LA RUEDA DE LOS DÍAS

periódicos.-499h.-Sem Presser.-París 1950

«La rueda de los días y de la vida, el rodar del año, el girar de la existencia da vueltas y vueltas en torno a los medios de comunicación, marca un “ritornello” en las pantallas y en la prensa, da las pautas a la publicidad y, naturalmente, alimenta el caudal con el que bajan por el periódico los artículos. El año va dejando al pasar una huella de prosas aparentemente iguales pero que no lo son porque ningún otoño se puede repetir escribiendo y a cada otoño y a cada primavera hay que sacarles los colores de los adjetivos. No hay más que seguir el Índice de Las horas ‑ese volumen de Pla publicado en 1971‑ para ver a las horas pasar sobre el tiempo del año, y cómo cada tiempo se transforma en artículo: Año nuevo, vida la de siempre, Los Tres Reyes, Los críos destruyen los juguetes, Luna de enero, La nieve, Tiempo de febrero: los almendros, La matanza, El olor de Cuaresma, Buñuelos: San José, El canto universal de la primavera, Fugacidad de abril, Nocturno de mayo, Corpus rural, La verbena de San Juan, Julio: las cigarras, Los incendios de bosques, Las tormentas eléctricas, Playa en verano, La Virgen de agosto, Otoño: perfumes, Introducción a la vendimia, Las inundaciones, Noviembre: la ardilla, Los días cortos, Noche de diciembre, Fin de año más o menos.

periódicos-Edouard Boubat

Las horas reúne noventa y cinco artículos de Pla . Las estaciones del año con sus sentidos ‑el color, el tacto, el oído y el olfato y la vista escondidos bajo los calendarios‑ se abren a piezas periodísticas que una pluma de escritor-observador no repite nunca en fórmulas estereotipadas aunque tenga que apoyarse en temas cíclicos.

Los temas cíclicos, ineludibles para el periodista, los arrastra la vida del año pero también aparecen en su vida personal y en la vida personal de los otros: son la enfermedad, las muertes, los nacimientos, las celebraciones y todos los escenarios que nos rodean .González Ruano dedicó uno de sus artículos a la butaca, la simple y sencilla butaca de su casa en la que no escribía ni leía ‑leía mejor en la cama‑ como la cama fue varias veces motivo para hacer periodismo. La cama unida a la leve enfermedad, a la gripe, a la fiebre ‑eso que algún día u otro padecemos todos‑ le llevó a escribir un gran artículo de observación -«Viaje a la cama«- que reproduje ya en MI SIGLO.

periódicos.-ssvv.-invierno en el café du Dôme.-1928                          

Es la vida corriente contada en los periódicos y contada en un tono intimista que no se puede prodigar, del que no se puede abusar, pero tampoco se puede abusar del lector glosándole cada día altas filosofías o la última y lamentable batalla que sucedió en el mundo. En los editoriales, en las noticias, debe imperar lo objetivo y en muchos reportajes y en numerosas columnas y artículos siempre hay un resquicio en que se cuela lo humano con toda su honda carga de subjetividad. A esta colaboración le acusaron recibo muchos lectores y González Ruano contestó con este otro texto: “Mi último artículo en estas columnas, Viaje a la camaescribió‑, ha sido bondadosamente juzgado por casi todos mis lectores. Lo mismo ha ocurrido con otro en el que, simplemente, comunicaba pequeños detalles de mi rigurosa y pequeñita actualidad personal. Una larga experiencia de la profesión ‑y profesión viene de fe‑ me demuestra ya claramente cuán equivocado concepto de estas cosas tenían los capitostes y directores que aconsejaban a nuestros primeros pasos ‘mucha objetividad’. Ese discurso sobre la objetividad parecía hace veinte años algo obligado en las Redacciones de los periódicos:

–Nunca emplee usted la primera persona… Tenga usted en cuenta que al lector no le interesa un pimiento lo que usted opine personalmente… No caiga usted en el divismo del ‘yo’, ni el a mí me parece, ni se le ocurra explicar sucedidos propios… ¡Todo objetivo!

Uno no hizo nunca caso de esos consejos, por intuición, pero ahora está ya convencido de que precisamente la objetividad en el cronista es la catástrofe y el olvido a más largo o corto plazo y de que la objetividad no interesa a nadie en el verdadero escritor, y por el contrario, lo más universal y popular de éste es su subjetividad, lo personal y lo propio, su actualidad humana, la comunicación de sus sentimientos y de sus pensamientos, la confidencia por medio de la pequeña obra en marcha con sus incidencias efímeras que confirman, una vez más, la sentencia poética de que ‘lo fugitivo permanece y dura’.

periódicos.-87yy.-James Jacques Joseph Tissot.-Le Journal de 1883

Si se piensa un poco, es bastante natural todo esto. Lo que le ocurre a quien escribe no suele ser muy diferente de lo que le ocurre a quien lo lee, y tampoco debe olvidarse que el hombre gusta más que de novedades abstractas de explicaciones reiteradas sobre lo habitual. (‘Eso lo he sentido yo muchas veces y no sabía explicarlo’, dice como un máximo elogio esa ingenua y estimulante carta que de tanto recibirla parece ya una circular.)”

periódicos.-8hyh.-John Garo.-1936.- por Yousuf Karsh

Lógicamente, no todo articulista puede escribir sobre su butaca, su cama o su fiebre con gran poder de convocatoria; si escribe sobre eso ‑además de no cansar‑ deberá encantar con su pluma, envolverse con el brillo o la eficacia de un estilo que no todo el mundo tiene. Además, su ojo de observador ‑como hacía Larra, entre otros muchos autores‑, antes de acercarse a la fiebre, la cama o la butaca personal tendrá que darse varios paseos por el mundo (el país, la ciudad, el barrio, las costumbres) para demostrar que su pupila se ha transformado en prosa y que esa prosa y esa vivacidad en la mirada atraen a muchos lectores».

José Julio Perlado.-«El artículo literario y periodístico«,  págs 95-99)

(Imágenes: – 1.-Sem Preser.-París 1950/ 2.-Édouard Boubat/ 3.-invierno en el café du Dome.-1928/4.-  James Jacques Joseph Tissot.-le journal 1833/5.- John H Garo.-por Yousuf  Karsh )

MACHADO Y LA DEFENSA DE LA CULTURA

paisajes.-32ss.-Oliver Akers Douglas

«Podría parecer en un principio que Antonio Machado queda refugiado solamente en la extraordinaria calidad de sus versos y en las soledades de su alta poesía, pero no es así. Sus prosas ‑valiosísimas‑ no sólo llenan libros memorables sino que se asoman a lo largo de los años en forma de artículos periodísticos. Machado vuelca esa actividad al principio en el periódico cómico burlesco La Caricatura (1893), en las revistas del modernismo (1894-1907): Electra, La Revista Ibérica, Helios, Alma Española, La República de las Letras, Renacimiento. En Soria (1907-1912) ‑(“con su plena luna amoratada sobre la plomiza sierra de Santana, en una tarde de 1907, se alza en mi recuerdo la pequeña y alta Soria”)‑ escribirá en Tierra Soriana, El Avisador Numantino, El Heraldo de Soria, El Noticiero de Soria: Castilla, el paisaje del Duero, los campos y las tierras serán algunos de sus motivos.

paisajes.-9hcf.-Egon Schiele

Desde París ‑1910‑ envía su relato Perico Lija, reflexión crítica y satírica sobre el mundo del periodismo, que aparecerá en 1913 en el Mundial Magazine. El periódico, como dice Méndiz, será para él “fuente de directísima inspiración y punto de referencia para sus artículos”. En Baeza (1912-1919), a la evocación emocionada de la muerte de Leonor y a los recuerdos de la primera Andalucía de su niñez ‑(“fue una tarde de sol, que yo he creído o soñado recordar alguna vez”, escribirá en el Juan de Mairena hablando de sus padres y de Sevilla)‑ se unen como temas el patio sevillano, la reja, la guitarra, el “cante hondo”, la saeta y los campos de Baeza. Publica en La Lectura, en La Prensa, Idea Nueva y en la revista España. Metafísica y poesía, anotaciones y comentarios a Bergson, Nietzsche, Spinoza y Croce por un lado, y por otro, reflexiones sobre el soneto, la poesía clásica y la poética personal.

paisajes.-6dvb.-Wolf Kahn

Pero Machado no limita su interés en los artículos a sus quehaceres poéticos: se abre durante toda su vida, utilizando como vehículo las páginas de los periódicos, a cuestiones que le ocuparán esencialmente: la defensa de la pedagogía, la importancia de la cultura para el progreso de un país, el patriotismo, las relaciones entre verdad e intimidad y las que mantienen el arte y la naturaleza; igualmente, la defensa del sentimiento como base para la creación poética, el paisaje y el sentimiento unidos, ‑(“paisaje y sentimientos ‑recordará Azorín al hablar de la poesía de Machado‑ son en él una misma cosa; el poeta se traslada al objeto descrito, y en la manera de describirlo nos da su propio espíritu”)‑, también la crítica literaria, la información teatral, la misión de los políticos, lo social, y siempre, siempre, la educación y la cultura como la mayor riqueza que pueda tener el ser humano.

