SONREIR EN UN BLOG (5) : LA INVENCIÓN DE MADRID SEGÚN MIGUEL MIHURA

En varias ocasiones me he referido al humor en Mi Siglo. Citando textos de Georges Perec. De Cortázar. Y también aportando recomendaciones y recetas diversas de  Jardiel Poncela. Hoy añado aquí «la invención de Madrid», según la interpretación del gran humorista español Miguel Mihura.

De vez en cuando es muy conveniente una sonrisa en un blog:

«Cuando yo estaba a punto de nacer – escribe Miguel Mihura -, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese yo y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería ser madrileño.

La ocurrencia de inventarlo fue de un pastor llamado Cecilio, que una tarde, cuando paseaba por el campo llevando en brazos a sus ovejas y meciéndolas maternalmente, como entonces hacían los pastores, vio un gran terreno, todo lleno de hoyos, de agujeros, de escombros y de montoncitos de arena.

«Aquí se podría hacer Madrid, para que naciese el señor Mihura y ese otro señor bajito, que nunca me acuerdo cómo se llama, y que también quiere nacer en Madrid«, pensó Cecilio.

Y llamó a gritos a otro grupo de pastores, amigos suyos, a los cuales les comunicó su idea, que a todos les pareció maravillosa.

– Efectivamente – dijeron -, Madrid no está inventado todavía y sería un buen negocio inventarlo, porque a la gentes lo que le gusta es vivir en Madrid y dejarse de estar en provincias, paseando como una tonta por la la calle Nueva o por el Malecón, y venga a bostezar.

– ¿Pero no costará demasiado caro? – expuso una oveja inocente, blanca, llena de ricitos, y con su femenino sentido del ahorro.

-Nada de eso – afirmó Cecilio – Lo difícil de Madrid es hacerle los agujeros, los hoyos, las cuestas y los montoncitos de arena. Pero como este terreno ya los tiene, lo demás no será complicado.

Y después de discutir sobre otros extremos, aquellos pastores fundaron la «Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores«.

Formando caravanas y cantando «Por ser la Virgen de la Paloma, etc«, miles de mujeres de los pueblos cercanos llegaron apresuradamente al terreno elegido y se dedicaron a quitar las hormigas de la parte de terreno que estaba destinada a ser la Puerta del Sol y a meterlas en unas grandes cajas para distribuirlas luego en el trozo de terreno que estaba destinado a a ser la Ciudad Lineal.

Otras mujeres, encerradas en grandes naves que se habían construido exprofeso, trabajaban día y noche, distribuyendo y ordenando montoncitos de arena, de diferentes tamaños y formas, para después, una vez clasificados, irlos repartiendo por barrios diferentes.

– Este montoncito de arena para Quevedo. Este, para Goya. Este, para Antón Martín  -iba ordenando el capataz encargado de repartir los montoncitos de arena.

Mientras tanto, otro grupo de obreros empezó a construir el Teatro Real, sin demasiadas prisas, ya que entonces no se habían inventado todavía los tenores.

Y Madrid ya estaba casi terminado cuando alguien advirtió:

– Lo que no hay apenas son niños pequeños. A la gente de Madrid le gusta mucho que haya niños por la calle, jugando a la pelota y rompiendo los cristales de las farolas. La gente de Madrid es muy sensible, tiene muy buen corazón, y el espectáculo de los niños rompiendo los cristales de las farolas les conmueve mucho.

Y entonces, la «Sociedad Anónima de Pastores Reunidos para la Construcción de Madrid y sus Alrededores» contrató niños de todas las clases y los trajo a Madrid en expediciones numerosas, donde empezaron a dar patadas y a romperlo todo, como debe ser.

Y una vez que Madrid estuvo terminado, tocaron una campanilla, y nací yo y el otro señor bajito, que no recuerdo cómo se llama».

Miguel Mihura: «Mis Memorias«

(Imágenes:- dibujos de Antonio Mingote -Wikimedia Commons)

CASAS LITERARIAS

«En cuanto empiezo a escribir – dice Paul Auster -, ya no existe más que el trabajo. El entorno desaparece. Carece de importancia. El lugar en el que estoy es el cuaderno. El cuaderno es la habitación. Esto es la casa del cuaderno«. En Mi Siglo he hablado alguna vez de estos refugios de artistas que son las casas de los cuadernos, pasillos por donde van y vienen los personajes y por donde nosotros nos cruzamos con ellos, casas y libros con sorprendente dureza interior, unión de artesanías, de inspiración y de esfuerzo.

