SECRETOS DE LAS CAJAS

 


“Una caja de cartón que contiene fichas multicolores, tres cajas de madera torneada, una gran caja de cigarros ( sin cigarros, pero llena de objetos pequeños), una cajita de madera dorada; todas estas cajas y cajitas —además de numerosos utensilios no se sabe si útiles o inservibles  — tenía en su mesa de trabajo el escritor francés Georges Perec y él los enumera minuciosamente en su libro “Pensar/clasificar”.

Estamos rodeados de objetos. Además de las monedas, los sellos, los grabados y tantas cosas más, aparecen cajitas por doquier, cajitas que nos han regalado, que han contenido pequeños tesoros o nimiedades sin valor, pero que con su diseño, colorido o gracia  — también como mero recuerdo — han ocupado un puesto sobre muebles y mesas, al lado de las camas o en escritorios. Y allí han estado durante años. Cuando el dueño de la caja y de la casa desaparezca, entrará de puntillas en la habitación un hermano, una sobrina o un nieto y al ver la caja  su tentación  de curiosidad siempre será abrirla, “a ver qué guardaron aquí”, dirá como ante un misterio. Porque la caja cerrada es como si escondiera secretos o peculiaridades que muchas veces se convierten en total vacío.  Entonces, ¿ por  qué se ha conservado esa caja que sólo contiene vacío?

 

“Siempre me gustaron los pequeños cofres — comentaba la escritora argentina María Negroni —, los “secrétaires”, con o sin doble fondo, todo aquello que pueda cerrarse con llave, es decir, que sirva para esconder algo, para almacenar la insondable reserva de la ensoñación. Su marca principal es el cerrojo que, siendo, en sí mismo, un umbral, protege un reino interior, fabricado y custodiado sin pausa. Algo absoluto se preserva en estas maravillas de la ebanistería. Algo que siempre es más de lo que parece porque, en la noche del mueble, imaginar es más grande que vivir.  En estos objetos antiguos como moradas sensibles, se puede manipular el sueño hasta hacerle destilar su relato: eso que se esfuma, siempre, en cuanto es nombrado.”

 

 

(Imágenes—1-Lynne parques/ 2- calculadora colmar/ 3- Hans Holbein – 1528)

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (26) : FICCIÓN , MEMORIAS, CERVANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (26) : Ficción, Memorias, Cervantes

 

 

—Me hablaba usted antes del “cementerio de los elefantes”…—me dice la periodista.

 

– Sí, “el cementerio de los elefantes”, como le comentaba el otro día, es para mí una gran lección. Uno se esfuerza en escribir, en trabajar, unas veces acierta y otras no, pero al fin, al paso de los años, uno acabará de una u otra forma en “el cementerio de los elefantes” ; eso suponiendo que uno sea “elefante”…, que yo no lo soy…

– Es usted muy modesto.

– No. Yo tal vez sea un elefante muy pequeñito, muy pequeñito, de los millares y millares de elefantes pequeñitos que hay entre los escritores del mundo. Cuando uno pasea por entre los títulos de tantas obras alineadas, de tantas colecciones organizadas por colores, por encuadernaciones o por premios, es como si uno paseara por un largo y aleccionador claustro haciendo meditados ejercicios espirituales literarios, con reflexiones sobre la caducidad de la fama y sobre la vacuidad de las cosas. Es un paseo muy necesario, muy higiénico.

. – Entonces, ¿qué es lo que queda de todo eso?

– Pues queda la obra bien hecha, lo que se ha hecho con dedicación, con amor, la satisfacción de haber intentado lograr una obra bien hecha. Es la satisfacción del intento, ni siquiera la del logro, que no siempre se consigue. Además, ese logro está completamente cercado de avatares.

– ¿Qué avatares?

– Pues avatares de todo tipo, de modas, de gustos, de costumbres. Piense usted que naturalmente ya no se escribe, por ejemplo, como Dickens o como Galdós, y sin embargo los dos intentaron la obra bien hecha, y en algunos de sus libros lo consiguieron. En el caso de Galdós, cuando un periodista va a verle y él está ya casi ciego al final de su vida, en un momento de la entrevista, le pregunta, “¿Pero usted, don Benito, después de sus cien libros y de sus numerosas obras de teatro; después, en fin, de medio siglo escribiendo, supongo yo que no trabajará por necesidad, sino por placer, por crear…? “. Y Galdós le contesta:- “!No, amigo!… A pesar de toda mi labor pasada, si en el presente quiero vivir, no tengo más remedio que dictar todas las mañanas cuatro o cinco horas y estrujarme el cerebro hasta que dé el último paso en esta vida”. Esto respecto al trabajo, que es algo más bien normal en cualquier persona. Pero luego vienen las modas, las costumbres, los cambios en los gustos, los avances en la forma de narrar, la influencia de los nuevos medios técnicos, del cine, de tantas cosas modernas en el mundo de la comunicación : todo ello marca naturalmente y repercute. Y también las devociones y los desprecios, los puntos de vista tan encontrados, muchas veces tan radicales. Le hablaba hace unos días de Bresson y de mi conversación con él en París, de cómo él amaba a Dostoievski ; pues bien, si leemos las clases de Nabokov sobre literatura rusa Dostoievski queda muy apartado, y se ensalzan en cambio a Chejov o a Tolstoi. Por otro lado Gombrowicz desdeña a Camus, Canetti ataca a Iris Murdoch… etc, etc. Todo son puntos de vista diferentes y todos muy legítimos. Todo es cuestión de preferencias y de revisiones. Pero esto son cosas técnicas o teóricas, como usted ve, que sin duda interesan únicamente a los especialistas. Lo importante, como recordaba un autor destacado, es que no puede quedar bien nada que no se haga con amor.

– ¿Usted cree que ha hecho las cosas con amor?

– No todas, pero en muchas lo he intentado, sobre todo en los últimos años. Es lo que queda: la esencia de lo que queda cuando se escribe. Pienso que así debía ocurrir en todas las cosas de la vida.

 

. 15 mayo.

