“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”: MEMORIAS (45): LOS MENDIGOS FINGIDOS

 

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS  (45):   Los mendigos fingidos

 

 

Al salir de El Comercial, creo que ya serían las cuatro o cuatro y cuarto de la tarde, no lo recuerdo con exactitud, giré hacia la izquierda, disfruté una vez más del magnifico color de Madrid reflejado a aquella hora en las hojas de los árboles y en los brillantes espejos de los comercios, y comencé a andar despacio y sin rumbo fijo, tal como solía hacerlo algunos sábados por la mañana muchas veces acompañado de mi mujer, pero esta vez caminando solo y sumido en varios pensamientos por aquella larga calle de Fuencarral de tanta historia. Porque lo que estaba haciendo ahora casi sin darme cuenta era de algún modo recorrer aquella calle al revés, es decir, no comenzando por sus inicios, puesto que ellos quedaban ya señalados en la Gran Vía, sino empezar mi paseo casi por su final, final que estaba muy cercano a la glorieta de Quevedo, ya que la calle de Fuencarral, según viejos documentos que alguna vez me habían servido de informacion y también de entretenimiento, se alargaba en tiempos hasta el pueblo cercano de Fuencarral, allí donde habitaban los monteros de los Reyes de Castilla, y precisamente del nombre de aquel pueblo había tomado su nombre esta calle. Aparecían, pues, los antecedentes de la calle de Fuencarral en la Historia muy perdidos en la lejanía como un paisaje poblado de encinas y repleto de caza mayor, espacio abierto a gamos y jabalíes, muchos años antes de que fueran tallados aquellos bosques y muchos años antes también de que en tiempos de Felipe ll se cortaran los montes y ya en época de Felipe lll el amplio camino rural y vecinal se transformara, casi de modo espontáneo, en primitiva calle. Por cierto que caminando por aquel inicio de proyecto de calle y en dirección a Madrid había entrado en 1612, todo un cortejo: nada menos que el embajador de Francia, Conde de Umena, precedido, según contaban las crónicas, de 136 acémilas, 50 con fardos de mercancías francesas, y las restantes, con los aderezos de cocina y casa, yendo detrás la recámara del conde, luego los oficiales, mayordomos y criados de dos en dos, y al final, los gentileshombres, 30 pajes y los caballeros que traía consigo. Toda una procesión para Fuencarral.

Comencé a andar sin ninguna prisa por la acera de la izquierda de la calle, pasé despacio por delante de una farmacia abierta día y noche y que yo conocía muy bien puesto que entraba en el camino habitual de mis paseos por el barrio, dejé a mi izquierda la calle de Apodaca y luego la de Barceló, como también los jardines que se prolongaban hasta el vecino y nuevo mercado, y en determinado momento, unos pasos más adelante, quise detenerme ante la imponente fachada del Museo de Historia de Madrid, antiguo Hospicio de San Fernando. El sol a esa hora de la tarde estaba cayendo sobre las molduras, los escudos, los paños plegados, los jarrones y las flores de la exuberante puerta que yo ahora contemplaba: la obra de Pedro de Ribera enormemente barroca, para unos admirable y por otros muy criticada. Siempre había pasado deprisa ante aquel edificio y hasta entonces nunca había dedicado tiempo a observar con atención las conchas, las volutas y pilastras, los arcos y las colgaduras de aquella fachada, y por tanto aproveché ese momento para sentarme en un banco delante de la portada y allí me quedé mirando durante un largo rato los grandes ventanales enrejados, guarnecidos con profusión enorme, así como los torreones que escoltaban la hornacina con la imagen central de San Fernando. Aquello había sido, mucho antes que Museo, así lo recordaba yo por lecturas, Hospicio importante y espacioso, llamado de los Pobres del Ave María, fundado por doña Mariana de Austria en 1668, situado primero en la calle de Santa Isabel y trasladado unos años después, en 1674, a la calle de Fuencarral, y por allí habían pasado en sus inicios casi cuatrocientos pobres a los que muchos de ellos solían llevar vestidos con un paño pardo, destacando en el pecho una lámina de bronce con la cruz trinitaria triangulada y una inscripción que decía “Ave María” y presentando al lado derecho las armas reales y al izquierdo las armas de Madrid. Muchos de esos pobres quedaban asignados para desempeñar ocupaciones diversas, tales como fabricación de linos y paños, puntos y tejidos de lana, bordados e hilados, tapicería, carpintería, calderería o sastrería, y un siglo después esos pobres y mendigos alcanzaban la cifra de ochocientos y ya en el reinado de Carlos lll sumaban más de dos mil. Pensé entonces, sentado en aquel banco ante la fachada del antiguo Hospicio, en toda la muchedumbre de mendigos, unos auténticos y muchos de ellos falsos, que seguían invadiendo ahora la vida de Madrid en el siglo XXl con motivo de algunas migraciones provenientes del centro de Europa y por otras muchas causas, y que igualmente habían existido en muchas ciudades españolas a lo largo de siglos, como así lo relataban no sólo historiadores sino importantes autores de la picaresca. Y recordé igualmente cómo una tarde de hacía años, trabajando en uno de los pupitres de la Biblioteca Nacional, seguramente en la Sala General que era donde yo entonces escribía, me topé casi por casualidad con un curioso Discurso de un médico y capitán de galeras, cuyo nombre ahora no lograba recordar con precisión, en el que defendía ya en el siglo XVl el amparo de los legítimos mendigos y también la reducción de los fingidos. Porque los fingidos siempre habían existido en España. Cervantes en una de sus novelas cortas describía por ejemplo cómo los falsos mendigos conocían oraciones dedicadas a todos los santos que podían recitar si se les pagaba por adelantado y Mateo Alemán en su “Guzmán de Alfarache” contaba tretas, gestos y voces adecuados que presentaban según los sitios y las horas, e incluso se atrevía a distinguir las diversas naciones según la manera de pedir que las gentes tenían: los mendigos alemanes, decía, cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los gitanos importunando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas y los castellanos respondones.

José Julio  Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

 

(Conrinuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (44): CALLE DE FUENCARRAL Y “EL CAFÉ COMERCIAL”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS :  (44) : Calle de Fuencarral y el  “Café Comercial”

 

 

 

30 junio

 

No sé por qué me fui dando cuenta una de esas tardes en las que no vino a verme la periodista que de algún modo debía de ir clausurando aquellas entrevistas que nos habían ocupado a los dos durante varios meses, y lo sentía, porque a su manera aquella joven profesional, tan atenta y precisa en sus preguntas, me había ayudado a recobrar personajes y a revivir situaciones, pero pensé que en líneas generales ya estaba todo dicho, o al menos casi todo de lo que yo en el fondo quería decir, y muchos aspectos de mi vida no había por qué forzarlos más. Así que aproveché una de aquellas tardes, creo que fue la tarde del 21 de junio – era el primer día de verano y era primera hora, una tarde hermosa, llena de los colores de Madrid – y me envolví en mis recuerdos como suelo hacer algunas veces, y salimos los dos, mis recuerdos y yo, del portal de mi casa en la calle Jerónimo de la Quintana hacia las tres o tres y media para doblar a la izquierda y entrar enseguida en la calle de Fuencarral camino de la glorieta de Bilbao. Allí muy pronto mis recuerdos me detuvieron. Me encontraba frente por frente a la fachada del Café Comercial, exactamente en la esquina donde comenzaba la calle de Carranza, y podía ver al otro lado de la glorieta dibujada en forma de estrella los toldos y los amplios ventanales del Café, uno de los célebres lugares de tertulias literarias madrileñas en épocas pasadas, ahora remozado al haber cambiado de dueño, pero que había perdido bastante el encanto de tiempos anteriores, cuando presumía por ejemplo de sus divanes de peluche, sus grandes espejos, su escalera de caracol o las partidas de ajedrez junto al ventanal. De pie en la sombra de uno de los portales del gran edificio de Seguros Ocaso situado frente al Café, allí estuve bastante tiempo dudando si cruzar o no hasta el Comercial y recuerdo que allí precisamente, como así me había sucedido en otras ocasiones puesto que el lugar siempre me atraía, estuve evocando casi sin querer lecturas de otros tiempos en torno a aquel punto concreto, sobre todo la referencia que el historiador León Pinelo en sus “Anales de Madrid” contaba sobre lo ocurrido en ese sitio el día de San Lorenzo de 1640, a las diez de la mañana, cuando al volar por los aires la casa de la pólvora de la entonces Corte toda la gigantesca explosión afectó a los llamados pozos de la nieve, situados no muy lejos de la esquina donde yo en esos momentos me encontraba. Unos años después, en el famoso “Plano de Texeira” de 1656, aparecían perfectamente señalados aquellos pozos de la nieve que siempre me habían intrigado, unos pozos surgidos del monopolio que el catalán Pablo Xarquíes había conseguido para la distribución de la nieve en Madrid, y gracias a los cuales el Rey y los ciudadanos podían abastecerse. Aquel célebre Plano de Texeira yo lo conocía a través de distintas reproducciones y en muchas ocasiones me había inclinado sobre él y sobre sus veinte hojas y, con ayuda de una lupa, había descubierto y agrandado el dibujo de huertas, caminos, fuentes, calles y jardines, además, naturalmente, de los que señalaban los agrupados edificios de aquel Madrid del siglo XVll que entonces medía tres kilómetros de norte a sur y dos de este a oeste, sin contar el Retiro. Había momentos, lo recordaba perfectamente, en que habiéndome tropezado en el plano con dos hojas casi pegadas, los contornos aparecían difuminados y poco nítidos en razón de la poca calidad del dibujo, pero en general el plano podía contemplarse bien y era un auténtico placer poder viajar y perderse de forma única por aquel Madrid de otro tiempo que siempre me había interesado. Es así como había descubierto en el plano, entre otras cosas, aquellos pozos de la nieve que, según informaciones y lecturas posteriores, se utilizaban para la conservación de alimentos y medicinas, así como para enfriar bebidas, costumbre mantenida en la Edad Media gracias a las comunidades árabe y judía. La nieve, pues, la traían los neveros desde la sierra del Guadarrama, y los edificios para conservarla solían ser alargados con tejados a dos aguas, una puerta y una ventana, y en su interior se encontraban los pozos separados y aislados por tabiques, sin ventilación ni comunicación para que se mantuviera el frío. Estuve allí aún un largo rato, en la esquina de Carranza con la glorieta de Bilbao, pensando en aquellos sorprendentes pozos de la nieve de hacía varios siglos, y una vez más, como le había hecho ver en varias ocasiones a la periodista y yo también me lo había dicho a mí mismo, el Madrid antiquísimo se había ido superponiendo igual que si fuera una capa misteriosa sobre el Madrid actual, o quizás al revés, no lo sabría decir, pero lo cierto era que el pasado de la ciudad volvía de nuevo a mi memoria como me había ocurrido tantas veces y como también, por ejemplo, había querido cubrir en su momento el pasado de Roma sobre la Roma presente, al recordar aquellas conversaciones de hacía años con Jean D’ Hospital, mostrándome los tiempos antiguos del Foro, con sus enormes bueyes bamboleantes caminando entre las ruinas famosas. Pero no quise seguir demasiado con aquellos pensamientos que tampoco sabía si me llevaban a alguna parte y al fin me decidí a cruzar la calle y entrar a tomar un café en El Comercial. Nada más empujar las grandes puertas giratorias de la entrada descubrí a la izquierda, tras el mostrador, los dos grandes salones ahora remozados y decorados de un modo distinto al que yo estaba acostumbrado, con una sucesión de columnas, espejos y lámparas iluminando algunos manteles blancos que sin duda invitaban a largas sobremesas, y en torno a ellos una serie de pequeñas reuniones muy variadas que de algún modo podían calificarse de espontáneas tertulias. Recordé, mientras preparaban mi café en el mostrador y contemplaba al fondo aquellos salones en la primera luz de la tarde del reciente verano y observaba intrigado unas piezas de fruta artificial colocadas junto a los ventanales, las célebres tertulias, muchas veces nocturnas, celebradas en El Comercial durante años y a las que habían acudido dibujantes, cineastas, periodistas, novelistas y poetas. Muchos de ellos venían en cierto modo voluntariamente expulsados del Café Gijón, y alguno incluso proveniente del Europeo, el café que habían frecuentado muchos años antes los hermanos Machado, o el de de Platerías, todos de épocas más antiguas, y enseguida me vino a la memoria la figura de Ignacio Aldecoa, un asiduo del Comercial, un gran cuentista de trazo realista y estilo muy trabajado y pulido, con quien yo había charlado en 1966, tres años antes de su muerte. Recordaba cómo en su domicilio madrileño, Aldecoa, mientras deambulaba por aquel cuarto de trabajo su amable e inteligente mujer, Josefina, también novelista, me había confesado que el estilo, para él, era un anhelo o deseo de precisión por medio del vocabulario y de cómo el idioma no era sólo un principio estético, sino un instrumento y un vehículo (y en eso sí me había insistido varias veces) de alta precisión. Aquella precisión, me dije ahora mientras seguía en el mostrador del Comercial tomando mi café, intentaba fijarse sobre la palabra escrita, pero en cambio la palabra hablada, aquella de Aldecoa y también la repartida por todos los demás contertulios en cualquier café del mundo, se expandía y se perdía lógicamente por los aires, era una palabra gaseosa y viajera, trenzada frecuentemente de ocurrencias y observaciones, en ocasiones algo ayudada por el vino y el humor, y pensé casi inmediatamente en muchos cafés célebres de distintas ciudades y en el universo casi infinito de palabras que habían ido girando en torno a sus mesas y a sus tazas pero también pensé en sus silencios, y no sé por qué, en ese preciso momento, quizá por una extraña asociación de ideas ante el decorado que estaba contemplando al fondo, me acordé de los silencios que yo había sentido, asumiéndolos casi de un modo sagrado, en el famoso Caffé Grecco de Roma, una mañana de 1965, sentado en uno de aquellos rincones profundos del local, exquisitamente preparados gracias a la infinidad de cuadros de todos los tamaños, verdaderas obras de arte en cuanto a paisajes y retratos, muchos de ellos acompañados de históricas dedicatorias que cubrían casi absolutamente todas las paredes del café romano, gracias también a sus pequeños y redondos veladores y a sus sillas y diminutos divanes tapizados en elegante color rojo, y desde los que uno podía imaginar que escuchaba y así al menos lo hice yo aquella mañana cerrando los ojos, las palabras y los silencios de Gógol y de D’ Annunzio, de Listz y de Berlioz, de Goethe, de Mendelsson, de Byron y de tantos otros que a lo largo de los siglos habían pasado por aquel rincón. Allí, las palabras en el Caffe Grecco de via Condotti, abierto desde 1760, es decir, el más antiguo de Roma y el segundo más antiguo de Italia, superado sólo por el Caffé Florian de Venecia inaugurado cuarenta años antes, eran una muestra del poderoso ejercicio de reflexiones e interrupciones, de debates, opiniones y hallazgos que podía guardar cualquier café importante. Como también pensé en los silencios de otro café italiano, éste ya en el norte del país, en una ciudad fronteriza, celebrado y resucitado por Claudio Magris en su “Microcosmos”, el Caffé San Marcos de Trieste, al que habían acudido, entre otros, Joyce e Ítalo Svevo, y en la decoración de unas máscaras situadas en la altura de sus paredes, concebidas muy posiblemente por el pintor vagabundo Timmel, que brillaban encima de las numerosas mesas de ajedrez, asomándose sobre fruteros y botellas de champán y uniéndose a los dibujos relucientes de lámparas y medusas. En mi caso, a pesar de que en muy contadas ocasiones me había animado a participar en tertulias literarias, sin embargo siempre me había sentido intrigado ante el poderío que podía llegar a tener la palabra en aquellos locales cerrados y frecuentemente envueltos en humo en los que se hablaba y hablaba interminablemente, y tampoco me era difícil recordar cómo un día Valle-Inclán, tan aficionado siempre a todo tipo de cafés, había declarado con su peculiar acento y en un arrebato muy razonado, que el madrileño Café de Levante, situado en la calle del Arenal, con su abigarrado mundo de músicos, pintores, escultores, dibujantes, poetas y grabadores, había tenido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo, según él decía, que dos o tres Universidades y Academias.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (43) : LA BIBLIOTECA DEL PENSAMIENTO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (43) : La biblioteca del pensamiento

 

 

 

Hemos entrado, la periodista y yo, en este otro despacho que tengo, en el despacho del ensayo. Es más pequeño. Es otro mundo. Otro mundo distinto. Se advierte hasta en las estanterías, en cómo están colocados los libros; la periodista me lo ha hecho notar enseguida. Aquí apenas hay fotografías ni papeles recortados.

—¿También éste lo usa como “farmacia”…? – me ha preguntado al entrar, no sin cierto humor.

—No. Este despacho es otra cosa. Es un despacho de consulta. De consulta asidua. Aquí están, por ejemplo, mis amigos, los que me han ido formando y los que me siguen formando.

—¿Por ejemplo?

—Pues por ejemplo Montaigne, Pascal, Kenneth Clark, Steiner, Pietro Citati, ciertos libros de Ortega…

—Muchos no los conozco.

—Nos llevaría mucho tiempo hablar de ellos. Kenneth Clark, por ejemplo, es un gran historiador de arte británico, un excelente divulgador, que me ha enseñado el arte del paisaje o cómo valorar mejor una obra maestra. O Citati, un gran crítico italiano que me ha adentrado por muchos autores y muchas culturas. O Steiner, que me ha mostrado la importancia de la soledad, del silencio, la importancia de la música.

—¿Oye usted mucha música?

—No, no demasiada. Debería escuchar mucha más. No sé por qué me he inclinado más hacia la pintura.

—Veo que también a la poesía. Aquí hay varias estanterías dedicadas a la poesía.

—Si, la poesía es un hallazgo permanente. Una muestra de belleza sintetizada en la precisión. Muchas veces un regalo del lenguaje. Se aprende mucho leyendo poesía.

—¿Qué ha aprendido usted leyendo poesía?

—Pues las intuiciones condensadas en el lenguaje, la elección de las palabras, las expresiones absolutamente acertadas, asombrosas, inauditas. Pienso en Rilke, en Eliot, pero también entre los españoles en Ángel González, en Claudio Rodríguez, en Juan Ramón, en tantos otros…

—Y veo que también tiene aquí una balda entera dedicada a Cervantes…, ¿no ha querido colocarlo en el otro despacho, en el de la ficción?

—No. He preferido colocarlo aquí porque es uno de mis grandes amigos. Siempre me ha acompañado“El Quijote”. “El Quijote” y los estudios sobre “El Quijote”. Ellos me han enriquecido la vida continuamente. Es una enseñanza perpetua.

—¿Usted llega a las grandes obras a través de los estudios y los comentarios o las lee directamente, sin ayudarse de ningún comentario previo?

—Ambas cosas. Hay libros que son como montañas, que hay que ascender a ellas ayudándose, como usted dice, con especialistas, con investigadores. Pienso, por ejemplo, en “La divina Comedia”. Se leen partes de ella una primera vez directamente y luego se acude a un comentario; muchas cosas quedan iluminadas gracias a ese comentario certero – hay valiosísimos comentarios o estudios sobre Dante o sobre Shakespeare, por ejemplo – y entonces uno vuelve a leer, relee, vuelve a aprender.

—Repite usted con frecuencia esa palabra, “aprender”, le gusta, va con usted, ¿ siempre quiere aprender?

—Sí, es necesario aprender siempre, es algo capital, es de un enorme interés para enriquecer a la persona. La enriquece. Nunca se llega a aprender del todo. La vida es un aprendizaje. Pero los libros continuamente enseñan. Yo ignoro muchísimas cosas, pero intento mantener abierta la curiosidad, la curiosidad es esencial.

—La curiosidad es algo de lo que usted me hablaba el otro día al referirse al periodismo, algo que intentó también fomentar en sus alumnos…

—El periodismo ha cambiado mucho. Pero la curiosidad siempre será una de sus bases. Yo cuando daba clase les decía medio en broma a mis alumnos que me hubiera gustado examinarles en la puerta de la Facultad el primer día del primer año, antes de entrar, preguntándoles: “Usted, ¿por qué siente curiosidad? ¿qué le interesa? ¿qué le intriga?”. A más amplia curiosidad, mayores dotes para el periodismo. Pero también para la vida. Uno tiene que tener curiosidad por todo conforme se van cumpliendo años: estar al día. El mundo es muy cambiante y lo hace a toda velocidad. La curiosidad sana va hermanada con la juventud interior: interesarse, intrigarse ante lo desconocido. De alguna manera es lo que está usted haciendo, por ejemplo, con sus preguntas.

—Bueno, lo intento… Pero me gustaría hacerle ahora otra pregunta. Puesto que estamos en su despacho y a la vez hablamos de periodismo, de novela, de ensayo, de tantas otras cosas, ¿de qué forma se definiría usted? ¿Es más periodista, más escritor, más profesor…?

—Yo me considero más escritor y profesor. Mejor dichho, un mero artesano. Como escritor, un mero artesano. No hay que darle mayor importancia a ser escritor. No la tiene. Soy una persona que intenta trabajar con las ideas, con las palabras. Cada uno tiene en la vida unas aptitudes y yo creo que estoy más cerca de la creación y de la divulgación que de otra cosa. La divulgación está muy unida a la enseñanza y los treinta años que he dedicado a la enseñanza (y después, aprovechando las herramientas de internet, como ya le hablé), en el fondo lo que he hecho es divulgar algo de lo que sabía, intentar apasionar con un oficio pero también transmitir algunos saberes. Y a la vez, escribir, crear. Siempre que he tenido tiempo, y cuando no he tenido tiempo lo he buscado, me he dedicado a crear, a inventar historias, a desarrollarlas. Marañón se calificaba como un “trapero del tiempo”. Yo no sé si pudiera decir lo mismo, pero lo cierto es que en cualquier momento libre me he dedicado a anotar historias, a esbozarlas, eso que me gusta mucho en llamar “esbozos de esbozos”. Esos “esbozos de esbozos” que parecen nimiedades, meros borradores sin importancia, y con los que he llenado esos cuadernos azules pequeñitos que usted ha visto y otros blocs de notas muy numerosos que siempre me han acompañado, son los apuntes o esbozos que al final quedan, valen mucho, le mantienen a uno en tensión creadora, le suscitan ideas que casi son realidades, que son muchas veces definitivas realidades, algunas incluso son historias ya completas en sí mismas, otras habrá que trabajarlas mucho. Pero lo importante, como antes le decía, es aprender, leer, releer, anotar, escribir, mantener activas la imaginación y la memoria, no solamente para luchar contra el envejecimiento, sino porque uno está inclinado a eso, mejor o peor, uno está dotado para eso. Y por tanto hay que desarrollarlo.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (42): LA BIBLIOTECA DE LA FICCIÓN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (42):  La biblioteca de la ficción

 

 

 

20 junio

 

Esta tarde, al llegar la periodista, ha querido ver mi biblioteca. Me lo ha dicho con cierto pudor, pero yo creo que venía ya con esa intención. Y aunque siempre hemos mantenido las entrevistas en este despacho en el que trabajo y que está lleno de libros, la verdad es que es la primera vez que la he visto muy interesada en las estanterías y en los volúmenes. Miraba y remiraba todo con gran curiosidad. Hoy, al entrar, ni siquiera ha querido sentarse y enseguida me ha pedido que si no me importaba diéramos una vuelta por las estanterías.
—Hace unos días – me ha dicho – usted me enseñó el libro de Cela y de Picasso. ¿Por qué no me enseña más cosas?

