ESTO ES TRASHUMANCIA ( 2 )

 

 

Ramón Masats tenía entonces 28 años y yo tenía 23. El gran fotógrafo español y yo recorrimos juntos durante varios días los campos de Soria y de allí surgió este texto que hoy incluyo aquí , rememorando un reportaje y una experiencia realmente inolvidables:

 

”Amanece al mismo color con que soñamos despertarnos. Los ruidos son llamadas: una campana y una esquila. El paso de las ovejas, pequeños golpes que tientan al sol hasta que el sol asoma. “Y ahora navegamos’, dicen los pastores. Es verdad que este vocablo de la sierra soriana es palabra de mar, no de esta tierra. No de la tierra rugosa, que es fría a mi contacto y es vieja. Retrasan las ovejas los gemidos, husmean los arbustos; una piedra que hondea entreabre  un matorral y espanta una cabeza. Pegada a la madre, la recién nacida de la mañana trota su blanda caminata y embiste al aire. Este viento es la cola de octubre. Hacia el valle de Alcudia, hasta la región mariánica, hasta  esa Mancha, o Andalucía, o Extremadura de España, el olor del rebaño cuelga de las pupilas humedecidas, de las lanas musgosas, de las vértebras. La recién nacida de la mañana torea al matorral y los perros la rodean. Su bautizo será  esta laguna verde, fango desde los bordes, donde las blancas patas chapotean. He aquí el bautizo de Dios sobre una niña oveja. Se para ante el agua, duda, está indecisa; la apretujan los perros y cae de bruces; se baña, llora; luego, paso a paso, se endereza. Tiran los pastores unas piedras. “Tiren de nuevo – he de decirles  -. Es para hacerles una foto tirando piedras.” Luego se ríen de nosotros; me contestan: “¿Quiénes? “. Los que nos conozcan. “¿Por qué?” “Porque somos mucho feos”, me grita el Joven; y sin embargo tira una piedra. La recién nacida ya va delante, va entre dos madres, una adoptiva, otra verdadera. Ocho mulas y un perro se separan aparte. Suenan más voces: “¡Jaco, Jaco! ¡Ven por la manta!”. Luego, un silencio. “¡Hay que echarla en las yeguas!” “¿Lo qué?” “¡La manta!” Y se alejan.

 

 

Esto es trashumancia. Un rebaño de de seiscientas cincuenta cabezas que avanza entre “Leona”, “Violeta” y “Gento”, el “Lanas” y “Aparicio”, la jauría de perros guardianes que escoltan su presa. Cordel de trashumancia, sombras nómadas, orilla de pastores, caballerías, sol, balidos y tierra. El ejército de las ovejas asoma su frente de ojos doloridos, de húmedas lenguas. Miro mi reloj: diez y media; diviso un puente. Gallinas que de repente callan y cencerros que de pronto no suenan. Hemos parado. Se come de pie; se pican menudillos, jamón;  se bebe vino; las navajas se pinchan en tarteras. Después se lían los cigarros y se charla. Pregunto po un hombre apartado, un extremeño.”¿No es pastor?” Estaba esta primavera en la carretera. “Es viudo”, me dicen. Y se avergüenzan. Vuelve el camino al orden, ladran los perros, los caballos se yerguen, rompe a soñar el rumor de campana que cuelga de una oveja. Todas derrás del manso, silenciosas y estrechas. Todas por el itinerario de la cañada, como procesión de monte, paciente andar de sacrificio del que no se conoce la ofrenda. España, y pisándola, balando sobre ella, Soria, Guadalajara, Madrid, Toledo, Ciudad Real, la Mancha entera. España, y pisándola, bailando sobre ella, pestañeos, latidos, soplos, sudor, silbo, tierra. Toda nuestra jornada. Anual descubrimiento del Joven, del Callado, del Niño, el Encarnado, el perro, el matorral, el arbolado, la lana, los cencerros, el aire, la comida, la bota y la chaqueta. Esto es trashumancia. Albarcas, los zahones, el cayado y la pana, la boina y la pelliza, el alma entre la manta, la manta entre la lana y la lana en la oveja.”

José Julio Perlado – “Esto es trashumancia” – ( publicado en el periódico YA el 29 de noviembre de 1959)

 

 

(Imágenes -1- Ramón Masats -tendencias del mercado del arte/ 2- trashumancia – asociación forestal de Soria/ 3- trashumancia – destino Castilla y León)

ESTO ES TRASHUMANCIA (1)

 

 

Ramón Masats tenía enonces 28 años y yo tenía 23. El gran fotógrafo español y yo recorrimos  juntos durante varios días los campos de Soria y de allí surgió este texto que hoy incluyo aquí, rememorando un reportaje y una experiencia realmente inolvidables:

