LA COMA

 

 

“La coma asomó por el borde de la página tímidamente, parecía lombriz, se curvó, se dobló, intentó levantar su rodilla, se inclinó, dio un toque suave, un rabo mínimo, el bastón del aliento, apenas nada, separó las palabras, para eso me quieren, se dijo, nunca fui letra, apenas valgo, y de repente a la coma un estruendo en vértigo de vocablos unidos le pasó por encima sin dejarla respirar aplastando el vientre de las frases de hierro su lengua hasta alisarla bajo un peso de líneas pasando y repasando interminablemente la piel de la hoja sin pausa alguna de izquierda a derecha en ritmo incesante y la coma quedó quieta y tan insensible como si se hiciera la muerta o la dormida a la vez que procuraba respirar para sobrevivir asustada por tantos vagones de palabras que no acababan nunca de pasar enganchados por conjunciones imantadas de plata y en carrera de voces y silencios con y griegas silbantes como espadas que segaban y unían adjetivos y nombres disfrazando conceptos de color y sabor viajando al ritmo del estilo que el flujo de la lengua arroja desde la boca del dragón  escritor cuando el placer de la luna se inflama y llamea el lenguaje incandescente en la noche blanca de la desierta página de un cuaderno que se deja cubrir por signos evocadores de tanto eco fantástico hasta quemar habitaciones de memoria y hacer que arda esa imaginación hecha castillos en pavesas de artículos zigzagueantes en el aire del humo que deja olor a verbos chamuscados por astillas de tantas preposiciones bajo lluvias de fuego en la fiesta nocturna a la que son convocadas las palabras cruzándose sus vidas solitarias en el juego de la sintaxis hasta que toda la prosa es incendio de árboles y las comas no existen embobadas por ese ejercicio malabar en la noche de la creación de tan variados sabores como segregan las palabras chorreantes en chasquidos y en jugos destilando un aroma único de madera labrada en sustantivos nobles que encierran su olor en bodegas de libros a punto ya de abandonar en buques la bóveda del resplandor del puerto iluminado y echarse a la mar de la aventura azul en seda silenciosa y suave que rasga la huida del escritor dormido en esa placidez de los vocablos avanzando en  silencios de ritmo hacia páginas nuevas de sorpresa que muestran un horizonte de color inexplorado por tantas esquinas de azar como la vida esconde tras rocas de mayúsculas blancas y misteriosas en las que encallan las proas de los verbos de lujo igual que trasatlánticos transparentes que bambolean bombillas infinitas vencidas por oleajes de estilo en espumas que rozan los

 

 

 