 

Hemos recorrido sin prisas los dos cuartos que tengo, no son habitaciones muy grandes, tampoco se comunican entre sí aunque estén una al lado de la otra. Yo tuve desde el principio un despacho para trabajar pero al casarse mis hijos e irse de casa ya pude dedicar una habitación más para colocar otros libros. Uno de los cuartos está dedicado a la ficción y el otro al ensayo. Hemos empezado por el de la ficción.

—¿Sabe cuántos libros tiene aquí? – me ha preguntado.

—No, no lo sé. Ahora hay pocos. Pocos en relación con los que había antes. El año pasado hice una gran limpieza. Me ayudó muy eficazmente durante un mes un chico portugués que pasaba unas semanas en Madrid y me desprendí de muchos.

—Voy a hacerle una pregunta – me ha dicho sonriendo mientras se detenía ante uno de los estantes – que creo es la pregunta que sIempre suelen hacerse los profanos y que a lo mejor ya le han hecho alguna vez: ¿los ha leído todos?

—No, no todos. Algunos los he comprado para leerlos en su día, porque sé que me servirán. Muchos sí, los he leído y anotado. Están muy subrayados y anotados en los márgenes.

—¿Tiene usted alguna manía con los libros, algo muy personal?

—Bueno, no sé si será manía o simplemente costumbre. Durante años he escrito en la esquina de la primera página del libro, a la derecha, la ciudad donde lo compré y el año.

—¿Y ahora no lo hace?

—No, ya no lo hago pero recuerdo casi perfectamente dónde lo compré.

—¿Lee usted mucho? ¿Qué lee, por ejemplo, ahora, cuando está escribiendo un libro?

—Leo siempre, pero no demasiado mientras escribo un libro, como usted sabe que ahora estoy haciendo, porque procuro que no me influya ninguna lectura, pero sobre todo, en general, más que leer, releo bastante. En ficción, ahora que estamos en este cuarto dedicado a la ficción, le diré que desde hace años leo poca ficción, sobre todo ficción contemporánea; en ficción voy siempre a releer lo seguro, lo ya conocido, lo escogido por mí hace mucho tiempo. En el fondo, lo que hago es ir en busca del buen vino. Uno va conscientemente hasta esa botella antigua que se encuentra en una de estas estanterías de la biblioteca y que permanece aquí desde hace años, porque sé que, al abrirla, me encontraré con el estilo. El estilo, igual que el argumento, permanece dentro del libro, es la forma de contar las cosas. Para mí es muy importante el estilo, es decir, cómo se cuentan las cosas aún más que las cosas que se cuentan. En ficción las cosas que se cuentan fueron leídas y conocidas en su momento, y se diría que ya se dan por sabidas. Hay historias que podrían llamarse “inmortales’, pienso en “Guerra y paz”, y hay estilos que permanecen intactos, (naturalmente según los gustos) y pienso en Proust. La gente en general, ante las historias y los argumentos, dice como conclusión y en una rápida respuesta: “ ya lo he leído” o “ya lo he visto”, si es que hablan de cine. Dan el carpetazo definitivo. No es fácil que vuelvan a ese libro; sí quizás a esa película. Pero si vuelven lo que les atrae, además de revivir quizá la historia, es disfrutar de cómo ella está contada. Eso ocurre en cierto sentido ante una sinfonía o ante una pintura. Uno vuelve a paladear esa sinfonía que ha escuchado ya decenas de veces y vuelve a contemplar también el prodigio del cuadro ya contemplado porque lo que le atrae no es el argumento sino el color y las formas y las combinaciones que iluminan ese argumento. En el fondo lo que le está atrayendo es el estilo. Hay estilos que desaparecen, “ya no se escribe así”, se dice con toda razón ante una obra, y hay estilos que en su día fueron muy elogiados y hoy son apartados, pienso, por ejemplo, en Gabriel Miró. Pero es como si eso se dijera lo mismo, por ejemplo, ante una sinfonía o una pintura. En el caso del escritor es distinto. Me interesan sobre todo las formas, más aún que las anécdotas o las historias. Seepersad Naipaul, el padre del novelista de origen hindú V.S. Naipaul, le leía en voz alta a su hijo varias formas o maneras especiales de contar, varios parlamentos de “Julio Cesar” por ejemplo, o páginas sueltas de “ Oliver Twist”y “David Copperfield”, o algo de los “Cuentos de Shakespeare”, de Lamb. Todo eso para educarle y acostumbrarle a diversos estilos. En el fondo eran como pequeños “sorbos” de estilo.

—¿Y hace usted algo parecido? – me ha dicho la periodista de pie, a mi lado, siguiéndome y observando atentamente las estanterías y a la vez grabando nuestra conversación.

—Bueno, yo en parte sí, en cierto modo hago algo parecido. Pero no sólo con el estilo sino esencialmente y sobre todo – no se asombre – con lo que yo llamo de alguna forma “mis reconstituyentes”, es decir, una especie de “farmacia” que tengo, aquí, en este despacho de la ficción, muy a mano, y que yo sé siempre dónde está.

—Cuénteme eso de la farmacia…

—Bueno, pues yo, como todos los escritores, así lo pienso, también tengo mis momentos de desánimo, de pasividad o de incertidumbre. Entonces, en alguno de esos momentos que pueden ser más largos, que pueden incluso durar días o semanas, me vengo aquí, a este despacho, a buscar remedios en mi “farmacia”, y siempre los encuentro. Para mí son tonificantes.

 

—Es curioso todo eso…

—Pues sí, los califico de tonificantes porque, sean fotografías o sean pequeños textos, sobre todo de Diarios, que es cuando parece que los autores hablan con más sinceridad, todo ello me estimula y me empuja a continuar. Son una enseñanza. Veo, por ejemplo, cómo han actuado los grandes, o los que para mí considero grandes, cómo se concentran, cómo se esfuerzan, cómo superan las cosas.

—¿Le estimulan también las fotografías?

—Sí, también me estimulan. Hay fotografías muy reveladoras. Ve usted aquí, por ejemplo, estas fotografías apoyadas o mezcladas entre libros, como ocurre en numerosos despachos que usted ya habrá visto. Pero aquí, creo, están muy escogidas. Están colocadas aquí porque para mí son estimulantes. Tiene usted, por ejemplo, ésta, en la balda ocupada por los italianos, esta fotografía de Italo Calvino, que creo le hizo Sebastiao Salgado. Mírela con atención. Está Calvino acodado sobre su mesa de trabajo, sentado al aire libre, concentrado; el brazo izquierdo lo tiene muy cerca de su cabeza y la mano izquierda como envolviendo toda su cabeza, como sujetándola y sujetando su cráneo, como si no quisiera que se le escapasen las ideas, el codo de su camisa está apoyado en el manuscrito que está escribiendo y corrigiendo con un pequeño bolígrafo. Es toda una concentración.

—¿Le gusta Calvino?

—Sí, me gusta porque sobre todo admiro su rompimiento con todo lo que escribió anteriormente, con el realismo, y cómo se lanza a crear su trilogía “Nuestros antepasados”, que es un prodigio de audacia y de fantasía. Y también de humor. Y me gustan también sus “Seis propuestas para el próximo milenio”. Todo lo que sea creación audaz, nuevos caminos, me interesa.

 

—O sea que lo que le atrae de esta fotografía es sobre todo su concentración.

 

—Sí, su concentración en el trabajo, su dedicación al trabajo. Me ocurre igual con esta otra, en esta balda de los ingleses, ésta que ve usted aquí tan destacada. Es una de mis preferidas. Es Virginia Woolf de la que le he hablado muchas veces. Está sentada en la butaca de su cuarto, escribiendo. Se la hizo su marido, Leonard Woolf, en 1932, cuando ella tenía cincuenta años. Está aquí retratada, en esta habitación de madera en su casa de campo, en Monk ‘s House ; está en esta butaca tapizada en estampado a cuadros, con un almohadón para apoyar los hombros, cerca de esa ventana que da al jardín. Son los meses en que empezaba a concebir “Los años” y los meses también en que estaba escribiendo su novela sobre un perrito, “Flush”.

—Se la conoce usted de memoria…

—Sí, he admirado siempre a Virginia Woolf. He admirado su audacia como escritora y como mujer, su constancia, su lucha por concentrarse en la creación a pesar de todos sus problemas.

—¿Esta fotografía también le inspira?

—Mucho. Podría hablarle horas de ella. Pero más aún de Virginia. Un año antes de esa foto ella había publicado “Las olas”, que había sido muy elogiada. Pero en ese año de 1932, en julio, había sufrido un desvanecimiento y su corazón, como ella decía mientras escribía con rapidez, se le desbocaba como un caballo.

—Entonces lo que le atrae de esta foto es también, como en el caso de Calvino, el trabajo.

—Si, el trabajo.

—¿Piensa usted que es un hombre obsesionado por el trabajo?

—No, en absoluto. Lo que me ocurre, como antes le decía, es que hay veces en que uno está desorientado o desanimado por el trabajo, no me pasa muchas veces, pero sí hay ocasiones en que uno no sabe qué escribir o qué emprender, tampoco me gusta perder el tiempo, me desazona perder el tiempo, acumular las dudas, no hacer nada, y entonces doy una vuelta por aquí, me atraen siempre estas fotografías, lo reconozco, esta concentración, esta dedicación, pero más aún me atraen algunos de las confesiones de escritores o de sus textos, por ejemplo éste que tengo aquí, ¿lo ve?, mírelo, esta cuartilla apoyada en la balda dedicada a los alemanes. Se la leo. Son palabras de Thomas Mann de “La novela de una novela”, el libro que cuenta cómo iba escribiendo “Doktor Faustus”, y dice: “14 de marzo de 1943 – escribe aquí Mann -, embalando todos los materiales sobre “José” (“ José y sus hermanos” era el libro que acaba de terminar), el escritorio y los cajones quedaron vacíos. Y sólo un día después, el 15 de marzo, aparece por primera vez en mis apuntes cotidianos, casi aislada, la anotación: “Doktor Faustus”. Y se pone a trabajar.

—¿Le impresiona?

—Sí, me impresiona esa decisión suya, ese no dejar espacios vacíos,.

—Pero siempre habrá que descansar algo…

—Sí, lógicamente habrá que descansar. Es necesario y es obligatorio descansar. Sobre todo para tomarse un respiro. Y para pensar nuevas cosas, para trazar proyectos.

—¿Tiene usted ahora muchos proyectos?

—Pues mire, si tengo salud me gustaría terminar ese libro del que le hablé, “Los cuadernos Miquelrius”, que va avanzando.

—¿ Ese libro en el que salgo yo?

—Sí, el libro en el que sale usted y que poco a poco voy encauzando. Y luego acabar otro libro que también tengo empezado: un libro sobre una mujer japonesa.

—¡Qué cosa! ¡Algo totalmente distinto…!

—Sí, totalmente distinto. Es la historia de una japonesa del siglo Xll.

—Sorprendente. ¿Y cómo se le ocurrió esa historia?

—Pues viendo cada año, en el concierto de Año Nuevo, en televisión, la misma mujer japonesa sentada siempre en el mismo palco. Año tras año. Ahí empezó la historia.

—Es curioso cómo nacen las historias …¿Me puede decir algo de ese libro?

-Bueno, es un libro que, como tantos otros, necesita documentación y creación a la vez. En él hablo de los hacedores de espadas japoneses, del monte Fuji, de muchas cosas más…

-¿No me cuenta la historia?

-No, no le cuento la historia. De repente en la vida uno se encuentra con un argumento que poco a poco va creciendo, va tomando cuerpo, y en algún momento hay que escribirlo. A veces se tardan muchos meses, incluso años en hacerlo, y hay que esperar, y además hay que saber guardar las cosas el tiempo que sea necesario. Monterroso decía que el consejo latino de guardar las cosas unos siete años sigue siendo bueno. Y él añadía: y el de pensarlas.

—¿Y qué ocurre si uno se muere antes?

—Esa pregunta se la hicieron ya a Monterroso. Y él contestó : Nada. Y eso es lo mismo que yo le contesto.

—O sea que usted utiliza este despacho esencialmente como “farmacia”, como estimulante..

—No, no exactamente. Aquí leo y repaso autores. Pero también acudo en algunas ocasiones, en momentos de crisis. Lo de ‘farmacia” es un decir que yo me he inventado. Eso es solo para momentos puntuales. Yo aquí me encierro habitualmente a leer, a escribir y a trabajar. Sobre todo, como antes le decía, a repasar y disfrutar de “las formas” diversas en la ficción, de las maneras de decir. Me interesan más, por ejemplo, las maneras de contar que tiene Conrad en “El corazón de las tinieblas” que la historia misma que cuenta.

—Pero eso será porque lee usted como un escritor…

—Sí, indudablemente es así. Pero pienso que igual les ocurrirá a los pintores, a todo artista. Les interesan las formas, lo que han hecho los demás y cómo lo han hecho los demás.

—¿ Lo pasa usted bien entonces en este despacho?

—Sí. Aprendo. Descubro. Descubro enfoques, estilos. Vuelvo a disfrutar con estilos que en su día ya me gustaron. Eso me satisface.

—Pero no sólo le atraerán las maneras de contar, también le interesará escribir historias propias, pienso yo… Es lo que ha hecho siempre. Usted mismo ha escrito historias bastante insólitas…

—Sí, naturalmente. Las maneras de contar o “las formas”, como le digo, son para mí aspectos atractivos a los que vuelvo y que forman parte de la relectura. Pero a la vez escribo, desarrollo historias, me dedico a crear.

-¿Apunta las historias en cuadernos?

-Sí, en estos cuadernos pequeñitos, azules, que ve usted aquí apuntó el germen de las historias. Son numerosos. Están llenos de esbozos de historias, de “esbozos de esbozos” como los llamo yo.

-¿ Y acude a ellos?

-Sí, de vez en cuando los releo. Sorprende que haya ideas que hayan aguantado aquí, en estos cuadernos, durante años.

-¿Las ideas que ahí apunta le sirven todas?

-No. El tiempo las va depurando. Quedan sin embargo ideas constantes, escenas constantes, y personajes o diálogos que el tiempo mantiene y que son los más valiosos. Están preparados ya para ser escritos.

—Al decirle antes lo de historias insólitas que usted ha escrito pienso, por ejemplo, en la historia de su novela “Contramuerte”, que es una historia especial. La leí y me quedé realmente asombrada. Eso de la paralización de la muerte en el mundo que usted describe, la progresiva detención de la muerte hasta que no muere nadie… ¿Le impresiona a usted la muerte?

—No, no me impresiona. Me impresiona lo corta que es la vida.

—Sin embargo es curioso que también su tesis doctoral trate de algún modo el tema de la muerte. Usted la tituló precisamente “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana”.

—Sí, eso es cierto. Aproveché que estaba escribiendo esa novela, “Contramuerte” y que tenía un gran material sobre el tema, y me puse a estudiar a ese pintor y escritor español que presenta una personalidad muy singular.

—Cela había tratado ese tema, si no me equivoco, en su discurso de entrada a la Academia Española. “La obra literaria del pintor Solana” creo que se llamaba. Pero usted quiso concentrarse en un aspecto peculiar de su obra.

—Si, en el tema de la muerte dentro de sus escritos.. Porque me intrigó muy pronto la obsesión que Solana tenía por la muerte reflejada casi continuamente en sus visitas a los pueblos, en sus viajes, en sus libros, fueran “La España negra” o “Madrid: escenas y costumbres”. Esa obsesión, sin embargo, felizmente no le llevó a desencadenar ningún desenlace trágico en su vida personal, no le llevó a adoptar ninguna actitud radical y extrema en su vida, no le influyó de un modo dramático en su existencia.

—Pero no publicó su tesis. ¿Por qué?

—Porque tendría que haberla pulido mucho para ser publicada. Me metí en otros trabajos y en otros derroteros y quedó un poco al margen. Quizá un día la publique.

—Volviendo a esa novela suya, “Contramuerte’, en ella aparece un Papa que ni siquiera puede morir, que pide rogativas para que vuelva la muerte al mundo. Usted que ha vivido años en Roma, ¿se inspiró en algún Papa para crear a su Papa Silvestre?

—No. En ningún Papa conocido. Mi Papa Silvestre que allí aparece, y que, como el resto de los hombres tampoco puede morir, lo imaginé, físicamente me refiero, contemplando la figura de Franz Listz en su vejez, un rostro bondadoso, una cara dominada por unos ojos acuosos, surcado de arrugas, lleno de infinita ternura en el semblante, bajo un largo pelo blanco. Es una fotografía que le hizo el famoso fotógrafo Nadar en 1886, pocos meses antes de su muerte. Para mí una foto impresionante, una foto que me inspiró. Y para describirlo mientras él pronunciaba su Encíclica “Damnati ad Vivendum”, (“Condenados a vida”) desde el balcón de la plaza de San Pedro, me acompañé del segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven, un “Allegretto” bellísimo, lastimero, pero para mí siempre bellísimo, cadencioso. De vez en cuando lo vuelvo a escuchar. Con el rostro de Listz y con ese movimiento de la Sinfonía de Beethoven dibujé al Papa y escribí su.discurso.

—Un reto eso de escribir una Encíclica…

—Es una Encíclica corta. Además, lo han hecho ya varios escritores, entre otros Papini con su “Carta del Papa Celestino Vl a los hombres”

—¿Cuándo se le ocurrió esa historia de “Contramuerte”?

—En el pueblo de Genzano, cerca de Roma, en 1964, cuando pasaba allí unos días. Recuerdo que una mañana me pregunté: ¿ qué pasaría si el hombre viviera eternamente, si el hombre dejara de morir?

—¿Y qué se contestó?

—No recuerdo lo que me contesté. Sé que me puse poco a poco a escribir el libro.

—¿Cuánto tardó en escribirlo?

—Siete años.

—Y después existe otra historia insólita en su vida, al menos para mí, otra historia que aparece en otra novela suya, en “Mi abuelo, el Premio Nobel”.

—Sí, quizá resulte algo original…

—Usted cuenta allí la historia de un escritor que no puede escribir, que todo lo lleva en la cabeza pero al que le es imposible poner nada sobre el papel. Y sin embargo, a este hombre le conceden el Premio Nobel de Literatura únicamente por toda la potencia de las historias que lleva en la cabeza, aunque no las haya escrito exactamente. Una historia llena de fantasía, pienso. También de humor.

—Sí, así es.

—¿Qué quiso decir con eso?

—Bueno, es una pequeña novela sobre el gran poder de la imaginación, de la creación. También de lo que se ha dado en llamar “ el pánico de la página en blanco”. Indudablemente la creación hay que llevarla a la práctica, plasmarla, no puede quedarse en la mente. Pero antes de ponerla en el papel la creación ocupa un lugar clave en el pensamiento, en la imaginación, en la memoria. Esta fuerza y potencia de la creación es la que en mi novela es valorada, e incluso premiada. El escritor protagonista del libro va contando detalladamente todas las historias que se le ocurren y que él quisiera escribir algún día, alguna vez, es una especie de artista oral que lo va contando todo, pero cuando se le pregunta “¿ y todo esto por qué no lo escribes? , él contesta “porque no puedo, no puedo escribirlo”. De alguna forma, indirectamente, abordo ese punto a veces debatido: ¿uno debe de contar las cosas con anterioridad, las cosas que uno va a escribir?

—¿Y usted qué opina?

—Pues que no, que no se deben contar las cosas que uno va a escribir. Por eso no le he contado nada de mi libro sobre Japón. Hay que guardar silencio. Las cosas, cuando se cuentan, explotan, es como si de pronto se desparramaran y perdieran fuerza, como si explotaran. Hay que madurarlas en silencio, no decir nada a nadie. Mire, una de las virtudes que valoro enormemente en mi mujer, entre muchas otras, es el gran respeto que tiene por mi trabajo. Jamás me pregunta por él mientras lo estoy haciendo, mientras estoy escribiendo; jamás interfiere. Sólo cuando he terminado se lo muestro y aprecio muchísimo ese respeto suyo y esa gran cualidad.

—¿Cómo creó la figura de ese escritor en su novela, en quién se inspiró? Al hablar de un abuelo escritor me imaginé que podía ser su propio abuelo.

—No, no era mi propio abuelo. Con él conviví unos años en Madrid, pero me inspiraba más, físicamente, para esta novela la figura y el rostro de Pirandello, su figura menuda, su perilla, su imaginación y sus ojos vivos. Además, me ocurrió una cosa muy curiosa con esa novela: en aquella época, hace ya años, yo llevaba mis páginas manuscritas a una mecanógrafa para que me las pasara a limpio en ordenador, y uno de esos días, al entrar en el vestíbulo de su casa, quizá por gestos o movimientos que hice, no lo sé, o quizá por titubeos, por indecisiones, no tengo ni idea, lo cierto es que ella me miró y me dijo : “ya sé cómo es un escritor”. Y eso me dejó pensativo. Con eso configuré también a mi personaje.

—Se aprovecha todo entonces…

—Sí, se aprovecha todo mientras uno está escribiendo un libro. Hasta cualquier cosa que le suceda a uno durante el día.

—¿Pasamos, si le parece, al otro cuarto, al del ensayo?

 

—Pasamos.

