“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (18) – LOS PROCESOS DE LA CREACIÓN

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (18):  los procesos de la creación

 

– Rememora usted muy detalladamente el proceso de creación en Stravinski, esos procesos que siempre le han interesado. Ha escrito usted varios libros en torno al proceso creador …

 

– Sí, el proceso de creación en muchos escritores y artistas siempre me ha intrigado. ¿ En qué momento empieza, en qué momento ocurre? Es un misterio. Muchos han tratado este tema, entre ellos Stefan Zweig en unas conferencias relevantes. Recuerdo una frase del “Diario” de Tolstoi: “escribir no es difícil. Lo difícil es no escribir”. Es decir, uno tiene que escribir, si es que está llamado a ello. El asunto es cómo, de qué manera empezar. Las cosas que se escriben suelen viajar con nosotros mucho tiempo en el metro, se duchan con nosotros bajo el agua, van tomando cuerpo y forma, a veces nos hacen esperar como decía Stravinski al hablar de las mañanas y las tardes, y entonces, cuando nos hacen esperar, hay que aguardar a que ellas mismas se vayan construyendo y que poco a poco levanten su arquitectura y se nos muestren tal y como quieren ser escritas, con el tono y la voz que quieren mantener. Hace unos días me preguntaba usted por la importancia de la “voz”. Me acordaba de que Marguerite Yourcenar confesaba que hubo de esperar varios años hasta encontrar la “voz” adecuada para el relato de Adriano en sus “Memorias”. Pero, como usted dice, a mí me han interesado siempre esos vericuetos de la creación. Recuerdo, por ejemplo, en Madrid, estando un día en casa de Gerardo Diego, hace años, en la calle Covarrubias donde vivía, cómo el poeta me mostró sus “variaciones” o “variantes” dentro de un mismo poema, es decir, sus tentativas y bifurcaciones, sus incertidumbres, o también cómo el pintor Juan Barjola, paseando cerca de su taller en la calle Amalarico, cerca de Carabanchel, me reveló el enigma de sus perros descarnados y solitarios bajo la luna, o igualmente cómo un bailarín español, Antonio Gades, en París, al dar sus vueltas en un ensayo sobre el escenario, me descubrió el secreto del movimiento de sus tacones repiqueteando y girando en la madera. Pero todo esto son sólo meras aproximaciones. Muchas veces los artistas no saben mas que confusamente lo que han hecho y tampoco conocen realmente cómo han podido crear todo aquello y entonces han de ser los comentaristas quienes se lo expliquen. Hay muchos ejemplos de ello, y por citar uno destacado ahí tenemos cómo Kafka le pregunta a Felice Bauer si ella encuentra algún sentido coherente al relato “La Condena” porque él no se lo encuentra. Y en el caso de la poesía esta experiencia es aún más singular. Shelley, por ejemplo, decía que ni los poetas mismos se dan cuenta cabal de su excelencia porque la poesía obra de una manera imperceptible y serán las generaciones futuras las que contemplen el efecto de su poderío.

Cuando se me pregunta entonces, y lo han hecho muchas veces, qué es la invención me remito a la interrogación que en el fondo se hacen muchos escritores. Sabemos que dos y dos son cuatro, pero el artista muchas veces se plantea: ¿y si fueran cinco? Ese cinco es precisamente la invención, la posibilidad: yo diría que es la creación. Con ese cinco se pueden hacer y se han hecho muchas cosas importantes en la literatura. Es como el peldaño de la fantasía. El escritor, el pintor, el músico, se preguntan: ¿ y si esto no fuera así como lo vemos? ¿Y si debajo o encima de esa realidad hubiera otra realidad? Todas las revoluciones en las artes han mostrado que dos y dos, además de ser cuatro, pueden sumar cinco. Y la fantasía, la imaginación, la invención han cubierto con ese número cinco los libros y los lienzos. Hay que tener en cuenta que muchas gentes van en busca de la invención, atraviesan las ciudades en su busca, les interesa, naturalmente, la realidad, quieren ver en un libro o en un cuadro muy bien reflejada la realidad de donde provienen y donde viven, su barrio, su casa, sus costumbres, pero de pronto quedan sorprendidas y extasiadas ante la invención, ante la irrealidad de la realidad, fascinadas de cómo el escritor o el pintor o el músico han podido sublimar la chata realidad de todos los días y transformarla en un escenario nuevo, por ejemplo, cómo una mujer muestra en su mejilla tres ojos cruzados colocados por Picasso o cómo unos teléfonos se derraman blandos en una playa de Dalí. Se vuelven entonces adictos a la invención. Recorren las calles en busca de la invención, persiguen la prodigiosa invención, entran en una librería, hojean una realidad absolutamente inventada, saben que esa historia no es la verdad, que esas páginas son mentira, (por ejemplo, “el Vizconde demediado” de Calvino o la desaparición de una nariz en Gógol), pero compran compulsivamente esa mentira tan atractiva, tan bien escrita, tan subyugante, y se llevan esa fantasía inventada a sus casas, a la realidad de sus casas, y luego la leen ávidamente.