paisajes.-9hnnm.-Hans Dolieslager Red Lanes

No es por tanto Machado un poeta que en sus artículos periodísticos hable únicamente de poesía. Se abre a numerosos temas. Si su pensamiento, como muy bien ha visto Sánchez Barbudo, tiene su punto de partida en sus Soledades, es decir, en esas primeras experiencias de su niñez y adolescencia ‑ese melancólico sentirse solo en el mundo‑ más tarde volverá a esas mismas soledades. Machado será un solitario inconforme con su soledad. Su pensamiento, y a menudo su corazón, se dirigirán hacia “lo otro”, hacia el mundo fuera de él tanto como al más allá. Tras la muerte de Leonor en 1912, Machado volverá a sentirse irremediablemente solo. Dará la espalda a la razón e insistirá en el amor, en la necesidad que del otro tenemos. Su obra será esencialmente melancólica, un intento de escape de la soledad, una búsqueda desesperada de salvación. No sólo en su poesía sino en sus prosas aparecen renovadas llamadas al “hombre nuevo”, a la fraternidad y al amor, así como a la objetividad. “Hay que buscar razones para consolarse de lo inevitable”, escribirá en 1935 a su último amor, Guiomar, en la que también será su última carta.

paisajes.-.7grrg.-Oscar Bluemner.-1910-1911

Machado proseguirá sus colaboraciones en la prensa toda su vida. Durante los años de Segovia (1919-1932) ‑(“a estos viejos cafés de Segovia, donde logro un poco de aislamiento para la lectura y el trabajo”)‑ sus artículos aparecen en La Tierra de Segovia, Segovia, Manantial y El Heraldo Segoviano. Paralelamente hay que añadir los trabajos sobre la importancia de la difusión de la cultura o el creacionismo en literatura en La Voz de Soria y sus colaboraciones en la prensa de Madrid ‑El Liberal, La Libertad, La Internacional y Los Lunes de El Imparcial‑. A partir de 1920 se une a las revistas Índice y Alfar y a Revista de Occidente. Destaca uno de sus más interesantes trabajos sobre la poesía, Reflexiones sobre la lírica, de 1925: “Creo ‑escribe en ese artículo Antonio Machado‑ que lo peor para un poeta es meterse en casa con la pureza, la perfección, la eternidad y el infinito. También el arte se ahoga entre superlativos. Son musas estériles, cuando se las confina entre cuatro paredes. Para el que camina por el bajo mundo tienen, en cambio, un valor de luminarias de horizonte. Pero nunca están más lejos del poeta que cuando pretenden tenerlas a su servicio”.

paisajes.-56hhb.-álamos.-Gustave Klimt.-1900

En 1930, el 5 de octubre y en Los Lunes de El Imparcial, Machado publica Los trabajos y los días. Esencias. Poesías de Pilar Valderrama. El artículo no hubiera tenido mayor importancia de no haberse descubierto, veinticinco años después, que Pilar Valderrama era la Guiomar de los versos machadianos, la mujer de la que estuvo enamorado el poeta. Evocando de algún modo la selección del profesor Casasús en sus Artículos que dejaron huella, bien podría hacerse otra antología con este mismo o parecido título que incluyera este texto de Machado por la huella que dejó en su vida personal y en la historia íntima de la poesía española. Cuando en 1979 Pilar Valderrama concedió una entrevista al escritor José María Moreiro quedaron allí desveladas todas las dudas:

                                       “Yo, Guiomar, escribo, al cabo de treinta años de silencio (…) Conocí a Antonio Machado en Segovia el año 1928. Desde esa fecha hasta 1934 nos vimos en muchas ocasiones. Fruto de aquella amistad es la correspondencia mantenida hasta 1936, de la que conservo tan sólo algunas cartas suyas. Contaba yo veintidós años menos que él y entre nosotros sólo hubo una gran amistad, un estrecho contacto, puramente espiritual. Acerca de la relación habida entre nosotros se han escrito, e imaginado, algunas inexactitudes que, con estas palabras, deseo corregir definitivamente. Entre Machado y yo no hubo, ni podía haber, otra cosa que una limpia unión espiritual, pues ya entonces era yo una mujer casada (…).

                                       Machado, además de un gran poeta, fue un hombre bueno y solitario de imborrable huella espiritual y humana. Fue la ilusión del enamorado, la compensación del amigo, la elevación del poeta.

                                       Guiomar. Madrid, abril de 1979.”

paisajes,.4swcc.-Kyle Poling

Pilar Valderrama ‑viuda desde 1954‑ fallece en octubre de 1979. Dos años más tarde se publica póstumamente su libro de Memorias Sí soy Guiomar con las 36 cartas íntegras que conservaba del poeta.

Se comprueba entonces que hay artículos célebres que por una u otra razón dejan una estela significativa en obra y vida. Los Lunes de El Imparcial recogen ese texto de Machado sobre Guiomar que el poeta muy posiblemente empezó a escribir en Segovia y en junio de 1930. “Me esperan ‑le dice Machado a Pilar Valderrama‑ unos días malos en Segovia. Los exámenes comienzan mañana martes (…) Después tendré libre hasta el 2 de junio y desde el 6 ó 7 todo el verano de vacaciones (…) Cuando me quede libre me consagraré a mis trabajos por este orden: 1º. el artículo sobre Esencias…” Este artículo ‑uno de los más largos y densos del poeta‑ se ofrece aparentemente como una reseña del libro de Valderrama pero desde su fondo se va revelando toda la concepción que tenía Antonio Machado de la lírica, abierta dicha concepción hacia tres direcciones: la defensa del sentimiento en poesía, el amor fraterno y la búsqueda de la sencillez en la expresión poética. Lo poético ‑defenderá Machado en este artículo‑ está en la emoción del verso, no en su forma métrica; eso equivale a decir que puede haber poesía sin verso y verso sin poesía. No deriva del perfeccionismo de la forma sino que está basado en la naturalidad en la expresión poética.

paisajes.-cccm.--Jack Morefield

Y aún queda por anotar en la obra de Machado la importante serie periodística de Juan de Mairena (1934-1936). El Diario de Madrid, El Sol, Hora de España y La Vanguardia recogerán por un lado sus artículos-ensayo redactados desde la calma familiar, política y social (en Diario de Madrid y en El Sol), y por otro su periodismo político, textos que nacen bajo el estruendo de las bombas, en el violento Madrid de la guerra: “porque escribo ‑confesará en La Vanguardia en 1938‑a la luz de una vela, en plena alarma, y son estas mismas aborrecibles bombas que están cayendo sobre nuestros techos las que me inspiran estas reflexiones…”

Y, ‑“­¿Por qué no tiene ya su libro Mairena? ‑le preguntaron en una entrevista a Machado en el Heraldo de Madrid en 1936.

‑Pues… ‑nos ha respondido el poeta‑ va a tenerlo. Ahora es cuando va a tenerlo (…) Cuando publique el libro, dejará ya de escribir Juan de Mairena en los periódicos”.

Hasta el final, pues, Antonio Machado unido a las páginas de la prensa».

(JJ Perlado.- «El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes«, págs 63-67)

(Imágenes.- 1.-Oliver Akers Douglas/ 2.-Egon Schiele/ 3.-Wolf Kahn/ 4.-Hans Dolieslager/ 5.-Oscar Bluemmer.-1910-1911/ 6. Gustave Klimt.-1900/ 7 –Corey Parker/ 8-Jack Morefield)

EL SIGLO XX EN IMÁGENES

» Siempre que veo una fotografía pienso lo mismo  – escribí hace unos meses en Mi Siglo -. El fotógrafo ha seleccionado libremente un aspecto concreto del mundo, de un rostro o de un paisaje. Incluso ha seleccionado el tiempo, haciendo, podríamos decir, un corte en el tiempo: lo que vemos en ese gesto de esa fotografía es un instante, ya pasó y no volverá a pasar nunca así exactamente, no se repetirán jamás los matices de ese gesto, por tanto el fotógrafo recorta un segundo del tiempo, con sus gestos y con cuanto ello conlleva, y nos lo entrega. Roba un trozo de tiempo de una vida, aunque sea minúsculo. Y eso es lo que nos muestra. Él es el responsable, él es el que tiene la última palabra en esa elección. Nosotros vemos lo que él ha elegido.  Esto no solo en la fotografía sino en el cine, video, televisión, arte en imagen en general. Además de cuanto podemos elegir nosotros constantemente con nuestra pupila, el artista nos entrega su elección, aquello que él cree que nos debe transmitir. De ahí también su libre responsabilidad. Millares o millones de ojos ven esa elección del artista que – a su manera, al elegir – en esa cultura de la imagen, está diciendo, de algún modo, su última palabra”.

