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Posts Tagged ‘Graham Greene’

 

 

El tercer hombre” tuvo que arrancar como relato y no como libro cinematográfico, antes de ponerme a trabajar en lo que pareció una interminable serie de transformaciones de un guión a otro – recordaba Graham Greene -. Carol Reed y yo trabajamos en estrecha colaboración sobre la continuidad y la línea argumental cuando volví a Viena con él para escribir el guion. Recorrimos kilómetros de alfombra y representamos escenas el uno para el otro. Nadie participó de aquellas reuniones , ni siquiera el propio Korda : tan válidos son los ataques mutuos  y el ímpetu de la discusión entre dos. Para el novelista, desde luego, su novela es lo mejor que él puede hacer con un determinado tema; no puede sino exasperarse ante muchos de los cambios necesarios para convertir su texto en una obra cinematográfica. A decir verdad, la película es mejor que el relato, porque en este caso es la versión final del relato.

 

 

Algunos de estos cambios responden a motivos obvios, superficiales. La elección de  una estrella norteamericana en lugar de una inglesa suponía una serie de modificaciones : la más importante era que también Harry debía ser norteamericano. Joseph Cotten hizo una objección muy razonable al nombre que yo había dado al personaje de la historia : Rollo. Una de las pocas grandes discusiones que tuvimos Carol Reed y yo giró en torno al final, y él demostró de una manera muy brillante que tenía razón. Yo sostenía que un pasatiempo de esa índole  era demasiado endeble para soportar  el peso de un final triste. Por su parte, Reed pensaba que mi final – impreciso, sin palabras, con Holly y la muchacha alejándose juntos en silencio del cementerio donde entierran a Harry – impresionaría al público que acababa de ver la muerte y el entierro de Harry como una muestra de desagradable cinismo.

 

 

(…)  Cuando Carol Reed  fue conmigo a Viena para ver las escenas que yo había descrito en el guión, quedé perplejo al comprobar que, entre el invierno y la primavera, Viena había cambiado por completo. Los restaurantes del mercado negro, donde sólo con mucha suerte podían encontrarse en febrero unos cuantos huesos que se hacían pasar por cola de buey, ahora servían frugales comidas legales. Habían retirado las ruinas fronteras al “Café Mozart”, que yo había bautizado “Vieja Viena”. Una y otra vez me oía  a mí mismo decir a Carol Reed: “Te aseguro que Viena era de veras así… hace tres meses.”

 


 

(Imágenes -1- Graham Greene/  2, 3 y 4 , escenas de la película “El tercer hombre”)

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Algunos rezagados que todavía insisten en considerar a la novela de espionaje como un género obligatoriamente menor- señalaba Jean Bourdier en “L Express”, en 1969 -, deben preocuparse por conseguir lo más pronto posible “La gente de Smiley“. Su calidad literaria y su íntima nobleza los obligarán sin duda a reflexionar”. Ahora, con la aparición de “Volar en círculos”, las Memorias de John Le Carré , pueden evocarse una serie de opiniones sobre su figura y el mundo del espionaje. “El mundo del espionaje – confesó el autor inglés –  es para mí sólo la extensión del mundo en que vivo. Por eso lo he poblado con mis propios personajes. Pues en definitiva soy un novelista. Yo produzco obras de imaginación. Relato historias”.

“De Moscú a la Habana o la Viena tan dura de la posguerra – señala Ignacio Peyró en “Pompa y circunstancia” -, el espionaje, tan viejo como el interés político o la debilidad humana, nos remite aún a ese momento de privilegio de los agentes dobles que fue la Guerra Fría. Es un mundo inmejorable para la mezcla de realidad y ficción: si tenemos las novelas de Graham Greene y sus perfiles de misterio, él mismo no dejó de estar al servicio de Su Majestad en trabajos de inteligencia, ahogado de asco en Sierra Leona. Lo mismo sucedió con Le Carré. En verdad, el espionaje ha sido terreno habitual para el

 

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claroscuro, para la indefinición y la volubilidad ética, pero – por mucho que predicara el propio Le Carré – nunca fue lo mismo trabajar para el mundo imperfecto pero libre que obedecer las órdenes de Karla en pos de la perfección totalitaria. Al final, esa elección fue la guía que sostuvo toda la ambientación de encuentros en hoteles, miradas oblicuas, paquetes de tabaco que disparan balas, teléfonos rojos y despachos “burbuja” elevados sobre el suelo para evitar micrófonos (…)  Al joven David Cornwell, cuando todavía no había pensado en ser John Le Carré, siempre le asaltaba una duda: si por momentos el MI16 era tan dado a ineficiencias, ¿no habría otro servicio secreto real, del que el MI16 sería no más que una tapadera?”.

La penumbra está en la misma raíz del espionaje. “Si tuviera que elegir entre traicionar a un amigo y traicionar a mi país – había dicho el novelista Forster -, espero tener el valor de traicionar a mi amigo”. Y a su vez Graham Greene había confesado: “el juego se hace tan sofisticado que el que juega pierde de vista sus valores”.

 

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(Imágenes.- 1-John Le Carré.-2008- Wikipedia/ 2.-Tadasuke Kuwayama– 1965/ 3.-  Johannes Itten– 1915)

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“La influencia de los primeros libros es profunda – confesaba Graham Greene -. Una parte del futuro descansa en los estantes: las primeras lecturas tienen más influencia sobre la conducta que cualquier enseñanza religiosa. Estoy seguro de que nunca habría dado el paso en falso que me hizo ingresar, a los veintiún años, a la Compañía de Tabaco Británico- Americana, que me había prometido un cargo en China, si no hubiera leído La columna perdida, del capitán Gilson; y, sin conocer a Rider Haggard, ¿me habría sentido más adelante atraído por Liberia? Y esto derivó finalmente en un empleo de guerra en Sierra Leona. Y sin duda debe haber sido La hija de Moctezuma y el relato de la desastrosa retirada en la noche triste de Cortés lo que iba a llevarme a México veinte años después. Por otra parte, Los antropófagos de Tsavo dejaron en mi mente una imagen tediosa de África oriental, que ni siquiera Hemingway pudo cambiar más tarde”.

