TACHADURAS

 


“Cuando estoy en plena crisis de escritura — decía el francés Pierre Michon —, en mi mesa, escribo diez horas al día, entre dos y cinco páginas, primero a lápiz. Son páginas en las que algunas palabras faltan de entrada, pero en que la rítmica — es decir, la puntuación — tiene ya desde el principio la forma definitiva. Le doy muchas vueltas y tacho mucho. Pero  lo hago hasta que esas páginas me parezcan perfectas. Entonces no puede ya revisarse nada. Las tecleo de forma tal que, al día siguiente, no tenga libertad para corregirlas, sino obligación de seguir adelante.
Soy de los que vuelven a escribir diez veces la primera página, por ejemplo, pero que tachan muy poco cada vez que la vuelven a escribir. La décima versión puede ser diferente por completo de la primera; pero en el medio, tacho muy poco. La sobrecarga de tachaduras me parece que estorba para que surja algo largo…, en fin, cuando digo largo, quiero decir tres páginas. La tachadura bloquea las salidas. Cuando pongo muchas tachaduras es que estoy enfadado con mi texto, y a mí no me gusta enfadarme con lo que escribo porque resulta ruinoso para el vigor de lo que venga después. No hay que bloquearse contra el propio texto. Torturarlo así me daría pena, ya no podría seguir. Yo tengo muchos arrepentimientos, no paro de hacerme preguntas en todas las encrucijadas. Pese a todo, me obligo a seguir adelante. Hago una página en una mañana, la hago diez veces. Como digo, la décima vez la paso al ordenador. Entonces es intangible. Puedo aún corregir un adjetivo o dos en el ordenador, pero al día siguiente me pongo a redactar “ lo de después” de esa página. No vuelvo a tocar ya la página anterior, es decir, que lo ya escrito es como si estuviera petrificado. Es mármol.”

 

 

(Imágenes—1- manuscrito de Watt , de Beckett/ 2-Jonathan Edwards)

LOS CUADERNOS DE PIERRE MICHON

 

 

“El cuaderno de notas para mí – confesaba Pierre Michon – lo es todo: es un cajón de sastre. Lo mismo hay en él notas orientativas, citas, fragmentos de cosas vistas o leídas que frases redactadas, cadencias, metáforas… Son ideas, pero que suelen limitarse en general a una palabra o a una simple expresion. Es un recordatorio, un conjunto de recursos de los que se deja constancia de forma nemotécnica. Tengo esos cuadernos al alcance de la mano cuando escribo y los hojeo con frecuencia mientras trabajo, y, al hojearlos, voy pescando en ellos lo que puede alimentar mi redacción. Es una reserva. Es eso que en los cuadernos de Flaubert se dice al principio “provisional”, pero con la diferencia de que para mí el cuaderno puede desempeñar también un papel de activación. Lo que anoto en el cuaderno durante el propio período de redacción puede servirme al día siguiente para volver a arrancar gracias a una acometida o a una idea que estaba allí sin saberlo.

 

 

Las hojas sueltas las pierdo. De hecho, lo de tomar notas puede ser completamente  ocasional: muchas veces tomo notas según se me ocurren, en donde sea, y a veces en hojas sueltas, pero me esfuerzo en pasarlas a un cuaderno para tener la seguridad de poder localizarlas llegado el momento. La fuerza del cuaderno reside en su estabilidad física. La posibilidad  de reunir en él cosas heterogéneas que tienden a un mismo proyecto (…) El cuaderno permite la salvaguarda material de las notas, el almacenamiento de ideas: es una zona activa (…) Hojear un cuaderno es consultarlo en desorden, dejar una oportunidad  a las interconexiones nuevas que surgirán de la consulta  de unas  cuantas páginas abiertas al azar. Voy al cuaderno para espigar cosas de inestimable valor para la escritura, pero como un inventor, como el que descubre tesoros, sin intentar conocer el inventario exacto de las riquezas que he depositado en él. Es algo así como una cueva de Alí Babá que la mayoría de las veces visito sin determinación alguna”.

