MADRID Y ANTONIO LÓPEZ

 

“ La ciudad de Madrid está hecha a la medida de la gente que ha hecho la ciudad, de acuerdo con el carácter de las gentes, que tenemos bastante llaneza de carácter y somos poco pretenciosos, en general, y tenemos un fondo no sé si de modestia, pero sí de naturalidad.  Madrid no tiene  la belleza de París, la belleza monumental — decía Antonio López —.  Tiene otro tipo de belleza, no es la belleza que puedas demostrar, la tienes que sentir. Está en la verdad. No sólo la belleza de Madrid, quizá la belleza de lo español, también del paisaje español. Esas gentes que dicen : qué feo es esto, y a ti, sin embargo, te conmueve. Castilla, desde un punto de vista de estética del paisaje, puede ser algo muy duro, muy agrio, muy antipático, pero tiene grandeza porque ves el planeta allí. Madrid es un poco esto;  quizá es feo desde otro punto de vista: caótico, inarmónico, patoso. Es decir, tiene nuestras características. Y entre ellas, para mí, su credibilidad. Me parece que no disfraza nada. Si las cosas han de ser feas, lo son. Pero lo feo pertenece al ser humano. Además son términos muy relativos. A mí no me gusta que la belleza surja para asombrar.

 

Una persona y una calle son hechos evidentes, un estado de ánimo es menos evidente. En este sentido son menos frágiles que un estado de ánimo. Una calle son formas reales. La fragilidad está en lo cambiante que eres tú al contemplarlas, es decir, que lo que te puede gustar a una hora te deja indiferente a otra. Yo puedo comenzar un cuadro a partir de un flechazo, de un enamoramiento muy fuerte y a los pocos días aquello se va, ha desaparecido. Esa seducción se marcha y te ves abocado a trabajar en lo poco que permanece en ti. Todo depende de la luz.

Goya pintó algo de la ciudad. Velázquez tiene tanto talento que si quieres verlo lo ves. Si uno quiere en los personajes de Velázquez ver el futuro de Madrid, puede verlo. Yo lo ampliaría a España. Velázquez pinta seres humanos que viven en esta tierra;  a través de ellos, de manera indirecta, te habla de este lugar y de este momento. En el presente está todo. En esa persona está su infancia, sus padres, sus abuelos; no se puede hablar de un pintor de Madrid, te habla del ser humano a partir de una efigie, una persona concreta, pero él penetró tanto que llega hacia atrás, hasta donde tú quieras. El arte tiene que hablar de esas cosas (…) Yo creo mucho en esa zona oscura en la que se salva  o condena el trabajo de un artista. Esa zona de sombra, incontrolada. Por eso el tiempo es tan importante, el tiempo es el que desenmascara todo. El gran arte es el que tiene algo que decir a las generaciones siguientes. El Velázquez que nosotros vemos no es el que veían sus contemporáneos, ni el que será visto, siendo el mismo pintor.”

 

 

(Imágenes—1- Antonio Lopez/ 2- Gran Vía – Antonio López – Wikipedia/ 3- calle del Clavel – Antonio López- 1977)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (8)

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo y aparecen los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (8).  :  Descubrimiento de Madrid

 

 

27 abril

 

– Se refería usted ayer – me dice hoy la periodista reanudando nuestro diálogo – a esa casa de la calle de Goya como la primera en la que vivió en Madrid. Aún habiendo nacido en Madrid, como usted quiso comentarme, estuvo, creo, varios años en provincias, ¿no es así?. Cuando usted volvió definitivamente a la capital, ¿qué impresión le causó? ¿Qué le pareció Madrid?

– Yo viví, sí, en una ciudad de provincias desde los tres a los quince años. Luego, más o menos hacia los dieciséis, volví definitivamente a Madrid . Recuerdo que cuando llegué a Madrid me impresionaron principalmente sus olores. Sí, ahora que hago memoria, quizá fueron los olores de Madrid los que formen mi primer recuerdo de la ciudad.

Por ejemplo, el olor del metro madrileño cuando pasaba velozmente bajo las rendijas o respiradoras de las aceras. Subía y pasaba el olor subterráneo como un vaho precipitado bajo mis pies. Yo no sabía bien qué era el metro – había pasado, como digo, varios años en una ciudad que carecía de metro -, o tal vez lo que no conocía era ese olor fugaz e intenso, cargado del vapor de los túneles, la oscuridad iluminada de cristales veloces trasladando las caras y los cuerpos, pero sobre todo aquel olor del animal de hierro como gusano curvado que iba y venía casi en zigzag de túneles a estaciones y de la sombra a la luz. Aquel olor del metro bajo mis pies, en la acera, aún me sobresalta ahora cuando lo recuerdo porque me lleva de la mano a una edad lejana, esa edad de la que estoy hablando. Me acuerdo que brillaban aquellos anocheceres con las pescaderías iluminadas, los largos lomos de las merluzas reposando sobre losas inclinadas y regadas de sal, el vocerío y los verdes guantes de los dependientes trasladando de aquí a allá el pescado, sus delantales verdes salpicados de escamas y sus cuchillos de punta aguda y punta cuadrada cuando cortaban y despedazaban cabezas, colas y espinas bajo la luz de las bombillas. Y aquellas imágenes y aquellas luces se fundían con el olor del metro que de vez cuando pasaba bajo mis pies.

Ahora, al revivir todo esto, veo sin duda un Madrid transformado en mi memoria. Un escritor nunca podrá imaginar que un día mezclará cosas muy dispares. Mezclará unas bombillas, un olor, unos pescados, tres impresiones que yo aún no puedo borrar : son el sello de una edad pero también son el sello de una ciudad en un instante. Como tampoco puedo borrar las luces de las ventanas que yo distinguía en los pisos bajos cuando pasaban sombras tras los visillos. Las veía desde la calle: eran sombras de niños inclinados sobre mesas de comedores haciendo puntualmente sus deberes, sombras de madres yendo y viniendo por las cocinas, sombras de padres que entraban en el piso al volver de su trabajo dando vuelta a la llave. Aquel pequeño ruido de la llave, aquellos primeros pasos en el vestíbulo, el gesto de dejar la cartera en una silla, de quitarse el abrigo y de suspirar fatigado, todo eso lo había vivido yo, había oído a mi padre meter su llave, dar los primeros pasos en el vestíbulo, dejar la cartera en una silla, suspirar fatigado, y le había visto avanzar hacia mi madre rozándole la mejilla con un beso, revolver mi pelo al pasar, también el pelo de mis hermanos, todo eso lo hacía muy despacio, muy cariñosamente, cosas que yo hice después cuando fui padre, daba la vuelta a mi llave, dejaba la cartera, repartía besos: son horas de repetición de la intimidad, cálidas horas de las ciudades, lámparas encendidas, cuadernos abiertos, preparativos de cenas. Yo me quedaba allí, mirando desde la calle cómo se movían aquellos visillos tras los cuales cenaban tantas familias, horas y vidas repetidas en pisos iluminados.

 

– ¿Fue en Madrid, al ver todo eso, cuando se sintió usted escritor?

