UNAMUNO, GLORIAS Y SERVIDUMBRES DEL PERIODISMO

«Cuando Unamuno cumplió los 60 años confesó que había publicado 4.000 artículos en la prensa. Ese quehacer le acompañaría toda su vida. El Noticiero Bilbaíno, Las Noticias de Barcelona, Hojas Libres, El Liberal, El Mercantil Valenciano, Vida Nueva, La Estafeta, Diario del Comercio, España, de Buenos Aires, Hispania, de Londres, La Nación y muchos otros más fueron altavoces de sus ideas. Como ha recordado María Cruz Seoane, las dos razones fundamentales que llevan a los escritores al periódico en esa época ‑de1898 a 1936, la edad dorada del periodismo literario, o de la literatura en el periódico‑ son la económica y el deseo de tener éxito, de darse a conocer. Para la inmensa mayoría de escritores, la colaboración periodística suponía una fuente de ingresos complementaria o imprescindible; Unamuno decía que aunque él y sus hijos no comían de las colaboraciones, sí cenaban de ellas. Él escribía más de 25 ó 30 artículos al mes, de7 a 9 por semana como asiduo colaborador de al menos 15 diarios y revistas. “Hay un número de artículos de diario o revista ‑le escribía a Ortega‑ que me obligan a hacer ineludibles necesidades de padre de familia. Pero no me pesa. Ello me obliga a pensar, un poco al día, pero en público. Una pluma en la mano es mi mejor excitante.

Esa avalancha de colaboraciones, las cataratas de artículos escritos para poder vivir no sólo oprimían a Unamuno. También Maeztu confesaba en una carta: “No le exagero si le digo que me dejaría cortar las dos piernas si pudiese disponer de dos horas más de atención concentrada al día. Los periódicos me están comiendo vivo, literalmente” Y Gómez de la Serna proclamaba a su vez: “El literato aquí, por mucho que trabaje, tiene que cubrir sus gastos de primero de mes con el sueldo periodístico, y después sufragar cada semana con los artículos de las revistas acogedoras y salvadoras”.

Pero además de las exigencias económicas ‑como le sucede hoy a muchos escritores‑ había ese deseo lógico de verse en la prensa ‑(hoy añadiríamos en los medios, es decir de estar vivo)‑, esa necesidad de situarse en la primera fila de los periódicos de entonces. El libro siempre ha sido laborioso y el periodismo instantáneo y efímero. Y también el periodismo ‑mal o bien‑ siempre ha sabido pagar con cierta puntualidad y frecuencia. El libro, no. A Valle Inclán, que colaboró en El Imparcial con una serie de artículos, le habían pagado en El Sol por Divinas Palabras trescientas pesetas y le sugirieron que pidiera por La corte de los milagros en La Nación de Buenos Aires dos mil pesos, algo que ninguno de sus libros le había dado. “Todos los escritores españoles contemporáneos ‑comentaba ante todo esto José María Salaverría afluyen actualmente al periodismo. La fatalidad de los tiempos ordena que el periódico devore al libro, y que, mientras el libro concede cada día  menos la posibilidad de una flaca ganancia, el periódico pague, si no precisamente estipendios fastuosos, por lo menos cantidades decorosas y al contado. Otorga también al contado el éxito. Estamos en el momento de la ‘civilización periodística’ y la literatura, es claro, ha tenido que rendirse a la fatalidad. Todos los escritores españoles, con sus cuartillas bajo el brazo, tienen que desfilar ante las mesas directivas de los diarios.”

Pero existe lógicamente un tercer motivo ‑además del del dinero y el de la presencia‑ para publicar artículos en la prensa. Se trata, como apunta Seoane, del deseo por realizar una labor cultural o política eficaz, es decir, de proponer o aportar en la plazuela del periódico ‑y así lo decía Ortega‑ la aristocracia de las ideas. Esas ideas en Unamuno pueden resumirse así: desde su primer artículo en la Hoja Literaria de El Noticiero Bilbaíno en 1879 le preocupa la unión del pueblo vasco para reunir fuerzas y salvar la paz; a esas preocupaciones vascas, enfocadas sobre todo desde la función social, hay que añadir el tema de la envidia cainita de una parte y el del peso de la lengua y sus valores de otra. Dos cuestiones completamente distintas. El ser de España, el alma de España, la casta y el casticismo, la estética, la filosofía y su personal visión de la espiritualidad, acompañarían como motivo a sus artículos toda su vida. Si a ello añadimos su atracción por el paisaje ‑por todo paisaje de la geografía española, pero sobre todo por el paisaje de Vasconia y de Castilla, e incluso ante estos paisajes y preocupaciones viajeras por las notas que le acercan al costumbrismo del XIX ‑tendremos sintetizadas las principales ideas de Unamuno que él desgranó en los periódicos hasta su muerte, en 1936. Desde su sosiego como Rector en Salamanca en 1901 las páginas de los periódicos le ofrecen tribuna para declamar en sus artículos todo lo que él piensa. Esos “apuntes preparatorios”, como él los llamaba, esos “cartones de estudio para un cuadro” ‑(de esta forma calificaba a sus artículos)‑ son los que Don Miguel iba entregando casi diariamente a la prensa. La asiduidad y el apremio no incidían en su calidad. Acaso esa forma de acercarse a los temas, ‑el pergeñar bocetos y esbozos y no caer al redactar artículos en lo que (robándole nosotros la expresión a Foxá) supondría escribir bajo el peso de la gravedad y de la púrpura‑ beneficiaba sin duda a sus colaboraciones. Ese “menester tan menesteroso” de su trabajo en la prensa daba pie, poco a poco, a transformar sus “cartones para un cuadro” en cuadros definitivos para un libro, es decir, en “cuadros con unidad y colorido”. De ahí nacen, por ejemplo, Por tierras de Portugal y de España, Andanzas y visiones españolas, Paisajes del alma, De mi país, y tantos otros.

Pero hay algo en la concepción del artículo en Unamuno digno también de reseñarse brevemente. En una dirección que algo nos puede recordar el fervor por las “cosas pequeñas” que tenía Azorín, cabe destacar el título Ansia de cosas pequeñas publicado en Las Noticias de Barcelona. Ahí Don Miguel defiende por qué él ha preferido siempre el artículo periodístico como vehículo de opinión: “Trabajos hay ‑dice‑ en que ponemos reflexión y ahínco, amontonando notas, tomando apuntes, revisando y volviendo a revisar las cuartillas. Y sin embargo, no reflejan nuestro espíritu tan bien como aquello otro que a la buena de Dios fluye (…) ¡Quién sabe si esta labor al parecer pequeña, desparramada, si esta intermitente cháchara no será lo que de más eficacia deje uno!”. Y en 1905 apuntaba: “Y así en vez de recogerse en uno a meditar sus propias concepciones y las ideas que parecen de otros, y organizarlas y tramar una obra orgánica completa, se apresura a echar fuera lo que se le vaya ocurriendo. Y hasta los libros hacen el efecto de ser colecciones de artículos de periódicos (…) Hay que escribir no para salir del paso, sino para entrar en la queda.