Italo Calvino, en «Si una noche de invierno un viajero«, cierra bien la puerta de esa casa del libro que estamos leyendo, la habitación de la lectura, «adopta la postura más cómoda – recomienda a cada uno -: sentado, tumbado, ovillado, acostado. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama«. Lo importante es leer, lo importante es escribir. El escritor lo hace en la casa de su cuaderno y el lector abre a la vez las hojas de las puertas de su casa, que son las páginas, y entra en las estancias que el escritor le muestra.

Y paralelamente a esas casas personales, llenas de concentración y de intimidad, se elevan en muchos libros las casas literarias, obsesiones y persecuciones en la mente del escritor. Varias podríamos citar: «La casa» , de Mujica Láinez, por ejemplo, o «Casa de campo» de Donoso, tan ferviente enamorado de casas muy distintas a lo largo de sus desplazamientos continuos. Pero quizá queden en la memoria dos más relevantes: la que describe Carlo Emilio Gadda en 1957, en «El zafarrancho aquel de via Merulana» (Seix Barral), calle y casa plena de dialectos, universo de personajes múltiples, arquitectura novelística que se aparta de caminos conocidos, y «La vida instrucciones de uso»»  (Anagrama), de Georges Perec, la casa parisina de la calle Simon-Crubellier con sus noventa y nueve piezas de puzzle, en donde el escritor «imagina un inmueble en el que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles», como así lo comenta Perec en «Espèces d`espaces» (Galilée)

«Poco antes de que surjan del suelo aquellos bloques de vidrio, acero y hormigón – escribe Perec en esta novela -, habrá el largo palabreo de las ventas y los traspasos, las indemnizaciones, las permutas, los realojamientos, las expulsiones. Uno tras otro se cerrarán los comercios, sin tener sucesores, una tras otra se tapiarán las ventanas de los pisos desocupados y se hundirá su suelo para desanimar a squatters y vagabundos. La calle no será más que una sucesión de fachadas ciegas – ventanas semejantes a ojos sin pensamiento -, que alternarán con vallas manchadas de carteles desgarrados y graffiti nostálgicos.

¿Quién. ante una casa de pisos parisién, no ha pensado munca que era indestructible? Puede hundirla una bomba, un incendio, un terremoto, pero ¿si no? Una ciudad, una calle o una casa comparadas con un individuo, una familia o hasta una dinastía, parecen inalterables, inasequibles para el tiempo o los accidentes de la vida humana, hasta tal punto que creemos poder confrontar y oponer la fragilidad de nuestra condición a la invulnerabilidad de la piedra».

Especies de espacios, en la casa de la lectura siempre hay un lector junto a la lámpara leyendo un libro y en la casa de la escritura – junto a la lámpara – siempre hay un escritor que está escribiendo un libro para la casa de la lectura.

(Imágenes: 1.-Alexandre Rabine.-1989.-Mimi Fertz  Gallery.-arnet/ 2.-Gerhard Richter.-1994.-Overpainted photographs/ 3.-La soledad-1898.- Albert Lorieux.- Peter Nahum.-Leicester galleries)

GEORGES PEREC O LA SEGUNDA PERSONA

«Vida sin sorpresas. Estás a cubierto. Duermes, comes, caminas, sigues viviviendo, como una rata de laboratorio que un científico distraído hubiera olvidado en su laberinto (…) Ninguna jerarquía, ninguna preferencia. Tu indiferencia es inmutable, hombre gris para quien el gris no evoca gris alguno. No insensible, sino neutro. El agua te atrae tanto como la piedra, la oscuridad tanto como la luz, el calor tanto como el frío. Sólo existe tu marcha, y tu mirada, que se posa y resbala, ignorando lo bello, lo feo, lo familiar, lo sorprendente, sin recordar nunca nada sino combinaciones de formas y de luces, que se hacen y deshacen, sin cesar, en todas partes, en tu ojo, en los techos, a tus pies, en el

cielo, en tu espejo cuarteado, en el agua, en las piedras, en las multitudes. Plazas, avenidas, jardines y bulevares, árboles y rejas, hombres y mujeres, niños y perros, esperas, barullos, vehículos y escaparates, edificios, fachadas, columnas, capiteles, aceras, cunetas, adoquines de asperón que brillan bajo la fina lluvia …, silencios, clamores, multitudes de las estaciones, de las tiendas de los bulevares, calles repletas de gente, andenes repletos de gente, calles desiertas de los domingos de agosto, mañanas, tardes, noches, albas y crepúsculos.

