EL SEÑOR SUGIMOTO

guerra-4ffvb-Mircea Suciu

«Fumiyo,

El 6 de agosto, debía de ser cerca del mediodía cuando llegué a lo alto del monte Hijiyama. Me había dado tanta prisa desde que salí de casa de Aiko que casi no había reparado en el estado de la gente con la que me cruzaba ni en el de las calles por las que pasaba. Bordeé la Escuela Femenina de Comercio y subí corriendo aquella colina relativamente elevada en la que había una glorieta. Pensé que ese era el lugar más cercano a la casa de Aiko desde donde se dominaba una vista panorámica. Lo primero que hice fue mirar a la ciudad de Hiroshima. La conmoción fue tan fuerte que no la puedo expresar con palabras. Me quedé literalmente paralizado de miedo. Fumiyo, creo que la imagen que vi en ese momento se me quedará grabada en la memoria para toda la vida.

Hiroshima se había desfigurado por completo en un instante, o más bien en poco

 

guerra.-8jj.-foto Vladimir Lebedev.-melisaki

 

tiempo, porque en realidad ya habían pasado algo más de tres horas desde la ráfaga de luz. El caso es que Hiroshima había dejado de existir en tan solo tres horas. La sexta ciudad más grande de Japón, con una población de cuatrocientos mil habitantes y conocida como «la ciudad del agua» por estar situada sobre los deltas de siete ríos, había desaparecido.

(…)

La casa de los Sugimoto estaba en el barrio situado en la falda oeste del monte Hijiyama. Después del desayuno la señora Sugimoto había salido al huerto de atrás, pero volvió un momento a la cocina a recoger algo. Su marido estaba vestido para salir en breve y, en vez de subir a su despacho, se había quedado leyendo en la mesa baja del salón con tatami. Entonces fue cuando brilló esa especie de relámpago y se oyó como un enorme trueno.

Lo primero que pensó el señor Sugimoto es que habían atacado su casa directamente. Durante unos instantes no pudo ver nada, pero seguía consciente. Podía mover los brazos, pero notaba que algo le oprimía el cuerpo. Al recuperar la

 

guerra-vvyu-Christopher RW Nevinson- Ypres tras el primer bomardeo- mil novecientos diecisesis- The Bridgeman Art Library

 

visión se encontró tendido sobre la mesa en el mismo lugar de la sala, atrapado entre vigas, tablones de madera y pedazos de pared. Se dio cuenta de que lo que le había cegado era el polvo que se había levantado (…) Logró escabullirse retorciendo brazos y piernas, se puso en pie y miró a su alrededor(…) Se dio cuenta de que se había salvado porque estaba en el pequeño espacio que quedaba protegido por la mesa. Consciente ahora del peligro, llamó a su mujer. Estaba sana y salva en la cocina, entre paredes y vigas derrumbadas.

(…) Una vez fuera de la casa, vio que el segundo piso estaba retorcido y hundido hacia el primero, con lo que parecía que toda la casa se hubiera derrumbado(…) La calle por la que pasan los tranvías estaba llena de gente que huía. Algunos corrían de norte a sur y otros en la dirección contraria. A ambos lados de la calle las casas se habían venido abajo sin excepción, y de algunas montañas de escombros se levantaban llamas y humo.

(…) El señor Sugimoto me explicaba su historia con todo detalle, en su peculiar tono tranquilo de conferenciante, como si se tratara de un asunto ajeno y sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.»

(Carta de Toyofumi Ogura a su esposa Fumiyo.- Hiroshima 25 de noviembre de 1945)
dolor-dcf-llanto- Niccolò dell Arca.- Santuario di Santa Maria della Vita di Bologna

 

(Imágenes.- 1.-Mircea Suciu/ 2.-Vladimir Lebedev/ 3.-Christophe RW Nevinson/ 4.-Niccolò dell Arca-santuario de Santa María della Vita de Bologna)

 

CLASES EN LOS JARDINES

Japón-cddv-jardín de la villa imperial de Katsura

 

«Después Hisae les siguió comentando muchas más cosas del pasado. Con la mano les iba señalando el agua a los niños como si fuese una pizarra y a la vez ella la iba borrando con los dedos. Les habló de los colores y de los vestidos antiguos y de cómo los colores antiguos teñían los vestidos. “Os he hablado antes del otoño ‑les dijo‑. Pero el otoño tiene también el color del crisantemo, que es el que yo llevo ahora en este kimono de espigas marrones y que el tiempo ha espolvoreado para mí. ¿Lo veis bien? También estos son colores del otoño, espigas y florecillas grises y negras, grises estrellados en mis mangas.

 

pájaros.- 667hh.- japón.- Ito Jakuchu

 

Les explicó que cada estación tiene su color especial y que ese color va enseguida a los vestidos y que uno va vestido continuamente de estaciones hasta fundirse con el paisaje. Los niños apenas parpadeaban mirando siempre al agua. De vez en cuando levantaba uno la cabeza y observaba a Hisae a hurtadillas pero Hisae le hacía volver a fijarse en el lago porque todos estaban en clase ‑les decía‑ y en clase había que atender muy bien.

 

Japón- vveen Jardín.- Honami Koetsu- mil seiscientos quince

 

 

De esta forma Hisae entretenía muchas tardes a los niños. Luego, al acabar, los hacía levantar del suelo, los apartaba del lago dorado y los llevaba hasta las rocas. “Esto se llama  la isla de las tortugas”- les iba enseñando -, y los niños reían a carcajadas. Nadie veía tortugas por ningún lado, tan sólo un conjunto de piedras. Los niños se subían a jugar a las rocas con sus vestidos de lapislázuli y de púrpura. Alguno, como Ayako Shiotani, con su pequeño traje color mármol y dibujos de añil, destacaba entre todos. Años después, cuando Ayako Shiotani se dedicó al ejercicio de la poesía y publicó poemas sobre la levedad y la fragilidad de la vida, recordaría muy bien aquellas clases de Hisae al aire libre. “Ella nos enseñaba ‑escribió emocionado en sus “Memorias”‑ los rostros de las rocas y aquella tortuga de piedras en aquellas tardes junto al lago siempre la he tenido en mi cabeza. Hisae la llamaba isla pero no era una isla; el musgo era el que representaba el mar.”