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A veces también me han preguntado en ciertas ocasiones: ¿qué es más fácil escribir, realidad o ficción? Y yo añado a esa pregunta: ¿y qué es en el fondo la realidad? La realidad absoluta es casi imposible de describir. La auténtica realidad, o al menos quizá el débil acercamiento a la completa realidad reflejada, tal vez sería, y no estoy muy seguro de ello, la fotografía. Pero en cuanto el escritor quiere acercarse a una realidad e intenta mostrarla lo más fielmente posible a los demás, no tiene más remedio que acumular enumeraciones, añadir y añadir detalles en toda su observación, procurar elegir muy bien los adjetivos, agrupar y encadenar descripciones llenas de matices, y aún así no lo conseguirá. Un acercamiento a la auténtica realidad de lo que se muestra, quizá sería, como digo, aunque muy lejanamente, la fotografía. Por ejemplo, hace unos días hablándole a usted de mi primera casa en Madrid me refería a la figura de mi tía Amparo. Tal vez sí, una fotografía de mi tía Amparo caminando sobre las maderas del pasillo en aquel caserón que iba resonando bajo sus pies, sin duda nos mostraría la realidad de su figura. Pero se necesitarían varias fotografías de esa mujer, una que la enfocara por delante, otra que nos la mostrara por detrás, y aún varias más, desde ángulos muy distintos. Y aún así no bastaría. Sí, indudablemente veríamos con perfección en esas fotografías su vestido estampado de colores marrones, su figura diminuta, quizá hasta los abalorios brillantes que cubrían sus dedos. Pero en ese pasillo de la casa de la calle de Goya resonaban, como digo, también las maderas, crujiendo bajo sus pasos, y esos sonidos, naturalmente, ninguna fotografía los recoge. Sólo los recogería un documental: mi tía Amparo, pues, en un documental. Pero, ¿y sus pensamientos, entonces? ¿Y su personalidad? ¿Cómo se refleja? Por ello, ¿qué hace el escritor para poder contar lo más fielmente posible esa realidad? Pues ponerse ante el cuaderno e intentar describir lo mejor que pueda y sepa todos esos pasos, esos movimientos, esos colores, esos sonidos, y, si se atreve, adivinar incluso sus pensamientos. Es decir, recrear. Le será imposible fotografiar y tendrá que recrear. El escritor, pues, recrea. Al recrear, de alguna forma inventa. Se acerca hasta ese pasillo con sus adjetivos, con su memoria, con algunos recuerdos que le vienen a la cabeza, con otras asociaciones de ideas que le llegan también, con las inspiraciones para evocar un ambiente, mil cosas convocadas, pues, en ese instante para recrear y para crear. Creará incluso a veces cosas mejores que la pura realidad. Al menos distintas. Y cuando acabe de crear, como antes le decía, no sabrá bien de qué forma lo ha hecho. Será quizás una mágica combinación de elementos la que le ha llevado hasta una creación que incluso puede superar a la misma realidad.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

MONTAIGNE ANTE LA MESA

 

 