«Las fotografías – decía John Berger – testimonian una elección humana en una situación determinada. Una fotografía es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento o ese objeto se han visto. Si todo lo que existe se fotografiara continuamente, las fotografías carecerían de sentido. Las fotografías no celebrar ni el acontecimiento ni la facultad de la visión en sí. Son un mensaje acerca del acontecimiento que registran. La urgencia de este mensaje no depende enteramente de la urgencia del acontecimiento, pero tampoco es completamente independiente de éste. En su forma más sencilla, el mensaje decodificado significa: He decidido que merece la pena registrar lo que estoy viendo».

Ahora The International Herald Tribune con motivo de sus 125 años de historia nos entrega estos semblantes, nos muestra estos rictus, nos revela estos gestos. Son piezas de la Historia, monedas de imágenes que han ido de periódico en periódico intentando desvelar la actualidad. La imagen en movimiento – «El siglo XX en pantalla»(Crítica) – había sido estudiada entre otros por Shlomo Sand y la imagen fija se revela en cambio en los archivos de prensa que fueron cubriendo el siglo pasado.

«La fotografía – había señalado Helmut Gernsheim – es la única «lengua» comprendida en el mundo entero, y al acercar todas las naciones y culturas enlaza a la familia humana. Independiente de la influencia política – allí donde los pueblos son libres -, refleja con veracidad la vida y los acontecimientos, nos permite compartir las esperanzas y las angustias de otros, e ilustra las condiciones políticas y sociales. Nos transformamos en testigos presenciales de la humanidad e inhumanidad del género humano».

Es así como podemos ver a Stalin sentado entre las gentes en 1930 

Es así como vemos a Gandhi caminando por Londres en 1931.

a Reyes,

a cómicos,

a descubridores,

escritores,

cantantes,

«La fotografía no rememora el pasado – escribió Roland Barthes en «La cámara lúcida» – (no hay nada de proustiano en una foto).  El efecto que produce en mí no es la restitución de lo abolido (por el tiempo, por la distancia), sino el testimonio de que lo que veo ha sido».

(Imágenes.- Archivo de The International Herald Tribune.: 1.-Los Kennedy en 1938/ 2.-Che Guevara/3.-Hitler/ 4- Stalin.-1930/ 5.-Gandhi.-Londres 1931/ 6.-Jorge Vl.-1937/ 7.-Charles Chaplin con Max Linder en 1920/8.-Marie Curie.-en 1921/ 9.-Samuel Beckett por John Gruen/ 10.-Edith Piaf en 1947)

LAS VOCES DE LAS MADRES

«Las voces de las madres siempre han tenido influencia en los escritores y sobre los hijos en general. Las voces de las madres y de los padres, incluso las voces de las abuelas han influido. Tranquilina Iguarán Cotes, la abuela materna de García Márquez, dejaba oír su voz ‑recordará el escritor‑ y “me contaba las cosas más atroces sin conmoverse, como si fuera una cosa que acabara de ver. Descubrí que esa manera imperturbable y esa riqueza de imágenes era lo que más contribuía a la verosimilitud de sus historias”.

La voz de la madre narrará los cuentos, la voz de la madre subirá escaleras arriba hasta la cama de los hijos pequeños y adolescentes, las manos de esa madre abrirán un libro y acompañarán con ademanes la historia, los ojos de las madres leerán las palabras y la voz se afinará o se hará redonda en los diálogos, se hará puntiaguda o se hará grávida. Los ojos, las manos, las voces. También los padres dejarán su herencia en la lectura y en el narrar de las historias. El Premio Nobel de 2001, el novelista de nacionalidad británica, V.S. Naipaul, de origen hindú y nieto e hijo de emigrantes, aún mantendrá muchos años después la figura de su padre unida a la lectura en voz alta:

     Mi padre era autodidacto, y se hizo periodista por sus propios medios. Leía a su manera. Por entonces tenía treinta y pocos años, y aún estaba aprendiendo. Leía muchos libros a la vez, sin terminar ninguno, y no le interesaban ni el relato ni la trama, sino las cualidades especiales o el carácter del escritor. Eso era lo que le gustaba, y sólo disfrutaba de los escritores en pequeños arranques. A veces me llamaba para que le oyera leer tres o cuatro páginas, raramente más, de un escritor que le agradaba especialmente. Leía y explicaba con ardor, y no me costaba trabajo que me gustara lo que le gustaba a él. De esta forma tan curiosa ‑teniendo en cuenta las circunstancias: la mezcla de razas en el colegio de una colonia, la introversión asiática en casa‑ empecé a construir mi propia antología de la literatura inglesa.

Como un sorbo de cerveza o como el paladeo de un dulce, así leía el estilo o el empuje de las prosas el padre de V.S. Naipaul ‑disfrutando de los escritores en pequeños arranques, interesándose sólo “por las cualidades especiales del escritor”, añadiendo a todo eso una cosa singular: “a veces me llamaba para que le oyera leer”‑. Nos encontramos aquí con un determinado tono. El agua límpida de la prosa pasa por la garganta y la modulación de este autodidacta de treinta y pocos años y, atravesando el puente de su voz, deja al otro lado, en el oído de su hijo, un movimiento de palabras musical y transparente. El novelista angloindio fijará aquella escena infantil con esta frase: “me resultaba fácil que me gustara lo que le gustaba a él”.

Un triunfo de la educación de la lectura sin apenas proponérselo el padre. Seepersad Naipaul no le cuenta al hijo de once años el principio y el fin de una historia, ni tampoco su recorrido narrativo ‑ahora diríamos “de qué va una historia”‑ sino que le lee pequeños aciertos estilísticos, brotes, espumas de belleza, logros de precisión: es decir, aquello que subyace en el mar de la lengua y de la creación literaria, el fondo del océano y a la vez el oleaje de la prosa, en resumen, aquello a lo que se suele volver solamente en las relecturas, cuando ya se conoce qué cuentan las historias y uno quiere repasar cómo han sido contadas. El padre, pues, disfrutando con los hallazgos, los transmite a su hijo haciéndole partícipe de la belleza. Sin querer o queriendo está formando un futuro lector y, a la vez ‑sin duda sin querer‑ está sembrando la semilla del futuro escritor.

Varios parlamentos de Julio César; páginas sueltas de los primeros capítulos de Oliver Twist y David Copperfield; unas cuantas páginas de El molino junto al Floss; algo de los Cuentos de Shakespeare, de Lamb; relatos de O. Henry y Maupassant, y unas cuantas páginas de Somerset Maugham” : éste es el resultado de la lectura en voz alta del padre de Naipaul. Esta es parte de la antología personal que el hijo se construye antes de cumplir los doce años. Puede verse que son retazos, piezas incompletas, piezas valiosas, pero únicamente piezas, brotes, espuma: lo que permanece siempre sobre la calidad de la literatura».

J.J. Perlado.-«El ojo y la palabra«- págs 20-22

(Imágenes.-1.-James Jebusa Shannon.-1895.-anillustratorinspitation/ 2. George Bernard O`Neill.-1876.-Royal Academy.-bonhams com-3,.George Dunlop Leslie.-1879.-guardian.co.uk)/ 4.- George Sheridan Knowles.-Rhes Galeries. es/5.--Peter Vilhelm Ilsted -.reprodat/ 6.-Rick Beerhorst.-studio Beerhorst)

VIEJO MADRID ( 30 ) : LARRA EN LA CALLE DE BAILÉN

En más de una ocasión he hablado de Larra en Mi Siglo. De sus paseos a caballo desde Recoletos a Atocha buscando temas para sus artículos, de su célebre «Escribir en Madrid es llorar«.

Ahora, cuando me detengo en mis paseos madrileños ante la estatua de Larra en la calle de Bailén, oigo nuevamente aquellas palabras de Azorín en «Lecturas españolas«: «en febrero de 1837– evoca Azorín – Larra ya no escribe. La crisis se acentúa; el desenlace se aproxima. Pasea solo; permanece horas y horas en algún apartado café. A la desdeñosa mujer amada manda carta tras carta, solicitando una entrevista. La entrevista le es, por última vez, concedida.

Llega el 13 de febrero. Por la mañana Larra visita a Mesonero Romanos y habla animadamente de sus proyectos literarios. A la tarde pasea por Recoletos. El marqués de Molíns le acompaña, y, al despedirse, Larra dice al marqués: «Usted me conoce; voy a ver si alguien me ama todavía«.

«Fígaro» espera en su casa a su amada. Llega ella. Habla Larra, porfía, suplica; ella muéstrase inexorable. Tras cinco años de relaciones, la ruptura es terminante y definitiva. Ella se marcha. Transcurren breves momentos; suena un disparo… Son las ocho y media de la noche».