 

Naipaul- indiatvnews com

 

En “El ojo y la palabra” quise recordar las lecturas que el novelista Naipaul, siendo niño, escuchaba de labios de su padre. “Varios parlamentos de Julio Césardecía -, páginas sueltas de los primeros capítulos de Oliver Twist y David Copperfield, unas cuantas páginas de El molino junto al Floss; algo de los Cuentos de Shakespeare, de Lamb; relatos de O´Henry y Maupassant, y unas cuantas páginas de Somerset Maugham“. Esa era la voz de la lectura, las voces de las madres y de los padres que, con intención y ternura, trenzan diversas influencias, abren el surco de la literatura.

 

Manguel- vfr- tinkuylibros com ar

 

El río de las influencias sortea las edades y esas mismas edades purifican el agua de las influencias mismas. Al cabo de los años uno podría irse encuadernando su propia antología personal, salpicada no sólo de títulos sino también de frases, pequeños hallazgos en versos, principios y finales, diálogos que nunca se olvidan, párrafos que nos hicieron pensar. Manguel, que tanto ha leído, ha recogido parte de su antología individual: “un pasaje en una novela policial de Dorothy Sayers, un poema de Dylan Thomas, están Rey Lear, la Divina Comedia, Alicia en el país de las maravillas, está El hombre que fue jueves, de Chesterton, ciertos pasajes de Chateaubriand, está Kim, de Kipling, está la primera frase de La bestia debe morir, de Nicholas Blake (…) Y, por supuesto, hay numerosos textos breves, frases de Borges, y muchas cosas más”.

Las influencias dejan su sello en nuestra infancia; luego, en nuestra madurez, nos acompañan.

 

libros-nju- Paul Signac

 

(Imágenes.-1.- Graham Greene con Alex Guinness/ 2.-Naipaul- indiatvnews/ 3.-Alberto Manguel- tinkuylibros com ar/4.- Paul Signac)

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NPG P1330; Graham Greene by Dmitri Kasterine

 

“Recuerdo que entré en un salón suntuosamente amueblado donde Goebbels ocupaba un sillón dorado. Había varias personas más en la estancia, y aguardé junto a la repisa de mármol de una chimenea a la espera de mi oportunidad, pues llevaba conmigo un arma secreta para matar a Goebbels: un cigarrillo que desprendía un humo letal, que al inhalarse provocaba una muerte instantánea”. El escritor se mantenía cerca de su víctima, sostenía el cigarrillo donde el humo pudiera alcanzarle, pero hubo problemas: “Empecé a impacientarme y le metí la colilla por la nariz antes de emprender la huida. Esperaba que el veneno actuara con rapidez y que la confusión me permitiera ganar tiempo para escapar”.

Este es uno de los sueños que Graham Greene anotaba en su libreta y que luego se han querido recoger bajo el título “Un mundo propio” (La uña rota). El autor de “El factor humano”  distingue su Mundo Propio de sueños del Mundo Común. “He viajado tanto -dice- en mi Mundo Propio como en el Mundo Común. A mis viajes no les han faltado momentos dramáticos ni en uno ni en otro lugar, pero en mi Mundo Propio se viaja a la velocidad del más rápido de los aviones a reacción.”

 

Greene-nnhhy-Graham Greene con Alec Guiness-

 

En otro sueño cuenta: “Una extraña experiencia sigue grabada en mi cerebro como un titular periodístico: “El suicidio de Charlie Chaplin”. Empezó con el rumor de la muerte de mi amigo. Me encontraba en un gran cine abarrotado de gente y esperaba que en cualquier momento se hiciera un comunicado. Incluso temía que la noticia desatara el pánico entre el público (…) Llamaron al timbre de mi apartamento y, cuando abrí la puerta, Charlie entró con ayuda de terceros. Parecía realmente un moribundo.”

En su Introducción a estos sueños Greene recuerda que “a la edad de siete años soñé un naufragio la misma noche en que se hundió el Titanic, y en otra ocasión, nueve años después, asistí nuevamente a un naufragio desastroso en el mar de Irlanda.”

 

Greene-noggb- Graham Greene y Carol Reed- 1951- foto Larry Burrows- allposters com

 

Los escritores y los poetas han soñado de modo singular. El austriaco Franz Grillparzer convierte el sueño realmente en vida: “Hoy me ocurrió algo milagroso – escribe -Soñé mientras caminaba. Me había levantado temprano, bebí agua de la fuente, me di un baño, volví a beber un vaso de agua y me dirigí al jardín para dar un paseo. Fue así que, de pronto, llegué a una parte del jardín en que jamás había estado antes. Era tan hermosa, los árboles eran tan arrebatadoramente bellos, que no cesaba de asombrarme por no haber reparado en ellos con anterioridad a aquel instante. Lamentablemente no había ningún banco cerca para sentarse. Aún tenía que beber un vaso de agua, de manera que me volví, firmemente resuelto a regresar a ese sitio en cuanto hubiese satisfecho mi sed. Recordé el camino: pasaba por una hilera de árboles de poca altura. Con todo, me fue imposible volver a encontrar el camino, pues… éste jamás había existido. Todo había sido un sueño. Pero lo milagroso es que este sueño haya sobrevivido mientras caminaba. En general, especialmente de noche, cuando estoy cansado de leer, suelo soñar estas cosas o ver mentalmente este tipo de imágenes. Pero jamás me ha ocurrido esto mientras caminaba, jamás me había ocurrido con la fuerza de convicción con que me ocurrió hoy.”

