VIEJO MADRID (18 ) : LAVADEROS DEL MANZANARES

En mis paseos por el tiempo sobre este Madrid de la Historia contemplo en la distancia el perfil borroso del Palacio Real y me parece ver en el cielo el célebre Plano de Texeira, de 1656, sobre cuya superficie me va conduciendo María Isabel Gea con sus palabras: «Los lavaderos – informa la periodista, especialista en Madrid -constituían una sucesión de casitas o chozas de caña situadas junto al puente de Segovia que protegían a las lavanderas de los rayos del sol en verano. Éstas cavaban en la arena unos hoyos – los lavaderos – donde retenían el agua del río. La ropa se tendía en largas filas paralelas de pértigas».

Ya en el siglo XX, Juan Martínez Gómez (Juanito), que fue primero limpiabotas en el Ateneo y luego pasó a bedel, publicando  sus» Estampas de aquel Madrid querido» en 1977, recordaba que, en los primeros años del siglo XX,  en las casas de Madrid, se carecía de agua corriente. «El vecindario – evoca el autor – se suministraba del líquido elemento en las fuentes públicas. De esta labor se encargaba en gran parte los aguadores, hombres fornidos y casi todos gallegos. En las casas había una gran tinaja de barro adonde el aguador iba vaciando una cuba de madera que llevaba al hombro, encima de un cuero que le preservaba de la humedad. Al precio de cinco céntimos la cuba,  llenaba aquel depósito. Nació alrededor de todo esto la lavandera, que recogía la ropa sucia a domicilio y se la llevaba a lavar al río Manzanares, devolviéndola limpia y seca al sol».

«En la calle de la Solanacontinúa «Juanito« – vivía un matrimonio: ella era lavandera y su marido aguador. Antón, que era el nombre del aguador iba y venía cargado con una cuba y subiendo y bajando con ella a cuestas las escaleras. Pía, su mujer, era de la procincia de Burgos. Lavaba la ropa en el río. Desde muy temprano salía de su casa con su enorme saca de ropa que llevaba a la cabeza. Las lavanderas en el río tenían unas bancas de madera en las que se metían de rodillas, bancas colocadas a la orilla del Manzanares. Muchas veces la crecida del río inundaba las márgenes y a las bancas se las llevaba la corriente. Las lavanderas se colocaban en la cabeza un pañuelito que sujetaban con una horquilla para defenderse del sol. Se cantaban canciones unas  a otras mientras lavaban:

«A la orilla del río

sonaba el agua:

eran las lavanderas

repuñeteras

cuando lavaban».

Lope de Vega canta a su vez en «La moza del cántaro«:

«Tomé el jabón con tanto desvarío

para lavar de un bárbaro despojos,

que hasta los paños me llevaba el río,

mayor con la creciente de mis ojos.

Cantaban otras con alegre brío,

y yo, Leonor, lloraba mis enojos:

lavaba con lo mesmo que lloraba,

y el aire de suspiros lo enjuagaba».

Y Alonso Castillo Solórzano en «Jornadas alegres«, en 1626, dice también:

«Marginado Manzanares,

parece plana de niño,

con manchas de lavanderas

y borrones de coritos».

Vuelvo así, entre versos y recuerdos, caminando despacio y bordeando las lindes históricas del Palacio Real, hoy Palacio cercado por carreteras y edificios. Suenan mientras tanto las aguas en las modernas lavadoras. El tiempo va dando vueltas y vueltas, va envuelto en múltiples jabones, gira y gira tras el cristal.

(Imágenes:-1.-lavaderos del Manzanares/2.-Las ninfas del Manzanares.-30 de diciembre de 1897.-dibujo de Cecilio Pla en «La Ilustración Española y Americana».-cervantesvirtual/ 3.-Madrid desde el Manzanares.-Eduardo Vicente.-ciudad de la pintura)

VERANO 2010 (3) : JORGE LUIS BORGES

«No son más silenciosos los espejos

Ni más furtiva el alba aventurera;

Eres, bajo la luna, esa pantera

Que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto

Divino, te buscamos vanamente;

Más remoto que el Ganges y el Oriente

Tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa

Caricia de mi mano. Has admitido,

Desde esa eternidad que ya es olvido,

El amor de la mano recelosa.

