“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS ( y 48): LA GRAN VÍA Y FINAL

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Hoy concluyen estas Memorias que han ido apareciendo desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

MEMORIAS  ( y 48)  :  La Gran Vía y final

 

 

 

Sí, así había sido. Así había ocurrido. La periodista no había venido nunca. La periodista no existía. Cuando, ya pasadas las seis y media o quizá las siete de la tarde, salí del Museo de Historia de Madrid  y comencé a caminar de nuevo por la acera izquierda de la calle de Fuencarral en dirección a la aún lejana Gran Vía aunque sin ningún propósito concreto sino tan solo deambular a aquellas horas en un verano recién inaugurado, las luces de los escaparates, sobre todo las luces de las esquinas de las calles de Beneficencia y de Farmacia, aparecían envueltas en un suave vaho, una neblina casi transparente que envolvía el paso apresurado de los transeúntes. Aquel tramo concreto de la calle de Fuencarral se encontraba a esa hora invadido de gentes que iban y venían apresuradas, cruzándose a su vez con muy escasos vehículos, para pronto aquel tramo hacerse peatonal, las aceras dieron paso a una amplia calzada salpicada de pequeños árboles aislados y el camino en fin se hizo más atractivo y cómodo. Por el centro de aquella amplia calzada y mezclado con una multitud heterogénea anduve varios minutos observado por las pintadas gigantes, a veces grotescas, que me miraban desde los ángulos de los muros, por numerosos comercios de fachadas multicolor reclamando la atención de los consumidores más jóvenes, por músicos solitarios apostados en las esquinas y en general rodeado de un ambiente amable y festivo como especialmente en los últimos años solía ofrecer aquella calle tan volcada a la modernidad en ciertas horas determinadas. Recuerdo sobre todo haberme detenido unos momentos con especial curiosidad en la esquina con la calle de Hernán Cortés para escuchar el ritmo acompasado de un joven trompetista que, de pie y apartado unos pasos de su pequeña orquesta de aficionados sentados en taburetes y entregados fervorosamente a sus instrumentos, lanzaba su sonido ante un corrillo de gente absorta y entusiasta y lo hacía con toda la fuerza de sus pulmones, girando una y otra vez el cuerpo con la trompeta elevada en el aire, impulsándolo todo con leves movimientos de brazos y piernas. Unos portales más adelante, en la esquina de Fuencarral con la calle Augusto Figueroa, me sorprendió también, como siempre me ocurría cuando pasaba por allí, la ermita Humilladero de la Virgen de la Soledad, una pequeña construcción en ladrillo con una gran puerta en forma de arco de medio punto que generalmente estaba casi siempre cerrada pero que aquella tarde permanecía abierta e iluminada. Me vinieron a la memoria mis lecturas de tiempos pasados sobre las calles de Madrid de Pedro de Répide y cómo hablaba él de aquella ermita fundada en 1712 por el marqués de Navahermosa, para añadir que parecía un santuario campesino en cuyo torno se hubiese alzado la ciudad. Tal afirmación era una completa verdad. Aquel arco de medio punto con barrotes de hierro había sido, al parecer, la puerta de las caballerizas del marqués de la Torrecilla y una vez más me quedé asombrado al contemplar en el atardecer la modesta construcción que había sobrevivido durante tantos siglos en medio del tráfago de la capital. Allí aparecían, en la pequeñísima capilla de forma rectangular presidida por un modesto altar con un retablo formado por dos columnas jónicas , el lienzo de la Virgen de la Soledad custodiado por un marco dorado y también un Cristo de madera policromada de tamaño natural ante el cual permanecían en ese momento, en pie y rezando, tres o cuatro personas, las únicas que podían caber en el estrecho recinto. La tradición decía que aquella Virgen siempre había estado alumbrada por un farolillo, pero ahora, entre las primeras luces de los comercios que provenían de la calle atrayendo una especial luminosidad y las cinco velas encendidas junto al altar, aquel recinto presentaba un aspecto insólito y sorprendente. Volví a pensar en el tema del tiempo, como tantas veces me ocurría, pero más que en el paso del tiempo, en la incrustación de un tiempo sobre otro, es decir, en la incrustación de aquella ermita del siglo XVlll dentro del siglo XXl y en su permanencia, por encima de tantos avatares, en el centro de Madrid. Me ocurría en cierto modo lo que me había pasado pocas horas antes, al principio de mi paseo de aquella tarde, al evocar los célebres pozos de la nieve a la altura de la glorieta de Bilbao y cuantas reflexiones me habían suscitado. Pero esta vez el tema era distinto, y en cierto modo más singular, ya que la ermita del Humilladero había quedado como trozo vivo de una época pasada, una especie de reliquia que nadie se había atrevido a suprimir desde hacía siglos. El tiempo, me fui diciendo conforme volvía a caminar por Fuencarral, me empujaba a la vez a avanzar por aquella calle con una ligera emoción que siempre me acompañaba, con un cierto afecto, puesto que aquella calle siempre me transmitía un eco especial, ya que unos portales más adelante, exactamente en el número 5, había nacido yo un mes de febrero de 1936 a las 6 de la tarde de un domingo, en medio de las explosiones de la guerra. Todo lo que me habían contado mis padres y mis abuelos, los periódicos y libros que yo había leído años después sobre aquellos momentos, las fotografías que había podido repasar en colecciones y bibliotecas, me llevaban, desde el balcón del número 5 de Fuencarral, hasta los sacos de arena amontonados para intentar proteger los edificios de los obuses y hasta los andenes nocturnos repletos de gente aterida de frío en los fondos del metro Gran Vía, aguardando bajo tierra, entre carteles de deshilachada propaganda y sacos de dormir, a que los ataques cesaran. Más o menos un año o casi un año y medio después de ese febrero, es decir, en abril o mayo de 1937, al otro lado de los cuatro tabiques de mi pequeña habitación infantil (así me lo contarían muchos años después), podía oírse perfectamente el eco de los proyectiles que disparaban sobre el gran edificio de la Telefónica de 81 metros de altura y 17 plantas – un rascacielos único para entonces – pegado al número 5 de Fuencarral, un edificio ocupado tan sólo hasta el piso octavo, abandonados y vacíos los pisos superiores por razones de seguridad y concentrados en el piso quinto varios corresponsales y escritores que allí tenían su oficina para transmitir la contienda, entre otros Barea, Dos Passos o Hemingway. Nunca pude imaginar que desde el inicio de mi vida la literatura la hubiera tenido tan cerca. A los dos primeros los leí años más tarde y al tercero lo conocí y charlé con él 22 años después, un 23 de mayo de 1959 en una armería de la calle de Serrano y aún recuerdo el poderío de su altura, sus ojos luminosos tras