“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (36): LA PALABRA Y LA IMAGEN

 

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS:    (36) : La palabra y la imagen

 

13 junio

– El otro día – me reanuda hoy el diálogo la periodista entrando en el despacho – hablábamos de las declaraciones suyas en la universidad de Montevideo sobre la belleza. Pero hoy me gustaría que me ampliara un poco otro tema muy querido para usted, algo que escribió extensamente en “El ojo y la palabra”: la relación entre el artista y la imagen. Como usted ha recordado muchas veces, estamos en el universo de la imagen, pero también ha insistido en que la palabra sigue siendo esencial.

-Sí, naturalmente. En “El ojo y la palabra”, el libro que acaba usted de citar, comentaba yo, por ejemplo, que Van Gogh no había creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos “subcreadores“-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos Todo esto significa, al menos para mí, que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, de contemplación y de arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí estarán dotados para muchas otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

 

Por tanto el artista, y así lo indicaba también en aquella entrevista de Montevideo, sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable también de transmitir la imagen o imágenes a los demás. De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre que mantuviéramos viva la capacidad de asombro, que es lo que recordábamos el otro día. Esto no llegamos a admitirlo porque este mundo nos obliga al sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y entonces nos preguntaríamos, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso sería decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Titulé mi libro “El ojo y la palabra” entre otras cosas porque creo que el ojo es lo último que queda del ser humano, el color de la pupila, el ojo entreabierto antes de partir, especialmente ese color, como digo, que encierra cada ojo. Se empobrecen los miembros, los músculos, los movimientos, también las palabras, al fin esas palabras van quedando en monosílabos e incluso reemplazadas por gestos. En el caso del ojo, cuando uno está a punto de abandonar la vida, y mucho antes también, en los meses o semanas anteriores, el ojo va quedándose quizá estático, perdido, sin fuerza ni fijeza, pero, aunque palidezca algo, nunca abandonará su primitivo color. Pueden estar satisfechos los ( o las) que tengan un color de pupilas bonito, porque ese azul o ese color – el que sea- será lo último que se cierre. Además, cuando se emplea la expresión ante el momento de la muerte, “Vamos a cerrarle los ojos“, se dice así, y no “vamos a cerrarle las palabras“, porque las palabras seguramente enmudecieron ya mucho antes.

Por otro lado, la palabra y el ojo van siempre de la mano. A través del ojo vemos el ejemplo que se nos da, y lo que al fin le queda a un ser humano cuando permanece ya solo en la vida, con sus padres ya fallecidos, es el ejemplo de ellos, lo que VIO en la familia y en la vida, no tanto lo que le dijeron. Pocas personas guardan palabras numerosas y aleccionadoras de sus padres y educadores, pero en cambio sí ha quedado en su retina aquello que vio con sus propios ojos, actitudes y ejemplos, buenos y malos, que indicaban coherencia o no coherencia respecto a las palabras que se pronunciaban a lo largo de su educación. Por tanto, el ojo que nos ve en los hijos o en los alumnos recoge más lecciones aún que las palabras. Ese ojo además es el que paseamos a través de la vida en general: en viajes, en acontecimientos, en un fluir incesante de palabras cotidianas, etc. Pienso a veces, y así lo dije en esa entrevista de Montevideo, que las palabras se desgastan porque se usan mal y se abusa de sus contenidos, y el ejemplo de la política y los políticos en general en el mundo – con ese desfile de sucesos, líderes, elecciones y promesas – hacen que uno devalúe la palabra escuchada. El ojo también juzga todo eso, pero, como siempre, es el ejemplo el que va viendo el ser humano, y aunque le llegue también el escepticismo ante lo que ve, es distinto al escepticismo o a la incredulidad ante tantas promesas de palabras.