Singular defensa del artículo periodístico, de su espontaneidad, de su frescura. Los “apuntes preparatorios” y los “cartones de estudio para un cuadro” suponen en Unamuno un reflejo de la fragmentación que todo artículo aporta a un conjunto. Él está más cómodo volcándose en cada fragmento, que ya cada fragmento se articulará en una composición definitiva».

(J.J. Perlado: «El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes«.-págs 55- 58)

(pequeño apunte al iniciarse la celebración del  Año Unamuno)

(Imágenes:- 1.-Unamuno en su despacho/ 2.-Unamuno antes de pronunciar un discurso en el Ateneo de Madrid, en 1922.-Ateneo de Madrid/ 3. retrato de Unamuno por José Gutiérrez Solana/4.- Unamuno, por Ramòn de Zubiaurre, retrato expuesto en 1913/5.-retrato de Unamuno por Daniel Vázquez Díaz.-unamuno usual/6.-retrato de Unamuno por Sorolla.-1920.-museobilbao)

PUDRICIÓN Y SALVACIÓN DE LAS ALMAS

Copio aquí la reseña crítica – firmada por Juan Pedro Quiñonero – que acaba de publicarse en la Revista TURIA, y que yo tanto le agradezco:

«PUDRICIÓN Y  SALVACIÓN DE LAS ALMAS»

«La cultura, la sociedad, la vida en común, amenazadas por la destrucción de la lengua. La familia, amenazada por el sabotaje moral, social, político, cultural, incluso económico, de sus antiguos principios. La identidad humana, amenazada por el hundimiento de todos los valores…

¿Cómo salvar, si salvar se puede, ese naufragio de todo cuanto fundó y justificó nuestra vida en común…?

De tal cuestión habla, sin hablar, en escorzo, la última novela de José Julio Perlado, Mi abuelo, el Premio Nobel, de la que ya tenían noticia los lectores de su blog, MI SIGLO.

Lo hace de la manera más simple, honrada, comprensible y noble: con las palabras sencillas de un nieto que nos cuenta la vida y milagros de un abuelo, Dante Darnius, trasnsmitiéndole el misterio más alto, el de los dones de la palabra, construyendo mundos imaginarios que salvan, redimen y refutan el nuestro, minado por la podredumbre espiritual, la confusión de las lenguas, la glorificación de la indiferencia inmoral, la tiranía de la palabra que todo lo niega en nombre de la nada y la adoración de la nada, los distintos rostros del Mal y el Demonio en la obra de Thomas Merton y el segundo Fausto de Goethe.

En la primera parte de su relato, el nieto de Dante Darnius nos cuenta viejas historias familiares… El abuelo no solo era el patriarca de la familia. También era el ser histórico, familiar, mítico, que había transmitido la vida y el don de la palabra, las artes de la memoria y la imaginación.

Tales artes, en el relato de José Julio Perlado, no son frutos retóricos destinados a construir arquitecturas artificiales. La «retórica» desaparece para mejor nombrar cosas sencillas, que todavía unen a algunas familias, a la hora de compartir el pan y el vino en la más íntima comunión de las almas, los seres humanos.

El narrador de Mi abuelo... desaparece como «artista» de la «retórica», para mejor expresar lo que solo se expresa con humildad y sencillez: lo bueno, lo bello y lo justo están muy alejados del campo de minas de la retórica endemoniada que pudre nuestras sociedades. El narrador de Mi abuelo... se limita a recordar, con limpieza, los instantes de gloria que fundaron su familia y justificaron su vida y la vida de su abuelo.

«Muchos años después…», en el tiempo mítico del relato, el narrador, que no es Dante Darnius y quizá no sea su nieto, ha conquistado definitivamente su territorio más íntimo, el de las palabras al fin restauradas en su pureza original. Y puede deslumbrarnos con la luz de su tiempo recobrado: en las páginas en blanco de los viejos relatos por escribir ha florecido una prosa tersa y limpia, donde la memoria del autor y la construcción de su alma – indisociable de la construcción de su familia – se confunden en el devenir del texto.

Dante Darnius legó a su nieto – y ambos personajes quizá sean solo uno: rostros que iluminan el rostro íntimo de José Julio Perlado – un don único… el don de una pureza rayana en el silencio iluninado de los místicos. Y el nieto nos entrega a sus lectores los frutos de aquella siembra que se confunde con la revelación de la lengua, la palabra, la escritura. Que son palabras de todos: de ahí su tarea cívica, sembrando con su libro la esperanza de unas almas más limpias, crecidas en la comunión de esa fe».

(Juan Pedro Quiñonero.-Revista TURIA.-número 100.-noviembre 2011- febrero 2012.-págs 400-401)

José Julio Perlado, Mi abuelo, el Premio Nobel, Madrid, Funambulista, 2011

(Imagen_ Toni DeMuro…illustrations.-quiring)

EL QUE DEBE ( O NO DEBE ) MORIR

Esta imagen de Eddie Adams siempre me ha impresionado. Data del 1 de febrero de 1968 y fue merecedora del Premio Pulitzer en 1969. El hombre que tiene la pistola en la mano es el general Nguyen Ngoc Loan, de la policía survietnamita, y a quien apunta es a un prisionero del Vietcong, segundos antes de ser ejecutado.

Dieciseis años después (cambiando ligeramente la forma de esta imagen pero en absoluto su esencia) escribí en mi novela – «Contramuerte» ( Ediciones B, 1984) -, el diálogo que uno de mis personajes, el profesor Bruno Vial, mantenía  con el protagonista del libro, que así lo relataba:

«No sé en dónde, en alguna parte del cuarto, en sus rodillas, en las mías, o tal vez en la mesa camilla, permanecía abierto el periódico de la mañana con la imagen a que he aludido – y que ahora tengo ante mí -: aquel sombrío fusilamiento en Saigón.

Bruno Vial, cambiando de improviso de tema, como arrebatado de repente por aquella fotografía, la acercó hasta sus lentes de miope tal y como solía hacer, es decir, casi rozando con las gafas el papel y recorriendo con enorme atención la epidermis de todo cuanto veía o leia. Pasó inesperadamente la página hacia atrás. Era el retrato del mismo hombre pero aún sin ejecutar. Sus rasgos descompuestos en primer plano parecían preguntar sin pronunciar palabra, interrogaciòn cubierta por una venda negra cubriéndole los ojos, otra tira de tela estrecha apretándole la boca con tal fuerza que se incrustaba en ella, haciéndole mascar obligatoriamente con los dientes aquella mordaza. Vial daba la impresión de haberse desentendido de mí y sus gruesos cristales se concentraban en aquella imagen como si la palparan con la frialdad del vidrio, pero también la fueran quemando y absorbiendo con el calor de las pupilas al otro lado de los lentes.

– ¿Ha visto? ¿Ha visto usted esto?.- pronunció absorto, sin levantar su cabeza hundida.