los lentes y su barba blanca. La Gran Vía, recordaba yo perfectamente y diría que casi palabra por palabra puesto que había leído en varias ocasiones los textos de Barea, la ancha calle en la que está la Telefónica, decía él, conducía al frente en línea recta; y el frente se aproximaba. Lo oíamos, recalcaba Barea. Estábamos esperando oírlo de un momento a otro nosotros bajo nuestras ventanas, con sus tiros secos, su tableteo de máquinas, su rasgar de granadas de mano, las cadenas de las orugas de sus tanques tintineando en las piedras. Tal era el clima de aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía en donde yo viví los primeros meses. Pero junto a aquellas páginas de los escritores compuestas a posteriori, los relatos personales de mi familia me iban contando cómo mi abuelo, enfundado en una bata sobre el pijama, bajaba a la Gran Vía, al frío de la madrugada y con más de sesenta años, intentaba ponerse en la cola donde repartían botes de leche condensada, uno de ellos indudablemente para mí. Aquellos relatos narrados mucho tiempo después y suavizados como siempre ocurre por la distancia, nunca podrían reflejar la dureza de las noches y las madrugadas. En todo aquello seguía yo pensando mientras avanzaba por la calle de Fuencarral ya cerca de su final, mejor dicho de su principio, y recordaba igualmente, volviendo una vez más hacia aquellos escritores, antiguas lecturas mías, también de Dos Passos, sobre todo su “Manhattan Transfer”, publicado en 1925, es decir, doce años antes de llegar a Madrid y de instalarse en la Telefónica. Volvía a pensar en todo aquello conforme caminaba e iba dejando atrás el luminoso reflejo de los escaparates, y le daba vueltas a aquel juego que había hecho Dos Passos con sus escenas cambiantes y entremezcladas, anuncios, personajes, noticiarios, recortes y publicidad que conformaban el cuerpo de su novela, y así, dándole vueltas a las cosas, pensé, no sé por qué, que en cualquier lugar del mundo podría establecerse de algún modo una especie de mosaico o lo que es lo mismo, de reunión de materiales, para poder levantar también un “Manhattan Transfer” singular, aplicado por ejemplo a cualquier año, por ejemplo a 1936. Aquel año del 36 nacía Yves Saint- Laurent y morían Lorca, Unamuno, Valle-Inclán y Gorki, la empresa Corning Glass Works presentaba recipientes de vidrio que podían ponerse directamente al fuego, el profesor Henri, psicólogo y quirósofo abría su consulta diaria para que el paciente pudiera ver su destino, un terremoto convertía en ruinas la ciudad de San Vicente en El Salvador causando 250 muertos y 800 heridos, Eugenio O’ Neill recibía el Premio Nobel de Literatura, una cazadora costaba ese año 25 pesetas, una estufa de gas 45, una radio a plazos suponía pagar 5 pesetas al mes, se podía comprar “¡Protegeos!”a 60 céntimos, con consejos, normas y precauciones a adoptar frente a los bombardeos aéreos, “A mal tiempo -aconsejaba un anuncio -, Ron Negrita Bardinet” ; “Jabón de La Toja, inmejorable para tocador por su fino y exquisito perfume”decía otro anuncio; en Pirados, Chile, llegaba la lluvia después de 91 años de sequía, se estrenaba “Tiempos modernos” de Chaplin, “Lejía Conejo’ se anunciaba en Barcelona, Bilbao y Zaragoza ; la programación de la radio, a las 12,25, emitía “Cocktail del día” de Pedro Chicote; “Niños flacos, harina lacteada Nestlé” indicaba otra publicidad ; un par de medias costaban 11 pesetas, unas zapatillas 5 pesetas, una noche en un Hotel de lujo 10 pesetas ; la actriz Carol Lombard aparecía en la portada de “Lecturas”, en los trajes se introducían tejidos que imitaban la seda natural; en Alemania mandaba Hitler, en Estados Unidos Roosevelt, en España Azaña, en Italia Mussolini, en Francia Lebrun ; un paraguas costaba 8 pesetas, unos zapatos de señora 19 pesetas, unas gafas 5 pesetas; Miguel Hernández publicaba “El rayo que no cesa”, se inauguraba el puente más largo del mundo en la ciudad de San Francisco, abría en Alemania la fábrica de automóviles Volkswagen, Antonio Machado daba a luz su “Juan de Mairena”, Nehru se constituía heredero de Gandhi. Y así, con todos aquellos materiales y muchos más reunidos de todas partes podían perfectamente reconstruirse pieza por pieza los fondos del año 1936, su suelo y su mapa oculto de imprevistos, nacimientos, defunciones, espectáculos, costumbres y curiosidades, sólo faltaba que una mirada literaria, como la que había tenido Dos Passos en Nueva York, y más tarde ampliada en su trilogía USA, se extendiera sobre los países y en concreto descendiera sobre Madrid y fuera mostrando toda una situación de conflicto y pobreza. Pero en aquel 1936, en aquella esquina de Fuencarral con Gran Vía, existían también otras coordenadas, y así lo iba pensando yo en aquel atardecer. Levantaba la mirada hacia el cielo azul de Madrid a la altura de la calle de San Onofre, entre el gentío de las tiendas abiertas, y evocaba otros cielos contiguos y desconocidos, dilatados y extendidos en galaxias, una sensación parecida a la que me solía ocurrir de vez en cuando ante el mundo de los peces y el universo submarino, aquella sensación singular de que todas las cosas emergían al unísono, la trama de la vida, sus arterias y ciclos vitales, las raíces, hojas y ramas de los bosques, la expansión de nubes y cielos, un panorama que volvía a mi memoria. Pero no tuve tiempo de distraerme mucho en tales reflexiones porque casi enseguida llegué ante el balcón del número 5 donde yo había nacido y, como siempre solía hacer al pasar por allí, me detuve unos momentos ante la fachada de la casa, ante aquel balcón del segundo piso, e imaginé la figura de mi madre entre nítida y vaga en aquel muy lejano domingo de febrero, pero sólo fueron unos segundos ya que pronto emprendí de nuevo mi camino, rocé los grandes muros del edificio de Telefónica, doblé despacio a la derecha y me encontré de improviso con la luminosidad y el rumor tumultuoso de la Gran Vía. Debían de ser entonces las ocho u ocho y media, o quizás las nueve de la noche, no puedo precisarlo bien, pero lo que sí tengo en la memoria fueron las múltiples iluminaciones casi deslumbrantes entre el fragor de los coches brillantes bajo las luces y las muchedumbres yendo y viniendo por las nuevas aceras, ahora más amplias, que hacía pocos meses habían quedado inauguradas. Aquella Gran Vía de Madrid yo la conocía muy bien porque la había recorrido durante años de arriba abajo, especialmente antes de casarme, en los años cincuenta, muchas veces en verano, de diez a once de la noche, cuando dejaba en su casa del paseo de Rosales a quien luego sería mi mujer y cruzaba todo Madrid para volver andando hasta casa de mi tía Amparo, en la calle de Goya, donde yo entonces vivía, o cuando muchas mañanas llegaba en metro a la histórica estación de Gran Vía, precisamente situada frente a la Telefónica, una estación con elevador de tres paradas y su templete de granito coronado con una marquesina