 

En “La Barranca” – Navacerrada

 

 

Antesdeayer, lunes, de nuevo con Senabre en “La Central”, aprovechando que venía él de Alicante a Madrid para pasar aquí unos días. Lo pasamos muy bien. Días atrás le había mandado varias páginas de este libro para que las leyera y la verdad es que aprendí mucho cuando las comentó, como siempre que hablamos de literatura. Al aludir a mis descripciones de la casa de la calle de Goya su pensamiento, me dijo, se le había ido casi sin querer a escritores que habían dedicado páginas a las casas, tanto en su exterior como en su interior, que son muchos, y luego nuestra conversación se desvió por este tema de las casas y acabamos nada menos, mejor dicho acabó Senabre, citando al siglo de Oro y a Vélez de Guevara, con su “Diablo cojuelo” que tanto le gusta , el autor que levantaba los techos de las casas de Madrid. Yo le recordé, en otro sentido, a un escritor que me interesa mucho, Georges Perec, por sus experiencias literarias, y comentamos la enumeración exhaustiva y minuciosa que él hace de la casa de pisos en la calle Simón -Crubellier de París. Y así nos entretuvimos casi toda la mañana hablando de casas en general y luego del libro de Sandra Petrignani “ La escritora vive aquí” y de las casas de las autoras que ella describe. Como siempre, una conversación muy aleccionadora y agradable.

Y al fin, tras esta conversación del lunes con Senabre, he decidido incluir en estos “ Cuadernos Miquelrius” algunos de los cuentos que he escrito en estos años. Es cierto que nada tienen que ver con el tronco central de la larga entrevista que me está haciendo la periodista, y ello hasta me mantenía dudoso y preocupado. Pero al confesarle el lunes a Senabre mis dudas él me ayudó enseguida, como hace siempre. Defendió toda clase de cuentos, relatos o episodios intercalados que suelen aparecer en muchas obras literarias y me puso muchos ejemplos. Ante mi sorpresa, y en medio de la conversación a media mañana, se levantó de uno de los sillones en donde charlábamos, se acercó a una de las estanterías de “La Central”, y tomó el volumen del Quijote que editó hace ya varios años, en 1998, el Instituto Cervantes, un magnífico volumen con Notas complementarias. Senabre me leyó parte de lo que él mismo comentaba allí sobre las dudas de Cervantes en la Segunda Parte del libro y sobre si fue oportuna o no la inclusión en la Primera Parte del relato “ El Curioso impertinente”.

– Mira – me dijo Senabre – lo que Cervantes dice aquí por boca del Bachiller – y me leyó : “una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada “El Curioso impertinente”, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote”. Muchos autores, por tanto, han incluido pequeñas historias ajenas a la historia central dentro de sus libros. Y lo que estás haciendo, añadió, es perfectamente razonable, e incluso, creo, puede darle mayor variedad al libro. Por otro lado, en muchas de estas páginas que me estás mostrando aparecen varias facetas tuyas, la de profesor, periodista o conocedor de escritores, tus encuentros con artistas diversos y tus reflexiones, cosas que han sido una constante en tu vida, pero tampoco tienes por qué esconder tu perfil de cuentista y de novelista, y esto cabe perfectamente en un volumen al que tú de algún modo calificas de Memorias. Piensa, por ejemplo, en algunas obras de Sergio Pitol que mezcla diversos géneros. O en los relatos que en medio de sus “Diarios” introduce de pronto Ricardo Piglia. Pero tampoco hay que ceñirse a Pitol o a Piglia. Cervantes, como digo, mete relatos intercalados en la Primera y en la Segunda Parte del Quijote, Mateo Alemán introduce cuatro novelas breves, cuentos y anécdotas para dar variación a su “Guzmán”, e incluso Graham Greene defiende esos relatos breves dentro de una obra, que para el creador, así lo llama él, son otra forma de escape. Muchos han aplicado esa fórmula.

Todo esto me ha animado a incorporar más relatos. Me ha dejado tranquilo. Introduciré en estas Memorias el relato “Caligrafía”.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” — Memorias

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

EL SUEÑO DE LA EPIDEMIA

 

El escritor francés Georges Perec publicó  en su libro, “La cámara oscura”,  muchos de sus sueños.

De una noche de octubre de 1970 contó  el siguiente que había soñado :

LA  EPIDEMIA

“El soñador ( porque toda esta historia parece una novela en tercera persona) se ha sentado en la mesa de un pequeño bistrot. Aunque sea extranjero, enseguida lo consideramos como uno de los fieles habituales de la casa. El patrón y algunos clientes  hablan de la epidemia. Entra el cocinero chino del restaurante de al lado ( el soñador piensa  que se parece a alguien que él conoce);  el cocinero chino dice que hay que encontrarle un sustituto, porque él ya no puede continuar vigilando sus fuegos y cocinando en casa de las niñas al mismo tiempo. Cita, respecto a esto, el refrán de Shakespeare:

—-¡ No todos morían, pero a todos afectaba!

Estupefacto, el patrón del café mira al soñador: él conocía ese refrán a través de este último. En ese mismo instante, el soñador comprende que deja de ser un desconocido sentado a la mesa y que se convierte en “el personaje central”; al mismo tiempo, reconoce al cocinero chino; sólo lo conoce a él. Es él quien, efectivamente, viene de vez en cuando por voluntad propia a echarle una mano a las chicas.

 

Ha habido una gran epidemia de cólera. Todo el mundo quiere que le examine el médico. Los síntomas son esputos de sangre. El soñador y dos de sus amigos recorren la ciudad. Llegan hasta una escalera bloqueada por una multitud de chicas jóvenes, sin duda de un internado. Fingen tener prioridad, como si uno de ellos padeciese la enfermedad, para obligar al médico a ocuparse antes de ellos. El médico se ve obligado a abrirse camino entre las chicas.

Un poco más tarde, en medio de un montón de chicas tumbadas, enfermas, el soñador recoge del suelo un pedazo de tierra ( y no una inmundicia o un excremento). Y descubre, tras una puerta, a su amigo J., yacente, muerto, convertido en tierra, convertido en bloque de tierra al que le falta el pedazo que él acaba de recoger.”

(Fin del sueño)

 

 

(Imágenes—1- Joshua Flnt/ 2- David Kapp- 2014/ 3-Saúl Leiter- 1956)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

 

 

RECUERDOS, RECUERDOS …

 

 

“Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal- Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador…

Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?”

José Julio Perlado

 

 

 

((Imágenes—1-Kansuke Yamamoto/ 2-Jean Moral -1927)

OBJETOS EN MI MESA DE TRABAJO

 

 

Una mesa limpia, una mesa cargada de objetos. Dos mundos distintos. Georges Perec en “Pensar/ clasificar” nos va contando lo que ocupa su mesa de trabajo: “una lámpara, una cigarrera, un florero, una caja de cartón que contiene pequeñas fichas multicolores, un gran secante de cartón duro con incrustaciones de carey, un portalápices de vidrio, varias piedras, tres cajas de madera torneada, un despertador, un calendario, un bloque de plomo, una gran caja de cigarros ( sin cigarros, pero llena de objetos pequeños), una espiral de acero donde se pueden deslizar las cartas en espera, un mango de puñal de piedra tallada, registros, cuadernos, volantes, múltiples  instrumentos o accesorios de escritura, una gran almohadilla, varios libros, un vaso lleno de lápices, una cajita de madera dorada, tres ceniceros, es decir, dos de más, que por otra parte están vacíos: uno es el monumento a los mártires, de reciente adquisición; el otro, que representa un encantador panorama de los tejados de la ciudad de Ingolstad, acaba de ser encolado; el que sirve tiene un cuerpo de material plástico negro y una tapa de metal blanco con agujeros.”