Detenido ante este busto de Larra oigo aún la voz nacida de sus artículos: «Hombres nuevos para cosas nuevas – escribe -. En tiempos turbulentos, hombres fuertes, sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en quienes haya ilusión todavía; hombres que se paguen de gloria y en quienes arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro».

Después avanzo algo más por esta calle de Bailén, antiguas reales Caballerizas dejadas muy  atrás, palacios y jardincillos delante. Viene después el célebre Viaducto sobre la calle de Segovia por el que discurrió el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde San Francisco el Grande hasta la Sacramental de San Nicolás.

Luego, antes de cruzar. me detengo en ese resplandor de un escaparate. Se reflejan las verjas y la Historia entre las uvas y los vinos.

(Imágenes.-1.-estatua de Larra en la calle de Bailén/ 2.- jardines en la calle de Bailén, frente a la Almudena/ 3.-escaparate de El Rey de los vinos» en la calle de Bailén-  agosto 2012.-fotos JJP)

UN DÍA DE VERANO

«La línea roja del horizonte la transforma enseguida Juan Ramón en una estela de oro y la coloca sobre el verso del papel para que todos la contemplen. Vienen después, a primera hora de la mañana, las marismas suaves, un cabeceo de azules entre velas a las que acuden pájaros y pintores; a los primeros se les ve cruzar jugando como flechas, los segundos limpian con sus paños los pinceles. Poco antes del mediodía, elevándose el disco del sol, Juan Ramón vuelve a pintar de oro su poema, los pájaros se suman a los pinceles, los pinceles dibujan a los pájaros, los pinceles gritan entre nubes, los pájaros callan. Es la hora de las olas de Gil Vicente, olas de Góngora, olas de Lorca. El mar hierve muy poco a poco, aún no crepita nada en la olla del océano, un barco pasa por el pincel y aprovechando su recorrido el pincel lo pinta. Toda la pintura de ese barco que pasa la contempla una algarabía de niños, brazos que señalan el azul. Las madres explican desde la arena cómo el barco avanza entre pinceles, y cómo los pájaros señalan en el aire su camino. Es la hora de los pájaros de Berceo, palomicas sobre la mar, la hora de Garcilaso. Un ruiseñor se asoma a ver qué ha escrito en el papel Juan Ramón pero el sol no le deja: el sol ciega los ojos de Juan Ramón y el oro refulge en el poema, el poema arde. El incendio del poema a mediodía lo ve un pescador desde lejos, es un pescador dibujado por Sorolla, los bueyes del mar le empujan agua adentro, pero él sigue mirando: nunca ha visto arder un poema, cómo las palabras se elevan en el humo, cómo los versos queman. Los versos ya quemados van dejando un olor sobre la playa que el pincel no sabe cómo pintar porque nunca ha pintado los olores. Pero el olor persiste. Los peces, asustados, brincan sobre las olas de las poesías y en las ondulaciones se ve la plata de los lomos que pintan los pintores, las crestas a las que acuden los pájaros. Pájaros que vienen desde Lope de Vega, pajarillos suaves, tortolillas de Meléndez Valdés, tórtolas más grandes de Tirso de Molina. Han pasado esta noche los pájaros durmiendo bajo el techo de Cancioneros antiguos y ahora sobrevuelan ligeros encima de pinceles de todos los matices, buscando libertad. La libertad es esta hamaca tendida en la que los poetas sueñan sus poesías. Va y viene esta hamaca en el aire, atada al aire, las dos cuerdas que la atan al aire vienen y van en la sombra del mediodía y el sol sigue en el verso de Juan Ramón. Ese cabeceo de la hamaca, ese cabeceo de las olas, difumina a los pájaros que parecen agitarse asombrados huyendo del pincel. Pero el pincel los persigue. Están todos los pintores en la costa con sus blancos lienzos extendidos, los lienzos apoyados en caballetes, los caballetes igual que un ejército mirando al mar. El ejército de los colores de la tarde dilata los malvas, va tiñendo de motas violetas las ropas de los niños que se alejan despacio con sus madres retornando a las casas. En las casas se enciende la primera luz en la ventana y la tarde huye. Se oyen lejanas unas canciones entre acordeones que abren y cierran los poemas, que cierran y abren pinceles y pájaros. Es la música somnolienta y nostálgica de las despedidas del día que se despide muchas veces, cada vez con una ola distinta, cada vez con  distinto rumor. El agua al pasar se ha hecho acordeón y la música resbala entre las piedras, lame el muelle, deja una espuma en cada escalón, desnuda la piedra. La piedra se va quedando poco a poco en penumbra, muy poco a poco, al lento ritmo con que se oculta el sol. El sol, en el horizonte del verano, parece ahora una línea delgada, la curva de un poema. Acaba entonces Juan Ramón su poema y desaparece el sol».

José Julio Perlado.- publicado hace unas semanas en Alenarterevista

(Imágenes.-1.-Miss Kelly/ 2.-Peter Max.-sombrilla con Rainbow Sky.-1990.-Peter Max Limited.-BNR.-art com)

CINE Y LITERATURA

«El murmullo de la contemplación le hacía decir a Sábato con sus problemas de vista:» Cuando me leen un fragmento de Los hermanos Karamasov se produce en mí como una vibración física, corporal. Algo que me atraviesa y corre por mi sangre. Pienso que se debe a que la literatura no ha sido para mí una actividad separada de la vida (…) Debería pensarse en esto ahora que la literatura y el arte en general están tan desacralizados. Debería pensarse seriamente el valor que tienen en la vida del hombre las grandes narraciones». Las conflictivas relaciones entre Dmitri, Ivan, Smerdjakov y el adolescente Alëša, los diálogos, las confidencias, las confesiones de los espíritus enfrentados de los Karamasov no pueden liquidarse con esa frase sintética de muchas gentes al concluir un vídeo: “Ya lo he visto”, dicen. Y no volverán a él nunca más. Lo han visto resumidamente, pero es muy probable que no lo hayan contemplado, no se han adentrado, no ya en las descripciones decimonónicas de las habitaciones, sino en los matices de las tormentas humanas. “Ya he visto El Gatopardo, “ya he visto La muerte en Venecia”, “ya he visto El doctor Zhivago. Son visiones (a veces excelsas, a veces incluso superiores a las de las obra literarias, a veces no), pero visiones que únicamente recorren la cinta del lenguaje fílmico, el tratamiento del cine, y que deberían completarse con la lectura. La elegante suntuosidad del estilo de Lampedusa, la finura de composición de Thomas Mann, las poesías de Pasternak que Yuri Zhivago dedica a Lara quedan sin contemplación y sin goce, no se asoma el ojo humano para seguir los rasgos de la pluma del escritor, no se aprende a observar literariamente ni a contar historias (además de en la pantalla) sobre el papel, no se demora uno disfrutando con los pliegues de los párrafos, de los diálogos y de las palabras.

Y si nos vamos a la construcción de ciertas escenas literarias que no han sido llevadas al cine y que no han sido transformadas por el movimiento de la cámara, descubriremos en algunos libros hallazgos llenos de matices y (bajo la apariencia de su naturalidad) toda la dificultad y el dominio que supone escribirlos.

Así ocurre, por ejemplo, entre muchos otros, con el relato «En la linde de los árboles (Alianza) del escritor austriaco Thomas Bernhard en el que, en diversos planos, cuenta cómo alguien que está escribiendo una carta a su novia cuenta a la vez lo que está viendo en esos momentos en la sala de la hospedería en la que escribe, y mientras describe lo que ve, piensa en lo que está escribiendo, y (a la vez que piensa), escribe y mira. Y todo eso casi simultáneamente, todo hábilmente entrelazado:

    » Al entrar en la sala [está hablando de una pareja que ha entrado en la hospedería] no me habían visto al principio, pero luego, como vi, se sobresaltaron al verme y me saludaron con la cabeza, pero no volvieron a mirarme. Yo acababa de empezar a escribir una carta a mi novia: que era más sensato, escribí, esperar todavía un poco en casa de sus padres, hasta que yo me hubiera aclimatado en Mühlbach; sólo cuando hubiera conseguido fuera de la hospedería, “posiblemente en Tenneck”, escribí, dos habitaciones para nosotros, debía venir ella. Ella me había escrito en su última carta, prescindiendo de las acusaciones contra sus padres, carentes de comprensión, que tenía miedo de Mühlbach, y yo le respondí que su miedo era infundado. Su estado, decía ella, se había vuelto tan enfermizo, que tenía miedo de todo.»