”El Joven, el Callado, el Niño, el Encarnado… Con un dedo aprietan la carne en el pan y cortan, comiendo. Es noche cerrada en los montes de Soria. El Joven, el Callado, el Niño, el Encarnado… se envuelven en mantas. Doblan el cuello para beber, y a los ojos del cielo se les ve de qué forma desaparece el vino en el gaznate. Después pasan la bota. Me la pasan a mí, que no me conocen. Pinchos de palos tuestan la fogata. Más tarde nos rozan lomos de caballerías. Estamos apretados; son pastores; estoy yo: somos sombras de oscuridad, tristeza de vísperas. Pienso : “ Esto es trashumancia”. Esto es callada, silenciosa procesión sin  “cámaras”. Aquí no “se rueda”;  a esta montaña no llega nunca el cine; aquí estoy yo y mi cuaderno, las cazuelas, los cayados, las capas. Siguen comiendo. Cenamos entre ovejas, con pan, sentados sobre sacos, dormimos contra tapias. Pienso : “Esto es trashumancia”. Camino, balido, senda; la ganadería soriana que anda por el cordel de la tradición, el censo de los cencerros, de los mansos; las merinas que muerden la hierba. Esto es trashumancia que, desde el pico a la capital, en un mar de cabezas, baja y baja, orillando Arquijo y La Poveda, dejando atrás Los Santos y Vizmanos, perdiendo rastros  de El Collado, de Ledrado y de Oncala, de toda la sierra. Esto es trashumancia. Casi enseguida el Joven me mira.. ¿Qué habla? Nada hablo. Pienso. Me  arrebujo en la manta y miro a todo el círculo. Es como si reconociera mi aldehuela.

 

 

He venido subiendo con linterna. Luego he saludado, he ofrecido mi mano y me he sentado. Es casi medianoche. Pan y aceite regala el cielo a los que, como yo, buscan cena improvisada. Pregunto : “¿Cómo se llaman?” “García nos llamamos”. Y José. Y este, el Extremeño. Y ésa, la “Rubia”, y la “Bretona”, y la “Torda”, y la “Romera”. Y ésta, la “Potra”. Son las caballerías. Después me invitan a fumar. Las merinas y las churras duermen: aún no las conozco. Les digo: “ ¿Van todos en familia?” Pero en este momento, de noche, suenan pocas respuestas. Reposan cabizbajos; me cuentan tras silencios que son hombres cansados, muy lentos. Boinas sobre los ojos les van tapando las ideas. Pinchan con navaja; no miran a la carne; comen poco, con desgana, con pereza. Muy caliente, un perro escapa de las brasas y se tumba sobre las chaquetas. “¿Son de aquí?”, les insisto. “Somos de Vizmanos”, es lo que me contestan. Y en en el suelo, de rodillas, sentados, dibujan algo mientras el silencio va rodando y rodando, y algo mágico como lo que dibujan les va dejando dormidas todas las piernas.”

José Julio Perlado“Esto es trashumancia” – (publicado en el periódico YA el 29 de noviembre de 1959)

 

 

(Imágenes -1- Ramón Masats- 38ymas com/ 2- trashumancia – el Mundo/ 3- trashumancia – desdeSoria es)

LECTURA EN VOZ ALTA

 

 

“Dio un vistazo último a su librería a la luz de aquellas lámparas iluminadas aun siendo primera hora de la tarde. Las estanterías ya no las vería más. Sentado o paseando don  Bernardo Cortés había visto cómo la ciudad se había ido extendiendo hacia uno de sus lados, hacia el norte: la moda estaba ahora en vivir cara al futuro, cara a la imagen. Pocos habían leído en la comarca y los más viejos habían muerto. Los jóvenes  leían sólo por obligación en las escuelas, leían sobre todo en el móvil, en la pantalla : cosas útiles, avisos, mensajes, anuncios; escuchaban y no leían, miraban y no leían, viajaban y no leían: leer profundamente siempre suponía tiempo y reflexión; se tiraba el tiempo, el ocio de la ausencia del trabajo lo dedicaban a mirar aburridamente la naturaleza, a mirar aquel pájaro que cruzaba, aquel avión… Pero la naturaleza no era un libro : se contemplaba – cuando eso se hacía – sin reflexión, sin pensamiento alguno.

Miró el librero aquella estancia suya en donde ya nadie entraría a comprar y vio cómo se llevaban las cajas  llenas de libros, cómo las subían a un camión….. Guardó algunos de ellos y se dispuso a hacer lo que había decidido hace tiempo: ir de casa en casa, leer a los demás en voz alta, igual que se hacía hace siglos. “Aquí viene, señor, el lector”, dirían los criados a los  millonarios . Y el librero, tan amante de los textos, comenzó una de aquellas tardes su nueva vida: leía  a domicilio, de calle en calle y de familia en familia, pero sólo cuando le llamaban y quienes lo pedían. ¡ Un lujo para entonces! Ancianos aburridos le permitían leer un rato junto a la ventana. Y no se sabía a quién compadecer más: si permitir a aquel librero que  aprovechara su tiempo y leyera, o  que el otro ser anónimo escuchara, adormilado en un sillón, cómo le iban contando y leyendo historias en voz alta, cosas que a él ya  le parecían pura arqueología, cosas para muy iniciados, cosas muy de minorías…”

José Julio Perlado – ( del libro “Relatos”) (texto inédito)

(Imagen –Naoko Matsubara– oakville galleries)

CUANDO UNO ESTÁ CANSADO

 

 