 

Hay que recordar también que en las familias, todas las casas están llenas de palabras desde el inicio del día a la noche, las madres especialmente se vuelcan en palabras hacia sus hijos y su formación, sencillamente porque, en principio, están más tiempo con ellos que sus padres. Pero creo que ese fluir de palabras tan necesario, incluso un hijo lo puede esquivar, harto ,en determinadas edades, de escuchar lo mismo: lo que es mucho más difícil que esquive es el ejemplo, a veces sin palabras: un ejemplo coherente y firme, en el que se pueden mirar los hijos como en un espejo. Después, naturalmente, ejerciendo su libertad, harán lo que quieran. Pero insisto en esta pequeña valoración porque creo que el mundo actual está sobrecargado o saturado de palabras, – además de las imágenes – y, como he dicho antes, hay un empobrecimiento de las palabras, muchas palabras se manipulan como mentiras, y el excelso valor de la palabra – hasta cuando uno “da su palabra” a otro – se ha vaciado muchas veces de contenido.

 

-Hablaba usted en esa entrevista del “centro” y de los “vaivenes” de la vida…

– Sí, cuando se contempla la historia actual, por ejemplo con sus complejos temas económicos y financieros a nivel mundial, hay que pensar, al menos así lo pienso yo, que son “vaivenes” – a veces esenciales y muy importantes y de grandes repercusiones -, pero que no pueden ocultar de ningún modo el centro ni la profundidad de las cosas, las esencias. Si se pierde el centro, los vaivenes son los que reinan y hay que preguntarse si el mundo, desde hace años, no va detrás de los impulsos de esos vaivenes, arrastrado por las modas y los modos que ellos comportan, viajando a merced de las corrientes imperantes y haciendo que esas modas y esas corrientes sustituyan a lo capital, es decir, haciéndolo capital.

El centro es el centro, y si uno no tiene personalmente un centro vital sobre el que haga girar su vida tendrá que buscarlo y agarrarse a él. Por ejemplo, ¿ es que quizá el “centro” de una vida intelectual puede ser, simplemente,, el “postmodernismo“? Eso causaría risa. No habría más que ver, en ese caso concreto, el resumen de los “ismos” que hacen Guillermo de Torre o Juan Eduardo Cirlot para saber que todos esos “ismos” pasan y que con ellos se escapan épocas y actitudes que son sustituidas inmediatamente por otras. Todo eso son los “vaivenes“, muchas veces deslumbrantes, que, naturalmente deben ser motivo de estudio y de trabajo, pero que no pueden constituirse como “el centro” o el eje de una vida.

La palabra, pues, es la palabra y la Palabra con mayúscula es la que ha engendrado a las otras palabras. “En el principio fue la Palabra“, dice San Juan. No dice “En el principio fue la imagen”, aunque ahora, en nuestra época, la imagen parece que lo ocupara todo. La palabra en ningún caso puede ser apartada ni olvidada. Lo más que puede hacer es completar a la imagen, explicarla. Pero hay que pensar que quienes han escrito sobre “la lectura de imágenes” , por ejemplo, “Cómo se lee una obra de arte“, de Omar Calabrese, o “Leer imágenes” de Alberto Manguel, no tienen más remedio que emplear palabras para glosar tales imágenes, y no pueden glosarlas con otras imágenes. Por tanto, para crear una historia en Imágenes hay que, después de “verla”, edificarla y construirla mentalmente con palabras, que son las que harán en su momento el guión, y luego, para glosar y comentar esas imágenes, también habrá necesidad de emplear palabras. Es decir, siempre – y felizmente – estará la palabra del hombre.

-Esto, de algún modo, está relacionado con lo que cuenta usted en “El ojo y la palabra” al describir los atentados de las Torres Gemelas…

-Sí, me impresionó mucho aquella imagen de 2001. Recuerdo que el 11 de septiembre de 2001, en el momento de los tremendos atentados de Nueva York, estaba siguiendo en casa, como suelo hacer a esa hora, el telediario del mediodía. No se interrumpió ante la catástrofe. Más aún, como era su obligación informativa, lo retransmitió en directo. Vi al detalle todo cuanto ocurría. Meses después escribí sobre aquello: “se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vida en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas todas esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician , mucho menos las palabras impresas. Pero las palabras impresas – primeras ediciones de periódicos – pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace en la pantalla. ¿ Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? Y sobre todo, ¿por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros.” Más tarde los porqués de los análisis en esos libros intentarán explicarnos de algún modo los qués, lo que hay detrás de los qués para que haya tenido que suceder y estallar todo esto.