 

sueños.- 8ujujj.- Joan Miró- este es el color de mis sueños.- 1925.- The Metropolitan Museum of Art.- Nueva York,. The Pierre and Maria-Gaetana Matisse Collection 2002.- Successió Miró 2013

 

(Imágenes.- 1.-Graham Greene- Dmitri Kasterine/ 2.-Graham Greene y Alec Guinnes en la Habana-1959- foto Peter Stackpole/3.-Graham Greene y Carol Reed- 1951- foto Larry Burrows/4.-Joan Miró- Este es el color de mis sueños- 1925-The Metropolitan museum of New York-the pierre and maria gaetana matisse collection- 2002)

 

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En busca de un personaje fue muchas veces Graham Greene a lo largo de su vida. En enero de 1959, viajando por el Congo belga, de donde naceríanUn caso acabado” y “El revés de la trama“. En Viena, “la Viena de 1948– contaba el escritor -, que aún estaba dividida en zonas bajo control norteamericano, ruso, francés y británico. (…) ” Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero – escribí en la solapa de un sobre como párrafo inicial, decía Graham Greene -, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos”.

Esta sería la primera frase concebida deEl tercer hombre“, “que no fue escrito para ser leído, sino para ser visto. El relato, como muchos asuntos amorosos, comenzó en una cena y continuó con dolores de cabeza en varios lugares: Viena, Venecia, Ravello, Londres, Santa Mónica“.

“Veo “El tercer hombre” cada dos o tres años – declaraba Orson Welles -; es la única película en que aparezco que veo en televisión porque me gusta mucho; y me quedo mirando a Alida Valli“.

“Cuando se terminó – concluyen las páginas de donde se tomó el guión -, la muchacha se marchó sin decirnos ni una palabra por la larga avenida flanqueada por árboles que conducía a la entrada principal y la parada del tranvía, chapoteando por la nieve fundida”.

(Pequeña evocación de Alida Valli entre los árboles, cuando se anuncia una nueva edición de “El tercer hombre)

(Imagen: Orson Welles.-elmundo.es)

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“Estaba la mujer como desvaída, el rostro largo, bello, afilado de deudas. Estaba la mujer en el pasillo del “Mistral”, del “Ligure”, del “Saphir”, del “Helvetia”… Miraba la nada de los días encontrando la vida; miraba el sentido del hueco, la  belleza de Niza, de París, de Milán; miraba a Basilea sobre Francfort, Bruselas bajo Hamburgo y en Zurich… Alta, la frente clara, las arrugas internas, secciones transversales de hierro fundido, rieles de hierro forjado, rieles de acero suavemente invisibles entre capas de piel, máquinas de vapor silenciando rumor de pensamientos… Anduvo, (conforme el tren y la edad se  lanzaban), y al final del pasillo, abrió la puerta. Un viento  negro, de 1804, pasó desde Merthyr hasta Abercynon, y el viento se llamaba Trevithick, y con vapor a alta presión, le dio en la  cara. Cerró la puerta y cruzó como pudo hasta el otro vagón. Casi  sonrió al leer el anuncio: “El viajero que quiera cambiar de  asiento o prolongar su viaje lo manifestará al jefe del tren, el cual le expedirá un billete de suplemento, retirando el  ordinario”. Ella quería cambiar de asiento, alguien le impelía a  prolongar su viaje. Se arregló el pelo alborotado. Había  encanecido cincuenta años y miró la hora: 1854. Los relojes  en todas las estaciones se arreglan al de la catedral de  Valencia, decía aquel tablero. Entonces se apoyó en la  ventanilla y notó el ritmo y la intensidad del tren, la sangre  proyectada desde el ventrículo izquierdo a la aorta, provocando  una onda de presión que dilataba brevemente las paredes de las  arterias, la brillante lámina de las vías, el agua estancada en  la retina. ¿Habría rejuvenecido?. Sentía la lenta rapidez de “La  Fusée” de Stephenson a 47 kilómetros por hora. La vía óptica  transmitía la sensación de estar recorriendo de Stockton a  Darlington, por el condado de Durharn, cruzándose las fibras  nerviosas internas en el quiasma óptico, marchando paralelas al cerebro las fibras externas, 40 kilómetros de trayecto hasta la  corteza visual. “Siempre me dijo él que cuidara mis ojos, que  acabaría con gafas”, pensó. De repente notó un escalofrío: estaba casi envejeciendo, conquistando el «record» en la misma  Inglaterra, en 1846, con los 120 kilómetros por hora. Se apretó  fuerte a los salientes del vagón. Corría blanquecina, blanca,  veloz en cabellos y sienes por toda Francia, 1890, a 144  kilómetros por hora. Ni un alma en el pasillo: era su pelo en  América, hebras cenizas a 160 kilómetros en el reloj 1893. Se  agarró fuerte a cuanto pudo: 202 kilómetros por hora en  Inglaterra, 203 sobre Italia. El viento ‑sin humo, sin color, sin  gruñidos daba en la cara de la mujer roturada por dentro, a punto  de estallar, contenida… Dos locomotoras eléctricas la  arrastraban por 1955  a 331 kilómetros de vértigo. Cerró los  párpados. Los abrió asustada. Oscuro. Negrura como el primer  carbón. “¿Me he quedado ciega?“. Pasaban junto a su oído dos  kilómetros de túnel Huntington‑Lake de California, uno del Simplón italiano, otro ahogado kilómetro del Lotschberg en  Suiza…

A tientas, caminó por los pasillos‑túneles de Otira, el  Transandino de Argentina y Chile, el Hoosac de Massachussets, el  Sutro de Nevada… Extendía los brazos esqueléticos en la  oscuridad.