“Cuando uno está cansado y tiene la suerte  de poder ir a algún hotel del mundo siempre ocurre  ese mismo fenómeno que nunca figura en las guías de viaje. Hay una serie de habitaciones en el último piso en cuyas ventanas aparece a media noche la luna de verano. Es una luna redonda y solitaria, colgada sobre el océano. Desde la cama, con la ventana abierta, uno sigue el silencio blanco de esa luna omnipresente que se va desplazando muy despacio, casi intangible. Suele eso suceder hacia las tres. Es el momento en que parece haberse parado el tiempo. El tiempo se para, se detiene la atmósfera. La brisa refrescante del mar asciende hacia la luna y toca  las nubes. Por la ventana abierta llega la suave humedad nocturna hasta la cama. Uno se adormece, o al menos cierra los ojos. El cansancio, la polvareda de gases del invierno, la precipitación de escaleras y ascensores, el vibrar de los móviles, el centelleo de ordenadores, los gritos de los niños, las copiosas comidas, todo queda bajo los párpados. También el  ruido de las autopistas y el zumbido de los aviones. Da la impresión de que uno se haya quedado adormecido y de que guarde con los ojos cerrados la tensión del invierno. Desde la cama, de nuevo la luna inmóvil, la luna blanca en el centro de la ventana. El mar azul oscuro y la humedad azul oscura de la noche. Son ya las cuatro de la mañana. Parece mentira que en alguna parte del mundo donde se esté viviendo el Invierno, suban y bajen a esta hora inmensas multitudes por las escaleras del metro”.

José Julio Perlado – (del libro “Relatos”) (texto inédito)

(Imagen  – Anton Pieck)

FOTOGRAFÍA Y CONCENTRACIÓN

 

 

“Tengo fotografías reveladoras en este despacho donde trabajo. Las he colocado hace tiempo entre libros porque son para mí  estimulantes. Tengo, por ejemplo, esta fotografía de Italo Calvino, que creo le hizo Sebastiao Salgado. Está Calvino aquí acodado sobre su mesa de trabajo, sentado al aire libre, concentrado; el brazo izquierdo lo tiene muy cerca de su cabeza y la mano izquierda como envolviendo toda su cabeza, como sujetándola y sujetando su cráneo, como si no quisiera que se le escapasen las ideas; el codo de su camisa aparece apoyado en el manuscrito que escribe y que va corrigiendo con un pequeño bolígrafo. Es toda una imagen de concentración.

De Calvino admiro su rompimiento con todo lo que escribió anteriormente, con el realismo, y cómo se lanza a crear su trilogía “Nuestros antepasados”, que es un prodigio de audacia y de fantasía. Y también de humor. Y me atraen también sus “Seis propuestas para el próximo milenio”. Todo lo que sea creación audaz, nuevos caminos, me ha interesado siempre.

 

 

Me detengo igualmente ante esta otra fotografía colocada en otro  ángulo de la habitación. Se trata de Virginia Woolf sentada en la butaca de su cuarto, escribiendo. Se la hizo su marido, Leonard Woolf, en 1932, cuando ella tenía cincuenta años. Está aquí, en esta habitación de madera en su casa de campo, en Monk ‘s House; sentada en esta butaca tapizada en estampado a cuadros, con un almohadón para apoyar los hombros, cerca de una ventana que da al jardín. Son los meses en que empieza a concebir “Los años” y los meses también en que está escribiendo su novela sobre un perrito, “Flush”.

He admirado siempre a Virginia Woolf. He admirado su audacia como escritora, su constancia, su lucha por concentrarse en la creación a pesar de todos sus problemas.

Un año antes de esta foto había publicado “Las olas”, que había sido muy elogiada. Pero en ese año de 1932, en julio, había sufrido un desvanecimiento y su corazón, como ella decía mientras escribía con rapidez, se le desbocaba como un caballo.

Dos fotografías que suelen acompañarme. Dos recordatorios de concentración”.

José Julio Perlado – ( del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

(Imágenes- 1- Italo Calvino – Sebastiao Salgado/ 2- Virginia Woolf – por Leonard Woolf)

BARJOLA Y LOS PERROS

 

:

 

“Recuerdo cómo iba a mi lado caminando aquel día de 1980 el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados.

 

 

Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos, recuerdo aquella tarde en el taller del pintor  y el ladrido de los perros.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos”)- ( texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1- Juan Barjola/ 2- Zdzislaw Bekinski/ 3- “Tauromaquia” – Barjola)

EL ASOMBRO

infancia-bbttd- teatro- Alfred Eisenstaedt- ante las marionetas- mil novecientos sesenta y tres

 

