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Posts Tagged ‘Amedeo Modigliani’


 

“Los aficionados a visitar Museos, se detienen muchas veces ante los retratos aún con mayor morosidad que ante obras de composición, y es que los retratos tienen un poder de evocación muy penetrante.

Los retratos  – así lo afirmaba Francisco de Cossío al contestar a Enrique Segura cuando éste último fue recibido en la Academia de Bellas Artes de San Fernando -, nos ofrecen seres vivos que han desaparecido y que, sin embargo, ocupan un lugar en la Historia, en las modas, en las costumbres… Cada retrato nos señala un tiempo, en un ámbito o un paisaje. A veces, en el retrato de una persona relevante, aparece un reloj en una pared o sobre una consola, detenido en una hora hipotética, que sonó un minuto en el tiempo, hora disipada y perdida, y esta celeridad del tiempo, se remansa en los retratos formando una laguna inescrutable. Nos encontramos ante un ser que vivió, que desapareció y que aún subsiste para nosotros en aquel  instante remoto, para siempre. Esta impresión del tiempo, detenido en torno a un ser vivo, aun sin formularla, la sentimos.

 

 

Esas galerías de retratos que en algunos centros oficiales vemos y que no se hicieron ni para la intimidad familiar, ni para el museo, sino, en cierto modo, para inmortalizar a un personaje, con sus bandas y cruces y uniformes. En las largas esperas, nos hacen pensar en lo frágil que es la inmortalidad del hombre. Estos retratos que aparecen alineados en la pared, como nichos mortuorios, y de muchos de los cuales no recordaremos ni el nombre del retratado, permanecen, no obstante, allí, en efigie. En la vida, con su influencia y poder, fueron conocidos de todos, combatidos en muchos momentos, admirados en otros, y hasta temidos, y, sin embargo, hubiesen sido olvidados en la lista inacabable de un censo. Su inmortalidad, la asegura el retrato, y cuando uno de estos retratos lo hizo un pintor insigne, y la obra pictórica requiere por ello una patente maestría, nos detenemos ante el líenzo, y al contemplar al personaje, con un hálito de vida permanente, sentimos el deseo de penetrar en su destino histórico.

 

 

Cuando uno de estos retratos por su valor intrínseco, como pintura, llega a conquistar el Museo, entonces aquella imagen de un pasado vivo se engrandece, y no falta un crítico que, al estudiar su pintura, nos  ofrezca una ficha, con pormenores de su vida, arrancándole de la incertidumbre, sacándole del incógnito. La pintura penetra, entonces, en el cauce de la Historia, y empieza a vivir en la efigie esa vida que, a los elegidos, concede la inmortalidad.

Grave conflicto para el investigador cuando, después de dilatados estudios de indentificación de un gran retrato, tiene que resignarse a clasificarlo como retrato de un desconocido. Todos los museos tienen retratos de desconocidos. Mas por el hecho de haber conquistado aquel lugar, empiezan a ser conocidos. Poco importa ya su nombre, cuando han conseguido esa vida permanente que les dio el Arte.”

 

 

(Imágenes- 1- Rubens / 2- Pierre Gonnord / 3- Marcel van Eeden/ 4- Modigliani – 1907)

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He aquí este rostro que nos mira  – apoyado el codo en el piano – , el de Julie Manet, hija de Berthe Morisot y de Eugène Manet, hermano del pintor. La tarde entra hasta el frescor luminoso de este cuarto y los dedos rozan las teclas en este pastel hoy guardado en una colección particular. La infancia en el arte nos brinda la intimidad de la música, aunque en este momento aún no pueda desvelarse lo que será esta niña, relacionada en el futuro con tantos artistas, y que escribirá un Diario en torno a muchos creadores. La tarde se queda en la puerta contemplando esta escena y la mirada soñadora de Julie no sabe aún cuánto le espera, todo lo que le va a suceder en la vida.

 

 

Mármol blanco para este busto de Camille Claudel que ha tomado como modelo a Madeleine Boyer, hija de los propietarios del Castillo de l Islette de Touraine. Ojos elevados al cielo, ondulaciones del cabello, mirada fija en la esperanza. Se acercaba hasta esta escultura Claude Debussy para admirarla y comentó en voz baja:  ” una de las más graciosas evocaciones que han inspirado a un poeta del mármol: la llamada con la cual  un niño interroga a lo desconocido”.

 

 

Refugiados los ojos en un rincón de la habitación, esta niña en azul de 1918 de Amedeo Modigliani observa y espera. Así lo hará siempre mientras nos mira. Ojos que hablan. Ojos que retratan. ” Muchos de estos ojos – dirá un crítico once años después – nos miran desde los lienzos, pensativamente conscientes de su vida frágil, angosta, con su propia miseria o su mórbida sensibilidad desvelada”. Esta niña graba en las pupilas todo cuanto ocurre, pero también su mirada se alarga sobre cuanto nosotros escondemos, sobre cuanto queremos que siga oculto. Singular notario infantil que nada olvida.

(Imágenes.- 1- Berthe Morisot -Le Piano – 1888 -colección particular/ 2-Camille Claudel -le Petite Châtelaine- 1896- Roubaix, La Piscine, museo del arte y la industria/ 3 – Amedeo Modigliani -Fillette en bleu -1918 -colección particular)

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