     “Al fin y al cabo hay tres hospederías en Mühlbach”, escribí, pero es imprudente escribir eso, pensé, y taché la frase, tratando de hacerla ilegible, y decidí por fin escribir por tercera vez toda la carta. (En los últimos tiempos escribo todas mis cartas tres o cuatro o cinco veces, siempre para contrarrestar mi excitación mientras escribo una carta, tanto en relación con lo que escribo como con mis pensamientos.) La gendarmería era una buena base para los dos, estaba escribiendo precisamente de mi aumento de sueldo, de unos ejercicios de tiro que se harían a finales de otoño en Wels, cuando los dos, curiosamente la muchacha primero y detrás de ella el joven, entraron en la sala; de la mujer del inspector que estaba enferma del pulmón y perdida, y procedía de la Cilli eslovena. Seguía escribiendo, pero me daba cuenta de que tampoco podría enviar esa carta, los dos jóvenes atrajeron desde el primer instante mi atención; comprobé una falta de concentración súbita y completa por mi parte en relación con la carta y con mi novia, pero seguí escribiendo disparates para poder observar mejor a los dos forasteros fingiendo que escribía. Me resultaba agradable ver de pronto rostros nuevos, en esta época del año, como ahora sé, no vienen nunca forasteros a Mühlbach, y por eso era tanto más extraña la aparición de los dos, de los que supuse que él era artesano y ella estudiante, los dos de Carintia. Luego, sin embargo, me di cuenta de que los dos hablaban un dialecto de la Estiria. Recordé una visita a mi primo estirio, que vive en Kapfenberg, y supe que los dos eran de la Estiria, así hablan allí (…)».

Como se ve, hay aquí toda una serie de movimientos en la escena que una cámara cinematográfica relataría con esfuerzo y sin duda con habilidad, pero esta vez la pericia del lenguaje literario no es ni mejor ni peor, sino distinta y al seguir esos movimientos de la pluma del escritor, esos vaivenes entre la interioridad y lo externo, entre los pensamientos y las acciones, se adquiere sin duda un aprendizaje de cómo dominar bien los resortes de una narración. Cómo intentar ceñir con el estilo todos los planos de una situación».

(J. J. Perlado » El ojo y la palabra», págs 167- 170)

(pequeña evocación cuando aparecen en castellano las Cartas de Thomas Bernhard a su editor)

(Imágenes: 1.-Claudia Cardinale en «El Gatopardo» de Visconti -1963/ 2.-Pasternak en Peredelkino.-1958.-Cornell Capa/ 3.–Thomas Bernhard/ 4.- «El proceso» de Kafka, película de Orson Welles/ 5.- Anthony Hopkins y Emma Thompson en «Lo que queda del día», basada en la novela de Kazuo Ishiguro)

VIEJOS LIBROS AL PASAR

«Ahora que pasan los nuevos libros ante la mirada de los viejos lectores, ahora que pasan los libros antiguos bajo el tacto y las yemas de los dedos en sabios conocedores, las páginas que el aire se lleva dejan volar lo efímero en la tarde, las letras parecen saltar desde las frases y los vagones de los párrafos van y vienen capítulo adelante, entran y salen los vocablos en la cuenca de las miradas, los sentidos, el olor del papel, el gusto por la prosa, todas esas invenciones de los poetas, los versos rizados, aquella mayúscula erguida al inicio, esta coma frágil y desamparada, los verbos ampulosos, los hirientes adjetivos, todo el oro de la creación, las fatigas de los escritores, unos desvelos nocturnos al crear, los miedos temiendo el fracaso, los detalles, los remates finales, aquellas gestiones con editores, esa violeta depresión creyendo estar seco, seco, un páramo sin ideas, los amaneceres violentos, los atardeceres ardientes, noches de vigilia buscando el tono, puliendo el estilo, lecturas, lecturas, acariciar los lomos de los clásicos, sortear los índices, sumergirse en documentación, perfilar personajes, hacerlos creíbles, volcar la confesión del alma, todo lo que nunca se dijo y ahora se vierte en desahogos, la infancia, el primer libro que leí, aquella mano de mi madre, mi primera escritura, la última, la que más me costó, aquella otra que salió deprisa y disparada, recién nacida de la pluma, la pluma que corría, recuerdo que yo iba tras ella y nunca la alcanzaba, iba la imaginación delante de la técnica y piensa uno que el último libro va a ser el más fácil y sin embargo es inicio, siempre inicio, siempre recomenzar, intentar continuamente, retocar, se van tallando las hojas que sobran, hojas de adjetivos, hojarasca brillante pero no eficaz, se van cortando las ramas que ocultan al tronco, sale el tronco esbelto, radiante, una historia que parece única, insólita, que nadie aún ha escrito, una historia que jamás se leyó, una historia al fin encuadernada, ilustrada, protegida, cuya cubierta descansa horizontal, abierta al cielo, abierta a todos los ojos, tendida entre los libros del mundo esperando que alguien se acerque en esta Cuesta de Moyano madrileña, vivo cementerio de libros antiguos, y se detenga al pasar».

Así escribí – de los viejos libros al pasar – no hace muchas semanas en Alenarterevista

(Imágenes.-1.-Giuseppe Maria Crespi.-Libreros.-1725.-Museo Cívico Musical de Bolonia/ 2.-Carl Spitzweg.-1850.-wikipedia)

LA ÚLTIMA VEZ QUE VIVÍ EN PARÍS

No la última vez que lo vi – lo he visto después muchas veces -, sino la última vez que viví en la ciudad, a punto ya de dejarla, como escribí entonces, el 1 de abril de 1970, en ABC:

«París, nueve de la noche, siete de la tarde, abril, marzo, domingo, sábado, martes… Dos años traspasados por París, años envueltos en papel parisiense, mojados en  tintas de del río de París, tocados con  teclas de una máquina por cuya cinta había ido pasando un París azul indefinible, interminable. Capital

sin tiempo en el espacio, me has seguido, te vas; ciudad sin espacios de tiempo, te seguiré, me voy. Despego de la piel de París sobrevolando manchas, veinte distritos, colina de Montmartre de la memoria, orilla izquierda del entendimiento, cuarto de Auteuil de la voluntad. Una conversación de años cruza ahora ese puente del Sena; viene un olor a gas de la Sorbona, un sabor a lágrimas llega del bulevar de L´Hopital. Es entonces cuando mis recuerdos corren. Hace dos años mis recuerdos aprendieron a andar : entré por el ojo del

puente de Saint – Cloud a la hora en que Gabriel Marcel acogía el gran premio de la Villa, en los días en los que un consejo de ministros concedía a la muerte una definición legal; me voy ahora con el cadáver de Adamov, mientras Beckett dialoga con silencios y cuando Mauriac relata cómo un hombre da a luz a su propia agonía.

Hechos de París intensos: horas igual que años, años como días. Mayo de 1968, mes en incendio: humo envuelto en gritos, tos que ahoga los pulmones de Francia, una fiebre ascendiendo, el vahído levantado por ese mal de la mar que se esconde en la tierra. Más tarde, durante mese de convalecencia, en semanas de párpados cerrados, la desconfianza se irá meciendo al vaivén del

sopor. Hechos de París veloces: se trasplantan corazones en Medicina; se trasplantan ambiciones en política. De las elecciones legislativas a las elecciones cantonales, un arco tiende una sombra de noticias. He ahí esa noche del 27 de abril de 1969 de la que Charles De Gaulle se lleva en parte su secreto; he ahí unas elecciones presidenciales colocando a Francia a la entrada de nuevos caminos. Es el periodismo en París, el periodismo de la noticia ardiente, hirviente; no bien se ha pasado la hoja de la actualidad del día, que otra hoja aparece, un hecho mata al otro, las luces cambian, salta el rompecabezas: es el vértigo. Es el tiempo alado, un calendario sin aliento.

Años en París. La larga mancha en piedra que esculpiera Rodin para Balzac, me sigue, me asalta… En la isla de San Luis resuenan pasos de Claudel andando cada mañana a Notre-Dame…, se alza un telón al otro lado del río, y del espacio, pendiendo de un clavo invisible, el cuerpo de Gerardo de Nerval… Rueda el círculo de la geografía, gira la rueda histórica de la ciudad…: suenan instrumentos de música cerca de la Estación de Saint- Lazare, viene un hondo silencio desde el Bois de Boulogne, llega un olor que nace en Montparnasse

Y luego el río, los ríos de libros que van bajando al costado del Sena… Es la rueda, los ríos, es el libro: libros que van formando el río y montan sus lomos unos contra otros, láminas de páginas, aguas invadidas de letras…Es Paris, el Sena de palabras y cuantas historias se va llevando el Sena. Capital sin espacio, te he seguido, te vas. Ciudad sin tiempo, me seguirás, me voy».

José Julio Perlado.-ABC.-1 de abril de 1970.