Ahora eres el dueño anónimo del mundo – sigues escribiendo, Georges Perec, en tu novela «Un hombre que duerme» (Anagrama) -, aquel sobre el cual la historia ya no tiene poder, aquel que ya no siente caer la lluvia, que ya no ve venir la noche. No conoces sino tu propia evidencia: la de tu vida que continúa, la de tu respiración, la de tus pasos. Ves a las gentes ir y venir, las multitudes y las cosas hacerse y deshacerse. Ves, en el escaparate pequeñísimo de una mercería, una barra de cortina sobre la cual tus ojos se fijan de pronto: prosigues tu camino: eres inaccesible».

Así vas alejándote poco a poco de las palabras, de este texto que lees en lengua española, de esta voz francesa que te va hablando, de los subtítulos ingleses que te ilustran.

Teclas, pantalla, imágenes, ordenador, habitación, pasos, escaleras, calles. Caminas mientras sigues escuchando esta voz en segunda persona, una voz inusual en la novela, una voz que te acompaña mientras cruzas, mientras descubres, mientras miras, mientras sales poco a poco del espacio de Mi Siglo y te incorporas al mundo.

(Ante la exposición que sobre los mundos de Georges Perec está teniendo lugar estos días en A Coruña)

(Imagen:- video del film «Un homme qui dort» (1974), realización de Bernard Queysanne  y G. Perec)

SONREIR EN UN BLOG (3) : LA PLUMA ESTILOGRÁFICA

En varias ocasiones he querido incluir en Mi Siglo diversos textos para sonreir en un blog: páginas de Perec, de Cortázar, de Jardiel Poncela. El humor, de cuando en cuando, es beneficioso mezclándolo con tanto comentario de temas.

El humorista español Jardiel Poncela al hablar del origen de las cosas explica del modo siguiente el nacimiento y  evolución de la pluma estilográfica y su relación con los talleres de escritura:

«El origen de la pluma estilográfica – escribe – se pierde en esa oscuridad oliente a queso de Gruyère que se denomina noche de los tiempos.

Parece ser que en la Edad de Piedra no se conocía la pluma estilográfica y, cuando el hombre deseaba expresar su pensamiento por medio de la escritura, cogía a un amigo por los pies y golpeándole rítmicamente contra una piedra, grababa en esta piedra una serie de hendiduras, muescas, abolladuras y anfractuosidades, que constituían otros tantos signos del alfabeto primitivo.

Más tarde el amigo fue sustituido por un pincel hecho con rabos de animales, y los golpes en la piedra pasaron a ser pinceladas dadas con dichos rabos, previamente mojados en materias colorantes.

Los rabos de animales que se preferían para este trabajo eran los de vaca, ternera, buey o toro, aunque estos últimos resultaban muy difíciles de adquirir, sobre todo cuando quería quitársele el rabo al toro estando vivo.

De suerte que, después de una larga práctica, llegaron a utilizarse excllusivamente como pinceles rabos de vaca. Esto obligó a montar verdaderos talleres de escritura, donde, en grandes cuencos de piedra toscamente labrada, yacía la tinta – mezcla de líquidos diversos, tales como agua, aceites de animales, saliva, etc, y de sustancias colorantes – y donde en grandes montones se veían multitud de rabos, arrancados a vacas de todos los tamaños: desde vacas de diez arrobas hasta vacas de tres pesetas ( a seis reales cada uno y lo que se gane a medias).

Cuando una muchacha de aquella época quería escribir a su novio o cuando un chico que estaba haciendo el servicio deseaba escribir a sus padres, se veían obligados a acudir a los talleres de escritura, donde, previo el pago de quince cocos o de una piel de mamut, les eran escritas las cartas que ansiaban en una piedra del tamaño del ruedo del Coliseo romano, solo que sin leones.

Este sistema de escritura era, naturalmente, muy molesto, pues no todos los que deseaban escribir podían acudir a los talleres y, además, no todos tenian los quince cocos que solía costar el encargo.

Después de muchos años de sufrir las molestias de dicho sistema, en el año 3228 ( antes de J.C,), un tío pulpo, denominado Chau-Cha, que estaba empleado en uno de los talleres de escritura, tuvo una feliz ocurrencia, que fue ni más ni menos que inventar la pluma estilográfica.