en hierro y cristal que resaltaba por su originalidad. En aquellos años la Gran Vía era espectáculo abierto a muchos autobuses de dos pisos con sus largos y grandes anuncios horizontales trazados bajo sus ventanas animando a consumir MARTINI o MORILES, mientras la neblina suave de cada invierno matizaba al pasar las largas faldas femeninas y los sombreros masculinos caminando en dirección a Callao, el mismo trayecto que ahora, por la acera de la izquierda, estaba haciendo yo. Aquella Gran Vía de los años cincuenta mostraba grandes y casi históricos edificios, muchos de ellos dedicados a proyecciones cinematográficas, nombres casi míticos, como el Avenida o el Palacio de la Música, o joyerías también célebres como Aleixandre, esquina a Montera, y yo en aquellos momentos me sentía caminar como siempre entre evocaciones cruzadas, igual que tantas veces me había sucedido en la vida, y una vez más, lo mismo que ante un resplandor, veía, por decirlo así, un Madrid desaparecido, la mano invisible pasando por encima de las ciudades y transformándolas. Al llegar a la altura del antiguo Palacio de la Música, ahora convertido en un amplio comercio de modas y del que estaban entrando y saliendo en esos momentos numerosos compradores, quise dar unos pasos hacia atrás en la misma acera, apartarme como pude de la multitud y levantar la mirada para contemplar de abajo arriba aquella compleja fachada que yo conocía muy bien, que yo había contemplado muchas veces, aquellos huecos excavados por hornacinas con jarrones prolongándose en los extremos hasta llegar a lo que podría llamarse el ático de la coronación, ascendiendo más arriba por una galería de orden jónico que combinaba columnas y que aún se alzaba más, hasta una balaustrada erizada de pedestales. Toda aquella zona muy cercana a Callao, tanto en la acera de la derecha como en la de la izquierda, había sido un enclave de ocio y diversión en los años cincuenta. Al lado del Palacio de la Música aún recordaba yo con claridad el gran vestíbulo del antiguo cine Avenida, por el que tantas veces había cruzado para entrar a ver una película, aquellas películas largas, en perfecto color y con perfectos amores, aventuras y traiciones, y cómo me habían sorprendido siempre, ya que me parecía una decoración de lujo, aquellas dos escaleras simétricas que conducían al anfiteatro y el paso a la sala sorteando columnas de mármol bajo espejos grabados recubriendo el techo donde se reflejaban brillantes arañas de cristal. Era un mundo que con las pequeñas salas de los cines modernos y sobre todo con la invasión implacable de los comercios, había desaparecido. Aún quedaba a pocos metros, al otro lado de la plaza, y ahora podía verla bien al entrar en ella, la imponente fachada del cine Callao, una creación de Gutiérrez Soto, con decoración típica del arte-deco y profusión de dorados, y sobre todo con su gran torreón de esquina iluminando en parte como un faro el resto de la Gran Vía junto al edificio Capitol, una Gran Vía que iba poco a poco descendiendo hacia la plaza de España. Y no sé por qué, si fue por la muy larga caminata emprendida durante toda aquella tarde desde mi casa con sólo un respiro de algunos minutos en una silla del Museo de Historia de Madrid hacía ya varias horas, o por diversas otras razones, lo cierto es que allí, en el centro de la plaza del Callao, rodeado por la gente y contemplando la iluminada fachada del cine, me sentí de improviso algo cansado y pensé a la vez, no sólo en el final que tenían todos los recorridos sino también de algún modo en el final de los libros. A aquel libro que yo había ido escribiendo poco a poco durante muchos meses entre errores y aciertos, “Los cuadernos Miquelrius”, aún le faltaba, pensaba yo, toda una labor de bastantes semanas de recapitulación, corrección y pulido, una labor parecida, me imagino, a la del carpintero que, creyendo ya su mesa aparentemente concluida, toma sin embargo su cepillo manual y realiza aquí y allá pacientes tareas de alisado en sus piezas de madera, rebaja nudos y cantos, permite que el ojo humano y también la mano no encuentren al pasar apenas ninguna dificultad : en el fondo algo necesario y difícil. Pero hasta el momento en que llegara esa tarea final de artesano había que seguir avanzando y así lo hice caminando entre la gente por aquella plaza del Callao, hasta, por un movimiento de inercia, llegar a una estrecha calle situada frente a mí, entre Preciados y unos grandes Almacenes, la calle del Postigo de San Martín, donde estaba situada la librería “La Central” a la que acudía tantos lunes por la mañana. A pesar de la hora observé con satisfacción que la librería aún no estaba cerrada y me decidí a entrar en ella, en parte para curiosear una vez más la aparición de alguna novedad y en parte para descansar un rato en alguno de los dos sillones que allí existían. Realmente en aquellos momentos había muy escaso público en “La Central” y yo, atravesando el vestíbulo sembrado de ofertas y revistas, tomé el ascensor como solía hacer siempre y subí hasta el segundo piso ahora casi vacío, aquel dedicado a libros de ensayo que era el que siempre me atraía. Y allí, y tal y como si fuera un sonámbulo, caminando entre hileras de libros y estanterías en todos los idiomas, sin duda apremiado por el cansancio acumulado de toda la tarde, llegué hasta la pequeña habitación acristalada, casi oculta en un rincón pero que desde hacía tiempo era ya como mi segundo espacio de trabajo, y viendo que la habitación aparecía solitaria busqué pronto el reposo en uno de los dos sillones. Me quedé largo rato pensativo. Frente a mí, al lado del ventanal que daba a una pequeña terraza por donde se adivinaba el cielo azul, aparecía sin ocupar el otro viejo sillón que siempre me había acompañado, un viejo sillón que yo había querido utilizar para sentar en él muchas veces de modo absolutamente imaginario, a Ricardo Senabre, antiguo catedrático de Salamanca y exigente critico de “El Mundo”. Senabre había sido, junto con la periodista, el único personaje de ficción que yo había introducido en mi libro. Senabre de algún modo me había servido para aconsejarme y animarme gracias a frases suyas que yo había leído en muchas de sus obras y él también me había atraído de modo casi misterioso puesto que era verdad que por muy pocos años de diferencia los dos habríamos podido coincidir como alumnos en las aulas de la universidad de Zaragoza, aunque aquello no había sucedido y siempre lo lamenté. Ricardo Senabre había fallecido en Alicante en 2015, pocos años antes de que yo comenzara “Los cuadernos Miquelrius” y sin embargo, por sus escritos y conferencias, él había estado muy presente en mí. Nunca nos habíamos, pues, conocido aunque siempre le había considerado muy cercano gracias a tantas lecturas. Nunca sabría lo que opinaría de aquellos “Cuadernos” pero me quedé mirando pensativo el sillón y le seguí dando vueltas a mis recuerdos e ideas.