No quise pronunciar palabra alguna por no delatarme. Y miré, me acerqué más a Vial, y miré aquella fotografía.

– Este hombre al que se le acaba de decir que va a morir en los próximos minutos – murmuró el profesor como si hablara consigo mismo -, no ha muerto nunca. No sabe qué es morir. (…) Pienso que si antes hubiera muerto este hombre alguna vez – dijo de pronto Vial -, igual que muchas veces ha tenido que sufrir, amar y fracasar, como ha tenido oportunidad de llorar y de reir y de realizar todos los actos de la vida, este rostro que casi no puede verse, tendría ahora una expresión distinta, impensable para mí – prosiguió el profesor lentamente -; para mí -repitió -, para él y para el resto.

Sus gafas le seguían rozando para  observarlo bien.

– Pero este hombre – dijo Vial sin dejar de mirarlo -, como todos los seres, va a morir – esperó – ¿lo ve?, va a morir por primera y última vez – ahora hablaba muy lentamente – No conoce su muerte. Ni siquiera conoce la muerte, sino por cuantas muertes (no suyas), ha llegado él a ser testigo.

Al borde de la página, en otra ilustraciòn, aparecia semiborroso el mismo patio y el condenado, al fondo, sujeto ya, apuntándole.

– Y este grupo de hombres – prosiguió el profesor igual que si palpara los escondrijos de aquella fotografías -, todos los hombres del mundo menos él, aquellos que le van a ejecutar, y quien dará la orden – hizo una pausa -, así como los millares de millones de ojos que estamos observándole a través de la prensa – no levantó la cabeza -: es decir, todos los que no somos él y le contemplamos -gafas y periódico eran casi una misma cosa -, nada sabemos tampoco del morir – guardó silencio -. Es esta «una muerte más» -hablaba con enorme lentitud -, estampido, fogonazo, caída: inmovivildad perpetua – aguardó -, pero no es la esencia de la muerte.

Por primera vez el profesor irguió un poco sus lentes y, dejando el periódico abierto entre los dos pero sin atenderme, miró ( o yo creí que miraba) hacia un punto indefinido de la habitación: como continuando el soliloquio.

– ¿Quién puede comprender tal esencia?

Era como si se interrogara a sí mismo y hablara en un aula extraña, que respetase su pregunta y su indagación.

– Únicamente aquellos que ya han muerto, suponiendo que la conserven consigo tal y como en vida se guardan esencias y vivencias.

Estaba absolutamente concentrado.

– Ninguno de los que han muerto, ha revelado sin embargo esa esencia al resto.- Una pausa – ¿La conservan? -nueva pausa – ¿Guardan los muertos esa lección única de su propio morir? – movió ligeramente la cabeza: yo estaba seguro de que él se sentía solo en la habitación -. Nada se sabe – dijo con tremenda lentitud -. Nada se comunica a los hombres con vida.

Yo creí que iba a proseguir, pero de improviso volvió a la imagen del periódico.

– Por ello, estas miradas y sentimientos, las reacciones escondidas que contemplamos, esa «muerte del otro» – se quedó clavado ante la fotografía del condenado oriental – ¿qué aportan en el fondo de sí y definitivamente?  – ya su mente parecía disparar desencadenadamente las preguntas, igual que si ametrallase a aquel hombre -. ¿Cómo definir certeramente lo que sentimos en la hondura, si este morir al que asistimos es «uno más», y nunca es el «nuestro»?».

Contramuerte«, págs 42-44)

Sí, siempre me ha impresionado esta fotografía.

El que debe ( o no debe ) morir.

Y por supuesto, nunca morir así.

(Imagen:- foto: Eddie Adams.-1 de febrero 1968.- Premio Pulitzer 1969)

BOSQUES, BIBLIOTECAS, PÁJAROS, DESPACHOS

Cada vez que atravieso estos bosques del norte de España, en Galicia, entre Villagarcía de Arousa y Caldas de Reis, me veo de nuevo sentado largas horas, hace años, escribiendo un libro, inclinado sobre el folio, dedicando numerosas mañanas a la creación. Durante años transformé mi automóvil en mi despacho y el silencio y los pájaros se alternaban al otro lado de la ventanilla, pájaros que picoteaban antes de asomarse al papel, plumas y picos curiosos por saber qué escribía, sorprendidos ante el habitante desconocido.

Cada vez que atravieso también las salas de la Biblioteca Nacional en Madrid, entre estanterías y retratos, me veo de nuevo sentado numerosas horas ante un pupitre, escribiendo libros, novelas y ensayos, los pájaros de las páginas pasan volando de una a otra hoja, algunos brillantes en el colorido de la imaginación, otros distrayéndome la fantasía con los movimientos de su cola, rumor apenas perceptible de sus patas rojas.

Vienen y van estos pájaros como en conferencia, como en el poema persa, hablando entre sí, vienen siguiendo al escritor, vienen y van entre ideas y  recuerdos que traen en el pico desde una sala a otra y desde uno a otro árbol. Como digo en mi última novela «Mi abuelo, el Premio Nobel» (Funambulista), «oigo muy de cerca este suave rasgueo de la pluma sobre el papel, y lo oigo tan de cerca que parecería que fuera yo mismo quien ahora escribo (…) Me asombro de esta profundidad de las imágenes, de cómo voy asomándome por encima de la espalda de Dante para leer lo que entonces él escribía y de cómo voy asomándome por encima de las líneas que escribo, al otro lado de la tapia de las letras, para ver lo que sucede en el bosque» (…)

«Era la primera vez que le ocurría aquello tan nítido, una visión total por la que él veía el bosque ahora todo entero, desde los diminutos ratones de campo hasta las puntas de las copas de los árboles, por la que él veía la ciudad toda entera, desde la densidad del tráfico y el ir y venir de las gentes aceleradas hasta lo alto de los cielos plomizos con cristales de contaminación y chimeneas y humos entre ruidos y plazas y ajetreos de quehaceres incesantes, pitidos, frenazos y luces intermitentes, insultos, sonrisas, encuentros y separaciones, edades que salían de los colegios, edades que entrelazaban sus manos, edades que se besaban en los labios, edades que se tomaban del brazo para cruzar las calles, edades que se sentaban en los bancos apoyados en la soledad, y en lo vertical y en lo horizontal de la ciudad él era mirado como un hombre entre todos los hombres, un hombre corriente entre todos los hombres y mujeres corrientes que iban espiando escaparates, dándose palmadas, estrechando manos, bajando de autobuses, saliendo del metro, taconeando, tosiendo, fumando, rompiendo de pronto en una carcajada, brilllando los ojos ante una sorpresa, tensos ante una llamada telefónica, conectados a pantallas, sentados en teclados, sentados en automóviles, sentados en restaurantes, vendiendo, comprando, intercambiando, negociando, haciendo transacciones, ofreciendo servicios, pasaban los taxis por encima y cruzaba el metro por debajo, a él se le veía andando y él era visto a la vez, él era contemplado y él contemplaba el mundo al mismo tiempo, pasaban los ruidos, los sonidos, los inventos, los avances del siglo y él pasaba entre elllos, él cruzaba aquel escenario igual que había cruzado el anterior con Dante, igual que había cruzado las gargantas angostas y los suelos descarnados de aquel bosque anaranjado y tostado de líquenes en los troncos y de zonas quemadas y matorrales, igual que había separado los tonos cenicientos y las ramas caídas para ver a sus hijos como padre con una mirada amorosa de corazón enternecido; así era mirado ahora él».