– Por tanto, usted se reafirma en que es la palabra la que explica la historia y no solamente la imagen.

– Lógicamente. La palabra puede estar en un libro, en un soporte de las nuevas tecnologías de la comunicación, en un móvil, pero la palabra es la que explicará siempre las razones de la imagen. Es la que la completará.

No puede olvidarse tampoco que la palabra no es sólo la palabra leída o escrita sino, antes de ello, la palabra hablada, el diálogo, ya en la infancia, enseñado por los padres al bautizar con palabras cada objeto que el niño mira – mira la imagen que representa al objeto y los padres lo definen con palabras – y lógicamente esto sucede también en la escuela primaria y en los primeros diálogos. La palabra fluye incesantemente por todo ese mundo, y no las imágenes. El diálogo, esencial en la convivencia humana, es un eslabón de palabras y lenguas y no puede ser sustituido por imágenes. Por mucho que se hable de la devaluación de la palabra, la palabra está ahí, y no se la puede ignorar, despreciar o manipular. El gran problema está en saber si en el futuro una videoteca, por ejemplo, por sí sola y sin palabras, llenará intelectualmente lo que hoy una biblioteca y su lectura puede llenar. El reto estará en saber cómo se compagina la enseñanza de la sabiduría con el mundo de las imágenes.

Los adolescentes, y los que pronto abandonarán la niñez, han visto desde siempre el televisor – y hoy los móviles – como un elemento más de su casa y de su vida. Igual que antes ocurrió con el automóvil o con el frigorífico. Edward Albee, entre otros, hizo ver este dato. También Foster Wallace. Los ejemplos de autores serían múltiples. Con la imagen se vive, y también se come y se cena ante ella, y la imagen le persigue a uno a lo largo del día. Pero querría ya citar aquí unas palabras de George Steiner en “Presencias reales” que dicen así: “Si el niño queda vacío de textos, en el sentido más cabal del término, sufrirá una muerte prematura del corazón y de la imaginación y subrayo “en el sentido más cabal del término”. El despertar de la libertad humana puede darse también en presencia de cuadros, de música. Es, en esencia, un despertar por medio del pulso de lo narrativo a medida que golpea en la forma estética. Pero parece que son las palabras las que golpean con mayor seguridad la puerta“.
Creo que esta última frase es reveladora. La palabra es la que golpea con mayor seguridad y no la imagen. La imagen golpea instantáneamente, puede estremecer en un segundo, pero golpea la conciencia quizá con menos profundidad. Es decir, su sonoridad queda más pronto amortiguada

Ante el paralelismo de las palabras y la imagen hay que preguntarse también quíén pronuncia las palabras. ¿Las madres, como yo digo en “El ojo y la palabra“ al hablar de los padres y madres de los escritores?. ¿Quién pronuncia esas palabras que marcan ? ¿El libro? ¿El profesor?