(por cortesía del Archivo de ABC)

(Imágenes.- 1.-Willy Ronis/ 2.-Brassai.-1935/ 3.-Göksin Sipahioglu/ 4.-Jeanloup Sieff.-1975.-Café du Flore/ 5.-Jealoup Sieff.-1954/ 6.-Brassai,.1945)

EL RECADO DE ESCRIBIR

» Al acercarnos al periodismo, cuando un destacadísimo articulista español como fue González Ruano, confiese cómo escribe en el café sus piezas periodísiticas, lo hará dibujando ese mismo escenario donde trabaja, como así lo recoge en su colaboración El recado de escribir:

“En la tarde turbia de primavera de Madrid, desigual, árida y desapacible, según la cojamos a un lado u otro de un cuarto de hora, el amigo de los enormes diálogos, aquel que tantas noches nos ayudó a enterrar la noche en la fosa lívida de las primeras claridades, dijo, con cierto asombro:

‑¿Y puedes escribir un artículo con tan poca cosa?

‑La pena es no poder escribir un libro sobre cada una de estas pequeñas cosas. En un artículo no cabe, en realidad, ese tema, tremendamente importante, de El recado de escribir.

Y así es.

A los no habituales del café y a la nueva generación de la estilográfica habrá pasado desapercibido este mundo, que encierra en sí el recado de escribir. El recado de escribir consta oficialmente de un tinterillo, generalmente con tapón de corcho; un manguillero con su pluma arañante y una carpeta de hule negro, donde alguna vez hay un papel secante, además de un pliego y un sobre. Los clientes postales piden al cerillero del café el recado entero. Cuando el parroquiano especifica que no quiere más que tintero y pluma se sobreentiende algo más de que lleva papel: se sobreentiende que es literato. Esta atroz realidad la intuye, en la primera vez que el hecho se produce, el cerillero y la confirma, ya que por su experiencia, el camarero, que sabe muy bien que el literato es su enemigo natural.”

González Ruano está en ese momento sentado en ese viejo café madrileño llamado Teide ‑hoy desaparecido‑ y todo lo de alrededor ‑y él mismo‑ lo transforma (como Camba) en artículo.

«Una investigación muy frecuente entre las gentes amables que conocemos por primera vez es ésta ‑comenta en su texto Cuartilla en blanco‑:

«‑A mí lo que me asombra es que todos los días se le ocurra algo, que encuentre cada día un tema sobre el que escribir.

En alguna ocasión hubiera uno contestado:

-A mí también, señora.

Pero no hubiera sido enteramente cierto. Lo único que no puede producir sorpresa es la costumbre.

Sucede que la frecuente investigación generalmente engloba o sinonimiza dos circunstancias que no tienen por qué pertenecer al mismo mecanismo profesional, mental: la de que a uno se le ocurra todos los días algo y la de que todos los días encuentre un tema. Es bien distinto (…)

El tema, efectivamente, no surge cada día. Hay jornadas en que se repasan una y mil veces los periódicos y no nos seduce ningún tema. No es que no los haya, claro está, sino que no nos valen. A cada uno “nos van” determinadas cosas, y otras, aun interesándonos, no tienen el suficiente e íntimo eco literario y periodístico. En suma, no las podemos aceptar como tema propio. En cambio, lo de que a uno se le ocurra algo diariamente es, creo yo, fatal y pertenece, más que a otra cosa, a un cierto y natural dominio del oficio.

Sobre la mesa, la cuartilla en blanco incita y excita. Ahí la ha puesto Dios para que la llenemos de algún modo. Y el modo surge, aunque no haya tema. En cuanto damos las primeras chupadas al primer pitillo matinal. ¡Pues aviados estaríamos de lo contrario! Es la necesidad la que crea la función, la puesta en marcha. Si sabemos que a las once y cuarto van a venir a recoger las cuartillas que deben publicarse esa noche, ¿cómo podemos no ponernos a escribir a las diez o a las diez y media?

Todo lo más que puede ocurrir es que empecemos el segundo pitillo y el segundo café, y que empecemos también a escribir sin título y aun sin la menor noticia de a dónde vamos. Eso importa poco. Las palabras tienen una magia especial, tiran las unas de las otras, son “algos” que de manera fatal formarán un “todo”.

Hoy Ruano quizá escribiría en la pantalla del ordenador ‑no es nada probable‑, pero lo que sí haría indudablemente es aprovechar todos sus utensilios como materia literaria, como motivo periodístico: cantaría sin duda a las teclas, a las yemas de los dedos, al pulso febril del aparato misterioso, al ojo de la pantalla iluminada, al silencio de la vertiginosa e infinita transmisión de la velocidad. También a ese fondo inmenso de ordenado desorden, a ese trastero tecnológico que nunca sabremos dónde está y que llaman “papelera de reciclaje”.

“¿Está usted seguro de que quiere enviar esto a la papelera de reciclaje?”, le preguntaría la máquina al pensamiento, a las palabras del escritor.

Y Ruano dudaría.

Pero todo sería artículo en él ‑también esto, también esta duda‑ porque todo en él se convirtió siempre en artículo para el periódico. Todo le servía».

JJ Perlado:- «El artículo literario y periodístico -Paisajes y personajes».- págs 19- 21)

(Imágenes:- 1.-poeta en el café.- dibujo de Guncser del escritor Frigyes Karinthy en «La cocina de Hungría» de George Lang/ 2.-café Montmartre .-Santiago Rusiñol.- 1890/ 3.-Epytafe)

CAMBA Y EL HUMOR EN EL PERIODISMO

Para Julio Camba todo era periodismo. “En este mundo, y supongo que en todosdice Camba en Aventuras de una peseta‑, el pobre escritor no ve más cosa que una: artículos. Para la mayoría de las gentes, el desierto es el desierto, y el bosque es el bosque. Para el escritor, en cambio, el desierto es una crónica, y el bosque es otra crónica. Usted, amigo lector, me deja a mí frente al mar, pongamos por caso, mientras va a darse un pequeño paseo, y cuando vuelva, ¿qué creerá usted que he hecho yo con la azul inmensidad? Pues exactamente lo mismo que hubiera hecho con una iglesia románica, con un par de calcetines, con un discurso del señor Lerroux, con una puesta de sol o con un nuevo procedimiento para combatir la tuberculosis: la habré cogido y la habré transformado, reduciéndola a una superficie literaria de150 centímetros cuadrados, poco más o menos.

Nada es como es, sino como nos lo representamos, y el escritor, colocado ante una cosa cualquiera, o no la ve, o la ve en forma de artículo. (…) El diabético convierte en azúcar todo lo que ingiere; el hepático lo transforma en bilis, y el escritor lo reduce a literatura, ya biliosa o ya azucarada. (…) De mí sé decir, por ejemplo, que, obligado a veces a hacer un artículo, y disponiendo de una catedral gótica, que había visitado momentos antes, y de la levita del gerente del hotel como materiales a elaborar, me he decidido por la levita del gerente y he despreciado la catedral gótica. Para cualquier tendero veraneante, aquella catedral, en cuya construcción habían trabajado sin descanso quince generaciones sucesivas de obreros y artífices, hubiera representado infinitamente más que una levita. Para el escritor, en cambio, la levita tenía mayor interés, y no porque fuese una levita maravillosa, sino porque era una levita grotesca.”

Es siempre el detalle, lo pequeño, lo nimio. En los títulos, tanto Camba como Pla, se retratan muchas veces cuando titulan sus colaboraciones periodísticas. Es la paradoja, la sorpresa y el humor. En Camba encontramos, por ejemplo, Grandes hombres de vitrina, El jamón y la pepitoria de gallina, El genio es un caso de estupidez, El arte de tirar bolitas de pan, En Suiza no hay suizos, Los rascacielos como obra de ternura, El hombre que se vendió brea a sí mismo, En defensa del resfriado, Una tempestad en una taza de té, Madrid y el ácido úrico, Las barbas en el siglo XII, Peinados monumentales y talles de avispas, Gotosos y bronconeumónicos, El “pelmazo” interior

El humor de Camba asoma ya claramente en esos titulares pero es una delicia el desarrollo de ese humor cuando se hilvana en textos como este:

Se ha perdido un multimillonario

                             “Se ha perdido un multimillonario americano ‑se lee en el volumen Ni Fuh ni Fah‑. Estaba hospedado en el Savoy, de Londres, hará cosa de mes y medio, cuando salió a dar una vuelta por el Strand, diciendo que regresaba en seguida, y esta es la hora en que aún no se le ha vuelto a ver el pelo. Como es natural, se le dará una buena recompensa a quien lo encuentre. Procede del Tennesee, y sus amigos solían llamarle Shorty. Tiene cuarenta y tres años, y mide un metro sesenta y tres de estatura. Pesa setenta kilos (sin los millones, naturalmente). Es ligeramente canoso. Usa gafas, y tiene un tatuaje en el brazo izquierdo representando a una bayadera, la que, con una hábil flexión de músculos, ejecuta la danza del vientre, a voluntad del multimillonario, cuando éste quiere divertir a sus amigos íntimos.