En otro tiempo estás. Eres el dueño

De un ámbito cerrado como un sueño»

Jorge Luis Borges : «A un gato«.- escrito para «La Nación«.-Buenos Aires, 1971.

(Imagen: Kaleidoscope Cats L.- Louis Wain.-(1860-1939).-Peter Nahum &-Leicestergalleries/ 2.-Louis Wain.-wikipedia)

PERIODISMO O SABER ESCUCHAR

Copio de Paper Papers estas interesantes declaraciones de Carl «Watergate« Bernstein:

«Una de las características de un buen periodista es saber escuchar. Muchos reporteros van por la vida metiendo micrófonos en la boca de la gente para obtener declaraciones con el mero fin de manufacturar controversias. El propósito verdadero del reportaje, del periodismo, es iluminar la realidad, la verdad real y existencial, o sea ¿qué está pasando a nuestro alrededor? Esto no es sensacionalismo, no es manufacturar controversias, no es… [El periodismo] trata de dar contexto y sabe escuchar«.

A veces en un blog no hay que decir nada más.

(Imagen:-Juan Gris)

LO POLICIACO, LA SOCIEDAD, LAS COSTUMBRES

«El Mirafiori es un horno, pese a que está en la sombra. –va comentando el comisario griego Costas Jaritos al conducir su automóvil por Atenas-. Al llegar al cruce de la avenida Rey Constantinosigue diciendo el personaje creado por Petros Márkaris – me pregunto si me convendrá más girar a la izquierda, hacia la plaza Sintagma, o a la derecha, hacia la avenida Reina Sofía, para llegar a la avenida de Alexandra a través de la calle Sutsu«. Va avanzando el policía entre el calor y la polución para intentar horadar en la corrupción En esa misma novela, «Suicidio perfecto» (Byblos), nos relata de nuevo: «estoy subiendo las escaleras mecánicas de aquella estación de Metro que semeja un mausoleo de mármol, con sus árboles de mentira plantados en el granito, sus anuncios imponentes y la música clásica de fondo que, por unos minutos, me hacen sentir europeo. Una vez en la superficie (…),  una hilera de paradas y de gente que se apretuja, dispuesta a abrirse camino a patadas en cuanto aparezca un autobús, para subir primero y conseguir un asiento. De nuevo en Grecia y suspiro con alivio».

Son los hábitos cotidianos de Atenas, su sociedad actual; la Atenas menos imaginable, envuelta en densa humareda, axfisiada de sol, cercada, como tantas otras capitales del mundo, por la trama de los corruptos. «La Atenas que describo – confesó Márkaris en una entrevista – es la Atenas de hoy. Estaba muy cansado, incluso enervado con la idea de esa Atenas de los extranjeros…la Atenas clásica, el Acrópolis, el Partenón, y todo eso. Por otra parte la noción de Atenas de los atenienses, la Atenas de las tabernas, de los restaurantes, del buen clima, de una vida digamos… romántica: esa idea idealizada de Atenas, de una Atenas idealista. Estaba verdaderamente cansado de esas dos nociones, porque creo que Atenas ahora es una metrópoli, con la violencia, los refugiados, los atenienses que son cada vez más nacionalistas, con una actitud muy… muy… chovinista, muy contra el extranjero. He intentado dar una imagen del Atenas de hoy, que no es muy diferente de las metrópolis europeas, destruyendo la parte romántica y clásica de esa imagen de Atenas, que por otra parte es cada vez más inexistente».

Los escritores en general – e igualmente los creadores de novelas policiacas -nos muestran las sociedades y las ciudades, su evolución profunda en el arco de las formas; muchos investigadores y comisarios célebres de la literatura policiaca indagan no sólo los crímenes, los culpables y sus víctimas, sino esencialmente las costumbres, el secreto de las vidas íntimas y de los espacios públicos. Enseguida se va la mente hasta Maigret y sus escenarios, de los que alguna vez en Mi Siglo me he ocupado. Y dos grandes especialistas de lo policiaco como son Boileau-Narcejac, hablando de otro gran autor del género como es William Iris, recuerdan que «nadie supo pintar mejor que él la vida nocturna, las calles desiertas, las miserias de los seres abandonados.(…)- y así lo confirman en «La novela policial» (Paidós) -. La novela policíaca – dicen – es una investigación esencialmente novelesca. El escritor policíaco se convierte, quizás a pesar suyo, en novelista. (…) La primera guerra mundial estimuló los deseos de vivir, de distraerse; la segunda guerra mundial destruyó la paz (…) Y de repente, se descubría una nueva forma del mal, la alianza monstruosa del hombre y de las cosas, en la guerra total… La época de los verdugos devolvía a la novela negra sus oportunidades de éxito».