Habrá que aprender a educar con imágenes, y las nuevas generaciones piden que se les explique así el mundo. Pero eso no basta. Consumir sólo imágenes no hace que penetremos en los secretos del pensamiento. Además, la velocidad instrumental de la imagen es rapidísima. Me refiero a que ya tenemos imágenes en el reloj de pulsera. Paralelamente, las palabras en los mensajes se reducen a píldoras de comunicación brevísima. Entonces, ¿cuándo es el momento en que recibimos las palabras reales, las profundas, las de los “por qués“? ¿En la escuela? ¿Y en el momento en que dejamos el colegio o la Universidad? ¿Y cuando ya no tenemos las palabras familiares de nuestros padres educándonos en la medida en que les deja su tiempo libre? Se diría que el hombre, arrojado al vértigo social de la vida corriente, se alimentará de imágenes, pero ¿quién decide y manipula esas imágenes? Se hace difícil que ese hombre se alimente con la lectura. Entonces, ¿cuándo va a enlazar cuando sea mayor con la corriente de la sabiduría ? ¿Quién va a explicarle a ese hombre los porqués? Aparte de esto, todos cuantos exponen imágenes en películas o televisión, sobre todo si escriben un guión, y por tanto quieren dar un mensaje a través de la sucesión de imágenes, tienen que profundizar antes en las ideas, y esas ideas suyas las captarán y elaborarán estudiando y comparando testimonios y lecturas, es decir, palabras. Es un mundo fascinante.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (35): EL ASOMBRO Y LA BELLEZA

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

 

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MEMORIAS   (35):  El asombro y la Belleza

 

 

—Usted precisamente ha querido recordar varias veces esa frase de Dostoievski, “la Belleza salvará al mundo”.—me dice hoy la periodista.

—Sí, la he comentado con mucha frecuencia.

—Y en una entrevista, que a mí al menos me pareció interesante y que la Universidad de Montevideo publicó hace unos años, usted hizo varias consideraciones sobre el tema de la Belleza. Me gustaría que se extendiera algo sobre ello.

—Bueno, comenzaré por la referencia a Dostoievski a la que usted acaba de aludir: “la belleza salvará al mundo“. Indudablemente, como señalaba en aquella entrevista de Montevideo, eso ocurrirá siempre que se sepa contemplar la belleza y siempre que el ojo humano no se distorsione atraído por la fealdad. En estos momentos pienso que hay una invasión de fealdad en muchas partes, desde la ocupación “vanguardista” de ciertos museos intentando imponer muchas veces lo detestable como “arte”, hasta el descenso escalonado del gusto en imágenes chabacanas de cine o de televisión. Es tan obvio que no hacen falta demasiados comentarios.

Entonces, creo que hay algo importante que hacer, que es educar al ojo en la belleza, no inclinarlo hacia la fealdad. No es bello todo lo que los hombres realizamos durante el día y durante la vida. No es bella – hablando claramente – una defecación, aunque sea necesaria para la vida. Y sin embargo, defecaciones se han expuesto en los museos… Por tanto, hay que educar al ojo en la belleza. En un artículo que publiqué hace años sobre la necesidad del asombro al contemplar la manifestación de la belleza, hablé de recuperar ese asombro y esa sorpresa que tantos han perdido creyendo que ya lo han visto todo. Un pensador griego contemporáneo, al referirse a sus antepasados, recordaba que los griegos querían ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas, es decir, eternos niños, que veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana. Eternos niños, pues, unidos al asombro, abiertos al asombro. El asombro, la sorpresa, la curiosidad, son esenciales para la vida. La gran poeta polaca Wislawa Szymborska lo recordaba: afirmaba que la sorpresa es una categoría importante en la vida. Pero, al menos para mí, añadía, todavía hay otra cosa importante en la creación, que es la curiosidad. Nadie incluye la curiosidad entre los sentimientos, pero yo creo que la curiosidad es un sentimiento. Cuando la miro a usted – le decía la poeta a la periodista que la interrogaba -, tengo curiosidad por usted.

-Y usted, ¿tiene curiosidad por mí?

-Sí, naturalmente. Tengo curiosidad por saber quién es usted, para quién trabaja, ya que aún no me lo ha dicho, por qué viene a verme muchas tardes a este despacho: en resumen, por qué viene usted hasta mí.