                             Doy todo el señalamiento del extraviado magnate de las finanzas por si alguno de mis amigos se lo encuentra por ahí y quiere incorporarlo a su colección. Tengo varios amigos, en efecto, que se dedican a coleccionar multimillonarios. Algunos los coleccionan interesadamente, calculando que siempre es bueno tener un millonario a mano para un caso de apuro; pero, en honor a la verdad, debo advertir que no todos proceden con unas miras tan egoístas. Nada de eso. La mayoría los coleccionan por pura admiración, y, lejos de beneficiarse con su amistad, no les dejan pagar nunca el gasto en ninguna parte. Son hombres que tienen la debilidad del multimillonario. Creen que su trato les honra y enaltece, y, para no verse privados de él, lo convidan a comer, le ofrecen magníficos puros (a un multimillonario no se le pueden ofrecer tagarninas), lo sacan de juerga y hasta llegan a facilitarle dinero cuando el multimillonario necesita de pronto hacer una compra y nota que se ha dejado la cartera en casa, según es uso y costumbre en el gremio. Y aunque haya quien tenga por tontos a los coleccionistas de este tipo desinteresado, a mí me parecen mucho más tontos los del tipo egoísta, quienes, evidentemente,  adelantarían mucho más coleccionando mariposas o sellos de correos. Con los sellos de correos, sobre todo, se hacen a veces negocios muy saneados, y nunca se corre el riesgo de que ellos ‑los sellos‑ pretendan negociar con sus coleccionistas…

                             Por mi parte, no abrigo la menor esperanza de encontrarme al multimillonario desaparecido. Este multimillonario ‘vale’ doce millones de dólares, según declaró él mismo, no hace mucho, en un club londinense, y yo nunca me he tropezado con nadie que valiese arriba de cincuenta duros.

                             Según ciertos indicios, no tendría nada de particular el que nuestro hombre estuviese en manos de una demimondaine. Esta clase de mujeres sienten una gran atracción hacia los multimillonarios americanos. Cuanto más feos son, tanto más les gustan. Les encuentran más raza. También se sospecha que Shorty haya sido secuestrado por unos gangsters, quienes exigen un precio fabuloso por su rescate, y a los que él va dando largas haciendo trabajar constantemente a su bayadera. Y aún nos queda la hipótesis del suicidio, la del asesinato y la de una amnesia real o fingida.

                             Yo creo que, en las grandes ciudades, debieran construirse una especie de fourrières para multimillonarios extraviados. Se les guardaría allí seis o siete días, y si nadie les reclamaba, se les daría por muertos. Su fortuna sería empleada en obras de utilidad pública.”

Es el humor franco, a la vez sutil, porque Camba ‑un melancólico‑ es al mismo tiempo y soterradamente “un hombre a un humor pegado”, es decir, el humor viajaba con él en sus visitas de observación del mundo: observaba lo lejano y lo cercano, las menudencias del existir diario y, envolviéndolas muchas veces de humor, hacía un artículo. “Ya saben ustedes lo que pasa con el catarro nasal escribía en otra de sus colaboraciones‑. Primero se lo aguanta uno heroicamente varios días, durante los cuales, y merced a este magnífico sistema de pulverización que se llama el estornudo, va poblando de gérmenes la atmósfera que le rodea. Luego se mete uno en la cama, se arropa muy  bien arropado, llama al médico, toma unos potingues, y cuando, considerándose ya sano y fuerte, baja al comedor de su casa o de su hotel, los gérmenes que anteriormente había dejado allí, y que durante su ausencia fueron creciendo, engordando y multiplicándose a expensas de todo el que pillaron por delante, lo reciben como a un viejo amigo y lo hacen objeto de su más especial predilección. Entonces vuelve uno a meterse en la cama, después vuelve a levantarse y así sucesivamente, sin que nadie tenga la menor base de cálculo para predecir el fin de estas alternativas.

El catarro nasal es una cosa bastante más seria de lo que parece. Yo acabo de leer una estadística del Health Ministry, según la cual cada año hay en Inglaterra de sesenta a ochenta millones de catarros nasales. Desde luego, estas cifras quizá fuesen bastante menos elevadas si los ingleses no tuviesen la costumbre, que a mí siempre me pareció algo desatentada, de dormir con las ventanas abiertas y si no se pasaran la vida haciendo ejercicio a un aire que ellos se obstinan en llamar libre, aunque, por lo que a Londres se refiere, está siempre lleno de hollín, carbonilla, gas del alumbrado y otras sustancias no mucho más balsámicas ni pectorales. De un modo o de otro, sin embargo, ello es que el catarro nasal le cuesta a Inglaterra unos 65.000 millones de libras esterlinas al año y que constituye una enorme sangría para el comercio y para la industria.”

La observación por tanto de la sociedad y el humor van en Camba muchas veces enlazados. Pero lo esencial en él es que llega a todos los públicos porque trata temas de la vida corriente. Ya lo señalaba también González Ruano en cierta ocasión: “De vez en cuando ‑decía‑ leemos en un telegrama pequeñito que trae arrinconado la página de un periódico una noticia que nos interesa, que nos conmueve profundamente. Como vivimos de escribir y casi para escribir, estas noticias las buscamos diariamente, profesionalmente, porque siempre que un artículo no es teórico, intimista o general, ha de referirse a algo muy concreto, y no lo hay más que en un suceso que da la vida diaria, la vida de prisa, ésta en la que andamos y que se nos va sin casi saber cómo.

La mayor parte de las veces, el suceso que nos llama la atención nos la llama por sí mismo, por su argumento, que puede interesar a cualquiera. De ahí su cincuenta por ciento ganado de que el artículo que lleve dentro de su glosa, divagación o sugerencia esa realidad interesante sea un artículo popular que puedan leer todos con cierto gusto. Uno es el de los escritores que creen, si no en la mayoría, sí en aquella ‘inmensa minoría’ de que hablaba el poeta cansado de su nombre. Uno es de esos escritores que abre los balcones de su torre de marfil a la calle porque el marfil le ahoga, porque no desdeña la calle y porque cree que sólo se conforma con tener un público pequeño, quien no se cree con fuerzas para tener un público grande. O sea, que hay que escribir para todos y no para unos cuantos, a quienes, para salvar nuestra vanidad herida, llamamos ‘elegidos’”.

JJ.Perlado.- «El artículo literario y periodístico«.-» Paisajes y personajes».- págs 91-95)

(pequeña evocación cuando se cumplen 50 años de la muerte de Camba)

(Imágenes:- 1.-Julio Camba.-abc.es/2.-Julio Camba.-ideal.es/3.-Julio Camba.- espaaescultura.tnb.es)

PERIODISMO Y PODER

«¿Tiene poder el escritor de periódicos? ¿Posee poder el articulista? ¿Influye de una forma eficaz en la sociedad el texto de un artículo o de una columna?
El profesor Josep Maria Casasús señala en su libro «Artículos que dejaron huella» (Ariel) que algunos de esos textos marcaron un sello y dejaron una estela de indudables repercusiones políticas y sociales. Desde el Vuelva usted mañana de Larra en 1833 hasta El catalán: un vaso de agua clara, de Pemán en 1970, otras dieciséis colaboraciones abarcan su personal selección:  Examen de la cuestión del matrimonio de la reina doña Isabel II, de Balmes, en 1845; Pastor y víctima, de Mañé i Flaquer, en 1833; La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas, de Mariano de Cavia, en 1891; J’Accuse…!, de Zola, en 1898; Sin pulso, de Francisco Silvela, en 1898; Un mensaje a García, de Elbert Hubbard, en 1899; La ciutat del perdó, de Joan Maragall, en 1909; Neutralidades que matan, del Conde Romanones, en 1914; El error Berenguer, de Ortega, en 1930; Múrcia, exportadora d’homes. Vint-i-vuit hores en transmiseria, de Carlos Sentís, en 1932; March, de Azorín, en 1933; Les Gangsters de la Mafia. Marseille, marché mondial et secret de l’opium, de Blaise Cendrars, en 1934; Verona y Argel, de Santiago Nadal, en 1944; Mano a mano. Miguel Maura, de Manuel del Arco, en 1966; El general sale a exterminar a Charlie Cong, de Nicholas Tomalin, en 1966 y Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle, de Rafael Calvo Serer, en 1968.

Es la selección que hace Casasús e indudablemente el tema podría ampliarse y enriquecerse con otros libros y textos.


Pero la pregunta que habría que hacerse es la siguiente: ¿es esto frecuente? Hay que admitir que no. Esta influencia del artículo sobre el poder es algo excepcional. Han de reunirse varios factores en una encrucijada político-social muy definida para que un artículo, caído desde el cielo de un autor que está observando con precisión una situación clave, bombardee con oportunismo exacto un campo ya preparado para recibir esa prosa.
El poder difícilmente es sacudido por un solo artículo. (Acaso haya alguna excepción, por su repercusión social, como puede ser el J’Accuse…! de Zola.) Quizá un editorial pueda mover en un determinado momento los cimientos del poder o de sus aledaños, pero un artículo  o más bien una sucesión de artículos  – o una sucesión de columnas – está más hermanado con una lluvia fina cuya influencia tal vez se perciba muy a la larga, cuando haya empapado las costumbres y actitudes de una sociedad.

