“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (37) : PACIENCIA E IMPACIENCIAS

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS : (37) :  Paciencia e impaciencias

 

— Perdone que le interrumpa ahora con una pregunta muy distinta de todo lo que hemos hablado estos días, una pregunta  quizás algo más personal.—me dice hoy la periodista —‘¿Se arrepiente usted de algo como escritor?

– Sí, muchas veces de mi impaciencia.

– ¿Y de lo que está más orgulloso?

– Pues de lo contrario, de la paciencia. Parecerían dos cosas opuestas pero no ha sido así. Han convivido juntas. A veces me he precipitado con impaciencia al intentar publicar algo cuanto antes, he hecho gestiones demasiado precipitadas, me he movido innecesaria y torpemente. Eso no lo volvería a hacer. Y a la vez creo que he tenido una gran paciencia en el acto de escribir. Por ejemplo, he tardado en escribir un libro siete años, los que el libro necesitaba, trabajando diariamente. Una célebre novelista para mí muy admirable como es Virginia Woolf decía que lo importante es escribir, no publicar. Emily Dikinson creía que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Y Rulfo opinaba lo mismo. Todo eso es verdad. En general he sido muy paciente escribiendo, que es lo que importa. Amo la paciencia. Construir las frases, encontrarme con las palabras, dejar que nazcan las situaciones. Como ante los ejercicios que la mano hace practicando sobre el piano, como ante los movimientos de los dedos en las teclas como mero aprendizaje, tras años de escribir, las palabras fluyen. No hay que forzarlas. Vienen hasta la punta de la pluma, la pluma las va llevando sobre la página, unas palabras llaman a las otras, podría oírse el ruido de las palabras en la mente cuando bajan desde la cabeza hasta la mano, cómo bajan silenciosas, igual que un rumor; lo que uno ha leído o ha escrito antes, todo ese caudal del lenguaje que uno ha aprendido en lecturas y en releecturas, va cayendo suavemente sobre el estilo, forma el estilo, uno apenas hace nada, recibe el caudal de manera mansa. Y si uno se tropieza con una piedra inesperada, pienso que no debe corregir de inmediato, hay que dejar que siga cayendo la lluvia de las palabras, a veces la página no se llena, ni siquiera se llena una línea. Entonces hay que esperar, pluma en mano, andando, paseando, sentándose de nuevo ante el papel. Alejándose, como hacen los pintores para tomar perspectiva, y volviendo después al trabajo. Y luego tenemos la transformación de la realidad. La realidad de pronto se hace literatura, se hace personaje. Recuerdo en México, en el sur de México, impartiendo muy de mañana una clase de creación literaria, cuando encima de mi mesa situada al aire libre en el rincón de un bosque maravilloso, por una de las gruesas ramas del árbol que me cubría, comenzó a caminar lentamente un mapache. Entonces, todos los alumnos que me escuchaban en semicírculo levantaron la cabeza y al contemplarlo, me gritaron señalando al animal: “¡Mire, profesor, un cuento, un cuento!”. Nadie pronunció la palabra mapache. El cuento caminaba lentamente sobre la rama, con sus lentas patas, ajeno a nosotros. La realidad se había hecho literatura. Nadie veía al animal, todos estaban viendo caminar una historia.

 

Se va hoy más pronto que otros días la periodista.

Aprovecho para concluir este cuento que empecé la semana pasada:

BIBLIOTECARIO

“Me dice usted, doctor, que le escriba cada quince días contándole mi estado de ánimo. Lo hago hoy ante esta estrecha ventana que da al campo, contemplando siempre la soledad que me rodea, contemplando el áspero horizonte apenas iluminado por lo verde, tono ocre carente de humedad y de belleza. Usted, en una de las últimas visitas que le hice, recuerdo que me dijo que describía muy bien; pero hoy no estoy, doctor, para muchas descripciones: he vuelto a sumergirme en mi sueño. Desde hace tiempo bien sabe usted, y así se lo he dicho, que quiero ser bibliotecario. No bibliotecario de este pequeño pueblo donde vivo: sueño con lo mismo que le dije un día: quiero ser Primer Bibliotecario de la Biblioteca Nacional de mi país. Me veo, tal como le conté, en el centro de un gran hemiciclo; he visto ese hemiciclo, doctor, cuando visité la capital, y no lo olvidaré mientras viva. Quizás en mi imaginación lo idealice, pero los pocos minutos que allí estuve me llevan hasta ese verde silencio de las alfombras y los lomos bruñidos, gigantescas figuras de sabios esculpidos en piedra, y así me veo caminar sobre moquetas rondando los pupitres, admirado del mutismo sellado, de tanta ciencia concertada bajo la bóveda. No olvido aquella bóveda, doctor. Por las noches, en este pequeño cuarto en que habito, sobre todo en las noches de verano, estiro mi cuello fuera de la ventana y me asomo al resplandor celeste. Dejo mi libro sobre la mesa, levanto mis ojos a las estrellas, y pienso qué luz contemplará mi libro, el único que tengo, el que mes a mes suelen prestarme en la diminuta biblioteca de este pueblo, esa sala estrecha, vacía y polvorienta.

No crea que estoy triste, doctor, me bastan estas páginas. Yo sé perfectamente que debo estar aquí y esperar; la vida vendrá a sacarme un día de este cuarto, viajaré, estudiaré, me sentaré un día en el gran hemiciclo silencioso de fichas y volúmenes y oiré las horas que va dando el reloj sobre los libros y cómo pasan suavemente sus hojas. Sueño con esa enorme Biblioteca infinita y miro el campo y él entra en mi mirada. Dice mi madre que la vida es la que más nos enseña, no los libros; repite siempre que son los libros los que copian a la vida. Usted, doctor, ya sabe lo que pienso. Muchas veces se lo he dicho por escrito. Pero miro la vida y acaso no he vivido aún lo suficiente; acaso mi padre, por sus economías, no ha podido sacarme de este cuarto

Aquí he visto, doctor, anochecer y amanecer: no sé describir el mugido de las vacas ni distingo el color ni los olores. Voy hasta el río y me falta el libro, único libro mío, me falta el aire. Veo al agua correr y quebrarse, y sé bien que el agua no se quiebra. Sueño entonces lo que será mi porvenir. Me veo mayor, el pelo cano, ya con gafas; me veo presidiendo esa gran sala oscura y con las grandes pupilas dilatadas atender al silencioso cliente, al misterioso lector que llega tímido en busca de la Ciencia. Me veo paciente, con el rostro inclinado leo su ficha, admiro su mirada: él sería yo, de joven, si aquí no estuviera. Le atenderé con ese fervor súbito que me empuja al volumen, a la página, a la letra. Y ahora cerraré este pequeño libro azul y blanco, doctor, y este cuaderno en que siempre le envío mis impresiones. Luego bajaré la escalera de mi cuarto, la escalera tan tosca y tan sencilla, y me encontraré con usted. Usted, padre, cenará con mi madre, y yo cenaré junto a ustedes. Estará el pueblo dormido, manso y apacible. Yo dejaré en una esquina del banco este cuaderno y cenaré en silencio. Pero usted sabe bien, siendo doctor del pueblo y siendo mi padre, cuáles son mis profundos sentimientos, qué es lo que deseo, a qué aspiro, cómo, aun queriéndoles tanto a los dos, deseo salir de aquí. No, no se enfade usted, padre, no quiero ser médico sino Bibliotecario, leer libros infinitos , mostrar páginas, leerle también a usted cuando sea viejo, cuando ya usted no pueda.

Bajaré, padre, como todas las noches. Cenaré en silencio, no se enfade.”

José Julio Perlado – “Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

TONI MORRISON Y ESCRIBIR AL AMANECER

 

“Escribir al amanecer —decía Toni Morrison, la escritora que acaba de morir — empezó como una necesidad. Cuando empecé a escribir tenía niños pequeños, y necesitaba usar el tiempo antes de que ellos dijeran ‘mamá’ – y siempre fue alrededor de las cinco de la mañana. Muchos años después, cuando dejé de trabajar en Random House, simplemente me quedé en casa un par de años. Descubrí cosas de mi misma que jamás se me habían ocurrido antes. Al principio no sabía cuándo quería comer, porque siempre había comido cuando era hora de almorzar o de cenar o de desayunar. El trabajo y los niños habían condicionado todos mis hábitos… no conocía los sonidos de mi propia casa durante los días de la semana: todo eso me hizo sentirme rara.