Considerando que el traslado de los cuencos de pintura y de los rabos de un lado a otro era faena erizada de dificultades, y comprendiendo la necesidad de convertir la escritura, hasta entonces inmóvil, en algo positivamente trasladable, Chau-Cha ideó, en primer lugar, utilizar el rabo de vaca sin cortarlo de su sitio y, acto seguido, tuvo la inspiración de hacer lamer carbón a la vaca cuyo rabo pensaba utilizar.

El resto ya os lo podéis suponer.

Al poco tiempo de lamer carbón, la vaca empezó a dar leche negra, y así que hubo logrado esto último, Chau-Cha cogió a la vaca por un cuerno y salió andando.

De esta manera, cuando el ingenioso muchacho quería escribir, se limitaba a arrimar a la vaca de espaldas a una piedra, la ordeñaba, mojaba el rabo en la pintura que producía la misma vaca, y dale que te pego, dale que te pego, en un momento se escribía diez canteras de mármol.

La pluma estilográfica ( es decir, el instrumento para escribir) trasladable de un lado a otro quedaba inventada.

Pronto la invención se extendió por todo el mundo existente entonces.

Y el llegar de aquella estilográfica primitiva a las que usamos nosotros ahora ha sido – sencillamente – una cuestión de perfeccionamiento, ya sin importancia».

Enrique Jardiel Poncela: «Para leer mientras sube el ascensor» (Aguilar)

(Imágenes:-2.- caricaturas de Charles Addams– Museo de la ciudad de Nueva York.- foto permiso de Tee y Fundación de Charles Addams.-The New York Times/.-2.3 y 4.-caricaturas de Charles Addams.-foto permiso de Tee y Fundación Charles Addams.- The New York Times)

LA SONRISA EN EL BLOG

Varias veces he hablado en MI SIGLO del francés Georges Perec, pero sobre todo hace algunos meses, en enero de 2009, cuando incluía aquí fragmentos de su divertido texto «El arte de abordar a su jefe de servicio para pedirle un aumento«.

En 1981, respondiendo al célebre cuestonario Proust al que le sometía un estudiante para completar un ensayo sobre su obra, Perec, a la pregunta, «¿Qué querría usted ser?» contestó: «Hombre de letras«. Y efectivamente era así: hombre fascinado por las letras. «Un hombre de letras – añadió en aquella ocasión – es un hombre cuyo oficio son las letras del alfabeto«. No creo que nadie haya respondido con frase tan exacta y matizada, y repasando «El cuestionario Proust» (Plaza Janés) que publicó Lluís Permanyer reuniendo sus entrevistas sobre el tema es difícil encontrar algo parecido. Georges Perec quiso conscientemente jugar con las letras, escribir, por ejemplo, un texto sin la letra E, o un  texto enteramente reversible, o hacer el inventario de los alimentos líquidos y sólidos tomados en un año preciso, o describir lo que sucede  en la esquina de una calle durante muchas horas, y eso entre  otras muchas experiencias y variantes. Perec, pues, jugaba con las letras del alfabeto, hacía malabarismos con las letras pero también con las situaciones, como ocurre con esas encadenadas escenas sin puntuación que él plantea contando el momento en que uno decide pedir a su jefe – el señor X – un aumento de sueldo y que  culmina así en el libro que estos días publica Ediciones Uña Rota:

«…no cometer el ingenuo error de creer – escribe Perec en las últimas páginas de ese libro – que vuestro jefe de servicio va a responderos sí o no ni estar seguro de que usted obtendrá el aumento que desea quiero decir que no lo obtendrá hic et nunc y porque sí de un golpe y que usted no saldrá del despacho del señor X más rico por 9 francos al mes porque usted tiene que comprender que en una empresa como la suya una de las más grandes empresas francesas un aumento de salario plantea problemas muy complejos no solamente sobre el plan contable sino por todo lo que afecta a la política económica y social  a corto término a medio término y a largo término de la susodicha empresa siendo evidente que el señor X no tiene el poder de otorgaros porque sí un aumento sino que debe  hacer un informe favorable al director de personal el cual tras la consulta con organismos podrá eventualmente en el cuadro de una reevalución global de la masa salarial por otro lado prevista por el Vº plan proponer vuestro nombre en el curso de una más o menos próxima reunión del Consejo de Administración y en suma el señor X sin poder daros satisfacción en el momento puede o bien daros a entender que vuestra petición no solamente no le sorprende sino que él se pregunta por qué ha tardado usted tanto en iniciarla ya que él es absolutamente favorable a ella y él mismo le autoriza a acariciar la esperanza de una promoción futura e incluso próxima o bien le confirma a usted claramente que él encuentra que sus pretensiones son injustificables cínicas groseras y mezquinas y que él no considera capaz que un empleado que se dice modelo pueda cometer tal infamia en resumen o bien él le da a usted esperanzas o bien no se las da (…) porque la próxima vez que esté usted sentado cara a cara ante el señor X y que él le escuche con una atención simpática y casi emocionada y no le deje entreveer la esperanza de un próximo aumento usted no sabrá si esto ocurrirá en los días siguientes porque ya hemos explicado que tratándose de un problema complejo hay que esperar seis meses y luego cuando al término de los seis meses sus esperanzas hayan sido absolutamente decepcionantes volver a ver al señor X y si él está allí y levanta la cabeza cuando usted llame y si él le hace pasar enseguida y le ofrece una silla y consiente de nuevo en escucharle usted debe esforzarse de nuevo en convencerlo«.

La sonrisa en los pasillos de una empresa, la sonrisa en los pasillos de la vida.

 La sonrisa en un blog.

(Imágenes:- 1.- Feng Zhengjie.-Art China Gallery. -Hamburgo -artnet/ 2.- Schnelle -Maison Européen de la photographie)

INSTRUCCIONES PARA SONREIR EN UN BLOG (2)

fantasía.-foto Scarlett Hooft Graafland.-Michael Hoppen Contemporay

 

A veces es necesaria una mínima sonrisa en un blog.

En alguna ocasión he recogido en Mi Siglo diversas instrucciones para sonreir en un blog 

Eran textos de Georges Perec, de Cortázar, de Jardiel Poncela.

 Copié aquí la Receta de cocina que aconsejaba Jardiel para hacer guisantes rellenos  y hoy añado una más, también  de su libro «Para leer mientras sube el ascensor» (Aguilar):

CHUFAS  A   LA  GRAN  DUMONT

«Cómprese cuarto kilo de chufas y pónganse a secar colgadas de una cuerda. Cuando estén bien secas, échense en agua.

Prepárese un perol grande, viértanse en él las chufas y sírvanse.

Si se quiere que los comensales queden contentos, en lugar de servir las chufas sírvase otra cosa. Por ejemplo, un bistec».

(Indudablemente el humor siempre será un esencial condimento)

(Imagen: Harvest Time.-foto Scarlett Hooft Graafland.-Michael Hoppen Gallery)

DESHOJAR CIUDADES

ciudades-56tj-por-caio-locke-2008-exhibit-x-london-artnet«No me gustaría vivir en Norteamérica pero a veces sí.

No me gustaría vivir al aire libre pero a veces sí.

Me gustaría vivir en el quinto distrito pero a veces no

No me gustaría vivir en un torreón pero a veces sí

No me gustaría vivir con apremios monetarios pero a veces sí

Me gustaría vivir en Francia pero a veces no

Me gustaría vivir en el Ártico pero no demasiado tiempo

ciudades-bbbm-foto-william-furmiss-2005-10-chancery-lane-gallery-jatie-de-tilly-contemporary-artist-hong-kong

No me gustaría vivir en una aldehuela pero a veces sí

No me gustaría vivir en Isudún pero a veces sí

No me gustaría vivir en un junco pero a veces sí

No me gustaría vivir en una ciudad fortificada pero a veces sí

Me hubiera gustado ir a la Luna pero es un poco tarde

No me gustaría vivir en un monasterio pero a veces sí.ciudades-742ss-por-david-choe-2008-lazarides-london-artnet

No me gustaría vivir en el Hotel Negresco pero a veces sí

No me gustaría vivir en Oriente pero a veces sí

Me gusta vivir en París pero a veces no

No me gustaría vivir en Québec pero a veces sí

No me gustaría vivir en un arrecife pero a veces sí

No me gustaría vivir en un submarino pero a veces sí

No me gustaría vivir en una torre pero a veces sí

No me gustaría vivir con Ursula Andress, pero a veces sí

Me gustaría vivir para llegar a viejo pero a veces no

(…)

Me gustaría vivir en Xanadú, pero no para siempre

No me gustaría vivir en el departamento de Yonne pero a veces sí

No me gustaría que viviéramos todos en Zanzíbar pero a veces sí »