 

estaciones.-3r6.-árboles.-Singer Botanica Magnifica.-cortesia de Jonathan Singer.-planta en la ciudad de Saitama, en Japón.

 

Otro de aquellos niños, Eikoh Sumiya, que con el tiempo llegaría a ser un gran compositor, tampoco olvidó nunca ni las lecciones de historia en el espejo del lago ni una pequeña cascada formada por tres escalones de granito en los que él se sentó muchas tardes a escuchar. “Allí aprendí ‑confesó en sus dispersos recuerdos ‑ a componer la sugerencia, a descubrirla. Al ver que por aquella cascada de piedra no corría ni una gota de agua pero que los escalones sugerían todo el ruido imponente de una cascada auténtica, descubrí de pronto mi vocación de músico, mi amor por la música. Se me abrió para siempre la inspiración.”

José Julio Perlado.- (del libro «Una dama japonesa«)  (relato inédito)

 

mujer.-765.-japón.-foto de Kokon sobre una exposición de fotografías de Pierre Gonnord

 
(Imágenes.- 1.-jardín imperial de Katsura/2.- Ito Kakuchu/ 3.-Honami Koetsu.-1615/4.-cortesía de Jonathan Singer/ 5.-exposición de fotografías de Pierre Gonnord)

SECRETOS DE BELLEZA

japón-fftty-Toshi Yoshida

«»Más o menos hacia 1215 fue la primera vez en que Hisae descubrió algo de lo que estaba pasando en su cutis y que afectaba a su belleza. Nunca nadie adivinaría su edad porque ni el sol ni los vientos agrietarían jamás sus pómulos. Tampoco padeció nunca inquietud ni en ningún momento se la vio preocupada; no tenía rictus alguno en las comisuras de sus labios ni tampoco en los valles bajo los ojos y ni siquiera aparecieron en su frente las arrugas. Estaba adquiriendo Hisae ya para siempre un rostro de porcelana pequeño y redondo, intacto, sin ninguna marca de años. Se asombraba ella siempre cuando veía a las demás mujeres sufrir las heridas del tiempo en las pequeñas señales sobre su piel. Porque era como si Hisae desde entonces estuviera viviendo sobre el tiempo y no el tiempo sobre ella, aquel ir y venir de las estaciones como en su amado reloj de péndulo. Reía muchas veces, pero la risa nunca dejaba al repetirse ninguna huella. Tampoco en su cuello quedó marca alguna. Amaba enormemente la sombra ‑como ella recordaba siempre‑ y pocas veces se exponía bajo el sol. Nada de todo aquello ‑durante toda su larga vida‑ reveló su edad. Nadie la supo nunca.

japón-eerv-Hatsushika Hokusai- mil ochocientos treinta y dos- Museo Guimet- París

Un amanecer de junio de 1281, Hisae, que continuaba paseando solitaria con sus kimonos blancos por las costas que daban al estrecho de Iki, vio venir hacia ella una nube en forma de velas aladas que se deslizaban entre el cielo y el mar resbalando vertiginosamente sobre el océano. Eran velas multiplicadas y celéricas con su vientre combado por el viento, corriendo y avanzando, amenazando con ligereza las costas del Japón, armadas con listones de bambú, transparentes y agresivas, cada vez más extensas e intensas hasta ocupar el mar en número de cuatro mil: eran los innumerables juncos de los mongoles conducidos por el caudillo Kubilai que aquel día estaba dispuesto a apoderarse del archipiélago. Mientras los juncos avanzaban por la bahía de Hakoraki unidos unos a otros con cadenas, Hisae, asustada, huyó de aquel estrecho y pasó rápidamente de la isla de Kyūshū a la de Honshū refugiándose en el centro del archipiélago, muy lejos ya de aquellos juncos guerreros. Cuando los cincuenta mil mongoles y los veinte mil coreanos tomaron Hirado con sus pequeñas embarcaciones ya estaba Hisae muy protegida: se apartó de las batallas y de los vientos en la calma del lago dorado de Saiho-ji, al este de Kyoto, viviendo ante la serenidad de las aguas estancadas, ante el llamado templo de los aromas occidentales.

flores.-4499h.-Katsushika Hokusai.-jilguero y cerezo.-1834

Todo Japón sufrió aquellos meses el pánico y la angustia hasta ver el desenlace de aquella guerra pero Hisae quiso olvidar toda contienda. El 14 de agosto, mientras un violento tifón hizo retroceder a toda prisa a los mongoles, Hisae inició una nueva forma de vida que la acompañaría ya durante muchos años. Comenzó unas clases especiales al aire libre frente al lago dorado. Reunió primero a todos los niños que se iban acercando a ella y, colocándolos en amplios círculos, les empezó a explicar la pequeña historia de lo que estaba sucediendo, y a la vez la gran historia de Japón. La curva de los ojos infantiles era la misma curva de sus piernas dobladas en el suelo, y todos la escuchaban absortos a cuanto decía su maestra. Levantaban sus cabezas hacia ella pero Hisae se las hacía bajar obligándoles a mirar directamente al agua. El lago era un espejo y el espejo, como sucede en tantos países de Oriente, es la Historia. “Si os asomáis a él veréis la Historia”, les decía Hisae. Les fue ilustrando sobre cosas del pasado para distraerlos de cualquier guerra y escogió para ello las estaciones del año, explicando cómo éstas suscitaban sentimientos y cómo el otoño, por ejemplo, evocaba la tristeza. Ningún niño conocía aún la tristeza y uno preguntó cómo era y en el agua apareció una hoja de melancolía transformada en montaña de nieve. “La tristeza ‑les explicó Hisae‑ son vuestras despedidas, el acabarse de las cosas.” Los niños no entendían demasiado todo aquello y Hisae les hizo fijarse aún más en el agua: allí asomaban los colores del otoño, unos tintes rojos en las ramas del arce y en las que el viento agitaba poemas prendidos en las ramas. “Cuando seáis mayores ‑les dijo Hisae‑, leeréis esos poemas que ahora veis flotando y entenderéis qué es la tristeza. Pero ahora fijaros solamente en lo rojo, en la belleza de lo rojo, en ese color otoñal. Vosotros no podéis ver vuestro corazón porque miráis hacia el lago, pero ahora también vuestro corazón es rojo, siempre será rojo, aunque menos rojo que estas ramas del arce, y vuestro corazón aún no conoce la tristeza.”