José Julio Perlado

”Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS”-MEMORIAS (39) : ONETTI Y BARJOLA

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (39) : ONETTI  Y  BARJOLA

… No, no era aquello en absoluto un sueño. Como digo, había dejado abandonado hacía tiempo, así lo recordaba, el libro de Calvino sobre la colcha de mi cama y la verdad era que aún no comprendía muy bien cómo había podido alejarme tanto de mi dormitorio y había podido caminar tan largo trayecto por Madrid creyendo siempre que todo era un sueño cuando en absoluto lo era. Había marchado hasta casa de mi abuelo, en Raimundo Lulio, y luego por las calles de la ciudad para ver a Baroja, y ahora cruzaba la Castellana para ir subiendo hasta la Avenida de América 31, y llegar al octavo piso, apartamento 3, donde vivía Juan Carlos Onetti. Cuantas veces me habían hablado del escritor uruguayo me habían advertido que él solía conversar, escribir y vivir sin moverse de la cama ya que se había refugiado en ella desde hacía años y allí había construido un mundo propio colocándolo todo al alcance de su mano: cuadernos, novelas policiacas, cigarros, mecheros, una campanita para llamar, papelera, pastillas y mil cosas más, y así lo pude comprobar al doblar el pasillo siguiendo a Dolly, su mujer, y llegar hasta la habitación donde un Onetti en pijama y tumbado en la cama, apoyado y casi aplastando completamente su cuerpo y su hombro derecho sobre la almohada, la mano izquierda sosteniendo un cigarrillo, enfundado en una camisa blanca, me miraba en cuanto entré en el cuarto con unos ojos saltones, enormemente agrandados, casi dilatados tras sus gruesas gafas de concha. Tenía yo aquella mañana de 1979 cuarenta y tres años y Onetti setenta y era la mañana, recuerdo, de mi cumpleaños. Y así comenzamos casi directamente, sin apenas muchos preámbulos, una larga conversación entre los dos, una conversación real e imaginaria a la vez, mezclando lecturas y vida. “Mi preocupación – me decía Onetti mirándome fijamente desde la cama – es hacer el futuro, para mí escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no escribo. Si escribir significara para mí un trabajo, no haría ninguna línea, ningún día. Pero de pronto uno necesita escribir. Y yo no me siento escritor. Sí, en todo caso un lector apasionado, capaz de conversar y discutir horas y horas sobre un libro. Pero ajeno. Y cuando uno escribe tampoco se siente un escritor, porque se está trabajando en la inconsciencia y lo único que me importa es escribir. A veces me levanto por la noche y escribo. Sí – agregó -, es verdad que existe la “sequedad” del escritor. En Valle – Inclán, por ejemplo, en “La lámpara maravillosa”, se habla de esa sequedad del escritor. Pero de pronto, todo viene a mí como un torrente. Yo escribo por ataques: a veces me paso meses y meses, y no se me ocurre nada. Pero siempre sé que va a volver. Y sobre todo me interesa el lector desconocido. Pero yo sólo soy un pobrecito hombre llamado Onetti, que escribe”, repetía sin dejar de mirarme fijamente desde la cama, sosteniendo en la mano el cigarrillo. Así estuvimos hablando largamente, de modo especial de sus novelas y de la ciudad de Santa Maria, su lugar inventado. “El médico – abrí el libro suyo que llevaba y le leí una de sus páginas, un ejemplar muy subrayado – vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí , un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza.” Me hizo acercar el libro a la cama. “¿A ver, a ver?, se acercó su propia novela hasta las gafas, observó las notas que yo había colocado en los márgenes, sacó su pluma y escribió en la primera página mi nombre y añadió: “para este lector implacable”. Trazó una línea horizontal y exclamó: “Ahora, querido, vamos a tutearnos”. Y gritó animado cuando entró su mujer: “!Déjanos! ¡¡ La cosa se está poniendo brava!!”. Sí, yo recuerdo todo aquello, toda aquella mañana en Avenida de América 31, recuerdo muy bien que había olvidado una noche o unas noches antes, no lo sé bien, no podría adivinar cuándo ni en qué momento, un libro de Calvino sobre la cama, y en el largo sueño en que se estaba convirtiendo aquella larga sucesión de realidades, me iba alejando ahora cada vez más de la casa de Onetti, también de la casa de Baroja, también de la de mi abuelo, y cruzaba en estos momentos por un Madrid distinto, un Madrid cercano a los descampados, el Madrid de Carabanchel. A mi lado iba caminando aquel día de 1980 con paso vivo, un año después de lo de Onetti, el pintor extremeño Juan Barjola que una vez más insistía en llevarme hasta su taller, en la calle Amalarico, para que lo conociera. Yo le observaba a mi lado, observaba su largo cráneo, su bigote poblado, sus ojos apagados, casi sumisos. De vez en cuando, cruzaban por la acera, chocando casi contra nuestras piernas, olvidados y perdidos, unos perros. “De pequeño, me iba diciendo Barjola al mirarlos, yo dibujaba perros; el perro es un animal maravilloso que sufre mucho en soledad. La mirada de un perro cuando está enfermo, me decía el pintor, es una mirada triste, es una auténtica realidad. Generalmente, de pequeño, a mí lo que más me atraía era dibujar perros tal vez por ser los animales más humanizados”. Después hacía una breve pausa, caminábamos otro poco más, y Barjola proseguía : “Yo al principio viví en la Gran Vía, luego en Lavapiés . Después vine para acá. Pero todo esto está desconocido. Aún no hace mucho era casi una comunidad de chabolas”. Luego, recuerdo, que después de dar muchas vueltas por las calles entramos en aquel estudio suyo de tres metros por dos y medio y de pronto, nada más entrar, descubrí a diez criaturas colgadas en las paredes. Eran más o menos diez cuadros con ojos, bocas y cuerpos distorsionados. Barjola me acercó una silla y me senté en ella, él se sentó a mi lado y enseguida me preguntó si yo estaba cómodo. Luego añadió : “este cuarto es estrecho pero tiene sabor. Aquí trabajo cuatro horas, muy pausadamente. Y el resto voy a recaudar datos para mi pintura, los encuentro por la calle, en el cine, en los libros”. Aquellas diez criaturas seguían mirándonos y yo observaba al padre de las criaturas cómo las contemplaba y también a sus hijos que rodeaban al pintor del paciente mirar y que mostraba tanta mansedumbre. “ A mí, continuaba Barjola sentado a mi lado, me gusta más el fondo que la forma, no creo que un pintor sea profundo por muy bellas que sean sus formas si su arte no tiene un mundo lleno de contenido. Por eso precisamente, por ser profundo el fondo y no la forma, Goya, proseguía diciéndome Barjola, adquiere cada día más vigencia. Si nos fijamos en sus aguafuertes y en sus dibujos, vemos que son concretísimos: en ellos está lo dramático y lo social”. En determinado momento me levanté y quise acercarme más a las pinturas para observarlas mejor. Barjola se levantó también de la silla y se puso a mi espalda. “ Lo difícil del arte, me seguía diciendo el pintor, es definir, y que esa definición atraiga siempre por su expresividad, su mundo dramático”. Me impresionó cómo destacaba allí entre todas las pinturas una “Tauromaquia”, la violencia de unos rojos sangrantes de picador con su cuerpo curvado pinchando a un toro negro. Y las manchas. Las posturas difíciles. Los amarillos, los rojos, los amplios horizontes extremeños, los marrones fríos y calientes de descampados de Madrid. Y sobre todo los perros. Especialmente unos perros descarnados ladrando a la luna. Sí, recuerdo aquella tarde, las dos sillas en el estrecho taller y los perros ladrando más allá de las paredes, ladrando a la luna con sus bocas abiertas, con los dientes blancos y separados, los cuellos estirados, unos perros lastimeros, solitarios, retorcidos…

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”- Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (38) : BAROJA EN SU CASA

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (38):  BAROJA EN SU CASA

 

 

16 junio

Hoy todo el día en casa. No ha venido a verme la periodista porque me ha pedido dos o tres días para recomponer sus notas y reelaborarlas y en el fondo para tomarse un respiro. Se lo agradezco. Para mí es un descanso.

Y creo recordar que fue hace dos noches, en la noche del viernes pasado, cuando me llevé a la cama “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino porque me quedaba por leer el último texto del libro, el de la ciudad de Berenice, una de las ciudades ocultas de las que habla el escritor italiano, y como su historia, igual que las del resto del volumen, era muy corta en extensión, y cuenta que Berenice es una sucesión en el tiempo de ciudades diferentes, pienso que quizá por ello, por su brevedad y por su poderosa fantasía, pero sobre todo por mi cansancio acumulado durante el último día de la semana, por todo ese conjunto, poco a poco me fui quedando dormido. Creo también que el libro debió de quedar abandonado encima de la colcha sin yo siquiera darme cuenta, acaso debió de resbalarse de entre mis manos y seguramente permanecería allí abierto toda la noche, no lo sé, porque lo último que recuerdo es haberme quitado las gafas y ya no recuerdo nada más. Ni siquiera tengo conciencia de si apagué o no apagué la luz. Había sido para mí toda aquella semana una sucesión de gratas lecturas nocturnas tras las largas y a veces agotadoras conversaciones con la periodista, y para distraerme y alejarme de tantos temas comentados, me había propuesto sumergirme durante dos noches en los “Diarios de las estrellas” de Stanislaw Lem y ahora lo completaba con el libro de Calvino. Lo cierto es que quizá por la evocación de los espacios de Lem o por las imágenes de las ciudades de Calvino, apenas me di cuenta de que sin querer estaba separándome lentamente de la cama y del cuarto, como desprendiéndome de las sábanas y de la colcha e incluso del dormitorio, poniendo de repente los pies en el suelo en un movimiento casi mecánico, como si estuviera ya sonámbulo sin estarlo, cruzando despacio por delante de la estantería de libros que hay frente a mi cama y, tras salir luego al pasillo, pasar después ante mi despacho de trabajo, ir avanzando hasta el comedor y abrir luego el ventanal de la terraza, dejar mi casa de Jerónimo de la Quintana, las calles adyacentes, el barrio, e ir alejándome de Madrid y proseguir avanzando al encuentro de aquello que hasta entonces sólo era para mí un destino incierto. Recuerdo también que conforme iba caminando hacia no sé qué punto indefinible pensé nuevamente en Calvino y en el libro que acababa de dejar abandonado sobre la cama y me vinieron a la memoria unos párrafos llenos de interés del escritor italiano. Pertenecían a una conferencia suya pronunciada en la universidad de Columbia en 1983 en la que Calvino había querido explicar el proceso de creación de sus “Ciudades invisibles”. Allí confesó cómo trabajaba y cómo abría numerosas carpetas llenas de proyectos: por ejemplo, una carpeta destinada a los objetos, otra preparada para los animales, otra para las personas, una cuarta para las cuatro estaciones, otra para los cinco sentidos, y aún había otras dos más si no me equivoco, una consagrada a las ciudades y a los paisajes de su vida y otra en fin a las ciudades imaginarias situadas fuera del espacio y del tiempo. Siempre había seguido yo con interés y curiosidad los procesos creativos de los escritores y los artistas porque me parecían misteriosos y también aleccionadores, y así se lo había confirmado a la periodista, pero en el caso de Calvino todo aquel laberinto de sus dudas personales aún me atraía más. Italo Calvino confesaba que no sabía qué hacer con tantas ciudades mezcladas y que tardó tiempo en decidirse por eliminar las ciudades tristes y las ciudades basura para elegir al fin escribir sobre las ciudades invisibles. Guardando todas las distancias, eso era más o menos lo que me estaba pasando a mí. Yo no tenía carpetas abiertas pero sí en cambio muchas dudas abiertas en cuanto adónde dirigirme ahora con mis “Cuadernos Miquelrius” y acaso por ello continuaba caminando a buen ritmo como a veces se camina en sueños aunque uno nunca tenga constancia de que está soñando, y así apenas me di cuenta de que en absoluto me había alejado de Madrid como creía en un principio sino que por el contrario había dado una vuelta completa casi en redondo a mi barrio de Chamberí, y cruzando la glorieta de Olavide a la que tengo tanto cariño y de la que me llegan tantos recuerdos, había subido por la calle de Raimundo Lulio hacia arriba, hacia Santa Engracia, donde habían vivido en tiempos mis abuelos maternos, para alcanzar al fin el número 20 de Raimundo Lulio, empujar la hoja entreabierta del portal y ascender despacio por la vieja y empinada escalera de madera que ahora resonaba bajo mis pasos y llegar así hasta el piso segundo. Al entrar, toda la casa aparecía igual que en épocas anteriores. Aparentemente permanecía vacía, sin llegar hasta mí las voces de mi abuela Lola yendo y viniendo de la cocina al comedor. Digo aparentemente porque esa fue mi primera impresión al entrar en el vestíbulo pero cuando avancé algo más por el estrecho pasillo girando hacia la izquierda, camino del pequeño cuarto de estar situado al fondo, distinguí a mitad de pasillo, perfectamente iluminado tras las cortinillas verdes que me eran muy conocidas, el despacho de mi abuelo el escritor e imaginé enseguida que él estaría trabajando. Efectivamente era así y en ningún momento creí que aquello podía seguir siendo un sueño porque la realidad siempre cubre todos los sueños y la realidad allí no era otra que la de mi abuelo sentado en el sillón de su despacho leyendo un libro que iba anotando con un lápiz en la mano. Me vio entrar, me incliné a saludarle como siempre dándole un beso y me senté frente a él en la única silla situada frente a su sillón. Estaba leyendo mi abuelo en ese momento a Pio Baroja en sus “Canciones del suburbio” en una edición de Biblioteca Nueva de tapas de tela entre rojas y granates y con letras blancas en la portada y vi que con el lápiz iba trazando, como hacía siempre, unas pequeñas curvas y rectas, apenas insignificantes y sobre todo enigmáticas, en los márgenes de las páginas, unas señales que sólo él conocía y sobre las que nunca me había atrevido a preguntar. Pero sin embargo, no sé por qué, quizás porque me pudo más que nunca la curiosidad, esta vez sí quise preguntárselo. Mi abuelo abrió más las páginas del libro, me las acercó muy amablemente, y me confió lo que nunca me había dicho: que aquellas marcas correspondían a pasajes que le sorprendían, unos porque sobresalían por su calidad y otros porque, según él, no la alcanzaban. Las señales curvas, me comentó, son para mí los aciertos, siempre según mi criterio, añadió, porque puedo estar equivocado, y las rectas aquello que no acaba de gustarme. Me comentó que ese era el único libro de poesía que Baroja había escrito y eso le tenía muy intrigado. Estuvimos hablando largo tiempo. Comprobé que aquel despacho seguía estando igual que hacía años: era una habitación interior, con una pequeña ventana que daba a un patio, unos muebles de tonos oscuros y un escritorio escoltado por una lamparita de pantalla verde, un color idéntico al de las cortinas de los cristales de la entrada, un despacho reducido pero muy acogedor. Nunca había querido curiosear en ese despacho por respeto a su intimidad pero ahora, al ser otros tiempos, me levanté de la silla y me fui fijando despacio en las pequeñas estanterías que lo decoraban, unas estanterías repletas de libros de todos los tamaños cuidadosamente colocados y que aparecían alternados con cartas manuscritas apoyadas en los lomos de los libros y también con postales antiguas, algunas de ellas representando vistas de Madrid, Buenos Aires o Puerto Rico, y allí de pie, al ir dando la vuelta a alguna de aquellas postales y al observar al dorso los escritos, descubrí con gran curiosidad los trazos de letras breves y afectuosas, unas de rasgos enérgicos y otras desvaídos, firmadas unas por Ramón Gómez de la Serna, otras por Antonio Machado y otras por Juan Ramón. Era el mundo que mi abuelo había compartido durante años con sus amigos, y un mundo al que yo había llegado a través de lecturas. En determinado momento mi abuelo me pidió que me sentase otra vez en la silla y en un gesto para mí sorprendente, único, que creo nunca olvidaré, y teniendo aún en las manos el libro que leía, me preguntó de improviso, con una sonrisa: “¿Querrías conocer a Baroja?”. Recuerdo perfectamente mi absoluto asombro y recuerdo también cómo no lo dudé ni un momento: dije instantáneamente que sí. Después, no sé exactamente en qué fecha, no sé si ocurrió en esa misma semana o al cabo de quince días, pero indudablemente muy pronto, atravesé Madrid camino de la calle Ruiz de Alarcón donde Baroja vivía, una casa muy cercana al Retiro, y creo que en ese caminar y mientras recorría el trayecto empecé a olvidar casi por completo que había quedado abandonado sobre la colcha de mi cama aquel libro de Calvino y también que mis gafas se habían perdido sobre las sábanas, y tampoco supe y ni siquiera me paré a pensarlo, si aquello que estaba viviendo era una mera prolongación de un sueño o en cambio era auténtica realidad. Lo cierto es que cuando llegué a la casa de Ruiz de Alarcón número 12 y me abrió la puerta, y luego me acompañó por las distintas habitaciones, Julio Caro Baroja, el antropólogo y sobrino del escritor, me adentré en un mundo impensable que jamás hubiera imaginado. Reviviéndolo tiempo después me di cuenta de que en ese momento Julio Caro tenía 41 años y que el personaje que me esperaba sentado al fondo del pasillo, en un amplio estudio y con los brazos apoyados sobre una gran mesa antigua de trabajo, envuelto en una bata a cuadros y con la boina puesta – y a quien mi abuelo ya había avisado – era el propio Pio Baroja con sus 82 años cumplidos. Recuerdo que había un pequeño calendario de mesa muy cerca de él, entre cajas con plumas y lápices, y aquel calendario señalaba que estábamos en 1955. Yo tenía entonces, aquel día, mientras avanzaba a saludar al célebre escritor, 19 años, y al sentarme frente a él vinieron sobre mí las imágenes de Baroja paseando entre las nieblas del invierno y los árboles del cercano parque del Retiro, una imagen que yo había contemplado en muchas ocasiones. Como también vinieron, arrastradas por la ronca voz de Baroja, una voz que recortaba los finales de las frases, sus palabras sobre el elogio sentimental del acordeón que yo había escuchado alguna vez :“¿No habéis visto – había escrito Baroja hacía tiempo -, algún domingo al caer de la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón? Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne”. Y ahora, tras todas esas imágenes y palabras, estaba yo allí, sentado ante el autor de “La lucha por la vida”, estábamos los dos solos porque Julio Caro se había retirado y yo me presentaba como el nieto del escritor que le había mandado unas líneas y al que en tiempos Baroja había enviado dedicado su único libro de poesía. Baroja recordaba a mi abuelo pero no recordaba el libro en absoluto. Después de un largo silencio, mirándome casi inmutable tras su mesa, sin apenas mover su cara bajo la boina y sin duda asombrado por lo que acababa de oír en mi breve presentación, levantando un poco las cejas, pronunció muy despacio y en un tono amable pero también algo incrédulo estas palabras: “¡ Ah!, ¿ pero yo he escrito poesía?”. Tenía las manos cruzadas y asomadas bajo las mangas de su bata a cuadros pero de pronto aquellas manos empezaron lentamente a moverse sobre la mesa, las duras venas bajo la piel resaltaron más en el momento de llegar hasta la superficie de un timbre colocado en una esquina y más aún en el instante de oprimirlo. Pocos segundos después apareció en la puerta Julio Caro y Pío Baroja, mirando a su sobrino que seguía en el umbral, le dijo: “Este chico me está diciendo que yo he escrito poesía. No lo recuerdo. Mira a ver si encuentras por ahí ese libro del que habla, “Canciones del suburbio”, creo que se llama”. A los pocos minutos volvió Julio Caro con el libro en la mano y Baroja, con gran curiosidad y no sin asombro, estuvo repasando, aunque muy por encima, sus páginas. Vio que el prólogo era de Azorín y yo creo que aquello le mantuvo más complacido y confortado. Después, hojeando el volumen, pasó sobre los títulos de algunas de sus partes, “Juventud”, “Recuerdos de vagabundo”, “Impresiones de París”, “Melancolías grotescas”, y luego dejó el libro sobre la mesa. Por avanzar algo en mi diálogo, le fui contando a Baroja cosas de la Universidad e incluso me arriesgue a invitarle, en un gesto propio de mi juventud y aún sabiendo que era pedir algo imposible, a que pasara un día por allí y nos hablara a los estudiantes. Yo cursaba entonces tercero de carrera, había leído muchas de sus novelas, y miraba lleno de asombro y admiración a aquella figura sentada, con sus ojos bajo la boina que seguían observándome.

José Julio Perlado

“Los cuadernos Miquelrius”— Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (35): EL ASOMBRO Y LA BELLEZA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS   (35):  El asombro y la Belleza

 

 

—Usted precisamente ha querido recordar varias veces esa frase de Dostoievski, “la Belleza salvará al mundo”.—me dice hoy la periodista.

—Sí, la he comentado con mucha frecuencia.

—Y en una entrevista, que a mí al menos me pareció interesante y que la Universidad de Montevideo publicó hace unos años, usted hizo varias consideraciones sobre el tema de la Belleza. Me gustaría que se extendiera algo sobre ello.

—Bueno, comenzaré por la referencia a Dostoievski a la que usted acaba de aludir: “la belleza salvará al mundo“. Indudablemente, como señalaba en aquella entrevista de Montevideo, eso ocurrirá siempre que se sepa contemplar la belleza y siempre que el ojo humano no se distorsione atraído por la fealdad. En estos momentos pienso que hay una invasión de fealdad en muchas partes, desde la ocupación “vanguardista” de ciertos museos intentando imponer muchas veces lo detestable como “arte”, hasta el descenso escalonado del gusto en imágenes chabacanas de cine o de televisión. Es tan obvio que no hacen falta demasiados comentarios.

Entonces, creo que hay algo importante que hacer, que es educar al ojo en la belleza, no inclinarlo hacia la fealdad. No es bello todo lo que los hombres realizamos durante el día y durante la vida. No es bella – hablando claramente – una defecación, aunque sea necesaria para la vida. Y sin embargo, defecaciones se han expuesto en los museos… Por tanto, hay que educar al ojo en la belleza. En un artículo que publiqué hace años sobre la necesidad del asombro al contemplar la manifestación de la belleza, hablé de recuperar ese asombro y esa sorpresa que tantos han perdido creyendo que ya lo han visto todo. Un pensador griego contemporáneo, al referirse a sus antepasados, recordaba que los griegos querían ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas, es decir, eternos niños, que veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana. Eternos niños, pues, unidos al asombro, abiertos al asombro. El asombro, la sorpresa, la curiosidad, son esenciales para la vida. La gran poeta polaca Wislawa Szymborska lo recordaba: afirmaba que la sorpresa es una categoría importante en la vida. Pero, al menos para mí, añadía, todavía hay otra cosa importante en la creación, que es la curiosidad. Nadie incluye la curiosidad entre los sentimientos, pero yo creo que la curiosidad es un sentimiento. Cuando la miro a usted – le decía la poeta a la periodista que la interrogaba -, tengo curiosidad por usted.

-Y usted, ¿tiene curiosidad por mí?

-Sí, naturalmente. Tengo curiosidad por saber quién es usted, para quién trabaja, ya que aún no me lo ha dicho, por qué viene a verme muchas tardes a este despacho: en resumen, por qué viene usted hasta mí.