“No me apetecen demasiado ni las ensaladas ni las frutas, salvo los melones —confesaba Montaigne —. Mi padre detestaba toda clase de salsas; a mí me gustan todas. El comer demasiado me sienta mal; pero no sé todavía con seguridad de ningún alimento que me perjudique por sus características; tampoco noto ni la luna llena ni la menguante, ni la diferencia entre otoño y primavera. En nosotros se producen movimientos inconstantes y desconocidos ; en efecto, los rábanos negros, por ejemplo, primero los encontré agradables , después molestos, ahora de nuevo agradables. En muchas cosas siento que mi estómago y mi  gusto van variando de este modo: he cambiado del blanco al clarete, y después del clarete al blanco. Me encanta el pescado. Creo en lo que dicen algunos: que es más fácil de digerir que la carne.

 

 

Desde joven me saltaba de vez en cuando alguna comida. A veces para avivar mi apetito al día siguiente; yo lo hacía con vistas a preparar mi placer para aprovecharse mejor y servirse con más alegría de la abundancia. O a veces ayunaba para preservar mi vigor al servicio de alguna acción del cuerpo o del espíritu , pues el uno y el otro se me vuelven perezosos por efecto de la saciedad. O a veces para curar mi estómago enfermo, o por carecer de buena compañía, pues sostengo que no debe mirarse tanto lo que se come, cuanto con quién se come. Para mí no existe condimento tan dulce ni salsa tan apetitosa como los que se obtienen de la compañía.

 

 

Creo que es más sano comer más despacio y menos, y hacerlo más a menudo. Pero quiero hacer valer el apetito y el hambre: no me daría placer alguno arrastrar, de forma medicinal, tres o cuatro miserables comidas al día forzadas de este modo. Para nuestras ocupaciones y para el placer, es mucho más cómodo perder la comida y aplazar los banquetes a la hora del retiro y del reposo, sin  interrumpir la jornada. Así lo hacía yo en otros tiempos. Para la salud, me parece después por experiencia, en cambio, que es mejor comer y que la digestión  se hace mejor despierto.

 

 

No soy muy propenso al deseo de beber, ni sano ni enfermo. Me suele suceder, entonces, que tengo la boca seca, pero sin sed. Y, en general, sólo bebo por las ganas que me surgen al comer, y muy al comienzo de la comida. Bebo bastante bien para un hombre de tipo común; en verano y en una comida apetitosa, no sobrepaso siquiera los límites de Augusto, que no bebía sino tres veces exactamente. Los vasos pequeños son mis predilectos, y me gusta vaciarlos, cosa que los demás  evitan como inconveniente. Por regla general echo la mitad de agua en el vino, a veces un tercio de agua. Y cuando estoy en casa, por un antiguo proceder que su médico prescribía a mi padre y a sí mismo, mezclan el que necesito ya en la bodega, dos o tres horas antes de servirlo. Cuentan que Cranao, rey de los atenienses, inventó la costumbre  de aguar el vino, útilmente o no, he visto debatirlo. Me parece más decente y más sano que los niños no lo tomen hasta después de los dieciséis o dieciocho años. El uso público legisla sobre tales cosas”.

 


 

(Imágenes—1-Ella  Kruglyanskaya/ 2- pan- Dalí – fundación Dalí / 3- Andrey Godyaykin/ 4- William Ratcliffe/ 5-Hugo Suter)

SUEÑOS DEL SURREALISMO

manos- 44rrf.- Man Ray.- manos de Gala y Dalí

“Quisiera dormir – decía André Breton – para entregarme a los durmientes, del mismo modo que me entrego a quienes me leen, con los ojos abiertos, para dejar de imponer, en esta materia, el ritmo consciente de mi pensamiento. Acaso mi sueño de la última noche sea continuación del sueño de la precedente, y prosiga, la noche siguiente, con un rigor harto plausible. (…) Es preciso tener en cuenta el espesor del sueño. En general, tan sólo recuerdo lo que hasta mí llega desde las más superficiales capas del sueño. Lo que más me gusta considerar de los sueños es aquello que queda vagamente presente al despertar, aquello que no es el resultado del empleo que haya dado a la jornada precedente. (…) ¿No cabe acaso