José Julio Perlado

– “Los cuadernos a Miquelrius” – Memorias

Capítulo final

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (6)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Han comenzado a publicarse el 30 de marzo y van apareciendo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (6) : Mujica Láinez

 

 

26  abril

 

– ¿Y por qué habla usted tanto de lo invisible? – me pregunta hoy nada más entrar la periodista – ¿siempre le intrigó lo invisible?

– Sí, siempre me ha intrigado. Muchas cosas importantes que nos rodean son invisibles. Únicamente vemos o sentimos sus efectos. Un ejemplo entre mil, la electricidad, la corriente, no la vemos: vemos la luz. Y así hay muchas cosas invisibles en el mundo. Lo invisible y lo misterioso han convivido permanentemente en mí junto a lo real, al menos eso me suele ocurrir, y precisamente, en torno a eso tan invisible sobre lo que usted ahora me pregunta, recuerdo algo que me dejó impresionado y que viví hace años: una conversación que tuve con el escritor argentino, Manuel Mujica Láinez.

A Mujica lo conocí en Madrid en 1979. Estábamos sentados él y yo en la habitación de un hotel cercano al Ateneo, en el centro de la ciudad, cuando me contó la historia de la desaparición de su sortija. Y más o menos, me dijo lo siguiente: “tenía yo una sortija que me habían regalado entre veinte amigos, porque era extremadamente cara: era un ágata que tenía tallado el perfil de Shakespeare. Y ese anillo lo usé siempre, siempre – me repitió – , hasta hace unos dos años en que nadie sabe cómo desapareció. Como si fuera algo mágico. Era un día de mucho frío; yo no salí ni al jardín, me acosté a dormir la siesta, me puse una manta sobre el cuerpo… y cuando me desperté noté que no tenía mi sortija… Todo fue muy raro; no había nadie extraño en la casa, era el mismo servicio que ahora tengo…, se revolvió todo, incluso la chimenea, las cenizas por si se me había caído…Jamás, jamás apareció”.

