ESCRIBIR DORMIDO

sueño.-8844JJ.-por Zhang  Xiaogang.-2007.-Beijing Commune.-Beijing.-China.-artnet.-ASIATSIHE KUNTER«Estoy dormido y sueño que me levanto, me pongo a escribir y escribo que hace poco que he dormido y que quiero crear una historia moderna y bella. En ese momento me detengo y me pregunto si estaré despierto de verdad y no estaré soñando que escribo; pero no, ya no estoy dormido, escribo y escribo esa bella y moderna historia, deteniéndome a cada trecho para comprobar si no estaré dormido. Así, una y otra vez hasta que realmente me despierto y me decido a escribir que he estado soñando».

José Julio Perlado : del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen: Zhang Xiaogang.-2007.- Robischon Gallery.-Denver.-artnet

CABALLOS AL ATARDECER

Pirineo.-2.-Vall Fosca.-caballos salvajes.-valledeayoracofrentes

«Fue en uno de esos atardeceres cuando Daniel subió hasta la altura del valle. Pacían entre la arboleda jóvenes caballos: estiraban las cabezas, y sus figuras empezaban y acababan en dos flecos colgantes: era un pelo que lo rozaba todo pausadamente y que acompañaba al movimiento elástico de las patas blancas en los animales marrones, de las patas negras en los potros oscuros.

Pasaron por la carretera camiones cargados de madera; su ronquido agonizaba en cada cuesta, cesaba un segundo, tornaba luego a aparecer. Ahora, desde la altura, Daniel veía «El Cabañal» al fondo, con su techo de zinc, y más alla aún podía distinguir el pueblo echado sobre un verde que las nubes de lluvia parecían cubrir de una densa humareda. «Sí, ciertamente han pasado muchas cosas en poco tiempo», se dijo de repente casi febril. Abarcaba con la mirada las laderas violáceas y seguía el cruzarse de unas rayas rápidas y negras: pájaros que volaban hacia la laguna. Era aquel un horizonte de inmensidad y a Daniel casi no se le veía entre los árboles: así era de diminuto. Pero le agradaba ser testigo de aquel gran orden, el orden del campo, con sus leyes y con la maravillosa exactitud de la relojería de la naturaleza. Empezaba poco a poco a oscurecer. Como en un cuerpo humano, todos sus gestos -en las hojas, en la humedad, en los primeros hielos -, se iban marcando quisiera o no la tierra, señalándose por encima de todas las cosas. Era el ciclo del año, como en cada jornada esa tierra misma era obligada a aceptar otro ciclo pequeño: el cerrarse bajo esta noche que caía, para abrirse de nuevo en la mañana.

Fue Daniel descendiendo lentamente. Venía ahora un suave viento que lo atravesaba todo, un viento que no podía notarse. Bajando de aquellas cumbres, envuelto en sombras, se iban acercando a él las luces de «El Cabañal» y sentía que algo grande, sobre el valle, estaba escrito. Una escritura marcada de un solo trazo.

Entró luego en la finca. Estaba el fuego encendido en el vacío comedor. La chimenea iluminaba el hogar en circunferencia.

Fue entonces, sentándose ante el fuego y tomando el papel, cuando llevó a cabo aquella idea de contarlo todo que acababa de tener entre los árboles».

José Julio Perlado: «El viento que atraviesa«.-(Richard Grandío.-Oviedo, 1968)

RECUERDO DE MI PADRE (y 3)