‑¿Signora?…

La luz volvió a las cuencas, y un empleado del “Settebello” le  ofrecía un lugar en el departamento panorámico a la cabecera del  tren. “No. La puerta. Esa puerta. Huir de las miradas. Escapar.  Dejar a todos cuanto antes. ¿Sabe?, odio estas fiestas de resplandor“. Abrió aquella puerta la mujer, y el aire la arrolló  en juventud. Tuvo que sujetarse a unos barrotes y golpear,  golpear con ellos fieramente hasta matar: ser asesina de su  propio mareo. Tenía ante sí una locomotora de carro giratorio y  una larga caldera horizontal, unida a una caja de fuego. Ella era  entonces muy joven. Delgada y elegante, no se parecía en nada a  la dama del tren. De ilustre familia, no le agradaba sin embargo,  el “snobismo” de cierta aristocracia inglesa, cuya feminidad  distinguida solía alternar amantes y bebidas con apuestas y  juegos. Miraba ahora a los alabarderos formados, y oía en los  cercanos desmontes, salvas de artillería: su mente estaba lejos  de la elegante playa de Bringhton, del gran balnerario de Bath, y  de los salones de Almack’s donde se  probaba, puntualmente, el  thé. Ante aquella solitaria locomotora, el tren de su vida  avanzaba a buen ritmo. No era ilusión óptica viajar tras una  máquina de Baldwin quizá por Filadelfia, ir seguido por el primer  ferrocarril de lujo ‑el “Experiment” de Stephenson, con su convoy  de coches adornados con asientos de seda, acolchados sillones y  brillantes espejos‑, y dirigirse al fin, desde Madrid hasta  Aranjuez, todo ello evocado en un 9 de febrero de 1851, cuando  alcanzó la línea, desde la estación terminal hasta la puerta de  Damas del propio palacio, ‑tendidos los carriles por los amplios  jardines‑, para detenerse allí donde desembocaba la galería de  las capillas, de fácil comunicación con la principal entrada de  la real residencia de Isabel.

‑¿Madame?…

La mujer volvió la cabeza. Un giro…, y la hizo encanecer. El  empleado del “Brabant” parecía hablarle a una velocidad media de  123 kilómetros por hora. No conseguía ser el tren diesel  Nueva  York‑Los Angeles, ‑el más rápido del mundo‑: 165 kilómetros de  velocidad media; tampoco se acercaba al tren experimental,  accionado por motores diesel, que en el curso Chicago‑Burlington‑  Quincy, había recorrido el más largo trayecto sin pararse: 1.658  kilómetros, al ritmo de 125 kilómetros por hora.

‑¿Madame?…

El empleado del “Edelweiss” mostraba la diferencia de los Países  Bajos, el acento de Bélgica, el tono de Luxemburgo. Atravesaba  cinco naciones, pero no conseguía el «record» de la “Union  Pacific Railway“, su tren compuesto por una locomotora diesel y  diecisiete vagones que unían Salt Lake City con Caliente: 520  kilómetros, sin parada intermedia.

La mujer quiso abrir la puerta del Berlin de los Emperadores, del  San Petersbusgo de los Zares, la puerta de la Viena de Francisco  José…

Dobló una manilla, y asomó el “Transalpin“; entreabrió un poco  más y sorprendió al “Sud‑Express“; empujó a fondo y, vislumbró a  la vez, al japonés “Hikari“, al turco “Bogazici” y al danés “Syd‑  Vestjyden”

De repente le asombró el tremendo frenazo. Un fondo azul sobre  luz vaporosa descubría la estación “Saint‑Lazare” de París.

‑Es maravilloso. Una verdadera fantasmagoría. En el momento de la  salida de los trenes, el humo de las locomotoras es tan denso que  casi no se distingue nada ‑decía Monet instalado ante su  caballete.

Asentía Renoir. Tendría el óleo, Caillebotte. Por fin, lo  adquirirá Durand‑Ruel.

La mujer miró extasiada el cuadro. Recordaba el motivo del  ferrocarril en paisajes de Turner; pensaba en los trenes que  pintaba Manet, Pisarro, Sisley.

De improviso los cuadros se animaron. Lo fijo se puso en  movimiento. Era el Discóbolo, el Choque del Futuro. “¿Realmente  habrá próximas fuentes de energía?… ¿La pila combustible…, la  propulsión por campo electromagnético?… ¿El motor a  reacción?… ¿La turbina?”…

El vagón que acababa de pisar era un vacío inmenso: un mensaje  sentado, viajaba a la velocidad de la luz; tardaba cincuenta mil  años en llegar desde el centro a la periferia.

La mujer se detuvo invisible ante el mensaje inerte.

El mensaje tardaría en volver otros cincuenta años: para  entonces, no existiría ya quien lo había enviado, no existiría  quien esperaba respuesta. Tampoco la mujer. Ni siquiera el tren.  Quizá ni la misma Galaxia. Ni el Hiperespacio. Ni el  Superespacio. El mensaje podría perderse por todas las entradas y  salidas que existirían en todas partes: en los espacios entre las  galaxias; en los espacios entre las estrellas; en el agujero  central de la curva interior del anillo sólido. En el Algo de la  Nada de Alguien.

Era allí y en infinitas veces, donde podría perderse el inmenso  contenido vacío del minúsculo mensaje invisible.