 

 

Una mesa limpia, una mesa cargada de objetos. Dos mundos distintos. Rudyar Kipling, en su Autobiografía – como lo recuerda Alberto Manguel en “Diario de lecturas” – enumera los objetos de su escritorio: “un largo plumero lacado, con forma de canoa, lleno de cepillos y de estilográficas difuntas; una caja de madera con clips y gomas; otra, de hojalata, con alfileres; en otra más, en un posabotellas, guardaba cosas que no necesitaba, desde papel de lija hasta pequeños destornilladores; un pisapapeles, una diminuta foca de piel con un peso en el interior y un cocodrilo de cuero que descansaban sobre algunos de los papeles; una regla de treinta centímetros manchada de tinta y un limpiaplumas decorativo que una criada a la que queríamos mucho nos regalaba todos los años, componían la guardia de honor de aquel ejército de pequeños fetiches.”

Una mesa limpia, una mesa cargada de objetos. Dos mundos distintos. Dos maneras de trabajar los escritores.

 


 

(Imágenes-1- Juan Gris – la mesa – 1914- Philadelphia museum/ 2-Aldo Calabresi/ 3-Catalina Keohe)

BIBLIOTECARIOS DE BABEL

 

“Como los borgianos bibliotecarios de Babel, que buscan el libro que les dará la clave de todos los demás, oscilamos entre la ilusión de lo alcanzado y el vértigo de lo inasible. En nombre de lo alcanzado, queremos creer que existe un orden único que nos permitiría alcanzar de golpe el saber; en nombre de lo inasible, queremos pensar que el orden y el desorden son dos Palabras que designan por igual al azar.

También es posible – seguía diciendo Georges Perec en “Pensar/Clasificar”- que ambas cosas sean señuelo, engañifas destinadas a disimular el desgaste de los libros y de los sistemas.

Entre los dos, en todo caso, no está mal que nuestras bibliotecas también sirvan de cuando en cuando como ayudamemoria, como descanso para gatos y como desván para trastos,”

 

Estos días se vuelve una vez más a recordar a  Borges y a su biblioteca personal. “ El autor argentino – se ha escrito –  reverenciaba la literatura y entendía que el paraíso, de existir, sería algún tipo de biblioteca. La suya, en concreto, era un tesoro que todavía hoy puede disfrutarse y que se guarda en la Fundación Jorge Luis Borges: más de dos mil ejemplares ordenados a su capricho, que no era cronológico ni alfabético, y que contiene más títulos de filosofía y religión que de obras maestras de la literatura. Ahora, parte de ese patrimonio queda recogido en «La biblioteca de Borges» (Paripébooks), un libro elaborado por Fernando Flores Maio que reúne algunos de los ejemplares más queridos del escritor, con sus anotaciones personales.”

 

 

(Imágenes-1-Borges -Todo el- ac3b10/ 2-Borges – foto Sylvia Plachy – Nueva York – 1982)

EL CUADRO DENTRO DEL CUADRO

 

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“Vi allí telas de gran valor y que, en su mayoría, había admirado en colecciones particulares de Europa y en exposiciones de pintura. Las diversas escuelas de los antiguos maestros estaban representadas  – escribía  Julio Verne en “Veinte mil leguas de viaje submarino“- por una Madona de Rafael, una Virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa de Correggio, una mujer de Tiziano, una Adoración de Veronese, una Asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un monje de Velázquez, un mártir de Ribera, una kermesse de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gérard Dow, Metsu y Paul Potter, dos temas de Gèricault y de Proudhon y algunas marinas de Backuysen y Venut. Entre las obras de pintura moderna aparecían cuadros firmados por Delacroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny…”

Esta cita es la introducción que coloca Georges Perec al inicio de su novela “El gabinete de un aficionado” (historia de un cuadro). El cuadro siempre ha atraído numerosos e interesantes comentarios. Ahora la exposición en el Prado vuelve a ponerlo de actualidad. “A comienzos del siglo XVl – recordaba Francastel,- ya se observan en Venecia

 

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algunas colecciones privadas de pintura, en tanto que durante todo el siglo XV la pintura aún cumplía con su papel tradicional de decoración: las pinturas iban destinadas de antemano a un emplazamiento preciso. La diferencia es esencial. Mientras que la pintura concebida como ornamento realza la capilla, la iglesia, el altar o el salón ( y, por lo tanto, el “cuadro” se concibe según la función adscrita en el encargo), en el caso de la colección es el propio cuadro lo que debe ser realzado: debe instalarse allí en donde brille con mayor intensidad. A partir de ese momento, el cuadro cambia de naturaleza: de objeto costoso pasa a ser objeto precioso. Y como tal, se comercializa. Mientras la pintura se mantuvo atada al lugar de su destino en la mentalidad general, nadie pudo pensar que podía cambiar de lugar, y, por lo tanto, circular de mano en mano. Pero a partir del momento en que se concibe el cuadro como un valor en sí, independiente del lugar donde se encuentre, su comercialización no sólo era posible sino inevitable”.

La fascinación por contemplar un cuadro ejerció, por ejemplo, en Proust  el hecho de que “La vista de Delft” de Vermeer, que le había cautivado veinte años antes, necesitaba, según él, una nueva y definitiva  visión.  Así, a pesar de estar muy enfermo, a pocos meses de su muerte, a las nueve y cuarto de la mañana del 24 de mayo de 1922, en lugar de meterse en la cama, después de haber estado toda la noche escribiendo, abandona su cama de enfermo y acompañado por un amigo  va al museo para ver el cuadro y a su vuelta escribe en “La Prisionera“: ” por fin llegó al Vermeer, que él recordaba tan esplendoroso, más diferente de todo lo que conocía  (…) Se le acentuó el mareo, fijaba la mirada en el precioso panelito de pared  como un niño en  una mariposa amarilla que quiere coger. “Así debiera haber escrito yo”, se decía . “Mis últimos libros  son demasiado  secos, tendría que haberles dado varias capas de color, que mi frase fuera preciosa por ella misma, como ese pequeño papel amarillo”.