 

No. Pienso que mucho antes. Quizá tenga que remontarme al colegio, a determinadas escenas del colegio. Me acuerdo – y parece que en este momento lo pueda revivir perfectamente – aquel patio del colegio hasta donde he venido andando esta mañana acompañado de mis hermanos menores, y ambos como yo con sus carteras llenas de libros, cruzando calles y descampados, pasando cerca de las lonas de un circo tras las cuales suena el ensayo de las maracas que mueven las manos de un cantante de color. Siempre enlazo el camino del colegio con esa lona del circo y con ese movimiento sonoro de las maracas que es música de otro tiempo. Cuando llego al colegio, o muchas veces que llego al colegio, se me despertaba, se me despierta el alma de escritor. Pasa un avión sobre el patio, pasa todos los días a la misma hora, para todos es un avión, algunos ni siquiera lo miran o lo oyen, pasa el avión plateado con sus motores y sus alas, es un aparato moderno, un objeto en el aire, pero para mí no es sólo un avión. Me han encargado una redacción para la revista de mi clase, en este momento tengo doce o trece años, levanto la mirada y el avión para mí, como digo, no es sólo un avión, es un cuerpo que horada las nubes, van las ventanillas en el cielo escoltadas por ráfagas deshilachadas, el ronroneo del motor es el de un animal que duerme, un animal horizontal, con una panza que parece quieta pero que se traslada a toda velocidad, esa panza con la bodega y las maletas, y también con los viajeros, y también con el carrito de ruedas en el que avanzan bebidas y bocadillos, todo eso, con el sueño de quienes van dormidos, con los tacones de las azafatas, pasa a esta hora precisa sobre el patio de un colegio donde estamos jugando al fútbol, hemos puesto a uno y otro lado de las porterías mochilas y abrigos, corren las piernas de extremos y defensas tras el balón y el avión pasa por encima del patio casi sin pasar ,un niño, que soy yo, que únicamente viajó en avión por primera vez a los diez años, ha levantado la vista y mira en el cielo todo eso que no es un avión, todo lo que no se ve de ese aparato que está cruzando el patio. Tiene ya la creación en los ojos. Él no sabe lo que es la creación, se lo explicarán años más tarde en la Universidad, le enseñarán o intentarán enseñarle los mecanismos de la creación, pero él se ha adelantado ya a tales mecanismos, crea, tiene en la mente lo que va a escribir en la revista del colegio y ve perfectamente cómo el río de nubes está abriendo en el cielo una rendija para que el avión traspase y lo haga en silencio para que no se despierten los viajeros dormidos y no tintineen apenas los vasos y botellas que se deslizan en el carrito. Va creando todo esto un niño en una esquina del patio mientras mira hacia el cielo, y piensa a la vez en el misterio de las autopistas aéreas, en el cruce en el aire de tantos aparatos, miles de aviones, millones de patios en los que se juega al fútbol, espacios celestes que él mira, espacios terrestres que él ve.

También viene a lo lejos ahora en mi memoria otro recuerdo de otro avión. Aquí aún tengo menos edad; quizá once, quizá diez años, no lo sé. Por el cielo de la ventana de la cocina de nuestra casa en provincias pasa un avión muy lento, muy lejano, como una nube; en la nube se pueden ver las ventanillas de los pasajeros, yo los saludo por si alguno no duerme y quiere decirme algo mirando hacia aquí, donde yo estoy, acodado en un rincón de esta cocina, entre los platos, escuchando las cuentas que hace uno de mis hermanos que es un gran matemático, y sube el dos y se lleva tres y luego divide casi sin mirar para que baje el cuatro y multiplica por cinco y así ayuda a las otras cuentas de mi madre que son las verdaderas, habas contadas, más que habas ella extiende las monedas sobre el hule de la mesa y yo me voy fijando en el rostro de los emperadores, de los reyes, son los que nos dan de comer, ella entrega el rostro bruñido de un rey en la panadería y le dan una larga barra con corrusco tostado y caliente, pero si quiere un poco de jamón para meter en el pan entonces tiene que entregar dos monedas de príncipes y son monedas pequeñas, valiosas, brillantes, parece mentira que esa plata de los príncipes se transforme en jamón, pero es así, yo me como el jamón en la merienda con sabor a príncipes mientras pienso qué seré de mayor, ¿qué será este niño de mayor?, le pregunta mi madre a mi padre, yo no digo nada, me como el jamón, me como el pan, yo sí sé lo que seré cuando sea mayor, seré escritor, hablaré de esta escena de la ventana de la cocina, de cómo está pasando la nube del avión, ¡mira, ahora se ha abierto una ventana en la nube, saludan!, tengo que recordar bien esta escena de la ventana de la cocina, no tengo nada donde apuntar, sé escribir pero aún no sé escribir bien, nadie me ha enseñado a escribir bien, pero mi madre me dice siempre que tengo en cambio la mirada, tú usa la mirada, hijo mío, tienes una mirada despierta, penetrante, bueno, pues usaré la mirada, apuntaré con la mirada, me tengo que acordar de afinar siempre la mirada, a ver si también afino el oído, me acuerdo del sonido de estas monedas sobre el hule, e incluso de la voz de mi hermano subiendo el dos y bajando el tres, y también, con el gusto, me acuerdo del sabor del jamón, sí, de eso seguro me acordaré, cuando coma jamón de mayor y sea escritor ya no estarán estos príncipes y estos reyes, ¿quién estará en las monedas?, no se sabe, ahora sigue pasando el avión sobre el cielo de la ventana de la cocina, sí, me gustan estas cosas, mirar las monedas, mirar a mi madre, mirar la nube, mirar a mi hermano, sí, seré escritor.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

VISIÓN DE ESPAÑA (3) : MADRID

 

“Madrid, tienes moriscas las entrañas.

Fuiste corte y no fuiste cortesano.

Y si villa, no ha sido por villano

que capitalizaste las Españas.

Todo lo peregrinas y lo extrañas

desde tu aldeanismo castellano:

que Lope hizo gatuno y sobrehumano

teatro de invisibles musarañas.

A la luz que tus aires aposenta

Cervantes le dio voz, Velázquez brío,

Quevedo sombras, Calderón afrenta

rodeando las llamas tu vacío.

Y Goya con su sutil mano violenta

máscara de garboso señorío.”