Aquello me lo contó Mujica con la voz suave que él tenía y con sus maneras elegantes, corteses y agradables con que hablaba, y cuando yo creía que ya había terminado, me añadió otro suceso inexplicable. Un día paseando él por Londres, me dijo, vio de repente una pequeña librería cerrada y en su escaparate un libro abierto que mostraba la imagen de un hada… Le gustó el libro y pensó comprarlo a la vuelta de su visita al Museo Británico. Una hora después, en la misma plaza, le extrañó no ver la librería. Preguntó a un guardia y le contestaron que jamás había existido una librería en esa zona. Volvió al día siguiente, pero nunca jamás pudo hallarla.

Naturalmente me sorprendió aquello que Mujica me contó pero le creí. ¿Por qué no iba a creerle? ¿por qué iba a exagerar, a inventar o a mentirme? Mujica era un autor de diversos libros en donde se mezclaban mito y realidad; sobre todo le interesaba el tema del tiempo y de los antepasados, sus averiguaciones sobre los antepasados, pero también era escritor que estudiaba al detalle la realidad que describía. Yo conocía su gran novela “Bomarzo” en la que relata la vida de un duque italiano del Renacimiento, Pier Francisco Orsini, muerto en Bomarzo en 1572. Contemplando Mujica cuatro siglos después, en 1958, el Sacro Bosque de los Monstruos de Bomarzo, pronunció una frase clave ante las ruinas: “ Yo he estado aquí alguna vez”. Y de aquella revelación nació toda su novela. Era la reconstrucción de un tiempo pasado, como antes lo había hecho con una finca de las afueras de Buenos Aires y sobre ella había escrito un libro de cuentos titulado “Aquí vivieron”.

Y precisamente fue ese “aquí vivieron” de Mujica Láinez – ahora que cito el título y aunque yo nada tenga que ver con su literatura- , lo que me acompañó varias veces en mis paseos por Madrid. Recuerdo en ese sentido una concreta mañana en la esquina de Callao con la Gran Vía – sería ya pasado el mediodía – , cuando al avanzar por la plaza del Callao entre el gentío, al intentar abrirme paso entre tantas figuras diversas con las que casi tropezaba, hombres y mujeres que parecían surgir incesantes desde todas las esquinas, la mayoría de ellas apresuradas, yendo y viniendo a sus quehaceres y negocios, quise retener, no sé con qué intención, alguno de aquellos rostros fugaces que pasaban a mi lado y me descubrí de pronto pensando en cuántas historias guardaban sin duda aquellas caras, aquellas figuras vestidas de mil colores que intercambiaban gestos y conversaciones, también silencios, como fragmentos de vida. Era un mundo lleno de historias, como las que deseaba encontrar, según me había confesado aquella estudiante de medicina días atrás con la que había coincidido en la librería, y por un momento, en la esquina de Callao con Gran Vía, quise pararme en medio del tráfago humano que casi me arrastraba y me volví para observar a la multitud. La multitud subía y bajaba con enorme densidad por la Gran Vía y yo quise divisar desde allí, como muchas otras veces hacía, cómo detrás de cuatro o cinco manzanas de casas se encontraba el lugar y la calle donde yo había nacido. Yo he nacido en la calle de Fuencarral casi esquina con el edificio de Telefónica, y por lo que me habían contado mis padres y luego pude contemplar en muchas fotografías, mi nacimiento tuvo lugar en un año en donde una Gran Vía descarnada y violenta, sembrada de estampidos, vivía estremecida por la guerra. Siempre me ha entretenido imaginar que la cara de las ciudades es lavada varias veces al día, como si una mano pasara por encima de los tejados cada madrugada y dejara otra vez las aceras desiertas y limpias, preparadas para la irrupción de la nueva multitud. Parecida operación me ha gustado también imaginar que podría muy bien aplicarse a la Historia y así en aquella esquina de Callao con Gran Vía donde ahora me encontraba, la Historia, de repente, me trajo a la memoria todas las fotos que yo había repasado tantas veces en mi adolescencia, ilustradas y comentadas por mis padres, con escenas fijas de aquella gran calle madrileña hacía muchos años, principalmente fotografías en colores blancos y negros de los portales, carteles desgarrados en fachadas, adoquines levantados, tranvías desvencijados en lo que entonces, según creo, se llamaba la Red de San Luis, cadáveres dispersos tendidos en las aceras, y ante todo una imagen que siempre me persiguió : un gran caballo muerto en la calzada y sobre cuya grupa, habilitada por los soldados como trinchera, apoyaban sus fusiles los combatientes para disparar. Yo no había conocido lógicamente todo aquello, pero cuando mis padres me quisieron contar mi nacimiento y el transcurso de mis primeros meses de vida con sus vicisitudes y contrastes, aquellas escenas de una Gran Vía envuelta en explosiones en 1936 surgían en mí cada vez que, años después y en muchas ocasiones, tuve que pasar por esa calle de Fuencarral. Un niño de meses, tras los ventanales de un balcón, no comprendería aquellos estruendos imprevisibles que conmovían hasta estremecer las paredes y felizmente nunca vería el penacho de aquellas inmensas nubes polvorientas rodeando la cúpula de Telefónica sobre la que las bombas acababan de actuar con precisión y celeridad. Toda aquella esquina y toda la calle, los amplios despachos del edificio de Telefónica ocupados entonces, en plena contienda, por corresponsales de guerra, entre ellos por escritores afamados como Hemingway o Dos Passos, y asimismo las viviendas de Fuencarral y Gran Vía alcanzadas por las explosiones, cobijaban infinitas historias humanas cuyas raíces se perdían por los vericuetos de las familias.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”

(Continuará )