‑¿Madame?…

Un tren interminable.

‑¿Signora?…

Silencios opacos en los vértigos.

“¿Estaba el tren en marcha?”

“¿Estaba quieto?”

Puertas, ventanillas, pasillos, maderas alargadas, bloques de  acero sin que se viera el fin…

Voces en eco repetido.

‑¿Madame?…

‑¿Signora?…

No contestaba. De modo etéreo, surcaba por el tren sin final. No  podía verse, ‑no podía detenerse‑, pero en sus células volvió a  sentir la juventud. Las preguntas le parecían utopías: “¿Llegaría  un instante en que podría definirse y producirse objetos  económicos «a medida»…, y ello gracias a utilizar  calculadoras por análisis…, gracias a procedimientos  automáticos de fabricación?… ¿Se lograría un control limitado  del tiempo?…, ¿del clima?… ¿Habría una etapa donde el empleo  efectivo surgiera de la comunicación electrónica directa, a  través de la estimulación del cerebro?”… ¿Y ella? ¿Y sus  estímulos? ¿Y el anhelo exasperado del tren por alcanzar la  cordura, estabilidad, velocidad, seguridad?… Oyó gritos lejanos  en niebla de vapores. Proseguía vertiginosamente pasillos  adelante, en vagones enlazados: un viaje interminable. Todo, era  un frío tren vacío sin sentido, y ella no conseguía detenerse en  su búsqueda de puerta  a ventanilla, de picaporte a uno, y otro,  y otro compartimento. Inesperadamente se sintió fuertemente  sujeta.

‑¿Madame?‑ decía una voz.

Era Nadie. Un murmullo de júbilo la hizo volver la cabeza. Era  ella una mujer viejísima, las sienes plateadas como una abuela.  Asomó la cabeza y vio la radiante mañana del miércoles 15 de  septiembre de 1830. Parecía la inauguración oficial de un  acontecimiento: el ferrocarril entre Liverpool y Manchester, con  asistencia del primer ministro , el duque de Wellington. Miró  asombrada a casi un millón de personas apiñadas entre los dos  terminales y a lo largo del trazado. George Stephenson había  seleccionado ocho locomotoras para tal ocasión.  A la primera  “Northumbrian“, le seguían a intervalos siete trenes encabezados  por “Fénix”, “Estrella del Norte”, “Cohete”, “Dardo”, “Cometa”,  “Flecha” y “Meteoro“. Era la estación de Crown Street, en  Liverpool. Una banda de música acompañó el deslizamiento por  gravedad de los vagones que marchaban a lo largo del túnel que  conducía desde Liverpool hasta Edgehill, allí donde se  enganchaban las locomotoras y avanzaba el ferrocarril.

El viaducto construido sobre el Sankey Brook y el Sankey Canal,  hizo que la atención del duque manifestara exclamaciones de  asombro. Los trenes, entonces, ‑la mujer anciana lo veía‑,  alcanzaron la velocidad de 38 kilómetros, mientras que las  primeras locomotoras pronto llegaron a Parkside, a 17 kilómetros  de Liverpool.

En el hueco aislado de su ventanilla, la mujer oyó un grito. Era  un escalofrío. Los trenes se habían detenido para tomar más agua,  y a pesar de los avisos insistentes, alguien había desobedecido.  Carreras, pánico, chillidos. El ex‑ministro “tory” liberal,  William Huskisson, parecía haber mantenido el picaporte de una  puerta, a pesar de su reciente operación en una pierna que le  llevaba a la parálisis. La mujer no consiguió ver la llegada de  “Cohete”, cuarta locomotora que se acercaba a Parkside por vía  paralela; sin embargo sí oyó cómo el duque de Wellington gritaba:  “Huskisson, ¡vuelva a su sitio! ¡Por el amor de Dios, vuelva a su  sitio!“. Pero Huskisson, mantenía, al parecer, la puerta del  vagón de par en par abierta para que subiese la gente. No logró  cambiar su movimiento y retirarse a tiempo. El largo grito le  llegó a la anciana como un silbido de estremecimientos.  Huskisson, tropezando, había caído bajo el vagón segundo.  Mientras apresuradamente le oprimía un tenso torniquete el conde  de Wilton, la mujer escuchó una voz de temblores. “Voy a morir,  Dios me perdone“. George Stephenson hacía desenganchar dos  vagones de la “Northumberland” y los transformaba en ambulancia.  El propio Stephenson tomó el mando de la locomotora, subió a dos  cirujanos y al enfermo, y velozmente partió para Eccless Bridge,  hacia la vicaría del reverendo Blacburne. A 56 kilómetros por  hora salió hacia Eccless; luego reunió en Manchester a cuatro  cirujanos y volvió al moribundo.

William Huskisson, señora ‑escuchó ella a alguien‑, ha fallecido  a las nueve de esta noche.

El tiempo espléndido de Liverpool se nubló, y un viento portador  de lluvia rebotó en mil gotas sobre las locomotoras de  Manchester.

Entonces la mujer corrió y corrió, sabiéndose alada y alocada de  vagón a vagón, de vacío a vacío. El pasillo inaudito tenía ahora  todas las puertas abiertas. Era un túnel desierto. La mujer  envejecía y hacíase joven: era una niña, una anciana, una dama de  arrugas…, una adolescente. Lo notaba en sus poros. Viajaba  hacia Marte por el canal del espacio. Del espacio. Del  Superespacio de Galaxias unidas por cabinas.

Al fin, sintió una puerta. Algo hermético. Cerrado. Ella era una  vieja sin fuerzas que ya no podía más.

Abrió la puerta doblando sus esfuerzos.