pies de las palabras y levantan penachos de admiraciones sorprendidas por lo que la lengua puede hacer enroscándose hasta ocultar sus comas bajo las alas de tantos adverbios volando con sus bes y sus uves de suavidad dulce y sosegada que ondulan el paladar del cielo  en la boca de ese escritor en tal recogimiento  que oye sólo el piar de los acentos prendidos en los cables de vocablos ateridos de frío por tanto picotear de tildes que despluman lágrimas aquí y allá en cada cumbre de la línea en momentos en que la inspiración se tensa en el trabajo y el campo de los temas aparece tan yerto que sólo el rasgueo de la pluma en la hoja blanca del cuaderno y la dentadura de las teclas en las máquinas de los ordenadores hacen saltar las notas musicales de la literatura  extendida en el mapa de niebla gaseosa cuyo horizonte es el linde de la niñez recobrada en esa hora en que la madre observa cómo el niño emborrona sus primeros cuadernos y la escritura no es aún vocación sino simplemente oficio manual del lento instrumento  de dedos apretados contra el lápiz cuya sombra refleja la lámpara sobre la mesa de la cocina familiar tan empañada de deberes escolares en donde las palabras nacen de los signos unidos y encantados mientras suben y bajan las tes y las jotas coronadas del punto de rey y hermanas mayores de esa i con lunar en su techo que vive en la guarida de las vocales necesarias y tan elementales que se engarzan como joyas entre las manos de las consonantes y antes de que el aliento de la madre inclinada hacia ese hijo que un día  será escritor pueda explicar que los asombros de la vida han de contarse entre admiraciones enhiestas como palos en las frases que aspiran a entreabrir secretos que ni los poetas pueden desvelar y cuando los vientres ganchudos de las interrogaciones no muestran aún esa inquietud por preguntar a  ese niño que aprende a trazar rasgos  y que sigue preocupado de enderezar su caligrafía tan difícil que el sudor del esfuerzo se mezcla con las lágrimas creyendo que ese cuaderno jamás acabará en perfección y  que nunca escribirá mas que palotes secos e indescifrables con los que ni siquiera podrá jugar en el recreo para dar empujones con la p al redondo balón  de esa o que rueda entre las piernas de sus amigos y que  sufre ese puntapié último que elevará a la o sobre el patio mientras se va inflamando y engordando y una nube al pasar la blanquea haciéndola luna esférica colgada sobre este escritor al que le zumba zigzagueante esa zeta del sueño en el momento en que el libro entrecierra sus párpados y parece caer y se escapan sillón abajo las graves palabras mayores perseguidas a gritos por las esdrújulas que cuelgan aferradas a sus acentos mientras un hálito de soledad entra con el viento desde todas las puertas de la imaginación animando a retomar la luna y a cazar en vuelo las palabras que huyen y a fijarlas igual que mariposas en la hoja límpida que espera a que ese niño que aprendió mansamente a escribir en la cocina  familiar prosiga tal y como si estuviera la madre siempre a su lado señalándole el esfuerzo diario que ha de hacer hasta lograr el dominio encantado de las palabras en matrimonios de frases cuyos hijos harán un día maravillarse a los lectores aunque antes, hijo, no te olvides, le va diciendo la madre,  de poner una coma aquí, y otra aquí, y llegarás así con algo de respiro hasta  que  tu mismo encuentres tu verdadero punto final.”

 

José Julio Perlado — “La coma” ( del libro Relámpagos”) (relato inédito)

 

 

 

 

(Imágenes —1- Mark Rothko -1969/ 2-Mark Rothko – 1949/ 3-Mark a Rothko – 1948)

LAVADO EN CALIENTE

 

 

“Cuando me abandonaste tuve que aprender a hacerme la colada. Utilizaba un programa de agua caliente, y mis pantalones y jerseys encogían tanto que parecían de bebé. Un día me olvidé un billete de cincuenta euros. Después del centrifugado se convirtió en uno de cinco. El día que me dejé el móvil recogí un celular diminuto, del tamaño de un pulgar.  En otra ocasión  la lavadora convirtió un balón de reglamento en una canica insignificante. Decidí meter una novela. Cogí al azar de la estantería: “Parque Jurásico” de Michael Crichton. Tras el programa de lavado salió el cuento del dinosaurio de Monterroso. Hoy me he metido yo dentro de la lavadora. Te escribo esta nota con el corazón encogido: ya he superado lo nuestro.”

Manu Espada

(Imagen —Mark Rothko  – 1956)

LA LITERATURA Y LA VIDA

 


 

“La literatura y la vida son como un juego — decía Vila Matas —. Lo raro de escribir es que uno se aparta de la vida para escribir sobre la vida y sobre el mundo. A la hora de escribir sobre aquello que es lo apartado, la combinación entre literatura y vida entonces ha de darse en lo que saco plenamente de ambas cosas.(…)  Hay gente que también cree que cuando escribes no estás viviendo; ése es otro error. Porque es evidente que cuando uno está escribiendo también está viviendo. Y cuando estás viviendo , en muchas ocasiones, como en mi caso, puedes estar escribiendo. Hay veces en que soy consciente de estar viviendo algo que luego escribiré. Normalmente, si hay este aliciente, me intereso más por la secuencia habitual en la que me encuentro. Por ejemplo, doy conferencias  y coloquios en público que suelen ser un poco latosos para el escritor que prefiere escribir a hablar en público. Sin embargo, las doy como si formaran parte de mi propio trabajo; son experiencias que intento utilizar para después convertirlas en algo que tiene su reflejo en lo que escribo. De este modo no tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo en actividades que están fuera de la escritura. Es decir, que conduzco todo a lo literario, en realidad a mi trabajo.

