en el pecho, llena de patatas, de berzas y de cocido; el pan se convierte en moreno cuando lo amasan con los dedos tiznados y negros donde resaltan el blanco de sus uñas, que suelen ser zapateras por los golpes, y a alguno le suele faltar un dedo de la mano, que se ha cogido entre dos moles de piedra».

Una vez más – como he comentado en varias ocasiones en Mi Siglo , hablando de Pla y de algún otro – estamos en la «literatura de observación», algo realmente difícil que el ojo del escritor va recogiendo. En este caso, un pintor que mira atentamente y que, en vez de llevar cuanto ve hasta el lienzo ( o a la vez que lo lleva), desea transmitirlo en la página.

(Imágenes: Autorretrato del pintor Gutiérrez Solana, 1943/ Gutiérrez Solana: «Las máscaras»)

TRABAJO Y PACIENCIA (2)

-¿Cómo consiguió trabajar durante cuatro veranos en un último piso de Torres Blancas (uno de los edificios más altos de Madrid en su época)?.- le preguntan hoy a Antonio López en una entrevista en «El Mundo».

– Era la vivienda de un pariente de la familia Huarte. Este familiar me comentó las hermosas vistas que tenía de Madrid desde su vivienda. Recuerdo que fui a la casa un atardecer junto con Julio Muñoz. En el momento en que salí a la terraza y vi esa hermosa vista me subí a un tablero y allí me instalé.

-¿Cómo fue el proceso creativo?
-Es una pintura que está realizada íntegramente al natural. Pero al intentar captar la luz del atardecer debía pintar durante ese instante. Llegaba tres horas antes de ese momento para dibujar sobre el cuadro. Cuando pintaba con óleo debía tener cuidado con la incidencia de la luz solar en los objetos. Disfruté muchísimo. Para mí fue más un diálogo que establecí con el sol, la luz y los objetos.
Creo que no hay que decir nada más sino transcribir. La espera de la luz, la cita con la luz, el tablero, la paciencia y el enamoramiento.
(Imágenes: Antonio López, explicando su trabajo en una de las terrazas de Madrid/ La Gran Vía, otro de los cuadros de Antonio López.)

LA ESTACIÓN FANTASMA DE CHAMBERÍ


Ayer bajé a la estación fantasma de Chamberí, esa estación de Metro que pertenece a la primera línea subterránea que se trazó en Madrid y que estaba cerrada desde 1966. Bajé con Sofía Bonafaux, el personaje que yo quise crear en mi novela «Lágrimas negras«, y una vez más realidad y ficción – como sucede muchas veces en este blog Mi Siglo – se unieron tan intensamente que los recuerdos de lo que escribí entonces se hicieron vivos mientras descendía las escaleras.
«Sofía Bonafaux – escribí en aquella novela – bajaba por la trampilla del gas o del teléfono y descendía bajo tierra en la plaza de Chamberí. Con la ayuda de una linterna, avanzaba por el antiguo andén de la estación fantasma donde blanqueaban su olvido todos los cuadros. Vicente Bonafaux, su marido, había creado un mundo de sueños deshilachados y vacilantes, una atmósfera de puntos irreconocibles que sembraban de ansiedad los lienzos (…) En los ojos le empezaron a salir escamas y pececillos brumosos en las pupilas. Entonces se dio cuenta de que su mundo era lo subterráneo, que su tema repetido tenía que ser precisamente el de la locomoción de la ciudad oculta, la historia de los faros enrojecidos en las máquinas surgidas de oquedades, las colas serpentinas de los vagones y el mutismo de rostros viajando al infinito. Plantó su caballete en los andenes y trabajó con luz eléctrica sin compartir su tiempo con nadie, concentrado y enfebrecido. Logró pasar del andén al vagón y del vagón a la cabeza del ferrocarril. Así estuvo años, viajando y pintando en todas direcciones, a grandes y enérgicos trazos, intentando apresar la velocidad y el ruido hasta llegar a una composición fosforescente. Se le conocía como «el pintor del Metro» y se le veía pasar y repasar cuando menos lo esperaba la gente: cambiaba de línea y sus trayectos eran insospechados. Sofía Bonafaux le bajaba la comida al andén de Sol, y dejaba en una esquina de la estación, junto al tunel, la tartera caliente, el pan y la botella de vino. Había días en que al almuerzo le añadía pinturas y pinceles nuevos, pero nunca se atrevió a molestarle: respetó su intimidad, y el matrimonio conservó su gran amor gracias a mensajes encendidos, escritos en papelitos enrollados. Cuando Vicente decidió no subir más a la superficie de Madrid y dormir en las cocheras del ferrocarril metropolitano para mantener caliente la inspiración, Sofía nada dijo ante aquel nuevo rumbo de convivencia inexistente y miró con tristeza su cama dorada en la que ya nunca concebiría un hijo. Empezaron a iluminársele los ojos a Vicente con fórmulas nuevas, nacidas en las entrañas de las curvas y en las cavidades subterráneas, creó un sol ficticio, unas nubes cenizas y unos caminos de escaleras mecánicas donde los hombres y las mujeres iban
ensimismados, obsesos por resolver el tedio y la incomunicación. Pintó paisajes de tono ocre, al ritmo de los trenes le infundió una pátina azul, y al ver que no existían animales ni flores aprendió a sublimar con unos toques rápidos la eléctrica huida de las ratas entre los travesaños. Así se fue haciendo un nombre en la pintura española más secreta del siglo XX. La única exposición, a la que casi no fue nadie, ni siquiera los empleados del Metro, se abrió al público dentro de un vagón que se hizo histórico, un vagón apartado en una línea muerta y que brilló en la noche con sus farolillos de verbena. Allí colgó sus cuadros de ventanilla en ventanilla. El primer día no se atrevió, pero el segundo solicitó permiso para mover aquella exposición y le cedieron una máquina antigua y limpia que arrastró ya de madrugada por las entrañas de Madrid la muestra de lienzos únicos, pasando de estación a estación. Aquella vez sí le acompañó Sofía Bonafaux. El matrimonio, sentado en medio de los cuadros, iba mostrando a la soledad de los andenes una vitrina repleta de arte inclasificable, una procesión que, a los pocos que la vieron, causó una tristeza trashumante, como si fueran pidiendo una limosna de atención. No obtuvieron dinero. No hubo más exposiciones. A Vicente se le permitió seguir en su trabajo, y a su quehacer él se consagró día y noche, gozando con los obreros que abrían líneas nuevas y recogiendo en sus lienzos la aventura de las excavadoras gigantes que horadaban el vientre de la ciudad.

