VIAJES POR EL MUNDO (37) : TÁNGER


“En el “Gibel- Musa”, vapor inglés — cuenta Rubén Darío —, después de tres horas de mar, llego a tierra mahometana. Ya a bordo ha comenzado para mí lo pintoresco con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos de distintos aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos. Había ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había pipas humeantes de cazoleta diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchón.

Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arábigas que hay en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamiento de fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases (…) Tras esta mezcla de árabes, de moros, de kabilas, de europeos, que constituyen la población accesible, existe el misterio y la poesía de la verdadera  vida de Oriente, tal como en los tiempos más remotos. El Marruecos contemporáneo es siempre el Imperio moro del siglo duodécimo, con su organización feudal, su lujo y sus artes exquisitas.

 

Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de paño rojo. Me precede, en otra mula, el guía, un español que hace largos años reside aquí, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un mocito vivaracho. Ambos llevan látigos: el guía para los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para mi mula. (…) Quiero conocer los alrededores. En los  declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay construcciones  donde moran extranjeros. Después es la campaña. Hay profusión de áloes y tunas, lo que en España llaman higos chumbos, y dátiles e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una luz grata y cálida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas, aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos y armados de las largas espingardas que se creerían tan solamente propias para las panoplias de adorno y las colecciones de museos y armerías. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva insurrección se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos días son escasas las caravanas que entran en Tánger, y, por lo tanto, sufre el comercio.”

 

(Imágenes—1– Tánger- segobo/ 2-Tánger- eldiario/ 3-Tąnger— el desmarque)

LOS NOMBRES DE LAS FLORES

 

“Los nombres dados a las plantas en esos viejos y mejores tiempos —escribe la naturalista  Susan Fenimore Cooper en su “Diario rural” —mostraban un toque cómico o pintoresco, como la jabonera, la flor de cuclillo, la centaura azul, la boca de dragón, el matalobos.  Algunas recibían nombres que dejaban claro que en los campos se vivían historias de amor, como el perifollo oloroso, el clavel del poeta, el pensamiento salvaje, la yerba de París. Incluso los derivados de nombres normales de personas, igual que los que tan a menudo se dan ahora, estaban mucho más logrados entonces; es el caso, por ejemplo, del geranio robertiano, el buen Enrique, la damasquina, los musgos batramia, o la Angélica.

 

 

Otros, por su parte, eran nombres imaginativos o rocambolescos: la bella de día, el solano, el iris, los frailes, el aro, la verbena, la clavelina de mar, la verónica macho, la hierba de los pordioseros, la campanilla de invierno, el narciso trombón, el mundillo, la fuirasia, la bolsa del pastor, la clavelina, la caléndula silvestre, el berro de prados; el alhelí, al que le encanta la sombra de pendones y estandartes caballerescos, y  se mantiene fielmente adherido a las ruinas; el gamón, el amaranto, la planta de la moneda, las lágrimas de Cupido, la flor de lis, flor del lirio, flor de luz que grandes pintores han colocado en las manos de personajes santos.”

 


 

(Imágenes-1- Odilón Redon- busto de un hombre dormido entre las flores/ 2-violetas- la coctelera/ 3-Lowell Nesbitt)