 

 

Cuando me olvido de que estoy trabajando es cuando estoy en la parada del autobús. Me olvido, simplemente. Pero también observo muchas cosas en la calle y muchas cosas valiosas, como un niño que patina y cae con su helado; eso se convierte en una historia: todo, todo está allí. La mente también funciona de manera literaria. Por eso en “Dublinesca”, como había previsto que se podrían incorporar más lectores a mi obra, a la tercera página le advierto al lector que el personaje central ve la vida de forma literaria. Aquellos que no me conocen, no tropezarán entonces con esta rareza. Es como si advirtiera que un carnicero tiene la manía de ver cosas en las nubes, y así, cuando éste mira a las nubes, la gente sabe que es algo normal y no lo encuentra extraño. Así , los lectores descubrirán que hay un personaje que ve todo a través de una especie de lentes literarios. Muchas veces cuando me quedo solo no pienso en nada literario ni me importa nada la literatura. Supongo que debe ser como la necesidad de que junto al amor esté el odio. E incluso en mi excedencia.”

 

 

 

(Imágenes — 1- Albert Marquet/ 2- CIG Harvey-2008- artnet/ 3- Gerhard Ritcher)

PARAGUAS

 

 

“Me he comprado un paraguas del color del cielo para albergar todas tus lágrimas. Sólo así tu tristeza más reciente también será mía, y tu dolor ocupará mi sombra.

Puede que aquel paraguas que inventó la forma de calmar los rayos en los días grises no reconozca hoy el tacto de la lluvia y tiemble como un hongo en el olvido.

Puede que un día los nimbos o los cúmulos se nieguen a escuchar todas sus manchas de agua y acaben por secarse con el sol, igual que los lagartos.

Pero el paraguas siempre guardará en silencio la memoria de la lluvia y acogerá en su piel, a un tiempo perfumada y húmeda, las luces de otros rayos: los del sol.

 

 

Me gustan los paraguas, pero en casa; colgados del armario, en la cocina, encima del bidé o debajo de la cama pero nunca en la calle.  ¿Por qué rayos la gente se pone tan nerviosa y echa a correr cuando llueve un poco? ¿Son tal vez de azúcar? ¿Por qué cuando caen tres gotas toda la gente se ata a sus paraguas?

Odio a los que no saben dónde acaba su paraguas; a los que te clavan el mango o la varilla en los riñones, que te lo escurren en los morros, que se echan a volar cuando no pueden con el viento y lo disparan y lo zarandean como tulipanes negros.

Odio a los transeúntes que no vieron nunca a Mary Poppins, que piensan que el paraguas sólo sirve para huir del agua, que en días de tormenta se amotinan en los soportales,  que dejan sus paraguas en las papeleras y no se atreven nunca a desplegarlo en casa.

 

 

 

Creo que a las personas se las conoce por sus paraguas: negros para las viudas y los caballeros — quizá más resistentes al humor del agua —, estampados para las solteras, de plástico para los niños, lisos para las universitarias, rojos para los cirujanos, blancos para los curas, verdes para la Guardia Civil, de rayas para los presos, sin tela para los optimistas y de Ágatha Ruiz de la Prada para el resto

Hay paraguas que se abren como flores de invierno, paraguas que se abren como paracaídas, paraguas que se abren por sorpresa, paraguas que no se abren, paraguas para vivos, paraguas para muertos.

Hoy me he comprado un paraguas del color del cielo para albergar tus lágrimas y salir a la calle y decir cómo Brossa cualquier día: “ Bajo la lluvia despliego un mapamundi.”