José Bergamín —“Madrid, tienes  moriscas las entrañas” —“(Tres sonetos a un Madrid, viejo y verde” (1961)

 

 

(Imagenes—1-Arcó de cuchilleros -foto JJP/ 2-palacio de Oriente -1887- donado por Santiago Saavedra – archivo Saavedra)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (2)

Pale Blue II 1970 by Jules Olitski 1922-2007

Ahora son las seis y media de la mañana. Mientras el doctor Valdés se abrocha la camisa y se anuda la corbata, nada en su cálido dormitorio y ante el espejo de su armario desvela el fragor de la gran capital que hace ya tiempo despertó y que mucho antes de las cinco de la madrugada abrió sus ojos y sus faros y sus ruidos en los pueblos de cercanías, alumbrando sus ciudades-dormitorio mientras empiezan a moverse y a llegar trenes y automóviles y autobuses repletos, vehículos que avanzan solitarios o en caravana trayendo hasta el centro de Madrid cerebros semidormidos, miembros entumecidos, caras largas y mudas, mujeres y hombres con problemas que se agrandan o se empequeñecen según el temperamento, según las marcas que dejó la infancia, la educación, los tratos o la presión del entorno. Madrid en este final de siglo hace tiempo que ensanchó su pulmón y al fondo de sus arterias del norte aparece Fuencarral y el barrio del Pilar, al rordeste Hortaleza, Canillas y Barajas, al este Canillejas, San Blas y Vicálvaro, al sureste Vallecas, en el término sur San Cristóbal y Villaverde, mientras suben a la inversa de las agujas del reloj Carabanchel y Cuatro Vientos, y después se extiende por el oeste  Campamento y la Casa de Campo, para al fin, al noroeste, por Aravaca, antes de que se escape hacia arriba el pequeñito río Manzanares, la carretera de La Coruña quiere huir y no puede, apresado su asfalto bajo las ruedas de los automóviles. Qué será de Madrid en el futuro, en el siglo XXl, en el XXll, qué fue de Madrid en el XlX, en el XVlll, en el XVll, nada piensan de ello las multitudes que van y vienen por el Madrid subterráneo, cintas veloces del Metro que cruzan en negro y rojo andenes y túneles, avanzan los vagones desde Fuencarral hasta la Plaza de Castilla, se abren en vertiente los cauces por Cuatro Caminos y la Avenida de América, llega ciega e iluminada una máquina por la línea 4, desde la estación de Esperanza, la esperanza nunca se pierde al ver este caos circulatorio de Madrid que se anuda más, que se aprieta más aunque parezca ensancharse, es una cuerda de ahorcado que ahoga la libertad de la capital, aquellos carros de mulas por el Puente de Toledo, aquellas estampas cansinas que cubrieron amarillentas postales, los grabados valiosos, el tiempo venerable quedó asesinado por la celeridad y por el ruido, a veces sólo por el ruido y por el humo matando incluso a la velocidad. Madrid pende del árbol de la prisa a estas horas primeras de este martes ocho de mayo, parece que se fueran a matar las venas oscuras que suben de Legazpi en el Metro, parece que fueran a chocar con las que llegan de Portazgo, de Palomeras, del Alto del Arenal, de Miguel Hernández. Nada ocurre. El tejido subterráneo de Madrid tiene millones de pisos, escaleras mecánicas que bajan a sus infiernos, sótanos innumerables, capas superpuestas, inútiles, que se acoplan unas sobre otras en esta infraestructura móvil, como si se hubiera horadado el mundo de la ciudad y de su bajo vientre siguieran apareciendo a esta hora incansables y cansinas figuras.

El doctor Valdés acaba de ponerse su camisa, afloja un poco el nudo de su corbata, se viste un jersey fino para subir a su estudio. Begoña continúa durmiendo en la cama matrimonial, Lucía y Miguel, sus dos hijos, apuran sin saberlo su último

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

sueño antes de levantarse para ir a la Universidad, y el doctor Valdés aprovecha estas horas primeras del día para leer y tomar notas, para envolverse en el silencio. Tiene una doble, triple, cuádruple personalidad el doctor don Pedro Martínez Valdés, es hombre activo, filantrópico, temperamental, ha tenido muchos problemas, ha vivido muchas tensiones, él mismo ha sido tensión y solo a los cincuenta años parece haberse remansado un poco, tan sólo un poco su vida. Si sus enfermos supieran cómo es, si los enfermos del mundo descubrieran cómo son sus médicos, quedarían asombrados. A los médicos no se les puede preguntar nunca cómo están ni qué les pasa, a quiénes, entonces, se confiarán los médicos, ante quién consultarán los problemas de su existencia, qué les suele pasar a los médicos cuando ellos van al médico es algo misterioso, intrincado e inexplicable. Gracias a Dios, ningún enfermo del doctor Valdés le ve ahora subir las escaleras de su estudio, sólo le seguimos nosotros, escalón a escalón, son siete escalones de madera blanca que ascienden desde el mismo dormitorio, se abre una pequeña puerta, he aquí que estamos en el alto del chalé, la habitación reservada, una buhardilla desde cuya ventana se ven bien los árboles de las casas vecinas de Puerta de Hierro y se dominan perfectamente los jardines. Es habitación insonorizada, no muy grande, cuarto aislado del resto de la casa, con servicio propio, con un minúsculo cuarto de baño al lado, buhardilla con estanterías de libros y una mesa y una silla para escribir, un sillón cómodo para leer junto a una lámpara. El doctor Valdés es alto, ancho, de grandes espaldas, pesa ochenta y cuatro kilos y mide un metro ochenta: por eso esta buhardilla la construyó después de comprar el chalé, a la medida de su tamaño humano, la hizo construir cuando vino de Barcelona. Tiene su llave y cuando quiere se aisla del mundo. Ahora nadie en Madrid puede ver al doctor don Pedro Martínez Valdés con sus ojos tras las gafas de concha: viste un jersey azul muy elegante que no ha comprado sino que le tejió Begoña, gran tejedora, de las que ya no quedan entre las aficionadas al punto y la costura, ha tejido también disgustos y fracasos en su matrimonio, igual felicidades y parabienes, los chalecos que terminó a su marido los cosió en  interminables horas de espera junto al teléfono, confiando al silencio amarguras y desesperanzas.

Mira el doctor Martínez Valdés por la claridad de la ventana de esta buhardilla y la entreabre. Llega despacio, hasta las aletas de su nariz, hasta nosotros también, un olor a hierba recién mojada, el aroma peculiar de la tierra sembrada de lluvia artificial, las flores de mayo que despiertan a la única vida que vivirán, vida olorosa, fragancia en la aparente quietud de este

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

jardín, los hombres no sospechan el movimiento interno de los tallos, de los capullos, el nerviosismo inquieto de los brotes, la sangre de la savia en la naturaleza tan bullente, el mapa madrileño del diminuto y gigantesco mundo de los gusanos y de las sabias hormigas, las idas y venidas de la tierra en primavera que abre su universo ante los ojos limitados de Valdés, este hombre interesado en la medicina, volcado en ella, No puede abarcarse todo, doctor, le dirá esa misma tarde, sentado ante él, Ricardo Almeida García, me pregunta usted si me atrae la naturaleza, claro que me atrae, pero no salgo a ella, apenas la miro, recuerdo las veces que he ido al campo y cómo me han asombrado y casi anonadado las alturas, el eslabón de las gigantescas montañas, no, no tengo vértigo, jamás lo tuve, el campo me tranquiliza, sí, pero reposo en su gran superficie, extiendo mi mirada, no me fijo en cambio en las pequeñas cosas, sólo cuando me siento en el suelo, cuando iba al bosque siendo niño, y aún después, ya mayor, aquel río de hormigas subiendo y bajando del tronco del roble me dejaban prendido, fascinado, eran alucinación para mí.

