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Posts Tagged ‘Amedeo Modigliani’

 

 

“Fue André Masson quien me presentó  a Hemingway– contaba Joan Miró – . Enseguida se interesó por mi obra y sobre todo por “La Masia”. Hicimos gran amistad. Él vivía entonces en rue Notre Dame – des- Champs. Era cordial, simpático. Pobre como yo. Los dos lo pasábamos muy justo. Y para ganar algún dinero, Hemingway hacía de “sparring” de los pesos fuertes. Yo también hacía deporte. Me ayudaba a mantenerme en forma y a tener la cabeza despejada por completo. Solía acudir al gimnasio del Club Americano en el boulevard Raspail, y boxeaba con Hemingway.”

 

 

Se lo contaba así  Miró a Lluís Permanyer y él lo recogió años más tarde en “Los años difíciles” . “Yo boxeaba con Hemingway – decía el pintor – al igual que los demás. El pegaba. Pegaba duro. No a mí, claro. Formábamos una pareja muy divertida: él tan fornido y yo tan chico. Entonces mi horario de trabajo era el de siempre. Siempre he sido muy metódico. Solía  levantarme temprano, bastante temprano. Hacía yo mismo la limpieza del taller. Lo tenía muy ordenado. Yo trabajaba sin descanso, cada mañana y cada tarde. Me costaba concentrarme. El taller de Masson era contiguo al mío, sólo nos separaba una delgada pared. Se oía todo. El vivía entonces con Odette, la que fue su primera mujer, y solían mantener, con admirable regularidad, acaloradas discusiones. Parecía como si los tuviera en mi propio taller. Tenía que hacer grandes esfuerzos para poder concentrarme en mi trabajo.

 

 

Mis diversiones eran el deporte y salir con los amigos. A unos pocos metros del taller de la rue Blomet había un café en cuya trastienda funcionaba un baile negro. Allí acudíamos a menudo. También nos pasábamos horas y horas charlando en la Rotonde. Fue centro de reunión de los Picasso, Modigliani… Recuerdo también que solía ir a cenar “Au Nègre de Toulouse”. Joyce iba casi cada día. Hemingway me lo presentó. Era un tipo un poco raro, poco comunicativo. Le acompañaba siempre su hija, que le hacía de secretaria. Él estaba muy mal de la vista. Frecuenté la librería Shakespeare and Company. Hemingway acompañó a Sylvia Beach a mi taller.

 

 

Es difícil explicar lo que yo sufría cuando tenía que trasladar mis telas de un lado a otro de París. Al oír el ruido que hacían, colocadas sobre el techo del taxi, lo pasaba muy mal, porque temía que se estropearan.

Por mediación de Hemingway conocí a Gertrude Stein. A ella nunca le interesó lo que yo hacía, pero siempre se mostró muy hospitalaria. Stein, tan gorda, en todo momento iba acompañada de su amiga Toklas, que era como un pajarillo”.

 

 

(Imágenes -1-Joan Miró – 1927- metropolitan museum/  2- Hemingway/ 3- Joan Miró- 1934- metropolitan Museum/ 4- James Joyce y su hija Lucía/  5- Joan Miró -1925)

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“Los aficionados a visitar Museos, se detienen muchas veces ante los retratos aún con mayor morosidad que ante obras de composición, y es que los retratos tienen un poder de evocación muy penetrante.

Los retratos  – así lo afirmaba Francisco de Cossío al contestar a Enrique Segura cuando éste último fue recibido en la Academia de Bellas Artes de San Fernando -, nos ofrecen seres vivos que han desaparecido y que, sin embargo, ocupan un lugar en la Historia, en las modas, en las costumbres… Cada retrato nos señala un tiempo, en un ámbito o un paisaje. A veces, en el retrato de una persona relevante, aparece un reloj en una pared o sobre una consola, detenido en una hora hipotética, que sonó un minuto en el tiempo, hora disipada y perdida, y esta celeridad del tiempo, se remansa en los retratos formando una laguna inescrutable. Nos encontramos ante un ser que vivió, que desapareció y que aún subsiste para nosotros en aquel  instante remoto, para siempre. Esta impresión del tiempo, detenido en torno a un ser vivo, aun sin formularla, la sentimos.