(Cuando están a punto de cumplirse los 300 años de la Biblioteca Nacional)

(Imágenes:- 1.-Nikolae Blei- mesteceni.-artpeka.ro/2.-National Geographic/3.-la conferencia de los pájaros.- ilustración del libro de poemas persas-Farid- ud Din Attar/4.-Ansel Adams.-invierno en el valle de Yosemite.-1933- 1934)

ELISABETH X

«Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma. Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de amoríos ni de hombres, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta

-¿Espera usted a que le pidan el billete? –le digo, procurando ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice.

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último jueves -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva  las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, me volví a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.

Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. Eso es imposible – y agrega sin dejar de mirarme -: Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y  sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

–         O sea, doctor – le interrumpo – ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted escuchó hace un año?

–         Sí. Exactamente.

–         ¿Esto le había pasado alguna vez?

–         No. Nunca. Nunca con una enferma.

–         Se encontraba usted, pues, reviviendo un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando…

–         Sí, naturalmente estaba soñando.

–         ¿Un sueño concretado en ese preciso momento o un sueño total? ¿Cómo lo podría definir? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

–         No lo sé…Creo que fue un sueño… También la visita a mi consulta de Elisabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa  visita nunca existió.

–         Y por supuesto, tampoco su viaje en tren…

–         No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

–         ¿Siempre sueña con el tren?

–         Sí, siempre es el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

–         ¿Viene siempre puntual?

–         Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos. Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

–         ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

–         Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ., colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se  dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X, aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco ( él también conoce que es un sueño ) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ, proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un  sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de la once treinta y cinco».

José Julio Perlado: (del libro de relatos «Elisabeth X»  de próxima aparición)

(Imágenes:-1.- Toni Frissell.-Lisa Fonsagrives.-Londres 1951/ 2.-Stanco Abadzic.-contemporaryworks.net/ 3.-j some.-estacaô de oriente.-wikipedia/4.  –Elliot Erwitt/5.-Holger Droste.-smashingpicture.com/6.- autor desconocido)

11 DE SEPTIEMBRE

Hace más de dos años – el 29 de junio de 2009 – publiqué en Mi Siglo «Ojo humano sobre el mal«. Hoy, a los diez años del tremendo atentado del 11 de septiembre, vuelvo a copiar aquí aquel artículo:

«Se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vidas en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas toda esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician, mucho menos las palabras impresas.

Pero las palabras impresas ‑primeras ediciones de periódicos‑ pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular[, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace sobre la pantalla. A este día de terror no le es suficiente el ojo televisado. Este ojo tendrá que salir de esta habitación de imágenes y buscar un periódico, detenerse, volver a rebuscar entre las líneas del periódico, ávida y tenazmente, intentando encontrar el secreto bajo la tierra de las palabras. Después lo hará en el libro. Aquí sí, aquí una palabra clave vale siempre más que mil imágenes saliendo del Vesubio de Nueva York, fantasmas de arena como esculturas de barbarie. Esas estatuas de arena que andan sobre los puentes con sus carteras de ejecutivo y sus pañuelos de ocasión escapan maquilladas del polvo del espanto como saliendo de Nínive. ¿Por qué marchan hieráticas y sobrecogidas? ¿Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? ¿Por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros. Durante siglos paces y odios entre civilizaciones se han prensado entre signos apretados que los copistas se pasaron unos a otros, que los lectores leyeron primero en voz alta y luego en la intimidad. Después la lectura cambió la intensidad y el silencio por la extensión y el afán de leer. Gran parte del mundo occidental leía en el siglo XIX. Luego, al entrar las imágenes en las habitaciones del siglo XX, al sentarse los hombres ante las pantallas y quedar extasiados por sombras y luces, el libro permaneció en otro cuarto y fue alejándose poco a poco al fondo del pasillo del esfuerzo y también del placer».

(José Julio Perlado: «El ojo y la palabra».- págs 11-13)

http://www.hbo.com/documentaries/beyond-9-11-portraits-of-resilience/index.html#/documentaries/beyond-9-11-portraits-of-resilience/index.html

(Imágenes: 1- vuelo 175 de United Airlines en dirección a la torre sur del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001.- foto The New York Times/ 2.-Nueva York, 11 de septiembre.- foto Eric O`Connell.-cortesía de HBO.-The New York Times)

UN MARTES EN MADRID

«Es difícil explicar la historia. El sol había salido de puntillas, rosado entre los tejados y rojizo en los aledaños de los barrios dormidos, y el sol se mantuvo y se paseó por el mundo, y quedó iluminada España hasta las veintiuna hora y veintidós minutos, y luego se marchó. Es difícil escribir la historia porque la luna, ese martes de mayo que contemplamos, salió también, como es lógico en ella, como jamás había fallado en su palabra, y fue la salida de la luna a la una horas y cuarenta y cuatro minutos cuando de su escondite surgió, y paseóse entre verdades y mentiras, en halos de nieblas, en un ser y no ser de deslumbramientos misteriosos, y se pondría la luna ese martes, pero de qué modo se pondría, acostóse o tal vez se esfumó, es que alguien sopló su globo blanquecino o ella misma, puntual más que avergonzada, se retiró en punto, a las diez horas y diez minutos, todo esto no es fácil de comprobar ni de predecir. En el área de Madrid, aunque nadie le hacía mucho caso, unas primeras camisas de manga corta por las calles, los inicios de ropa de primavera, colores vivos y blusas estampadas, algún jersey fino, la moda en fin, se había ya extendido aquella mañana, porque ya habían pasado las diez y media, las once, las doce, horas que pasan, se había extendido como estábamos diciendo un ambiente nuboso con ciertas posibilidades de tormenta, especialmente frecuentes en la zona de la sierra, pero de qué sierra se habla, es referencia quizá a la Sierra del Guadarrama o Somosierra, el triángulo de la comunidad

madrileña con su pico apuntando hacia Burgos bajaba manso, por su costado derecho rozando la extensión de Guadalajara, y también bajaba más tierno, algo quebradizo y saltarín, por los pueblos del costado izquierdo, dejando a un lado Segovia y Ávila. Vientos flojos o en calma llegaban hacia el área de Madrid y soplaban a la cigüeña tanto por Aranjuez como por San Martín de Valdeiglesias, al pato por Fuentidueña del Tajo y Brunete, al zorro lo mismo entre Chinchón y Alcalá de Henares que en la media y alta montaña, entre Buitrago y Villalba; vientos flojos eran acariciados por el águila cerca del río Lozoya y del Jarama, el gato montés era perseguido por los vientos hacia la altura de Torrelaguna, al nordeste, y el azor los recibía no lejos de la Pedriza, allí donde seguían caminando, incansables, los pensamientos de Jacinto Vergel, transformados en pasos, que ya había dado, sin él quererlo, doscientas dos vueltas al circular pasillo del sanatorio del doctor Jiménez.