José Julio Perlado ( del libro «Una dama japonesa«) (relato inédito)

paisajes.-88hh.-japón.-Konan Tanigami.-1879-1928

(Imágenes.-1.-Toshi Yoshida/ 2 -Hatsushika  Hokusai.- 1832/3- Hatsushika Hokusai.- 1834/ 4.-Konan Tanigami)

«LA DAMA DE LOS KIMONOS BLANCOS»

flores.-88yy.-japón.- por Konan Tanigami.-grabado en madera japonesa

«Y tras todas estas sesiones de historias y leyendas que Hisae Izumi contaba en su casa magistralmente, años después, ‑precisamente después de 1185, después de la batalla de Dan-no-ura   ella, la dama japonesa, dedicó gran parte de su tiempo (sin duda para olvidar a aquel primer amor) a viajar por todo el archipiélago. La llamaron por entonces en Japón “la dama de los kimonos blancos” porque quizá para recordar a aquel Kiromi Kastase, el samurai muerto, quiso comprarse una serie de kimonos blancos como los que Kiromi llevaba, y vestida con ellos comenzó a recorrer todo el país. Fue primero a las costas de la isla de Dozen, en el archipiélago de Oki, y por las tardes se la veía pasear silenciosa arriba y abajo de la orilla. Cuando las gentes desaparecían y la costa quedaba desierta ella permanecía absorta escuchando siempre el sonido del mar. El sonido del mar venía entonces en caracolas redondas hasta ella, girando por debajo de las olas. Aquel sonido curvado de todas las aguas revolucionadas le iba llegando hasta su kimono blanco y allí se iban quedando impresos los sonidos sobre la blancura de la tela. Redondeaba y culebreaba el rumor del mar sus dibujos yendo y viniendo sobre la superficie del kimono, aparentemente sin tocarlo, pero impregnando de todos los sonidos las mangas hacia abajo, no sólo con los ruidos del movimiento de las aguas sino con la danza de los peces. Ese sonido tumultuoso del mar iba marcando dibujos tostados por todo el kimono, manchándolo de color de agua mezclada con arena y con puntas agudas de espuma como crines de estrellas. Y cada noche Hisae, al colgar su kimono en el armario, aquel kimono dibujado de sonidos, cerraba la puerta y desde la cama oía perfectamente el rumor del océano sobre la tela.

interiores.-6bbn.-Kengo Kuma.-Pabellón.-Japón 2005

En 1199 ‑ahora en la isla de Kyūshū y ante el estrecho de Iki‑, Hisae comenzó a lucir otros de sus kimonos blancos. Ya no era el sonido sino la fuerza de la corriente silenciosa la que le trazaba el dibujo. Se veía que allí tenía más poder el silencio que el ruido, y el mar, aun cuando se le oía, antes que nada se le veía avanzar impetuoso por los bordes del vestido de Hisae, que le esperaba en pie sobre la orilla. El mar venía girando sobre sí mismo, se autoenvolvía, y las corrientes rápidas iban subiendo kimono arriba hacia las mangas para luego descender hasta los pies. Hisae se dejaba querer por el color del mar, por los azules y los verdes, y por la noche, cuando Hisae colgaba ese kimono en su armario, él apenas estaba húmedo, aunque quedaban para siempre las manchas de las corrientes marinas.»

José Julio Perlado.-(del libro «Una dama japonesa«) (relato inédito)

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(Imágenes.-1.-Konan Tanigami- 1917-adamsjapaneseprints.com/ 2.-Kengo Kuma.-Orbe Tea Room.- foto David Ano/ 3.-Carl Gustav Carus.-1819)

MI AMOR POR KIROMI KASTASE

estacionew.-77hh.-otoño.-Japón.-las hojas de una palma.-Yumeji Takehisa.-1921

«Vestido con un kimono blanco – contaba Isae Izumi, la dama japonesaKiromi Kastase blandía en la mano un gran martillo de forjador que me asombró, pero lo que casi inmediatamente me enamoró de él fue su gran sonrisa. Tenía una sonrisa deslumbrante, una curvada sonrisa igual a una daga que iluminaba sus labios y unos blancos dientes perfectos bajo unos ojos saltones. Me miró de arriba abajo y empezó a hablar. Nunca he oído a nadie hablar tan bien y eso siempre enamora a las mujeres. Comenzó a preguntarme de dónde provenían aquellas hojas que adornaban mi kimono y si eran hojas procedentes de robles o de fresnos, y si alguna se había caído de un acre rojizo y si se había ido tostando sobre la tela hasta quedar seca en un dibujo. No supe qué contestar. Las mujeres nos enamoramos por el oído y yo fui enamorándome de aquella voz grave y mecida de palabras, acompañada por su gran sonrisa, aunque eran las palabras las que me

japón.- 4456bg.- Kawabata Gyokusho.- 1842- 1913

iban venciendo. Me sentí fascinada por cuanto me preguntaba y cuando me fue explicando cómo era el alma de las espadas ya no aparté su mirada de él. Me fue contando que el alma de las espadas está hecha de agua y que el agua recorre el interior de la lámina hasta la empuñadura y esa agua va haciéndose dura y cortante por el borde de la hoja hasta solidificarse y resplandecer. Y hasta que uno no puede mirarse en esa hoja como en un espejo – me añadió Kiromi – la espada no es buena y el alma de la espada es la que refleja nuestra alma, la que nos dice si deseamos la muerte o deseamos la paz. Me fue hablando después de las aguas del río Shimano, de las del Tone y de las del Kitakami y de cómo bajaban por los ríos espadas aún sin hacer que se endurecían y agitaban gracias a los remolinos de las corrientes. «Esta espada, por ejemplo – me dijo señalando a la tendida sobre aquella especie de altar -, no la he elegido yo sino que ella me eligió a mí. Las espadas siempre eligen a los hombres. Ella ha bajado por el río Katsura y ha llegado hasta aquí. Yo pertenezco a ella, ella no me pertenece a mí.»