“Me asombra el asombro de los niños. Cuando yo muevo los hilos y levanto las manos y paseo las figuras de madera por el escenario y oculto mis muñecas tras la cortina y ni siquiera dejo ver mis dedos, me asombro del asombro de los niños que aún no son mayores y se quedan fascinados de cómo pega la bruja de la escoba, porque pega muy bien, pega mucho, le da unos trastazos enormes al cráneo del príncipe, pero el príncipe, que tiene esa capa amplia que yo voy moviendo desde arriba, desde el escenario, un trapo especial de color que parece que lo moviera el viento, tiene también una espada escondida, los niños no lo saben, las pupilas de los niños se dilatan cuando la espada diminuta y brillante está a punto de segar la cabeza de la bruja, le corta varios pelos, parece que la cabeza de la bruja fuera a salir volando, y los niños aplauden, se apretujan unos contra los otros, están nerviosos, nada que ver cuando años después los veo ya mayores, medio tumbados en sus sofás en medio de sus familias, vienen cansados de todo el día, cada uno rendido de su trabajo, ahora está cruzando por el lado izquierdo de la pantalla del televisor un tanque humeante envuelto en llamas que casi destroza las piernas a una madre, la cámara se fija en las lágrimas de la madre, se detiene, profundiza en las ojeras de esa madre, en el miedo a la guerra con el  tanque que avanza, un niño chilla medio desnudo, corre despavorido, se levanta incendiado el techo de una casa, no sé, no sé si hoy tendremos mucha audiencia porque más o menos es lo mismo que pusimos ayer y lo que ponemos casi todas las noches en el telediario, no existe el asombro, cruza la costumbre por esta habitación con su paso monótono y gris, apenas se oye caminar a la costumbre, recuerdo sin embargo aquel asombro que teníamos cuando éramos niños.”

José Julio Perlado – ( del libro “Relámpagos”) (relato inédito)

 

 

(mágenes -1- Alfred Eisenstaedt- 1963/ 2-Kenny Scharf)

MAYO 1968 ( y 2) : OCUPACIÓN DEL TEATRO ODEÓN

 

“ El 15 de mayo de 1968 viví en París un espectáculo inaudito y sorprendente : la imagen luminosa, desordenada y nocturna del Odeón, del teatro Odeón, ocupado por los estudiantes y los obreros y abierto de par en par día y noche a todas las gentes. Estuvo así, noche y día abierto el teatro Odeón durante veintinueve días. Si se pudiera escribir una obra insólita para ser representada de modo espontáneo por los ciudadanos sin duda no habría otra mejor que la compuesta por aquellos diálogos nocturnos interminables a los que muchas noches asistí en el Odeón, aquellas conversaciones y reproches lanzados a gritos de un palco a otro palco y de butaca a butaca. No hay ningún director a quien se le ocurra tal representación. “¡Reinventad la vida!”, se gritaba desde un extremo a otro de la sala, “¡Vosotros sois el arte!”, se lanzaba desde otro lugar, “¡ Vosotros sois la revolución!”, se contestaba desde otro palco. Todas estas exclamaciones quedaban enmarcadas por los carteles que inundaban los pasillos : “La revolución es una iniciativa”, se leía en uno, “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, “Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”, “¡Sean sucios, pero azucarados jamás!”. Y aún me parece verme allí, leyendo aquellos “grafittis” que cubrían las escaleras y rincones del teatro y a la vez en el momento en que, desconcertado por cuanto estaba ocurriendo, volví a entrar en el gran patio de butacas permanentemente iluminado por las lámparas y levantando la vista hacia el techo quedé admirado por la belleza de aquel asombroso decorado azul en oro y púrpura, un admirable techo creado por André Masson y en el que podían contemplarse figuras inspiradas en Esquilo, en Shakespeare y en Claudel, enlazándose la pintura moderna con motivos plásticos del siglo XVlll. Aquel patio de butacas multicolor, invadido entonces de rostros, gorras, atuendos de mujeres y de hombres, madres de familia, oficinistas, comerciantes de barrio, obreros, agitadores, actrices, estudiantes – unos 4000 estudiantes se dijo que pudieron entrar y salir a distintas horas y en distintos días por las puertas abiertas de aquel teatro cuyo aforo no superaba el millar -, todos esgrimiendo a gritos las palabras, sus incesantes propuestas, los improperios y las ideas cruzadas desde los palcos a las butacas, todo aquel patio, como digo, me remitía de pronto, por una extraña asociación de ideas, a lecturas mías de tiempos pasados cuando aún estudiaba en la universidad y descubría, fascinado por su vanguardismo, aquella pieza de Pirandello, “Esta noche se improvisa”, escrita por el autor siciliano casi cuarenta años antes, en 1930, y en la que se representaba una especie de “teatro en el teatro”.

 

 