sueños.- tgyyh.- René Magritte.- Nocturno.- 1925.- The Menil Collection- Houston. Estados Unidos.- René Magritte.- VEGAP 2013

emplear también el sueño para resolver los problemas fundamentales de la vida? ¿Estas cuestiones son las mismas tanto en un estado como en el otro, y en el sueño, tienen ya el carácter de tales cuestiones? ¿Conlleva el sueño menos sanciones que cuanto no sea sueño? Envejezco, y quizá sea el sueño, antes que esta realidad a la que creo ser fiel, y quizás sea la indiferencia con que contemplo el sueño, lo que me hace envejecer?”. Una epidemia de sueños cayó a finales de 1922 sobre los surrealistas... “Son siete u ocho – decía uno de los escritores que contemplaba aquel fenómeno – que no viven más que para esos instantes de olvido, en los cuales, las luces apagadas, hablan inconscientemente, como ahogados en plena tierra (…) ; en el café, en medio del ruido de las voces, a plena

sueños.- rtbbg.- Yves Tanguy.- el geómetra de los sueños.- 1935.- colección particular.- Estados Unidos.- Yves Tanguy VEGAP.- Madrid 2013 luz, recibiendo empujones, Robert Desnos no tiene más que cerrar los ojos y hablar, y, entre los platillos, todo un océano cae con sus estruendos proféticos y sus vapores adornados de largas oriflamas. En cuanto interrogan a este estupendo durmiente, apenas lo incitan, ya que surge la predicción, el tono de magia, de revelación.” “¡Nadie sabe bordar sus sueños como Desnos – recuerda también Matthew Josephson en “Mi vida entre los surrealistas” -. Desnos caía en éxtasis, sus ojos saltones adquirían una luz extraña, mientras fluía de sus labios el relato de sus maravillosas quimeras. La noche en que llegué a Berlín, los 

sueños.- tyynn- Claude Cahun y Marcel Moore.- confesiones sin valor.- 1929-1930.- colección partiular.- Museo Thyssen

surrealistas, arrobados, estaban explicando sus sueños. Pregunté si tratarían como “literatura” sus sueños registrados. Bretón explicó que su objeto era explorar la función de los sueños del hombre, el mundo de la mente subconsciente incontrolada, con “espíritu científico”, para saber así algo de aquella surrealité que los hombres de procedimientos prosaicos y racionales eran incapaces de alcanzar ni de gozar”

surrealismo-- 2nnh.- Yves Tanguy.- a las cuatro del verano.- 1929.- colección particular

Cuando ahora en Madrid se unen dos exposiciones en torno al surrealismo, vienen a la memoria las palabras de René Passeron: “el calco del sueño, es una práctica donde la espontaneidad de la imagen onírica está favorecida por la vecindad del sueño y la búsqueda paciente de un estado de disponibilidad. Evidentemente la dificultad está en que el trabajo del pintor es largo y técnicamente complejo ( sobre todo para Dalí); la memoria o el efecto deformador de la imaginación, a medida que el tiempo pasa, tiene el riesgo de falsificar la imagen primera, la que ha desencadenado la decisión de ponerse a pintar.”

(Imágenes.- 1.- Man Ray.– manos de Gala y Dalí/ 2.- René Magritte.– nocturno.- 1925.-the menil collection.- Houston,- Estados Unidos.-Rene Magritte.- VEGAP 2013/ 3.- Yves Tanguy.- el geometra de los sueños.-1935.- colección particular.- Estados Unidos.- Tanguy.- VEGAP 2013/ 4.- Claude Cahun y Marcel Moore.-1929-1930.- Museo Thyssen/ 5.- Yves Tanguy.- a las cuatro del verano.-1929.- colección particular)

CONFIDENTES Y PERIODISTAS

Ahora que distintos diarios hablan nuevamente del arte de la entrevista periodística, evoco aquí algunas de las anotaciones y matices que en su momento hice sobre el tema en mi libroDiálogos con la cultura”. Históricas entrevistas no realizadas sin embargo por periodistas:

“Los diálogos con figuras de la Historia – recordaba entonces – tienen una cita excepcional cuando el portugués Francisco de Holanda conversa con Miguel Ángel en Roma, en San Silvestre, en coloquios de muy alto valor, a los que asiste Lactancio Tolomeo y la marquesa de Pescara. Los diálogos de este dibujante portugués “ tienen toda la frescura y atractivo de una conversación escuchada – dice Sánchez Cantón -. Son los diálogos gratos de leer. Nos descubre un punto de aquello a que el historiados siempre aspira, hacer moverse y oir a las grandes figuras del pasado. Por una vez en su vida tocó Holanda las cimas a pocos reservadas; y dio ejemplo que imitar“. En verdad vemos a Miguel Ángel reirse y opinar entre el embajador de Siena en Roma, Lactancio Tolomeo y Victoria Colonna, poetisa, gran señora, viuda del marqués de Pescara, amiga de Miguel Ángel. El creador del “Moisés”, “que posaba al pie del Monte Caballo – escribe Holanda -, acertó, por mi buena dicha, de venir contra San Silvestre, haciendo el camino de las termas, filosofando con su Orbino por la Via esquilina y hallándose tan dentro del recado no nos pudo huir, ni dejar de ser aquel que llamaba a la puerta”. (…) Así, aprovechando su estancia cerca de diez años en Italia, de 1538 a 1547, Francisco de Holanda recoge en tres amplios diálogos lo que Buonarroti comentó sobre pintura y sobre varios temas.(…)

Pero Francisco de Holanda en el siglo XVl no es un periodista, como no lo fue Eckermann para Goethe, ni lo había sido Platón para Sócrates, ni lo sería James Bosswell para el doctor Samuel Johnson. Tampoco fue periodista el fotógrafo Brasaï en sus conversaciones con Picasso, el director Robert Craft para Stravinski, Umberto Morra para el crítico de arte Berenson, Gustav Janouch con Kafka, Goldenveizer para Tolstoi, o Émile Bernard con Cézanne. Más escritor también que periodista fue André Malraux en el siglo XX, acercándose a Mao, a De Gaulle y a Picasso, pero la pluma de Malraux “re-creará” ciertas cosas. (…) Alguna vez en Mi Siglo me he referido a todos ellos.

Hay libros de entrevistas como las realizadas por Alain Bosquet a Dalí que están muy por debajo de vivencias y evocaciones de marchantes como Kahnweiler o los recuerdos de amigos de artistas como Sabartés lo hiciera con Picasso. A veces, como en el caso de Bosquet, el periodista queda aplastado por las “boutades” encadenadas de un Dalí brillante, siempre resbaladizo, jugando a los equívocos permanentes. Se sabe que Dalí era así, pero el profesional del periodismo se ha quedado en el umbral de las captaciones, fuera de una atmósfera que quisiéramos habitar. Brassaï, en cambio, lo consigue. Conoce a la perfección que Picasso quedará en la historia de la pintura y no duda en entrar y salir de esos años – finales de los treinta y principios de los cuarenta – como entra y sale de estudios y de humores, abriendo puertas y anécdotas y estableciendo una corriente de vida, con Sabartés, Henri Michaux, Malraux o Kahnweiler. Brassaï, no siendo periodista, nos deja un calor más cercano de una existencia que se mueve, y al moverse provoca arte. Quisiéramos que Francisco de Holanda hubiera estado más tiempo con Miguel Ángel, que Platón nos describiera más gestos y movimientos de Sócrates, que Brassaï nos hubiera dejado más días con Picasso“.

Son confidencias y confidentes de vidas que permanecen en la Historia, confidencias que – sin provenir de periodistas – enriquecen el caudal de la entrevista. Al fin, el caudal del humanismo, también del periodismo.

(Imágenes:- 1.- Brassaï/.-2.-Miguel Ángel Buonarroti. autorretrato-grabado por A. Francois/3.- Picasso en la rue des Grandes Augustin.-1952.-Denise Colomb/4.-André Malraux.-Gisele Freund/5.-Dalí pintando en 1939.-ngv.vic.gov.au)

MODOS DE VER

“Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes, aunque sólo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió esa vista de entre una infinidad de otras posibles. Esto es cierto incluso para la más despreocupada instantánea familiar. El modo de ver del fotógrafo se refleja en su elección del tema. El modo de ver del pintor se reconstituye a partir de las marcas que hace sobre el lienzo o el papel. Sin embargo, aunque toda imagen encarna un modo de ver, nuestra percepción o apreciación de una imagen depende también de nuestro propio modo de ver”.