mujer.-7755k.-foto por Patrick de Warren.-2000.-Sous les etoiles gallery.-New York.-photografie artnet«Y luego estaban mis platos, papá. Te invité a comer muchos días, te invité a mi célebre cocina. Mi célebre cocina tan llena de ensaladas. Mi ensalada fría de pollo. Mi ensalada con salsa de yogur. Mi ensalada tibia de rape. La ensalada de espinacas y salmón. Yo te esperaba a veces poniendo cogollos de lechugas en la soledad del plato, oía música y cantaba. Entonces iba echando mi querida vinagreta despacio sobre los recuerdos, los iba rociando con ella, escuchaba al fondo la voz de Sinatra desde Nueva York, aquella voz que te gustaba tanto, la voz, LA VOZ, aquel New York NEW YORK que tú tarareabas por el pasillo mientras yo iba poniendo los platos encima de la mesa, mientras tú escogías el vino blanco. Entonces yo escurría bien la vinagreta tal como me había enseñado mamá, mi padre me miraba de reojo sentado en una silla de la cocina, lo dos oíamos a Sinatra desde Nueva York, Sinatra nos cantaba, seguía los pasos Sinatra de mi increíble ensalada de cogollos de lechuga desde el mismísimo New York NEW YORK!, ¿te acuerdas papá? Pones medio cogollo en cada plato, rocías bien, hija, con crema líquida fresca (¿me perdonas un momento, papá?, tengo que abrir la nevera). Extendía la crema. ¿Te apetece un poco de mostaza y avellanas tostadas? ¿Y anchoas? ¡Sí, que a tí te gustan mucho las anchoas! Nos sentábamos ante mi ensalada, nos sentábamos ante tu vino blanco. Tú me conocías muy bien. Mi padre me conoce muy bien. La vida está llena de menudencias, de avellanas picadas y tostadas de mi ensalada, no de diálogos transcendentes. Además, me distraigo a mí misma, distraigo a mi padre, ¿es verdad que te distraías, papá? ¿Tú qué crees?, me decías tú. Sonreías. Siempre fuiste un gran «diplomático». Decías que en la familia la diplomacia era observar y escuchar, intervenir muy poco. Te servía más vino. Vamos, papá, un poco más de vino, que luego tienes sorpresa. Enarcabas las cejas. Mi padre levanta las cejas. El mundo se divide en lo salado y en lo dulce y mi padre vive en el reino de lo dulce y de lo frío, en un castillo helado. El helado. Mi padre y el helado. Podría hacer una tesis. Helado con mandarina. Helado de castañas. Helado de café. Helado de fresa, de frambuesa, de cualquier fruta triturada formando estalactitas en el congelador. Tu pequeña cuchara de plata recibía en las tardes de julio no sólo el helado sino también el postre de mamá, la receta de la abuela. Se baten bien las claras duras, hija, me guiaba mi madre, añades ahora el azúcar poco a poco, ¿lo ves?, le das luego color con caramelo o café. Después, en corona untada de mantequilla, se cuece al Baño de María durante media hora. Nuestras comidas. Nuestras comidas, papá. Cuando pase esa media hora, hija, me seguía diciendo mi madre, con las yemas, la leche y con 9 cucharadas de azúcar, se hace una crema así, ¿te fijas?, también al Baño de María, teniendo cuidado de que no se te corte. Nuestras comidas. Nuestras comidas, papá. La tarde llegaba mientras tú sonreías. Y luego, hija – terminaba entonces mamá -, en fuente redonda, se desmoldea la corona, ¿lo ves?, la cubres así con la crema y la espolvoreas con lo que tengas, por ejemplo, con este guirlache picado. Es muy fácil. A tu padre le encanta».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen.-foto de Patrick de Warren .–Sous Les Etoiles Gallery.-New York.-artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (2)