No puede contarse bien la historia porque a esa misma hora en que el doctor Valdés ya había calmado algo a Luisa Baldomero, por los últimos reductos de la sierra norte de Madrid, allí, hacia el valle del Lozoya, hacia Cercedilla o hacia El Escorial, pinares y robledales extendían su vida y alzaban al aire su sudor, vida enhiesta de los árboles, mientras que por Navalcarnero, Pelayos de la Presa y Cadalso de los Vidrios, es decir, en la punta suroeste que se afilaba hacia extensiones de Toledo y Ávila, se concentraban, casi invisibles para el hombre, valiosa población de rapaces, así el águila imperial o el buitre negro y leonado, o bien ratoneros y milanos. En Madrid, en el centro mismo de la ciudad, la máxima temperatura iba a llegar ese martes hasta veintiún grados y la mísima bajaría a los nueve, buen clima, aire y aroma de mayo, un frente silencioso tendría que pasar durante esa jornada de oeste a este de la península y cruzaría por su mitad norte: los frentes, excepto los de guerra, y guerra felizmente no había ese día, ese mes, ni ese año en España, extienden sus suavidades sin alambradas ni fronteras, y las precipitaciones y lluvias dejan manar sus aguas desde los cántaros de las nubes. y así ocurriría ese día de mayo en distintas regiones españolas, aunque fueran de muy escasa cuantía en las proximidades del mar Mediterráneo y en cambio mojaran con moderada intensidad, aquí y allá la corteza del norte, por las brumosas tierras de Galicia«.

José Julio Perlado: (del libro «Ciudad en el espejo«) (novela inédita)

(Imágenes: 1.-cigüena.-wikipedia/ 2.-águila imperial.-elmundo es/3.-buitre leonado.-colomitas i escolomas)

SOBRE LA JUVENTUD

“Yo todos los años me quedo asombrado en la primera hora de la primera clase del curso universitario. Vienen ante mí todos los alumnos de todos los puntos del país y se posan como bandada de ideas y de cuestiones sentados en semicírculo, absortos ante las cuestiones e ideas que se les pueda plantear. Aún no han sido tocados por la sombra del escepticismo ni les ha caído encima una mota de aburrimiento. Están allí sentados, abierto su cuaderno virginal de ignorancias en espera del alimento que reciban. Y prácticamente todos ellos – aun sin formularla de manera explícita – guardan una pregunta escondida que no sé qué padre ni qué madre ni qué escuela les haya podido señalar y tampoco imagino en qué momento.

¿Qué es la verdad? ¿Y la bondad? ¿Y la ética? ¿Dónde está el bien en este mundo tan injusto? ¿ Y la belleza? Naturalmente esa briosa acometida que siempre es la juventud – generación tras generación – en su perpetuo anhelo de ir en busca de la felicidad, del bien, de la verdad y de la belleza toma un impulso ascendente que se mantendrá hasta ser tentado por los anzuelos de la utilidad o quedar fatigado por el cansancio. Entonces los caminos del ver se bifurcan -o a veces se entremezclan -, y unos ven únicamente la utilidad de las cosas y otros tan sólo la belleza. De cualquier forma, ese empuje continuo de la juventud por remontar las fuentes siempre me ha dejado asombrado y uno procura, en su pequeña medida, responder alentando y manteniendo cada vez más vivo ese entusiasmo por el asombro”.

«Recuerdo las frases de Kafka paseando por Praga con su amigo Janouch. Decía Kafka: «La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza. Es al perder esta capacidad cuando comienza el penoso envejecimiento, la decadencia, la infelicidad». Janouch le preguntó: «¿Entonces la vejez excluye toda posibilidad de felicidad?»  Y Kafka respondió: «No. La felicidad excluye a la vejez. Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece«.

(J.J. Perlado: «Diálogos con la cultura», págs 316-317)

(Publicado este texto en Mi Siglo hace tres años, lo recupero hoy nuevamente porque es lo que siempre pienso sobre la juventud)

(Imagen: Marc Chagall.- Lunaria.-1967.- colección privada)

UNAS PALABRAS SOBRE DANTE DARNIUS

Con satisfacción y sobre todo con enorme agradecimiento, copio del excelente blog de Juan Pedro Quiñonero, «Una temporada en el Infierno« lo que hoy escribe sobre mi último libro:

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Portrait of a Boy Reading, de Edmund C. Tarbell, 1913.

«Si el ruido y la pudrición de las palabras -víctimas de muy diversas infecciones cancerosas- son enfermedades mortales para las almas de los seres humanos y la cohesión social de los pueblos [Peter Handke disecciona las crisis de España y Europa], la poda, limpia y salvación de las palabras amenazadas y en cuarentena quizá sea una tarea cívica muy urgente.

[ .. ]

No es otra la tarea del último libro de José Julio PerladoMi abuelo, el Premio Nobel (Funambulista), del que ya tenían noticia los lectores de Mi siglo.

Su nieto acomete la tarea de rescatar el legado de Dante Darnius, cuya obra se confunde con su vida: su don de la palabra le “impide” escribir las maravillosas creaciones de su imaginación. Pero bien saben sus próximos, su familia, que su palabra todo lo viste con luminosos colores virginales.

Muchos años después…”, en el tiempo mítico del relato, el narrador, que no es Dante Darnius y quizá no sea su nieto, ha conquistado definitivamente su territorio más íntimo, el de las palabras al fin restauradas en su pureza original. Y puede deslumbrarnos con la luz de su tiempo recobrado: en  las páginas en blanco de los viejos relatos por escribir ha florecido una prosa tersa y limpia, donde la memoria del autor y la construcción de su alma -indisociable de la construcción de su familia- se confunden en el devenir del texto.

Dante Darnius legó a su nieto -y ambos personajes quizá sean solo uno: rostros que iluminan el rostro íntimo de José Julio Perlado– un don único… el don de una pureza rayana en el silencio iluminado de los místicos. Y el nieto nos entrega a sus lectores los frutos de aquella siembra que se confunde con la revelación de la lengua, la palabra, la escritura. Que son palabras de todos: de ahí su tarea cívica, sembrando con su libro la esperanza de unas almas más limpias, crecidas en la comunión de esa fe».