 

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(Imágenes -1- Pere Borrell-1874/ 2.-Elliot Erwitt/ 3.-Hank Conner)

UN POEMA DEL METRO

 

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A veces en la literatura se escriben cosas singulares. Para muchos, experiencias extrañas y desconcertantes; para otros hallazgos. Entre las tentativas creativas del grupo o laboratorio literario Oulipo ( el Taller de Literatura Potencial francés, fundado en 1960 por el escritor Raymond Queneau y el matemático Francois Le Lionnais y al que pertenecieron, entre otros,  Italo Calvino y Georges Perec), figura este poema del metro, cuyo autor es Jacques Jouet:

“Un poema del metro es un poema compuesto en el metro, a lo largo del tiempo de un trayecto.

Un poema del metro tiene tantos versos como estaciones, menos una, tiene el trayecto.

El primer verso se compone mentalmente entre las dos primeras estaciones del trayecto (contando desde la estación de partida)

Se transcribe en el papel cuando el metro se detiene en la segunda estación.

El segundo verso se compone mentalmente entre la segunda y tercera estación del trayecto. Se transcribe al papel cuando el metro se detiene en la tercera estación. Y así sucesivamente.

No hay que transcribir cuando el metro está en marcha.

No hay que componer cuando el metro está detenido.

El último verso del poema se transcribe en el andén de la última estación del trayecto.

Si el itinerario supone una o varias combinaciones de línea, el poema tendrá por lo menos dos estrofas.

Si por desgracia el metro se detiene entre dos estaciones, se produce un momento muy delicado en la escritura del poema del metro”.

Jacques JouetAnthologie de l Oulipo – Gallimard, 2009

 

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(Imágenes.- 1.-Martin Lewis/ 2.-Pierre Jahan -1930)

LISTAS Y RESULTADOS

 

interiores.- 4rrfv.- casas.- Marcos Citret

 

“Como antes con los cuentos y antes con los libros que había leído, y antes con los músicos de jazz y antes con los jugadores de fútbol, y antes con las series de historietas, hago listas – así lo anota Ricardo Piglia en su Diario de 1970 – . Listas de compras, listas de cosas por hacer, listas de amigos a los que ver, listas de amigas a las que llamar, listas de ciudades que no conozco, listas de capítulos de la novela que voy a escribir. Las listas siempre me han tranquilizado, como si al anotarlas me olvidara del mundo y, en algunos casos, como si anotar fuera ya hacer lo que imagino o prometo, contento entonces, como si la novela cuyos capítulos he anotado ya estuviera escrita”.

La obsesión por las listas y luego – contempladas ellas ante el espejo – su comprobación con las realidades, con los propósitos cumplidos, con la consecución o no de unas metas, siempre ha sido motivo de interés para muchos. El escritor francés Georges Perec hizo numerosas listas. Por ejemplo, cuando desmonta una casa; apunta en “Espacio de espacios” : dejar un apartamento, vaciar lugares, limpiar, empaquetar, inventariar, ordenar, embalar, clasificar, quemar, despegar, resumir, almacenar, envolver, proteger, recubrir, elevar, trasladar, cerrar, partir.

 

casas-vvgu-interiores-escaleras- Marie-Laure de Noailles- mil novecientos veintiocho

 

Quienes han estudiado la obra de Perec destacan que el inventario en él se transforma en lista y la lista proviene de la celebración. La lista memorizada ofrece la satisfacción de saber no solamente que se sabe, sino que se pone en orden ese saber. La lista, con sus asonancias y resonancias, proporcionan un movimiento de sonoridades que juegan con las palabras que se van añadiendo. Poner algo en una lista es delicioso, y toda clasificación da para soñar y pensar. Tanto por lo que en la lista se ordena y se construye que por lo que en ella se escapa.

Listas también erráticas, listas improbables, clasificaciones fabulosamente irracionales y muchas veces ineficaces. Listas de todos modos que, al irse tachando y cumpliendo, nos muestran al fin el secreto de los resultados.

 

objetos- bu- cajas- Yoko Ono- mi movecientoa setenta y uno

 

(Imágenes.- 1.-Marcos citret/ 2.-Marie Laure de Noailles– 1028/ 3.-Yoko Ono– 1971)

EL VÉRTIGO DE LAS LISTAS

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Tomando el título de Umberto Eco las gentes que van y vienen estos días por las calles llevan consigo – plegados y ocultos en la bodega  de los bolsos femeninos o simplemente anotados en el resplandor de los móviles – ideas, apuntes, sugerencias, posibilidades, propuestas, invenciones y pequeños escritos diversos y múltiples que van acumulando el llamado vértigo de las listas de compras, porque todas las tiendas, y entradas y salidas y escaparates y dependientas esperan ya desde hace días ese despliegue de los innumerables papelitos rojos o azules, desdoblados entre cálculos e imaginación, tachados, añadidos, reelaborados, suprimidos hasta alcanzar – o intentar alcanzar – el secreto del mejor regalo.

 

moda.-treeb.-mujer.-Hussein Chalayan

 

Las listas de compras han existido siempre. En la Biblioteca Británica se conserva, por ejemplo, la lista de compras de dos monjes tibetanos del siglo X, en viaje a la ruta de la Seda para adquirir cosas para su monasterio y allí puede leerse: “comprar un abrigo de seda, un par de pantalones de tela, manta gruesa y amplia, un cinturón negro de piel, una manta blanca grande, un abrigo de color humo de lana gruesa, una piel de lobo para mantas, cuatro paños de lana, un zapato de piel amarillo-blanco, una seda dorada, una gran cubierta de tierra roja, una segunda cubierta grande de tierra oscura, una piel para libro, una copa de plata, una copa hecha de madera, un bolso lleno de perfume, un bolso de piel de camello, una cuchara de fieltro, tres cuerdas, trapos de lavar y nueve telas rojas”.

Eso lo escribe el reverendo Ratnavrksa y Praketu y el testigo de ello es Kvam Aksara; está firmada la lista en el año del Mono, día 20 de Cvataja– China, siglo X.