John Berger.-“Modos de ver” ( Gustavo Gili)

INDRO MONTANELLI

“Aquí está tal cual la vi aquella noche, con los negros cabellos desgreñados sobre la frente sin necesidad de peluquero, entre los cuales brillan los ojos duros y tristes dentro de las hondas órbitas. Estos ojos saben encenderse y reir, cuando quieren; sonreir, jamás. Ella no los fuerza a una expresión jovial ni siquiera ahora cuando viene a mi encuentro al umbral de su habitación; los deja en estado bravo, en armonía con el resto de su persona, o sea, con su dureza y tristeza habituales. Tal vez está cansada; tal vez me considera demasiado astuto y ya demasiado amigo para tener que recurrir a semejantes coqueterías que, evidentemente, le pesan. “¿Ha visto que soy una mujer de palabra? – me dice estrechándome la mano – Ahora veremos si puedo decir otro tanto de usted. ¿Quiere un té?”. (…) Pero, Dios, ¡qué bella es esta mujer fea, despeinada, sin afeites, que se yergue ante mí y, a través de los cristales, contempla discurrir la vida de la ciudad! No por un gesto de la mano, sino aterrorizados por el resplandor de los ojos sobre los que hacían sombra, los cabellos se le han alzado sobre la frente de mármol y ahora se pliegan dócilmente de lado y bajan a lamerle la mejilla en una caricia consoladora, mientras una lágrima, contenida, al parecer, hace años, le brota de lejos entre las pestañas y viene a ablandar la mirada dura y triste que naufraga en ellas lánguidamente”.

Así escribe y describe a Anna Magnani uno de los más grandes periodistas europeos, Indro Montanelli, una pluma acerada, concreta, independiente. Su excepcional libro “Gentes del siglo” (Espasa) parece que nos trajera el retrato a carbón, un luminoso carbón, de tantas personas que él conoció, que vio, que visitó, pero que sobre todo captó con la cámara de la experiencia y de los viajes, asombrándose ante cada perfil y reduciéndolo a unas líneas vertidas en la corriente del periódico. “Pensé con melancolía  –dice Montanelli – en cómo nos escarnece la gloria: nos lanzamos a su búsqueda soñando que habrán de reconocerla nuestros compañeros de infancia y en cambio solamente lo hacen los de la vejez, que ya no nos interesan”.

En este libro se recogen algunas de las gentes que se cruzaron con él  -o que él se quiso cruzar con ellas – a lo largo del camino: Dalí, Claudel, Maurois, Rosellini, Gassman, Rubinstein, Dos Passos, Berenson y un largo etcétera. Del autor de “El desierto de los tártaros“, Dino Buzzati, hace, por ejemplo, este retrato:

“Llega al diario en su “Topolino” modelo antiguo. No lo renueva, porque es avaro, y lo confiesa. Va despacio porque es miedoso, y también esto lo confiesa. Pero conduce con las manos enguantadas, como si se tratase de  atravesar Europa, y cada vez que se apea, se entrega a toda una liturgia de saludos, como si fuese superviviente de un aventurado viaje por tierras lejanas. Buzzati da los buenos días y se quita el sombrero ante el portero, el garajista, el ordenanza, el empleado, la mecanógrafa y hasta ante todos los colegas que encuentra por la escalera. No me trata de “usted” también a mí, solamente porque podría parecer una pose; pero está claro que el “tú” le cuesta esfuerzo.Viste con suprema elegancia. Lleva el cabello corto, sobre el que los años han empezado a sembrar algunas hebras de plata; viste siempre chaquetas sin pulcritud y con hombreras en forma de botella; corbatas de color apagado, anudadas de modo que parece que haya sido mamá quien lo ha hecho, murmurándole al oído la acostumbrada recomendación: “Y no te manches, ¿eh? La ropa se deteriora al lavarla; y cuesta mucho hoy en día…” Dino, hijo obediente, no mancha nunca nada. Precisamente por no ensuciarla se cambia la chaqueta en cuanto entra en el despacho; y se levanta con frecuencia para ir a lavarse las manos. En efecto, bien pensado se nota que sus páginas han sido compuestas por manos limpias. En todos los sentidos”.