La viuda, Sofía Bonafaux, visitaba como un santuario aquel museo cerrado de la estación fantasma de Chamberí. Los cuadros estaban blancos de polvo y el tiempo los había hecho más bellos. Con un paño iba limpiando los contornos como cualquier mujer del mundo limpia su cuarto de estar. Recordaba sus años felices y sentía no poder vender nada, ni siquiera exponerlo, porque el efecto de la luz solar deshacía los pigmentos de la pintura y arrasaba las telas hasta dejarlas como desiertos». («Lágrimas negras», Ediciones B, Barcelona, 1996 , páginas 10- 13).
En todo esto pensaba ayer al subir otras vez las escaleras del Metro con mi personaje de entonces y ver que Sofía Bonafaux seguía igual, con su cinta amarilla en el pelo, y que me señalaba, ya en la superficie, cómo en Madrid resplandecía el cielo.

ENERO EN ROSALES


Estas primeras pisadas del año procurando no resbalarse con las hojas del calendario me llevan siempre a una feliz soledad, alejado ya de las bengalas y de los brindis. A veces se necesita este tiempo, el silencio de los pasos meditados, o quizá hablar quedamente con alguien amigo, con un libro, como hago esta mañana de enero con Juan Ramón Jiménez por el madrileño paseo de Rosales.
-» Se van, se van, se van todos – me va diciendo Juan Ramón mientras camina – . Mediodía azul, azul, azul, casi sin oro, de un sol azul. Y se queda solo el alto paseo grande, con su acercada sierra de blancos y azules cristales amontonados, cubos de luz sombría al tanto sol. Y lo que parece que se queda solo – y que es todo- es la sierra».
(Yo voy pensando que acabo de empezar un nuevo año). Pero Juan Ramón prosigue:
-«¡ Y ahora, al mediodía de invierno, sola! – me dice mirando a esa Sierra – . Todos están ya comiendo, entre palabra, vino, humo -¡qué mareo!- en sus casas ciegas, calientes y cerradas. Y yo, que no le quito a la sierra, ni ella a mí, la soledad, estándome, hondos mis ojos, del tamaño de ella, la miro, la miro, la miro y casi la acaricio con mi mano, sin hambre de comida ni frío de estufa; y ella, encima de mí ya, me mira, me mira, me mira, libre, mía y blanca».
Se detiene y me pregunta al pasear en qué año estamos, si es ya 1915, el año en que escribió estas cosas que ahora leo.
-No, Juan Ramón. – le corrijo andando con él por Rosales – . Acabamos de entrar en 2008.
Y él se detiene otra vez sorprendido, y me mira, y luego mira al fondo el sol azul del paseo , y a lo lejos la Sierra.