 

objetos-unnn-Margaret Preston- mil novecientos veintisiete

 

Sin llegar al vértigo, listas de cosas – si no compradas sí cambiadas y mezcladas con otras -, las va acumulando Tom Sawyer tras todos sus cambalaches y negocios, y el resumen que consigue reunir son doce canicas, un trozo de vidrio azul que servía de lente, un carrete, una llave, una tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un picaporte, un collar de perro, el mango de un  cuchillo y una falleba rota. Todo ello podría unirse a través del tiempo a las numerosas listas de objetos hallados en una obra de Joyce, en lo profundo de unos cajones: un cuaderno de caligrafía, tres grandes botones, una caja que contenía el resto de plumillas, un viejo reloj de arena que se volcaba conteniendo arena, un broche de camafeo, algunas monedas astrohúngaras variadas y una lente de aumento de baja potencia. Y ello a su vez podría añadirse a lo que acumula y extiende sobre su mesa de trabajo el francés Georges Perec: una caja de cartón que contiene pequeñas fichas multicolores, un portalápices de vidrio, un despertador, una espiral de acero donde se pueden deslizar las cartas en espera, una gran almohadilla y un mango de puñal de piedra tallada.

Varias de estas cosas no sirven ya para nada. Se han transformado en recuerdos que ocupan un espacio. Y hasta que se vacíe ese espacio y en una mudanza o en una limpieza se vuelquen cajones y se purifique de algún modo esa gran mesa los recuerdos evocarán quizá – si se les observa con detenimiento – el instante y el día en que se compraron, aquella larga calle iluminada y extendida en el vértigo, un vértigo de listas de compras, afanes y pasos innumerables dados por las calles, cálculos y pensamientos en búsqueda de la ilusión.

 

moda.-3712ww.-por Phillippe Pottier.-1944.-Biblioteca Nacional de FRancia

 

(Imágenes.- 1.-passion- change-everyhing/ 2.-Hussein Chalayan/ 3.-Margaret Preston– 1927/ 4.-Philippe Pottier. 1944- Biblioteca Nacional de Francia)

 

DE RECUERDOS Y OLVIDOS

 

cine-ywmm-Marcello Mastroianni- foto Bert Stern para Vogue- mil novecientos sesenta y tres

 

“Me acuerdo de H.G. Wells, Simenon, Ray Bradbury. Me acuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz. Me acuerdo de la primera vez que he visto las montañas, y la nieve, y la emoción que he sentido. Me acuerdo de las manos de mi tío Umberto, manos fuertes como tenazas, manos de escultor. Me acuerdo del silencio que envolvió al restaurante “Chez Maxim´s” cuando apareció Gary Cooper en esmoquin blanco. Me acuerdo de la nieve sobre la Plaza Roja, en Moscú. Me acuerdo que he visto mi primera película en Turín: “Ben Hur“, con Ramón Novarro. Tenía seis años. Me acuerdo de una noche de verano con olor a lluvia. Me acuerdo de la hermosa cabeza blanca del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico. Me acuerdo de un  sueño en el que alguno me dice que debo llevarme los recuerdos de la casa de mis padres. Me acuerdo de la sensación de silencio y de luz suspendida sobre la ciudad de Jerusalén como un vapor místico. Una vez, me acuerdo, he soñado con vivir en un dirigible. O quizá en una astronave. Me acuerdo de la música de “Stardust“. Era antes de la guerra. Bailaba con una muchacha que llevaba un vestido de flores. Me acuerdo de los primeros dibujos de mi hija Bárbara. Me acuerdo de la ligereza constante de Fred Astaire”.

 

sueños-bhu-Leon Spilliaert

 

Y así van y vienen los recuerdos en la cabeza de Marcello Mastroianni cuando ya tiene  72 años, su cabeza cubierta por un sombrero blanco flexible, el cuerpo embutido en una chaqueta blanca de verano, las piernas cruzadas, la mirada fija  en todo lo que ha vivido, en todo lo que ha bailado, reído, interpretado, gesticulado, a su lado tiene una mesita con una jarra y un vaso de agua, y alrededor está el campo de Portugal, la naturaleza y  el mundo.

Era entonces 1996  -pocos meses antes de la muerte del actor -, en las pausas de su trabajo para la película “Viaje al principio del mundo“, rodada por su última compañera, Anna Maria Tatò.  Entonces Mastroianni aceptó volver la mirada al pasado, giró los ojos hacia lo que uno cree que ya tiene olvidado, y así,  poco a poco, surgió su  film-confesión titulado “Mi ricordo, sì, io mi ricordo“.

 

sueños.-090nmb.-foyo por Julia Fullerton-Batten.-New York.-Randall Scott Gallery.-photografie.-artnet

 

Me acuerdo, sí, me acuerdo. ¿De qué nos acordamos nosotros? ¿Adónde se encaminan nuestros recuerdos cuando echan a andar? ¿Nos acordamos quizá de lo que creíamos huido – frases, gestos,  movimientos diminutos, tal vez una  luz precisa,  una hora exacta, la mirada última que nos conmovió,  un timbre de voz? Un investigador norteamericano, estudioso de los mecanismos moleculares de la memoria, el profesor Lynch, hacía notar: “Imagínese que tomo sus apuntes de segundo de carrera, le enseño algo que escribió hace tantos años y le pregunto: “¿se acuerda usted de esto?”, y usted dice: “sí, ya lo recuerdo; hace años que no me acordaba de esto”. Pues bien, desde el momento en que usted escribió eso, todas las proteínas de su cerebro han sido sustituidas muchas veces. El cerebro entero está siendo destruido y reconstruido constantemente, pero los recuerdos siguen ahí y ése es el mayor misterio de toda la biología y de toda la psicología”.

 

O sea que Hamlet podría ahora tomar  en la mano la calavera de los recuerdos y los olvidos, y  paseándose  por la escena de la vida, podría ir repitiendo. “¡Morir…, dormir! ¿Recordar? ¿Olvidar?… ¡Tal vez soñar!”, pero el secreto de los recuerdos no llegaría a  desentrañarlo nunca, continuarían envueltos en el misterio, ya que se sabe que siempre que recuperamos un recuerdo su contenido sufre algún cambio, por pequeño que sea; existen datos que prueban que cuantas más veces se describe verbalmente la cara de una persona, más se reduce su capacidad para reconocer posteriormente dicha cara en una fotografía.

 

dormir-bbgguu-sueños- Wladyslaw Slewinski

 

Cuando a  Mastroianni le obligan a elegir el recuerdo más profundo de su vida, responde:  “Se me pregunta cuáles son los recuerdos que me llegan con más intensidad, aquellos que yo veo más nítidamente. ¿El cine? ¿El éxito? No, nada de todo eso. Los recuerdos más profundos son aquellos que están unidos a mi infancia, a mi adolescencia; a mi madre, a mi padre . Ciertamente tengo muchos recuerdos; pero aquellos de entonces son aún mucho más fuertes, muy  potentes. Todo lo que ha venido después -el éxito, el dinero, la fama – no ha dejado una huella tan verdadera ni tan profunda  como el recuerdo de mi madre, sus jornadas que no acababan nunca, ella, que era  la primera en levantarse y la última en irse a dormir”.