No habla así Ricardo Almeida, no es ese su especifico lenguaje, no escoge tanto los vocablos ni elige cuidadosamente las palabras, no es tan culto como aquí puede suponerse, pero si a Valdés le diera tiempo un día para rememorar esta consulta y pudiera acaso reescribirla a mano, en el cuaderno rayado que suele usar, lo haría así, con cierto aliento, elevando la calidad de la conversación y dignificando aún más lo que escuchó, aquello que le impresionó tanto, el doctor Valdés tiene una veta de literato y otra de médico, será que quizá es más escritor que doctor, acaso será mejor médico que escritor, tal vez querría haber sido un gran relator, lo conseguirá o lo ha conseguido alguna vez, esto es algo que nadie puede decir, aunque no, tal es el destino, pero nunca podrá reescribir esta consulta.

Madrid, pues, este martes de mayo es un caos circulatorio en su tráfico de hombres y automóviles y en su tráfago de hormigas, el doctor Martínez Valdés deja entornada la ventana de su estudio y volviéndose en el pequeño cuarto busca un libro en la estantería. Los libros, mi querido amigo, le dirá esa tarde al paciente Ricardo Almeida, son buenos amigos del

 

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

 

 

hombre, y luego le preguntará interesado, Lee usted libros, Me dediqué a eso, doctor, durante tres años, antes de irme al Museo del Prado; más bien, se corrige algo avergonzado, yo hacía que los demás leyeran, ayudaba, serví libros durante tres años en la Biblioteca Nacional. Quedará algo sorprendido el doctor Martínez Valdés, ese día y en ese momento quedará ligeramente sorprendido, pero nada dirá. El ha tenido pacientes de todas las profesiones, abogados, maestros, militares, amas de casa, gente feliz y desdichada a la vez, las luces y las sombras entremezclándose en las vidas. Jamás, sin embargo, ha tenido frente a él a un hombre con este oficio. Nada dice y su rostro no se inmuta, apenas parpadea. Mira con curiosidad, tras las gafas de concha, a este hombre de frente grande y abultada, el mirar extraviado, cuerpo pequeño, encogido, actitud acosada, con las manos crispadas. El doctor Valdés ha conocido en su vida a muchos hombres y mujeres que se han sentado frente a él y han jugueteado, como lo hace Ricardo Almeida, con las plumillas colocadas a propósito sobre la mesa para comprobar la tranquilidad o la inquietud de las manos del enfermo, si las tocan o si las dejan, el juego nervioso de los dedos, la calma o el afán de esas extremidades de los seres humanos que suelen delatar a veces lo que revela o esconde el corazón.

Pero no estamos aún aquí. El doctor Valdés toma su agenda, pasa las páginas, consulta algo, luego deja la agenda sobre la mesa”.

José  Julio  Perlado

(Continuará)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

figuras-ttvvd-Ad Reinhardt

 

(Imágenes.-1.-Jules Olitski- 1970/ 2.-Dirk Skreber -2001- engholm galerie- kerstimengholm/ 3.-Uta Barth– 2005- colección Magasin- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 4.-Sandy Skouglund- all- art- org/ 5.-Ad Reinhardt)

 

 

EL REY Y EL LAVATORIO DE LOS PIES

 

 

“ En la tarde del Jueves Santo – escribe Gutiérrez Solana en “Madrid, escenas y costumbres”  – se hace en Palacio la ceremonia del lavatorio de pies a los pobres. Con capas, bastón y sombrero de copa entran en Palacio. Los pobres se sientan en sillas bajas, se quitan las botas y se arremangan los calzoncillos. El Rey se sirve de una jarra y una jofaina, en la que meten los miembros, ya lavados de antemano con estropajo, y después se los seca con una toalla. A los mendigos favorecidos con este acto de humildad se les regala el traje, que acaban de estrenar para presentarse en Palacio, y se les obsequia con un cesto de comida y una bota de vino a cada uno.

(…) El Viernes Santo el Rey suele conceder el indulto a varios condenados a garrote o a la horca (…) En la mañana del viernes, muy temprano, bajan largas filas de romeros por la Plaza de Oriente, camino de la Princesa, a la Cara De Dios, al final de la plaza de los Afligidos, y entran en la capilla del Príncipe Pío en la que se venera la Santa Faz.

En la plaza, puestos de vino y de rosquillas; las mujeres, con mantones de Manila; las buñolerías y el vocear de los vendedores con mostradores de tijera con aleluyas y cromos de la Cara De Dios; los monigotes de cartón, las banderas y los globos, el tránsito y la aglomeración de gente dura hasta el mediodía, en que empieza a sentirse el cansancio”.

 

 

(Imágenes – 1-Palacio Real- skyscrapecit/ 2- Palacio Real – 1887 – donado por Santiago Saavedra – archivo)

EL VUELO DE LAS GAVIOTAS

 

 

“El vuelo de las gaviotas no conoce esta ciudad desierta, despojada de ruidos, donde los ascensores duermen paralizados, los edificios han sido vaciados, se han apagado móviles y ordenadores, una brecha de soledad señala dónde estuvo una vez el tráfico, aquella orquestación desafinada de motores y prisas, aquel ir y venir de la polución, avenidas de gases, conversaciones, discusiones, preocupaciones, el vuelo de las gaviotas pasa ahora suavemente sobre las rocas y deja embobados a los que han llegado hasta aquí, al borde de los arrecifes coralinos, donde crustáceos y peces del mar tienen su tiempo de silencio, silencio distinto al de las ciudades vacías, la cáscara de los edificios ha ido volcando en el aire timbrazos, irritaciones y gestos, aquella aceleración por los pasillos, parpadeo de pantallas, gestiones, aglomeraciones, infartos de empresas, el vuelo de las gaviotas pasa una y otra vez por los dibujos de colores de los peces mariposa, por las manchas anaranjadas de los corales, el vuelo de las gaviotas no conocerá nunca la dureza de estas aceras solitarias, el desierto de las plazas en las capitales, los jóvenes árboles solteros, los viejos árboles viudos. Hay un silencio por todos estos despachos donde se crisparon conversaciones y se cruzaron órdenes, donde creció la espiga de la envidia y la ambición. El vuelo de las gaviotas pasa ahora lentamente sobre el cangrejo rosáceo  y sobre la aleta transparente del pez azul”.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes.- 1.-Peter  Jones/ 2.-Walter Leistikow)

VIEJO MADRID (64) : CALLE DEL SACRAMENTO

Madrid.- calle del Sacramento.- José Sancha.- pintura.aut.org

 

Paso por la madrileña calle del Sacramento  y me acompañan siempre las palabras de Unamuno:”Lo que habrá escuchado en atento silencio esa calle del Sacramento, sin tranvías y casi sin autos, esa fila de viviendas ciudadanas, recogido remanso de historia. ¿Del viejo Madrid? No, sino del Madrid intemporal, del Madrid – oso y madroño – que soñaba, vivía y revivía don Benito, su evangelista. Por esa calle del Sacramento solía callejear Bringas, el del Palacio Real.