 

 

Esas galerías de retratos que en algunos centros oficiales vemos y que no se hicieron ni para la intimidad familiar, ni para el museo, sino, en cierto modo, para inmortalizar a un personaje, con sus bandas y cruces y uniformes. En las largas esperas, nos hacen pensar en lo frágil que es la inmortalidad del hombre. Estos retratos que aparecen alineados en la pared, como nichos mortuorios, y de muchos de los cuales no recordaremos ni el nombre del retratado, permanecen, no obstante, allí, en efigie. En la vida, con su influencia y poder, fueron conocidos de todos, combatidos en muchos momentos, admirados en otros, y hasta temidos, y, sin embargo, hubiesen sido olvidados en la lista inacabable de un censo. Su inmortalidad, la asegura el retrato, y cuando uno de estos retratos lo hizo un pintor insigne, y la obra pictórica requiere por ello una patente maestría, nos detenemos ante el líenzo, y al contemplar al personaje, con un hálito de vida permanente, sentimos el deseo de penetrar en su destino histórico.

 

 

Cuando uno de estos retratos por su valor intrínseco, como pintura, llega a conquistar el Museo, entonces aquella imagen de un pasado vivo se engrandece, y no falta un crítico que, al estudiar su pintura, nos  ofrezca una ficha, con pormenores de su vida, arrancándole de la incertidumbre, sacándole del incógnito. La pintura penetra, entonces, en el cauce de la Historia, y empieza a vivir en la efigie esa vida que, a los elegidos, concede la inmortalidad.

Grave conflicto para el investigador cuando, después de dilatados estudios de indentificación de un gran retrato, tiene que resignarse a clasificarlo como retrato de un desconocido. Todos los museos tienen retratos de desconocidos. Mas por el hecho de haber conquistado aquel lugar, empiezan a ser conocidos. Poco importa ya su nombre, cuando han conseguido esa vida permanente que les dio el Arte.”

 

 

(Imágenes- 1- Rubens / 2- Pierre Gonnord / 3- Marcel van Eeden/ 4- Modigliani – 1907)

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He aquí este rostro que nos mira  – apoyado el codo en el piano – , el de Julie Manet, hija de Berthe Morisot y de Eugène Manet, hermano del pintor. La tarde entra hasta el frescor luminoso de este cuarto y los dedos rozan las teclas en este pastel hoy guardado en una colección particular. La infancia en el arte nos brinda la intimidad de la música, aunque en este momento aún no pueda desvelarse lo que será esta niña, relacionada en el futuro con tantos artistas, y que escribirá un Diario en torno a muchos creadores. La tarde se queda en la puerta contemplando esta escena y la mirada soñadora de Julie no sabe aún cuánto le espera, todo lo que le va a suceder en la vida.

 

 

Mármol blanco para este busto de Camille Claudel que ha tomado como modelo a Madeleine Boyer, hija de los propietarios del Castillo de l Islette de Touraine. Ojos elevados al cielo, ondulaciones del cabello, mirada fija en la esperanza. Se acercaba hasta esta escultura Claude Debussy para admirarla y comentó en voz baja:  ” una de las más graciosas evocaciones que han inspirado a un poeta del mármol: la llamada con la cual  un niño interroga a lo desconocido”.

 

 

Refugiados los ojos en un rincón de la habitación, esta niña en azul de 1918 de Amedeo Modigliani observa y espera. Así lo hará siempre mientras nos mira. Ojos que hablan. Ojos que retratan. ” Muchos de estos ojos – dirá un crítico once años después – nos miran desde los lienzos, pensativamente conscientes de su vida frágil, angosta, con su propia miseria o su mórbida sensibilidad desvelada”. Esta niña graba en las pupilas todo cuanto ocurre, pero también su mirada se alarga sobre cuanto nosotros escondemos, sobre cuanto queremos que siga oculto. Singular notario infantil que nada olvida.

(Imágenes.- 1- Berthe Morisot -Le Piano – 1888 -colección particular/ 2-Camille Claudel -le Petite Châtelaine- 1896- Roubaix, La Piscine, museo del arte y la industria/ 3 – Amedeo Modigliani -Fillette en bleu -1918 -colección particular)

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