 

 

(Imágenes- 1- Irene Nemirovsky /2- Brígida Baltar / 3- Alejandra Laviada)

ELOGIO DEL RETRATO

 

 

“Lo primero que voy a ver en un museo – confesaba el escritor francés Pierre Michon – son los retratos: esas simples miradas que llegan desde muy lejos, que nos atraen de entrada y nos hacen dejar de lado las obras pictóricas de grandes dimensiones, las escenificaciones. En el retrato hay una escenificación mínima, muy codificada, al pintor le queda muy poco margen, y allí está, una y otra vez si es un gran pintor, el milagro de la “presencia real”. Mis mayores emociones museísticas, esas en que participa todo, el intelecto, la sorpresa, el corazón, las que parecen revelaciones, siempre me han venido de retratos. Retratos sencillos, por lo general, de estructura límpida, pero con algo fatal en ellos: “El joven de los ojos glaucos”, de Tiziano, en el Palacio Pitti, sombrío y trunfante, como un usurpador de Shakespeare; en el Louvre, “La marquesa de la Solana”, de Goya, ese interminable estremecimiento de gris y de tonos rosas; en Montpellier, el “Baudelaire” de Courbet, que no se digna mirarnos; un noble de Pourbus el Viejo en Brujas, “La artesiana” de Van Gogh, por supuesto, y su factor Roulin; los príncioes isabelinos de Bronzino, y tantos hombres vivos y espectrales de Manet; Rembrandt en algún petrimetre olvidado; y tantísimos más de los que no me  acuerdo ahora.

 

 

Y claro, ese sobrecogimiento, ese efecto de una presencia humana brutal mezclada con el colmo del arte que me aporta el retrato pintado, he querido utilizarlo en literatura. Querría evocar hombres con ese efecto casi alucinatorio que es la fuerza de los grandes retratos. Lo que busco es un arte de la evocación, un arte de la aparición. Lo mismo que un pintor, es una imagen, una imagen de hombre, lo que quiero conseguir que aparezca”.

 

 

( Imágenes – 1- la arlesiana – Van Gogh/ 2- Baudelaire – por Courbet/ 3- el factor Roulin – Van Goh)

UN VERANO CON MONTAIGNE

 

”La lectura acompaña toda mi vida – decía Montaigne -, y me asiste por todas partes. Me consuela en la vejez y en la soledad. Me descarga del peso de una molesta ociosidad, y me libra, a cualquier hora, de las compañías que me fastidian. Sofoca las punzadas del dolor, cuando no es del todo extremo y dominante. Para distraerme de una imaginación importuna, no tengo más que recurrir a los libros; me desvían fácilmente en su dirección, y me la arrebatan. Y, además, no se rebelan por ver que no los busco sino a falta de los demás bienes, más reales, vivos y naturales. Me reciben siempre con el mismo semblante”.

 

 

En el verano de 2012 y a través de la emisora francesa France Inter, el escritor y profesor en el Collège de France y en la Universidad de Columbia, Antoine Compagnon, dedicó unos minutos cada día a hablar de Montaigne. El éxito de sus reflexiones se convertiría después en un libro, “Un verano con Montaigne” (Paidós), que pronto se transformó en una obra enormemente comentada y apreciada. Se unían, pues, el verano y la lectura, exactamente los ecos de la lectura de un clásico : “la gente – confesaba algo asombrado Compagnon –  estaría tumbada en la playa o tomando un aperitivo antes de comer, y oiría hablar de Montaigne por la radio.” Nunca es tarde para leer un clásico. Los veranos bien pudieran ser tiempos de reelectura. Veranos quizá con sorbos de Pascal, con máximas y consejos, con poemas casi olvidados y ahora recobrados, con pensamientos célebres. Montaigne lo demostró en su día a través de la radio, en medio de las playas y los campos, y abrió una caja de sorpresas.