Así va hilando  e hilvanando el francés Georges Perec en su texto titulado  «De cuán difícil es imaginar una ciudad ideal» («Pensar/clasificar«) (Gedisa) las razones y sinrazones de su elección, pétalos arrancados al humor, el no y el sí de la predilección por las ciudades, los paisajes, las naciones. De Perec he hablado varias veces en Mi Siglo, sobre todo de las especies de espacios por los que a él gustaba atravesar, fuera en el interior de las casas, de los cuadros o, como sucede aquí, de los lugares y de las ciudades. Cada uno puede ir deshojando lo que desearía en sueños y lo que luego escogería al despertar. Siempre hay  un sí pero no al elegir y un no pero sí al decidir finalmente. Cuán difícil es imaginar en la vida una elección completa y total.

(Imágenes:-1- «Metropolis»,  por Caio Locke, 2008.-Exhibit X– London.-artnet/ 2.-«Hong Kong Harbour Contac», foto: William Furmiss, 2005.-Chancery Lane Gallery – Katie de Tilly Contemporary Artist.-Hong Kong- artnet/ 2.»Dark Hair», 2008,  por David Choe.-Lazarides.-London.-artnet)

INSTRUCCIONES PARA SONREIR EN UN BLOG

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Los escritores suelen tener la delicadeza de mostrarnos cómo debemos emprender tareas difíciles, como por ejemplo subir una escalera, y así Cortázar nos recuerda que «las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón.»

dinero-a-foto-michael-nagle-for-the-new-york-times

Pero si el argentino Cortázar nos ayuda con sus instrucciones a subir perfectamente una escalera por si hubieramos olvidado cómo hacerlo,  el francés Georges Perec tiene igualmente la delicadeza de echarnos una mano a la hora de abordar a nuestro jefe para pedirle un aumento de sueldo y así nos aconseja « que si usted está decidido a buscar a su jefe para pedirle un aumento de sueldo entonces va a  ir al encuentro de su jefe digamos para simplificar pues es necesario siempre simplificar que él se llame señor xavier es decir señor o mejor señor x entonces usted va a ir a buscar al señor x ocurriendo dos cosas una o bien el señor x está en su despacho o bien el señor x no está en su despacho si el señor x está en su despacho aparentemente no existe ningún problema pero evidentemente si el señor x no está en su despacho usted no tiene que hacer más que una cosa que es esperar en el pasillo su vuelta o su llegada pero supongamos que él no llega en ese caso usted no tiene más que una solución que es la de retornar en su propio despacho y aguardar a esta tarde o a mañana para recomenzar la tentativa pero si usted ve que él todos los días tarda en llegar en este caso lo mejor que puede hacer más que continuar paseando por el pasillo es ir a ver a su colega la señorita que para dar más humanidad a nuestra seca demostración llamaremos a partir de ahora señorita yolanda aunque pueden ocurrir dos cosas una que la señorita yolanda esté en su despacho o bien que la señorita yolanda no esté en su despacho si la señorita yolanda está en su despacho no existe ningun problema pero supongamos que la señorita yolanda no esté en su despacho en ese caso no teniendo ya ganas de continuar paseando por el pasillo en espera de una hipotética vuelta o de una eventual llegada del señor x una solución que se le ofrece es…», y así sigue explicándonos con enorme delicadeza el escritor Georges Perec – al que ya me he referido alguna vez en Mi Siglo -, cómo debemos actuar y qué pasos debemos dar para intentar conseguir ese aumento de sueldo.

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Pero la delicadeza de los escritores con todos nosotros llega mucho más lejos, y Cortázar no nos abandona a nuestra suerte en mitad de la escalera sino que, preocupado como escritor por nuestro destino, nos sigue explicando cómo debemos continuar subiendo esa  escalera y de este modo nos aconseja, «puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidenciaa de nombres entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.)