Raúl Vacas

 

 

 

(Imágenes —1-Valentíne Rekunenko/ 2-Boykokolev/ 3 y 4- Rui Palha)

MAPIA KATEIKA

 

“A sus noventa y seis años, su esposo —Stéfanis Manusos —, abandonando todo quehacer, tomaba el sol cerca de ella, al costado de la sencilla casa solitaria, en un extremo de la aldea donde ya los ruidos de gentes casi no existían. La vida de Mapia Kateika era bien simple: dormía poco, se levantaba al alba. Apoyada en sus dos gruesos bastones, sin encorvarse —arrastrando ligeramente el pie derecho por culpa de dolores desde hacía años —, salía fuera, al aire, a las extensiones, puesto que ella había dicho siempre que “su casa” era todo aquello.., colinas y llanuras, la hilera de árboles y la curva suavidad de los montes… No conocía Atenas. Era la más anciana de todo Corinto, tampoco había viajado nunca por Grecia. De Europa —de todos los continentes y mares, de cuanto Dios había creado y distribuido en el planeta —, Mapia Kateika sólo conocía aquella amplia llanura hacia un lado, a la izquierda.., unos llanos que cambiaban bajo estaciones y climas, como cambiaba la derecha — y ella lo contemplaba, girando sobre sus dos bastones —, el largo lomo de las cimas pobladas de árboles, oscurecidos unas veces tras las cortinas de lluvia, e iluminados otras entre las ráfagas del sol. Aquella era su vivienda: a quien se preguntó luego por sus costumbres, conversaciones y dichos, sólo se pudo responder que Mapia Kateika reconocía como posesión todo aquello que estaba contemplando allí, sentada en medio de su simple pobreza: aquello que dominaba con la vista desde su nacimiento, en lo que ella había crecido y en donde había descubierto el mundo: todo parecía ser “suyo” hasta el fin, “posesión de sus ojos” que allí podían descansar amorosamente, y propiedad de una mirada que distinguía hasta el menor matiz y la más diminuta variación de color. Allí desarrollaba su vida, esencialmente en la vejez, entre los olores de animales y todos los sabores del campo reunidos.”

José Julio Perlado —“Contramuerte”

 

(Imágenes—1-mujer griega -absolut viajes/ 2- René Burri – 1957)

CIUDAD EN EL ESPEJO (10)

 

Ciudad en el espejo (10)

“Lucía Galán tiene unos ojos negros como cerezas jóvenes y redondas, es lo más bello que tiene. Las mujeres de veinte años como ella dejan que el pelo se les desordene y caiga en bucles y en hilos, se lo recogen con una goma de colores en la nuca, y la cabeza entonces, esa cabeza y ese óvalo femenino del rostro tan hermoso porque aún no ha sido marcado por el peso de la edad, queda confirmado en el espejo con una autenticidad y una firmeza inexpresables. Lucia Galán Galíndez es la primera enferma que ve esta mañana del martes el doctor Valdés. Le ha dicho él buenos días al cruzar por el pasillo, luego la ha invitado a entrar en la habitación sin forzarla en nada, Vamos, Lucía, ha dicho como el que no quiere la cosa, él va ya con bata blanca, lleva su nombre bordado en lo alto de su bolsillo, se enamoró hace mucho, se casó, pasó años de matrimonio junto a Begoña Azcárate, tuvo a Miguel y a Lucía, por eso quizá se estremece, porque es el mismo nombre de su hija, pero sólo es un momento, cuando la ve, luego se olvida, son los ojos grandes y negros que le miran, las cejas muy finas, ninguna arruga, una cabeza y un semblante y unas mejillas redondeadas, finas, parecerían perfectas, nadie es perfecto en este mundo, sin embargo en Lucía Galán Galíndez, con la cola de caballo en su pelo castaño y la boca muy suave, los labios delgados, sonriendo de vez en cuando y dejando asomar cuatro o cinco dientes grandes, blancos y graciosos, la curiosidad y la inquietud por todo lo que ocurre es lo que realmente vale. Qué tal doctor, cómo está , qué hizo ayer, Y esa corbata, es que es nueva, quién se la ha regalado, su mujer. Don Pedro Martínez Valdés se ha sentado detrás de la mesa en su despacho de consulta del sanatorio del Doctor Jiménez y ha de adelantarse a preguntar, él lo sabe, si no Lucía se lo devorará rápidamente. Qué tal todo, Lucía, comienza tranquilo, con una pausada sonrisa el doctor Valdés. Pero conoce vale menos que la mirada, mira Valdés a esta chica de veinte años y no tiene que leer su historia clínica para repasar su verdadera historia humana, ese amor desesperado por las cosas, la concreción de las mujeres, los detalles exactos, la observación, algo que los hombres no tienen. Siempre observó a su vez don Pedro Martínez Valdés el mundo de la mujer, siempre le intrigó, le atrajo, quedó prendido por el tejido de ese mundo.