”La lectura de todo buen libro –así lo recordaba Descartes– es como una conversación con los hombres que lo han escrito, lo más esclarecedor de los siglos pasados; una conversación selecta en la cual no nos descubren sino sus mejores pensamientos.”

 


 

(Imágenes -1- Ferdinando Scianna/ 2- foto Patrick Andrade – New York Times/ 3- Claude Monet – 1886)

LA PÁGINA EN BLANCO

 

“La página en blanco del escritor, o también su pantalla blanca, es un lugar común en la práctica literaria. E incluso puede quedar muy artística y más aún al día siguiente de un gran éxito. Recuerda a la depresión postparto, análoga a aquella de la madre al día siguiente del alumbramiento. Esto sirve para todos los creadores. Woody Allen, que había caído en depresión la única vez que le vi – recordaba Pierre Assouline -, había encontrado una solución que él había transformado en sistema : mientras montaba su nueva película, trabajaba ya escribiendo la siguiente. Así no existía ningún espacio en blanco en su vida cotidiana: ninguna respiración que pudiera favorecer el tener problemas. Los escritores deberían aprender de esto. Les haría economizar medicinas. Éste es por otra parte mi caso desde que tuve la ocasión de tener aquel encuentro en donde el cineasta me confesó su truco. Hay gentes para quienes las partes muertas son precisamente la muerte”.

(Imagen – bibliotheque tumblr 1)

ENAMORADOS DE LOS LIBROS

 

 

“Aquel que creía ser el autor de un libro cuando no era más que su personaje”.

 

 

”También ese otro que sacaba de los tribunales el tema de sus libros y que, al final, considerando decepcionante lo que leía  y por tanto escribía, asesinó a su portera en unas condiciones particularmente atroces, lo que le permitió durante los siguientes años de prisión componer su obra cumbre”.

 

 

”Aquel otro que estuvo esperando en una habitación durante veintitrés años a que algún tema de novela viniera a visitarlo, cosa que no ocurrió nunca, salvo una vez , durante el sexto año, en un brumoso día de noviembre, poco después de las tres de la tarde, cuando había salido de la habitación unos minutos para ir al servicio, pero claro, a su regreso no se dio cuenta  de nada y ya era demasiado tarde, pues en casos así siempre es demasiado tarde”.

 

 

”Aquel, muy viejo, que se vio distinguido con el Premio Nobel de Literatura, pero a quien no se pidió que asistiera a la ceremonia de Estocolmo porque en la residencia de ancianos en la que llevaba ya varios años no conseguía distinguir una manzana de unos andadores, trataba de comerse los unos y apoyarse en la otra, y había olvidado por completo que hubiese dedicado su vida a la poesía”.

 

 

”Ese que todavía no ha escrito, que no sabe que algún día escribirá y que vive feliz y ligero, en la ignorancia del asunto, sin disfrutar siquiera del hecho de no ser todavía escritor, sin darse cuenta siquiera de la suerte que tiene de no serlo”.

 

 

”Aquel que afilaba sin cesar sus lápices con un cortaplumas mientras le iban viniendo las ideas, pues las ideas tan sólo le venían durante aquellas sesiones en las que afilaba lápices, pero cuando se decidía a poner por escrito todo lo que se le había ocurrido, ya no le quedaban lápices para escribir, y de este modo hizo rico al dueño de la papelería, pero ningún librero conoció jamás su nombre”.