En 1983 advertí que tenía la mente más clara, mayor confianza y era en general más inteligente de mañana. El hábito de levantarme temprano, que me había hecho cuando los niños eran pequeños, se convirtió en una elección. No soy muy brillante ni muy ingeniosa ni muy inventiva después de la puesta del Sol.

 

 

Siempre que me levanto me preparo una taza de café cuando todavía es de noche —debe ser de noche— y después bebo mi café y contemplo la llegada de la luz. Para mí, la luz es el signo de la transición. No se trata de estar en la luz, sino de estar allí “antes de que llegue”. Tengo una rutina ideal que nunca he experimentado, que es tener, digamos, nueve días seguidos en los que no saldría de la casa ni atendería al teléfono. Y tener el espacio: un espacio donde tenga grandes mesas. Siempre termino con un espacio muy pequeño en cualquier lugar donde esté, y no puedo salirme de eso. Me acuerdo de esa mesa diminuta en la que escribía Emily Dickinson y me río cuando pienso : “Pobrecita, allí estaba”. Pero eso es todo lo que cualquiera tiene… tan sólo ese pequeño espacio. No puedo escribir regularmente. Nunca he podido hacerlo… en particular porque siempre he tenido un empleo de nueve a cinco. He tenido que escribir o bien fuera de esas horas, apresuradamente, o pasarme escribiendo casi todo el fin de semana o antes del amanecer.

 

 

Me es muy difícil escribir después del trabajo. He tratado de superar el hecho de no tener espacios ordenados compensándolo con una compulsión por la disciplina, de modo que cuando aparece algo urgente, algo que veo o comprendo de manera urgente, o cuando la metáfora es suficientemente poderosa, dejo todo de lado y escribo durante un periodo constante. Me estoy refiriendo a la primera versión. Para mí la  dificultad de escribir es escribir en un lenguaje que funcione silenciosamente sobre la página para un lector que no escucha nada. Para lograrlo, hay que trabajar muy cuidadosamente con lo que está “entre” las palabras. Con lo que no se dice. La medida, el ritmo y todo eso. Así, lo que una no escribe suele ser lo que da poder a lo que se escribe.”

TOÑI MORRISON, DESCANSE EN PAZ

 

 

(Imágenes-1-oprah con/ 2-teen Vogue/ 3- el diario es/ 4- hoy docs)

GRACIAS POR LAS FLORES

flores.-rfbbn.-Georgia O `Keeffe.-1929

 

“Querida Amiga:

Que sin sospecharlo me haya usted mandado la flor preferida de la vida casi parece sobrenatural, y no podría confiarle a nadie el dulce júbilo que sentí al encontrármela. Todavía tengo por muy preciado el tirón con que la saqué de la tierra cuando era una Criatura maravillada, un botín preternatural, y la madurez sólo realza el misterio, nunca lo mengua. Duplicar la Visión es casi más prodigioso, porque la singular capacidad de Dios es demasiado sorprendente para sorprender.

No sé cómo darle las gracias. No se las damos al Arco Iris, aunque su Trofeo es una trampa.

Dar deleite es aureolado – quizás la dura labor de los Ángeles, cuyas diversiones están encubiertas.

Confío en que usted esté bien, y la extravagante Niña de los Ojos Profundos, cada día más insondable.

Con dicha,

E. Dickinson (septiembre, 1882)

(Carta de Emily Dickinson a Mabel Loomis Todd agradeciéndole el envío del dibujo de una flor blanca) (“Cuando la correspondencia era un arte”) (Elba

 

flores.-6ggb.-John Grant

 

(Imágenes.-1.-Georgia O´Keeffe.-1929/ 2- John Grant.-John Grant Studios)

ÁNGELES

ángeles.- 443e.- Alberto Durero.- 1506.- Graphische Samlung Albertina.- Viena

“Al amanecer pueden verse,

entre el rocío, ángeles

inclinándose, cosechando y sonriendo:

suyos son los capullos.