mujer.-216.-por Henri Matisse.-1920.-Andrew Weiss Gallery.-photografie.-artnet«Y tu mano, esta es tu mano, papá. Retengo estas venas azules, estas manchitas en la piel de tu edad, estas pecas del tiempo, tu piel arrugada, tu vello. Con este dedo índice y con este pulgar de tu mano derecha apretabas la pluma y te deslizabas preciso por el papel. Con esta palma resbalabas suavemente sobre la hoja y yo te oía en silencio. Te he mirado muchas veces desde el pasillo cuando leías en tu despacho, te he mirado muchas veces en el jardín cuando escribías. Leías, escribías. Yo intentaba pintar. No llegué a a ser pintora, me dediqué a dar clases de dibujo. Ahora dibujo en el tiempo esta mano tuya como si lo hiciera sobre papel vegetal, como si te dibujara a tinta china no sólo esta mano sino todo lo que hemos vivido. Tu muñeca. Tu falange. Este hueso del carpo, el metacarpo. Todo eso lo dibujo. Tenías ahí, papá, en el músculo de tu dedo medio, casi en la uña, un montículo o un callo pequeñito formado de tanto apretar la pluma durante años. Una deformación profesional. Cualquier manicura te lo delataría, mamá lo comoce, lo sabes tú. Con esa presión de la pluma tú te esforzabas en la facilidad. Cuando yo estudiaba a Ingres, ¿lo recuerdas?, el pintor me decía en sus «Apuntes«: «Hay que hacer desaparecer las huellas de la facilidad; no son los medios empleados, sino los resultados los que deben aparecer». De eso tuve que examinarme. Eso también has hecho tú. Te he visto durante años escudriñando la dificultad de los textos hasta alcanzar la facilidad. Enarbolabas con sencillez la punta de la facilidad en tu pluma como se levanta un tesoro desde un papel en blanco. «Voy a entrar en el túnel», me decías. Yo te entendía. Entrabas en tu túnel de palabras sin saber a dónde te llevarían las oraciones, a dónde irías entre los bosques de párrafos y parágrafos. Encontrabas la luz de la idea al fin del bosque, es decir, al fin de las horas de trabajo. A veces no la encontrabas y seguías caminando. Yo te entendía porque he hecho lo mismo entre las tizas coloreadas y los lápices rojos, con mis trazos de yesos negros sobre fondo azul. Tú me enseñaste lo que es un apunte, ese toque ligero y apenas esbozado con pluma o con lápiz pinchando el globo de la idea en el aire y bajándola hasta el suelo del papel. Eso es un apunte, me explicabas. Hay que estar muy atento a las ideas, hija, me decías, y fijarlas enseguida con la disciplina, que ella es también creación. Hay que trabajar la imaginación sobre un horario, pulir, barnizar, extender bien, suavemente, la imaginación sobre el papel. Papel verjurado blanco. Papel teñido a verde claro. Papel de color agarbanzado. Papel grueso color beige. Papeles. Hojas. Cartapacios. Cartulinas. El papel recibía toques de tiza blanca para luces, aguardaba la profundidad y la perspectiva, era encendido por los colores, pero sobre todo aguardaba el trabajo. Había que arar sobre un papel árido, arar en un día soleado o lluvioso, con buen o con mal humor, arar, siempre arar. Tú sembrabas tus escritos con verbos y sustantivos y yo con trazos nítidos; tú podabas adjetivos y yo sombras, así siempre nos comprendimos. El despojamiento, papá, la desnudez, la soledad. Nos sentábamos en un sofá, ¿recuerdas?, bajo un gran dibujo académico. Nos rodeaba el blanco de plata de la tarde, un amarillo de árboles y el verde esmeralda de los bancos del parque. Oíamos jugar a unos niños en el jardín. Entonces charlábamos. Yo te hablaba de lápices y acuarelas y tú me hablabas de poesía, tú me hablabas de anécdotas y yo te hablaba de mis minas de plomo y de mis carboncillos. Nos reíamos, sí, nos reíamos y lo pasábamos muy bien».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen: retrato de mujer.-Henri Matisse.-1920.-Andrew Weiss Gallery.-  Beverly Hilss, USA -artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (1)

mujer dos.-228811.-foto por Douglas Brothers.-1994.-Stephen Trother Fine Arts.-phosogrape artnet«Papá. He puesto ya los vasos, los cubiertos, los platos. He alisado el mantel. Los vasos son azules, la vajilla es azul, los pájaros que bordean estos platos pintan de azul mi infancia, cuando yo era muy niña, cuando ante mi capricho inapetente mi madre decía: «vamos a quitarle esa sopa al pajarito», y a la siguiente cucharada, «y ahora vamos a limpiarle las alas». Y yo comía. «Y ahora el pico». Y yo volvía a comer. «Y esto que le ha quedado en la cola». Y yo abría la boca mirando al pájaro que se iba sacudiendo la sopa de las alas y me miraba comer. Cuando me negaba en redondo, mi madre bailaba en la cocina con el plato en la mano; los domingos, mi madre descansaba en una silla y miraba el teatro de mi padre, el ir y venir del plato en el aire, el vuelo del pájaro en la vajilla azul. Mi padre, mi mago. Siempre lo tuve como mi encantador particular. La magia de mi padre se arrodillaba en el vestíbulo, me recibía con ojos pícaros, yo perseguía a aquellos ojos por el pasillo y él me esperaba en el cuarto de dormir para hacerme un muñeco con la almohada y que la almohada hablase. La almohada se erguía furibunda e increpaba al espejo: «¿Por qué tenemos que dormir, eh? ¿Por qué?. Y la almohada hacía temblar sus plumas y retorciéndose boca abajo, cambiaba de voz y respondía muy ronca: «Sencillamente, espejo, ¡porque ha llegado la hora de dormir!.