Allí, en aquella obra de Pirandello, yo recordaba que los espectadores/actores confundían e intercambiaban sus voces y sus gestos sin seguir un aparente argumento – hablándose también ellos desde los palcos y desde las butacas, e incluso alargando su interpretación por el vestíbulo y continuando en el desempeño de sus papeles durante el entreacto – bajo la dirección, recuerdo, de un tal doctor Hinkfuss que corregía, limitaba y reordenaba las intervenciones de los asistentes pero igualmente modificaba los elementos de la luminotecnia, los coros ambientales y la decoración. ¿Qué relación tenían el arte y la vida? El doctor Hinkfuss – la voz de Pirandello – aseguraba que el arte era el reino de la creación realizada, mientras que la vida se mostraba en una formación continuamente mudable. Ahora yo estaba allí, a altas horas de la noche, en el patio de butacas del ocupado teatro Odeón de París en el que desembocaban muchas vidas de las gentes, de los barrios, de las familias parisinas de la orilla izquierda y derecha, cada una transportando su protesta y enarbolando también su pretendida solución, vestidos de ellos mismos, con sus ropas de casa o de trabajo, y apareciendo a la vez como personajes inesperados (casi pirandellianos) y como actores que, sin querer, desarrollaban una insólita función. Aquello era parte del teatro de la “revuelta” y parte también de una erupción social que quería sabotear de inmediato todo lo “cultural”. Era un espectáculo que iba precisamente en contra de la industria del espectáculo y a favor de la creación colectiva y de la directa acción revolucionaria. La formación continuamente mudable de las vidas de las gentes, como aseguraba el doctor Hinkfuss, estaba allí representada y en el escenario, junto a una larga mesa desnuda que podía ocupar cualquiera en cualquier momento, se levantaban dos banderas, una roja y otra negra, y un enorme estandarte en que se leía : “Estudiantes-Obreros, el Odeón está abierto”. Y aún más: aquella singular representación había desplazado y arrojado a los despachos interiores al verdadero director del teatro, Jean- Louis Barrault, y ese gran actor, mimo y director francés, tras haber intentado negociar en vano con los ocupantes, no podía ya hacer otra cosa que salvar de posibles pillajes los archivos más capitales y los objetos de gran valor.”

(Imágenes -1-portada del libro sobre mayo del 68/ 2- Pirandello escribiendo)

MAYO 1968 (1) : UNA BATALLA CAMPAL

 

 

Cincuenta años después, los periódicos, las radios y las televisiones me han preguntado estos días sobre mis recuerdos de aquellas fechas. En la medida en que he podido, a todos les he contestado: “Sí, estuve en la tan comentada y ya muy lejana “revolución” de mayo del 68. Asistí a ella en primera línea y a la vez he de matizar enseguida al abordar tales sucesos que aquello, para mí y para muchos otros observadores, no fue precisamente una “revolución” sino una “revuelta”. La revolución, incluso si no ha sido preparada – y así lo señalaba entonces un destacado historiador – desemboca en un cambio radical en las instituciones; la revuelta, al contrario, es un movimiento más imprevisible y que no está centrado necesariamente en el futuro; las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. He de evocar por tanto aquellas escenas vividas de lo que yo llamo “revuelta” deteniéndome en el parisino puente de Saint-Michel donde conocí a Daniel Cohn-Bendit, el líder de aquel movimiento de protesta, (él tenía 23 años y yo tenía 32) al mediodía de aquel 6 de mayo de 1968, aquel puente que en esos momentos estaba absolutamente invadido de gritos y banderas. También recuerdo la normal curiosidad que me empujó a seguir tanto a Cohn-Bendit como a la gran multitud de estudiantes que en avalancha le acompañaban detrás de sus banderas hasta pasar luego, quizás media hora o quizás una hora después, no sé bien lo que tardaríamos en cruzar, hasta la orilla izquierda de París para llegar después en tumulto al Barrio Latino y concentrarse aquella multitud estudiantil, y yo con ella, en la plaza Maubert. Habría esa tarde, según los cálculos que se hicieron, unos 10. 000 estudiantes ocupando ya El Barrio Latino, y rodeados por ellos y frente a ellos toda clase de vehículos y fuerzas policiales estratégicamente extendidas a lo largo del bulevar Saint-Germain y hasta el Odeón. Era indudablemente el escenario de una batalla. Y tengo presente también aquel café que hacía esquina, muy cerca de una Sorbona a punto de ser tomada, en el que tuve que refugiarme toda la tarde y en el que permanecería luego toda la noche transmitiendo crónicas telefónicas casi continuas a mi periódico. Los ojos juveniles y retadores de Cohn-Bendit enfrentados a la policía, multiplicados en una célebre fotografía que dio la vuelta al mundo, fueron esos días unos ojos omnipresentes. En una de aquellas madrugadas que me tocó vivir, probablemente sería en la madrugada del día siguiente, fui testigo de unas horas envueltas en humaredas de gases lacrimógenos y ulular de ambulancias mezcladas con manos estudiantiles lanzando adoquines arrancados de la calzada y con la niebla grisácea de los botes de humo. Allí vi pasar a mi lado a un Premio Nobel, Jacques Monod, llevando en sus brazos a una estudiante malherida.”

(Imagen :  portada del libro sobre mayo del 68)

HISAE Y LA TRISTEZA

 

 