Si, si, – me va  diciendo Unamuno – cabe callejear, discurrir  por Madrid soñando a España; cabe ir soñando por calles encachadas de este Madrid, senaras de España, sin temor a que le rompan a uno el sueño, que nos lo escuda y ampara este cielo que laña la cuenca del Duero con la del Tajo, Castilla la Vieja y la Nueva. Respira la calle del Sacramento aire de Guadarrama. Pero…¡ojo!, porque hay que vivir despierto. Por si acaso… A Dios rogando y con el mazo dando, no sea que se nos rompa la vela. Ese monumento de la desembocadura de la calle del Sacramento y aquel pedestal vacío de la Plaza Mayor nos amonestan a vivir despiertos. Que la barbarie que hoy se revuelve contra un símbolo, sea de carne o de bronce, mañana se revolverá contra el que la ha suplantado, y destruirá el símbolo, pero no lo simbolizado. A soñar, pues, lo que se queda; pero despiertos a lo que pasa. Y a Dios rogando y con el mazo dando.”

Miguel de Unamuno.- “Paisajes del alma”.- escrito en” El Sol”, marzo 1932

(Imagen.- calle del Sacramento.- José Sancha)

VIEJO MADRID (53) : VISITANDO EL VIEJO ALCÁZAR

Madrid- yccr- El Alcçazar- dibujo anónimo de mil seiscientos setenta- wikipedia

 

“Grandioso e imponente, aunque tal vez poco uniforme – va evocando José María Cuadrado en sus “Recuerdos y bellezas de España“-  aparecería el conjunto de las torres del Alcázar,  los chapiteles, portadas, ventanas y miradores. En su ámbito contenía quinientas estancias, y en las salas bajas de sus patios principales se reunían los diez consejos sobre que giraba la administración de la vasta monarquía. Se ostentaba en el primer corredor la real capilla revestida de mármoles y tapicerías; y si en pos de algún cortesano de los Felipes quisiéramos penetrar en su morada, por medio de los archeros y  de las guardas española y tudesca que guardaban la primera sala, y por entre los porteros de la segunda,

 

Madrid-unnh- El Alcázar- museoimaginado com

 

cruzaríamos la tercera destinada a recibir las embajadas extraordinarias  y las consultas de los consejos; aquí el comedor privado, allí el público, más allá el salón inmenso de ciento setenta pies de longitud para comedias, máscaras y torneos, allá el que presenciaba cada jueves santo el solemne lavatorio de los pobres. Atravesando salas y corredores , llegaríamos al pie de la torre Dorada, y tras de seguir desde la hermosa galería de pinturas los amenos giros del río hacia mediodía y poniente, con medroso paso nos introdujéramos en el despacho y

 

Madrid-vccv-El Alcázar- forocoches com

 

alcoba del soberano, cuyo silencio sólo turbara el son de las fuentes del jardín contiguo adornado con estatuas de emperadores. Cuadros mitológicos del Tiziano y mesas de jaspe y pedrería enriquecían las vecinas estancias que por un secreto pasadizo de azulejos daban salida al parque y casa del Campo; otra galería abierta al cierzo y cubierta con retratos de los reyes de Portugal, dejaba espaciar la vista hasta las nevadas cumbres de Guadarrama; y en el mismo ángulo, no lejos de la sala de Cortes de Castilla y León, se alzaba otra torre envanecida de haber albergado como cautivo a Francisco I.

 

Madrid-ybnn-El Alcázar- lacasadecampo net

 

Hacia levante y mirando a la plaza de palacio caían las habitaciones del príncipe, de la reina e infantas, con muchas salas, oratorios y retretes, a cuya fábrica había contribuido la villa en obsequio de la esposa de Felipe lll; allí cerca el guardajoyas, depósito de las preciosidades de ambos mundos y cuya inconmensurable riqueza en plata, pedrerías y pinturas revelaba que el dueño de ella no podía ser sino rey del universo. Y sin embargo nos parece que comparada la majestad y opulencia de aquella mansión con la grandeza de los soberanos que albergaba, argüía en ellos todavía cierta sobriedad y moderación”.

 

Madrid-tree- El Alcázar- Julius Milheuser- vista de Madrid- Museo de la Historia- madrid es

 

(Imágenes.-1-El Alcázar-dibujo anónimo- 1570- wikipedia/ 2.-El Alcázar- museoimaginado. com/ 3.- El Alcázar-forocoches.com- artehistoria/ 4.- juius milheusen-vista de Madrid- museo de la Historia- Madrid.es/ 5.-El Alcázar- la casadecampo.net)

 

VIEJO MADRID (42) : CALLES Y OFICIOS

Madrid-vvbn-calle de Botoneras

“Los sastres y fundidores – se recordaba ya a mitad del siglo XVlll en el “Gobierno político de los pueblos de España” -no pueden tener tablero, o tienda de su oficio a par de la del mercader. No pueden tener tampoco tienda de mercaderías, sólo pueden usar de un oficio, o de otro, así como ni zapateros, ni oficiales de hacer obras de cuero, pueden ser curtidores,  ni tener a su cargo tenerías algunas.” Julio Caro Baroja evoca cómo hace siglos en las ciudades españolas se extendían arrabales destinados a profesiones: olleros, tejeros, sogueros, punto de cita de arrieros y trajineros, y a su lado los mesones.

Madrid- ccvy-calle de Cedaceros

Madrid presenta numerosos oficios en la historia de sus calles. Répide o Peñasco y Cambronero, entre muchos otros, han dedicado numerosas páginas a estas calles que van unidas a tradicionales menesteres y que han dejado su huella en la ciudad. Répide, al hablar, por ejemplo, de la calle de Botoneras, recuerda que ese era el lugar donde estaban establecidas las vendedoras de quincallla, “en  cuyo comercio figuraba como especial mercancía la de las botonaduras que servían a soldados y pajes, además de su natural clientela femenina.

Madrid- caard-calle de Esparteros- wikimedia

La calle de Cedaceros- – anotan igualmente Hilario Peñasco y Carlos Cambronero  -aparece ya en los planos de Texeira y Espinosa, y en sus construcciones y casas vivía y trabajaba mucha gente de este oficio. En Bordadores, recuerda Répide, los maestros que trabajaban en telas en tiempo de don Juan ll lograron acabar un magnífico manto a la reina doña María de Aragón. Siglos más tarde, Santa Teresa de Jesús estuvo en los talleres de los bordadores “para que le bordasen el traje de un San José que llevaba para una de sus fundaciones, y como no quisiesen cobrar nada por su trabajo, la santa, después de darles las gracias, les dijo: “no toma oro quien da oro.”

Madrid-cewwd-calle de Bordadores- wikimedia

En Esparteros – sigue diciendo Répide -” algunos valencianos tejían el esparto, haciendo las esteras que se usaban en la mayor parte de las casas de la Corte. Fueron estableciéndose en diferentes puntos de la capital, y la calle de su nombre fue más especialmente ocupada por las tiendas de los fabricantes de agujas y botones y los almacenes de ferretería que formaban la parte más importante de la feligresía de Santa Cruz.

Madrid-vbhh-calle de Cabestreros- wikimedia-org

En Cabestreros se establecieron – sigue diciendo Répide – los cordeleros de cáñamo y formaban un gremio, cuyo titular era San Antonio Abad “y la fiesta de San Antón se celebraba con la romería que se llamaba de los gitanos, que con mulas enjaezadas iban a dar las vueltas y a recibir la cebada bendita en un altar portátil que se colocaba a la puerta la iglesia.”