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VISIONES DE NUEVA YORK

estaciones.-87gg.-invienro.-nieve.-Nueva York 1940.-Frank Navara

” En el crepúsculo encantado de la metrópoli algunos días la soledad se volvía obsesiva, e incluso la sentía en otros, empleados jóvenes y pobres que mataban el tiempo delante de los escaparates y esperaban la hora de cenar solos en un restaurante; empleados jóvenes que, al anochecer, desperdiciaban los momentos más maravillosos de la noche y de la vida.– así leemos en El gran Gatsby del que hace pocos días hablé en Mi Siglo -.

ciudades.-499k- Nueva York 1950.-Eve Arnold

A las ocho, otra vez, cuando la calzada en penumbra de las calles Cuarenta se llenaba de la agitación de los taxis, en filas de cinco, que iban a la zona de los teatros, sentía una opresión en el corazón. Se unían las siluetas en el interior de los taxis a la espera de emprender la marcha, cantaban las voces, chistes que yo no oía provocaban risas, y cigarrillos encendidos trazaban ininteligibles espirales. Imaginando que yo también corría hacia la alegría y compartía su entusiasmo más íntimo, les deseaba lo mejor.”

ciudades.-55r.-Nueva York.-1957-1958.-foto de W Eugene Smith

“Toda la noche los grandes edificios permanecen callados y vacíos – leemos igualmente en “Manhattan Transfer” -, sus millones de ventanas apagadas. Babeando luz, los ferries devoran su camino en el puerto de laca. A medianoche los trasatlánticos expresos de cuatro chimeneas zarpan de sus muelles luminosos para hundirse en la oscuridad. Los banqueros, con los ojos legañosos, oyen, terminadas sus conferencias privadas, los aullidos de los

ciudades.-33vv.-Nueva York.- Elliott  Erwitt.- 1955

remolcadores cuando los vigilantes, gusanos de luz, abren las puertas laterales. Se instalan refunfuñando en el fondo de sus limusinas y se dejan llevar rápidamente hacia la calle cuarenta y tantos, calles sonoras, inundadas de luces blancas como el gin, amarillas como el whisky, efervescentes como la sidra.”

ciudades.-96gg-Nueva York.-Park Avenue.- Johann Berthelsen

Son dos de los ejemplos que Luis Goytisolo comenta en su libro de ensayos “Naturaleza de la novela” (Anagrama) en el que, hablando de la narrativa norteamericana del siglo XX,  une el auge de la arquitectura y el poderío simbólico de los rascacielos de la gran ciudad con estos seres que Scott Fitzgerald y John Dos Passos ponen a andar- entre trepidantes y nostálgicos – por las calles de Nueva York. “El gran Gatsby”, dice Goytisolo, podría mantener su influjo sobre otros novelistas y “La hoguera de las vanidades” de Tom Wolfe llegaría a ser el mejor ejemplo. (…) Los rasgos de esta sociedad regida por la codicia y la vanidad, Scott Fitzgerald los captó antes de la Gran Depresión.”

ciudades.-8uu88.-Nueva York en invierno.-Stow Wengenroth.-Brooklyn.-1959.-Smithsonian Ameican Art Museum

La novela de las ciudades y la ciudad de las novelas – Proust y París, Joyce y Dublín, Döblin y Berlín, Butor y Bleston, entre otros – han sido estudiadas y enlazadas por Jean-Yves Tadié, al que alguna vez me he referido. Nueva York ocupa entre todas esas ciudades un puesto destacado. Sus múltiples versiones literarias configuran todo un mundo.

(Imágenes:- 1.-foto Frank Navara.-1940/ 2.-Eve Arnold.-1950/3.-Eugene Smith.-1958-1959/4.-Elliott Erwitt.-1955/5.-Nueva York.-Johann Berthelsen/6.-Smithsonian-1959.-american art museum)

CIUDADES SIN LÍMITES, FLUIR DE CIUDADES

“A las ciudades se las conoce, como a las personas, en el andar“, escribió Robert Musil. Algunas de ellas atraviesan el espacio, andan y andan interminablemente, se cruzan, funden el trepidante vértigo de sus automóviles con el paso precipitado de los hombres. ” El hombre joven – evocó Dos Passos al dibujar la ciudad de Nueva York – camina rápido y solo entre la multitud que se diluye en las calles nocturnas, tiene los pies cansados por tantas horas de caminar, sus ojos ávidos de los cálidos contornos redondos de los rostros respondiendo al atento destello de las miradas, a la postura de una cabeza, al encogimiento de un hombro, la manera en que se extienden y aprietan las manos; la sangre le hierve de deseo, su espíritu es una colmena de zumbante y punzante esperanza, sus músculos anhelan la seguridad del trabajo, el pico y la pala del peón caminero, la destreza del pescador. (…) El hombre joven sigue caminando solo entre la multitud, buscando con mirada ávida, con oídos ansiosos, aguzados en ruidos y sonidos, solo, abandonado“.

A su alrededor sigue expandiéndose la ciudad múltiple, no las “ciudades invisibles” de Italo Calvino, sino las ciudades terrenas y vertiginosas, carreteras y calles cruzadas, avenidas alargadas en luces, espacios que tocarán luego las estrellas, que llegarán al cielo.

(The  City Limits.- por Dominic Boudreault-vimeo. com.-montaje realizado desde finales del 2010 a principios del 2011/ Dominicboudreault.com)

MANHATTAN

“El cine nos divide la vida en secuencias y la inteligencia del espectador acostumbra a su pupila a desplazarse de una a otra escena, de una existencia a una ciudad, de una capital a una aventura, de un espacio a un tiempo. El cristal de la pupila del ojo del cine es un proyector literario en John Dos Passos que se mueve por el mosaico del Nueva York de los años veinte, distinto al Nueva York de los puntos de vista de Henry James, al viejo Nueva York que surge de Edith Wharton y a la modernísima hoguera de las vanidades que es el Nueva York de Tom Wolfe. El cristal nevado de la ciudad, los cubos de cristal iluminados en rascacielos fantasmas, los cristales en caleidoscopio de las vidas giran en torno a nuestro ojo devorador, el Ojo de la Cámara asomado al Noticiario múltiple que intenta entregarnos la selección de la esencia del siglo americano, la simultaneidad de las existencias cruzando las calles, el zumbido de la colmena neoyorquina.