Philippe Claudel – “Sobre algunos enamorados de los libros” (Minúscula)

 

 

( Imágenes- 1-Alexander Calder/ 2-Auguste Macke- 1910/ 3 – Francis Picabia/ 4-Jerzy Grabowski-1999/ 5-Karl Gestner/ 6-Rachel Davis-hartman- fineart/ 7- Turner- 1824)

UNA CENA AZUL

 

 

“A partir de 1980 se publicaron numerosos libros que proponían menús a las amas ( o amos) de casa que deseaban organizar cierto tipo de comidas. Todos estos libros se copian entre sí y destacan inevitablemente la dificultad que encuentra uno para montar una cena azul –  así lo constata Michel Pastoureau en “Los colores de nuestros recuerdos” -. La naturaleza nos abastece de pocos productos comestibles que posean verdaderamente ese color. Violeta, sí; negro, también; rojo, aún más. Pero ¿azules? Así pues, hay que hacer trampa y recurrir a los nombres de alimentos o de las recetas más que su verdadera coloración: trucha au bleu, queso azul… También se pueden teñir de azul los alimentos blancos (arroz, pasta, huevos duros, apio blanco, endivias, pescados) con azul de metileno, producto no tóxico que usaban antaño y que hoy día se usa para teñir el agua de los acuarios: el matiz obtenido resulta seductor e inesperado en el plato. Si no, sin recurrir a un producto tan artificial, se puede teñir de diferentes colores recurriendo a productos alimenticios. La cáscara de la cebolla da de este modo tonos beis o marrón claro; las espinacas, el jugo de puerro, el pistacho y algunas hierbas, unos verdes muy bonitos; el azafrán unos amarillos intensos; el agua de cocer las alcachofas, un magnífico verde azulado; la tinta de sepia, un negro profundo. En cuanto a los rojos, los rosas y los violetas, hay donde elegir: remolacha, col lombarda, grosella negra, moras, arándanos…

 

 

Sin usar siquiera colorantes naturales, concebir un menú monocromático no plantea ningún problema fuera de la gama de azules. Por ejemplo, el Rojo: remolacha, filete de atún rojo, alubias rojas, fresas. Zanahoria: zanahorias ralladas, puré de calabaza, ensalada de naranja. El Blanco : ensalada de endivias, filete de bacalao, arroz, queso blanco. El Verde: ensalada de pepino, tortellini al pesto, lechuga, flan de pistacho. El Marrón: ensalada de lentejas, carne de ternera a la plancha, puré de castañas, mus de chocolate. El Negro : paté de aceitunas negras, risotto con tinta de sepia.

La moda de los banquetes monocromáticos no tenía nada de original. Ya existía en los años cincuenta y conoció su momento de gloria incluso antes, en los años diez o veinte, bajo la influencia de lis artistas futuristas. El banquete monocromático iba entonces de la mano de la exaltación de la modernidad. Si nos remontamos a épocas más antiguas, nos encontramos con antepasados de tales cenas en varios festines de finales de la Edad Media – alimentos teñidos del color de los escudos de armas o de la librea del príncipe – y si vamos aún más atrás, en la gastronomía romana de la época imperial”.

 

 

(Imágenes.- 1-Mark Rothko – 1956/ 2- Mark Rothko/ 3-  Adam Fuss – 1991)

CONTEMPLAR LA NATURALEZA

 

 

“Cada día, durante dos, tres o cuatro semanas, me siento delante del mismo paisaje – cuenta Marcel Bénabou enPor qué no he escrito ninguno de mis libros” -:  las pendientes secas de los Prealpes, los bosques del valle del río Chevreuse aún cubiertos por la niebla, las laderas peladas del Ventoux, o bien el árbol solitario del jardín de Vert, cuyo tronco muerto se ha vuelto casi invisible, debido a la  tupida y encarnizada profusión de la hiedra que lo atenaza y lo invade todo. Yo, que en mucho tiempo nunca había tenido la ocurrencia de mirar de verdad la naturaleza, voy iniciándome poco a poco en la contemplación minuciosa. Aprendo a distinguir las diferencias entre los grises y los ocres de los peñascos, entre las múltiples variedades de verde. Sé seguir, y hasta prever, el desplazamiento de las masas de sombra y de luz según los momentos del día: por aquí, el sol va a hacer surgir una larga tira de agua entre dos orillas desiertas, allá tan sólo una hilera de chopos, algo más lejos unas cuantas casas viejas separadas por jardines, setos de madreselva, de jazmín o de clemátides. Me he prohibido a mí mismo cualquier otro solaz o esparcimiento: ni cigarrillos, ni alcohol, ni periódicos ni música penetran en esta habitación de austera ambientación. Los techos carecen de molduras, las paredes están sin empapelar, ni siquiera hay una fisura que alegre la vista. Pero si el paisaje que tengo delante de los ojos se modifica sin cesar, la cuartilla de papel blanco que tengo ante mí no cambia como quien dice en absoluto”.