Llegado en esta forma al segundo peldaño –nos sigue recomendando Cortázar -, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso». ( » Instrucciones para subir una escalera» «Historias de cronopios y de famas«) ( Minotauro)

Por su parte Georges Perec -(«L´art et la manière d´aborder son chef de service pour lui demander une augmentation«) (Hachette) – tampoco se olvida de acompañarnos con sus consejos en esa complicada tarea de  golpear la puerta del jefe para intentar pedirle un aumento de sueldo: «…entonces – nos dice – el señor x está en su despacho y como el señor x es su jefe llama usted antes de entrar y después espera su respuesta evidentemente teniendo en cuenta dos cosas una o bien el señor x levanta la cabeza o bien el señor x no levanta la cabeza si él levanta la cabeza significa al menos que él ha escuchado su llamada y que tiene la intención de responder de modo afirmativo o por la alternativa negativa que no tardaremos en aclarar y que entonces podremos analizar pero si él no levanta la cabeza sino que continúa hablando por teléfono o compulsando su dossier o cargando su estilográfica en resumen ejercitándose en la ocupación en la cual él se estaba ejercitando cuando usted ha llamado a la puerta esto significa o bien que él no ha oído y por tanto yo estoy seguro de que usted ha llamado de una manera neta y distinta o bien que él no ha querido oirle de todos modos para usted esto viene a ser lo mismo porque si él no le ha escuchado sería de cualquier modo desagradable por no decir inconveniente insistir entonces si él no levanta la cabeza usted retorna a su sitio y decide si debe intentar otra vez la suerte por la tarde o al día siguiente o el martes siguiente o cuarenta días más tarde evidentemente será entonces necesario que usted vuelva de nuevo a ver si el señor x está en su despacho porque si no está tendrá usted que esperar en el pasillo a que él llegue si él tarda deberá ir usted a ver a la señorita yolanda y si la señorita yolanda no está usted tendrá que dar una vuelta por los diferentes servicios cuyo conjunto constituyen toda o parte de la organización…»

Es muy de agradecer la delicadeza de estos y otros escritores que nos aconsejan y nos dan precisas instrucciones en momentos difíciles, bien sea para saber subir una escalera, bien  para pedir al jefe un aumento de sueldo o bien para leer con una sonrisa el post de un blog.

(Imágenes: escalera.-flickr/ foto Michael Nagle for The New York Times/ escalera.-flickr)

ESPECIES DE ESPACIOS

Escribir: ensayar meticulosamente el retener cualquier cosa, hacer que sobreviva cualquier cosa: arrancar algunas migajas precisas al vacío que se ahueca, dejar, en alguna parte, un surco, un trazo, una marca o algunos signos.
Esto me dice junto a mí Georges Perec antes de emprender el viaje desde este cuaderno en que escribimos. Estamos en el espacio de la página, una página tamaño folio que vamos cubriendo con el tiempo de las letras, vamos uniendo palabras, las palabras nos abren paso al espacio del apartamento – espacios útiles e inútiles, puertas, muros, escaleras -. Las escaleras nos permiten caminar por el piso, nos bajan hasta el espacio de la calle, aquí están los lugares alineados que nos muestran el espacio del barrio, el barrio se expande a la ciudad, el espacio de la ciudad y sus límites de campo, el gran espacio del campo extendido sobre el país, la forma, las fronteras, el espacio del país, el espacio del continente, el mundo, ahora andamos sobre el mundo, miramos hacia ariba y en derredor y vemos el espacio desnudo, el gran espacio sin nombre, no se le puede tocar como no se puede tocar el tiempo, espacio sin medida, líneas verticales y horizontales, formas redondas, jugamos con el espacio mientras andamos por él, intentamos evadirnos, queremos conquistar el espacio y nos preguntamos si todo él es habitable, miramos al fondo del espacio y volvemos a ver el mundo, el continente, el país, el espacio del país, el espacio del campo, el espacio de la ciudad y del barrio, el espacio de la calle y del piso, el espacio del apartamento y por fin el espacio de estas palabras escritas sobre este cuaderno, este cuaderno que estamos escribiendo Georges Perec y yo cubriendo con el tiempo de las letras los espacios en blanco.

INTERPRETACIÓN Y TRADUCCIÓN


¿Es cierto que la mejor traducción en nuestra prosa de A la busca del tiempo la hizo Pedro Salinas, como afirma Andrés Ibáñez? ¿Es cierto que gran traducción fue la de Cortázar a las Memorias de Adriano de Yourcenar, la de Alfonso Reyes a Chesterton, la de Borges a Las palmeras salvajes de Faulkner, la de Dámaso Alonso a Retrato del artista adolescente, la de Juan José del Solar a La metamorfosis de Kafka? De todo esto habla y se pregunta un gran traductor como es Miguel Sáenz, que ha vertido al español obras de Brecht, Grass o Thomas Bernhard en un interesantísimo artículo, El castellano bien temperadoQuimera«, octubre 2007).