Madrid-ccsss- calle de Tintoreros- commons wikimedia org

Si en Tintoreros estaban las tiendas de varios químicos que se establecieron en Madrid perfeccionando el arte del teñido de las sedas, en los Yeseros se encontraban antiguamente las yeserías y esa calle estaba continuamente

Madrid-cfoi-calle de Yeseros- wikimedia. com

cruzada por los carros que cargaban tal material.

Madrid-cvgy-calle de la Ribera de Curtidores- wikimedia. com

El ambiente en la Ribera de Curtidores lo evocan, entre muchos otros autores, Peñasco y Cambronero al decir que”se hace digna de que la visite el forastero en un día de fiesta. Ocupando la parte de la vía pública que hay dispuesto para ello, se instalan los domingos multitud de vendedores con objeto de dar salida a los trastos viejos, saldos, ropas procedentes de empeño, antigüedades, libros usados, retazos de tela, hierro viejo y curiosidades de todo género. Allí, en confuso montón, aparecen revueltos un uniforme de miliciano y una vajilla desportillada, el retrato del duque de la Victoria y un capuchón de Carnaval, una mantilla de casco y un espadín del siglo XVlll; por eso el padre de familia, el comediante casero, la mujer hacendosa y el anticuario encuentran siempre en el Rastro algo que puede remediar sus necesidades o satisfacer sus aficiones.”

Viejos oficios, viejas calles en el viejo Madrid.

(Imágenes- wikimedia)

VIEJO MADRID (41) : EL AGUA Y LOS CARROS DE LA BASURA

Madrid- dryuf-fdomingor.jazztel

“No llegaban a trescientos mil los habitantes de Madrid allá por el año de 1863. ¿A cuento de qué baños, si por escasez de agua o por la natural pereza de inmersión frecuente, muy pocos echaban de menos las abluciones generales? – escribe Emilio Gutiérrez Gamero en sus Memorias tituladas “Mis primeros ochenta años” -(…) Los viajes acuáticos de que Madrid se surtía eran insuficientes para las necesidades del municipio y de los ciudadanos, y cuando una rotura u otro inesperado suceso dificultaba cualquiera de los referidos viajes, todos los madrileños nos poníamos casi a  media ración, como si un ejército sitiador nos hubiera cortado las fuentes del plácido beber. Varias de estas fuentes se hallaban en distintos puntos de la capital; pero no llega a mi memoria más que la situada en la plaza de Pontejos, circundada de multitud de cubas, con cada una de las cuales cargaba el fiel aguador, quien, echándoselas al hombro, iba a repartir el líquido elemento a las casas de los parroquianos.

Madrid-vyyuu-jardinera en mil novencientos dos- fdomingorjazztel

(…) Pues, ¿qué hablar del polvo, que hacía el aire irrespirable, y de la basura, que ensuciaba las calles (…) Por fortuna, el municipio, siempre adivinando las necesidades de los madrileños, dio en el sabio recurso de los carros de la basura, provistos de un esquiloncillo que llamaba a las criadas al matutino deber de entregar las inmundicias caseras (…) Dos ruidos igualmente desagradables me despertaban, cuando el tranquilo dormir nueve o diez horas era mi delicia. ¡ El pesado sueño de los pocos años! Varios fuertes aldabonazos en la puerta de la calle, y en pos de ellos, un grito: “¡El burrero!” El burrero, que con unas cuantas burras de leche repartía entre los abonados catarrosos el ubérrimo licor de las andariegas bestias (…) El otro repiqueteo era el del carro de la basura, a las siete de la mañana, que me decía la hora y el momento de despegarme de las sábanas para empezar mis obligaciones diurnas.

Madrid-vvbh-tranvía de caballo en Cibeles- mil ochocientos setenta y nueve

(…) ¿Nada más que los ruidos? Y también un olor, para regalo del olfato, mucho más molesto y repugnante que las sonajas de burras y carros. ¡Los pozos negros! A falta de alcantarilllado, en el Madrid de ayer cada casa gozaba de su correspondiente pozo negro, y cuando – a las altas horas de la noche – iban los poceros a vaciarlo en cubas, no herméticamente cerradas, repartíase por toda la calle un tufo nausebundo, de tal fuerza perfumante, que al ciudadano más modorrro le hacía saltar de la cama, tapándose las narices, para obstruir rendijas y sahumar la habitación quemando alhucema, o un terrón de azúcar, o cortezas de manzana.”

Madrid-bbeer-La Puerta del Sol en el siglo diecinueve- cervantesvirtual

(Imágenes.-1.-calle de Madrid-/ 2.-inauguración de la primera líneas de tranvías en Madrid.- 1871- llegada de los coches a la estación del barrio de Salamanca.- La Ilustración Española y Americana/ 3.- tranvía de caballos en la Cibeles/ 4.- la Puerta del Sol en el siglo XlX- cervantesvirtual)

VIEJO MADRID (37 ) : ARCO DE CUCHILLEROS Y “EL PÚLPITO”

ciudades.-55ftt.-Madrid.-Arco de Cuchilleros.-1930-.-Diego González Ragel

Desciendo por el Arco de Cuchilleros y me va contando Diego San José en sus “Estampas nuevas del Madrid viejo” que “dieron nombre a este arco y a la calle los menestrales de armas, que durante el siglo XVl se avecinaban por aquellos contornos, industria que por el entonces era muy saneada, pues que estaba la villa a oscuras y siendo hervidero de ladrones y capeadores a mano armada, era menester que cada vecino colgase del tahalí una recia tizona para andar con cierta seguridad por las calles.” 

Madrid.-55g.-callede Cuchilleros.-1950-autor desconocido.-Archivo General de la Administraciçon

Bajo, pues, por los resbaladizos peldaños de esta escalera que parecen – sigue diciéndome el escritor madrileño – “como hollados por diversas plantas  y están purificados literariamente por los personajes más representativos de la fauna galdosiana.” Efectivamente, por estas escaleras, han descendido hacia las “cavas Fortunata, Nazarín, Estupiñá, y tantos más. Emilio Carrere otro literato madrileño al que más de una vez he citado aquí – evoca la barandilla de hierro, en semicírculo, que asoma sobre las escalerillas de piedra, bajo el Arco de Cuchilleros. Es “El Púlpito”, dice.”En este “Púlpito” nunca hubo predicadores (…) A principio del XX, junto al “Púlpito” había un tabernón siniestro y una escalerilla pina y angosta que conducía a un garito de calderilla (…) En la casa del “Púlpito“, los reyes barbudos de la baraja y las sotas falaces agrupaban a la gentualla buscona de fullería y de puñal. Era la flor del hampa en un escenario de lúgubres tintas.”

madrid.-ccc-Arco de cuchilleros.-1919.-skyscrapercit com

“Y esta rinconada de la Plaza Mayor – continúa Carrere – ya tenía entonces su leyenda maja y rufa. Se decía que en el tabernón de la planta baja se reunía la cuadrilla de Luis Candelas. Un tascón con cortinillas color de vino o de sangre, taburetes y mesas redondas para beber y una baraja abarquillada y mugrienta para jugar al “mus” tabernario, que por paradoja pintoresca llamaban “el mus ilustrado”. Parecía, en efecto, una baraja del tiempo de Candelas, el bandido de Madrid, que con Teresa – la novia de Espronceda – y con “Fígaro· forman el trío más romántico del romanticismo.”