japón.- r5gg.- paisajes.- Yuku Kisan Ja

«Me enamoré de tal forma de aquella voz –continuaba Hisae recordando sus amores -, de la envoltura de sus palabras y sobre todo de su sonrisa, de su elasticidad y de su fuerza, que cuando supe que no era sólo un simple espadero sino un joven samurai le seguí y viví con él durante mucho tiempo. Fue el tiempo en que él rasgó de arriba abajo el aire con rápidos cortes llenos de celeridad gracias a su sable y el tiempo de los ataques al Palacio Imperial y el tiempo de la batalla sobre el Puente Uji. Yo siempre le esperaba a que él volviera de cada batalla mirando por las noches hacia arriba, a la serpiente de ocho cabezas escondida en las negras nubes del cielo y donde yo sabía – él me lo había dicho – que habían hallado la espada sagrada, la primera espada del mundo.»

Japón.-44ffv.-Ciruelo del Jardín Kameido.-de Cien visitas de Edo.-Hiroshige.-1857

«Hasta que una noche no volvió – decía Hisae conmovida – .En el estrecho que une a las islas de Kyüshü y de Honshü, en la batalla de Dan-no-ura, quedó su cadáver en el mar flotando entre un ejército de fantasmas. Yo no he vuelto por allí. No. Nunca volveré. Dicen que los espíritus de los samuráis que allí quedaron siguen reflejados con sus mismos rasgos humanos en las conchas de los cangrejos. No. Yo eso no lo veré nunca.»

José Julio Perlado : (del libro «Una dama japonesa») (relato inédito)

pájaros.- rftty.-Shikama Takeshi.-japonés

(Imégenes.-1.-Yumeji Takehisa.-gurafiker.tumblr/ 3.-Kawabata Gyokusho/ 3.-Yuku Kisan ja/ 4.-Utagawa Hiroshige/ 5.- Shikama Takeshi)

EL HACEDOR DE ESPADAS

japón.- rrdffy.- Ito Jakuchu.- 1716- 1800

» Y ahora os contaré – decía paseando despacio Hisae Izumi de un lado a otro de su cuarto – os contaré en esta noche cómo conocí a mi primer amor, Kiromi Kastase, el hacedor de espadas o espadero, el que tenía su taller a las afueras de Kyoto. ¿ Queréis que os cuente mi amor por él?»

Y Hisae miraba a todos y hacía una pausa.

«Estaba yo una tarde de otoño sentada ante un recodo del río Katsura, un río que como sabéis es famoso por sus rápidos y por su impulso, cuando vi clavada en el lecho del río, muy cerca de mí, casi en la orilla, una espada brillante a la que acariciaba el agua que fluía. Era una espada grande, de enorme empuñadura, y el borde afilado de su hoja era rozado continuamente por las hierbas que arrastraba la corriente. Me sorprendió verla clavada allí. Me levanté para verla mejor y de repente la fuerza del río hizo caer a aquella espada y la hizo tenderse horizontal sobre las aguas y su hoja comenzó muy lentamente a bajar bajo el sol, sin hundirse; comenzó lentamente a bajar muy cerca de la orilla, y bajaba como un lento y afilado barco plateado que fuera reflejando en su vientre los rayos del sol. Bajaba tan mansamente aquella espada que,

paisajes.-r5bbn.-Li Cheng.-japón-,.919-967.-Dinastía Song

fascinada por su brillo, comencé a seguirla con los ojos y con mis pasos y caminé muy cerca de ella por la orilla, sin perderla de vista, fijándome sobre todo en aquella enorme empuñadura, en aquella cruz repujada con extraños signos. Y de repente aquella espada desapareció. Ya no la vi. Los rápidos del Katsura la envolvieron y la hicieron girar y dar vueltas hasta que fue tragada por la corriente. Se la llevaron las aguas río abajo.»

Y Hisae se detenía:

«¿Qué queréis que os diga? Ese fue el principio. El principio del conocimiento de mi primer amor. ¿ Qué sucedió mientras tanto, desde que vi esa espada hasta que le conocí a él? No lo sé. No puedo contarlo. Hay cosas que no pueden contarse porque no tienen historia, carecen de historia, son como nuestras vidas y las mías sin historia muchas mañanas y muchas tardes. Las tardes y las mañanas sin amor no suelen tener historia y pasan como horas del reloj con el movimiento del péndulo. Yo muchas veces, al no tener amor, me acercaba al péndulo del reloj de mi casa y me ponía a observarlo por ver si me decía algo.