[ .. 11f26 Novela José Julio Perlado

ACOMPAÑANDO AL LIBRO

Para ir a la Feria del Libro de Madrid, Yasue, la dama del color de las cerezas precoces – uno de los personajes de mi última novela «Mi abuelo, el Premio Nobel» (Editorial Funambulista)  -» lleva días encerrada misteriosamente en su cuarto arreglando su tocado y preparándose para la ceremonia. Amenuhka me ha susurrado lo que a hurtadillas le ha visto hacer a la japonesa: Yasue – me dice mi prima –  ha extendido sus largos cabellos brillantes e inmensamente largos, los ha separado por la mitad y los ha hecho caer libremente sobre sus espaldas en grandes cascadas negras; luego los ha teñido suavemente de una tenue tintura violeta, los ha envuelto en perfume de naranja sutil y los ha cubierto con ramitas de hojas más o menos teñidas de rojo para recogerlos en torno a su cara blanca. Después Yasue – me sigue contando Amenuhka – ha estado dudando entre un gris pálido y un color crepúsculo para una de sus túnicas; se ha pintado sus párpados melancólicos, se ha probado un vestido de dibujos de glicinas, lo ha cambiado por otro de envoltura de bambú simulando nata, ha abierto las dos lunas de su espejo y ha metido sus brazos en dos mangas de amarillo gardenia con guantes color algas. Luego Yasue ha vuelto a quitarse los guantes y ha bañado la delicadeza de sus manos en olor a membrillo y a manzana y ha pasado el pincel sobre sus cejas depiladas; se ha probado unos diminutos zapatos color jade, se ha apartado de la frente una nube errante y ha vuelto a cambiar esos zapatos por otros color hierba seca del jardín. Más tarde se ha probado una túnica color arco iris barriendo el sol y al fin se ha decidido por un quimono de dibujo de tela de araña en oro con mangas de seda damasquinada.

-¿Todo eso? – le digo a Amunhka.

– Sí. Luego ha tomado unas ramas de crisantemos a punto de florecer y ha dado tres pasos adelante y tres pasos atrás ante el espejo para verse bien». («Mi abuelo, el Premio Nobel«, páginas 116-117)

Así piensa ir Yasue, uno de los personajes de mi novela, a la Feria del Libro, donde en la caseta 321 firmaré ejemplares el domingo 12 de junio de 6 a 9 de la tarde.

«MI ABUELO, EL PREMIO NOBEL»

La publicación de un nuevo libro siempre es una fiesta para el autor – y supongo que también para los lectores. Aparece hoy mi novela «Mi abuelo, el Premio Nobel» (Editorial Funambulista) que supone el octavo de mis libros. Muchas de estas páginas se han podido leer antes en Mi Siglo – con el título provisional de «Nosotros, los Darnius«- , pero el conjunto de la historia completa está ahora aquí, en este volumen, narrando la vida, las aventuras y la imaginación del escritor Dante Darnius, el escritor que no puede escribir. Como reza la contraportada del libro, «contada por su nieto, en esta novela se narra la increíble historia del escritor Dante Darnius, incapaz de llevar sus creaciones al papel pero invadido siempre por prodigiosas ideas y maravillosas historias que cuenta a su familia conforme se le van ocurriendo. La potencia de su imaginación y su capacidad creadora no pasará inadvertida en Estocolmo, y se le concederá el Premio Nobel de Literatura al escritor que no ha escrito nunca nada pero que todo lo lleva en la cabeza, una mente repleta de historias y asombrosas fabulaciones«.

Siempre se dice que los escritores tenemos devoción por ciertos personajes y en este caso es verdad. Dante Darnius no esconde el «miedo escénico» oculto en todo creador y a la vez expone cuanto en su imaginación le bulle constantemente.

«¿ Es difícil escribir, Dante? – le interroga con curiosidad su nieto.

– Sí, sí que es difícil…

– ¿Pero qué es más dificil, pensar una historia o llevarla al papel?

-Las dos cosas. Yo, como no he llevado casi nada al papel, no sé si eso es difícil. Para mí es dificilísimo. Pero también es muy complicado crear una historia«.

Y en otro momento del libro Dante se confiesa:

«-A un escritor no hay nada que reconocerle. Es un oficio más, una tarea más. ¿Es que hay que reconocer todos los oficios? ¿Es que los demás oficios se reconocen?.»

Quiero agradecer desde aquí muy de verdad a la Editorial Funambulista el esmero y la calidad que ha puesto en esta edición tan cuidada en todos los detalles.

«Mi abuelo, el Premio Nobel» estará en todas las librerías dentro de dos semanas. En estos momentos se encuentra solamente en la Feria del Libro de Madrid, y como los escritores debemos acompañar a nuestras criaturas, allí firmaré ejemplares diversos días, entre ellos el domingo 29 de mayo por la tarde, en la caseta 321.

PAISAJE URBANO

«Largas calles sin rostro.

Hay cuerpos jadeantes

que parecen buscar

algo desonocido.

Van en serie empeñados

en ser iguales todos,

en fundirse en un solo

deambular con prisas.

¿Hacia qué? ¿Para qué?

¿Es estar en la luna

pisar este desierto

de hombres y edificios?

No hay oasis frondosos

donde la sed se apague.

Amar, correr, pasar

de un desamor a otro,

de soledades solas

a la atroz soledad

compartida entre varios.

¿Si lo arrasamos todo

quedará la semilla

de una ciudad de ensueño?»

Ernestina de Champourcín: – «Paisaje urbano«.-» La pared transparente» (1984)

(Imágenes: 1.- Michael Magill.- photographersgallery com/ 2.-André Kertész/ 3.- ucilito. deviantart. com)

«EL QUE NO INVENTA NO VIVE»

«Una nariz paseando en carroza por San Petersburgo, Gregorio Samsa intentando avanzar como insecto por el pasillo de la casa de Praga, las dos mitades del vizconde separadas en Italo Calvino, un barón que ya no bajará nunca de los árboles, nadie ‑es decir, Agilulfo‑ dentro de una armadura… Estamos, no en las autopistas de la información, sino más bien en las autopistas de la invención, o mejor dicho ‑por usar aquí otro título anterior de Calvino‑, en el sendero de los nidos de araña de la imaginación, en ese recorrido inesperado y sorprendente que le hacía decir a Nabokov al dictar sus cursos universitarios en CornellLa verdad es que las grandes novelas son grandes cuentos de hadas (…) La literatura nació el día en que un chico llegó gritando el lobo, el lobo, sin que le persiguiera ningún lobo (…) La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza siempre nos engaña. Desde el engaño sencillo de la propagación de la luz a la ilusión prodigiosa y compleja de los colores protectores de las mariposas o de los pájaros, hay en la Naturaleza todo un sistema maravilloso de engaños y sortilegios. El autor literario no hace más que seguir el ejemplo de la Naturaleza

Por el sendero de los nidos de araña de la embaucación, las gentes entran en las librerías y pagan por llevarse mentiras encuadernadas que les hagan escapar unas horas de la chata realidad del metro, de la oficina, de la cocina, del tráfico y del comedor para sumergirse en esa otra realidad del metro, de la oficina, de la cocina, del tráfico o del comedor que cuenta cada escritor a su manera, algunos imitando mucho la realidad pero entregando la esencia impalpable de una atmósfera familiar de interiores (como Chejov, como Cheever, como Carver) o enriqueciendo también lo auténtico con la inserción de lo fabuloso en la vida real, modificando así esa realidad hasta hacerla pasar sencillamente por los anillos del asombro.