Era Munich, Belgrado,Lausanne, Venecia, Zagreb, Ljublajna,  Sofia… Sentados charlaban animadamente, Proust, Morand,  Guatier, Cendrars, Zola, Greene, Flaubert... Se escuchaba música  de Strauss y de Berlioz. Los hermanos Lumière rodaban una  instantánea. John Ford preparaba su “The Iron Horse“. Buster  Keaton se vestía de Maquinista de la General. Tourjanski y  Bragaglia disponían sus cámaras.

‑Messieurs, présentez los billets si’l vout plait.

La mujer parada en el umbral, lo admiraba todo.

‑¿Signora?.. ‑escuchó.

‑¿Madame?…

Dio un breve paso.

‑Desearía saber si esto es…

En la esquina, dos ojos perspicaces la observaban.

‑…Estambul ‑pudo oír‑ El cementerio del “Orient‑Express”

‑¡Agatha! ‑escuchó la mujer de Ian Fleming.

‑¿Y usted?… ‑proseguían los ojos inquietantes‑ ¿Usted quién  es?…

La mujer dio un paso atrás estremecida.

‑¿Yo?…

Los ojos clavaron de un golpe la frase:

‑Señora…, me intriga quién puede ser usted… ‑e hizo una  pausa‑ ¿No sabe usted que esto es un cementerio?… La tumba de  Estambul

La miró y dijo suavemente:

‑Esta es una vía muerta… Señora, ‑con perdón‑, pero creo saber que usted se ha equivocado desde siempre, y para siempre, de tren  y de vida”.

José Julio Perlado: “El viaje inverosímil“.-(Finalista del Premio de Narraciones Breves “Antonio Machado”).-Fundación de los Ferrocarriles Españoles, 1996

(Imágenes:-1.-tren nocturno-shastaunset.com/2.-Pullman británico.-irtsociety.com/3.-Monet.-Saint-Lazare.-1877.-artchive.com/4.-Pullman británico.-cortesía de Orient Express.-irsociety.com/5.-Alfred Stieglitz.-all-art.org/6.-Orient Express.-latin.es)

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TODO  ES   LITERATURA

“–¿Vienes a comer, hijo? Ya está aquí la comida.

Leocadio Villegas escribía y escribía un cuento apoyado en la mesita del salón, daba toques y retoques incansablemente a una escena y a unos personajes. De reojo vio entrar a su madre levantando la sopera humeante.

–¡Vamos, hijo, vamos, que esto se enfría, deja eso ya!

–¡Es que estoy terminando una cosa, madre –balbuceó–, acabo ahora mismo!

–¡Siempre igual, Leo! Luego sigues. ¡Ahora, a comer! ¡Vamos, venga a comer!

Leocadio Villegas se levantó como pudo y casi sin dejar de escribir alcanzó la mesa. En un borde, mientras le servían, seguía escribiendo y escribiendo. Como siempre, le parecía todo apasionante, aquel comedor, la casa, aquella mesa familiar, aquel mantel de flores. Veía a su lado, sin dejar de escribir, la gruesa muñeca de la mano de su madre y sus dedos gordos y sonrosados que estaban dejando su plato de sopa y se puso a escribir sobre ellos, sobre aquellos dedos, la forma, las uñas rojizas y rotas que tanto habían fregado y lavado, intentaba profundizar algo más en ellos, cuando aquellos dedos desaparecieron en busca de otro plato y sólo quedó en el espacio de su mirada el redondel de la sopa caliente con los fideos como lombrices blancas y los cubiertos a un lado, preparados, los dos cubiertos hermanos sobre el mantel, el tenedor y la cuchara, ¡ah, los cubiertos, el tema de los cubiertos!, se dijo Leocadio mientras escribía y escribía sobre los cubiertos, el lomo curvo y plateado de la cuchara, las púas del tenedor como tridente, él estaba a punto de imaginar viajes en el espacio con tenedores trinchando nubes, con cucharas de cuencos de luna y silenciosas soperas iluminadas, cuando una voz le sobresaltó:

–¿Pero no empiezas a comer, hijo? ¿Pero qué haces? ¿Es que hasta aquí vas a seguir escribiendo?

Sí, escribía, escribía. No puedo, no puedo dejar de escribir. ¿Y esta voz? ¿Y el poderío de la voz de mi madre? Le venían a la pluma todas las voces escuchadas en su infancia, o mejor dicho, la misma voz de su madre en los agudos y en los graves de las habitaciones cerradas, él correteando ante las voces maternas que le perseguían, “¡ven aquí, Leo, abróchate los zapatos! ¡Leo, que te acabes esto, que no pegues a tu hermana, que no te manches!”, sí, ahora Leocadio escribía febril sobre las voces que le perseguían, había apartado el plato de sopa y los cubiertos como motivo literario y perseguía esta vez a las voces como mariposas hincándoles el alfiler de la pluma, ¡aquí! ¡allí!, voces como recuerdos, ¡allí! ¡aquí! las perseguía escribiendo, era un ahogo, una carrera interminable, escribía, ¡sí, por fin escribía!, estaba corriendo mientras escribía describiendo, se había alejado del mantel, de la mesa, de la familia, había abandonado la casa, ¿dónde? ¿dónde estaba ahora?

–Bien, si no quiere comer –escuchó la ronca voz de su padre–, que no coma. Lo único que le gusta es escribir –y atronó indignado dando un puñetazo en la mesa–:¡Pues ya cenará!