-Yo simplemente soy una periodista freelance. Es lo que ahora se lleva. Cuando acabe mi trabajo, si éste merece la pena, lo ofreceré a varias publicaciones por ver si les interesa. Eso es todo – me dice la periodista con una sonrisa -. Pero ahora, si le parece, continuemos hablando del asombro y la belleza .-

 

—Pues, como le digo, a mi siempre me ha enriquecido el asombro y siempre me ha acompañado. Puede ser – o así al menos desearía que fuese – un cierto síntoma de juventud interior. Eso sí me gustaría que me ocurriera. A veces, al dejarme llevar por el asombro, me he planteado también cuestiones más profundas, entre ellas ésa de la que usted me acaba de hablar: la belleza. Por ejemplo, hace ya varias semanas, uno de los días en que usted no vino a verme porque habíamos quedado en hacer un alto en estas entrevistas, estando yo solo en este despacho y dándole vueltas a las cosas, volví a pensar en el mundo submarino, un tema muy querido para mí y al que acudo con frecuencia. Porque siempre que veo las extensiones del fondo del mar (en fotografías, pero sobre todo en videos, películas, documentales, etc), “me asombra” esa creación. Precisamente porque permanece oculta y porque tan sólo pueden bajar a ella de vez en cuando aquellos seres humanos con escafandras que nos lo filman. Y siempre pienso : ¿por qué Dios ha hecho esto así, algo que casi nadie ve? Y sobre todo, ¿por qué lo ha hecho con esas gamas de colores casi infinitos en las aletas de los peces, en los movimientos rítmicos de las colas con su belleza inaudita, en el encanto de las grutas por las que se cuelan toda clase de animales submarinos, en el colorido de las hierbas flotantes, todo ese mundo inacabable? ¿Quién ve esa belleza de modo continuo? Nadie. Los peces mismos únicamente la viven, y el hombre en su superficie está ajeno a ella, excepto cuando se la presentan por haberla filmado. Si pensamos la cantidad de kilómetros de belleza oculta al ojo del hombre que se extiende bajo los océanos inmensos, entonces nos podemos preguntar por la razón de todo ello, que no es solamente una razón de utilidad (que indudablemente lo es), sino que hay algo más: la utilidad de los peces y cuanto ellos generan podría haber sido creada en una sola tonalidad – por ejemplo en el verde o el azul – y con una sola forma, ausente de variantes, y la utilidad hubiera permanecido lo mismo: sin las variantes y matices de la belleza habría permanecido esa misma utilidad. Entonces, ¿para qué se ha añadido a la utilidad toda una deslumbrante belleza? Confieso que cada vez que la veo, (y aquí no me hacen falta sólo las explicaciones de Cousteau, que por otro lado, agradezco), todo ese mundo me lleva a Dios, no me lleva al azar. Habrá gentes que les lleve al azar, y yo lo respeto profundamente. A mí no me lleva al azar. No me imagino al azar como causa de todo ello. Porque si esto ocurre debajo de nosotros sin que nadie lo esté viendo ( por ejemplo, en estos momentos, mientras yo le contesto a esta pregunta), ha de haber alguna explicación a tanta belleza. El ojo humano se sumerge en esa belleza casi irrepetible y tiende a ella naturalmente, como ante un imán. No creo que ningún ojo humano pueda ver fealdad en ese incesante espectáculo del mundo submarino. (Y lo mismo ocurre ante la gama de colores de los pájaros, ante las tonalidades del atardecer, etc). Esa imagen se presenta diariamente, su imagen nunca es repetitiva y esa imagen nos ofrece como en un espejo la Creación. Rilke aconsejaba para entender la belleza: “aproxímese, decía, a la Naturaleza”. Y San Agustín se preguntaba : ¿quién ha creado la Belleza? Y añadía: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar (acabo de hablarle del mundo submarino), interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién la ha hecho sino la Suma Belleza?

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (33): RELÁMPAGOS Y SONRISAS

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (33): Relámpagos y sonrisas

 

30 mayo

en casa

Hace tres días, el lunes, de nuevo en “ La Central” con Ricardo Senabre. Una larga mañana muy interesante. Como nos ocurre siempre cuando conversamos tan agradablemente, pasamos de un tema a otros como hacen los amigos y acabamos hablando de nuestros lejanos años de Universidad, de los años de Zaragoza, cuando los dos estudiábamos los primeros cursos de Filosofía y Letras, aunque por muy poco tiempo no coincidimos en las aulas. Siempre nos lamentamos de eso, de no haber coincidido y de no habernos conocido entonces, pero lo cierto es que cuando Senabre llegó a Primero de Facultad yo ya vivía en Madrid, aunque a los dos nos unen recuerdos de grandes profesores. Enseguida hablamos de José Manuel Blecua y de sus conferencias sobre Góngora y Quevedo, pero sobre todo de Francisco Ynduráin que nos dio clase a los dos en años distintos, y yo aproveché para contarle a Senabre toda mi experiencia personal con Ynduráin, que él no conocía, cuando en el “examen de Reválida”, como se llamaba en aquellos años a la prueba final del Colegio para poder entrar en la Universidad y que era una prueba difícil (él también la sufrió), un examen oral ante una sucesión de catedráticos, tuve que ponerme en pie ante Ynduráin en el marco de un enorme escenario – era un salón en la Facultad de Medicina de Zaragoza – precisamente porque él me tocó como primer examinador, y enseguida me dijo nada más verme: “Hábleme sobre la generación del 98”. No titubeé, le expliqué a Senabre, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Le conté igualmente a Ynduráin que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, como yo siempre le he llamado ( Senabre me confesó que él le llamó siempre don Paco) , creo que quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron también examinando, pasé luego al de Historia con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso enseguida: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Senabre se reía y disfrutaba de todo aquello y evocamos juntos aquellas etapas lejanas que él también vivió. Después le conté las veces que Ynduráin y yo nos habíamos encontrado a lo largo de la vida, y cómo – ya en su casa de Zaragoza – me comentaba con aquella forma tan lúcida que él tenía los valores literarios, por ejemplo, que contenía “Luz de agosto” de Faulkner o “El Simplón le guiña el ojo al Frejus” de Vittorini; luego comenté su dirección de mi tesis doctoral sobre Gutiérrez Solana, y tantas y tantas cosas más, pero, sobre todo, le confesé a Senabre, cómo le había recordado de modo especial cuando subí a casa de Azorín la tarde de su muerte, en 1967, y en su casa de la calle Zorrilla le di el pésame a su viuda, Julia Guinda Urzanqui, de la que había hablado hacía muchos años en el examen de Reválida.

 

10 junio

– Me gustaría preguntarle – me dice hoy la periodista al entrar y nada más sentarse – : ¿ qué es para usted la vida?

– Pregunta muy difícil, señorita, es verdad. – le contesto bastante asombrado, y ante esa pregunta no tengo más remedio que guardar un largo silencio – . ¿ La vida? – repito pensando -. Pues mire usted – le respondo al fin -, la vida es un don y hay que aprovecharlo hasta el final, aprovecharlo en cada momento, hay que rendir y entregar las disposiciones que uno tiene, hacer rendir aquello para lo que uno cree que ha recibido unas aptitudes y cree que vale para ellas. Por otro lado, la vida nunca es trágica; sí, en cambio, dramática, en el sentido de que encadena una serie de tensiones y conflictos (si no, no sería vida), pero teniendo en cuenta que ante cualquier conflicto, sea el que sea, siempre hay salida, siempre hay esperanza. Incluso ante el conflicto final que cierra toda una vida siempre detrás está la esperanza. Esto no responde simplemente a una visión optimista de la vida sino a una creencia firme en la esperanza. Siempre hay salida. Un excelente dramaturgo francés, Jean Anouilh, se acercó a esto muy bien en el prólogo a una pieza suya, “Antígona”. Allí, al presentar a su heroína trágica decía: “piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin…” En ese “no hay nada que hacer” reside la tragedia. Antígona no tiene escapatoria. Pero la vida, como digo, no es trágica, cada día esconde y muestra pequeños o grandes conflictos que hemos de resolver lo mejor o peor que sepamos y que a veces nos pueden llenar incluso de angustia, pero para ellos siempre hay salida, siempre hay esperanza. En eso reside el drama. A la vez, y ahora que usted me pregunta sorprendentemente qué me parece la vida, me viene a la memoria una frase de Becquer en sus Rimas que quizá pueda ayudarme para darle una respuesta. Es una frase que siempre recuerdo. Becquer escribe: “ Al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos: ¡tan breve es el vivir!”. Esta frase es una completa realidad. Muchas veces la tengo presente. Una gran realidad. Pero en medio de ese intenso y rápido relámpago que es toda existencia, al menos para mí ( supongo que aún no para usted porque es usted muy joven), hay una serie de relámpagos menores, también intensos, que iluminan de repente toda una escena y que nos dan el sentido de las cosas. Recuerdo, por ejemplo, uno de ellos, al aire libre, un relámpago en lo alto de una mañana de agosto, un relámpago en pleno día, un relámpago interior, si así puede llamarse: serían las ocho y media o nueve menos cuarto de la mañana, un viernes, yo caminaba sobre la arenilla de un sendero no lejos de Punta Umbría, en Huelva, al sur de España. Había tomado la tarde anterior, el día 15, una gran decisión y la había tomado en la confluencia de dos ríos, el Tinto y el Odiel , dentro de una barca, y ahora todas las piedras y árboles y setos que había en aquel camino aparecían inundados de sol, iluminados por el relámpago que siempre he visto allí; cada vez que he hecho memoria no he podido ver en aquel camino mas que la luz, un camino de luz blanca, un día blanco, mis pisadas sobre la arenilla y sobre las pequeñas piedras estaban invadidas de alegría, yo tenía en aquella mañana dieciocho años, las decisiones que se toman definitivamente y de pronto, es decir, tras una larga meditación, pero a la vez de pronto, a veces marcan un camino de luz, de insospechada alegría, entonces, uno no sabe por qué, ese sol y esa arenilla de los caminos que yo pisaba (es como si aún oyera ahora las suelas de mis zapatillas de verano sobre la arenilla) marcaban y rodeaban el resplandor de la mañana, una mañana fresca y limpia, había una luz, o creo que había una luz, parece que aún lo veo, sí, sí había una luz en la superficie de las flores, estoy casi seguro de que era así. Son iluminaciones que duran, le acompañan a uno toda la vida. Beckett revivió toda su vida una iluminación oscura y nocturna en un muelle irlandés y volvió una y otra vez sobre ella y yo vuelvo a mi vez a este camino de resplandor, lo opuesto a la iluminación oscura, una mañana limpia e interminable en la memoria; cada vez que mi memoria abre una compuerta aparece igual que un flash, como una escena, este caminar mío muy de mañana en estos senderos no lejos de Punta Umbría; pocas veces he visto casas tan radiantes, a lo mejor no eran en sí radiantes pero yo así las veía, eran blancas y azules, techos azules, paredes blancas, puertas abiertas, era verano y primera hora, la vida estaba ante mí, ¿qué había decidido?, a veces no se sabe bien lo que a uno le espera cuando ya ha decidido, sobre todo porque las sucesiones tras las decisiones felizmente permanecen ocultas, si no uno no andaría a tientas después de la decisión como suele ocurrir, uno toma una decisión que parece segura y definitiva, y en el fondo así es, pero cuando se creía ya todo resuelto sólo por haber tomado esa primera decisión, uno debe de seguir aún largo tiempo andando a tientas, empujado, sí, por la decisión, pero sin saber qué le aguardará a lo largo del camino. Es lo normal. Lo cierto es que esa escena que le estoy contando, ese relámpago vibrante en plena mañana de agosto siempre está ahí, no se cierra, y si yo creo que puedo cerrarlo y pienso en otra cosa, ese camino de arenilla invadido de sol y de luz lo que hace es apagarse momentáneamente, se queda escondido en mi memoria hasta que vuelvo a él otra vez, e instantáneamente vuelve a encenderse y me veo como siempre que me he visto andando sobre la arenilla en una mañana radiante de alegría y de sol. Estos son los pequeños relámpagos de los que le hablaba hace un momento dentro del gran relámpago que es la vida. Pero hay muchos otros relámpagos; otro, por ejemplo, que se abre es en París, en el Bois de Boulogne, en invierno, a media mañana, en diciembre, a final de los años sesenta: estoy ante el estanque, veo cruzar y venir e ir corriendo a mis tres hijos con sus diminutos abrigos azules y sus gorras rojas, son muy pequeños, tienen cinco, seis años, corretean, se persiguen, se empujan unos contra los otros, ríen, son felices, no saben qué les espera en la vida, no importa, nadie lo sabe, corretean, se ocultan, se empujan continuamente bajo ese pequeño relámpago del estanque que ilumina las aguas, un relámpago múltiple como este otro que se me aparece de pronto también iluminando un sofá de mi casa, o al abrirse la puerta de la calle, o en la mesa de un restaurante, ante la mujer que tengo enfrente. Esa es mi mujer. Al cabo de los años, esta mujer, de la que no quiero decir los años pero que ha cruzado conmigo muchas etapas de la vida, la encuentro sentada en el sofá, o escucho su voz llamándome cariñosamente al abrir ella la puerta de la calle cargada de paquetes y de compras, o la observo frente a mí escuchando una conversación en un restaurante. Ella no sabe que la observo. El relámpago es el mismo que se encendía en el camino cercano a Punta Umbría o en el Bois de Boulogne de París, lo que pasa es que el color de este relámpago es distinto. Aquí hay una iluminación de muebles, de trajes, de interiores, hay unos tonos ocres, grises, a veces blancos, hay unos almohadones, bastantes almohadones en el sofá, porque mi mujer los ahueca para proteger su espalda, para mantenerse cómoda y derecha; hay también unas grandes cortinas protegiendo los visillos, protegiendo a las ventanas. Apenas se escucha el ruido de la calle. Vivimos en un piso alto y el estremecimiento del relámpago, el paso del instante, no hace temblar los cristales, no transmite un color radiante como en Punta Umbría o como en el Bois de Boulogne sino que proporciona un tono gris, corriente, lo más corriente de la vida corriente y cotidiana. Yo amo lo corriente. Y usted me preguntará: ¿y a dónde quiere usted ir a parar con todo esto? Si lo pongo en el libro que estoy escribiendo, quizá eso también se lo pregunte en su momento el editor, o también algún lector: ¿a dónde quiere ir usted a parar con todo esto? ; pero le estoy contando, señorita, el paso simplemente de un relámpago por el comedor, nada más, no hay demasiadas filosofías porque no hay casi aquí ningún movimiento, parece que no hay ninguna emoción, tampoco tensión, pero es que en la vida felizmente no todo es tensión ni emoción: se presenta la escena de entrar en este comedor, de mirar al sofá: este sofá está escoltado e iluminado por dos lamparitas de luces tenues, amo las luces tenues de las lámparas, son luces de hogar, no me gustan las luces altas de los techos porque hacen frías las casas, y entonces, como le digo, sorteando estos muebles que ocupan el comedor, llego hasta ese sofá, hasta donde está mi mujer apoyada en los almohadones y la veo sonreír en cuanto entro y le doy un beso.Tendría que dedicar quizás un libro entero a esa sonrisa. ¿Pero cómo escribir páginas sobre una sonrisa? Ahora se vive a toda velocidad, se lee – cuando se lee- a toda velocidad, la levedad hace volar las frases, los libros, la atención, hay un pestañeo continuo dominando toda la atención, un deseo de fragmentación, una aceleración constante, entonces: ¿quién va a detenerse en un libro, en unas páginas sobre una sonrisa?; y sin embargo yo he de detenerme, me detengo, sigo de pie en la entrada de este comedor, es una sonrisa breve la de mi mujer, siempre he admirado esa sonrisa sobre todo cuando ha aparecido tras un enfado matrimonial, enfados intensos, a veces breves también, a veces largos, que duran una tarde, como ocurre en todos los matrimonios. Iba yo por el pasillo con mi enfado sobre los hombros, y de pronto, a mitad del pasillo me encuentro con la sonrisa inesperada de mi mujer, una esponja que borra el tiempo, que limpia el enfado, no me esperaba yo tan rápida y tan pronto esa sonrisa que me acaba de desarmar, una ausencia total de rencor, la limpidez total. Hablaría por tanto muchas veces de esa sonrisa, detendría quizás el relato para contemplar la sonrisa,, congelaría el movimiento y revelaría toda esa contemplación.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (32): COLOQUIO SOBRE EL AGUA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS —(32) : Coloquio sobre el agua

 

 

 

Alejado unos días de la periodista y de sus diálogos, terminó hoy este nuevo relato que incluyo en mis Memorias:

 

COLOQUIO SOBRE EL AGUA

El presidente de la mesa abrió el Coloquio aquella mañana. Extendió la mano hacia el profesor Osamu Saito invitándole con amabilidad.

–Profesor Saito –le dijo–, si le parece podemos comenzar. El público está expectante.

El profesor Saito desplazó su quimono de seda amarilla del respaldo de su asiento, miró al presidente con ojos diminutos tras sus lentes redondos, y agradeció la deferencia con una inclinación de cabeza. Luego giró hacia la derecha, se situó en línea recta con el profesor Virgilio Virgili, hizo otra inclinación de cabeza y dijo con una sonrisa:

–Ante todo, quiero manifestar mi satisfacción por encontrarme aquí, ante una autoridad como la del profesor Virgili, y agradecer que se me permita exponer unas afirmaciones que son el resultado de muchos años de trabajo.

El profesor Virgilio Virgili acarició su barba blanca y aprovechó la pausa para intervenir muy cortésmente:

–Antes de que continúe usted, profesor Saito, decirle que es halagador escuchar sus palabras, profesor, porque yo soy lector ferviente de todas sus publicaciones, y me sumo al unánime reconocimiento de su prestigio internacional. Estoy seguro de que su intervención va a esclarecer mucho el tema que vamos a tratar aquí.

Luego se volvió hacia el presidente de la mesa:

–Aprovecho también estos primeros minutos para testimoniarle a usted, doctor Pavletic, que dirige este Coloquio, mi congratulación por la oportunidad que me brinda al poder debatir en este foro cuestiones sin duda apasionantes y que van a ser, estoy convencido, de un enorme interés.

Desde lo alto de su estrado, el presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono:

–Perdón. Antes de que los dos prosigan, y para no interrumpirles más tarde y dejarles completamente libres en su diálogo, deseo devolverle su amable cumplido, profesor Virgili. Es esta Casa la que se siente honrada al tener hoy dos personalidades como ustedes, que tan amablemente han aceptado nuestra invitación. Si les parece, podemos comenzar.

El profesor Osamu Saito miró al presidente e hizo un leve gesto señalando la jarra de agua vacía sobre su mesa.

–Si se me permite sugerir … –indicó con una seña, aludiendo a que le llenaran la jarra vacía.

El presidente Pavletic enarcó las cejas y tocó brevemente la campanilla. Cirili, el conserje, se acercó, y el presidente le susurró al oído:

–Cirili, si hace usted el favor, sírvale agua en la jarra al profesor Saito, porque parece que se han olvidado de ponerla.

–Sí, señor presidente.

Cirili se acercó a la mesa de Osamu Saito.

–Perdone, profesor, que le moleste: ¿usted prefiere agua natural, o desea alguna marca especial?

–No le he entendido muy bien –murmuró en japonés Osamu Saito volviéndose hacia atrás, hacia Duyot, el intérprete.

Duyot, el intérprete, que estaba detrás de Saito, adelantó un poco su silla y se colocó junto a la nuca del japonés.

–Profesor Saito –le tradujo en voz muy queda–: le están preguntando si desea alguna marca especial de agua o prefiere agua natural.

–¿Hay agua mineral nacional? –le preguntó el profesor Saito en japonés a Duyot.

Philippe Duyot se dirigió a Cirili en el idioma del conserje.

–¿Hay agua mineral nacional? El profesor Saito desea saberlo. ¿Qué marcas tienen?

El conserje enumeró las marcas de agua. Duyot se las repitió a Osamu Saito, y el japonés escogió una.

–Gracias, profesor –dijo el conserje solícito–. Ahora mismo le traigo el agua.

–Cuando quieran entonces, podemos comenzar –dijo el presidente.

El profesor Virgilio Virgili miró al presidente, miró también al profesor Saito, y pareció dudar.

–Perdón, señor presidente, pero querría hacer una salvedad antes de comenzar la discusión, porque desconozco el protocolo. Mi pregunta es doble: ¿tenemos el tiempo fijado para cada intervención, y en ese caso, ¿cuál es ese tiempo? Y mi segunda pregunta es la siguiente: ¿hay establecido algún orden para comenzar el debate? Lamento, señor presidente –sonrió–, plantearle ya desde ahora cuestiones de procedimiento, pero creo que si conocemos ya de antemano las reglas por las cuales hemos de guiarnos, la discusión podrá ser más fluida y no habrá riesgos de fricciones estériles. Al menos, por mi parte. No sé si con esto me estoy adelantando en algo al profesor Saito –terminó mirando al japonés.

El profesor Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono amarillo, inclinándose hacia delante.

–En absoluto, profesor Virgili –sonrió–. Y me alegro de que sea usted el que expone con claridad esta observación, porque precisamente iba a proponerles yo eso mismo en este momento, en favor de lo que, muy bien señalado por usted, debe ser la fluidez en el contraste de pareceres. Me permito añadir que en cada Congreso al que he asistido ha sido lamentable el desorden, o quizá el desconocimiento de unas normas preestablecidas, lo que al final ha perjudicado el debate.

–Profesor Saito –le interrumpió Virgilio Virgili–, acaba usted de referirse a Congresos de modo explícito, y no sé si yo me atrevería a definir este encuentro nuestro como Congreso. Yo propondría a su consideración, profesor, como terminología básica y para poder entendernos esta mañana, la palabra debate. Simplemente debate. Sobre eso sí que creo que podremos edificar –se volvió hacia el presidente Pavletic–. No sé si está de acuerdo con esto, señor Presidente.

Lajos Pavletic separó ligeramente su espalda del respaldo de su alta silla y jugueteó con un lápiz entre los dedos.

–Eso es una cuestión de ustedes. Yo como presidente estoy abierto a cualquier terminología siempre que les facilite a ustedes las cosas. Creo que el tema que les ha traído hoy aquí es tan apasionante y puede tener tales repercusiones, que fijar con excesiva rigidez unos sistemas previos nos llevaría a una pérdida de tiempo. Sí, en cambio, me disculpo ante usted, profesor Virgili, por no haberle recordado antes el tiempo de que disponen. Cada uno de ustedes puede hacer uso de diez minutos para cada intervención, rogándoles no los sobrepasen, para así poder cumplir con holgura el programa trazado. No olviden –sonrió– que tenemos luego un almuerzo, almuerzo que es el que tradicionalmente celebramos como Institución –se volvió a apoyar en el respaldo de la silla–. Cuando quieran, señores, pueden comenzar.

–Voy a tomar entonces una palabra pronunciada por el profesor Osamu Saito, la palabra “desorden”, para iniciar yo mi declaración –comenzó Virgilio Virgili–. Aunque realmente, no sé, en verdad, si yo estoy en el uso de la palabra, es decir –añadió buscando la aquiescencia del presidente–, si yo soy el que debe comenzar. Mi pregunta es, señor presidente: ¿debo comenzar yo, o es el profesor Saito el que debe empezar?. Esa cuestión pienso que no ha quedado suficientemente aclarada.