 

casa.-99h.-sueños.-fantasía.-René Magritte.-1947

 

Un escritor francés de finales del XVlll y principios del XlX, , amigo de ChateaubriandJoseph Joubert -, evocaba siempre: “Están los que recuerdan su infancia y los que recuerdan el colegio”. Y es verdad. La infancia emerge en el fondo de todas las memorias y de ella se nutren muchas obras de arte. La infancia con todas sus peripecias, descubrimientos y curiosidades. Mastroianni no ha sido el único que públicamente ha querido recordar. Aparte del belga  Simenon con su “Je me souviens” (1945),  otro escritor francés, fallecido en 1982,  Georges Perec, autor de libros insólitos, originales y vanguardistas ( por ejemplo, “La vida: instrucciones de uso” (1978) que conquistó el Premio Medicis),  decidió que sus recuerdos desfilaran en su libro también titulado  “Me acuerdo” (1978). De su cantera autobiográfica fueron saliendo 480 pequeñas y grandes piedras que marcaron el camino de su época, ese recorrido de años que a cada uno nos toca vivir. “Estos recuerdos – nos dice – no son exactamente recuerdos, y sobre todo, no son recuerdos personales, sino diminutas porciones de lo cotidiano, cosas de tal o cual año, gentes de la misma edad que las han visto, las han vivido y han participado en ellas, y que, por otra parte, desaparecieron enseguida, fueron olvidadas; no valen la pena de ser memorizadas, no merecen ser parte de la Historia…”, y sin embargo Perec las fue recogiendo y con ellas construyó un amplio mosaico de alusiones a modas, vivencias y  costumbres  que a muchos acompañaron durante largo tiempo y que luego serían reemplazadas por otras vivencias,  costumbres  y  modas.

 

escritores.-r33e.-Georges Perec

 

“Es tal vez aquella cosa que se aprendió en el colegio – explicaba Georges Perec sobre estos recuerdos  -, un campeón, un cantante o una estrella, un aire que estaba en todos nuestros labios, una catástrofe que aparecía en portada de todos los diarios, un best-seller, un escándalo, un eslogan, un hábito, una expresión, un vestido o una manera de llevarlo, un gesto o cualquier cosa minúscula, nada esencial, algo absolutamente banal, milagrosamente arrancado a su insignificancia, reencontrado por un instante, suscitado durante algunos segundos por una impalpable y pequeña nostalgia”.

Así va recogiendo todo eso: “Me acuerdo -dice por ejemplo –  del “Adagio de Albinoni”,Me acuerdo del día en que  Japón capitula”, “me acuerdo de que yo empecé una colección de cajas de cerillas y de paquetes de cigarrillos”, “me acuerdo de las carreras de grandes motos en el Parque de los Príncipes”, “me acuerdo de que los cuatro cuartos debían su nombre al hecho de que estaban compuestos de un  cuarto de leche, un cuarto de azúcar, un cuarto de harina y un cuarto de mantequilla”, “me acuerdo de que había pequeños autobuses azules de tarifa única”, ” me acuerdo de los vagones de tercera clase en los ferrocarriles”, “me acuerdo de que Jean Gabin, antes de la guerra, por contrato, debía morir al final de cada película”, “me acuerdo que no me gustaba la “chucrut”, “me acuerdo de la muerte de Martine Carol, cuando alguien profanó su tumba con la esperanza de encontrar alhajas”, ” me acuerdo de lo mal que lo pasé para comprender qué quería decir la expresión ” sin solución de continuidad”.

 

escritores.-44ffg.-Georges Perec

 

Georges Perec camina así por sus evocaciones y  las va alineando conforme salen de su memoria de tal forma que sobre los años vividos va dejando piedrecitas para que otros, o él mismo, puedan reconocerlos si alguna  vez  quieren volver. “No sé en qué punto – escribió en  otra de sus obras, “W o el recuerdo de la infancia” (1987) – se rompieron los hilos que me ligan a mi infancia. Como todas las personas, o casi todas, tuve un padre y una madre, un orinal, una cuna, un sonajero y más tarde una bicicleta, que al parecer nunca cabalgaba sin lanzar gritos de terror ante la sola idea de que le levantaran o incluso le quitaran las dos ruedecillas laterales que garantizaban mi estabilidad. Como todas las personas, lo he olvidado todo sobre los primeros años de mi existencia”.

 

jardines-nbbu- matrnidad- infancia- Luigi Rossi- mil novecientos veintidos

 

(Imágenes.- 1.-Mastroiani- foto Bert- Stern- Vogue- 1963/ 2.-León Spilliaert/ 3.- Julia Fullerton Batte– Randhom Scoot- gallery/ 4.-Wladyslaw Slewinski/ 5.- René Magritte- 1947/ 6 y 7.- Georges Perec/ 8.- Luigi Rossi- 1922)

 

HABITACIONES DE HOTEL

interiores.-rvgy.-hoteles.-Paul G. Oxborough.-en el Hotel Warwick

 

Los hoteles y la literatura han tenido siempre excelentes relaciones. Escogiendo algunas de ellas, ahí están los hoteles de Agatha Christie o los hoteles provincianos de Maigret, las divagaciones de Paul Auster, las “estancias tenebrosas” de Julien Gracq o los best-sellers antiguos como el del “Grand Hotel” de Vicky Baum. Olivier Rolin (el llamado Georges Perec de las habitaciones de hotel), al escribir sobre el hotel Crystal, anota dimensiones, muros, techos, pinturas, muebles, objetos, cortinas, radiadores, grabados, y luego avanza lentamente sobre piezas anexas, cuartos de baño, ventanas, vistas, y  todo ello con un propósito exhaustivo y preciso, para que sus recuerdos no salgan nunca de estos recintos.

 

interiores- vddtt-Edward Hopper- Hotel Lobby - mil novecientos cuarenta y tres

 

Ahora algún periódico ha querido resucitar los personajes y la historia de  ciertos hoteles célebres de Madrid. Y cuando atravesamos los vestíbulos, subimos a los ascensores, caminamos por las alfombras de los pasillos y metemos la llave en la hendidura de la puerta he aquí que encontramos, por ejemplo en el Palace madrileño,  a Borges y a Alejo Carpentier, a Sinclair Lewis, Emil Ludwig, Keyserling, Paul Morand, Spengler, Brodsky, Dürrenmatt o Hemingway entre tantos otros.