-Yo simplemente soy una periodista freelance. Es lo que ahora se lleva. Cuando acabe mi trabajo, si éste merece la pena, lo ofreceré a varias publicaciones por ver si les interesa. Eso es todo – me dice la periodista con una sonrisa -. Pero ahora, si le parece, continuemos hablando del asombro y la belleza .-

 

—Pues, como le digo, a mi siempre me ha enriquecido el asombro y siempre me ha acompañado. Puede ser – o así al menos desearía que fuese – un cierto síntoma de juventud interior. Eso sí me gustaría que me ocurriera. A veces, al dejarme llevar por el asombro, me he planteado también cuestiones más profundas, entre ellas ésa de la que usted me acaba de hablar: la belleza. Por ejemplo, hace ya varias semanas, uno de los días en que usted no vino a verme porque habíamos quedado en hacer un alto en estas entrevistas, estando yo solo en este despacho y dándole vueltas a las cosas, volví a pensar en el mundo submarino, un tema muy querido para mí y al que acudo con frecuencia. Porque siempre que veo las extensiones del fondo del mar (en fotografías, pero sobre todo en videos, películas, documentales, etc), “me asombra” esa creación. Precisamente porque permanece oculta y porque tan sólo pueden bajar a ella de vez en cuando aquellos seres humanos con escafandras que nos lo filman. Y siempre pienso : ¿por qué Dios ha hecho esto así, algo que casi nadie ve? Y sobre todo, ¿por qué lo ha hecho con esas gamas de colores casi infinitos en las aletas de los peces, en los movimientos rítmicos de las colas con su belleza inaudita, en el encanto de las grutas por las que se cuelan toda clase de animales submarinos, en el colorido de las hierbas flotantes, todo ese mundo inacabable? ¿Quién ve esa belleza de modo continuo? Nadie. Los peces mismos únicamente la viven, y el hombre en su superficie está ajeno a ella, excepto cuando se la presentan por haberla filmado. Si pensamos la cantidad de kilómetros de belleza oculta al ojo del hombre que se extiende bajo los océanos inmensos, entonces nos podemos preguntar por la razón de todo ello, que no es solamente una razón de utilidad (que indudablemente lo es), sino que hay algo más: la utilidad de los peces y cuanto ellos generan podría haber sido creada en una sola tonalidad – por ejemplo en el verde o el azul – y con una sola forma, ausente de variantes, y la utilidad hubiera permanecido lo mismo: sin las variantes y matices de la belleza habría permanecido esa misma utilidad. Entonces, ¿para qué se ha añadido a la utilidad toda una deslumbrante belleza? Confieso que cada vez que la veo, (y aquí no me hacen falta sólo las explicaciones de Cousteau, que por otro lado, agradezco), todo ese mundo me lleva a Dios, no me lleva al azar. Habrá gentes que les lleve al azar, y yo lo respeto profundamente. A mí no me lleva al azar. No me imagino al azar como causa de todo ello. Porque si esto ocurre debajo de nosotros sin que nadie lo esté viendo ( por ejemplo, en estos momentos, mientras yo le contesto a esta pregunta), ha de haber alguna explicación a tanta belleza. El ojo humano se sumerge en esa belleza casi irrepetible y tiende a ella naturalmente, como ante un imán. No creo que ningún ojo humano pueda ver fealdad en ese incesante espectáculo del mundo submarino. (Y lo mismo ocurre ante la gama de colores de los pájaros, ante las tonalidades del atardecer, etc). Esa imagen se presenta diariamente, su imagen nunca es repetitiva y esa imagen nos ofrece como en un espejo la Creación. Rilke aconsejaba para entender la belleza: “aproxímese, decía, a la Naturaleza”. Y San Agustín se preguntaba : ¿quién ha creado la Belleza? Y añadía: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar (acabo de hablarle del mundo submarino), interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión. Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién la ha hecho sino la Suma Belleza?

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (34): “LA CASA DEL LIBRO”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (34) : “La casa del libro”

 

-– Me gustaría — me dice  hoy la periodista al entrar— que me hablará  usted nuevamente de lo que usted llama   “relámpagos”…

— Bueno, para mí hay otro tipo de relámpagos distintos por su brevedad y por su intensidad, escenas que se iluminan de pronto y que quizá aparezcan al fin, no lo sé, quizá aparezcan al final de mi vida como un flash, como un resumen, como instantáneas sobre lo que uno ha vivido.