Lajos Pavletic se separó un poco de su silla.

–Indistintamente –dijo inclinándose. Y se volvió a echar para atrás.

–No he entendido bien –murmuró en japonés Osamu Saito buscando a Duyot, el intérprete.

Duyot acercó sus labios al oído del profesor Saito.

–Profesor Saito –susurró en japonés–, el presidente dice que “indistintamente”, es decir que es indiferente que empiece uno u otro el debate. Que es lo mismo que comience uno u otro –le repitió.

–Muchas gracias –le contestó Saito al intérprete haciendo una inclinación de cabeza–. Entonces prefiero que el turno de intervenciones comience por el profesor Virgili. Me parece más correcto. ¿Es usted tan amable de traducirlo?

Duyot se dirigió a Pavletic:

–El profesor Saito prefiere que el turno de intervenciones empiece por el profesor Virgili, señor presidente.

Lajos Pavletic separó su espalda de la silla y se echó un poco hacia delante: –De acuerdo. Muchas gracias, profesor Saito –luego miró hacia donde estaba Virgilio Virgili y extendió su mano con amabilidad–. Tiene usted la palabra, profesor Virgili. Cuando usted quiera.

Cirili, el conserje, atravesó por delante del profesor Virgili llevando en una bandeja una botella de agua mineral colocada en un plato, y a su lado un vaso vacío y una pequeña servilleta. Al llegar a la altura del presidente se detuvo, giró para mirar a la presidencia, hizo una inclinación de cabeza y siguió andando hasta llegar al sitio del profesor Saito.

–Muchas gracias –le murmuró en japonés el profesor Saito dirigiéndose al conserje.

El conserje depositó la bandeja en un extremo de la mesa de Saito, saludó con la cabeza al japonés y atravesó de nuevo la sala.

El profesor Virgili aguardó a comenzar su intervención a que saliera definitivamente el conserje y cerrara la puerta.

Lajos Pavletic levantó, sin embargo, su mano en el aire, hizo un gesto para que no comenzara aún Virgilio Virgili e irguiéndose en su sillón de presidente y elevando la voz, llamó al conserje:

–¡Cirili!

Al haber desaparecido el conserje y quedar entreabierta una rendija de la puerta, el presidente Pavletic hizo sonar entre sus dedos la campanilla. ¡Cirili! –volvió a llamar repiqueteando con la campanilla– ¡¡Cirili!!

La hoja de la puerta se entreabrió un poco más y apareció en el umbral el conserje

.Dígame, señor presidente.

–Cirili, por favor –le dijo Pavletic en voz alta– ¿Sería usted tan amable de cerrar por completo la puerta?

–Sí, señor presidente.

–¡Ah! –prosiguió Lajos Pavletic– Y que a partir de ahora, nadie nos moleste. Vamos a empezar la sesión.

–Sí, señor presidente –Y el conserje dudó–: Hay más público afuera, señor presidente, que desea entrar. ¿Le indico que espere?

Como el profesor Osamu Saito había girado totalmente su quimono de seda amarilla para poder seguir mejor el diálogo entre el presidente y el conserje, y como el profesor Virgilio Virgili estaba también atento a aquella conversación, el presidente prefirió pedirles su opinión, a los dos.

–Aun a riesgo de que nos entretengamos algún segundo más, señores, como ustedes son los protagonistas y no yo, mi pregunta ahora va a ser muy escueta: me anuncia el conserje que se encuentra más público aguardando para entrar en la sala y asistir al debate. ¿Prefieren ustedes que entre ahora ese público o desean que espere hasta la primera pausa o receso que hagamos? Quizá prefieran que aguarden, ya que llevamos algo de retraso. Pero no quiero influirles. Ustedes tienen la palabra.

Osamu Saito se echó ligeramente hacia atrás para que el intérprete Duyot le tradujese al japonés lo que acababa de decir el presidente, Duyot lo hizo con rapidez, Saito contestó con unas frases muy veloces y el intérprete le comunicó al presidente:

–El profesor Saito opina que se debería comenzar ya el debate sin esperar a más público. Sin embargo, como es el profesor Virgili quien ha de iniciar los turnos de intervenciones, el profesor Saito declina su opinión ante la que pueda expresar el profesor Virgili.

–Muy gentil, profesor Saito, y muchas gracias –dijo con una amable sonrisa Pavletic. Y se giró en su asiento mirando ahora a Virgilio Virgili– ¿Y usted, profesor Virgili? ¿Cuál es su opinión?

El profesor Virgili acarició su barba blanca.

–Por mi parte, señor presidente, yo preferiría no ser interrumpido ahora por una mayor afluencia de público, con el consiguiente retraso que ello supondría para todos. Sin embargo, como creo que esto es una simple cuestión de procedimiento, me permito insinuar que entra dentro de las atribuciones de la Presidencia y –sonrió– a ella me remito. No sé lo que pensará mi ilustre colega, el profesor Saito, pero, en este caso, y teniendo en cuenta el tiempo que ya estamos consumiendo, lo que el presidente decida creo que estará bien decidido.

Lajos Pavletic agradeció satisfecho las palabras de Virgilio Virgili e hizo sonar de nuevo la campanilla mirando al conserje que esperaba con su mano sobre el pomo de la puerta.

–¡Cirili! –le ordenó con solemnidad el presidente –¡Cierre bien esa puerta, que vamos a comenzar! ¡Al público que aguarda, indíquele que deberá esperar a la primera pausa que se abra en este Coloquio! ¡Y por favor, que no nos interrumpan!

–Sí, señor presidente –dijo respetuosamente el conserje y cerró por completo la puerta.

–¡Bien, señores! –exclamó el presidente Pavletic echándose hacia atrás en el sillón– ¡Cuando ustedes quieran! Mejor dicho –rectificó mirando a Virgilio Virgili–, cuando usted lo desee, profesor Virgili, porque es usted quien tiene la palabra.

Virgilio Virgili adelantó su cuerpo en la silla y comenzó:

–Gracias, señor presidente –Luego se giró levemente hacia la derecha– Gracias también a usted, profesor Osamu Saito, pues me permite iniciar esta sesión. Bien. Iré directamente al fondo de la cuestión, o al menos procuraré intentarlo. Confieso, profesor Saito –dijo mirando al japonés–, que yo traía para este Coloquio un discurso o ponencia muy preparado y que aún tengo aquí, encima de la mesa, como usted puede ver. En principio, me disponía a leer ese discurso. Sin embargo, cuando yo le he visto hace un momento, profesor Saito, recordarle al presidente que le sirvieran agua, me he dicho de inmediato: esto es que el profesor Saito se dispone a proponernos, o a presentarnos, una de esas aportaciones suyas en las que él es un renombrado especialista. Todos quienes le seguimos (y me incluyo humildemente entre ellos) conocemos esos hallazgos singulares, profesor Saito, que usted periódicamente nos ofrece en las revistas científicas. Mi pregunta es: ¿nos va a sorprender quizá, profesor Saito, en esta sesión con una aportación nueva sobre el tema del agua? ¿Me equivoco tal vez al suponer esperanzado que va a ser así? Solamente eso –y se echó para atrás con una amable sonrisa mirando fijamente al japonés–. Muchas gracias.

Osamu Saito dejó caer hacia los lados las anchas mangas de su quimono de seda amarilla, observó atentamente tras sus redondas lentes a su colega Virgili, sonrió enigmático y contestó:

–Son muy halagadoras para mí, profesor Virgili, sus palabras y quiero reiterarle mi agradecimiento por los inmerecidos elogios que usted me dedica. Pero de todos es conocido en los foros internacionales su exceso de amabilidad y su exquisita benevolencia en sus juicios, que le hacen a veces sobrepasar los límites

El presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono.

–Perdón, profesor Saito –le interrumpió.

–Sí, señor presidente –respondió el japonés mirando a Pavletic.

–Nada más recordarle, profesor Saito, que hemos establecido un turno riguroso de intervenciones, y que en cada una de esas intervenciones debe respetarse el tiempo, tiempo que no debe sobrepasar los diez minutos. Perdón de nuevo, profesor Saito –sonrió– por este recordatorio o aclaración, pero es un procedimiento que nosotros mismos hemos acordado y que nos lleva a mantener un orden para que discurra con más fluidez el Coloquio. La palabra la sigue teniendo el profesor Virgili que no ha consumido su turno.

Osamu Saito hizo una inclinación de cabeza.

–De acuerdo, señor presidente. Muchas gracias.

Lajos Pavletic giró y miró a Virgilio Virgili extendiendo su mano en el aire.

—Entonces, profesor Virgili, puede usted proseguir cuando quiera, ya que está en el uso de la palabra. Le recuerdo que es usted quien ha abierto el turno de intervenciones –se echó hacia atrás en el sillón–. Cuando usted quiera, pues, profesor Virgili.

El profesor Virgili miró a Lajos Pavletic.

–Gracias, señor presidente.

Luego se volvió ligeramente hacia el japonés.

-Bien, profesor Saito. Le decía antes de que amablemente nos interrumpiera el presidente Pavletic para encauzar y ordenar este Coloquio. Por cierto, ordenación y encauzamiento que, permítame señor presidente –dijo volviendo a mirar a Pavletic– es un modelo de rigor, y por ello deseo felicitarle. ¿Puedo? –sonrió– ¿Me permite que le felicite, presidente Pavletic?

Lajos Pavletic se adelantó un poco en su sillón y lo agradeció con una inclinación.

–Gracias, profesor Virgili. Muy reconocido a sus palabras. Puede continuar.

Osamu Saito se recostó cerca del intérprete Duyot para que le tradujera al japonés el diálogo que estaban manteniendo Pavletic y Virgili, Duyot lo hizo velozmente inclinado en el oído de Saito y entonces el japonés se echó un poco hacia adelante con su quimono y tosió.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono y miró a Osamu Saito.

–¿Sí, profesor Saito? –inquirió aguardando con gran interés.

Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono de seda amarilla.

–Perdón, señor presidente. Aunque sé que yo no estoy en el uso de la palabra, acaban de traducirme la felicitación que mi colega Virgili ha dirigido a esta Presidencia y, adelantándome a la declaración que luego haré, quiero unirme también a dicha felicitación, puesto que me parece de absoluta justicia reconocer la forma impecable como esta Presidencia está llevando adelante este Coloquio.

Pavletic sonrió muy agradecido.

–Muy amable, profesor Saito –musitó, y se echó hacia atrás en el sillón mirando a Virgili– Profesor Virgili, puede proseguir cuando quiera.

Virgilio Virgili giró hacia la izquierda, se colocó en línea recta con el japonés y acariciando su barba blanca continuó:

–Yo no sé, profesor Saito, si ya que estamos de acuerdo como asistentes a este Debate en felicitar ambos al Presidente, no podría figurar ya esta resolución en las Actas. ¿A usted qué le parece?

El profesor Saito miró a Pavletic.

–Yo no me atrevo, señor Presidente, a proponer nada aún sobre este aspecto para que figure en las Actas, sin conocer su opinión, señor Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

–¿Se refiere usted, profesor Saito, a la felicitación a esta Presidencia?

–Sí, señor presidente –respondió Osamu Saito–. A que figure en las Actas.

Pavletic se echó hacia atrás en el respaldo del sillón.

–Esta Presidencia prefiere que esa cuestión se debata al final. Conviene que prosiga el Coloquio. Sigue teniendo usted la palabra, profesor Virgili.

Virgili se situó frente a frente al japonés.

-Lo primero que deseo decirle, profesor Saito, y perdóneme que avance en esto tan directamente puesto que aún no hemos entrado en el auténtico Coloquio, es si usted, como especialista en la materia, va a utilizar en su intervención su lengua original o bien va a escoger otra lengua.

Como el profesor Virgili hizo una larga pausa y se quedó observando a Osamu Saito, éste miró a su vez hacia el Presidente y pareció dudar. -¿Puedo, señor Presidente…? –preguntó a Pavletic con timidez.

Lajos Pavletic se inclinó hacia adelante.

-Profesor Saito, aunque usted realmente no se encuentra ahora en el uso de la palabra, entiendo que muy bien pueda intervenir. Sin que sirva de precedente, permítame que yo le ayude, si no tiene inconveniente – comentó muy amable. Y se giró luego hacia Virgilio Virgili–: Profesor Virgili, discúlpeme: esta observación que acaba usted de hacerle al profesor Saito, ¿supone una pregunta? Porque quizá para el profesor Saito no ha quedado suficientemente claro si es interrogación o no. Es decir, ¿desea usted que el profesor Saito le conteste ahora, o bien sus palabras son un mero comentario?

Virgilio Virgili asintió con la cabeza y dio muestras de querer especificarlo.

-—-Sí. Es una pregunta, señor Presidente –murmuró decidido.

Pavletic se volvió hacia Osamu Saito.

-Ya lo ha oído usted, profesor Saito: es una pregunta. Entonces, cuando usted quiera puede tener la amabilidad de contestar —y se echó hacia atrás en el sillón.

Osamu Saito movió un poco su quimono de seda amarilla y miró con ojos diminutos tras sus lentes redondos a Virgilio Virgili.

-Me halaga su interés ya desde el principio, profesor Virgili, por cuestiones, llamémoslas así, específicamente técnicas. O quizá mejor, podríamos decir, bastante más concretas de las que hemos tratado hasta ahora. Le responderé con mucho gusto a lo que usted me pide. La palabra que yo voy a utilizar a lo largo de este Coloquio he decidido que sea una palabra determinada: la palabra mizu, es decir, agua en japonés. He dudado mucho, se lo confieso profesor Virgili, si emplear, quizá por deferencia hacia su persona (usted sabe muy bien los vínculos que nos unen aunque sea únicamente por colaborar ambos en Water International o cuando mantenemos nuestra correspondencia a través de Scientific American); pues bien, como le digo, he dudado durante largo tiempo, en los meses de preparación para este Coloquio, si emplear la lengua japonesa para el tema que hoy nos ocupa, es decir, si usar concretamente la expresión mizu que, como usted sabe, significa agua en japonés, o bien (y aquí estaba mi duda), si inclinarme en cambio por otra expresión, la que corresponde precisamente a su lengua materna, profesor Virgili, es decir, el húngaro. Y entonces, en ese caso sí hablar de víz, palabra que corresponde –corríjame si me equivoco– a agua en húngaro.

El profesor Virgili se removió en su asiento y sonrió muy halagado:

-Le agradezco muy sinceramente esa duda y esa deferencia suya  — se atrevió a decir.

-Y bien— prosiguió Osamu Saito colocándose mejor las mangas de su quimono e inclinándose más en la mesa —, al llegar a este punto, es decir, reflexionando todos estos meses de preparación ante tal disyuntiva, he aquí que recibí (como usted seguramente la habrá recibido también), la Comunicación por la que se me informaba de que este importante Coloquio en el que ahora nos encontramos iba a ser brillantemente presidido o moderado por una autoridad de renombre internacional, el doctor Lajos Pavletic, aquí presente y miró al Presidente con afecto.

El Presidente, Lajos Pavletic, al ser aludido, se adelantó un momento hacia el micrófono, pareció que fuera a hablar, hizo una breve inclinación de cabeza, pero se recostó de nuevo en el sillón.

-Entonces, profesor Virgili —continuó Osamu Saito —, me planteé yo una pregunta (no sé si usted se la habrá planteado, pero yo sí se la formulo ahora): ¿Seríamos capaces usted y yo, un húngaro y un japonés, de ceder por un momento las preferencias sobre nuestras propias lenguas y adecuarnos a la lengua natal del doctor Pavletic? Al principio, se lo confieso, ante esto no encontraba respuesta. Usted y yo no nos habíamos encontrado en los últimos meses y era difícil sin duda tal comunicación, además de que era una cuestión muy delicada y personal. No cabía entonces más remedio que proponérsela aquí directamente, incluso delante mismo del doctor Pavletic, y aun a riesgo de ser inoportuno o indelicado —Hizo una pausa —. Pero decididamente sí se la propongo ahora: yo pregunto, profesor Virgili, ¿podemos ceder nosotros la expresión mizu, es decir, agua en japonés, y a su vez la expresión víz, que corresponde a agua en húngaro en beneficio de voda, que como usted sabe bien, significa agua en croata? ¿No representaría esto una amable deferencia y un respeto hacia la autoridad croata que hoy nos preside? Piénselo bien. Contésteme sin prisas.

A pesar de que Osamu Saito, recostándose hacia atrás, pareció aguardar ávidamente una respuesta, Virgilio Virgili no dio muestras de querer responder y se hizo un largo silencio tan sólo roto por la breve tos del Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

-Perdón, señores. Aunque este es un aspecto que tiene referencia a mi persona y yo no tengo por costumbre interferir en los Coloquios, sí me parece necesario avanzar en el diálogo. Por tanto, profesor Virgili —dijo dirigiéndose a él— , yo le ruego que responda a las palabras del profesor Saito. Es necesario proseguir. No olviden que luego tenemos una comida.

Y se echó hacia atrás en el sillón.

Virgilio Virgili aprovechó la pausa para verter un poco de agua de la jarra en su vaso.

-Me pide usted una contestación, profesor Saito —respondió tras verter el agua — y con mucho gusto se la doy. Me pregunta usted si, a lo largo de este Coloquio, debemos utilizar, para designar el agua, la palabra mizu, que corresponde a su lengua japonesa, o bien es mejor que nos inclinemos, para entendernos mejor, por el término que en húngaro, mi lengua, designa igualmente al agua, es decir, la palabra víz —Hizo una pausa —Pero aún dice usted más: dice usted que, valorando la personalidad y el renombre de nuestro Presidente, podríamos reemplazar esas dos formulaciones tan precisas por otra nueva, o bien por otra distinta: la que se refiere a la lengua materna del Presidente Pavletic, es decir, la lengua croata. Sugiere usted emplear el término voda, que como usted ha recordado muy bien, quiere decir agua en croata  —y aquí hizo una nueva pausa y miró más atentamente al japonés— . Pues bien, yo le diré algo, profesor Saito. Lo importante es el fondo de nuestro debate, no la terminología que empleemos. Lo importante es que nos estamos ya relacionando usted y yo, que nos estamos exponiendo con toda naturalidad cada uno de nuestros puntos de vista y que estamos estableciendo como en todos los Coloquios un fructífero diálogo. Eso, eso es lo que estamos haciendo en estos momentos. Lo importante es que nos estamos elevando por encima de cuestiones lingüísticas. Mizu, víz o voda podemos usarlas indistintamente: eso es lo accesorio. Es en lo que yo creo. Podemos usar indistintamente las tres fórmulas. Lo importante es el fondo. Pero, profesor, sí me gustaría saber su opinión sobre esto.

Virgilo Virgili se echó hacia atrás esperando una respuesta y Osamu Saito inclinó su quimono también hacia atrás buscando al intérprete.

Duyot, el intérprete, se inclinó hacia adelante y se acercó al oído de Saito: –

—Profesor: el profesor Virgili ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que eso es accesorio, que lo importante es el fondo.

-No le he entendido bien— le susurró Saito al intérprete —,repítamelo otra vez.

El intérprete se acercó aún más al oído de Saito.

-El profesor Virgili —repitió Duyot — ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que lo importante es el fondo.

-¿Qué quiere decir “indistintamente”? —preguntó Saito en japonés al intérprete.

Duyot, el intérprete, le tranquilizó:

-Indistintamente quiere decir que pueden usarse como se deseen las palabras, profesor Saito, que eso es indiferente.

Osamu Saito se inclinó hacia adelante con su quimono de seda amarilla y tomando su vaso de agua bebió ahora lentamente.

También bebió el profesor Virgili.

También  bebió el Presidente.

Luego prosiguió el Coloquio.

José Julio Perlado—“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (31): CELA Y PICASSO

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (31 ):   Cela y Picasso

 

 

– Y a eso es a lo que usted llamaba el otro día los “paisajes interiores”…

– Sí, precisamente a eso. Porque no son paisajes que podemos considerar a la manera tradicional, es decir, paisajes que nos llegan desde el exterior, que podemos ver de modo natural con sólo extender los ojos, sino que para mí eran diversos cruces y señales de muy variados sentimientos. Muy frecuentemente, como digo, algunos objetos corrientes y comunes que nos rodean nos llevan, al menos a mí sí me llevan, a evocaciones de confluencias inesperadas. Me ocurre, por ejemplo, con este otro objeto que tengo yo aquí delante, en este despacho, esto que está muy cerca de usted, ¿.lo ve?, voy a enseñárselo más detalladamente, éste que está encima de la mesa, permítame que se lo muestre, es este gran volumen, al menos en tamaño. Es un ejemplar, como ve, numerado, titulado “Gavilla de Fábulas sin amor”, editado por Papeles de Son Armadans en 1962, empezado a redactar, según dice aquí, el 4 de noviembre de 1961 en Palma de Mallorca, compuesto a mano, y que según se señala en esta última página, es original de Camilo José Cela y está acompañado por treinta y dos ilustraciones en color que fueron dibujadas por Picasso el día 13 de junio de 1960 en Cannes. Se añade también que los estuches y encuadernaciones se hicieron con tela fabricada especialmente por Gavaldá. Pues bien, éste es el libro que Cela me dedicó y regaló en 1967 cuando estuve charlando con él en su casa.

– ¿Qué impresión le causó Cela?