 

periódicos.-879.-Hopper.-1932.-habitación de hotel

 

En los interiores de hoteles pequeños o grandes han transcurrido vidas de paso, retazos de conversaciones y silencios que inmortalizara Hopper, pasillos con pensamientos furtivos

 

interiores.- 53ddv.- Auguste Chabaud.- pasilllo de hotel

 

y vistas desde ventanales irreales con ciudades al fondo que se dejaban contemplar.

 

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(Imágenes.- 1.- Paul G Oxborugh en el Hotel Warwick/ 2-Edward Hopper- 1943/3.- Edward Hopper- 1932/ 4.-Auguste Chabaud/ 5.-Abelardo Morell)

EL LENGUAJE DE LAS COSAS

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“Los objetos son con frecuencia la referencia más recurrente en el transcurrir de nuestras vidas – recuerda Deyan Sudjic en “El lenguaje de las cosas” -; los usamos para que nos definan, para que emitan señales sobre quiénes somos y quiénes no somos. A veces son las joyas las que juegan ese papel, en otras ocasiones son los muebles de nuestros hogares, las pertenencias más personales o las prendas que vestimos”. Cuenta también Sudjic que el diseñador alemán  Dieter Rams dedicó ingentes esfuerzos y mucha paciencia para diseñar objetos perfectos, capaces de de escapar a las modas y resistir el paso del tiempo. Soñó con objetos que resultaran intemporales tras haber quedado despojados de lo superfluo. Creó la calculadora perfecta, con los ángulos redondeados, las teclas más pulcras y la más limpia secuencia de funciones operativas (…) Pero las radios, las calculadoras y los tocadiscos de Rams fueron suplantados no solo por nuevos modelos, sino por categorías de objetos totalmente nuevas.

 

objetos.- 655hhj.- Augustin Luis

 

Los novelistas nos han entregado muchas veces el mapa de los objetos que, en el fondo, es el mapa de una época y de una sociedad. Balzac, por ejemplo, había conseguido reproducir tantos objetos familiares en sus novelas, abarcándolo todo con tal exhuberancia descriptiva a través de innumerables catálogos y listas que a veces todo ello obstaculiza su narrativa. Y sin embargo nos deja una minuciosa fotografía de la vida parisina en el XlX. El mobiliario de una casa en Balcac lo revela todo. Si los sillones, por ejemplo, aparecen desparejados es que esa familia ha tenido reveses de fortuna. Balzac se interesa mucho mas por los objetos deteriodados que por los objetos nuevos. Los objetos son los huesos del tiempo. En la novela del siglo XVlll los objetos son datos, pero en el XlX los objetos  – y sobre todo, los muebles – son uno de los puntos de referencia seguros.  Proust nos muestra igualmente el universo de las modas y de los objetos con enorme precisión. Georges Perec en el siglo XX nos habla a su vez de los objetos de su mesa de trabajo: el secante, el metro plegable, la taza de café,un portalápices de vidrio, tres cajas de madera torneada, una gran caja de cigarros (sin cigarros, pero llena de objetos pequeños), una espiral de acero donde se pueden deslizar las cartas en espera, un mango de puñal de piedra tallada, cuadernos, múltiples instrumentos o accesorios de escritura…

 

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Los objetos – en ocasiones, aquellos cachivaches que acompañaron a la vida cotidiana en muchos siglos -forman parte de nuestro escenario. El lenguaje de las cosas ilustra nuestro lenguaje interior: el orden ordenado y el desordenado orden que tanto conocemos y por el que discurrimos cotidianamente en nuestro oficio.

 

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(Imágenes.-1.-el confidencialdigital/ 2.-Augustin Luis/ 3.-Carlo Bugatti.-1902/ 4.-George Richmond- 1950)

RECUERDO

 

retratos-hhnnn-Gerardo Diego- por Pelayo Ortega- bne es

 

Recuerdo, sí , lo recuerdo. Como así lo expresaba Marcello Mastroianni en sus Memorias y como así también le gustaba decir a Georges Perec. Paso con estos papeles y estas carpetas de sala en sala en la Biblioteca Nacional de Madrid y recuerdo, sí, lo recuerdo, el pasar de los dedos de Gerardo Diego sobre las teclas del piano en enero de 1966, en su casa de la calle Covarrubias cuando amablemente charlamos. Paso ahora bajo su retrato y le veo venir, alejándose del piano, para enseñarme dos versiones de su “Invocación al soneto” y hablarme de la creación en poesía. Asistí a la última lección que dio en su Instituto y recuerdo, sí, lo recuerdo, aquellas manos moviéndose en el aula, explicando la gran literatura.

 

retratos-nng- Dámaso Alonso- por Hernán Cortés- bne es

 

Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo igualmente a Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca con un libro suyo en las manos, “Poetas españoles contemporáneos”. Nos sentamos, me lo dedicó con mucho afecto, y hablamos de clásicos y modernos, especialmente de Ernestina de Champourcin.

 

retratos-yybb-Luis Rosales- por Juan Antonio Aguirre-bn es

 

No hay ninguna vanidad en todo esto, ningún mérito personal. Han sido momentos privilegiados – buscados o no – que se han ido cruzando en mi existencia dejándome huella. Y recuerdo, sí, lo recuerdo (ahora que paso bajo el retrato de Luis Rosales en esta galería expuesta estos días en la Biblioteca Nacional) , recuerdo a Rosales en su casa de la calle de Vallehermoso, en 1977, aludiendo a Granada y a Lorca, a las palabras de Rilke: “Era poeta y odiaba lo impreciso.

 

retratos-ytr-Onetti- por Rómulo Macció- bne es

 

Sigo pasando por estas salas en las que he escrito tanto, he escrito en el campo, bajo los árboles, en las madrugadas madrileñas, en días parisinos y romanos. Recuerdo, recuerdo lo que he escrito  también aquí, los libros elaborados en la Sala General o en la llamada de “Raros y Manuscritos”.  Recuerdo al pasar bajo el retrato de Onetti, aquel febrero de 1979, en su casa de Madrid, él acodado en la cama, sus ojos mirándome tras sus gruesas gafas, desentranándome despacio el laberinto de sus personajes.

 

retratos-uuybb- José Hierro- por Rafael Cidoncha- rafaelcidoncha es

 

 

Recuerdo a Pepe Hierro en “La Estafeta Literaria”, después en el autobús que nos traía a los dos desde Radio Nacional y Televisión, después en largas y gratas conversaciones sobre su poesía. Recuerdo, sí, lo recuerdo, con sus ojos muy vivos, su rompiente carcajada, hablándome de aquel bar de Madrid donde a veces, entre el ruido de tazas y cucharillas, él iba enlazando sus poemas.

