CRISIS POLÍTICA Y CREATIVIDAD


Con el reciente fallecimiento del gran hispanista John Elliott nos llegan sus palabras sobre la creatividad en las sociedades. ”Hay en este asunto — decía Elliott— misterios que escapan a los historiadores. Lo que sí puede decirse respecto a España es que, a pesar de los enormes problemas económicos y políticos de la España del siglo XVll y la miseria en que estaba sumergida Castilla, había ciertas condiciones propicias para el fomento de la literatura y las artes. La organización misma de una sociedad jerárquica, basada en el clientelismo, favorecía el mecenazgo, especialmente cuando los reyes seguían una política de promoción de las artes y favorecían a los escritores y artistas. Los miembros de la Corte reproducían el modelo del Rey mecenas, Felipe lV, coleccionaban pinturas, patrocinaban el teatro y encargaban obras literarias y artísticas.
Aunque no pueda ”explicarse” el surgimiento de un Velázquez o de un Lope de Vega, en esos ambientes existía para los artistas y los escritores la posibilidad de florecer, o por lo menos de sobrevivir, aunque nunca debemos olvidar que el sistema tuvo muchas víctimas, que no encontraron un mecenas, o perdieron a su protector por uno u otro motivo. Pero aún para ellos existían ciertas posibilidades de ganarse la vida, gracias a que en la España del Siglo de Oro existió un público para los libros y las comedias.
No creo que haya ninguna relación predeterminada entre el estado de las artes y la economía. Incluso una sociedad que está pasando por una crisis económica es capaz de sostener una dinámica vida cultural si existen el interés, la afición al mecenazgo, el ejemplo desde arriba, y suficientes recursos en manos individuales o corporativas. Éste es el caso de la Iglesia en la España del siglo XVll, que encargaba de modo permanente obras de literatura y de arte.”

(Imágenes-1- Jerry Grabowsky/ 2- Velázquez— Las Hilanderas- museo del Prado/ 3- Cara Barer- artnet/ 4- John Elliott- ABC)

VISIÓN DE ESPAÑA (3) : MADRID

 

“Madrid, tienes moriscas las entrañas.

Fuiste corte y no fuiste cortesano.

Y si villa, no ha sido por villano

que capitalizaste las Españas.

Todo lo peregrinas y lo extrañas

desde tu aldeanismo castellano:

que Lope hizo gatuno y sobrehumano

teatro de invisibles musarañas.

A la luz que tus aires aposenta

Cervantes le dio voz, Velázquez brío,

Quevedo sombras, Calderón afrenta

rodeando las llamas tu vacío.

Y Goya con su sutil mano violenta

máscara de garboso señorío.”

José Bergamín —“Madrid, tienes  moriscas las entrañas” —“(Tres sonetos a un Madrid, viejo y verde” (1961)

 

 

(Imagenes—1-Arcó de cuchilleros -foto JJP/ 2-palacio de Oriente -1887- donado por Santiago Saavedra – archivo Saavedra)

ENTIERRO DE UN PEQUEÑO OJO AZUL

Acaba de reeditarse «Al margen de los clásicos» (Biblioteca Nueva), uno de los libros esenciales de Azorín, el gran ensayista, novelista y periodista del 98 que publicó en 1915 estas glosas a los grandes de las letras hispanas, en edición dedicada a Juan Ramón Jiménez. Hojeando nuevamente este excelente libro me veo entrar a las tres de la tarde de aquel 2 de marzo de 1967 en su casa madrileña de la calle Zorrilla 21, subiendo emocionado hasta el segundo izquierda, saludando a Julia Guinda Urzanqui, la viuda y compañera del escritor durante toda una vida, pasando al despacho donde reposaban los restos del autor de «La ruta de Don Quijote«. Azorín había muerto aquella mañana y allí, en aquella habitación, vi su ojo azul al que acompañaría al día siguiente hasta la Sacramental de San Isidro. Allí dejaría ya escrito en mi mente el artículo que el día 4 publicaría en «El Acázar» bajo el título «Entierro de un pequeño ojo azul»:

«Habían tapado sus manos con una sábana. Cuando entré, aquellas manos, que habían sido raíces y sarmientos, estaban transformadas en palabras, dos delgadas y dormidas palabras que alguien le había cruzado sobre el pecho. Le acababan de cubrir con un cristal. Acostado en la madera sencilla, su boca recogida en un pliegue muy breve, igual que si apresara el silencio. Estaba aquel despacho repleto de homenajes. Por la casa, todo a lo largo del antiguo pasillo y hasta el mismo pie de la escalera, incluso hasta los lindes del portal, venía un rumor de pasos lentos y de humildad devota que asomaba – una a una, cada cabeza en el umbral -, para dar el último adiós al maestro.

Quizá fue entonces, minutos antes de las cinco, momentos antes de que se lo llevaran, cuando ocurrió aquello. Me había acercado unos pasos a él. Allí, extendido, era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazados los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo ví. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sin tiempo.

Al cabo de unos momentos, dio comienzo la ceremonia. Bajaron aquel ojo azul hasta el portal, ante el gentío que aguardaba en la calle Zorrilla. Aquel ojo diminuto, apagado y cálido, casi velado por el párpado, emprendió lentamente el camino hacia el cementerio. Nadie lo advertía. Yo iba detrás, y atravesando Madrid en aquel cárdeno atardecer de marzo, no podía apartar mi pensamiento de aquel junio de 1873 en que esa pequeña pupila recibió por primera vez el sol. Cruzábamos Madrid todos juntos detrás de aquel marfil horizontal y tras aquel ojo abierto, y me venían a la memoria amaneceres que había leído, llegadas a la escuela, en Yecla, entrevistas con el padre Carlos o el padre Miranda, en el colegio, cuando José Martínez Ruiz era un ojo asombrado del mundo y en su retina se iba quedando extático y plasmado, su abuelo Azorín. Venían después asombros de la pupila por los hombres, por los nombres y por las cosas; por cosas tantas veces nimias: por una puerta, por unas nubes, por una alacena, por una ventana. La vida iba avanzando y aquel amoroso cuarto trastero de la retina iba guardando España poco a poco, en el trozo de un pueblo, en los movimientos de un viejo hidalgo, en la fragancia que transmitía un vaso en el dintel de una casa cerrada.

Caía toda la tarde sobre Madrid sentimental, como él lo llamaba. Aquel ojo pequeñito, que avanzaba seguido por un cortejo, se había consumido en vigilias, a la luz de una vela, ante Gracián, Lope, Tirso, Feijoo, Garcilaso y Fray Luis; se había quedado tan leve y tan pálido precisamente leyendo y releyendo a Cervantes y a Montaigne.
Cuando llegamos a la sacramental de San Isidro, ya todo Madrid quedaba atrás con su quehacer. Llevaban en andas la última cumbre del Noventa y Ocho y el ojo de la luz iba apagado, los cañones de rigor que lanzan esas paletas de arena sobre la madera del ataúd. Era el gran saludo de la piedra, de la hierba y de los residuos de las plantas. Tierra fundida en la pala que volvió a fundirse con la tierra.
Luego, al anochecer, volví a ver a Azorín transparente. Habían tapado sus manos con una sábana, tenía amordazados los dedos y era el gran mudo de la pluma. Pero su pequeño ojo azul – un cristal leve, casi velado por el párpado – seguía inexplicablemente abierto. Miraba, desde dentro, desde su fosa, las entrañas de España».
El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes».-Edit. Eiunsa, Pamplona, 2007, págs 134-135.)
(Fotos: Azorín; «Al margen de los clásicos».-Edición de Losada, 1942.)