LA INFANCIA DEL MILAGRO

 

“La infancia es el mundo del milagro o de lo maravilloso— escribe Ionesco en sus “Diarios” —: es como si la creación surgiese, luminosa, de la noche, completamente nueva y totalmente fresca, y completamente asombrosa. No hay infancia a partir del momento en que las cosas no son ya asombrosas. Cuando el mundo parece “visto ya”; cuando nos acostumbramos a la existencia, nos convertimos en adultos. El mundo de lo mágico, la maravilla nueva, se hace banalidad, tópico. Eso es, exactamente, el paraíso, el mundo del primer día. Ser expulsado de la infancia es ser expulsado del paraíso, es ser adulto. Se conserva el recuerdo, la nostalgia de un presente, de una presencia, de una plenitud, que se intenta volver a encontrar por todos los medios. Volver a encontrar aquello, o la compensación (…) Cuando se quiere vivir, ya no es la maravilla lo que se busca, sino, a falta de eso, a lo que sólo la infancia o una lucidez sencilla y superior pueden tener acceso, a falta de eso, lo que se busca es ser saciado. Nunca se consigue, no se puede conseguir. Los bienes no son la vida.”

(Imagen — Walter Morí- 1956)

EL PASO DEL TIEMPO

 

 

“¿Cuándo me di cuenta por primera vez de que el tiempo “pasaba”?” . Esta pregunta se la hace Ionesco casi al principio de sus “Diarios”.  “El sentimiento del tiempo  —dice — no estuvo inmediatamente ligado a la idea de la muerte.  Por supuesto, a los cuatro o cinco años me di cuenta de que me haría cada vez más viejo, de que me moriría. Hacia los siete u ocho años me decía que mi madre se iba a morir un día y me trastornaba ese pensamiento.  Sabía que ella iba a morirse antes que yo. Sin embargo, aquello  se me presentaba como una interrupción definitiva del presente, porque todo era presente. Un día, una hora, me parecían largos, sin límite. No veía su final. Cuando me hablaban del año próximo tenía la sensación de que el año próximo no llegaría nunca. Hacia los once o los doce años, no antes, empecé a tener la intuición del final. A los nueve, a los diez años, cuando vivía en el Molino, todo era alegría y todo era presente.

 

 

Luego, de repente, se produjo como un cambio total ; era como si una fuerza  centrífuga me hubiese proyectado fuera de mi inmutabilidad, entre las cosas que van y vienen y que se van. Peor; fui yo quien, de repente, tuvo el sentimiento de que las cosas permanecían y que yo me alejaba de ellas. A los quince años, a los dieciséis, se había acabado; yo estaba en el tiempo, en la fuga y en lo finito.  El presente había desaparecido; ya no hubo para mí más que un pasado y un mañana, un mañana sentido ya como un pasado.

Intento, desde entonces, todos los días, asirme a algo estable, intento desesperadamente volver a encontrar un presente, instalarlo, ampliarlo. Viajo para volver a encontrar un mundo intacto sobre el que el tiempo no tenga poder. En efecto, dos días de viaje, el conocimiento de una nueva ciudad, contienen la precipitación de los acontecimientos. Dos días en un país nuevo valen por treinta de los que uno vive en su lugar habitual, recortados por la usura, deteriorados por la costumbre.  La costumbre pule el tiempo, resbala uno sobre él como sobre un suelo demasiado encerado. Un mundo nuevo, un mundo siempre nuevo, un mundo de siempre, joven para siempre, eso es el paraíso.”

 

 

(Imágenes -1-Steve Miller- galleros Albert Benamou- artnet/ 2-reaktorplayers/3-Ruscha Murayama- artnet)