 

Escuchó en los bares y restaurantes cuando estaba solo, escuchó y miró ese mundo de dos mujeres hablando, la conversación cruzada de  un grupo femenino. Y lo mejor, hija, decía Margarita, es aprovechar ahora que tienes a mano el piso, y arreglarlo y venderlo, Pero Conchita, escucha, decía la otra, tú piensa que este traje me lo compré en Londres, en un viaje que hice con Jaime, Y mira, de este color pero de la misma talla no lo había, tuvimos que recorrernos cinco almacenes, Pues te ha quedado muy bien, Lourdes, Y mira, este dobladillo tiene para sacar, Por cierto, qué va a hacer este verano tu hijo Alfonso.  Los colores, las formas, las posturas de hombres y de mujeres, esos gestos al mover una pierna o al estirarse el pelo,  las admiraciones e interrogaciones, las imperativas señales de los hombres mandando, el asentimiento de la mujer criticando , todo, todo desaparece en la vida, lo ha pensado muchas veces Valdés paseando solo o meditando, toda esa pomposidad, esa satisfacción , el fluir de los acontecimientos discutidos, tan discutibles, todo queda barrido por el siglo, por el vivir, por el morir, muchos muerto ha visto el doctor Valdés, muertos arrojados a su muerte, muertos voluntarios que de repente le han perseguido en sueños y aún le persiguen.

 


Lo mejor para no suscitar el fantasma de la muerte, su espectro, la vivencia tremenda de la muerte para quienes oscuramente quieren morirse, es no hablar de ella, el doctor Valdés lo sabe. No hablará nunca de la muerte ante Lucía Galán, esta hermosísima muchacha de veinte años que con el rostro límpido y cuajado de suaves colores, con la cereza de sus ojos redondos y negros, sabe que, en el fondo, lo que quiere es morirse.

Porque lo que no hemos visto hasta ahora en el pequeño cuarto de esta consulta del sanatorio del doctor Jiménez, lo que por fin estamos viendo es una no correspondencia entre el rostro bellīsimo y el cuerpo esquelético, como un alambre, unos hombros raquíticos, un pecho plano, unas caderas escurridas y afiladas, unas piernas larguísimas y huesudas, enfundadas en una especie de mono azul que no tiene botones ni lazos, ni atadura, ni tan siquiera cremallera para que no pueda atentar contra su vida con nada de eso, al fin unos tobillos y unos pies grandes y delgados, encajados en unos altos zapatos de color rojo, como si se tratara de una jovencísima prostituta que engañará no a los hombres sino a su misma existencia.

El doctor Valdés parece que contempla la belleza de ese rostro de veinte años, pero lo que su experiencia  de psiquiatra le dicta es observar atentamente, no de modo directo sino de forma ladeada, como si nada ocurriera, ese cuerpo esquelético de Lucía Galán que no corresponde con su rostro, Lucía Galán Galíndez se niega a comer por un desengaño amoroso, No come absolutamente nada, doctor, le ha dicho tantas veces Sor Benigna al médico que éste no las cuenta ya pero no las ha olvidado.