 

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(Imagénes-1-  Eyvind Earle- 1976/2.- Edward Steichen– 1899)

HITLER E INTERNET

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“¿Por qué se escribe? Yo imagino – dijo en un discurso Jean- Marie Le Clezio – que cada uno tiene su respuesta a esta simple cuestión. Están las predisposiciones, el ambiente, las circunstancias. También las incapacidades. Si se escribe quiere decir que no se actúa. Que se encuentra uno en dificultades ante la realidad. que se ha escogido otro medio de relación, otra forma de comunicar, una distancia, un tiempo de reflexión (…) La literatura está hecha de lenguaje. Es el primer sentido de la palabra. La cultura a escala mundial es nuestra tarea. Pero ella es sobre todo la responsabilidad de los lectores, es decir, de los editores. Vivimos al parecer en la era de Internet y de la comunicación virtual. Si hubiera existido Internet es muy posible que Hitler no hubiera podido lograr su mafioso complot”.

(Imagen.-Le Clezio- Wikipedia)

CUADERNOS Y LIBERTAD

escribir-ffvvy-cuadernos- Arnaud Maggs- mil novecientos noventa y siete   “Yo he escrito mis primeras palabras ante un muro, a los diecinueve años, en una prisión militar. Estaba sentado sobre el cemento helado de una celda y trazaba mis primeras palabras en un cuaderno, parecido a otro que reposaba en un taburete.

Había tres cosas en aquella celda, un taburete, una plancha apoyada en un muro para dormir y un orinal que yo iba a vaciar cada mañana al final del patio y del paseo.

Seis meses en aquella fortaleza. Yo escribía la palabra árbol y veía el árbol, escribía la palabra viento y sentía el viento, la palabra luz hacía entrar en el cielo puntos de humedad. Y los caminos rojizos de Provenza se abrían ante mis ojos desde el momento en que la tinta sobre la página dibujaban la huida. Yo me he evadido durante seis meses por un camino de palabras. Tomaba mi pluma y el mundo entero entraba en ella. Nunca me he sentido solo tras los altos muros de aquella fortaleza, abría mi cuaderno y lo veía todo.

Yo tengo siempre un cuaderno a mi lado. Hace cuarenta años que compro cuadernos de finas líneas rojas, violetas y azules. Pocas veces tomo el tren y aún menos el avión, entro en mis cuadernos como se empuja la verja de un parque, de un territorio mágico. Son ruidosos los arboles, el viento, las ciudades y la luz. Cada página es ruidosa como una estación o como un puerto. Cuando me despierto por la noche, no enciendo, no me muevo, escribo bajo mis párpados, dibujo palabras de luz sobre la página oscura del insomnio”.