Secretos, ¿leyendas?, historias del viejo Madrid.

(Imágenes.- 1.- Arco de Cuchilleros.- 1930.- Diego González Rangel/ 2.- Arco de Cuchilleros.- 1950.- autor desconocido/ 3- Arco de Cuchilleros.- 1919.-skyscrapercit.com)

VIENTO DE MADRID

estaciones.-988n.-invierno,-.lluvia.-viento.-Louis Icart- 1888-1950

“Golpes. Idas y venidas. El cielo se abre y se cierra, azul, blanco y plomo, con cegadores cuchillos destellantes de oro y plata, en una constante y trastornada fantasía de luz. Sobre la ciudad en sombra intermitente, en frío más bien, altos toques tristones de sol tembloroso en los pararrayos, en una cara tapada que se asoma a una guardilla a cojer algo, en las chimeneas torcidas, en las ropas tendidas, que hacen buque la ciudad, en los cables, en alguna olvidada maceta humilde de débil verdor mártir.

— Parece que el viento ha tomado carne, para venirse a lo humano, un cuerpo borracho de espacio, que anda tropezando, alegre, ciego, triste, de las mil formas de su delirante vino, por la tierra. Sube en súbita carrera asustante, baja rodando, se tiende sin caber, mueve las casas, cerradas, aúlla, ríe, llora, canta a un tiempo y con tonos infinitos, se coje a las esquinas, le pega a las mujeres, se hunde en los empedrados, miserables callejones abismosos, maltratando, abusando de todo lo delicado de la vida.

Los lejanos horizontes, quietos, rasos entre los cubos de sombra y sol de las manzanas conmovidas, se ven puros, abiertos, ideales – sólidos mares olvidados, llovido a trechos su color mudable -, con fijas nubes largamente paralelas, tendidas, como grandes grullas que huyen volando, inmóviles por la distancia, inmensamente.”

Juan Ramón Jiménez.“Viento de Madrid”.“La colina de los chopos”.– (1915- 20-24).- con la ortografía de Juan Ramón

ciudades.-6huuj.-Madrid.-Francesc Catalá Roca.-1950

(Imágenes.-1.- Louis Icart/ 2- Francesc Catalá Roca.- 1950)

VIEJO MADRID (33) : MAYO EN EL SIGLO XVll

Madrid.-4frf.-Plano de Mancelli.-1623

“Respecto al paseo de primero de mayo- escribe la condesa  D` Aulnoy en su “Relación del viaje de España” – es sumamente agradable ver a los burgueses y al pueblo sentados; unos en los trigos nacidos, los otros a orillas del Manzanares; algunos a la sombra, algunos al sol. Los unos comen una ensalada de ajo y cebolla; los otros huevos duros; algunos jamón y hasta pollos. Todos beben agua y tocan la guitarra o el arpa. El rey acude allí con Don Juan, el duque de Medinaceli, el condestable de Castilla y el duque de Pastrana. Tan solo vi su carroza de hule verde, tirada por seis caballos píos, los más bellos del universo, todos cargados de rizadores de papel dorado y lazos de cintas de color de rosa. Las cortinillas de la carroza eran de damasco verde, con franja de oro; pero tan bien cerradas que no se podían ver más que a través de los pequeños vidrios  de las cortinas de cuero”.

Madrid.-rfvb.-Franceso Sasso.-siglo XVLl.-visao, sapo, ptLos ojos de esta mujer viajera contemplan este mayo en Madrid en 1679  y de ella dirán siglos más tarde el Duque de Maura y González de Amezúa  cómo era “superficial e inquieta y que no miraba todo lo que veía ; pero cuando se fijó, reprodujo con fotográfica fidelidad hasta los más nimios detalles. Oyó mucho más de lo que pudo ver y guardó de todo ello nota o memoria“.

Madrid.-rffrf.-Madrid siglo XVll.-Plaza Mayor.-singlesmadrid. es

Mayo en el Madrid del siglo XVll queda en la Historia a través de relatos muy diversos, y la fiesta del primero de Mayo – llamada también entonces El Sotillo, por el lugar donde se desarrollaba, cerca del Puente de Toledo -, es observada por Antoine de Brunel en 1655 con ojos igualmente precisos: “vimos el paseo que se da fuera de la Puerta de Toledo. Es uno de los más célebres y en él se ven gran cantidad de carrozas; unas tiradas por cuatro mulas, y si pertenecen a Grandes o a duques, las mulas delanteras están atadas con largas cuerdas y un postillón. Las otras tienen seis, y entonces se juzga que se trata de grandes y poderosos señores. La galantería de esta fiesta consiste principalmente en el arreglo de las mujeres que se esmeran por aparecer con esplendor; por ello se ponen sus ropas más hermosas y no olvidan ni su bermellón ni su albayalde, de las que sacan el mejor partido.”

Madrid.-ecvv.-Francisco Ricci.-Auto de fe.-1688.-Museo del Prado

Es el Madrid observado y anotado por los viajeros, el Madrid en donde “las calles son largas – dice la baronesa D`Aulnoy -, rectas y de bastante anchura, pero no las hay de peor piso en el mundo; por mucho cuidado que se tenga, el vaivén de los coches arroja el fango a los transeuntes. Los caballos siempre llevan las patas mojadas y el cuerpo enlodado; en las carrozas no puede transitarse tampoco, si no se llevan todos los cristales cerrados o las cortinas bajadas, y, a pesar de las prevenciones advertidas, el agua entra muchas veces por los intersicios inferiores de las portezuelas que no suelen ajustar bien.”

(Imágenes.- 1.-Plano de Mancelli.-1623/ 2.-Madrid en el siglo XVll.-Francesco Sasso.-visao.sapo/3.-Plaza Mayor.-siglo XVll -singlesmadrid/4. Francisco Ricci.-Auto de Fe.-1683.-Museo del Prado)

VIEJO MADRID (32) : DESDE LA ALTURA DE LA CIBELES

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Asomado a esta alta terraza sobre la Cibeles, Madrid se extiende a la vista hacia el cruce de Alcalá- Gran Vía, también hacia el Paseo de Recoletos, también hacia el Paseo del Prado. La mirada de Pedro de Répide en su libro “Madrid a vista de pájaro el año 1873″ (Renacimiento)  es una mirada hablada, escondida en los pliegues del Plano de Madrid, que no es el famoso Plano de Texeira, sino una lámina que representa el Madrid de 1873 y que Répide comenta así:

Del Retiro – a pocos pasos de aquí – dice por ejemplo: “Fundado en 1633 por el conde-duque de Olivares para halagar al rey Felipe lV, el Retiro, verdadero sitio de placer durante el reinado del monarca poeta, en su boscaje y a veces en su estanque mismo se representaban las comedias de los más altos ingenios de aquel siglo con los que gustaba alternar el soberano que firmaba sus obras como “Un hidalgo de esta corte”. En el teatro del Retiro fue donde quiso poner bajo el escenario varios barriles de pólvora, para que estallasen durante la representación, el marqués de Liche, don Gaspar de Haro, enfurecido con el rey porque no le había transmitido la privanza que había perdido su padre el marqués de Haro“.