Miguel Sáenz – empleando el paralelismo de la traducción con la interpretación musical – confiesa que cuando se sitúa ante un texto ( que normalmente coloca sobre un atril) , se siente como un músico dispuesto a acometer la tarea de descifrar, asimilar y expresar lo que otro compuso. Esta similitud entre interpretación musical y traducción, tan querida a Sáenz, la apoya él, entre otras cosas, en un texto de la finlandesa Oili Suominen que dice: «Todos los traductores de Grass tienen la misma partitura delante, pero cada uno toca su propia interpretación y frasea a su modo, y cada instrumento tiene su propio sonido».

Viene esto a cuento del amable y muy preciso comentario que he recibido a mi entrada «Traductor, pero no traidor» de hace pocos días. Defiende muy lógicamente quien lo envía, hablando del traductor, «el reconocimiento de un trabajo en la sombra, para que el lector recuerde quién le ha trasladado, o le ha aproximado al carácter de la obra inicial». Sáenz, refiriéndose a ese valor y a ese reconocimiento, declara que «resulta evidente por qué el nombre del traductor debe figurar en la portada del libro: nadie quiere escuchar simplemente una Novena de Mahler sino una Novena dirigida, por ejemplo, por Abbado«.

«La inteligibilidad del texto, la experiencia y estilo del traductor, que puede permitirse ciertas licencias para justificar su trabajo» , como señala quien me manda el comentario, es algo obvio. El ejemplo de Georges Perec y sus vocales a la hora de traducir es bien palpable. Por otro lado, la musicalidad de los escritores austriacos – de Roth o de Bernhard, entre otros – exige, como dice Sáenz, un buen oído. Son los ritmos, melodías y armonías internos los que mueven tantas veces la lengua. Como en ese artículo se cita, el cantaor Enrique Morente dijo en una ocasión: «Un amigo me habló de un poema que cuenta cómo se sufre traduciendo un poema. Para mí, eso es la esencia del arte: una continua traducción y bastante angustiosa por cierto. Se trata de traducir sentimientos, de plasmar los sentimientos de la tradición, los caminos transitados antes por otros, en tu propio idioma».

RECUERDO, SÍ, LO RECUERDO


Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo a Marcello Mastroiani contando en un pequeño escenario y ante sólo seis personas y en las montañas de Portugal, en los descansos del rodaje de Viaje al inicio del mundo, de Manuel de Oliveira, lo que recordaba de su vida hilvanada. Recuerdo que contó un sueño donde alguien le decía que llevara consigo los recuerdos de la casa de sus padres. Recuerdo también a mi padre, ya anciano, subiendo conmigo unas escaleras. Recuerdo haber mojado un día una magdalena en una taza de te y cómo las migajas humedecidas me llevaban a los Campos Elíseos, a la blancura de un tiempo recobrado de muchachas en flor y a sus vestidos deslumbrantes. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo cómo recordaba Simenon su infancia y evocaba en París su sombrero flexible y la gabardina de espía con la que se embozaba para escuchar conversaciones y ternuras. Recuerdo en Jerusalén un huerto nocturno con olivos. Recuerdo en Roma Via Margutta y un patio de anticuarios. Recuerdo en Londres un teatro redondo donde se escuchaba a Shakespeare. Recuerdo mi mano en Venecia tocando el agua desde el borde de la góndola. Recuerdo un viaje en automóvil por un valle navarro de España. Recuerdo mi primer baile en la noche con quien sería mi mujer. Recuerdo haber leído los recuerdos del escritor francés Georges Perec. «Je me souviens», decía Perec, «je me souviens» decía Simenon, «mi ricordo, sì , io mi ricordo«, decía Mastroiani. Recuerdo la niebla en los faros en lo alto de una montaña. Recuerdo la gran playa en la tarde, la extensión desierta, los caballos blancos. Recuerdo los ojos de un ciervo mirándome. Recuerdo el brillo rojizo de una chimenea. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo escribir al amanecer, en el silencio de la casa. Recuerdo haber soñado con música. Recuerdo ventanas y puertas de las ruinas de Palenque, en México. Recuerdo el color de las hayas en La Granja. Recuerdo los cines del Barrio Latino en París. Recuerdo los ojos de mi madre. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo cuando me llamó ese vecino, Alzheimer, y le dije que nunca estaría en casa. Recuerdo aquel olor de lluvia en la tarde de verano, aquel olor de lluvia permanente, aquel olor a lluvia que no cesa.