 

retratos-bbhhu-Torrente Ballester- por Damián Flores Lanos- bne- es

 

Recuerdo, sí, recuerdo a Torrente Ballester en su casa madrileña, cuando acababa de fallecer su primera mujer, Josefina Malvido, a final de los años cincuenta. Recuerdo a Torrente mucho tiempo después coincidiendo en jurados de premios literarios. Recuerdo su ironía, las fatigas, la tenacidad de su trabajo.

Recuerdo, sí, lo recuerdo.

Ninguna vanidad en todo esto. Ningún mérito personal.

Paso, envuelto en recuerdos, bajo esta galería de retratos.

 

(Imágenes.-1.-Gerardo Diego.-Pelayo Ortega– bne.es/ 2.-Dámaso Alonso-Hernán Cortés-bne.es/ 3.-Luis Rosales- Juan Antonio Aguirre– bne.es/4.-Juan Carlos Onetti- Rómulo Macció.-bne.es/ 5.-José Hierro- Rafael Cidoncha- bne.es/ 6.- Gonzalo Torrente Ballester- Damián Flores Llanos– bne.es)

GATOS DE HIPPOLYTE TAINE

 

gatos-vguui-Marie Cécile Thijs- dos mil trece

 

“… en el principio nuestra raza fue salvaje, y aún  hay en los bosques gatos parecidos a nuestros primeros ancestros, los que atrapan de tarde en tarde un ratón de campo o un lirón, aunque más comúnmente lo que consiguen son tiros de escopeta. Otros, enjutos, con el pelo rapado, trotan por los canalones y encuentran que los ratones son más bien escasos. En cambio nosotros, criados en el colmo de la felicidad terrestre, movemos aduladoramente la cola en la cocina, damos pequeños gemidos tiernos, lamemos los platos hasta dejarlos vacíos y, como mucho, nos embolsamos una docena de palmadas al día.”

 

gatos-nnuui-Charles Burns

 

Así va hilvanando y contando su existencia -bajo la pluma de Hippolyte Taine – este animal, protagonista de “Vida y opiniones filosóficas de un gato” (Libros de la resistencia) , como harían en su momento los perros de Virginia Woolf o de Mujica Láinez , o también los que glosó Wislawa Szymborska,de los que aquí ya hablé.

 

gatos-uunnggr- Léonard Tsuguharu Foujita- mil novecientos treinta

 

“Los hombres, torpes copistas, – comenta el gato de Taine aludiendo a la música – se apiñan ridículamente en una sala baja, y dando saltitos, creen igualarnos. Es sobre la cima de los tejados, en el esplendor de las noches, cuando todo el pelo tirita, que se puede exhalar la melodía divina. Por celos nos maldicen y nos tiran piedras. Que revienten de rabia; nunca su voz insulsa alcanzará esos graves gruñidos, esas notas penetrantes, esos locos arabescos, esas fantasías inspiradas e imprevistas que ablandan el alma de la gata más rebelde y la dejan trémula, mientras que allí arriba las voluptuosas estrellas tiemblan y la luna palidece de amor.”

 

mujer.-rrvtt.-gatos.-Urszula Tekieli

 

De los gatos se han ocupado muchos escritores. Eliot anota en un poema:

“Siempre está en el lado equivocado de la puerta

y aunque solo hace un momento que salió, ya vuelve a querer entrar.”

Szymborska, la gran poeta polaca, añade que “cualquiera que conozca a los gatos aplaudirá dicha observación de Eliot. La vida del que tiene un gato se convierte en un constante abrir y cerrar de puertas. Con los perros hacemos ejercicio en espacios abiertos. Con los gatos, dentro de casa. En uno u otro caso salimos ganando, porque no hay nada peor para el estómago y el alma que ser víctima de la inercia y el marasmo.”

 

animales.- 98ggn.- gatos.- Théophile- Alexandre Steinlen

 

Otro gran poeta polaco, Zbigniew Herbert, describe al gato: ” Es todo negro, pero la cola la tiene eléctrica. Cuando dormita al sol, es la cosita más negra que uno pueda imaginarse. Hasta soñando atrapa ratolines asustados. Y te das cuenta por las uñitas que le emergen de sus garras. Es terriblemente cariñoso y malandrín. Se lleva a los pajarillos del árbol antes de que estén maduros.”

 

animales.-4ftty.-gatos.-Nishida Tadashige

 

En septiembre de 1970 el escritor francés Georges Perec sueña que en el suelo de su habitación aparecen gatos. “Por lo menos tres– escribe en su sueño -. Bolitas de pelo. Grito: “¡ya dije que ni gota de gato aquí! Cojo uno de los gatos, voy hacia la puerta y lo lanzo fuera. Me doy cuenta entonces de que entre el suelo y la puerta hay un espacio lo bastante grande como para permitir que entre un gatito.

 

animales.-55t77.-gatos.-Ralph Hedley

 

Gatos en sueños, gatos en reflexiones, gatos en poemas.

Borges dedica uno al gato:

“No son más silenciosos los espejos

ni más furtiva el alma aventurera;

eres, bajo la luna, esa pantera

que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto

Divino, te buscamos vanamente;

más remoto que el Ganges y el poniente,

tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa

caricia de mi mano. Has admitido,

desde esa eternidad que ya es olvido,

el amor de la mano recelosa.

En otro tiempo estás. Eres el dueño

de un ámbito cerrado como un sueño.”

 

animales.-88j- gatos.-Emil Ludin.-1930-1940

 

Y el gato de Hippolyte Taine reivindica su superioridad ante el perro: “ dado que la belleza – confiesa – consiste universalmente en el tacto, la gracia y la prudencia, ¿cómo admitir que un animal sea siempre brutal, aullador, loco, lanzándose a la nariz de la gente, corriendo tras los puntapiés y los desaires? Dado que el favorito, y obra maestra de la creación,  es el gato, ¿cómo comprender que un animal lo odie, corra tras él sin haber recibido un solo arañazo, y le golpee los riñones sin tener ni siquiera deseos de comer su carne?”

 

gatos-rrggy-Satoshi Okazaki

 

(Imágenes.-1.-Marie Cécile Thijs-2013/ 2.-Charles Burns/ 3.-Léonard Tsuguharu Foujita– 1930/ 4.-Urszula Tekieli/ 5.- Théophile- Alexander Steinlen/ 6.-Nishida Tadashige/ 7.-Ralph Hedley/ 8.-Emil Ludin/ 9.- Satoshi Okazaki)