– Para muchos Cela era un hombre bronco. Para mí no lo fue. Yo le fui a visitar a la casa que aún conservaba en Madrid, en Ríos Rosas 54, aunque él ya vivía en Mallorca. Pero había muchos Celas dentro de su personalidad compleja. Hablamos de sus prólogos, de los prólogos que él había escrito para distintas obras suyas y para distintas ediciones y a él se le veía muy cómodo en aquella conversación. Hablamos también del oído que tenía que tener el prosista y de que para él, así me lo dijo, el oído del prosista tenía que ser más fino que el del poeta e incluso que el del músico. Me dijo que él había intentado reflejar la España de su tiempo, pero no el costumbrismo. Hablamos igualmente de sus muchos viajes por España y de la influencia de ambientes que él había recibido precisamente a propósito de esos viajes, del habla de las gentes… Hablamos, pues, de muchas cosas. Estuvimos más de dos horas. Luego comí con él y con Charo, su primera mujer, una persona encantadora, y al final, ante mi sorpresa, me anunció que iba a regalarme este ejemplar realmente valioso que usted ve aquí, este objeto que luego, al cabo del tiempo, cada vez que lo abro y contemplo de nuevo como ahora lo hago con usted, no sólo estas páginas de escritor con dedicatoria personal sino las ilustraciones del pintor, es decir, estos dibujos de Picasso trazados con la seguridad que le caracterizaba, me hacen pensar como contraste en los altibajos que suelen tener muchos artistas, no solo en los de Cela, que por supuesto los tuvo, pero también y principalmente en los de Picasso, que yo conocía ya bien, altibajos muy sorprendentes quizá, y muy bien revelados, espero que de modo sincero, por Francoise Gilot, una de sus mujeres, que describió escenas privadas de su vida en común en torno a 1947. Siempre me han interesado esos altibajos o esos ánimos y desánimos de los artistas, y de eso he escrito alguna cosa, porque son altibajos que también los tengo yo y porque son muy humanos y corrientes. Forman parte de los vaivenes del proceso creador, del que ya hemos hablado en otras ocasiones. Pero en el tema de Picasso, cada vez que contemplaba estos dibujos, me acuerdo que me sorprendían más aún sus titubeos, porque aparentemente Picasso parece un artista muy seguro de sí, y que se adentra impetuoso a romper moldes y a iniciar movimientos y al que en un principio no se le adivinan incertidumbres. Y sin embargo Francoise Gilot relata las lamentaciones del pintor cuando en 1947, con sesenta y seis años de edad y tras haber pintado en 1907 “Les demoiselles d ‘Avignon” o en 1937 el “Guernica”, y tras haber atravesado de modo admirable sus períodos azul y rosa y haber expuesto en medio mundo, se niega a levantarse de la cama para ponerse a trabajar. “Mi pintura, se lamentaba Picasso en aquellos momentos según cuenta Gilot, cada vez va de mal en peor, cada día trabajo peor todavía que el anterior, estoy terriblemente desesperado y me pregunto por qué he de levantarme, ¿para qué he de pintar?”, se lamentaba, a lo que Francoise , si hemos de creerla, contestaba: “todos tus amigos te aprecian, tu pintura es maravillosa, esta opinión es compartida mundialmente. A través de tu obra, puedes estar seguro de que algo va a cambiar. Hoy harás algo extraordinario. Ya lo verás cuando esta noche hayas acabado tu labor. Te sentirás un hombre completamente diferente”. Y Picasso, sentado en la cama, como un niño, preguntaba : “¿Sí? ¿Estás segura?”.

Estas cosas, pues, suelen ocurrir a los más grandes artistas y por supuesto igualmente a los pequeños. Son los célebres “bloqueos” que aparecen frecuentemente, tanto al principio, como a la mitad, como casi al final de una obra. Es una especie de inseguridad en uno mismo, un íntimo pánico escénico por si lo que uno está haciendo no está alcanzando las metas propuestas. Casi nadie mira hacia atrás. Prácticamente nadie lee lo que escribió en su día, es decir, uno no relee lo que ha conseguido, aunque haya supuesto aquello mucho esfuerzo, porque para el autor eso es ya cosa pasada, en el fondo uno no lo quiere recordar; lo que interesa y atrae y fascina es la obra futura; ésa, se dice, es con la que uno quiere acertar. Luego se acertará o no, pero eso es lo que le mantiene a uno vivo, eso es “ el proyecto”, como así lo quiso definir un filosofo español, la vida en proyecto continuo. Pero lo importante de todas estas consideraciones es, como le digo, que a mí con mucha frecuencia estas cosas me han ido surgiendo de la observación atenta de un objeto concreto, como si uno quisiera rememorar una contemplación a través de ese objeto. Hay objetos antiguos y familiares que extienden en derredor, aunque al principio uno no lo distinga, como un halo de evocaciones, y eso creo que ya se lo comenté al hablarle un día de ciertos muebles de la casa de la calle de Goya, por ejemplo cuando le hablé de aquel espejo en un cuarto sombrío, o de aquel vestidor cercano al pasillo donde yo casi veía imágenes o fantasmas; pero es que hay más: hay objetos que por la cercanía o porque con ellos hemos convivido en muchas ocasiones nos entregan enseguida atmósferas mezcladas, visiones, olores, impresiones táctiles, todo el vaivén de viajes y mudanzas, las conversaciones que se cruzaron sobre sus superficies y contornos, los ademanes, gestos e incluso los juegos; y al hablar precisamente de juegos me vienen ahora a la mente de improviso unos juegos concretos de cartas y silencios en otros escenarios, unos juegos de dedos y de guiños a los que yo asistí y en los que participé hace ya años, que enlazaban las manos de muchos miembros de la familia, e incluso de amigos que venían a visitarnos, juegos de cartas sobre un tapete verde encima de una mesa grande y redonda que entonces teníamos en una casa de campo al sur de España y que ahora está aquí, es ésta que usted ve en este despacho, la gran mesa donde trabajo y que guarda mucha historia. Esta mesa que usted ve es de madera maciza de nogal, con poderosas patas y ruedecillas para ser transportada, una mesa extensible, que perteneció a mi bisabuelo Adelardo, un hombre aficionado a la caza, padre de mi tía Amparo, gran viajero y gran conocedor de costumbres. No sé si era cierto o no pero lo que él explicaba, según me contó más tarde mi abuelo el escritor, era que esta mesa la había encontrada medio arrumbada y semi oculta en una tienda de antigüedades de Madrid, tampoco sé la fecha ni el lugar exacto, pero sí que apareció como si la mesa estuviera perdida entre valiosos relojes de mármol blanco, aguamaniles de granito y consolas de media luna. A mi bisabuelo al parecer le había cautivado desde el primer momento esta mesa, quizás precisamente por su sencillez al compararse con tantas esfinges y estuches valiosos. Según me contó mi abuelo, y era algo admitido ya por toda la familia, esta mesa había servido en muchos almuerzos importantes, entre ellos los reunidos en torno a Sagasta, el político liberal y varias veces presidente del Gobierno a finales del XlX, pero todo esto no sé en verdad si eran fantasías o realidades. Lo cierto es que esta mesa, que al principio estuvo en el comedor de la casa de la calle de Goya, al desmontarse ese piso, pasó a una pequeña casa de campo que tenían mis padres, y en ella, y sobre estas maderas, discurrieron muchas tardes de juegos de cartas. Recuerdo ahora perfectamente aquellas tardes en que llegaban algunos automóviles desde las casas y las fincas cercanas, aparcaban bajo los árboles o en la explanada, y mi padre se disponía ya preparado junto a esta mesa situada entonces bajo un olmo, el olmo que dominaba el jardín. Se congregaban en ese momento varias sillas blancas en torno a ese olmo, acabábamos de comer al aire libre, se extendía un tapete verde sobre la mesa y empezaba la partida. Se jugaba lógicamente en silencio. Resplandecían bajo el sol algunos sombreros blancos de los hombres, entre ellos el de mi padre, caídas las alas sobre las nucas porque hacía calor sofocante y el sol iba y venía siguiendo las horas, siguiendo el sendero que le marcaba la tarde: iba el sol desde el olmo hasta una pequeña casa que teníamos al fondo y en cuya buhardilla yo me había pasado la mañana escribiendo y el sol volvía e iluminaba fotografías familiares que en ese momento le estaban haciendo a mi padre o a mi abuela paterna que llegaba despacio, andando con sus pequeños pasos cortos y apoyada en su bastón, aquella mujer que me enseñó a rezar, como así creo que le comenté. Son imágenes fijas en un tiempo y en un instante, pero vuelven a mi memoria cada vez que toco esta superficie, esta madera, aunque ella ahora esté sosteniendo varios libros, muchas cosas, y hayan pasado muchos años. Para mí siempre será esta mesa la de los naipes y los veranos familiares, la mesa de las conversaciones, del azar y de la habilidad, cuando los dedos manejaban y escondían las cartas entre silencios calculados, miradas cómplices e incluso bromas, como aquel día en que mi tía Ángela, una mujer muy divertida, de sonrosados carrillos y brazos hercúleos, con un sombrero rojo que siempre llevaba puesto, hablando de su marido ausente, nos confesó la gris monotonía de sus almuerzos cotidianos, “Mi Vicente, nos dijo, es igual que estas cartas. Siempre pienso en él. En la comida nunca salimos de lo mismo de siempre: sota, caballo y rey”.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (30): LOS PAISAJES INTERIORES

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (30): Los paisajes interiores

 

 

19 mayo

 

– Me gustaría que me hablara usted uno de estos días, cuando quiera -me dice hoy la periodista -, de los que usted llama sus “paisajes interiores”, creo que es así como los llama…

-Sí, así es. Los llamo los “paisajes interiores”.
Pues mire usted, igual que recuerdo perfectamente, porque me interesó mucho cuando la leí en su día, la descripción de los muebles y objetos tan valiosos que narra minuciosamente Mario Praz – no sé si usted conoce a este gran crítico italiano – en su singular libro autobiográfico “La casa de la vida” cuando va invitando a recorrer el laberinto de su residencia romana de Vía Giulia y se detiene en la descripción pormenorizada de sus comedores, vestíbulos, dormitorios, pasillos y salitas de paso, pero sobre todo, algo que es más importante, cuando se detiene en la historia, en el volumen y la importancia de los objetos, en esa presencia viva de los objetos que él posee y que ha ido acumulando a lo largo de su vida, así yo – guardando todas las distancias que se quieran de evocación y de literatura con Praz, naturalmente -, acumulo también en mi memoria la presencia de algunos pequeños objetos muy concretos en torno a los cuales se han desarrollado escenas de mi vida y de donde han surgido
muchas historias. No es la mía por tanto la historia de una casa especial, como así quiso hacerlo Praz, sino la sucesión de objetos entremezclados y variados en casas muy diferentes. Uno de esos objetos, aunque quizá a usted pueda asombrarle hoy y le parezca casi increíble, es nada más y nada menos que un sencillo brasero antiguo, un brasero simple y corriente de los que antes se usaban en algunas casas cuando no había calefacción. Aún lo veo cómo viene por el largo pasillo de madera de aquella casa de la calle de Goya en Madrid de la que ya le he hablado varías veces. Era un brasero de hierro dorado que Berta, la muchacha de servicio, traía cogido con ambas manos por las asas, un brasero medio encendido que avanzaba hasta el comedor donde yo estaba, y aún recuerdo perfectamente su tapa, su badila y sus tenacillas. Luego Berta, lo recuerdo también, se arrodillaba en la alfombra, levantaba las faldas de la mesa camilla, colocaba y encajaba el brasero en el centro de la tarima perforada que igualmente servía de reposapiés, y con la paleta redonda de la badila removía poco a poco, de uno a otro lado, las blancas cenizas, escarbando y avivando bajo ellas las ascuas de granos rojos encendidos como tesoros diminutos que luego calentarían los zapatos y los calcetines de mi abuelo, el poeta y escritor, que solía acudir, como todos los domingos hacia las seis acompañado de Lola, su mujer, es decir, de mi abuela materna. Siempre que ahora recuerdo todo esto , veo que el poeta y escritor se sienta en ese amplio sillón de espaldas a la ventana que da a la calle de Goya, coloca los codos en los brazos del sillón, levanta un poco las manos, estira los dedos y sobre todo escucha. Esta mañana ha recibido una postal de Juan Ramón Jiménez y lo que está escuchando en este momento junto al brasero es la voz de Juan Ramón que le sigue hablando desde la postal : “mi querido amigo, llegaría uno a escribir sin gritos, a escuchar solamente el enorme rumor del gran silencio de oro del día, el hervidero de plata de la noche sin fin. Mándeme sus poesías. Crea usted, mi querido poeta, que yo no estoy bien ni mucho menos, y, lo que es peor, que nunca estaré bien; he jugado mucho con las sombras de la muerte. Le abrazo con todo mi cariño. No deje de escribirme”. La voz de Juan Ramón se extendía entonces sobre el tapete granate en aquellas tardes de mesa camilla, y aunque a aquella voz aún le faltaban cuarenta y siete años para morir, ya era una voz entre firme y doliente, resonando las erres y las eses en un eco contenido hasta los bordes de la postal, las nubes de las enfermedades inventadas por el autor de “Platero” pasaban por encima de las palabras y las palabras las iba pronunciando y repitiendo Juan Ramón en la mente de mi abuelo hasta que éste casi se las aprendía de memoria ( tanta veneración tenía por aquel poeta), y por lo tanto en aquel comedor, ausente él de todo otro tipo de conversaciones, mi abuelo seguía escuchando atentamente la voz de Juan Ramón y Juan Ramón le seguía hablando en prosa y en verso, permaneciendo siempre mi abuelo en silencio, las manos juntas, los codos sobre los brazos del sillón, los ojos entrecerrados, a lo largo de aquellas tardes en las que se congregaba a merendar parte de la familia.

– ¿ Y su abuelo nunca hablaba?

– Casi nunca. Dejaba que Lola, su mujer, se fuera peleando con las enormes pilas Tudor de su aparato de sorda que pitaban casi constantemente sobre el tapete granate y dejaba también que mi tía Amparo y su hermano Moisés discutieran de la sal y de las cuentas siempre oscuras que arrojaban unas salinas poco trabajadas que la familia mantenía a duras penas en Castilla.

– ¿Qué edad tenía usted entonces?

– Diecinueve, veinte años.

—¿Ya había comenzado a escribir?

—Sí, precisamente en ese comedor de que le estoy hablando, sobre ese tapete granate, ya había comenzado a escribir. Naturalmente, siempre que estaba solo y en silencio, que era en muchas ocasiones.

—¿Escribía un libro o cosas sueltas?

— Un libro. Una novela entera.

—O sea, su primera novela. ¿Usted no empezó como tantos otros por la poesía?

—No, la verdad es que a la poesía no le he dedicado prácticamente ningún tiempo. Me refiero como creador. He leído mucha poesía, he hablado mucho de ella. Pero en toda mi vida he escrito solamente dos poemas.

—Y esa novela suya, la primera, ¿de qué trataba?

—Era una novela con un fondo muy madrileño, muy de ciudad. La titulé “La vida de nadie” y era la historia de un chico sin documentación y sin apellidos, perdido por la ciudad por culpa de la guerra. Cuando la acabé – recuerdo que la escribí en unos largos cuadernos de anillas, naturalmente a pluma y, como le digo, sobre aquel tapete granate del comedor- , era casi  el día en que cumplí veintidós  años, la presenté ese año al Premio Planeta y sorprendentemente quedó finalista, quedó en el segundo puesto.

—¿No la publicó?

—No, tal como estaba al fin preferí no publicarla. Hoy tendría que volverla a leer y retocarla mucho.

—Y no se ha animado a ello…

—No, no me he animado.

—Volvamos, entonces, si le parece, a esos “paisajes interiores” de que me habla, a esas reuniones familiares y dominicales….¿Usted, siendo tan joven, no se aburría en ellas?

– No, no me aburría. En absoluto. Observaba. He observado siempre. Observaba, por ejemplo, los movimientos que unos y otros daban de vez en cuando a aquel brasero para avivar el calor, levantando un momento las faldas de la mesa camilla y dando un empuje más al cisco con la badila y observaba también a mi abuelo el escritor en charla siempre muda con Juan Ramón, como antes le decía, una conversación que excepto él nadie oía. Observaba igualmente, además del brasero, otro objeto situado frente a mí. Era un pequeño cuadro colocado al lado del pesado cortinaje que protegía del frío de la ventana y era obra de un gran pintor español, Benjamín Palencia. Siempre me lo quedaba mirando. Como aquellas reuniones eran largas, duraban toda la tarde, y yo estaba sentado en una silla entre mi abuelo el escritor y mi tío Moisés, frente por frente al cuadro, me acostumbré a mirarlo atentamente. El cuadro era una copia bastante buena de una pintura de 1945, empleando la técnica de óleo sobre el papel, titulada “La era” que había recibido la Tercera Medalla de la Exposición Nacional en 1941 y que, por lo que supe después, mi abuelo el escritor le había querido regalar a su hermana Amparo para que la pusiera en el comedor. Benjamín Palencia había pintado aquel cuadro en el jardín de su casa de Villafranca de la Sierra, en la provincia de Ávila, desde donde contemplaba con frecuencia una era que tenía delante. A veces la completaba con otras eras que observaba en pleno campo. Todos aquellos paisajes de lomas, cerros, árboles, labriegos, arrieros, también truchas y perdices, también cielos y vacas y cabras, él no sólo los pintaba sino que los tocaba a lo largo de su vida, y yo no podía imaginar mirando aquel cuadro con el intenso ocre de los bueyes y de los caballos, el blanco de las camisas de los hombres y el amarillo de las pajas, que Palencia, diez años después, en su casa madrileña de la calle de Sagasta, me lo iba a confesar directamente : “Mi pintura – me dijo entonces, en 1967, cuando fui a visitarle -, es eminentemente táctil. Yo pinto tocando, yo voy buscando los cuerpos y los miro como si los tocase…, por eso también soy muy terrestre, y muchas veces, en verano, no solamente toco con los dedos, sino que me descalzo para andar por todos los caminos de España, para coger esta aspereza, este calor que tiene el paisaje español para llevarlo a mi pintura”. Era el tomillo, la labranza, las bestias casi minerales, las rocas como animales, el pastoreo y la tierra intacta junto a zagales, trashumantes, serranías y sembraduras. Todo lo tocaba con las manos y con el pincel. Sentado en unas rocas, Palencia colocaba el lienzo aún virgen sobre unas grandes piedras verticales e iba sacando de sus tubos la pintura que manejaba y mezclaba luego entre sus dedos y ya con los dedos manchados iba marcando el borde inferior de las mesetas, redondeando la curva de unos caminos que daban la vuelta a unos árboles. Escogía a veces unos colores tan violentos que parecía arder la tierra y me viene a la memoria cómo resplandecía “La era” en aquel comedor bastante oscuro del brasero y las alfombras de la calle de Goya. Pero como me enteraría mucho tiempo después por uno de esos cruces inesperados que da la vida, descubrí a través de unos papeles y lecturas, que precisamente Benjamín Palencia, el autor de aquel cuadro que ahora contemplaba en el comedor, se había encontrado muy joven, cuando sólo tenía dieciséis años, con Juan Ramón Jiménez, que entonces tenía treinta y nueve, el poeta que en aquellos momentos también seguía susurrándole palabras a mi abuelo en lo profundo de la habitación. Palencia, al parecer, se había acercado un día de 1920 hasta una librería de la calle Caballero de Gracia a la que también acudía el poeta y allí el librero no dudó en poner en contacto a los dos, al pintor y al poeta, por la admiración mutua que se tenían: iniciaron entonces una cordial amistad y pocos meses después Palencia dibujaría por primera vez unos poemas de Juan Ramón titulados “Fuego y sentimiento”. Por tanto, y aunque en aquel momento yo no me diera exacta cuenta de todo aquello, y reconozco que sólo llegaría a comprenderlo mucho más tarde, lo cierto es que en aquellas tertulias de la mesa camilla que teníamos la familia se estaba de algún modo entrelazando el tiempo, y por encima del tapete granate que cubría el brasero, se unían las palabras de un gran poeta con los colores vivos de un gran pintor, es decir, se unían a través de los años las obras de dos grandes amigos.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” —Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (29) : EL SOL, LOS LIBROS, BEETHOVEN

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS (29):  El sol, los libros, Beethoven

 

 

18 mayo

en casa. 10, 25

Una jornada solitaria. Una jornada de descanso. Soliloquios. Lecturas. Apuntes.

Quizá tal vez influido por la conversación de ayer con la periodista, he aquí mi sueño de la noche pasada:
Estoy dormido y sueño que me levanto, me pongo a escribir y escribo que hace poco que he dormido y que quiero escribir un libro de interés. En ese momento me detengo y me pregunto si estaré despierto de verdad y no estaré soñando que escribo; pero no, ya no estoy dormido, escribo y escribo intentando escribir un libro de interés, deteniéndome a cada trecho para comprobar si no estaré dormido. Así, una y otra vez hasta que realmente me despierto y me decido a escribir que he estado soñando.

– por la tarde-17, 20

Al sol ahora, el de las 17, 20 de la tarde se le ve venir muy despacio. Viene de las zonas lejanas de Madrid, toca los barrios de las afueras, luego las casas más cercanas. Tuerce siempre por los tejados y enfila luego la recta que conduce hasta este cuarto donde escribo. Es un sol pálido en invierno y en primavera, sus cristales entran hasta el comedor. Estoy aquí como en un andén, desde hace años: el jarrón con flores, mi retrato cuando cumplí los cincuenta, otra fotografía de A. y yo sentados y contemplando la vida, el mueble de laca que sostiene a la estación inventada, una imagen, y a sus pies, una flor. Este sol de las 17, 20 se detiene siempre en este lado del cuarto, hay un baño de resplandor en las ventanillas del sol, los cristales se quedan quietos ante las puertas, no baja nadie, no sube nadie, no hay ruido alguno, es una sucesión de vagones transparentes que dejan en el suelo sombra y luz. Quedo siempre admirado. Excepto los días de lluvia en que el comedor se encuentra apagado y moribundo, las demás tardes aguardo inmóvil esta llegada liviana del sol que permanecerá aquí unos diez o quince minutos, el tiempo que se dedica a brillar con mayor fijeza sobre los marcos de las fotografías, el tiempo que pasa sobre las flores y el jarrón. Sé que el sol está lanzándome su señal. Mi mujer y yo mudos en el retrato nos dejamos bañar por este singular momento. Poco a poco las sombras se endurecen, los rayos se evaporan. Todo este andén del comedor va quedando suavemente gris, recién visitado, ya solitario. Casi no me doy cuenta cuando el sol se va, se está yendo del cuarto, se ha ido, la luz se disuelve, el sol volverá mañana a las 17,20. Aquí seguiré muchas tardes del año, sin moverme.

Por la tarde – 19, 00

Al fin de esta larga jornada solitaria, interrumpidos los diálogos con la periodista, me refugio hoy en la música. Escucho ahora, a las siete de la tarde, en el silencio del despacho y en estos ratos en que la casa está vacía, la Séptima de Beethoven, esa Sinfonía que tantas veces me acompañó. Especialmente ese segundo movimiento tan lento y dulce que siempre me sobrecoge. Este “Allegretto” lleno de ternura, subidas y bajadas llenas de matices, acunarse de tristezas y alegrías. Casi lo conozco de memoria. Con él he ido conduciendo mi automóvil muchos años por las carreteras de España. Con él también, con este “Allegretto”, trabajé una larga temporada. Fue mi reiterada compañía cuando estaba escribiendo sobre el ocaso de la vida, sobre la paralización de la muerte, sobre la paralización del tiempo. Una novela. Una utopía. Y allí escribí: “… como esos salmones que van tenazmente, determinantemente, casi a pesar de ellos, con una fuerza interior que les empuja y les invade de valor remontar el riachuelo preciso que les vio nacer, y ello lo hacen casi de modo ciego, por su impulso y su energía incansable, y de modo asombrosamente lúcido en su búsqueda de orientación…, sin dudar en medio del laberinto de aguas, volviendo una y otra vez a elegir el exacto camino entre mil caminos desorientadores…, así el hombre vuelve- lo perciba o no, lo desee o no – hacia su principio y su origen. Y tras largas ausencias físicas y espirituales, tras alejamientos que han llegado a durar una vida entera, el hombre se siente impelido a retornar al inicio de donde surgió. Y remontando todo ese río de vida al revés, todos volvemos doblando las embocaduras de la vejez y de la fatiga, arrastrados por el fluir de las edades imparables, como absorbidos por algo que nos vuelve a llamar y que, para atraernos, va despojándonos de vitalidad y de energía. Y son algunos de entre nosotros, los que retornan con pasión por volver; y son otros los que emplean un natural vigor en resistirse a todo ese gran vigor indomable, y aún hay otros, que no encuentran la esencia de ese olor que impregna el retornar de su camino (aturdidos por mil perfumes de la vuelta, y desconcertados mientras se agotan por no desconcertarse), exprimidas todas sus fuerzas, y sin darse cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos, han llegado a su fin, a su final”.