No, de verdad que Leocadio no sentía el hambre. Le pasaba siempre durante el acto de escribir. Podía aguantar sin comer y sin dormir a lo largo de horas, Ahora, cuando recogieron el mantel de la mesa y toda la familia pasó a tomar café, él se desplazó hábilmente a otra mesita cercana a la ventana y, como siempre, quedó absorto por cuanto veía, por aquellos dibujos malvas en las tacitas blancas que su madre estaba distribuyendo y que él describía, por aquel aroma del fuerte café y el humo del puro de su padre que él ahora miraba fijamente y al que describía mirándolo y describiéndolo, describiéndolo y mirándolo de hito en hito, sin dejar diluirse las volutas grises en el aire y sin apartar tampoco sus dedos de la página.

“¡He de llegar, he de llegar al Concurso!”, se decía Leocadio conforme seguía escribiendo todo aquello. “¿Es posible llegar a escribirlo todo, llegar a ser escritor total, escribir a la vez sensaciones y emociones, este rictus, por ejemplo, de la cara de mi madre, el resoplido que acaba de soltar mi padre leyendo el periódico, este volumen de los muebles, la luz de la tarde, la memoria y el sueño, todo, todo es posible escribirlo?”. “No, no debo distraerme”, escribió en el papel que sostenía apoyado en sus rodillas, y anotó nervioso que se estaba distrayendo no sabía por qué, que se le estaba yendo el cuento de repente en disgresiones inútiles, sobre todo superfluas, sí, superfluas, se dijo escribiendo. “No, no puedo seguir así”.

Ya habían terminado todos el café y se habían ido de la habitación a sus quehaceres dejándolo solo y Leocadio Villegas tuvo la tentación de escribir en ese momento sobre su soledad, sobre la soledad que le rodeaba, pero pronto se contuvo. Miró de reojo su reloj mientras seguía escribiendo. “He de entregar esto dentro del plazo –escribió–, he de acelerar, cumplir los plazos, porque si no, ¿para qué escribo?”. Escribió una línea sobre el por qué escriben los escritores, sobre las razones de aquel afán, pero se dio cuenta enseguida de que seguía desviándose peligrosamente del centro del cuento y yéndose por vericuetos otra vez superfluos que no le llevaban a ninguna parte. “He de centrarme, mantener la tensión –se dijo finalmente–, adquirir velocidad”.

Quiso hacer un alto brevísimo en su tarea y con los papeles y la pluma en la mano se fue hasta el vestíbulo y, como pudo, se puso una chaqueta y salió rápidamente de la casa. Bajó los escalones de tres en tres, deseando llegar al portal para volver a escribir. Pero ya aquellas escaleras le estaban suscitando temas literarios, escenas policíacas y de misterio, cosas que él había leído y que desearía recrear. ¡Ah, este gran tema de las escaleras y los escalones –se dijo mirándolas de reojo mientras bajaba muy deprisa–, este gran tema tan cerca para escribir sobre ellas, las escaleras de amores y de odios, los crujidos y la levedad de los zapatos volando y bajando velozmente las vueltas del caracol! Hubiera querido escribir conforme descendía, como lo había hecho caminando Eckermann con Goethe mientras los dos paseaban, ¿pero quién era Eckermann para los lectores?, ¿quién era Goethe? ¿alguien los había leído?. “Entonces –se dijo casi sin aliento al llegar al portal–, ¿es que acaso estoy preocupado por los lectores, es que estoy escribiendo para ellos?”. Pero ya el portal también con sus azulejos blancos y rojos y los dibujos de sus maderas le atraían como tema literario y no tuvo más remedio que pararse y escribir sobre ellos apoyando el papel en la pared. Tomó notas allí torpemente, pero notas interesantes, al menos muy interesantes para él, esbozos, apuntes e incluso descripciones de aquellos azulejos que le traían recuerdos de umbrales y hasta de paisajes ya que las asociaciones de las ideas le llegaban ahora muy deprisa, casi febrilmente, y en determinado momento tuvo necesidad de calmarse y de dominarse, porque una voz interior le decía de nuevo: “Te estás alejando otra vez, Leo, del centro del cuento; te estás distrayendo en temas secundarios. No, no puedes continuar así”.

Entonces salió del portal. El tráfico de la ciudad le pareció un inmenso tema literario que él ya no podía abarcar. Como escritor le estaban llamando la atención a la vez los autobuses rojos y los coches trepidantes, los ruidos de las motos y las conversaciones mezcladas, el parpadeo de los semáforos y aquel clima especial del aire urbano en polución. Todo al mismo tiempo se le ofrecía como motivo enorme. “No –se repitió–. He de concentrarme en algo, he de elegir y, sobre todo, he de cumplir el plazo que me he impuesto”, se dijo pensando en el Concurso y enseguida llamó a un taxi. Notó, sin embargo, que aquella llamada y aquel movimiento de su mano en el aire no podía ya describirlos como él hubiera querido porque el taxi se detenía ya, se abría la portezuela y él entraba dando rápidamente la dirección de la estación. Sentado, iba pensando en el pequeño tren que le esperaba pero estaba viendo ahora tantas cosas atrayentes desde su ventanilla, tanta literatura se movía en la calle, que de nuevo no tuvo más remedio que ponerse a escribir en aquellos papeles que sostenía en sus rodillas y a grandes rasgos fue registrando todo cuanto veía.

–¿Es usted de aquí, de la ciudad? –le preguntó el taxista.

Leocadio asintió con la cabeza sin dejar de escribir porque no esperaba que nadie le hablase mientras él trabajaba y aquel principio de diálogo irrumpía de pronto en su relato de forma tan brusca y a la vez tan sugerente que lo anotó, por tanto, tal y como venía y así fue contestando como pudo a las preguntas del taxista mientras, a la vez, las escribía con rapidez, como escribía también las respuestas, las suyas y las del taxista, porque aquel diálogo –se dijo– estaba dando ahora una enorme frescura al cuento sin apartarlo de su centro, “porque yo creo –escribió– que no, no me está apartando de mi centro, sino que, al revés, está dando a todo esto una gran agilidad inesperada”.