flores.-rrf.-japón.-Katayama Kumaji.-1887- 1980

Aquel latido del péndulo iba de aquí para allá, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de allá para aquí lentamente, de aquí para allá monótonamente y yo me quedaba de pie ante él, con mi kimono de seda amarilla, observando una lámpara que iluminaba al reloj. El globo de aquella lámpara seguía el moverse de la lengua dorada del tiempo yendo y viniendo siempre, yendo y viniendo sin decirme nunca nada, no, nunca me dijo nada aquel péndulo, nunca me anunció el día en que debía enamorarme. Pero me enamoré. Una tarde ( y ahora veo que ya prestáis más atención, que os removéis en vuestros asientos – sonreía -; siempre que se empieza así: «una mañana» o «una tarde» parece como si se abriera una puerta y fuéramos ya hacia delante preguntándonos, «¿ y ahora qué nos irá a contar?»), pues bien, una tarde como os digo, vagando yo por las afueras de Kyoto, entré por

estaciones.-5hyh.-otoño.-Taeko Makino.-japonés

curiosidad en un taller de espadas. Me intrigaron las plegarias escritas en papel de arroz que colgaban de cada espada ya desde la puerta y fui leyéndolas una a una sin darme cuenta de que cada vez avanzaba más hacia el interior. Allí de pronto, en lo más profundo del taller, me encontré con cinco hombres vestidos con kimonos blancos que parecían sacerdotes. Ejercían un sacerdocio propio, el de los hacedores de espadas, como me enteraría después. Estaban concentrados en su tarea como si fuera un oficio religioso y no notaron la sombra de mi kimono decorado con hojas tostadas, unas hojas grandes que ocupaban la seda de mi vestido hasta los pies. Quedaban iluminados los cinco hombres de los kimonos blancos por el rojo violento de la forja encendida y yo, que he amado desde niña la sombra, me desplacé poco a poco hacia un lado con mi kimono de hojas tostadas procurando no distraerles ni hacer el menor ruido. Sólo se oían al fondo los golpes del martillo sobre el hierro y el bullir de un caldero de aceite y de agua en un rincón. Y entonces vi la espada. Estaba sobre una especie de altar y encima de ella había un cartel que ponía «Se pulen almas», y debajo aparecía, horizontal y brillante, la espada del río. «Sí – oí de pronto una voz grave y hermosa detrás de mí – «Se pulen almas». Me volví y allí estaba un hombre joven, Kiromi Kastase, aunque yo no conocía aún su nombre.»

japón.-tt44rr.- Hayami Gyoshu.- 1894-1935

José Julio Perlado(del libro «Una dama japonesa»)  (relato inédito)

(Imágenes:- 1.- Ito Jakuchu/ 2.-Li Cheng/ 3.- Katayama Kumaji/ 4.-taeko makino/ 5.- Hatami gyoschu)

HISAE IZUMI

paisajes.-998.-monte Fuji.-Japón.-1880.-por Kimbey Kusakabe

«Después de muchos años de dudas no se ha llegado a confirmar la fecha exacta del nacimiento de Hisae Izumi, una dama japonesa nacida en la pequeña ciudad de Ayabe, cerca de Kyoto, en los inicios del siglo Xll. Célebre profesora y educadora, mujer enormemente versátil, musa de escritores y artistas durante mucho tiempo, gran viajera y autora a su vez de varios libros hoy muy reconocidos, estuvo dotada desde el principio de su vida con una prodigiosa imaginación y una despierta inteligencia que, unidas a los rasgos de su belleza que se haría legendaria, le confirieron una poderosa personalidad.

Ya desde su juventud destacó por su poder de crear, algo que le acompañaría toda su vida, y todos los Anales cuentan de ella la asombrosa organización casi teatral con la que lograba atraer y fascinar a sus oyentes en cuanto desplegaba sus historias.

Solía contar, por ejemplo, por las noches muchísimas historias del pasado en aquella humilde casa de Ayabe, rodeada de amigos y vecinos.

paisajes.-uuyn.-Japón.-cascada.-Shunkyo Yamamoto 1871- 1933

El pasado se erguía cada noche en la habitación de Hisae Izumi adornada de telas transparentes y a través de las telas y delante de los que escuchaban sentados en el suelo asomaba de pronto hacia las doce el majestuoso aspecto del emperador Tenmu vestido con su coraza de hierro, los gruesos brazos tatuados y sosteniendo en las manos el luminoso globo de la astronomía. El emperador Tenmu, lejano antecesor de los padres de Hisae, había sido el hombre más versado en astronomía de toda Asia y se decía que los caminos de las estrellas y las sendas de las galaxias eran para él tan conocidos como los de su propia casa: atravesaba los cielos infinitos con una mirada lenta y andaba con sus ojos muy despacio sobre el suelo de las constelaciones. Eso lo solía hacer el emperador Tenmu en la medianoche, cuando el universo estaba encendido, y después de dar ese paseo espaciado, como vigilando a qué fuerza brillaban las estrellas de la constelación del Cisne, escuchaba los silbidos de la Vía Láctea como una fuga de vapor. Aquel silbido alargado y quejumbroso penetraba hasta los oídos de Hisae, de pie ante el auditorio, sosteniendo en alto las cortinas de la habitación hasta que Tenmu desaparecía. Porque el emperador Tenmu se hacía en aquellos momentos invisible. El arte de hacerse invisible lo dominaba Tenmu de tal forma que Hisae, muchas noches, al contar su leyenda, apartaba de un golpe las telas y cortinas y preguntaba a quienes seguían escuchando su relato: «¿Acabáis de ver a Tenmu? No, no lo habéis podido ver porque Tenmu no existe. La coraza que habéis creído ver no existe, tampoco sus brazos tatuados, tampoco el globo de la astronomía. No existe Tenmu. Sólo existen mis palabras. Mis palabras son las que le han sostenido. Si no existieran mis palabras, el emperador Tenmu no se os hubiera aparecido en la imaginación. La imaginación, a los que habéis escuchado mis palabras, os ha hecho creer que veíais a Tenmu detrás de esas cortinas. Pero ahora yo no dejaré de hablar. En cuanto yo deje de hablar Tenmu desaparecerá por completo. Ya. Ya ha desaparecido.» E Hisae dejaba caer las telas y ante el círculo de los oyentes su silencio disolvía todo lo que ellos habían pensado; ya no sabían quién era el emperador Tenmu, no habían oído nada sobre él, nada habían visto, ni siquiera aquel cielo estrellado que ahora se contemplaba al otro lado de las telas parecía un inmenso mundo astronómico fulgurante y parpadeante. Pero Hisae proseguía: «¿Es que hay algo en el espacio?«, y sostenía con su mano las cortinas descorridas. «¿Está dando su paseo Tenmu como todas las noches sobre las estrellas? No. Él no está paseando. No puede pasear. No existe Tenmu. Lo están diciendo mis palabras. Creedme. Mis palabras sí son visibles. Es Tenmu el invisible. Son mis palabras las que poseen la fuerza.»