ángeles.- 45677h.- Edward Burne- Jones.- 1878.- Museos Nacionales de Merseyide.- Liverpool.-Inglaterra

Y cuando abrasa el sol,

también se los distingue, entre la arena,

inclinándose,

volando, suspirando, cosechando.

Y están mustias las flores que se llevan.”

Emily Dickinson.- Obra escogida.- Ediciones Torremozas

ángeles.- r5ty.- Guariento di Arpo.- 1354.- Museo Civico de Padua

(Imágenes:- 1.-Alberto Durero.-1506.- Graphische Samlung Albertina.- Viena/ 2.- Edward Burne- Jones.- 1878/ 3.- Guariento di Arpo.- ángeles sentados con orbes en las manos.- 1348-1354.- Museo cívico de Padua)

¿LE GUSTARÍA UN VERANO?

estaciones.-4tbn.-verano,. M Dudovich.-1907

“¿Le gustaría un Verano? Pruebe el nuestro.

¿Especias? Compre aquí.

¡Enfermo! Tenemos Frutas para la calentura.

¡Cansado! ¡Cantidades de Plumón!

¡Confuso! ¡ Haciendas de Violetas que la Aflicción nunca visitó!

¡Cautivo! ¡Le traemos Indulto de Rosas!

¡Desfallecido! ¡ Garrafas de Aire!

Incluso para la Muerte… una medicina Mágica;

pero, ¿cuál puede ser, Señor?”

Emily Dickinson.- “Mediodía”.-Poemas 1862-1865.- (poema enviado por Dickinson a su amigo Samuel Bowles, que por entonces convalecía de una enfermedad) (traducción Enrique Goicolea)

flores.-488y.--Alberto Durero.- ramillete de violetas.-1503

(Imagen.- 1. M.-Dudovich.-1907/ 2.- ramillete de violetas.-Durero.-1503)

EMILY DICKINSON : LA GLORIA, LA MAÑANA

“La gloria es un algo brillante

y trágico, que en un momento

significa dominio,

y que calienta a un pobre nombre

que nunca sintió el sol,

devolviéndolo luego

dulcemente al olvido”.

“¿Existe realmente una mañana?

¿Existe eso que llamamos día?

¿Podría verlo desde las montañas

si yo fuese tan alta como ellas?

¿Tiene pies, igual que los nenúfares?

¿Tiene, acaso, plumas como el pájaro?

¿Viene de famosos países

cuyo nombre, no obstante, nunca oí?

Oh, decidme – eruditos marineros,

hombres sabios del cielo,

decid, os ruego, a un peregrino,

dónde está ese lugar que llamamos “mañana”.

Emily Dickinson: – “Obra escogida“.-Ediciones Torremozas.


(La gran poeta norteamericana  Emily Dickinson – como recuerdan en el apunte biográfico de su “Obra escogidaErnestina de Champourcin y Juan José Domenchinavegetó en su casa de Amherst (Massachusets) como un ser invisible – y rara vez audible – más de treinta años. Como prueba de singular aprecio, condescendía, de raro en raro, en otorgar la más extraña de las distinciones: algo que no se puede designar con el nombre de entrevista, ya que Emily, en su condición de interlocutora fantasma, permanecía en un pasillo próximo a un hall en sombra, es decir, no en la habitación inmediata al salón iluminado donde se hallaba el visitante, sino en los aledaños de la estancia contigua. Y fueron pocos los distinguidos con un tan condicionado modo de conversar“.) Aparte de las anécdotas sobre su vida, su gran poesía ha permanecido siempre. Si a su hermana Lavinia le entusiasmaban los gatos, Emily adoraba en cambio los pájaros y las flores, y precisamente sobre las flores: Emily Dickinson.-“La poesía de las flores”  está teniendo lugar una gran exposición en el Jardín Botánico de Nueva York del 30 de abril al 13 de junio)

“El mar pidió al arroyo: Ven ahora.