En el fondo lectores y escritores hacen lo mismo. Como si se citaran en ese punto equidistante que es la historia imaginada, la historia de ficción (encuadernada o bien proyectada en una pantalla), cada uno ha salido de la casa de su realidad, que tiene ya muy vista y habitada, para marchar en busca de otra casa diferente y nueva, la mansión de la ficción. Calvino lo explica claramente:» yo me puse a escribir de la manera que me era más natural, es decir, siguiendo los recuerdos de lecturas que me habían fascinado desde mi infancia. En lugar de esforzarme por construir el libro que yo debía escribir, la novela que se esperaba de mí, he preferido imaginar el libro que a mí me hubiera gustado leer, un libro encontrado en un granero, de un autor desconocido, de otra época y de otro país«. El escritor deja su carga de inventiva en medio de los bosques narrativos y al poco tiempo llega el lector a buscarla paseando entre los árboles. Cada uno retorna luego a su casa. El lector, ya en la suya, se sienta ante el libro y escucha:«Relájate. Recógete ‑le está diciendo el escritor nada más empezar, desde las primeras páginas‑ Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: “¡No, no quiero ver la televisión!”. Alza la voz, si no te oyen: “¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!” Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita (…) Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de costado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura yoga. Con el libro invertido, claro».

El lector está así, en su casa de la lectura, sumergiéndose, disfrutando de cuanto le va diciendo ‑le va escribiendo‑ el escritor».

El ojo y la palabra«, páginas 86-.87)

En el día en que Ana María Matute ha recordado al recibir el Cervantes: «El que no inventa no vive»

(Imagen:-1- Ida Outhwaite.– en la espesura del bosque/2.-Ana María Matute en la ceremonia de rececpción del Premio Cervantes en Alcalá de Henares.-elpais.com)


NOTRE – DAME SOBRE LAS AGUAS

«Nave de carga a los pies de «Notre-Dame», escribía Péguy sobre la isla de la Cité. Barco de París. A babor, el «quai des Orfévres»; a estribor, el «quai de l’Horloge»; a babor, Saint-Michel, la Sorbona, jardín de Luxemburgo, puertas de Châtillon, d’Orleans, d’Italie; a estribor, Chatelet, la Bastilla, Clichy, puertas de Clignancourt, la Chapelle, la Villette. En la proa el «square du Vert Galant»; a popa, portadas de vírgenes que acompañan a Nuestra Señora.

La imagen del navío la evocaron D’Anunnzio, Víctor Hugo. Anclado en el mundo en brazos de ocho puentes, este buque de tierra se desplaza con movimiento inmó­vil, en avante perpetuo, cuatro remos en fila a cada costado, todos bogando a una -aire, historia, tiempo, hombres-, regu­lando la respiración de siglos, en «capas» de remeros de todas las Edades, alojadas las épocas unas sobre las otras desde en­trepuentes y cubiertas, dispuestos los años en igual cadencia, la fuerza de las palas surgiendo por bajas o altas chumaceras, en ritmo único, acompasado, paralelo de todos los impulsos bajo una sola orden.

Y dentro de este buque, otro singular barco: la catedral. Ciento veintidós metros entre columnas y galerías; seis mil metros cuadrados de suelo; nueve mil personas pudiendo ocupar Notre-Dame. Navío del espíritu; nave central del gótico. Movi­miento de aspiración al cielo, preludios de naves laterales escoltando esta esencial largura, esta altura que apunta a lo in­finito. Espacio. Luz interior. Piedra como el cristal, transparencias del rojo y del azul: rubí, zafiro. A lomos de animales, por las cuestas del siglo XII, llegan aquí los primeros bloques: la iglesia que está naciendo (coro, tribunas, muro del Este, inicio de esculturas, altar principal, ábsi­de) tiene su propio puerto y en él des­embarcan vino, aceite y rebaños que apro­visionan a los claustros. Lejos de este mue­lle, atraca la Historia: revuelta lombarda contra Barbarroja, nacimiento de Gengis-Kan, hundimiento del imperio tolteca, En­rique II en Irlanda, Jerusalén en manos de Saladino.

En ese instante ya está concluido el coro. Comienza la tercera Cruzada, sucede la batalla de Alarcos, es Pontífice Inocen­cio III y entre la aparición de la brújula y el cantar de trovadores -entre la poe­sía y el magnetismo-, es cuando Notre-Dame levanta su muro Oeste, acaba las tres galerías superiores de nave y de tri­bunas y yergue pilares del crucero. Igual que dos recintos, uno encima del otro (abajo, columnas masivas, de proporciones «terrenas»; arriba, nave del aire, alta y definida, como si lo sobrenatural cayera sobre el mundo), esta embarcación queda orientada al sol naciente, se abre en lon­gitud y latitud mientras sus nervaduras enroscadas y todo el edificio, liberando su peso, está como absorto, mirando hacia la bóveda, ese ámbito tan cercano al cielo.

Atravesamos el umbral del XIII. París, con Felipe Augusto, es cerco fortificado, se pavimentan calles, nacen «le Petit-Pont» y «le Pont-au-Change»: bajo ellos se desliza el río. El fluir de la Edad Media trae a la villa les «marchands de l’eau» constituido ya como organismo municipal. Es el agua la que arrastra intereses, agua del Sena y del mundo, olor, color y sabor de cada época tiñendo lo inodoro, lo in­coloro y  lo  insípido.  La  catedral  eleva sus torres, une galerías, alza la fachada hasta llegar al rosetón.

Difícilmente, por laberinto de callejue­las, se llega a contemplarla; en la altura, desde un punto en el tiempo, los ojos abra­zan las imágenes: Nuestra Señora, al Oeste, en la portada de la Virgen; la Virgen, en el Norte, en la puerta del Claustro; la Virgen, hacia el Sur, en la hondura inte­rior, a la entrada del coro: ella será Notre-Dame de París y a Ella se abrirá el alma de Claudel en 1886.

De este modo la Cité, como barco de Francia, se hace nave mariana. Última de las grandes iglesias con tribunas, una de las primeras que posee arbotantes, con estos poderosos remos avanzará incansable, su vela henchida en lo invisible, los tiempos sujetos a su mástil. Hospicio, es­cuela, cobijo, esta catedral sobre el río abre su luz, su espacio, deja escuchar su música dirigiendo el movimiento polifó­nico. Atraviesa la Edad Media entre uni­versidades y cruzadas, bibliotecas y bata­llas mongólicas, concilios, noticias de un reloj mecánico, aparición del moderno ti­món para embarcaciones: horas y orien­taciones hacen sutil su rumbo sobre la tempestad. Está escribiendo Santo To­más, acaba de pintar Giotto. Notre-Dame navega mar adentro: contra el costado de este largo barco, golpeando contra­fuertes y envolviendo de espuma sus cua­dernas, oleajes de Historia van y vienen furiosos: a fines del XVII, destrucción de tumbas, altar mayor, bajorrelieves del co­ro; el XVII obliga a reemplazar vidrieras por cristales blancos; con la Revolución se destrozan estatuas de los pórticos, la Razón es diosa del altar, el pillaje lo descuartiza todo hasta que en 1802, escuálido y des­nudo, al mundo se muestra su esqueleto. Época de bonanza la aprovecha Viollet-le-Duc para erigir, modificar, transfigu­rar. Se consagra la catedral en 1864. Sie­te años después la Comuna asesina al arzobispo: está a punto la iglesia de consumirse en llamas.