japón.-44tty.-Shunkyo Yamamoto.- artelino. com

Y entonces Hisae dejaba caer las cortinas y se sentaba en el suelo en medio del círculo de los oyentes y retaba a los demás a que escribieran todas aquellas cosas que ella acababa de decir. «Veréis como no es posible – les decía -. Escribir lo que ahora os cuento es muy difícil. Escribir en sí es muy difícil. Las palabras se las lleva el viento y hay que ir hasta el viendo del noroeste que sopla en invierno sobre las costas del mar interior para detener a las palabras que se van, y traerlas y fijarlas en el papel. Todo lo que no se fija sobre el papel con los signos de la escritura sólo lo oímos por los oídos y los oídos después ya no escuchan nada, los oídos descansan cada noche en la almohada y de los oídos que duermen van saliendo poco a poco los hilos de las palabras recibidas durante el día y ellos salen de nuevo vaciando la cabeza para que la cabeza pueda llenarse al día siguiente. Las palabras que no fueron escritas se las lleva el viento y el viento las lleva hasta las dunas de Tottori. ¿Conocéis vosotros las dunas de Tottori ante la bruma de las islas? Sí, sí las conocéis. Están ante el mar de Japón, mirando a la isla de Dögo. Esas dunas están hechas con palabras. Son kilómetros de palabras, arenilla sedosa y ondulada de todas las palabras que se pierden y que nunca fueron registradas, todas esas palabras que no fueron escritas, como las mías ahora si no las escribís. Estas palabras mías que yo pronuncio están yendo ya hacia las dunas de Tottori. Allí se convertirán muy pronto en arena. Allí el mar las disolverá.»

José Julio Perlado: (del libro «Una dama japonesa») (relato inédito)

japón.-ervbb.-Shunkyo Yamamoto.-aac.pref.aichi

(Imágenes:- 1.-monte Fuji.-1880.-Kimbey Kusakabe/2 3 y 4.--Shunkyo Yamamoto.-artelino. com)

TRÁFICO DE SUEÑOS

«Los sueños pueden comprarse, venderse, robarse. El Regente Masatoki tenía dos hijas que eran medio-hermanas. La menor soñó que el sol y la luna caían en su regazo. Al despertar se dijo: «Debo preguntarle a Masako el signifcado de mi sueño». Masako era la hermana mayor, versada en la historia, la mitología y la interpretación de los sueños. Mientras oía el relato de su hermana, Masako pensaba: «Qué sueño más extraño. Y más extraño aún  que no sea un hombre sino una mujer la que lo haya soñado». Masako sabía que la persona que soñase ese sueño estaba destinada a gobernar un día al Japón. Astuta y ambiciosa, decidió apoderarse del sueño y le dijo a su hermana: «¡ Pobre de ti! Es un sueño infausto y terrible. Deberías deshacerte de él lo más pronto posible». La otra le contestó apenada: «¿Cómo se puede uno deshacer de un sueño?». «¡Véndelo!», respondió Masako. «Pero, ¿quién va a querer comprar un sueño de mal agüero?». «Yo te lo compraré», dijo Masako. «¿Tú? ¿ Y cómo podría yo resistir ver que sobre ti cae la desdicha que me está destinada?» «No te preocupes», replicó Masako, «los sueños comprados pierden su maleficio». El precio del sueño fue un antiguo espejo chino. La hermana menor regresó a su habitación diciéndose: «¡ Al fin lo tengo! Ya es mío ese espejo que tanto he deseado…». Sólo muchos años después, cuando Masako gobernó de facto al Japón (1220- 1225), la hermana menor se dio cuenta de lo que había perdido al vender su sueño».

Arhur Waley: «Tráfico de sueños»


(Imágenes:- 1- dormitorio 2008.-  foto:  Julia Fuillerton -Batten.- Randall Scott Gallery.-artnet/ 2.-el desplazamiento de los pájaros.- Sotatsu.- indiana.edu)

PRIMAVERA 2011 (7) : HAIKUS : SÓLO MARIPOSAS

Sólo mariposas

y sol

en el prado vacío.

Basho.(1644- 1694)


Aquellas montañas lejanas

se reflejan en las pupilas

de la libélula.

Issa.-(1762-1826)

Olas en el mar azul,

aroma de sake.

Luna llena.

Basho

Las flores del ciruelo

caen sobre el koto.

Luz de luna al anochecer.

Shiki (1867-1902)


(Imágenes: 1- Glorias de mañana.- Kitsu Suzuki.- 1796- 1858.- periodo Edo.- metmuseum.org/ 2.-Las aves y la flores de las Cuatro Estaciones.- periodo Moyomama-1573- 1615.- Escuela Kano.-metmuseum.org/ 3.- Eitoku Kano.-indiana. edu/4.- El ciruelo antiguo. – Sansetsu Kano.– 1589- 1651.-periodo Edo.-metmuseum/ 5.-el desplazamiento del venado.-Sôtatsu.-indiana.edu)

UN TIFÓN Y UNA DAMA JAPONESA

«En el ala sudeste el viento había empezado a soplar precisamente cuando estaban trabajando en el jardín – narra la gran escritora japonesa del siglo Xl Murasaki Shikibu en «La historia de Genji« (Atalanta) -, y el vendaval sorprendió de modo cruel a las languideces frondas. Desde la cercana terraza, ella volvió a contemplar la violencia con que el viento se llevaba una y otra vez las gotas de rocío. (…) Hacia el amanecer, el viento remitió un poco y empezó a caer una lluvia intensa. Le informaron que la tormenta había derribado unos edificios anexos de Rokujô.(…) Tras hacer lo posible por serenarse, encargó a la serviumbre que emprendieran la reparación de los desperfectos y entonces se dirigió al sudeste, donde los postigos estaban todavía abiertos. Se apoyó contra la barandilla en el punto donde juzgó que se encontraban los dos, y miró el jardín. El viento inclinaba los árboles de la colina, y por el suelo había muchas ramas rotas. Por supuesto, las plantas se hallaban en un desorden absoluto, y lo mismo sucedió con las tejas, los postigos y las vallas».