– El incidente que tuvo usted con Saramago ¿ también está entre esos “relámpagos”?

– No, no lo está. Pero ya que usted se refiere a ello, porque de eso preferiría no hablar, decirle que no fue ningún incidente importante, simplemente un encuentro algo tenso entre los dos. Al menos para mí sí fue un encuentro tenso. Ya le digo que no me gusta recordarlo. En síntesis, ya que usted me lo pregunta, fue lo siguiente: en 1984 publiqué yo una novela titulada “Contramuerte”. En esa novela describía la paralización de la muerte – una pandemia insólita en la que la gente poco a poco dejaba de morir hasta no morir nadie – y en razón de ello iba narrando las reacciones de políticos, sociólogos, familias, etc. Pues bien, veintiún años después, en 2005, Saramago publica una novela con el mismo argumento : la gente deja de morir, y se suceden igualmente las reacciones de políticos, etc. En un encuentro en Madrid por otros motivos que no eran literarios se lo dije directamente a Saramago. Le enseñé mi libro publicado muchos años antes, se lo entregué, y él, tras escucharme, no me dijo nada. Tomó mi novela, la metió dentro de un sobre y prácticamente no intercambiamos ya más palabras. Ahí el incidente terminó. Pero estas son cosas marginales que a veces ocurren. Uno no puede quedarse enganchado a estas cosas.

– ¿Este incidente le dejó algún desencanto?

– No, ningún desencanto. Fue una experiencia más en la vida literaria.

—¿Cómo ve usted la vida literaria? ¿Qué piensa de ella?

—Pues pienso que la vida literaria es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

—Trapisondas acaba de decir … , ¿ha vivido usted muchas?

—-Alguna. En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

—¿Le afectó aquello?

—No, no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Pero todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, lo que sucede a lo largo de todos los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma más en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Como le decía antes, uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.

—¿No es áspero escribir?

—No, no es áspero. Para mí no es nada áspero. Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.

—Cuando habla usted de sinceridad, ¿a qué se refiere?

—Me refiero a la convicción que uno debe tener siempre ante lo que escribe, pinta o esculpe. Uno debe hacer lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Sin plegarse a las modas. Pongo un ejemplo entre muchos : Giacometti compone figuras diminutas, cabezas diminutas, figuras tan delgadas que parecen casi de alambre. Él reduce las dimensiones hasta el máximo. Es lo que quiere hacer desde su convicción de artista y es lo que hace. No piensa qué efecto pueden tener sus mínimas figuras ante el público, tampoco le importa. Él compone esas figuras porque cree en ellas, es como él ve el mundo y así lo expresa. En el otro extremo, tan sólo refiriéndonos a las proporciones o a las dimensiones, tenemos a Botero. También él hace lo que cree que debe hacer. Y así lo hicieron cada uno a su modo los impresionistas enfrentándose a veces a salones y a galerías, o Picasso, o tantos otros. Tengo un enorme respeto hacia la autenticidad, hacia la creatividad personal. En el fondo tengo un enorme respeto por el que crea algo.

—Habla usted de la “casa del libro” como un lugar de protección, de trabajo. ¿Por qué usa esa expresión?

—Bueno, es una expresión más, tampoco sé si es la acertada. A mí me sirve. Porque realmente es así. Uno está concentrado en una obra que escribe, está envuelto y comprometido en un proyecto. Como creo recordar que le dije uno de estos días, la vida es proyecto. Así lo reafirmaba Ortega. Siempre se ha de tener un proyecto entre manos, aun en momentos finales, débiles o delicados. Quizá en esos momentos débiles hay que tener un proyecto más pequeño, más corto, que dure un día o menos de un día, pero siempre será un reto a conseguir, conseguir algo que sea ilusionante. En el caso de la escritura el proyecto real al que uno dedica muchas horas es el libro. La casa del libro.

—¿Y cuando uno tiene que abandonar esa casa, es decir, cuando se concluye el libro?