Pero el barco pro­sigue, su ruta conti­núa. Quedan los ma­res sembrados de nombres: Raymond, San Luis, Enrique VI, Carlos VII, Enri­que IV, Luis XIV… Guijarros, arena, al­gas… Bossuet dedica su elogio fúnebre a Condé; banderas de Austerlitz se extien­den en tapices. Flujo y reflujo de mareas, cadencia de vidas: bautismos, matrimo­nios, funerales… In­móvil, la nave avan­za. Son los remolinos quienes se revuelven, temporales que se repiten, tempestades, huracanes y galer­nas que se suceden idénticas.

«Las aguas que has visto…, pueblos y muchedumbres son y naciones y lenguas», había escrito San Juan en su visión de Patmos. Pueblos y épocas y edades tan soberbias y líquidas como las aguas, tumultuosas y amena­zantes como venas sin cauce, desbordán­dose en vanidad y rebeldías. Hombres como aguas, aguas igual que lenguas, olas de largas lenguas ondulantes dominando cuerpos en la historia.

Corrientes del mundo: aluvión de ideas, cavidades abiertas en gargantas, torrente de montañas, bloques de piedras descen­diendo que atruenan y ametrallan las pa­ces y las guerras. Barro. Torbellinos soca­vando conciencias. Vibraciones cada vez más fuertes, vientos de confusión acelera­da que rompen crestas, las abaten en franjas. Espuma de envidias, masas de mar picado densas y tendidas. Se labran valles de costumbres y pliegues de nove­dad: el blando limo de los seres lo arrasa el vértigo, esa veloz precipitación.

Sólo la roca firme no padece sino ero­siones leves: no se derrumba. Océano del mundo, barco de la Cité, barca de hombres. Nave donde vivimos todos sin conocernos. A estribor el Ártico, Antártico a babor; en la popa la vida, la Vida a proa. Barco de navegantes hoy sacudido a ráfagas: luces de oscuridad equívoca.

Sobre esta palma de la mano del mar marcha este barco. En él viajamos.

Nuestra Señora está sobre las aguas».

José Julio Perlado: «El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes»


(Imágenes:- 1.-París por los pintores/2.-Edwin Deakin.-colección privada.-oceansbridge. com/3.-Matisse.-Museo Tyssen.-Madrid/4.-Maximilien Luce.-1910/5.-pixdaus.com/6.-vitral.-wikipedia/7.-detalle de vidriera.-wikipedia/8.-Maximilien Luce.-1901-1904.-Museo Walrraf-Richartz.-Fundación Corboud/ 9.-Xavier Valls.-1991-02.-Galerie Claude Bernard.-París/10.-Michel Delacroix)

LECTURA A ELEFANTE

«He aquí Lectura a elefante, imagen del fotógrafo y cineasta canadiense Gregory Colbert.

Expuesto en el Arsenal de Venecia en la primavera de 2002, lo que nos interesa como escritores es qué está leyendo este niño al animal, qué libro exactamente, de dónde ha tomado este libro, a qué hora este niño salió de su casa (puesto que este niño tiene casa y esta noche pasada ha dormido en su casa y en su cama, no es un niño fantasma ni irreal) y cómo ha corrido, cómo ha descendido saltarín, con el libro en la mano, al encuentro de esta playa que parece desierto donde se ha citado con el elefante. ¿Se ha citado o ha sido un encuentro fortuito? Pensamos que Ibn se ha citado con Massa a las diez de la mañana en este desierto que parece playa porque de no ser así, si ha sido un encuentro fortuito, la historia es muy distinta: entonces es que Ibn Magiar estaba solo, leyendo en la playa‑desierto (¿y qué lee, qué está leyendo este niño?) y lentamente, poderosamente, lejanamente, moviendo los pilares de sus patas y la gravedad de sus cuartos tra­seros, con el bamboleo rugoso de su edad y la trompa curvada, este elefante se ha ido apartando muy poco a poco de la manada y ha venido despacio hasta aquí, quizás atraído por el aroma del libro (suponiendo que los libros tuvieran aroma), quizás atraído por las luces de las letras (suponiendo que las letras brillasen) y, mansamente, magníficamente, ha posado la mole de su costillar en la arena y se ha puesto a escuchar la lectura.

¿Lo ha hecho así muchas veces? Esta pregunta nos llevaría a otras historias. Porque si la cita tiene lugar todas las mañanas es que el libro es muy valioso e inacabable (¿pero qué libro será, qué estará leyendo este niño?) y las moléculas de los pensamientos, las avecillas de las palabras que pronuncia Ibn seguramente han estado volando en ese estrecho espacio entre el niño y el elefante, en ese espacio de nadie (el espacio de la comunicación entre los dos) y han ido entrando poco a poco por las enormes orejas o acaso por el miembro muy sensible de la trompa del animal y la trompa las ha ido elevando hasta las enormes mandíbulas y allí los gigantescos molares las han ido masticando y moliendo y las palabras han pasado por fin a su memoria.

¿O es que no es esta acaso una memoria de elefante? Arrodillado más que tumbado, humilde, con la trompa anudada sobre sus patas, Massa escucha en soledad la lectura. Es importante la soledad. Nadie hay en esta playa-desierto que interrumpa esa soledad. Soledad y lectura son hermanas y estas hermanas lo son también del silencio y todos juntos crean un escenario. El escenario es este desierto o playa, o bien una habitación retirada de la casa, o también una butaca de tren o de avión. La soledad rodea al silencio del ojo que va y que viene por la página y el ojo de este niño lee ahora este libro quizá para que se lo aprenda el elefante (como sucede en Fahrenheit 451con los hombres-libro en los bosques), sí, acaso para que se lo aprenda el elefante, ya que este es el último libro del mundo y debe conservarse en la memoria del animal que lo hará pasar luego a la gran memoria de la manada.

¿Pero qué está leyendo al fin este niño?, se sigue preguntando el escritor, nos preguntamos nosotros. ¿Qué libro está leyendo?, nos preguntamos siempre. Ello nos llevaría a otras mil historias.

Pero bien, tendremos que continuar».

(José Julio Perlado: » El ojo y la palabra«, paginas 58 y 59)

(imágenes.-Gregory Colbert Ashes and Snow)