Dos Passos, el escritor norteamericano nacido en Chicago en 1896 y muerto en 1970, nos presenta unas novelas simultaneistas o unanimistas –Manhattan Transfer y su trilogía USA: Paralelo 42, 1919 y El gran dinero– en donde el héroe es la muchedumbre y las mil cabezas de un personaje inexistente se llaman multitud. Esa multitud y esa muchedumbre están vistas desde la superficie, sin penetrar en psicologías, andando por avenidas de epidermis y mostrando de estas urbes gigantescas únicamente las cortezas. Pero entre cortezas, epidermis y superficies he aquí que John Dos Passos nos quiere dar unas instantáneas que perduren, un flash de Nueva York en un tiempo determinado, una singular fotografía americana en la época de la Gran Depresión.

“Toda la noche los grandes edificios permanecen callados y vacíos, sus millones de ventanas apagadas – se lee en “Manhattan Transfer” -. Babeando luz, los ferries devoran su camino en el puerto de laca. A medianoche los transatlánticos expresos de cuatro chimeneas zarpan de sus muelles luminosos para hundirse en la oscuridad. Los banqueros, con los ojos legañosos, oyen, terminadas sus conferencias secretas, los aullidos de los remolcadores cuando los vigilantes, gusanos de luz, abren las puertas laterales. Se instalan refunfuñando en el fondo de limousines y se dejan llevar rápidamente hacia la calle cuarenta y tantos, calles sonoras, inundadas de luces blancas como gin, amarillas como whisky, efervescentes como sidra.

Intenta ser un poema fotográfico sobre el corazón de la urbe, la toma del pulso a la gran ciudad cuya imagen hemos visto ya en tantas películas que nuestros ojos no parpadean en la costumbre. Pero un escritor, aunque use técnicas cinematográficas en sus habilidades y en sus talleres literarios, trabaja con la herramienta de la palabra, y Dos Passos hace todo un esfuerzo por captar momentos simbólicos, encuadres personales.” El joven sin piernas se ha parado en medio de la acera sur de la calle 14. Lleva un jersey azul y una gorra azul de punto de media. Sus ojos levantados se agrandan hasta llenar la cara blanca como el papel. Pasa un dirigible. Brillante cigarro de estaño, esfumado en la altura, perfora suavemente el cielo lavado y las blandas nubes. El joven sin piernas se queda inmóvil, apoyado en sus brazos, en medio de la acera sur de la calle 14. Entre piernas que andan a zancadas, piernas delgadas, piernas anadeantes, piernas con pantalones, con bombachos, con faldas, él sigue allí, perfectamente inmóvil, apoyado en sus brazos, mirando al dirigible·.

Nueva York aparece en su indumentaria de época, vestida con su moda costumbrista, y el dirigible pasa como están pasando por el cielo de la historia de esa ciudad unos años difíciles, años eminentemente sociales, meses de paro y de búsqueda, semanas largas de insatisfacción laboral. Ese Nueva York que será años después el del krack financiero en el que ciertas vidas desgraciadas abrirán sus ventanas y se arrojarán al vacío del desamparo, al espacio de una intemperie sin soluciones, es ya el Nueva York latente bajo los ruidos y las músicas que Dos Passos narra al contar el hormigueo de las aceras.

Manhattan Transfer es la novela de la gran ciudad americana, esa ciudad es el gran personaje y sobre sus calles caminan constantemente, en deambular incansable, sus numerosas figuras. Manhattan es el decorado y es el paisaje. Las tres partes del libro se subdividen en capítulos y como islas sobre las páginas permanecen los títulos de Embarcadero, Metrópoli, La ciudad alegre y confiada, Puertas giratorias o Rascacielos. El resto de los títulos complementan la visión de América: Dólares, Carriles, Apisonadora. Nos encontramos, pues, entre el ruido y el olor de esa modernidad en donde uno de los personajes, Jimmy Herf, será aquel a quien seguiremos desde la infancia hasta su enigmática partida. Pero serán las Calles –Cuarta, Sexta Avenida, Quinta Avenida, Novena, Tercera– quienes se hagan vida y muestren sus caminos de asfalto para el andar incansable de los hombres.

Dos Passos, que en sus inicios estuvo muy influido por las ideas socialistas y que al final se inclinaría hacia la derecha, tendió su mirada de escritor hacia la sociedad sin olvidar al individuo y quiso abarcar una ciudad inolvidable en unos años inolvidables. Su empeño fue aprehender la esencia de una moderna urbe.” Babilonia y Nínive eran de ladrillo –escribió–. Toda Atenas era doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno del Cuerno De Oro…Acero, vidrio, baldosas, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta”.

¿Y el alma de Nueva York? ¿Y las almas que en Nueva York viven?. Los edificios se encumbran en verticalidad ascendente, pero en Dos Passos los hombres se presentan horizontales, sin un aliento aspirado, sin una profundidad, sin una accesis”.

(J.J. Perlado: “El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes”, págs 284-286)

(Imágenes: 1.-Manhattan.- Cristopher Rini/2.- Manhattan 1967.- Andy Blair/3.- Times Square.- wikipedia/ 4-. Manhattan 2009.- Joe  Wigfall/

¿PUEDE ABOLIRSE EL DINERO?