—¿Y anoche? ¿Qué cenaste? —le pregunta suavemente Valdés —¿Cenaste bien, Lucía?

Por qué, responde ella retadora, siempre contesta con una pregunta, quiere saber, no es altanera, no es orgullosa, es esencialmente curiosa, quisiera desentrañar el fondo de las cosas. Quiere saber Lucía Galán por qué don Pedro, como ella le llama a veces, pregunta tanto y por qué  lo pregunta. Ha devuelto toda la comida y la cena, parte de las cenas y de las comidas, conoce todos los trucos, los infinitos resortes para vomitar y no alimentarse, odia cada partícula de pan, simula ante cada plato, se escabulle en todo momento, el agua es su única fuente. Y con el agua solamente, doctor, le preguntó un día Sor Benigna al médico, solamente con el agua puede mantenerse. No habló la monja del rostro ni de la belleza de las facciones de la chica. Se sorprende ante esa falta de unión entre cabeza y cuerpo, Cómo hará esta mujer para, sin comer nada, tener esas facciones. Es una especie de milagro humano, no es lógico que la anorexia, así se define en los libros médicos y se estudia en los volúmenes y facultades, No es lógico que la anorexia, es decir, la enfermedad de no comer ni alimentarse, el odio hacia todo alimento, deje tan redondos y sutiles esos pómulos de Lucía, las mejillas como hinchadas por el aire de la hermosura y su soplo, el mentón delicado y firme a la vez, las pupilas no hundidas sino enmarcadas bajo las finas líneas de las cejas, la cabeza redonda y proporcionada, las cerezas negras de los ojos nunca ocultas en un más allá sino en un más acá, la cercanía de la juventud, tan fresca y tan próxima, una aparición de rostro y de semblante que no se concierta con su cuerpo.”

José Julio Perlado

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(Continuará)

(Imágenes—1- Jeon  Gwang Young/ 2-Alex Olson – 2013

Lo mejor para no suscitar el fantasma de la muerte, su espectro, , la vivencia tremenda de la muerte para

CIUDAD EN EL ESPEJO (11)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO  (11)

“Pero él no está aquí para asombrarse sino para discernir, para descubrir. Si alguien entrara ahora con nosotros en esta salita de consulta del sanatorio del doctor Jiménez al final de la madrileña calle de Menéndez y Pelayo, advertirá que don Pedro Martinez Valdés, con su bata blanca y sus gafas de concha, su gran espalda apoyada contra el respaldo del sillón, permanece atento al sufrimiento. Estudió los pliegues del aburrimiento en los seres humanos, intentó conocer lo que es la angustia expectante, también los complejos, esas vueltas y revueltas que suelen dar las distintas conciencias, el carácter de los conflictos, lo que algunos llaman las deficiencias del espíritu, se examinó y obtuvo brillante nota hace muchos años respecto a la frustración existencial, se asomó al pozo en que se hunde la imagen del hombre. Qué es, se pregunta muchas veces cuando está solo, el inconsciente colectivo, cómo atraparlo, de qué modo ver la luz al otro lado de su sombra, cuáles son las mordeduras de los instintos, y sobre todo, cómo abrazar de modo apasionado la libertad humana dejando tan suelto su abrazo que ella quede libre, y así humanidad y libertad se hermanen siempre, qué métodos para aplicar todo esto son los apropiados. Hay tantas cosas en los libros, tantas en la mente, las mentes son tan diversas, la vida luego enseña lo que las letras no dijeron, por ejemplo, que las neurosis no marchan nunca solas, no son singulares, hay neurosis dominicales y neurosis que asoman su cabeza por el alba de días como éste, hubo, y seguirá habiendo neurosis de guerra, las paces también propician neurosis propias, existe el nihilismo en este tiempo de fin de siglo, danzan locas por los vericuetos del cerebro en los hombres las obsesiones más dispares, se escondió el vientre de muchos siglos, el placer y los placeres, pasaron anteriores épocas de psicoanálisis y se prolongan, turbias o claras, eficaces o engañosas, las diversas terapias tan distintas, se alzan tan variadas las psicologías que una llámase analítica , otra de altura, hay una más que denominan profunda, otra aún individual, por fin la psicología psicosomática, y un hermano extraño, quizá bastardo, el psicologismo, y si se sigue en este despacho del sanatorio del doctor Jiménez con el índice del dedo del recuerdo y de la ciencia la tabla de todas las materias, alcanzaremos las psicosis, y luego la psicoterapia dirigida al hombre, porque a quién sí no va a estar dirigida la psicoterapia sino a un humano, y poco a poco nos adentraremos en el racionalismo y con un paso más serio en la razón del ser, y después no olvidaremos nunca, no podrá olvidar el doctor Valdés, la religión, el re-ligare, la relación con Dios. Dios que creó Madrid, y España, y el mundo, y creó la vida de don Pedro Martínez Valdés y la existencia de Lucía Galán Domínguez, y la mantiene y la conserva cada segundo, a pesar de que esta belleza de las negras cerezas en los ojos quiera morirse.