—Entonces existe un periodo de tiempo extraño y vacío. Hay que esperar. No hay que precipitarse en pensar enseguida en hacer otra obra. Salman Rushdie contaba que un amigo escritor le confesaba que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro. Es decir, hay que controlar las presiones de los editores, del mercado. Ha llegado el momento de desprenderse de lo que uno ha hecho, exponerlo al juicio de los demás. En ese momento interviene todo eso a lo que antes me refería: principalmente la búsqueda de un editor; después – si uno tiene editor-, las lógicas gestiones de promoción, de entrevistas, de firmas. Ese aspecto, naturalmente necesario para lanzar una obra, es, al menos para mí, muy cansado.

—¿Qué relaciones ha tenido con los editores?

—Muy diversas, como ocurre siempre en muchos aspectos de la vida. El manuscrito de una de mis primeras novelas, no la que escribí sobre el tapete de la mesa de la calle Goya, de la que ya le hablé, sino otra a los pocos años de la anterior, lo llevé en mi coche, en un viaje largo, cruzando la península, del centro al norte, de Madrid a Oviedo. Me habían hablado que había un posible editor en Oviedo, al que no conocía, y allí fui, exponiéndome naturalmente a una negativa. Y sin embargo él aceptó. Aparte del manuscrito, creo que le impresionó, así me lo dijo, mi tenacidad (no sé también si mi temeridad o mi audacia) por hacer ese viaje. En otra ocasión, muchos años después, esta vez respecto a un libro mucho más reciente, los hilos y las gestiones se entrelazaron de modo muy sorprendente. Yo había ido publicando extractos de una novela mía en un blog que llevo desde hace años, y de repente una lectora del blog me escribió para comunicarme que le habían gustado esos extractos y que por su cuenta los había mandado a un editor que ella conocía (que por cierto vivía fuera de España), y lo había hecho con el ruego de que publicase el libro. Y así fue. Ese editor me escribió y me propuso publicar la novela entera. Y eso ocurrió..

—Realmente algo inesperado…

—Si, realmente inesperado.

—Cuando usted habla de ese blog, de ese trabajo suyo, ¿qué le aporta, es para usted un entretenimiento?

—-No, no es un mero entretenimiento. Este blog,  MI SIGLO, que tiene ya más de diez años, me permite llevar a la práctica una cosa en la que creo firmemente: la divulgación de las artes, de la literatura, del pensamiento. A la vez me permite ser de alguna forma mi propio editor. No me dedico tanto a comentar los sucesos recientes del mundo intelectual, digamos las últimas noticias o publicaciones, como en cambio a aportar reflexiones e intentar que revivan autores de distintas épocas, o también simplemente presentar citas o expresiones que me parecen de interés y que pueden enriquecer algo a los posibles lectores. La divulgación del arte y del humanismo en general siempre es un tema que me ha interesado. La creo necesaria. Lo he hecho en libros, a través de entrevistas, a través de artículos, ahora lo hago a través del blog. Dejar hablar a los demás es mucho más aleccionador que hablar uno mismo. Y ahora todo eso lo hago utilizando esta nueva herramienta que me brinda un mundo globalizado y que me llena naturalmente de sorpresas. Un espacio intelectual, artístico y literario como el mío, que parecería no tener mucho eco, y que de repente es leído por mucha gente y de modo casi instantáneo en Corea, en Birmania, en Turquía o en Pakistán, aparte, naturalmente, de Europa, Sudamérica y Estados Unidos que son los que reúnen la mayor cantidad de las visitas que acuden. Según lo que aparece oficialmente en la página se acercan a los dos millones de visitas, que leen, como digo, un espacio y unos contenidos muy reducidos, porque simplemente son contenidos intelectuales, pero eso indica que el mundo del arte y de la reflexión sigue atrayendo. En el fondo, que, hay un deseo de acercarse al pensamiento y a la Belleza.

 

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – Memorias

(Continuará )

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