“Comenzó Hisae unas clases especiales al aire libre frente al lago dorado. Reunió primero a todos los niños que se iban acercando a ella y, colocándolos en amplios círculos, les empezó a explicar la pequeña historia de lo que estaba sucediendo, y a la vez la gran historia de Japón. La curva de los ojos infantiles era la misma curva de sus piernas dobladas en el suelo, y todos la escuchaban absortos a cuanto decía su maestra. Levantaban sus cabezas hacia ella pero Hisae se las hacía bajar obligándoles a mirar directamente al agua. El lago era un espejo y el espejo, como sucede en tantos países de Oriente, es la Historia. “Si os asomáis a él veréis la Historia”, les decía Hisae. Les fue ilustrando sobre cosas del pasado para distraerlos de cualquier guerra y escogió para ello las estaciones del año, explicando cómo éstas suscitaban sentimientos y cómo el otoño, por ejemplo, evocaba la tristeza. Ningún niño conocía aún la tristeza y uno preguntó cómo era y en el agua apareció una hoja de melancolía transformada en montaña de nieve. “La tristeza, les explicó Hisae, son vuestras despedidas, el acabarse de las cosas.” Los niños no entendían demasiado todo aquello y Hisae les hizo fijarse aún más en el agua: allí asomaban los colores del otoño, unos tintes rojos en las ramas del arce y en las que el viento agitaba poemas prendidos en las ramas. “Cuando seáis mayores, les dijo Hisae, leeréis esos poemas que ahora veis flotando y entenderéis qué es la tristeza. Pero ahora fijaros solamente en lo rojo, en la belleza de lo rojo, en ese color otoñal. Vosotros no podéis ver vuestro corazón porque miráis hacia el lago, pero ahora también vuestro corazón es rojo, siempre será rojo, aunque menos rojo que estas ramas del arce, y vuestro corazón aún no conoce la tristeza”.

José Julio Perlado( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

 

 

(Imágenes -1-Estampa japonesa-art1/ 2- Ogata Korin – El dios del viento y el dios del trueno – wikipedia)

SINFONÍA DE LOS SALMOS

 

 

“Yo miré aquella tarde el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski que a sus 81 años de entonces, con la mano en el mentón y en la butaca que le habían dispuesto, se abandonaba con ojos semicerrados al breve preludio de la “Sinfonía de los Salmos, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Echarvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín “yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca”, aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente.

 

 

E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo. Pero en aquel momento recuerdo que también avanzaban de nuevo desde el fondo del escenario el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces que fueron levantando los salmos en el escenario (“me sacó del pozo de la miseria – cantaban los niños en latín -, del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos”), aquel Salmo 39 que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta.

 

 

Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Echarvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la “Sinfonía de los Salmos” en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes:- 1- Stravinsky – Irving Penn- 1948 – The New York Times/ 2- Stravinski – Thomas Oboe Le/  3-  Stravinski- Retrato de Jacques Emile Blanche /4- Robert Doisneau- 1957 – all art)

DAUMIER : GRABADOS EN EL SENA

 

 

“ … Y enseguida me llamaron la atención una serie de reproducciones de Honoré Daumier, el gran caricaturista francés y también pintor, el hombre que había creado cuatro mil litografías para la prensa y que al final se había quedado ciego. Pero lo que me asombró de repente era verme retratado de algún modo precisamente allí, en una de aquellas primeras pinturas que vi, como si me mirara en un raro espejo, porque la postura y la atención con la que el personaje de Daumier se presentaba en ella era la misma que yo estaba adoptando en ese instante. En la imagen de Daumier aparecía un hombre examinando una carpeta de grabados, que era lo mismo que estaba haciendo yo, y como él yo también sostenía ahora con mi mano izquierda el borde de aquella carpeta e iba pasando con mi mano derecha la sucesión de láminas. Por lo que distinguí en la parte inferior de aquella hoja, su fecha – 1860 – hacía que nos separara a ese hombre y a mí bastante más de siglo y medio, y me fijé igualmente lo que alguien había dejado escrito en una de las esquinas: que aquel trabajo se conservaba en el Petit Palais de París y que Daumier probablemente había ambientado su escena en una sala de exposiciones del Hotel Drouot. Me acordaba perfectamente de aquel Hotel Drouot, no muy lejos de la que había sido mi primera vivienda en París, y casi inmediatamente, al ir revolviendo con gran cuidado más litografías y caricaturas, recordé cuántas veces también había yo revuelto libros y carpetas en las orillas del Sena, en el encanto de los célebres buquinistas al lado del río y cómo – lo había pensado en muchas ocasiones – las aguas tan cercanas se iban llevando mansamente obras, títulos y autores en un fluir casi interminable, el fluir del tiempo. Sucedía aquello en muchas ciudades del mundo y era lo que yo frecuentemente llamaba “el cementerio de los elefantes”, es decir, el lugar donde vivían los gigantescos paquidermos literarios, poderosos rinocerontes e hipopótamos, de piel gruesa y dura como también era la de los elefantes, escritores e ilustradores que habían mostrado un enorme peso en su época, con sus tres o cuatro dedos en las extremidades escribiendo y dibujando siempre, vendiendo y atrayendo de manera continua al público y que luego, poco a poco, habían sido apartados y reducidos a meros recuerdos, tanto en la fuerza de sus láminas como en el poderío de sus volúmenes. Por allí, por aquellos casetas parisienses al lado del Sena que siempre soportaban muy crueles inviernos y gozaban en cambio de alegres primaveras, había visto yo muchas veces colgadas y ofrecidas al espectador algunas hojas sueltas del “Charivari” o de “La Caricatura”, revistas satíricas del XlX, donde precisamente Daumier había volcado tantas ocurrencias suyas y mi imaginación, siguiendo aquel camino de los cajones al lado del río, se había entretenido con frecuencia en las escenas del gran dibujante francés en donde tremendas muecas distorsionadas de los abogados de París se mezclaban con el jolgorio y las volteretas al aire de los saltimbanquis callejeros. Daumier había logrado captar atmósferas interiores y exteriores, desde los pasillos y las escenas gesticulares de las Audiencias en el Palacio de Justicia hasta la plasticidad viva de las calles, pero ahora, el tiempo, que seguía pasando lenta y continuamente bajo el agua de los puentes de París, lo había ido arrumbándolo todo, desplazándolo todo, y aquello ya no serían nunca más novedades sino objetos, quizá reliquias – algunas sin embargo valiosas – de curiosidades y recuerdos.”