En una de las mesas redondas que en 1992 y 1994 se celebraron en la Universidad de Oviedo bajo el título El columnismo literario como corrección del Poder en España, Millás dio su opinión respecto a esto: “El columnismo literario no corrige el poder (…) Tendríamos que decir, honestamente, que quizá…, a muy largo plazo…, pero muy poquito (…) Tampoco creo que esa sea su función, si alguna tiene (…) Yo creo que el periódico es una representación de la realidad, seguramente la más inmediata y la que mayor capacidad tiene para crear opinión y hábitos de respuesta a los estímulos del poder. En los periódicos aparece la realidad jerarquizada y parcelada, formando sus distintas piezas un todo. (…) En general, vivimos con la ilusión de que comprendemos el mundo, pero el mundo, en lo que concierne a su representación escrita, ha crecido mucho más que nuestra capacidad de elaboración. Estamos sometidos desde la mañana a la noche a un bombardeo informativo cuyos contenidos no podemos elaborar. (…) El caso es que llega un punto en que la materia informativa pierde toda su capacidad simbólica para explicarnos la realidad y entonces nos refugiamos en otros ámbitos donde lo que leemos colabora de forma más o menos imperfecta a construirnos una imagen del mundo (…). Recorremos las habitaciones del periódico, como las de nuestra casa, de acuerdo a unas preferencias seguramente inconscientes, pero que acaban imponiendo un orden que, en última instancia, quizá se trate de un orden moral. Y cuando la casa es muy grande o muy fría, seleccionamos de ella algunos espacios que acotamos para el calor y para la seguridad, pero también para la comprensión. (…)
Ahí sin duda anida el valor del artículo – de la columna -, su refugio.


Delibes, entre muchos otros periodistas, se vio acuciado por ciertos lectores con el fin de que, a través de alguno de sus artículos, se pudieran modificar o mejorar realidades urgentes. “Recibo una amarga carta de una vecina de la comarca zamorana de Los Arribes del Duerocuenta en» Pegar la hebra» –  rogándome que trate de evitar que ‘la zona más deprimida, demográfica, social y culturalmente de Europa sea convertida en basurero nuclear del continente’. El primer efecto que esta carta me ha producido ha sido de desconcierto; luego, de enternecimiento ante la confianza que esta señora me muestra. Ella apela a ‘mi amor por las zonas rurales’, que es en verdad muy vivo y profundo, pero desgraciadamente este sentimiento no me da un ápice de poder. (…) El poder del escritor, querida señora – sigue diciendo Delibes -, es muy frágil, no va más allá de su pluma y de la emisión de un voto en una urna cada cierto tiempo. Aunque otra cosa se diga, no tiene otro poder. Por eso, hoy, al dar respuesta pública a su petición, no se me ocurre otra cosa que solidarizarme con ustedes y repetir otra vez que lo que Castilla necesita son ideas e inversiones rentables, revitalizadoras, no asilos de ancianos, pabellones de reposo, escuelas sin alumnos, ni cementerios nucleares. Algo que sujete a los jóvenes a la tierra donde nacieron, en lugar de fantasmas y amenazas que faciliten su dispersión.”

El poder, pues, del escritor de periódicos en general  y el del articulista – o columnista – en particular  no tiene tanta eficacia como en ocasiones se le atribuye.

Bastante poder tiene con contar siempre la verdad.

Y añadirle a la verdad el ser contada con belleza».

(J. J. Perlado: «El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes».-págs 103-107)

(Imágenes.-1.-manuscrito de «Yo acuso» de Zola.-1898/2.-Albert Camus/3.-página de «L´Aurore» con la carta de Zola.- wikipedia/4-Alain Pontecorvo/5.- Central Park.-Nueva York.- foto: Yale Joel.-1957)

EL OÍDO Y LA VOZ

«La voz conduce a las palabras y el oído las recoge. La voz, con su intensidad y sus timbres, surge en la radio de ese ímpetu humano abierto ante el micrófono, entregado a él, expresando con su potencia todo lo que el oído humano va a recibir. A veces el oído humano va distraído, viaja por el pasillo entre quehaceres, marcha de la cocina al cuarto de baño, avanza otras veces en el coche por autopistas trepidantes, lanza sus faros de fantasía, va buscando entre las emisoras antes la música que la palabra, pero de pronto, sin quererlo, unas palabras le atrapan, le atrapan entre adjetivos y adverbios, le atrapan sobre todo por su interés y emoción. Es la liana con la que la voz suele envolver hábilmente al oído, el nudo corredizo con el que le mantiene preso en su atención. Es la voz, la voz en la radio, la voz acompasada y sugestiva, la voz cálida y el tono trepidante. Es el 30 de octubre de 1938 y Orson Welles le está contando al oído del mundo la invasión de marcianos a la Tierra, el descendimiento real de los extraterrestres en “La guerra de los mundos”. Dos millones de oyentes creen a la voz, no creen a sus ojos, creen a sus oídos. Es un triunfo más de la voz en la historia de las comunicaciones, la potencia de la CBS aumenta la verosimilitud de esa voz y del cielo de los terrores bajan despacio infinitas figuras de marcianos que la voz acompaña, la voz de Welles los va depositando en el suelo de la realidad, ante el espanto sobrecogedor de las muchedumbres.

Dos años después es otra voz la que sostiene resistencias. Es la voz del 18 de junio de 1940, voz del general De Gaulle desde la BBC, voz grabada a las 18 horas de ese día, transmitida a las 22, vuelta a transmitir a las 16 horas del día siguiente. La voz del General será una voz histórica y los oídos franceses conservarán la esperanza del triunfo final, sus ecos persistirán durante años, la liberación se vislumbrará ya –  esperanza radiada y ampliada – en el horizonte.

Son los triunfos de las voces en la radio; los oídos van y vienen, siguen cruzando de la cocina al comedor, viajan por los pasillos, vuelven a subir en potentes automóviles, quedan atrapados en la presión de los cascos. Los oídos se distraen con mil cosas, mariposas de anécdotas cruzan entre inquietudes de sucesos, escenografías de relatos intercambian fulgores con debates. Los oídos siempre escuchan, al menos parece que escuchan, marchan distraídos, van y vienen. Pero las voces persisten. Todas las intensidades entre silencio y lenguaje, como definiría Steiner, viven en los matices de la voz, en esas cuevas de la intimidad humana en las que el lenguaje domina al silencio. Así el silencio de las soledades es acunado siempre por la voz, acentos aterciopelados de entrevistas, ahogos en rumorosas confidencias, síntomas agudos de alarmas, sonoras cajas de revelaciones.

Son voces guturales, voces nasalizadas, en ocasiones frías y distantes, en otras lánguidas; son voces dramatizadas que nos llevan a escenarios teatrales, novelas radiofónicas cuyas discusiones nos siguen por los pasillos. Son voces de gravedad, tonos rotundos, locuciones solemnes. A veces son los desfiles impecables, a veces se asoman a la evocación, a veces abren la puerta de poemas, a veces nos entregan fragmentos. Son voces de madrugada, voces nocturnas, voces al lado del insomnio. Son voces apasionadas e implicadas, voces interrogando las conciencias, voces creíbles. Y luego vienen las voces infantiles, el cortejo de las sonrisas, el eco de los juegos, el timbre escondido en la música, música de la voz que hace brillar la vida.

En este muy interesante libro de Félix Gallardo se recogen muchas vidas y voces de la  Radio en España: hablan del oficio radiofónico ellos que dedicaron su vida a ese oficio. Testimonios valiosísimos, confesiones que entregan sabia y variada lección. A muchas de esas voces las conocí. Con alguna compartí trabajos. Mi voz y las suyas se han cruzado en emisoras madrileñas y sus recuerdos – tal como si ahora los oyera – me acercan ecos muy diversos. Mi vida profesional se ha cruzado con Matías Prats, Basilio Gassent, Joaquín Peláez, Vicente Marco, Ángel Soler, José Luis Pécker, Manuel Amado. Son voces en los pasillos, voces y manos estrechando saludos, nostalgias, despachos, quehaceres: voces entrañables.

Luego las voces se fueron o yo me fui – otras voces hoy las sustituyen – pero todo permanece en el oído».

(Palabras que he publicado como Prólogo al reciente libro sobre la Radio española, «Lo que nunca muere». La Radio nació para quedarse».-Félix Gallardo.-Villanueva Centro Universitario y Netniblo ediciones.-Madrid.-2011)

(Imágenes:- 1.-Orson Welles.- Nueva York 1937.- foto Carl Van Vechten.- wikipedia- org/ 2.- foto Lyle Owenko.-Untitled from The Boombox Series.-2009.-owenko.com)