Es el viento del siglo Xl, el tifón enrollado entre las nubes igual que una alfombra, desplegado furiosamente como vendaval contra las casas de Japón. Es el antecedente de tantas consecuencias encadenadas a través de los siglos, lenguas de mar que hemos visto derramarse en los televisores. El vientre de la naturaleza arroja cuanto lleva dentro y esta dama japonesa anota las convulsiones y estremecimientos de los árboles. Hija de Fujiwara no Tamétoki, funcionario y poeta, la dama Murasaki, según su Diario, debía tener alrededor de treinta años en 1008. Lo que señala que debió nacer en 978. Su verdadero nombre es desconocido. No se sabe con certeza en qué circunstancias compuso su gran libro; se supone que fue escrito entre 1005 y 1013, pero el viento, el tifón, la belleza crepuscular, el árbol de retama, las hojas otoñales, las flores del cerezo y la jungla de matorrales quedan sembrados a lo largo de las páginas de su novela. Como muchas otras cosas, Murasaki conocía bien la historia de la música y en su libro se desenvuelven las danzas Gosechi en las que participaban las hijas de buena familia y que destacaban como una de las celebraciones más importantes del año. Genji danzaba las olas del Mar Azul revelando su destreza y en el momento en que los rayos del sol caían sobre su figura el volumen de la música se elevaba hasta lograr una fusión de extraordinaria belleza. Era el tiempo de los perfumes, el tiempo de la elegancia en la combinación de los colores. Era el otoño, estación de páginas literarias invadidas de tristeza. Se marchaba por las largas calles de Heian, y atravesando hasta el límite la extensa avenida del Oso Rojo, se llegaba a la esquina de la caligrafía, allí donde comenzaba la lectura del libro.

(Imágenenes.-1.- Hasegawa Tohaku.-wikipedia/ 2.-japanese art/ 3.-ilustración del «Genji Monogatari» atribuida a Tosa Mitsuoki.-wikipedia)

HISTORIAS QUE SON AHORA DEL PASADO

Cosas que no hacen más que pasarrecuerda «El libro de la almohada» de Sei Shônagonal que ya me referí en Mi Siglo:

El barco cuando la vela va izada.

La edad de las gentes.

La primavera, el otoño, el verano, el invierno.

Las cosas pasan sobre los periódicos y los periódicos sobre las cosas. Las noticias son cubiertas por nuevas imágenes y las imágenes por nuevas noticias.

Pasan las cosas:

Cosas que llevan a la melancolía.

Cosas que contienen una gracia refinada.

Cosas que llenan el alma de tristeza.

También las cosas más bellas del mundo.

«En primavera – sigue diciendo Sei Shônagon – es la aurora lo que yo prefiero. La cima de los montes se vuelve poco a poco distinta y se aclara fácilmente. Nubes violáceas se alargan. En verano, es la noche. Admiro, naturalmente, el claro de luna; pero también la oscuridad en la que vuelan cruzándose las luciérnagas. Incluso si llueve, me encanta la noche de verano. En otoño, la tarde. Las puestas de sol lanzan sus rayos brillantes y se aproximan a la cresta de las montañas. Entonces los cuervos van a dormir, y se les ve pasar tres, cuatro, dos, y se siente uno deliciosamente triste. Y cuando las largas filas de ocas salvajes aparecen tan pequeñas todo aún es más bonito. Después, cuando el sol ha desaparecido, el ruido del viento y la música de los insectos posee una melancolía que me encanta. En invierno, en cambio, amo la mañana desde muy temprano. No hay palabras para hablar de la belleza de la nieve; pero me agrada igualmente la pureza extrema del hielo blanco o simplementre del frío extremo; muy pronto, se enciende el fuego, se acerca el carbón de madera incandescente: es eso lo que conviene a la estación. Sin embargo, al aproximarse el mediodía, el frío se relaja y no es agradable que el fuego de los braseros se cubra de cenizas blancas».

Pasa Sei Shônagon.

Pasan los siglos.

Los periodicos pasan sobre las cosas y las cosas sobre los periódicos. A las noticias las cubren nuevas imágenes y a las imágenes las cubren nuevas noticias.

(Imágenes:-1–japanese.art/2 .Kano Eitoku -wikipedia/3.-Utagawa Hiroshige.- lluvia en el puente Atake.-wikipedia)

JOHN HERSEY EN FUKUSHIMA

Toshiko Sasaki, empleada del departamento de la Fábrica Oriental de Estaño; el doctor Masakazu Fujii ,a las puertas de su hospital privado; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre; el sacerdote jesuita Wilhelm Kleinsorge; el doctor Terufumi Sasaki, miembro del personal quirúrgico del Hospital de la Cruz Roja; el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista: todos ellos fueron convocados por el gran periodista John Hersey en su «Hiroshima» (Turner), un libro clásico en los anales del reportaje novelado.

Hersey – de la escuela del New Yorker igual que  Lilian Ross – eligió a seis personajes-testigos, supervivientes de la gran explosión y la gran barbarie del 6 de agosto de 1946. Eran individuos singularmente escogidos para trazar sus vidas en un relato eminentemente sobrio entre tantas muchedumbres japonesas que ya siglos antes grandes pintores, como Matsanobu Okumura, quisieron retratar tanto en las calles de Edo y sus populosas tiendas como en sus inmensos teatros.