Continúo escuchando este gran Movimiento de Beethoven.

Por la noche – 21,00

Paseo por la casa antes de cenar entre libros y libros. Recuerdo aquella película: “El año pasado en Marienbad”:

Los pasos del que camina entre libros son absorbidos por las maderas, acogidos por las puertas que crujen conforme avanzan los pasos, habitaciones antiguas que reciben pasos interminables, libros interminables, libros y pasos que suceden a otros pasos y libros, cuartos cargados de autores amontonados, alineados, puertas y maderas que hacen resonar los pasos entre libros, autores encuadernados, autores deshojados, autores recobrados, autores vencidos, suelas de zapatos ligeros, pesados, tacones que aplastan las maderas, manos que empujan las puertas, silencios que abren el picaporte de los ruidos, que abren los labios de los autores, cabecean los lomos, duermen las páginas, los pasos del que camina entre libros rozan los índices, los prólogos, los pasos del que camina entre libros recorren ahora, sí, el costado de las hileras, los títulos, los hombros de los autores escuchan los pasos con sus espaldas unidas en las estanterías, las cubiertas unidas, las líneas también unidas y apretadas, los lenguajes mudos, los idiomas callados, los pasos del que camina entre libros van tocando los bordes de las investigaciones, los ingenios, las ficciones, las manos acarician al pasar la superficie de los ensayos, las imaginaciones, los argumentos, las ilustraciones, picotean los tacones sobre el tablón de las maderas y en esas maderas resuenan poemas de siglos de oro, siglos de plata, prosas, géneros, escuelas, generaciones, crujen estas maderas sobre escenarios de libros de teatro, filman los ojos mientras pasan secuencias y guiones, puntas de pies avanzan entre libros que danzan ante páginas de ballet, dedos mueven las hojas conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, sí, del que camina entre libros como lo hago ahora yo, tal y como me va llevando esta madera que cruje conforme avanzan los pasos del que camina entre libros, volúmenes amontonados, portadas, espacios reducidos, fábulas en el suelo, tramas hasta el techo, discursos, narradores, personajes, poéticas, retóricas, las lenguas del lenguaje, rimas, pausas, versificaciones, monólogos, polifonía, tramas, los pasos del que camina entre libros apenas se oyen al final, silencios, silencios… libros que se van apagando tras los pasos, libros que se quedan solos, libros reinando en el tiempo, libros del año pasado, del siglo pasado, libros de todos los siglos cubriendo las estanterías hasta que mi ojo vuelva a cruzar otra noche el paso del que camina entre libros.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (28) : LOS SUEÑOS

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (28) :  Los sueños

17 mayo

– He traído aquí – me dice al entrar hoy la periodista y sentarse en la butaca, a la vez que me muestra unas páginas – unas anotaciones suyas sobre los sueños que están tomadas de una novela que usted publicó no hace muchos años. Hablaba usted de las noches en Nueva York, de la gente dormida, y decía así: “Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha. Muchos no pueden dormir por preocupaciones, por disgustos, porque les dan vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver”.
Le he leído estos párrafos porque varias veces ha escrito usted sobre los sueños y creo que es algo que le interesa. ¿Por qué no me habla de ello?

– Bien. El mundo de los sueños, sí, siempre me ha interesado. He escrito sobre ello en varias ocasiones. Lo cierto es que sobre el sueño en la literatura se ha escrito muchísimo. Un autor francés comentaba que es asombroso que cada mañana nos despertemos cuerdos, después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños. Borges por su parte, como usted sabe, aseguraba que el sueño es una obra de ficción y que posiblemente sigamos fabulando en el momento de despertarnos y también después, cuando contamos los sueños . Quizá en el sueño seamos “la cosa que soy”, añadía Borges, quizá seamos nosotros. Esto se olvida al despertar. Sólo podemos examinar de los sueños su memoria, su pobre memoria, concluía el gran escritor argentino. A ese mismo sentido de relación entre creación y sueño se refería un día en Madrid el psiquiatra Rof Carballo cuando me comentaba que todos nosotros somos creadores en el sueño y que en el fondo, lo mismo que el misterio del sueño, la creación es muchísimas veces vaticinadora, es decir, anticipatoria, reveladora. Recuerdo también la pregunta que un novelista quiso hacerse: ¿qué soñaré mañana? Eso no podría nunca contestarse, es una pregunta casi surrealista, pero en cambio muchas veces uno puede sentirse atado por lo que soñó anoche, si es que lo recuerda, que a veces es difícil recordarlo. Me viene ahora a la memoria, en el momento en que usted me habla de ello, una curiosa historia que me contó un amigo mío, al menos me dijo que así había sucedido, no sé si había sucedido así o no, porque yo siempre pensé que me la contó por si quería aprovecharla para algún relato o para algún cuento.

-¿Y la aprovechó?

-No, no lo aproveché porque, tras escucharla, me pareció una historia casi imposible, una historia casi anclada en el absurdo. Para mí, algo difícil de escribir, y además con ciertos tintes de terror que no me gustaron.

-¿No le gusta el terror?

-No, no me gusta. A pesar de que mi mujer suele decirme que me gusta el terror, el terror en sí no me gusta. Me gusta la intriga, lo policíaco, lo misterioso, los caminos que llevan a un complejo desenlace, el suspense, pero no el terror. Me acuerdo, por ejemplo, cuando me salí del cine viendo “El resplandor”, que no aguanté.

-¿Y cómo era esa historia a la que usted se refiere?

-Pues sencillamente una tremenda historia de celos: una mujer que intentaba dominar a un hombre controlándolo hasta el límite, controlando incluso sus sueños, entrando en ellos.

-¿Cómo entrando en ellos?

-Sí, entrando en sus sueños. Aquella mujer poseía, podríamos decir, una disposición especial para absorber cuanto le iba contando su marido. Ella lo asimilaba, lo engullía todo. Estaba obsesionada. Quería saber todo lo de él. Como naturalmente no podía saber en qué soñaba, le preguntaba continuamente, al día siguiente ¿qué has soñado hoy? Le asediaba : ¿ qué has soñado esta noche pasada? ¿qué soñaste ayer? Generalmente el marido no recordaba apenas nada, hacía especiales esfuerzos por complacerla, aunque no recordaba sino cosas muy generales, pero otras veces, quizá porque estaba ya cansado del asedio de su mujer o tal vez por tener especiales momentos de lucidez, intentaba describirle el sueño que había tenido y lo hacía lo mejor que podía, aunque ella seguía siempre adelante, incansable, preguntándole una y otra vez,: ¿y con quién estabas? ¿cuánto duró ese sueño? ¿qué hiciste? ¿era el mismo lugar que me contaste el otro día? ¿estaban las mismas personas? ¿qué te decían? ¿qué les decías tú?, cuéntame como era el sitio, los detalles … Un enorme agobio. Quería saber qué había estado haciendo su marido mientras soñaba. En el fondo pensaba en su infidelidad, estaba obsesionada con su infidelidad incluso en el sueño. Una noche, sin embargo, el marido, al cerrar los ojos y disponerse a dormir y nada más abandonarse durante un rato a la tranquilidad del sueño, se incorporó de improviso en la cama con un grito angustioso, un tremendo grito de sobresalto y se quedó allí, sentado encima de la cama, temblando. Acababa de verla. Acababa de ver a su mujer de pie dentro del sueño de él. Estaba esperándole. Le esperaba con una sonrisa enigmática, casi siniestra. “Aquí estoy”, le había dicho mirándole fijamente, “ Aquí estoy esperándote “. Espantado, se despertó, se volvió al lado de la cama donde tenía que estar su mujer y allí no había nadie. Su mujer, me dijo mi amigo, seguía dentro del sueño de él. Y ese hombre nunca volvió a soñar más.

-¿Pero qué sucedió después, no le contó qué pasó con ese matrimonio? –

. No. No me contó nada más..

-¿Y no va usted a escribir nada sobre eso?

-No. No voy a escribir nada.

-Indudablemente, como usted dice, esa historia tiene un cierto punto de terror ¿ Nunca se ha animado a escribir algo de terror?

-No. Ya le he dicho que no me gusta el terror.

– ¿Y el humor? En cambio he leído cosas suyas escritas con gran sentido del humor…

– ¡Ah, el humor es una cosa muy distinta! Se lleva o no se lleva dentro. Se tiene o no se tiene. Creo que tengo sentido del humor, es una realidad, no es ningún mérito, pero nunca sé ni me planteo cómo he podido conseguirlo. El humor nace o no nace. No se puede inventar.

-¿Alguien en su familia tiene también sentido del humor?

-Sí, mi padre  en cierto modo lo tenía. También mis hermanos. Mis  tres hijos creo que también lo tienen, unos más que otros. No sé si lo han heredado de mí. Pienso que muchas veces están esperando una respuesta mía o una visión mía con algún rasgo de humor para saber que estoy perfectamente vivo, que soy yo, para reconocerme enseguida y comprobar que no estoy enfermo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” -Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (27)—CALIGRAFÍA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS  (27) :   Calígrafía

Tal como me prometí el otro día aquí está mi relato “CALIGRAFÍA”  :

 

He intentado esta mañana hacer una pausa en la oficina, tomar aliento y no contestar mal al subdirector general y pensé en mi madre, en aquella cocina bajo la campana de la chimenea, los cacharros limpios y refulgentes colocados en las paredes, las sartenes, las ollas, los cuchillos y en el centro la mesa con su mantel de hule y la lámpara de pantalla verde con la luz cayendo sobre mi mano y también sobre su mano, rodeándome su mano los nudillos, la mano de mi madre es sonrosada y cálida, nunca me ha dado una bofetada, la mano de mi madre me cubría la mía sobre el cuaderno de caligrafía y la voz de mi madre hablaba muy cerca de mi oreja, tiene una voz firme y suave a la vez, cuando quiere se enzarza con los vecinos e incluso les grita, tiene razón, porque la convivencia es difícil y ella sabe defender su territorio, defender a mi padre, a mi hermano y a mí, aunque cuando me cubre con su mano y me lleva el pulso de la caligrafía en el cuaderno cuadriculado su voz junto a mi oreja es decidida y dulce, más decidida que dulce, ten cuidado con las eles, hijo, me va diciendo, tienes que seguir hasta arriba sin separar el lápiz del papel porque son como árboles, ¿ los ves?, son palos, hay que subir despacio, así, ahora te llevo yo, no, no sueltes el lápiz, luego afinaremos la punta porque se está poniendo gruesa, pero ahora estate en lo que estás, tiene que subir hasta arriba la ele y luego bajar sin parar ni separarte, así, bien, yo creo que ahora sí lo estás haciendo bien.

He intentado luego salir del despacho del subdirector general sin dar un portazo, procurando incluso que encajaran bien las hojas de las puertas al cerrarse y no soltar el pomo de la puerta bruscamente como hago siempre, dejar que los nudillos se apartaran del pomo suavemente, como si no pasara nada aunque todo está pasando, porque me han encargado por cuarta vez el mismo informe, había que repasarlo y consultarlo en el ordenador y además él dejó caer la crisis de la empresa, que, en principio, dijo, no me afectaría a mí porque llevo ya años, pero que las empresas, y eso sí lo dijo mirándome a los ojos, no son sitios para toda la vida, tienen sus vaivenes igual que las personas, y así salí caminando deprisa por los pasillos, no quise bajar por la escalera principal para no encontrar a compañeros, iba nervioso y bajé la escalera lateral que casi nunca uso, bajé con las páginas del informe en la mano descendiendo deprisa, huyendo de no sé qué, sin duda de mí mismo, con esta vena que se me pone en la sien y esta aceleración del corazón como si se desbocase, como si me fuera a caer por la escalera, y aquello me hizo otra vez volver a los recuerdos.

Recuerdo la paz de aquella cocina en la noche, la cortinilla que nos separaba de los dormitorios, el silencio de la casa y la pausa, la pausa con la que mi madre acercaba su silla a la mía, acercaba su olor limpio a mi cuerpo, a mí me tiraban un poco los pantalones cortos, había veces en que me caía de sueño, intentaba apoyar mi cabeza doblada en el hombro para escribir más descansado pero mi madre, recuerdo, con su mano izquierda me iba enderezando la derecha mía, nada decía, no me regañaba, comprendía que no eran horas para estar atento, pero había que hacerlo, repetir una vez más el trazo de la ele como repetiría yo ahora por cuarta vez el mismo informe mientras bajaba deprisa las escaleras. Pero no corras, hijo, no vayas deprisa, recuerdo que ella me decía, tengo el recuerdo de mi madre a mi lado sujetándome el pulso, no es cuestión de correr sino de hacerlo bien, ahora vamos con la b, que tiene un trazo grueso, ¿lo ves?, has de apretar aquí el lápiz sobre el papel, nos saldría mejor con una pluma, mañana lo haremos con una pluma, pero yo ya me aterrorizaba de pensar que al día siguiente, a la noche siguiente después de cenar, tendría otra vez que enfrentarme con la b, ya estaba avisado, había que repasarlo con la pluma, volver por el mismo camino y a lo mejor mancharse de tinta, pero lo importante no era la pluma ni tampoco la tinta sino repetir, repetir, que me anunciaran ya el día anterior que había que hacer lo mismo al día siguiente ¿por qué me lo decías madre?, mi madre no contesta, la veo ir y venir de la lavadora al lavaplatos, inclinarse a coger la ropa, dar un vistazo al horno, sacar las ropa al patio e ir cargada con el cesto en la cadera, tender, meterse las pinzas en la boca mientras estira los brazos y abre las sábanas, al otro lado de la cuerda se ven las montañas y el mar, el mar hoy está azul y manso, transmite una ligera brisa y una leve espuma, pero el mar es el paisaje o el decorado, como el reloj de cuco que tenemos en la cocina, el mar es la monotonía, mi madre no lo ve, extiende las sábanas blancas y va sacando y metiendo de su boca las pinzas de tender y abriendo los brazos y estirándolos en una operación siempre igual, la misma que mi pluma o mi lápiz hace subiendo y bajando la b, ¿lo ves?, dice mi madre con su boca en mi oreja, ahora nos ha salido mejor, a mí siempre me anima ese “nos” que pronuncia porque parece que trabajáramos juntos, y que yo no estuviera como esta mañana solo con el informe, llegando ya al primer piso, al pasillo, a la cuarta puerta que es la de mi despacho. A mi despacho en la oficina nunca vino mi madre ni nunca vendrá. Las madres no saben el lugar donde trabajan sus hijos, les basta conque trabajen y que no pierdan su empleo. Yo pienso no perderlo, arreglaré este informe, arreglaré la mesa, colocaré los recuerdos en su lugar y no me preocuparé cuando mi padre me llame a su despachito azul, ese pequeño cuarto con cortinillas y con dos sillones grandes, ese despachito cálido y silencioso donde mi padre escribe poemas que es su diversión, un entretenimiento, no quiere ver televisión, me niego a ver televisión, dice, y se levanta del comedor nada más conocer el titular de las noticias y se mete en este despachito azul a escribir, a leer, a consultar cuadernos, a veces a hacer los crucigramas de los periódicos.

¿Y la caligrafía?, me pregunta mi padre. Yo estoy sentado en el sillón frente a él, apenas me llegan las piernas al suelo, tengo en mi mano el cuaderno cuadriculado en el que están trazadas muchas veces la ele y la b y mi padre, lo recuerdo, sonreía, tendía su mano para recoger el cuaderno, lo hojeaba y me felicitaba, ¿lo has hecho solo o te sigue ayudando mamá?, solo, solo, le digo con los ojos brillantes, y es verdad, después de tantas sesiones nocturnas, la última línea del cuaderno la he hecho yo solo, eso sí, afilando la punta del lápiz y apretando fuerte en las subidas de la letra para aflojar después en las bajadas, y lo que no he hecho es escribir con la pluma. Me gusta este despacho. Cuando murió mi padre tuve que ser yo, por ser el mayor, el que abrí los cajoncitos del escritorio, aparté los sillones y extendí en el suelo, encima de la alfombra, todos los papelitos que él había escrito, papeles que eran trozos de sobres, papeles cortados en tiras largas, papeles que asomaban de sus cuadernos. Mi padre nunca publicó nada de eso porque era funcionario, vivíamos de su sueldo del Ayuntamiento y él venía en el metro y en autobuses como un sonámbulo, como un autómata, venía con su sombrero flexible y gris y su bigotito canoso, soplaba, soplaba al subir las escaleras, pero soplaba muy despacito, juntaba los labios en un hueco, miraba al frente, y soplaba leve y continuamente como si apagara una vela, yo creo que estaba cansado de la vida, iba soplando y diciendo “¡qué vida, qué vida!”, yo no se lo oí nunca, lo imagino aunque no se lo oí, pero de la forma con que él soplaba al subir no creo que le cansaran las escaleras sino todo lo que había hecho y lo que aún le quedaba por hacer, se levantaba muy temprano, se afeitaba con esmero, desayunaba en una mesa camilla al lado de la cocina, mojaba unos pedazos de pan en el café, los domingos mi madre se los tostaba o se los freía, entonces me llamaba mi padre, Siéntate aquí, y me extendía sobre las piernas las faldas de la mesa camilla, yo esperaba el chocolate, los domingos mi padre, mi hermano y yo tomábamos chocolate con aquellos torreznos, no había Ayuntamiento para mi padre, no había clase, no había nada que hacer, en los veranos y en la primavera pasaban por la ventana abierta muchos pájaros, se veían los tejados rojos de la ciudad, un pájaro venía al olor del desayuno y se posaba en el borde de la madera y yo le veía en el reflejo del cristal pero me dedicaba a sorber despacio la taza de chocolate que ya no humeaba porque la habían enfriado los torreznos, y yo miraba al pájaro, le veía ir y venir por el alfeizar moviéndose nervioso, el pico alto, el pico bajo, esperando una miga de pan y yo miraba también a mi padre que había abierto las hojas del periódico sobre el mantel blanco de la mesa camilla porque mi madre lo cuidaba todo, sacaba los domingos un pequeño mantel para el desayuno, un mantel que yo había visto tender, planchar y recoger y ella seguía en la cocina oyéndonos desayunar tranquilamente, oyendo seguramente al pájaro, haciendo mil cosas en la casa para que nosotros tuviéramos un domingo tranquilo, mi padre con sus gafitas de leer siguiendo las noticias del periódico y yo moviendo ya las piernas porque me quería ir, ¿qué hacía ya allí?, el pájaro se había cansado de esperar, no sé cómo lo hacen pero de pronto se hunden en sí mismos, se concentran y se unen, unen sus plumas, no sé si presionan las patas, no sé cómo lo hacen, pero hay algo instantáneo en los pájaros que les hace de pronto volar, están quietos, nadie les llama, nada les urge, ¿hay un olor al otro lado de los tejados? ¿ es una luz?, de pronto emprenden vuelo inesperado, se les ve, ya no se les ve, entonces aprovecho para quitarme la servilleta, hago una seña a mi hermano para que nos vayamos y nos vamos los dos a jugar al fútbol al patio de abajo. Entonces lo que voy a hacer ahora es corregir este informe, darle la vuelta, sentarme y darle a las teclas, mirar la pantalla, todos estamos mirando a pantallas y el mundo va deprisa, sí, aquí en este despacho hay nada menos que cuatro pantallas para los que trabajamos y nos turnamos, no se sabe bien en qué escribiremos dentro de cincuenta años, las pantallas seguramente serán más finas, más pequeñas, ya las hay más pequeñas, a lo mejor existirán menos oficinas, me acuerdo de un cuento de ciencia- ficción en el que las oficinas eran precisamente los relojes, las gentes llevaban la oficina portátil en la muñeca y según los timbres que sonaban llamaba al reloj el jefe de sección o el responsable de inversiones o quien llevaba los pedidos, los relojes eran de distintos colores y tamaños según las empresas y al cruzar una calle o ir en el metro a uno no sólo le podían llamar desde cualquier sección sino que, apretando un botón y dando a una clave, uno mandaba instantáneamente el documento solicitado, la oficina y el archivo estaban siempre dentro de la esfera del reloj, y no sólo era agenda y soporte del texto y de mensajes como lo es ahora sino pantalla en la que aparecían los rostros de los jefes, el movimiento de sus manos, si estaban iracundos o pacíficos, una relación tan intensa, tan superior a los móviles actuales, que era difícil de eludir. Un agobio. Pienso para qué sirve la caligrafía de las primeras letras, aquel ir y venir cuidadoso de la muñeca y de los dedos cuando ahora sólo se usan las yemas tecleando, la pantalla nos entrega las correcciones ortográficas y no importa el grosor o la finura de los trazos. Pero sí, sí que importa, me decía mi madre llevándome de la mano en la escritura, importa saber las reglas de las sumas, importa aprender qué hora es en el reloj, importa doblar bien las colchas de las camas, apagar correctamente las luces para no gastar, aprender a ir despacio. ¿Cómo a ir despacio, le preguntaba yo a mi madre, si nadie va despacio? ¿ quién va despacio por la calle?, sólo los viejecitos. Y años después me dí cuenta de que era verdad, como tantas cosas de los padres los recuerdos me vinieron mirando un paisaje, yo no era un viejecito, falta mucho para que llegue a viejecito, a lo mejor no llego nunca, pero mirando aquel paisaje, recuerdo que era un valle soleado, también recuerdo que había sombras de montañas, rebaños lejanos en un fondo amarillo, pueblos de techos de pizarra, techos grises y ladeados en torno a una iglesia de tejado metálico, campos sembrados, unas masas de árboles, un riachuelo, pero sobre todo la hondonada, el ir y venir blanco de la carretera, la calma, el sol en la calma, y me dije que había que mirar todo aquello despacio, no huir corriendo a la ciudad, no escapar enseguida, si te vas ahora, si te subes deprisa a esos automóviles aparcados ¿ a dónde vas?, vas al tumulto de la procesión de coches, vas a la larga caminata de vehículos, a la gente nerviosa, al atasco a la entrada de la gran ciudad, vas a las calles repletas, a las ruedas girando para encontrar aparcamiento, vas a los semáforos en rojo, a los pitidos nerviosos, después subes mirando el reloj en el ascensor, habrán empezado la reunión, el jefe ya estará de pie dando instrucciones, el móvil sonando, tú te dices y se lo dices también a tu madre que no puedes ir despacio, no se lo dices porque eres un niño, porque estás en la cocina inclinado en tu cuaderno, porque aún no sabes el concepto de velocidad ni de lentitud, pero algún día se lo dirás, algún día lo sabrás, ¿te acuerdas cuando descubriste en aquella cena romántica con Lidia, a la luz de unas velas, el concepto de lentitud?, había que ir despacio con la mujer del pelo castaño que era tu mujer, al otro del mantelito rojo y de las velas rojas, al otro lado de los altos vasos de cristal, de los cubiertos deslumbrantes y de los platitos para el pan, descubriste aquella noche dos conceptos: el concepto de lentitud y el concepto de tiempo, las mujeres quieren tiempo, que les regales tiempo, vienen acicaladas y perfumadas, han ido a la peluquería, después se han esmaltado las uñas, antes se han acercado al espejo, han levantado las cejas, se han pintado cuidadosamente el ojo, han fruncido los labios, han pasado su lápiz en la curva de los labios, han vuelto a fruncir, se han ladeado, Lidia antes de cenar contigo se había ladeado ante el espejo, había retocado su melena, después se colocó un vestido rojo y un pañuelo negro de seda, aún se acercó y se alejó varias veces en el espejo del cuarto de baño, luego en el del dormitorio, y aún se dio otra vuelta, llevaba unos zapatos elegantes y un diminuto bolso negro de noche, aún se perfumó un poco antes de salir, ¿qué quería?, tiempo, que le dedicaras tiempo, no que le compraras grandes cosas sino que le regalaras tiempo, ¿ lo hiciste?, dime, ¿lo hiciste?