Prodigiosos ojos del Montanelli observador. Excelente escritor. Extraordinario periodista.

(Imágenes: Anna Magnani.-filmeweb.net/ cartel de “Bellísima”, pelicula dirigida por Luchino Visconti/ Dino Buzzati en via Solferino)

HOPPER

Nunca se sabe con la pintura de Hopper si él ha llegado antes con sus pinceles o han llegado antes sus historias. Las historias de las casas y de los hombres atraviesan ciudades y calles hasta posar su soledad en paisajes urbanos, en decorados interiores o en espacios que parecen islas de conversaciones o de miradas. El relato y la pintura se cruzan contándonos la pintura su relato y sugiriendo cada relato su propia pintura. Nunca se sabe quién ha llegado antes, si nosotros con nuestra historia que Hopper pinta o Hopper con la historia que pinta y cuya escritura leemos nosotros. Lo cierto es que, como tantas otras veces, las artes mantienen  esa correspondencia secreta en la que los hilos de la música se entrelazan con los de la literatura y éstos se trenzan con los de la pintura. Las palabras también. Sobre determinadas novelas se habla de “claroscuro”. “virtuosismo”,”polifonía” o “contrapunto”, como también se alude a su “arabesco”, su “textura” o su “variación”. Vocablos del lenguaje musical  se deslizan entre los párrafos de una crítica literaria  y el camino también se hace al revés. Así ocurre de uno o de otro modo en los cuadros de Hopper. ¿Quién vive en esas casas aisladas que él pinta y que fueron aprovechadas luego en el cine por Hitchcock o por David Lynch? ¿De dónde vienen o a dónde van  esas mujeres solas,  sentadas sobre la colcha de una cama o absortas en el silencioso rincón de un café   ensimismado? ¿Qué piensan, de qué se lamentan sin decirlo? ¿ Están dándole vueltas al pasado o al futuro? Todo eso son historias que sólo la protagonista sabe y que el escritor inventa observando mientras observa cómo se desarrolla a su  vez  su invención. Entonces Hopper entra. Pinta. ¿ O ha  llegado él  primero y lo que nos cuenta es lo que aún no habíamos contemplado?

Ahora se acaba de publicar un estudio sobre todo esto –Hopper, por Mark Strand (Lumen) -y de nuevo se habla de ese singular fenómeno de los vasos comunicantes entre las artes. “La poesía – se dijo ya hace tiempo – debería producir una semejanza a través de la imaginación, o bien un retrato que provoque en  el ojo una representación visible de la cosa que describe y pinta en su cuadro”. Estamos entonces ante la descripción exquisita de la realidad física – esa casa junto a las vías del tren, un faro solitario, una mujer aislada -y todo ello para evocar una imagen en la mente tan intensa como si el objeto descriptivo estuviera frente al lector. Eso nos ocurre con Hopper. Strand habla de que sus cuadros nos invitan a construir un relato. Y nos tienta mucho el poder comenzarlo. ¿Por qué no ponerle nombre y apellidos a estos personajes? ¿Cuáles son sus vidas? Avanzaríamos en unas existencias que apenas son esbozadas y que nos sugieren nudos de historias. Estaríamos  en ese universo de las artes que dialogan entre sí, cercanos de algún modo a esos creadores múltiples que  tantos recuerdos nos han dejado.  Hay que pensar en el Lorca de los dibujos y la poesía, en Dalí (pintura y escritos), en Alberti (nuevamente dibujos y poemas), y si nos remontamos río arriba,  figuras de esa multiplicidad de “vocaciones dobles” como las de E.T.A. Hoffman,  y aún más arriba, Miguel Ángel.

(Imágenes: Hopper.-int. org/ Hopper: tate. org.uk)