Era la multitud. Multitudes que vemos hoy en los telediarios con el llanto interior apenas deslizado ante el impacto de las catástrofes. Van y vienen esas multitudes entre la tragedia y el esfuerzo, entre el destino y la superación. Hersey quizá hoy volvería a escoger a seis personajes para intentar narrar en montaje paralelo lo que ocurre en Japón. Escrupulosa veracidad quiso tener entonces el periodista envuelta en pliegues novelados y en procedimientos literarios para alcanzar la dimensión humana y la calidad de experiencias vividas.

Experiencias que hoy son ejemplo en imágenes del dolor y de la contención.

(Imágenes:-1.-Matsanobu Okumura.-el teatro nakamura- za.-1745.-wikipedia/2.-Matsanobu Okumura.-una calle de Edo-1780/ 3.-Toyoharu Utagawa.- interior de un teatro.- 1776.- The Art Museum of Chicago/ 4.-Richard Avedon.-lotus feet livejournal)

TODA LA NOCHE AMOTINA LAS OLAS

«Toda la noche

amotina las olas

el viento en cólera.

Y los pinos chorrean

húmeda luz de luna.

El sauce tiembla

en el agua corriente.

Bajo su sombra

-rumores y reflejos –

un momento reposo.

Todas las cosas

cambian – todos los días,

todas las noches.

Pero la luna arriba:

siempre la misma luz.

Si yo no creo

que lo real sea

real,

¿cómo creer

que son sueño los sueños?»

El monje Saigyo

(Imágenes:-1.-Martin pescador y el clavel rosado.-Hokusai.-1832.-taringa net/2.- Shibata Zeshin- Japón.-1907-1891.-Fondos Bell y Fondos Annenberg)

JAPÓN SIN TELEDIARIOS

Cuando en Japón aún no había telediarios la ola gigantesca de Hokusai saltaba y envolvía la pintura de siglos haciendo famoso el bramido del océano.

Era la gran ola de Kanagawa cuya espuma salpicaba de infinitas espumas muchas pantallas invisibles.

Eran los tiempos del dios del viento buscando en el aire al dios del trueno para irritar ambos la piel del mar.

Bajaban las vidas por el azul y el blanco curvado de las pinturas, sobrecogidas todas por el ímpetu.

Asomaba sus fauces la naturaleza y abría su boca sobre las islas.

Huían las gentes despavoridas, desperdigadas ante los acontecimientos.

Eran los tiempos en que en Japón aún no había telediarios y las gentes miraban al cielo creyendo que era el mar.

(Imágenes:-1.- la gran ola.-Hokusai.- Museo metropolitano de Arte de Nueva York/ 2.-  Kaigo no. Fuji.-1834/3.-Ogata Korin.- el dios del viento.-Museo Nacional de Tokio/ 4,- Hokusai.- Sôshu Choshi.- 1832.1834/5.- Ogata Korin.-1658- 1716.-Museo de Arte Moderno de Nueva York/6.-Ban-dainagon-ekotoba.-la muchedumbre espantada por el incendio del palacio inmperial.-Tokiwa Mitsunaga -siglo Xll.-Tokio.-colección Sakai Tadahiro)

6 DE AGOSTO DE 1945 (2)

«Entonces cortó el cielo un resplandor tremendo. El señor Tanimoto recuerda con precisión que viajaba de este a oeste, de la ciudad a las colinas. Parecía una lámina de sol. Tanto él como el señor Matsuo reaccionaron con terror, y ambos tuvieron tiempo de reaccionar (pues estaban a 3.200 metros del centro de la explosión). El señor Matsuo subió corriendo las escaleras, entró en su casa y se lanzó de cabeza entre los bultos de sábanas. El señor Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y se arrojó entre dos rocas grandes del jardín. Se dio un fuerte golpe en el estómago con una de ellas. Como tenía la cara contra la piedra, no vio lo que sucedió después. Sintió una presión repentina, y entonces le cayeron encima astillas y trozos de tablas y fragmentos de teja. No escuchó rugido alguno. (Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando cayó la bomba. Pero un pescador que estaba en su sampán, muy cerca de Tsuzu en el mar Interior, el hombre con quien vivían la suegra y la cuñada del señor Tanimoto, vio el resplandor y oyó una explosión tremenda. Estaba a treinta y dos kilómetros de Hiroshima, pero el estruendo fue mayor que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, a no más de ocho kilómetros de allí.)

(…)

Lo primero que vio en la calle el señor Tanimoto fue un escuadrón de soldados que habían estado escarbando en la ladera opuesta, haciendo uno de los mil refugios en los cuales los japoneses se proponían resistir la invasión, colina a colina, vida a vida, los soldados salían del hoyo, y la sangre brotaba de sus cabezas, de sus pechos, de sus espaldas. Estaban callados y aturdidos.

Bajo lo que parecía ser una nube de polvo del lugar, el día se hizo más y más oscuro.

(…)

La señora  Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. No se dio cuenta de lo ocurrido a su vecino; los reflejos de madre empezaron a empujarla hacia sus hijos. Había dado un paso (la casa estaba a 1.234 metros del centro de la explosión) cuando algo la levantó y la mandó como volando al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa.

Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gritaba: !Mamá, ayúdame!», y vio a Myeko, la menor – tenía cinco años – enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a manotazos frenéticos, la señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni escuchaba a sus otros niños».

John Hersey.-«Hiroshima» (Turner)

La bomba fue  lanzada a 9.750 m y tardó 57 segundos en caer hasta la altura donde detonó automáticamente. La nube resultante se elevó 18 kilómetros en el cielo. La explosión inicial mató a 70.000 personas. A finales de 1945 se calculó que un número igual de personas había muerto por efecto de la radiación.

El año pasado en Mi Siglo recordé el acontecimiento. En la placidez del verano es conveniente no olvidar aquella barbarie.

(Imágenes-1–Alberto Sughi.-2008.-artnet/2.-Hiroshima tras el bombardeo.-wikipedia)