Dijo el arroyo: Déjame crecer.

Y el mar repuso: Entonces ya  serías

un mar. Y yo deseo sólo un arroyo. Ven.”

(Imágenes:-1.-Botánico de Nueva York.- foto EFE/2.-retrato de Emily Dickinson según aparece en Scol.wordpress/3.-manuscrito de Emily Dickinson.-emilydickson.org/ 4.-casa de Amherst, Massachusetts, donde vivió Emily Dickinson.-foto Nataniel Brooks.-The New York Times)

COLOQUIO DE LOS PERROS


“Una sutilísima mezcla de los olores más variados le hacía vibrar las aletas de la nariz – describe Virginia Woolf al perro Flush -: áspero olor a tierra, aromas suaves de las flores, inclasificables fragancias de hojas y zarzas, olores acres al cruzar la carretera, el picante olor que sentía cuando entraban en los campos de habas…Pero de pronto traía el viento unos efluvios más agudos, más intensos, más lacerantes que todos los demás – unos efluvios que le arañaban el cerebro hasta remover mil instintos en él y dar suelta a un millón de recuerdos: el olor a liebre o a zorro. Entonces se lanzaba como una exhalación. Olvidaba a su ama: se olvidaba de todo el género humano. Oía a unos hombres morenos que gritaban: “¡Span! ¡Span!”. Oía el restallar de los látigos. Corría, se precipitaba…Por último, se paraba en seco, estupefacto: el encanto se había desvanecido. Muy lentamente, moviendo la cola con humildad, regresaba a través de los campos hasta donde estuviera Miss Mitford voceando: “¡Flush! ¡Flush! ¡Flush!” y agitando la sombrilla”.
Pronto llegaban otros perros. Por ejemplo, Cecil, el perro de Manuel Mujica Láinez, que describía así su convivencia con el amo: “Hace un año que es mi dueño y vivo en su casa, y me asombra todavía, dado mi carácter, que me haya conquistado en poco tiempo. Al principio quise resistirle. Ahora me he entregado con la intensidad de una pasión primera que sospecho será también la última. Es hermoso amar. Hermoso y terrible. No conozco gozo y ternura equiparables. No pienso que existan. Basta que me deslice una mano por el cuerpo, en caricia larga, para que vibre y me estremezca, como si me encendieran una pequeña fogata en el corazón”.
Pero aún queda el perro de Kafka, que se acerca también a juguetear: “¡Cómo ha cambiado mi vida y cómo no ha cambiado en el fondo! Ahora que rememoro el pasado y evoco los tiempos en que aún vivía en medio de la comunidad perruna, participaba de todo cuanto le interesaba, un perro más entre otros perros, descubro, mirándolo bien, que desde siempre algo no encajaba, que siempre hubo una pequeña fractura, que un ligero malestar se apoderaba de mí en medio de los actos populares más solemnes, y a veces ocurría incluso en círculos familiares, no, no a veces, sino con suma frecuencia, que la mera visión de un prójimo por el que sentía cariño, visto de pronto desde una perspectiva nueva, me turbaba, me asustaba, me dejaba indefenso y hasta me desesperaba”.
Perros que hablan. Perros que ladran en la literatura. Hablan ladrando, como Cervantes escribe en su Coloquio de los perros: “desde que tuve fuerza para roer un hueso tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria…”.
Además de Cecil (Editorial Sudamericana) de Mujica Láinez, además de Flush (Destino) de Virginia Woolf, además de Investigaciones de un perro (Alianza) de Kafka, además de la gran Novela ejemplar de Cervantes, vienen todos los perros, con sus gemidos y ladridos, a retozar. Viene Linky, el de Edith Wharton, viene Grasper, el de Emily Brontë, viene Carlo, el de Emily Dickinson, viene Flush, el de Elizabeth Barret.

Y luego están todos los que nos miran tumbados, los ojos adormecidos, las orejas gachas, esperando que un escritor se compadezca y narre su vida.