Yo me dormía entonces, me dejaba caer hacia un lado obedeciendo a la orden de la almohada, la orden del muñeco, la orden de mi padre. Me duermo ahora como entonces, de pie sin embargo, mientras voy colocando derechos los pájaros de los platos para la comida, mientras igualo los vasos azules, mientras aliso el mantel. Ni una arruga. La luz de las dos menos cuarto de la tarde entra por la ventana del comedor y toca con el dedo el brillo de este hilo dorado. Yo toco el brillo de la luz y como una mágica varita reaparece el año en que pinté este mantel de oro. Tarde de mi Primera Comunión. Estamos mis padres, mis primas, mis amigos. Estamos ahí todos, jugando entre las sillas, yendo y viniendo del cuarto de baño, empujando a las amigas del colegio, estirando mi velo de novia-niña, un velo arrugado ya, cansado de tanta merienda. Me han hecho fotos en la terraza, he venido desde el colegio con los pies cansados, me han hecho fotos en el colegio, ahora me quito los zapatos blancos en una esquina de la terraza. Estoy rendida de tanta ceremonia. Si pudiera me pondría a pintar. Me voy descalza, decidida, por las habitaciones, en medio de las conversaciones y de los invitados. He decidido pintar. Nunca se sabrá lo que es un niño. Cojo de mi cuarto la caja de pinturas, los frascos, los pequeños pinceles y vuelvo a este comedor donde prosiguen las palabras. Apoyada en una esquina de la mesa, vestida de Primera Comunión, apartando tazas de chocolate y tartas sin acabar, tomo el amarillo y el ocre, los colores calientes de este rayo de sol que es el hilo en el mantel de mis padres. He hecho el silencio en mí misma. Siempre he conseguido este hueco, hago el vacío, me voy. Cuando fui mayor, me vi en los cuadros de Klimt como estoy ahora, en esa escena de mi Primera Comunión, el pelo intensamente rubio, la cabeza siempre doblada contra el papel de la vida, los ojos sesgados mirando el día, yo besando la tarde y la tarde besándome a mí. Tomo el amarillo, el ocre, el mosaico de los topacios y de las amatistas, el largo cuello de las huidas melancólicas por donde me escaparé. Siempre me he escapado de la realidad. A veces me he quedado tan absorta en medio de una conversación que me han llamado la atención porque la vida se quemaba y el plato ardía. He reaccionado abandonando mis soledades aguamarinas y volviendo a entrar en la cocina para ayudar a mi madre. Ella me enseñó a cocinar. La concreción de los detalles me ha salvado. Picar la cebolla muy fina. Poner el aceite a calentar. Echar en el aceite caliente  la cebolla y el diente de ajo picados. Refreir hasta que la cebolla se ponga transparente. Esperar. Atender. Agregar harina. Ahora pones, hija, la ramita de perejil y añades un vaso de agua fría mientras yo voy cociendo la merluza. Sacudo constantemente la cacerola de barro duante 15 minutos. Espero. Atiendo. Las rodajas de esperanza a la vasca se van cociendo mientras muevo con cuidado la cacerola sujetándola con un agarrador 15 minutos. Espolvoreo el perejil picado, reparto bien los guisantes, añado los espárragos y el huevo picado. Faltan aún 5 minutos más: debe calentarse. Prueba esta salsa, hija, mira a ver si le hace falta más sal. Ya está. Voy al espejo del cuarto de baño, me arreglo el pelo. Doy otro vistazo al comedor. Todo preparado. Ya sólo falta que venga papá».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea»  (relato inédito)