Copió, pues, todo el diálogo detallado entre el taxista y él, ya que le pareció muy interesante, pagó a la puerta de la estación y atravesó deprisa los andenes en busca de su tren. No pudo escribir nada sobre el andén a pesar de que llevaba en la mano la pluma y el papel mientras se abría paso entre la muchedumbre y a pesar de cuantas tentaciones literarias le estaban ofreciendo aquellas altas cristaleras, aquellas bóvedas sonoras de las naves y los modernísimos trenes plateados dispuestos ya para salir. ¡Ah, las estaciones! –se dijo durante un momento alcanzando ya con su pie el estribo del vagón y volviéndose para verlas–, ¡las estaciones nevadas de Tolstoi en “Ana Karenina”, las estaciones de Somerset Maugham, las estaciones de Graham Greene!… Hubiera seguido evocando aquellos andenes que ahora se empezaban a mover suavemente conforme el tren arrancaba, o mejor aún, hubiera querido escribir sobre ellos mientras él se movía ya y se alejaba de pie en la plataforma del vagón, pero no consiguió hacerlo. Le empujaban las gentes hacia un pasillo que enseguida vio también como tema literario, un pasillo misterioso que le recordaba enigmas de Agatha Christie. “Todo es literatura” –se dijo mientras iba buscando su asiento–, sí, todo tiene una gran emoción”. Nada más sentarse en su butaca y cruzar las piernas se quedó subyugado por cuanto le rodeaba. “Todo, todo es literatura –se repitió mirando en derredor–. Pero, ¿cómo voy a poder describir todo esto?”. Sin embargo, por un impulso de su vocación, se inclinó de inmediato sobre el papel y, como había hecho siempre en su vida, se puso a escribir febrilmente. Escribía ahora de aquella velocidad alada en los cristales de las ventanillas, de los rostros de los viajeros, del horizonte de las tierras, de nuevo de la velocidad, otra vez de los ojos y los labios de los que viajaban, del rumor de sus conversaciones, del suave y acompasado traqueteo, y fue precisamente aquel rítmico traqueteo moviendo imperceptiblemente su cuerpo el que le fue transmitiendo poco a poco una somnolencia benefactora y un sueño horizontal, rectilíneo, vertiginoso y a la vez muy plácido que le hizo abandonar suavemente la pluma de sus dedos y recostar la cabeza en el respaldo de su asiento. Soñó entonces que no escribía, que no podía escribir. El tren se lanzaba sin él por caminos desconocidos y él se quedaba viéndolo partir sin poder hacer nada, sin poder registrar su movimiento. Él, que había soñado tantas veces con poder escribirlo todo, ahora no conseguía describir un simple sueño en forma de tren, con sus ventanillas iluminadas y sus viajeros moviéndose. El tren se iba alejando de su realidad e iba haciéndose sueño difuso que Leocadio no podía atrapar, lo onírico se le escapaba burlándose de él. “¡No puedo, no puedo escribir lo que sueño, únicamente puedo soñar!”, se decía angustiado sin lograr despertarse. El tren proseguía la marcha a la misma velocidad que el sueño y así la mantuvo todo el tiempo y sólo se detuvo al final, al abrir Leocadio los ojos y recuperar la pluma entre sus dedos.

Entonces bajó del tren. Tenía ya poco tiempo para entregar su cuento. Sabía dónde estaba reunido el jurado y a qué hora exacta terminaba el plazo. Corrió y corrió por las calles con la pluma y el papel en la mano, sin mirar a los lados para no ser tentado por la literatura. “¡He de llegar!” –se decía sin dejar de correr– “¡he de alcanzarlo!”. Corría y corría en un esfuerzo titánico por dar intensidad a su final, por dar tensión a su relato. Al fin vio la gran casa iluminada donde estaba reunido el jurado, empujó de un golpe la puerta y entró. El jurado repasaba a esa hora los cuentos presentados y lo hacía en una mesa larga y solemne; apenas advirtió la presencia de Leocadio. Leocadio quedó en la puerta subyugado. Le estaba fascinando aquella imagen literaria de la gran habitación, aquella larga mesa repleta de relatos y aquellos hombres deliberando, meditando y sopesando. “¡Ah, los jurados!” –se dijo allí Leocadio completamente paralizado por el espectáculo, contemplando absorto a aquellos hombres –“¡Ah, los grandes jurados de Dostoievski, de Dürrenmatt, de Kafka…!”, suspiró. Se acercó cauteloso a la primera silla que encontró, y antes de que pudiera escapársele aquella estampa literaria que él consideraba única en su vida, se puso a describirla. Escribía, como siempre, febrilmente. Escribía, escribía, escribía.

Mucho tiempo después, cuando ya iba a clausurarse todo e iban a cerrar el edificio, el presidente del jurado se levantó y desde lejos, contemplando al escritor solitario y tenaz, le advirtió en alta voz:

–Vamos a concluir, caballero… Parece que es usted el último que falta… Si tiene la amabilidad de entregarnos…

Pero Leocadio no entregaba, no, no entregaba nunca. Le fascinaba ahora aquella imagen del presidente en pie y aquella voz armoniosa que estaba resonando en la habitación enorme. Él escribía, escribía, escribía…”

José Julio Perlado : “Todo es literatura“- finalista del Premio Narraciones Breves “Antonio Machado”.- Fundación de los Ferrocariles Españoles.-2001

(Imágenes.-1.-tadega.net/ 2.-poquoson.K.12.va.us)

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