 

 

Pero lo que el doctor Valdés busca en esos ojos de Lucía en cuanto la ve, o mejor aún dentro de esos ojos, en la cavidad de su ser, lo que don Pedro Martínez Valdés indaga en los enfermos, por eso se hizo médico, por ello es psiquiatra y de este modo se encuentra como pez en el agua en este despachito de la consulta, lo que intenta extraer del fondo de los pacientes es el sentido o la carencia de sentido, que de todo hay, respecto a la responsabilidad de la existencia, qué responsabilidad tiene el enfermo, y el hombre mismo, el hombre sano, es que acaso está ausente el individuo de esa responsabilidad, cómo inflamar esa llama de lo responsable, cómo despertar ese pálpito, qué se puede resucitar en lo que parece casi ya moribundo, qué hacer, cómo hacer, cuál es la fórmula más eficaz.

Hay una sensación de falta de sentido  en muchas vidas de Madrid y del mundo, se huye como se puede y en cuanto se puede del sentido del dolor, quién puede señalar hoy, en estos tiempos, cuál es la brújula personal que marca el rumbo para dar  sentido a la vida, cuántos sueños vagan a tientas entre las sombras dormidas de los seres humanos, cuántas sugestiones disfrazadas de sueños, qué imágenes tan grandiosas del super- yo en el recinto de los individuos cuando estos se crecen, qué variadas técnicas para los disimulos y las simulaciones sintiéndose a sí mismos, cuántas transfusiones  de ideas falsas, cómo contar todos los traumas psíquicos que existen si quedan esparcidos y pulverizados en los campos salvajes de los seres que todo lo esconden, que incluso se esconden dentro de ellos mismos, envueltos en una capa negra de mutismo o de interrogación continua, como eso suele hacer Lucía Galán Galíndez, esta belleza de veinte años que ahora mira al doctor Valdés, qué tipo de vacío hay en ella, acaso vacío existencial, se dice el médico, y de qué tipo será ese vacío, cuáles son los valores de Lucía Galán Galíndez  si es que ella tiene escala de valores, cuántos son ellos, en qué orden quedan establecidos los escalones, quizá guarda en su fondo una voluntad de dominio, anida en esta jovencísima mujer una voluntad de placer, tal vez se puede definir en Lucía su voluntad de sentido.

Pero pasa en este momento Sor Benigna, rápida, con cierto nerviosismo, y al lado de la puerta del despacho, se asoma un instante y dice:

—Doctor, en cuanto pueda tiene que ver a Luisa Baldomero.”

José Julio Perlado

(continuará)

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(Imagen —Jasper Johns)