En momentos de convulsiones financieras mundiales vienen a la memoria las respuestas que el economista Paul Samuelson le dictara al periodista italiano Enzo Biagi, al que más de una vez me he referido en Mi Siglo. “Nuestra moneda actual – decía Samuelson entonces– es un convencionalismo artificial de la sociedad. Si por cualquier razón determinada sustancia empieza a emplearse como dinero, todo el mundo le dará el valor del dinero, incluso aquellos que no crean en absoluto en su utilidad intrínseca. Mientras las cosas puedan comprarse y venderse por medio de aquella materia, la gente será feliz al vender y comprar sirviéndose de ella. A eso se debe la paradoja: el dinero se acepta porque se acepta. Por lo tanto, no se desea el dinero por amor al dinero, sino por las cosas que con él se pueden comprar.(…)  Lo que no debe hacerse es confundir el dinero con el egoismo. No se debe pensar que la inexistencia de una sociedad ideal, en la que reinen la caridad y el altruismo, sea debida a la presencia del dinero, porque uno puede no tener dinero y no altruismo, y pueden desencadenarse guerras entre pueblos autosuficientes. Eso no impide que conozcamos individuos obesionados por el dinero y enloquecidos por él, que olvidan que el papel moneda es un signo convencional, una imagen. Pero los grandes financieros no amontonan dinero, sino que amontonan barcos, petroleros, depósitos inmensos de material en bruto. Para ellos, lo último que cuenta es el dinero contante”.

Al otro lado de los telediarios, al fondo del callejón de las noticias, podemos seguir la imagen vacilante y borrosa del vagabundo al que John Dos Passos hizo andar al final de “El gran Dinero. Es un hombre con pocos horizontes, casi sin esperanza, uno que reconocemos al pasar: “El joven espera al borde del camino – escribe el novelista norteamericano -. Fue a la escuela; los libros hablaban de oportunidades; los anuncios prometían rapidez; posea su casa propia, sea más que su vecino; el cantante de la radio hablaba de hermosas chicas; fantasmas de platinadas muchachas hacían guiños desde la pantalla del cine; en los pizarrones de las oficinas había ganancias de millones escritas con tiza; los cheques de los sueldos eran para todas las manos ansiosas de trabajar y la mesa del jefe con tres teléfonos;

el joven esperaba casi cayéndose, todo lo que necesitaba se le convertía en un nudo en la barriga, las manos sin trabajo se entumecían al borde del zumbante tráfico”.

Dinero y  paro, paro y dinero, cara y cruz de la moneda de nuestro tiempo.

(Imágenes:- 1.- Marka.-2008. -Societé Réaliste.-bronce -Wwork/ 2.-Martha Moffett Bache.-1942)

PASOS CINEMATOGRÁFICOS

LISETTE MODEL.-8877bn.-Calle 42.-New York.-1940-41.-artnet

“Como la savia de las primeras heladas, a las cinco, – escribe Dos Pasos enManhattan Transfer“- hombres y mujeres empiezan a rezumar lentamente de los altos edificios del centro. Muchedumbres pálidas inundan los metros y los túneles, desaparecen bajo tierra”.

LISETTE MODEL-1.-Running Legs.-194041.-Arta History

“En las calles había chinos, italianos, portugueses, japoneses. La gente se apresuraba hacia los espectáculos y los restaurantes – dice Dos Passos enEl Paralelo 42″ -. Desde la puerta de los cafés se oía música, y de los restaurantes brotaba un olor a comida frita con manteca, a cerveza y a barriles de vino”.

LISETTE MODEL.-bv43.-Loc.gov.-

“Primero una vuelta, hacia la parte alta, hacia la parte baja, a lo largo de los muelles espiando las caras que van  en taxi, de los conductores – escribe Dos Passos enEl gran Dinero” -, de los viejos que mastican en los restaurantes, de los vagos borrachos que vomitan en las callejuelas, ¿qué es lo que está leyendo el vendedor de diarios?, ¿qué murmura el viejo castañero italiano a la mujer gorda que está detrás de los tarros de pepinos?, ¿adónde va la chica del sombrero rojo que sube corriendo las escaleras del metro?, y el policía que bromea con el otro policía a través de la calle y el chasquido de un beso de dos sombras que están bajo el porche de la casa de piedra parda y los rostros malhumorados en la esquina de la calle que se enturbian bruscamente como para bostezar gritos se oye un golpe silbido pies que corren ¿el acontecimiento?”.

LISETTE MODEL-2310.-Relections.-1939-1945.-artnet

El Ojo Cinematográfico (la expresión acuñada por Dos Passos en  “El Gran Dinero“) sigue detrás del Paso Cinematográfico que cruza  velozmente las calles y el Ojo Cinematográfico se refleja al pasar en todos los escaparates, en los cristales, en las brillantes ventanas de la civilización. 

LISETTE MODEL.-5698.-Rflections.-1939.-artnet

El Ojo Cinematográfico contempla al autobús que corre su velocidad sobre el cristal, el cristal atraviesa calles y edificios, edificios escoltan al Paso Cinematográfico que cruza la ciudad celéricamente.

LISETTE MODEL.-caraphillips.files

Y luego está esa mano que asciende a las alturas, uñas esmaltadas rozando los tejados, sonríe desde arriba el maniquí y todos los reflejos de la ciudad los recoge esta cámara de Lisette Model, cuyas fotografías neoyorquinas de los años 40 se exponen estos días en Madrid en la Fundación Mafre.

Imágenes:-fotografías de Lisette Model:-1.-calle 42.New York.-1940-41.-artnet/2.-New York.-1940-41.-Art Historia/3.-New York.-oc.gov/4.-Reflections 1939-1945.-artnet/5.-Reflections.-1939.-artnet/ 6.-New York.-tomado de caraphillips.wordpress.com)