José Julio Perlado(del libro “Relámpagos“) (texto inédito)

 

 

(Imágenes -1-Daumier- albookilustration/ 2- Daumier- mujer llevando a un niño)

PERROS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

 

“…este eco no existe en parte alguna sino en El Prado cuando está desierto, el mundo se ha cerrado entre unos muros, y el eco, al fondo del larguísimo pasillo, me tentaba en cartones luminosos y para allí fui y aún voy ahora muy despacio, atravesé arcos de luz, una mesa florentina apoyada sobre cuatro leones atenazando bolas me vio pasar, mis ojos eran atraídos por el eco, mundo ido, mundo despojado de todo ruido que no sea el creado por el pincel, Madrid, Recoletos y el Botánico transmitían rumores de vehículos veloces o silencios de flores entre árboles, pero no aquel eco, ¿lo oye usted?, el ojo desnudo avanza muy despacio por este corredor, es el Museo para mí, festín de cuadros que adquieren vida, han dudado un momento los animales que pintó Velázquez pero me sorprendió que un suave aliento de refrigeración escapara a la altura del suelo y por los dientes de aparatos mecánicos y por las rejillas de los rincones un aire artificial moviera algo, y tuve entonces que volverme y retroceder

 

 

porque oí ruidos y eran las hojas del gran libro que sostenía el bufón y que estaban esparcidas por el suelo, era don Diego de Acedo, el Primo, pintado por Velázquez, enano de bigote y de perilla, vestido en ropa negra brochada y con mangas bobas pues así se llaman, y lo vi en calzones con pasamanería y lazos, y estaba él en cuclillas en la gran sala, con sus calzas y sus zapatos negros sosteniéndose apenas sobre sus cortas piernas y recogiendo con una manecita las grandes hojas desperdigadas mientras con otra mano intentaba sostener el enorme sombrero, y así le sorprendí, fuera del marco, y estaba el marco vacío de blancos, negros y grises azulados, y un fuerte olor a pintura salió del fondo como un fulgor que esperara a que el bufón volviera a su retrato, pero el Primo me vio y debió sorprenderse de hallarme allí a tales horas, y al observarme con su mirar distante, perdido y pensativo, se le volvieron a escapar las hojas del enorme libro y ese ruido alertó  a muchos animales creados por Velázquez y nadie supo cómo, pero los perros fueron los primeros, y no hubo ni ladridos ni gemidos, fue un silencioso movimiento, jamás se escuchó a tantos perros mansos moverse como sombras en un Museo, bajó el mastín de “Las Meninas” y se desperezó como la espuma y tras ese mastín entraron como el humo otro

 

perro de larga mancha blanca en el hocico que dormía a los pies del príncipe Baltasar Carlos niño junto a un árbol, un perdiguero blanco y canela que había levantado su hocico del suelo y sacudiendo su sopor adormilado, entró campante viniendo desde una sala vecina y le seguía un galgo dorado y avispado, de nariz negra y mirada viva, y ambos juntándose con otros muchos en mansedumbre y humo, y parecían de lana transparente o acaso de vidrio tan invisible y tenue que ni rumor hacían, paseando sobre losas desiertas y husmeando el aire, ladrando sin emitir sonidos, jamás escuché sin oír a tantos perros  y tan entremezclados que ni olor despedían, llevaban en sus lomos pegada la pintura pero eran auténticos y poseían tal fuerza que ellos atrajeron a más potentes animales, escuché ahora cómo bajaban de los cuadros las pezuñas de los corceles de Velázquez, y la grupa del caballo del Conde Duque caracoleó de pronto y se unió al concierto de aquel otro  mastín de cara negra , perro de caza, perro real, despierto y vigilante y de tan gran vitalidad que apenas le oí saltar del lado donde estaba, al costado de la escopeta de cañón que sostenía Felipe lV, aquella grupa del corcel del Conde Duque movió su torso y se salió del marco de manera tan suave que el poderío del gran caballo abandonó al jinete y el valido del Rey quedó ridículamente, ya sin cabalgadura y sin apoyo para su altanería y pretensión…”

José Julio Perlado  – ( del libro “Ciudad en el espejo”) ( relato inédito)

 

 

( Imágenes–Velázquez: 1-Las Meninas/ 2- bufón don Diego de Acedo, el Primo /3- príncipe Baltasar Carlos/ 4- caballo del Conde Duque de Olivares)

SENDERO DE RESPLANDOR

 

 

“En la vida hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena. Recuerdo uno de ellos, al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de Julio, un relámpago en pleno día, serían las siete y media u ocho menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior, una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí, cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco; mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si oyera aún las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria, cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría, pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes -1- Thilda Blanche- 2017/ 2- Henri Matisse- 1938)