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La mirada hablada de Répide es distinta a la mirada hablada de Galdós o a la de Mesonero cuando, cada uno a su modo, contemplan también Madrid  “a vista de pájaro”, como ya escribimos aquí. La mirada hablada de Répide gira desde la altura de la Cibeles y se va alargando Paseo adelante a contar cómo era entonces el de Recoletos: “Este Paseo – dice Répide – también se llamó de Copacavana, por esta imagen de la Virgen que, copiada de la que existe en el Perú, había en el Monasterio de los Agustinos Recoletos, y fue llamado el Prado Nuevo, para distinguirle del Viejo o de San Jerónimo. (…) Pasadas las casas del duque de Medina de Rioseco, inmediatamente a continuación uno de otro, y sólo separados por la costanilla de la Veterinaria (calle de doña Bárbara de Braganza ) se hallaban el circo de Price y el que, tomando por modelo el de los Campos Elíseos de París, construyó en los últimos años del reinado de Isabel ll don Simón de las Rivas. Circo de Rivas se llamaba, además de su nombre oficial de “Príncipe Alfonso”, y convertido en teatro a partir de 1870 era en la época de este grabado coliseo dedicado al género bufo, entonces tan en boga, además de ser el local destinado para los conciertos que allí inauguró el maestro Barbieri en 1866″.

MADRID 50.-Cibeles en 1900.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo

Luego la mirada hablada de de Répide calla un momento desde la altura y vemos pasar abajo, por las calles, las carrozas de Historia de 1900.

MADRID.-32.-Paseo del Prado en 1890 junto al Banco de España.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo

Y vemos también abajo, junto al Banco de España, diversas figuras:  perfiles y afanes de otro tiempo.

(Imágenes:- 1 y 2.-Madrid desde la terraza de la Cibeles.-fotos JJP.-19 de abril 2013/3.- la Cibeles en 1900.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo fotográfico de la Comunidad de Madrid/ 4.-Paseo de Prado junto al Banco de España en 1890.-donado por Mario Fernández Albarés.-Archivo fotográfico de la Comunidad de Madrid)

PUENTES DEL MANZANARES

“Duélete de esa puente, Manzanares;

mira que dice por ahí la gente

que no eres río para media puente,

y que ella es puente para muchos mares.

Hoy, arrogante, te ha brotado a pares

húmedas crestas tu soberbia frente,

y ayer me dijo humilde tu corriente

que eran en marzo los caniculares”.

Así iba cantando Góngora al madrileño río por donde hoy paseo.

“Y después que a Manzanares

vi correr por tus arenas,

y que aun murmurar no osa

por ver que castigan lenguas;

considerad a tu puente,

cuyos ojos claros muestran

que aún no les basta su río

para llorar esta ausencia”.

Así iba cantando Quevedo al Manzanares que hoy contemplo.

“La puente soy toledana,

que ciñendo a Manzanares

para encubrir su flaqueza

le sirvo de guarda-infante.

Cualquier gota de agua suya

un ojo dicen que vale.

Para mí que no los tengo

es el precio intolerable”-

Así iba cantando Quiñones de Benavente al agua del río madrileño.

“Sabed, pues, que Manzanares

no como solía humilde,

sino ambicioso pretende

que a Madrid se pongan diques.

Porque sobervio, sus muros

dizque ha de inundar, i dizque

ha de tocar de su puente

con las aguas los pretiles”.

Así iba cantando  Pantaleón de Ribera  en el siglo XVll al célebre río.

Me alejo poco a poco, a mitad de mañana, de este Manzanares tantas veces descrito, atacado y festejado en la literatura.

Asombrado ahora con sus nuevos, modernísimos puentes.

Asombrado siempre con sus viejas, permanentes poesías.

(Imágenes: puentes y río Manzanares.- Madrid-8-10-2011.-fotos JJP)

VIEJO MADRID (28) : VIDA EN LAS CALLES, VIDA EN LOS CAFÉS


“El Buen Retiro es paseo para poetas – escribía Costa Goodolphim, viajero portugués del siglo XlX paseando por Madrid -, que a la sombra de aquellos hermosos y copudos áboles, sienten la poesía renacerles en el alma. Los cafés de Madrid son también sorprendentes tanto por la elegancia como por el extraordinario movimiento a todas horas y todos los días. Cuando llegué a Madrid y al día siguiente creí que aquella extraordinaria concurrencia que veía en la Puerta del Sol era debida a la fiesta popular de San Isidro. Pero no, porque todos los días, y aun después de haberse vuelto a Lisboa casi todos los portugueses, había siempre el mismo movimiento. A las once de la mañana, a la una y a las dos de la madrugada, los cafés están completamente llenos de gente. La gente tiene ocasión de preguntarse, ¿qué hace toda esta población que vive paseando desde la mañana hasta la más alta hora de la noche? En Madrid se vive en las calles, en los cafés y en los teatros, la casa es para comer y dormir. Quien quiera descansar de las fatigas del día, acabada la comida va a sentarse al Prado. Quien quiera charlas va a los cafés, quien quiera reir a los teatros. De este modo no se presenta la falta de los que mueren, y lo que es más, allí ha de encontrarse un hombre en el otro mundo sin saber cómo, porque aún la víspera estaba en el café”.

“Al salirnos de la estación y llegar a Madridcontinúa -nos vimos asaltados por un grupo de mozos, todos queriendo llevarnos las maletas, gran cantidad de pueblo, guardias civiles y los malditos cocheros de los ómnibus con un griterío infernal, los chiquillos sin cesar nunca de su ejercicio, las cabalgaduras llenas de campanillas, en fin, el día del juicio. Después el pícaro cicerone, que en todas partes es siempre lo mismo, estorbándonos el paso y queriendo llevarnos a las fondas de donde era agente. Mas una invasión de trescientos y tantos pasajeros, además de los que venían de otras partes de España para asistir a la romería de San Isidro, llenaron los hoteles, de forma que muchos de los viajeros hasta las ocho no hallaron, como yo, un albergue”.

“LLegando a la Puerta del Sol me sorprendí del extraordianrio movimiento. En aquel punto cruza toda la población que, según nota que tenemos presente, se eleva a 457.905 habitantes, todos los vehículos, vendedores de agua fresca, distribuidores de periódicos, en fin, de todo lo que se hace comercio en una plaza. Por un momento perturba e incomoda el ver a tanta gente atravesando de un punto a otro. (…) La calle de Alcalá, no toda, tiene un bonito aspecto y muchos edificios encantadores, y además en el extremo se principia como a formar una nueva ciudad, lo que debe más tarde disminuir la gran concurrencia que tiene la Puerta del Sol, adonde afluye toda la poblacióón madrileña, a toda hora del día y de la noche”.

Cafés de Madrid, paseos por Madrid. Hoy como ayer, la vida en las calles.

(Imágenes:- 1.- “La Primavera en Madrid”.- La fuente de la Salud en el Paseo del Prado.-dibujo de Daniel Perea.- La Ilustración Española y Americana.- 3o de mayo de 1885.- arte en Madrid/2.-el Paseo del Prado en 1825.-kalipedia/ 3.- el café romántico.-Parnasillo.-1836.-ierasmus. com)