(Imagen.-«Tilda Swindon».-1994.-foto Douglas Brothers.-Stephen Strother Fine Arts.- Frankfurt-artnet)

EL OPOSITOR

libros.-QQ8.-foto por André Kertész.-1928.- Edwynn Houk Gallery.-pjotography.-artnet«Al ver al opositor delante de él, ante su mesita, recostado como se veía en el respaldo de uno de los cinco sillones del Tribunal, al verse a sí mismo allí sentado, con las manos saliendo de los puños blancos de su camisa, al moverse hacia el Catedrático Presidente del Tribunal, hacia los labios entreabiertos del Presidente a su lado, erguido, que seguía atento la intervención del joven opositor a la derecha, un hombre solitario que exponía los argumentos de su lección, se dio cuenta de que su vida a veces estaba allí, en horas de escucha en silencio entre vasos de agua, tomando notas, hojeando publicaciones, girando largos ratos hacia la derecha, hacia el opositor de turno, para inclinarse despacio hacia su izquierda, cuchicheando algo a su compañero de Tribunal, un vaivén muy lento de la derecha hacia la izquierda, atención a quien habla, paciencia, leve curiosidad, monotonía, algo más de curiosidad, nueva caída en la monotonía, los puños de las mangas rozando los proyectos docentes y los programas, ahora hablaba el joven opositor y apoyaba su intervención en palabras, Mi lección consta, los motivos que me guían a explicar aquí, palabras, citas, vueltas, recovecos, pliegues, Ya que con la segura confianza en este Tribunal, mi aportación no intenta sino desentrañar, palabras, pausas, sorbos de agua, pausas, palabras, palabras. Todo estaba allí, en escuchar lo que decían las palabras, lo que ellas escondían, palabras que revelaban ideas, hojarasca de palabras que tapaban el camino de la sabiduría, ¿qué se sabía?, ¿cuánto se sabía?, Porque mi concepción del tema no es otra que la que, aunque las aportaciones extranjeras en este punto, yo no sabría decir sin embargo, porque la corriente clásica marca aquí un hito, palabras que rodeaban la espuma de la boca reseca y el bedel entraba a sussurrarle un recado al Secretario, palabras con ojos devorados de insomnios, blancas palabras recortadas en fichas, clasificadas en archivos, suelas de palabras recitadas de un lado a otro de una habitación, temas al aire, palabras, palabras en vigilias, delgadez de palabras, rodillas de palabras prensadas contra pupitres de bibliotecas, Que yo divido ahora en seis apartados y sin ánimo de, aunque en su día la lección magistral, pero ha de tenerse en cuenta que la bibliografía, Y lo que estoy intentando ante este Tribunal, horas amarillas, años, soledad, vaivén de piernas, codos, columna vertebral, espinazo, Por lo que voy a ir resumiendo este primer ejercicio puesto que el tiempo de que dispongo…Y luego las vueltas lentas hacia la izquierda, comentando un aspecto al oído del colega, murmullo de matiz, recortándose la oreja del compañero que escucha, luego la tos del Presidente, voz del opositor, Voy entonces a ser muy breve para no cansar a este Tribunal, lo que he sintetizado en mi intervención, Mi deseo es haber acertado a, palabras del joven solitario, palabras sudorosas y lívidas, a punto de llegar desvanecidas a la Pausa primera, oasis de pausa líquida de agua, mano arrastrada hacia el vaso, palabras que tantean, balbucean ansiando descanso, Por lo que doy las gracias a la atención y a la amabilidad de este Tribunal, y el tono del Presidente pisando en el silencio: «Muchas gracias. Este Tribunal ha decidido que el siguiente ejercicio tenga lugar mañana a la cuatro»

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (fragmentos de un relato inédito)

(Imagen: Biblioteque.-París.-1928  foto por André Kertész.–Edwynnn Houk Gallery.-artnet)