ELOGIO DE LA SOBREMESA


“Una sobremesa un poco animada es algo que seduce y atrae. Un comedor de una casa particular, lujoso; ocho o diez convidados — escribe  Baroja en “Juventud, Egolatría” —, tres o cuatro mujeres bonitas, alguna de ellas extranjera, otros tantos hombres que ninguno sea aristócrata — porque los aristócratas son muy poco amenos en general — ni sea tampoco artista — porque son de la misma casta de los aristócratas —;  tener de vecino a algún banquero o algún judío de perfil aguileño, y hablar de la vida, de la política, estar un poco galante con las señoras, dejar que cada uno tenga un momento de lucimiento, es, sin duda alguna, cosa muy agradable”.

(Imágenes—1- Antonio Sicurezza- 1972/2- Felix Valloton)

ELOGIO DE LA COMIDA

 


Ahora que lamentablemente desaparecen o se cierran tantos restaurantes en el mundo, se abren las páginas del historiador y pensador griego Plutarco en “ La cena de los sietes sabios”, dentro de su “Moralia”, y allí se oyen y se leen estas palabras: “quisiera decirles lo que pienso — señaló Cleodoro— , especialmente teniendo aquí una mesa puesta, que es retirada cuando la comida es retirada de ella, y que es un altar para los dioses de la amistad y de la hospitalidad. Tales dice que, si la Tierra desapareciera, la confusión reinaría en el universo, y esto representaría la disolución de la casa y de la comida. Pues una vez quitada la mesa, desaparecen también estas cosas: el fuego del altar en el hogar mismo, las copas de vino, todo el entretenimiento y la hospitalidad, los actos más humanos y los primeros actos de comunicación entre hombre y hombre; y así todo lo viviente queda abolido, si es que vivir es gastar tiempo del hombre en una cierta cantidad de actividades, la mayoría de las cuales son las necesarias para buscar y procurarse la comida. Y si se destruyese la agricultura, quedaría la tierra sin labrar y sin limpiar, llena de bosques que no dan frutos y con ríos que corren sin control, debido a la inactividad del hombre. Y con la destrucción de la agricultura se destruirían también toda artesanía y oficio que se inician con ella, y para los que ella provee las bases y materiales; y todo esto quedaría en nada si la agricultura desapareciera de la Tierra. También quedarían abolidos todos los honores para los dioses, pues los hombres tendrían poca gratitud que deberle al Sol, y menos aún a la luna, no más que por el calor y la luz. (…)

 

 

Una vez que Cleodoro acabó su discurso, tomé yo, Solón, mi turno y dije: “Pero hay otro punto que no han mencionado: que quien condena la comida condena el descanso; y sin descanso no habrá sueños, y nuestra forma más antigua y respetable de adivinación se habrá acabado. La vida sería una y la misma, una gran monotonía.”

 

(Imágenes-: 1- Richard Diebenkorn/  2- Joan Brossa- el país/3-Dibujo de Sancha- diciembre 1906- la Ilustración Española y Americana)

MONTAIGNE ANTE LA MESA

 

 

“No me apetecen demasiado ni las ensaladas ni las frutas, salvo los melones —confesaba Montaigne —. Mi padre detestaba toda clase de salsas; a mí me gustan todas. El comer demasiado me sienta mal; pero no sé todavía con seguridad de ningún alimento que me perjudique por sus características; tampoco noto ni la luna llena ni la menguante, ni la diferencia entre otoño y primavera. En nosotros se producen movimientos inconstantes y desconocidos ; en efecto, los rábanos negros, por ejemplo, primero los encontré agradables , después molestos, ahora de nuevo agradables. En muchas cosas siento que mi estómago y mi  gusto van variando de este modo: he cambiado del blanco al clarete, y después del clarete al blanco. Me encanta el pescado. Creo en lo que dicen algunos: que es más fácil de digerir que la carne.

 

 

Desde joven me saltaba de vez en cuando alguna comida. A veces para avivar mi apetito al día siguiente; yo lo hacía con vistas a preparar mi placer para aprovecharse mejor y servirse con más alegría de la abundancia. O a veces ayunaba para preservar mi vigor al servicio de alguna acción del cuerpo o del espíritu , pues el uno y el otro se me vuelven perezosos por efecto de la saciedad. O a veces para curar mi estómago enfermo, o por carecer de buena compañía, pues sostengo que no debe mirarse tanto lo que se come, cuanto con quién se come. Para mí no existe condimento tan dulce ni salsa tan apetitosa como los que se obtienen de la compañía.

 

 

Creo que es más sano comer más despacio y menos, y hacerlo más a menudo. Pero quiero hacer valer el apetito y el hambre: no me daría placer alguno arrastrar, de forma medicinal, tres o cuatro miserables comidas al día forzadas de este modo. Para nuestras ocupaciones y para el placer, es mucho más cómodo perder la comida y aplazar los banquetes a la hora del retiro y del reposo, sin  interrumpir la jornada. Así lo hacía yo en otros tiempos. Para la salud, me parece después por experiencia, en cambio, que es mejor comer y que la digestión  se hace mejor despierto.

 

 

No soy muy propenso al deseo de beber, ni sano ni enfermo. Me suele suceder, entonces, que tengo la boca seca, pero sin sed. Y, en general, sólo bebo por las ganas que me surgen al comer, y muy al comienzo de la comida. Bebo bastante bien para un hombre de tipo común; en verano y en una comida apetitosa, no sobrepaso siquiera los límites de Augusto, que no bebía sino tres veces exactamente. Los vasos pequeños son mis predilectos, y me gusta vaciarlos, cosa que los demás  evitan como inconveniente. Por regla general echo la mitad de agua en el vino, a veces un tercio de agua. Y cuando estoy en casa, por un antiguo proceder que su médico prescribía a mi padre y a sí mismo, mezclan el que necesito ya en la bodega, dos o tres horas antes de servirlo. Cuentan que Cranao, rey de los atenienses, inventó la costumbre  de aguar el vino, útilmente o no, he visto debatirlo. Me parece más decente y más sano que los niños no lo tomen hasta después de los dieciséis o dieciocho años. El uso público legisla sobre tales cosas”.

 


 

(Imágenes—1-Ella  Kruglyanskaya/ 2- pan- Dalí – fundación Dalí / 3- Andrey Godyaykin/ 4- William Ratcliffe/ 5-Hugo Suter)