Y entonces, además de este informe, habrá que arreglar los armarios, además de perderme en esta navegación de cifras, archivos, copias, carpetas, teclas, comprobaciones, además de ver cómo bajan y suben las ventas por la pantalla, cómo descienden y desaparecen los números, cómo desfilan las marcas de las empresas, cuáles son los acreedores y los proveedores y dónde están guardados los informes de los presupuestos, además de todo eso, hijo mío, ahora vamos a arreglar tú y yo los armarios, tú no sabes arreglar armarios porque crees que es cosa de mujeres pero yo te voy a enseñar, te servirá para cuando vivas solo. Mi madre me va abriendo los armaritos de la cocina, me va mostrando cómo se ordenan las cacerolas, en qué lugar se ponen las sartenes, cómo deben estar dispuestas las botellas, el vinagre, el aceite, el tarro de la sal, el pequeño bote con especias. Después vamos al dormitorio y luego al comedor e incluso luego al cuarto de baño y mi madre va abriendo armarios pequeños y grandes, los de los calcetines, los de las camisas, los de los cubiertos, los de las medicinas de mi padre, veo en mi pantalla todos los armarios abiertos y cerrados, la mano de mi madre me enseña a ordenar por colores los calcetines de mi hermano, los de mi padre y los míos, si le doy al clic del ratón aparecen las camisas colgadas en sus perchas, esas camisas que yo he visto a mi madre tender en el patio e ir sacando y abriendo y extendiendo aún mojadas del cesto de la ropa.

Ven, ven por aquí.

¿Pero aún no hemos acabado?

No. Tú te cansas enseguida. Voy a enseñarte más cosas.

¿Más cosas?

La tarea de una casa es interminable.

Mi madre me enseña cómo están ya la orquídea y la azalea del salón, el modo de regarlas, la azalea queda en el centro de la pantalla del ordenador, toma relieve, la mano de mi madre aparece en primer plano enseñándome el modo de regar y así el video que mandaré a mis amigos de este verano les dejará sorprendidos porque no pueden imaginar que se haya conseguido tal calidad, seguro que me preguntarán ¿pero tan joven es tu madre?, a mí me enorgullece cuando me lo dicen y cuando veo así a mi madre, en este video que está filmando ahora mi hermano pequeño desde la puerta del comedor y en el que estamos los dos, mi madre y yo, ella enseñándome a regar la azalea y diciéndole a mi hermano mientras se ríe “¡Pero no nos filmes!”, y lo dice casi enfadada aunque entre risa y risa, “¡lo que importa es que tu hermano aprenda! ¡Y tú, tú también tenías que aprender!” le repite a mi hermano, lo dice contenta y despreocupada, es alegre mi madre, en este video se la ve cómo deja la azalea y la orquídea y abre ahora de par en par la puerta de la terraza para que nos dé bien el aire del mar, mar que viene de lejos, del otro lado de las casas, el olor a mar que ningún video puede recoger porque los videos de YouTube no tienen olor, ya pueden descubrir e inventar lo que quieran que por ahora el olor sólo se puede imaginar, por ejemplo, olor de lluvia sobre el campo, o el olor a pan recién hecho, si pulso play escucho el chasquido de esta corteza del pan, cómo se abre la corteza para que se esponje la miga y cómo esta miga blanca queda desmenuzada en pedacitos jugosos que se mete mi madre en la boca mientras se inclina hacia mi caligrafía, “A ver, no te distraigas”, dice mi madre, porque a ella le gusta masticar pequeñas migas de pan que va pellizcando de la mesa de la cocina, se mete esas pequeñas migas en la boca y las saborea y las da vueltas entre los dientes y las encías sin tragarlas, yo creo que no las traga, que las lleva ahí, entre las encías y la lengua y cuando yo me río se le escapa un coscorrón, recibo un coscorrón con la palma de su mano, un coscorrón dulce en mi nuca, ni siquiera es coscorrón, una palmada, es más una caricia que una palmada porque me he desviado en el trazo, he confundido las ventas con los proveedores, las carpetas con los presupuestos y luego tendré que bajar a buscar más archivos al sótano, pero suena el móvil, ¿entonces, vendrás tarde?, me dice Lidia, pues no sé, creo que no, sí, le digo, pienso que no, aún me queda trabajo, no me esperes, suelo salir con todos por los ascensores a las seis en punto, no sé, hoy no creo que pueda salir, y me vienen otra vez recuerdos de los autobuses, ahora que pienso de repente en el autobús, no sé por qué me vienen tantos recuerdos.

El autobús llegaba en la curva, venía a toda velocidad, siempre hacía el mismo trayecto y a la misma hora, yo estaba esperándole en la parada junto a los carteros, los carteros con sus sacas vacías, siempre los mismos carteros, todos volvíamos a casa, volvían los cristales y las luces rojas y azules del autobús girando en la curva, los comercios iluminados, caía una fina lluvia, venía el autobús abarrotado, las gentes adormiladas contra las ventanillas, y de repente la muerte, tú no la verás, te la contarán, la imaginarás pero no la verás, si eres capaz de acordarte te quedarán en la memoria aquellos periódicos mojados cubriendo el cuerpo junto a las ruedas del autobús, no, no verás aún a la muerte pero te contarán que ha sido un niño al cruzar y un golpe seco, chillidos, no te unirás a los curiosos porque te quedarás paralizado junto a aquellos carteros y sus sacas vacías, entre las gabardinas y los paraguas verás aquellos periódicos que tapan el cuerpo, los verás fugazmente, y sin embargo la muerte te acompañará, será tu amiga, una amiga limpia que te habla de la fugacidad de la vida, hoy está aquí tu madre junto a ti, en la mesa de la cocina, cuidadosa con tu caligrafía, y mañana no está, hoy está aquí tu padre con sus gafas de leer inclinado en su despachito sobre poemas y crucigramas y mañana no está, ¿dónde está?, comprendes que haya gente que cambie de ciudad para olvidar la muerte, que cambie de barrio, que cruce por otras calles, que dé la vuelta para huir de los recuerdos, pero los recuerdos son buenos, a mí me acompañan, vas hacia ellos o ellos vienen hacia ti, a este comercio entrabas con tu madre, ella bajaba los dos escalones y en un momento de descuido tuyo, para darte una sorpresa, te compraba chocolate, no el chocolate de taza de los domingos sino un chocolate especial, una tableta fina, olorosa y crujiente de chocolate negro envuelto en papel de plata, entonces ¿cómo es que te acordabas, mamá? quisieras preguntarle, pero no se lo preguntas, te asombras, en este cuarto junto a la terraza extendía mi madre la tabla de la plancha y le daba a su mano lentamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, lentamente hacía lo que menos le gustaba, era su mayor aburrimiento, planchar, planchar, ahora pasas deprisa por ese rincón donde estaba la plancha y está el recuerdo, pero no te distraigas ahora, hijo mío, no te distraigas, no me mires tanto planchar que ahora enseguida vamos a ponernos tú y yo otra vez con la caligrafía.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (26) : FICCIÓN , MEMORIAS, CERVANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (26) : Ficción, Memorias, Cervantes

 

 

—Me hablaba usted antes del “cementerio de los elefantes”…—me dice la periodista.

 

– Sí, “el cementerio de los elefantes”, como le comentaba el otro día, es para mí una gran lección. Uno se esfuerza en escribir, en trabajar, unas veces acierta y otras no, pero al fin, al paso de los años, uno acabará de una u otra forma en “el cementerio de los elefantes” ; eso suponiendo que uno sea “elefante”…, que yo no lo soy…

– Es usted muy modesto.

– No. Yo tal vez sea un elefante muy pequeñito, muy pequeñito, de los millares y millares de elefantes pequeñitos que hay entre los escritores del mundo. Cuando uno pasea por entre los títulos de tantas obras alineadas, de tantas colecciones organizadas por colores, por encuadernaciones o por premios, es como si uno paseara por un largo y aleccionador claustro haciendo meditados ejercicios espirituales literarios, con reflexiones sobre la caducidad de la fama y sobre la vacuidad de las cosas. Es un paseo muy necesario, muy higiénico.

. – Entonces, ¿qué es lo que queda de todo eso?

– Pues queda la obra bien hecha, lo que se ha hecho con dedicación, con amor, la satisfacción de haber intentado lograr una obra bien hecha. Es la satisfacción del intento, ni siquiera la del logro, que no siempre se consigue. Además, ese logro está completamente cercado de avatares.

– ¿Qué avatares?

– Pues avatares de todo tipo, de modas, de gustos, de costumbres. Piense usted que naturalmente ya no se escribe, por ejemplo, como Dickens o como Galdós, y sin embargo los dos intentaron la obra bien hecha, y en algunos de sus libros lo consiguieron. En el caso de Galdós, cuando un periodista va a verle y él está ya casi ciego al final de su vida, en un momento de la entrevista, le pregunta, “¿Pero usted, don Benito, después de sus cien libros y de sus numerosas obras de teatro; después, en fin, de medio siglo escribiendo, supongo yo que no trabajará por necesidad, sino por placer, por crear…? “. Y Galdós le contesta:- “!No, amigo!… A pesar de toda mi labor pasada, si en el presente quiero vivir, no tengo más remedio que dictar todas las mañanas cuatro o cinco horas y estrujarme el cerebro hasta que dé el último paso en esta vida”. Esto respecto al trabajo, que es algo más bien normal en cualquier persona. Pero luego vienen las modas, las costumbres, los cambios en los gustos, los avances en la forma de narrar, la influencia de los nuevos medios técnicos, del cine, de tantas cosas modernas en el mundo de la comunicación : todo ello marca naturalmente y repercute. Y también las devociones y los desprecios, los puntos de vista tan encontrados, muchas veces tan radicales. Le hablaba hace unos días de Bresson y de mi conversación con él en París, de cómo él amaba a Dostoievski ; pues bien, si leemos las clases de Nabokov sobre literatura rusa Dostoievski queda muy apartado, y se ensalzan en cambio a Chejov o a Tolstoi. Por otro lado Gombrowicz desdeña a Camus, Canetti ataca a Iris Murdoch… etc, etc. Todo son puntos de vista diferentes y todos muy legítimos. Todo es cuestión de preferencias y de revisiones. Pero esto son cosas técnicas o teóricas, como usted ve, que sin duda interesan únicamente a los especialistas. Lo importante, como recordaba un autor destacado, es que no puede quedar bien nada que no se haga con amor.

– ¿Usted cree que ha hecho las cosas con amor?

– No todas, pero en muchas lo he intentado, sobre todo en los últimos años. Es lo que queda: la esencia de lo que queda cuando se escribe. Pienso que así debía ocurrir en todas las cosas de la vida.

 

. 15 mayo.

 

En “La Barranca” – Navacerrada

 

 

Antesdeayer, lunes, de nuevo con Senabre en “La Central”, aprovechando que venía él de Alicante a Madrid para pasar aquí unos días. Lo pasamos muy bien. Días atrás le había mandado varias páginas de este libro para que las leyera y la verdad es que aprendí mucho cuando las comentó, como siempre que hablamos de literatura. Al aludir a mis descripciones de la casa de la calle de Goya su pensamiento, me dijo, se le había ido casi sin querer a escritores que habían dedicado páginas a las casas, tanto en su exterior como en su interior, que son muchos, y luego nuestra conversación se desvió por este tema de las casas y acabamos nada menos, mejor dicho acabó Senabre, citando al siglo de Oro y a Vélez de Guevara, con su “Diablo cojuelo” que tanto le gusta , el autor que levantaba los techos de las casas de Madrid. Yo le recordé, en otro sentido, a un escritor que me interesa mucho, Georges Perec, por sus experiencias literarias, y comentamos la enumeración exhaustiva y minuciosa que él hace de la casa de pisos en la calle Simón -Crubellier de París. Y así nos entretuvimos casi toda la mañana hablando de casas en general y luego del libro de Sandra Petrignani “ La escritora vive aquí” y de las casas de las autoras que ella describe. Como siempre, una conversación muy aleccionadora y agradable.

Y al fin, tras esta conversación del lunes con Senabre, he decidido incluir en estos “ Cuadernos Miquelrius” algunos de los cuentos que he escrito en estos años. Es cierto que nada tienen que ver con el tronco central de la larga entrevista que me está haciendo la periodista, y ello hasta me mantenía dudoso y preocupado. Pero al confesarle el lunes a Senabre mis dudas él me ayudó enseguida, como hace siempre. Defendió toda clase de cuentos, relatos o episodios intercalados que suelen aparecer en muchas obras literarias y me puso muchos ejemplos. Ante mi sorpresa, y en medio de la conversación a media mañana, se levantó de uno de los sillones en donde charlábamos, se acercó a una de las estanterías de “La Central”, y tomó el volumen del Quijote que editó hace ya varios años, en 1998, el Instituto Cervantes, un magnífico volumen con Notas complementarias. Senabre me leyó parte de lo que él mismo comentaba allí sobre las dudas de Cervantes en la Segunda Parte del libro y sobre si fue oportuna o no la inclusión en la Primera Parte del relato “ El Curioso impertinente”.

– Mira – me dijo Senabre – lo que Cervantes dice aquí por boca del Bachiller – y me leyó : “una de las tachas que ponen a la tal historia es que su autor puso en ella una novela intitulada “El Curioso impertinente”, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote”. Muchos autores, por tanto, han incluido pequeñas historias ajenas a la historia central dentro de sus libros. Y lo que estás haciendo, añadió, es perfectamente razonable, e incluso, creo, puede darle mayor variedad al libro. Por otro lado, en muchas de estas páginas que me estás mostrando aparecen varias facetas tuyas, la de profesor, periodista o conocedor de escritores, tus encuentros con artistas diversos y tus reflexiones, cosas que han sido una constante en tu vida, pero tampoco tienes por qué esconder tu perfil de cuentista y de novelista, y esto cabe perfectamente en un volumen al que tú de algún modo calificas de Memorias. Piensa, por ejemplo, en algunas obras de Sergio Pitol que mezcla diversos géneros. O en los relatos que en medio de sus “Diarios” introduce de pronto Ricardo Piglia. Pero tampoco hay que ceñirse a Pitol o a Piglia. Cervantes, como digo, mete relatos intercalados en la Primera y en la Segunda Parte del Quijote, Mateo Alemán introduce cuatro novelas breves, cuentos y anécdotas para dar variación a su “Guzmán”, e incluso Graham Greene defiende esos relatos breves dentro de una obra, que para el creador, así lo llama él, son otra forma de escape. Muchos han aplicado esa fórmula.

Todo esto me ha animado a incorporar más relatos. Me ha dejado tranquilo. Introduciré en estas Memorias el relato “Caligrafía”.

 

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” — Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (25) : NUNCA SE CONOCE A UNA PERSONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

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MEMORIAS   (25)—Nunca se conoce a una persona

 

—Veo que le sigue impresionando el tiempo. Entonces, ¿le impresionaba todo aquel “cementerio de los elefantes”, como usted lo ha llamado?

 

– Mas que impresionarme me hacía pensar. Mire usted, como usted sabe, yo estoy ahora en trance de escribir un libro, mas bien avanzo muy poco a poco en unas páginas que yo quisiera titular “Los Cuadernos Miquelrius”, (y el título se lo he dado precisamente por esos cuadernos que usted ve aquí, sobre esta mesa, estos cuadernos alargados) : intento que ese libro reúna, no sé si lo conseguiré, una serie de reflexiones en las que quiero incluir, e incluso mezclar, recuerdos, entrevistas y fórmulas de Diario, quizá alternadas con cuentos ( no lo sé aún), y ese libro no aspira a ser otra cosa que una especie de evocación de la memoria, o tal vez unos extractos de Memorias, no sé, no quiero subtitularlas “casi Memorias” porque no lo son, serán memorias inconexas, poco lineales, tampoco muy completas.

En mi vida, como alguna vez usted misma me lo ha querido recordar, he tenido la suerte o el privilegio de conocer a personas relevantes, destacadas, al menos para mí, en el campo de las artes. A veces las he encontrado de repente, sin buscarlas, por ejemplo a Ezra Pound en Spoleto, una mañana soleada de 1965, aunque no pude hablar con él ; o a Hemingway en Madrid; otras veces, en cambio, las he buscado yo: he ido, por ejemplo, en Madrid a hablar con Baroja en 1955. De alguna forma u otra a estas personas, aún no sé cómo, las citaré en el libro.

-Es gente muy interesante. ¿Va a hablar de todos ellos?

-A algunos los citaré. A otros les he dedicado ensayos o artículos, por ejemplo a Hemingway cuando murió, en 1961.

– ¿ Entonces esos ” Cuadernos Miquelrius” de que me habla no van a ser un libro de ficción, una novela, algo parecido a lo que ha escrito usted en otras ocasiones…?

– No, no pienso que sea exactamente un libro de ficción, será un libro de Memorias,  pero sí tendrá algo de ficción porque ya sabe usted que la memoria recoge, modifica y amplía, y hace mil cosas casi sin querer, y luego ella se muestra como quiere; por ejemplo, creo que en ese libro la construcción, la técnica, los mismos cuentos si al final los incluyo, que aún no lo sé, pueden aportar ficción, en realidad lo aportarán. Usted misma estará retratada en ese libro

– ¿ Yo?

– Sí, usted viene por aquí muchas tardes, viene a verme, a preguntarme. Yo sé lo agradezco. Lo hace con interés. Es lógico que usted aparezca en el libro. Por cierto, hace unas semanas, hablando con un buen amigo mío, un gran crítico literario con el que suelo verme de vez en cuando en una librería de Madrid, me preguntó no sin cierta ironía si usted existía. ¿Existe esa periodista?, me dijo. El cree que usted es una invención mía. No, usted sabe bien que existe. No es una invención. Y yo creo que existe porque me basta con verla aquí, como tantas tardes, siempre tan interesada, tan puntual, sentada como está hoy con su pantalón rojo y su jersey blanco, con su grabadora preparada encima de la mesa y tomando notas a la vez en este despacho, tan atenta siempre a cuanto digo.

-Cumplo con mi obligación, con lo que hemos acordado…

– Y cumple usted muy bien, no lo dude. Se lo digo porque sus preguntas tienen siempre la lógica curiosidad que debe poseer todo periodista. Ya sabe usted que sólo hay dos tipos de personas a quienes hay que interesar en una entrevista. La primera es al entrevistado; si el personaje se siente interesado por lo que se le pregunta, hablará y contará muchas cosas. Y la segunda es al lector sencillo y corriente: si se ha conseguido interesar antes al personaje y se ha logrado extraerle cosas de interés, esas cosas interesarán siempre al lector corriente. De todos modos, aunque la entrevista es un género muy útil para intentar conocer a quien uno tiene delante, por mucho que me entreviste usted largamente nunca me llegará a conocer.

-Lo sé. ¿Se refiere usted con eso a su propia personalidad o se refiere a todo el mundo?

-No. Me refiero a todo el mundo. Nunca se llega a conocer profundamente a una persona.

-Pero usted quizá lo dice porque siempre habrá reservas…

–Sí, siempre habrá reservas, es lógico. Lo digo porque siempre existen las lógicas intimidades humanas que nunca se muestran. Y en absoluto lo estoy diciendo por usted ni tampoco por sus preguntas, que me parecen siempre oportunas y me ayudan a reflexionar; lo digo sencillamente porque a una persona nadie la llega nunca a conocer por completo, es decir, conocer de una manera total; nunca nadie llega al conocimiento del auténtico interior de una persona. Ni siquiera ella misma se acaba de conocer completamente. Ni tampoco a lo largo de su vida, aunque esta vida sea muy larga. Existen numerosas aproximaciones para llegar a su interior, eso es cierto ¿ Pero quién conoce de verdad a una persona con la que uno incluso puede hablar diariamente, por ejemplo, un esposo, una esposa, un hijo? Se dice que las madres conocen muy bien a sus hijos. Sí, quizá eso sea lo más aproximado, lo más cierto. Pero al ser humano en su profundo interior es muy difícil conocerlo. Ni siquiera, como le digo, en el matrimonio se conoce la auténtica verdad de la otra persona y eso aunque transcurran muchos años. A mí me ayuda siempre esa imagen tan plástica y normal, pero tan representativa, que solemos ver en las calles. Dos personas están hablando en una esquina y entre ellas, entre esos dos rostros, pasa un estrecho hilo de aire, un espacio, una pequeña corriente de aire que naturalmente separa a las dos figuras y a los dos rostros. Ese estrecho pasadizo de aire es lógico que exista, pero ese pasadizo del aire simboliza también algo: nos recuerda de algún modo la constante y lógica separación entre dos intimidades que están hablando. Una intimidad se protege siempre de la otra intimidad que le interroga y la que está enfrente hace lo mismo. Cada intimidad contará y desvelará solamente en esa conversación o en otra cualquiera aquello que ella quiera contar y de la forma en que lo quiera contar, o lo que en ese momento le interese contar y también ocultar; a veces incluso llegará a confesar cosas muy personales, pero nunca revelará todo por completo, es muy difícil que desvele toda su intimidad. Existe una frontera, existe una natural protección por uno mismo. Uno no desvela nunca todo. Además, hay cosas, como le decía antes, que incluso el propio yo no conoce.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará)

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