René Frégni

 

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(Imágenes.- 1.-Arnaud Maggs– 1997/ 2.- cuaderno de notas de Samuel Beckett)

MUSULMANES Y LITERATURA

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“Hablando de la comunidad musulmana… – le confesaba Salman Rusdhie a Juan Ramón Iborra en 1999 -Debo decir que una de las cosas a las que me he dedicado en los últimos dos meses ha sido a realizar muchas lecturas públicas (…) Y una de las cosas que más placer me ha proporcionado de estos actos, ha sido observar la cantidad de personas de origen indio que acuden entre el público. Y también, cuando la gente se me acercaba para que firmase uno de mis libros, la cantidad de nombres musulmanes que había. Eso me demuestra algo que siempre he sentido y que creía que había que demostrar públicamente: que no era cierto que, de pronto, todo el mundo musulmán me rechazó (…) Si se fija en los ataques que han surgido del mundo islámico contra los escritores en los últimos años, no sólo en Irán sino también en Egipto, Argelia, Turquía, en todas partes, Pakistán, Bangladesh, siempre se les acusa de lo mismo: de insultar al islam. Todos los escritores que han sido atacados por un Estado o por cualquier grupo de fundamentalistas son acusados de insultar al islam. Es la acusación estándar. De ahí que rechace esa acusación, por mi parte y por la de todos los demás, porque simplemente se reduce a una forma de decir: “Cárgate a ése”.

 

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Un año antes, en 1998 -también en declaraciones a Iborra -, decía Kenizé  Mourad : “Yo me dedico ahora principalmente a  Oriente Medio, a esos países musulmanes donde se han cometido tantos errores, donde hay tantos grupos extremistas, abominables, que lo hacen todo mal. Pero lo terrible es que se suele confundir a esos extremistas musulmanes con los musulmanes en general y con los pobladores de esos países. Y en lugar de ayudar a los moderados, los confundimos con los otros. Decimos : “¡ Están todos locos, todos unos destructores, unos fanáticos!”.

(Imágenes.-1.-Salman Rushdie.-galleryhipcon/ 2.-Kenizé Mourad- revistaenie. clarin)

PATRICK MODIANO

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“Mis textos dan la impresión- contestaba Patrick Modiano en 2009 a Maryline Heck -de un caleidoscopio, con las figuras que siempre reaparecen… Tengo la impresión, con cada libro, de desembarazarme de alguna cosa, de apartar alguna cosa para tener el campo libre, para escribir en fin lo que yo querría realmente. Pero esto no llega. Es una especia de huida hacia delante que no acaba nunca. Algo ha cambiado: que al principio era algo axifisiante escribir. No conseguía encontrar espacios blancos. No existían espacios, porque no existía respiración. Me encontraba en una tensión continua, bastante penosa. Esto me obligaba a escribir libros breves, pues era difícil mantenerme largo tiempo. Era atribuible a la edad. Es un tributo a la edad siempre que se escribe.

 

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Yo escribo todos los días. Como el hecho de escribir no me es nada agradable, intento desembarazarme de ello lo más rápidamente posible. Pero escribo todos los días, si no pierdo el hilo. Si yo dejara de escribir un día o dos, seguramente abandonaría. Es necesario adaptarse a normas precisas, si no todo desaparece. En cambio, yo no consigo escribir durante largo tiempo. Me fascina escuchar que otros escritores son capaces de escribir seis horas seguidas… Yo soy incapaz. Pienso durante toda la jornada, pero el momento de escribir dura apenas una hora. Me hace pensar en ciertos cirujanos que se obligan a hacer las cosas rápidamente, si no sus manos tiemblan.

 

PATRICK MODIANO : "ECRIRE, C'EST COMME CONDUIRE DANS LE BROUILLARD".

 

Yo escribo al principio un primer manuscrito, y viene enseguida esa fase de corrección que es bastante interminable, que dura siempre más tiempo que la redacción misma. Son correcciones de detalles, cosas que se suprimen, cambio de palabras, algo que no acaba nunca. A eso puedo dedicarle a veces ocho horas. Escribo siempre a mano, no uso el ordenador. Lo siento, ahora es demasiado tarde para aprender.”

(En el día en que conceden a Patrick Modiano el Premio Nobel de Literatura)

(Imágenes.-1.-parismatch/ 2.-francevuepar. fill.fr/3.-lefigaro)