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Posts Tagged ‘escritores franceses del siglo XVll’

 

 

“Quienes han querido describirnos el amor y sus caprichos – dice La Rochefoucauld – lo han comparado tantas veces con el mar que resulta difícil añadir algo a lo ya dicho. Nos han dado a conocer que tanto el uno como el otro son igualmente inconstantes e infieles, que sus bienes y sus males son innumerables, que las más afortunadas navegaciones se hallan expuestas a mil peligros, que las tempestades y escollos son siempre de temer y que incluso se puede naufragar llegado al puerto. Pero al expresarnos tantas esperanzas y tantos temores, no nos han mostrado lo bastante, me parece, la relación existente entre un amor ya gastado, lánguido y cerca de su fin, y esas prolongadas bonanzas, esa aburrida calma que encontramos bajo la línea : estamos cansados de un largo viaje, deseamos que se acabe; vemos tierra pero nos falta el viento para llegar a ella: nos vemos expuestos a los reveses estacionales; las enfermedades y la languidez nos impiden actuar; faltan el agua y los víveres, o cambian de gusto; recurrimos inútilmente a socorros ajenos; tratamos de pescar, cogemos algún que otro pez sin sentir por ello ningún alivio, ni sentirnos más alimentados; nos cansa todo lo que vemos, continuamos dándole vueltas a los mismos pensamientos, y seguimos aburridos; vivimos todavía y nos cuesta vivir; esperamos a tener algún deseo para salir de ese estado de languidez y apatía, pero los deseos que se nos ocurren son débiles e inútiles”.

 

 

(Imágenes-1-Floriana Barbu/ 2- Ryan McGinley-imagery our world)

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” Entre todas las diversas expresiones que pueden traducir uno solo de nuestros pensamientos – recuerda La Bruyere en susCaracteres”- , no hay más que una que sea la buena. No siempre la encontramos al hablar o escribir, y no obstante, es indudable que existe, que cualquiera otra es floja y no satisface a un hombre inteligente que quiere hacerse comprender.

Un autor bueno y que escribe cuidadosamente suele comprobar que la expresión que él buscaba desde hacía tiempo sin encontrarla, y que, al fin, ha encontrado era la más sencilla, la más natural, la que debía haber surgido la primera y sin esfuerzo.

Los que escriben caprichosamente se ven obligados a retocar sus obras; como el capricho no es siempre fijo y varía en ellos según las ocasiones, se desencariñan pronto de las expresiones que más amaron”.

(…)

“Todo escritor, para escribir con claridad debe ponerse en el lugar de los lectores, examinar su propia obra como algo nuevo para el que lo lee por vez primera, en la que no tiene nada que ver y que hubiera sido sometido a su crítica por el autor, y además convencerse de que no le entienden a uno porque uno mismo se entienda, sino porque, en efecto, se es inteligible”.

(…)

“La misma exactitud inteligente que nos lleva a escribir cosas buenas nos hace temer que no lo sean bastante para merecer el ser leídas.

Un talento mediocre cree escribir divinamente; un talento sólido cree escribir razonablemente”.

 

 

En el terreno de las letras hispanas, y para evocar la claridad y la precisión, hay que recordar las palabras de Pla en uno de sus Dietarios: “el adjetivo debe ser, ante todo, inteligible y claro, y luego, si es posible, preciso. A veces el adjetivo surge enseguida; a veces, con mucha más calma ; a menudo, nunca. El adjetivo nunca puede ser excesivamente vulgar – en este punto el lenguaje del pueblo es fuente de muchos errores -, ni puede ser excesivamente erudito y difícil de comprender. Tiene que ser preciso y, si es posible, gracioso. A mi entender, este es el gran problema de la literatura : la adjetivación. En poesía y en prosa.

Hay que escribir con libertad, con gusto, con placer, pero con la máxima observación posible”.

 

 

(Imágenes – 1- foto – : Kevin van Aelst – The New York Times/ 2- bibliotheque tumblr/ 3- página del Diario de Katherine Mansfiel del 6 de septiembre de 1911)

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“El motivo de que haya tan pocas personas que resulten agradables en la conversación – leo en lasMáximas morales” de La Rochefoucauld – es que cada cual piensa más en lo que quiere decir que en lo que están diciendo los demás. Hay que  escuchar a los que hablan, si se quiere ser escuchado; hay que dejarles en libertad de hacerse oír y hasta de decir cosas inútiles. En lugar de contradecirles o interrumpirles, como suele hacerse, debemos al contrario, tomar parte en sus ideas y gustos, mostrarles que los escuchamos, hablarles de cosas que les atañen, alabar lo que dicen si lo merece y demostrarles que los alabamos más por convicción que por amabilidad. Hay que evitar discusiones sobre cosas indiferentes, hacer pocas preguntas inútiles y no dar a entender nunca que pretendemos tener màs razón que los demás, así como cederles de buen grado el privilegio de tomar una decisión.

Se deben decir cosas naturales, fáciles y más o menos serias, según el humor y la inclinación de las personas con quienes se conversa; no acosarlas para que aprueben lo que decimos, ni siquiera para que nos contesten. Cuando se han satisfecho de esta suerte los deberes de cortesía, pueden exponerse los propios sentimientos sin prevención ni tozudez, dando a entender que tratamos de apoyarlos con la opinión de aquellos que nos escuchan.

 

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Hay que evitar hablar mucho de sí mismo y ponerse a menudo como ejemplo. Nunca será excesivo el interés que pongamos en conocer la inclinación y alcances de aquellos con quienes hablamos, para unirnos a la opinión del que más talento tiene y añadir nuestras ideas a las suyas dándole a entender, en lo posible, que  las tomamos de él. Es de gran habilidad no agotar los temas que se tratan y dejar para los demás algo que pensar y que decir.

Nunca se debe hablar con aire de autoridad, ni utilizar palabras o términos exagerados. Podemos mantener nuestras opiniones cuando éstas son razonables, pero aunque las mantengamos nunca debemos herir los sentimientos de los demàs, ni dar la impresión de que nos escandalizamos de lo que dicen. Es peligroso querer adueñarse siempre de la conversación y hablar con excesiva frecuencia de una misma cosa. Se deben aceptar indiferentemente todos los temas agradables que se presenten y no mostrar jamás que queremos llevar la conversación hacia aquello de lo que nos interesa hablar”.

 

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(Imágenes-1-´René Magritte- 1963/ 2.- Pierre Bonnard- 1915/ 3.-Auguste Chabaud- 1908)

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“La constancia en el amor es una inconstancia perpetua, que hace a nuestro corazón adherirse sucesivamente a todas las calidades de la persona amada, dando la preferencia ya a una y ya a otra; de modo que esta constancia no es más que una inconstancia circunscrita y encerrada en un mismo sujeto.

Dos clases de constancia hay en el amor; una proviene de encontrar continuamente en el objeto amado nuevos motivos de amarle, y la otra de hacer punto de honor la misma constancia”.

Francois de La Rochefoucauld-  Máximas”

(Imagen: Andrew Newman)

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