REALIDAD, FOTOGRAFÍA Y FICCIÓN

 

 

”A veces me han preguntado: ¿qué es más fácil escribir, realidad o ficción? Y añado yo a esa pregunta: ¿y qué es en el fondo la realidad? La realidad absoluta es casi imposible de describir. La auténtica realidad, o al menos quizá un débil acercamiento a la completa realidad reflejada, tal vez sería, y no estoy muy seguro de ello, la fotografía. Pero en cuanto el escritor quiere acercarse a una realidad e intenta mostrarla lo más fielmente posible a los demás, no tiene más remedio que acumular enumeraciones, añadir y añadir detalles tras toda su observación, procurar elegir muy bien los adjetivos, agrupar descripciones llenas de matices, y aún así no lo conseguirá. Un acercamiento a la auténtica realidad de lo que se muestra, quizá sería, como digo, aunque muy lejanamente, la fotografía. Tal vez una fotografía de una mujer caminando sobre las maderas de un pasillo nos mostraría la realidad de su figura. Pero se necesitarían varias fotografías, una que la enfocara por delante, otra por detrás y varias más, desde ángulos muy distintos. Y aún así no bastaría. Sí, veríamos perfectamente en esas fotografías su vestido estampado de colores marrones, su figura diminuta, quizá los abalorios brillantes que cubrían sus dedos. Pero en ese pasillo resuenan también las maderas crujiendo bajo sus pasos, y esos sonidos, naturalmente, ninguna fotografía los recoge. Sólo los recogería un documental: esa mujer en un documental. ¿Y sus pensamientos entonces? ¿Y su personalidad? Por ello, ¿ qué hace el escritor para poder contar lo más fielmente posible esa realidad? Pues ponerse ante la página en blanco e intentar describir lo mejor que sepa y pueda todos esos pasos, esos movimientos, esos colores y esos sonidos. Y adivinar además sus pensamientos. Es decir, recrear. Le será imposible fotografiar. Sólo recrear. El escritor, pues, recrea. Al recrear, de alguna forma inventa. Se acerca hasta ese pasillo con sus adjetivos, su memoria, algunos recuerdos que le vienen a la cabeza, otras asociaciones de ideas que le llegan también, las inspiraciones para evocar un ambiente, mil cosas convocadas en ese instante para recrear y para crear. Creará incluso a veces algo mejor que la pura realidad y cuando acabe de crear, a veces no sabrá bien cómo lo ha hecho. Será quizás una mágica combinación de elementos la que le ha llevado hasta una creación que incluso supere a la misma realidad”.

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos”) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1-Maria Schtlova – autorretrato- liminous lint/ 2-Edward Steichen –  1924 -Gloria Swanson -museum of modern arte New York)

MUNDO SUBMARINO

 

 

» Recuerdo el movimiento de los peces. La cámara buceaba por mí, no era solamente Cousteau el que buceaba sino todas las cámaras cinematográficas y televisivas que se adentraban y se sumergían deslizándose luego horizontales, giraban en el agua y entre el agua y se revolvían, la revolvían, nuestro visor miraba desde su cristal plano con sus ojos artificiales, avanzaba nuestro cuerpo ágil y escurridizo dentro del traje, nuestros guantes dirigían aquí y allá la cámara, moviéndose y deslizándose con las aletas, el cuerpo todo sensible, estaban todos los corales y todos los arrecifes, eran ciudades de agua las que veíamos, ciudades de colores, las ventanas y las puertas de los edificios eran rocas por donde salían corales blandos en forma de hongos a la manera del Bosco, fragmentos gelatinosos que tomaban el ascensor hasta el cuarto piso, a veces se colaban por grietas y surcos y pasaban de la luz a la sombra siempre en silencio, siempre a toda velocidad, sobre todo atravesando salones de color, un denso color azul de agua profunda entre las rocas, aquellos salientes de las rocas submarinas, continentes enteros que nadie veía, sólo nosotros y algunos más que habían bajado a filmar, corrientes de agua de una gran belleza, no podíamos imaginar desde la superficie que aquí abajo hubiera volcanes dormidos, pasábamos al lado de aquel sueño de los volcanes y atravesábamos e indagábamos otras habitaciones, dormitorios de canales y de túneles, algas rojas que flotaban detrás de las puertas, hierbas marinas saliendo de los cajones, surtidores y pozos y troncos y bloques de coral verde, verde, espumoso verde, una plataforma azul, las crines amarillas de unas hierbas, la luminosidad de las esponjas, y luego todos los peces que iban y venían cruzándose por las ciudades, por los campos, algunos ojos enormes que pasaban enigmáticos rozando nuestras aletas, rozando nuestro visor y desfilando ante nuestros cristales, los veíamos atravesar y esconderse en las esquinas rojas, y pasaban también plateadas escamas de otros cuerpos, algunos transparentes, con una extraña luz que dejaba ver su columna vertebral prolongada en espinas».

José Julio Perlado – ( del libro «Relámpagos«) (relato inédito)

(Imagen -Utagawa Kuniyoshi)