«Se trata de conocer. – así se sintetiza el oficio de comisario en «Las memorias de Maigret» -. De  conocer el medio en el que se ha cometido el crimen, conocer el tipo de vida que allí se lleva, las costumbres, las reacciones de la gente que está mezclada en el caso, víctimas, culpables o simples testigos. Penetrar en su mundo llanamente, sin extrañarse, y hablar naturalmente su lenguaje. (…) Creo que es en la mirada donde hay que buscar la razón de lo dicho, en cierta reacción (o más bien ausencia de reacción) ante ciertos seres, ciertas miserias y ciertas anomalías. Aunque a los autores de novelas no les guste, el policía es ante todo un profesional. Un funcionario. (…) Cuando el policía se pasa una noche bajo la lluvia vigilando una puerta que no se abre o una ventana iluminada, cuando en las terrazas de los cafés busca pacientemente un rostro familiar o se dispone a interrogar durante horas a un ser pálido de terror, no hace más que cunplir con su tarea cotidiana».

Al otro lado de los crímenes siempre están las costumbres. Y es gracias a la investigación de las costumbres como se nos muestra el estado en que se encuentra una sociedad.

(Imágenes:-1.- plaza Sintagma de Atenas.-wikipedia/ 2.-Petros Márkaris en Atenas.-foto Ernst Alós/ 3.-Georges Simenon.-les ephemérides d `Alcide 13 frevrier)

JUAN MARICHAL Y LA VOLUNTAD DE ESTILO

«Amigo mío – decía Jovellanos en  1799 -, la naturaleza ha dado a cada hombre un estilo, como una fisonomía y un carácter». Lo recordaba Juan Marichal en 1957 como prólogo a su libro La voluntad de estilo ( Seix Barral). «El estilo es camino – decía por su parte Unamuno – , y es a la vez lo que camina como es un río. No un camino por el que se va, sino un camino que nos lleva». «El prosista siempre está en compañía»- recordaba también Amado Alonso-. No hay estilo individual que no incluya en su constitución misma el hablar común de sus prójimos en el idioma, el curso de las ideas reinantes, la condición histórico-cultural de su pueblo y de su tiempo». «El que no tenga nada que afirmar no tiene estilo ni puede tenerlo – comentaba a su vez Bernard Shaw -. El que tenga algo que afirmar alcanzará un poder de estilo tan grande como la importancia de su afirmación y la fuerza de su convicción lo permitan». Azorín, cuando recogía la frase de Juan de Valdés «escribo como hablo», matizaba que la fórmula era buena, según fuera quien hablara. «El  estilo –  (seguía Azorín) –  dicen otros que consiste en la eliminación; se impone eliminar lo accesorio y dejar lo sustancial. Pero se preguntaba: «¿ quién nos enseñará el arte de la eliminación? ¿Quién se lo enseña a los pintores que lo practican?». Por último Azorín igualmente recordaba que «el estilo estriba en la maestría para condensar. Pero poner en práctiva esa fórmula es tan difícil – si no imposible  – como las anteriores. Imposible si no se tiene el don innato».

(Pequeñas incursiones sobre el estilo –   forma y modo que nos abre compañías, camino que nos lleva – en el día de la muerte de Juan Marichal)

(Imagen: Juan Marichal.-Fundación Juan March.)

LA ISLA, EL SILENCIO, LAS PALABRAS (y 3)

El silencio se detiene en las plazas solitarias,

el silencio cruza las soledades,

el silencio sube las escaleras,

asciende a pisos superiores,

abre las cajas de caudales,

y en ellas encuentra el mar.

(Imágenes.- 1, 2, 3 , 4 y 5.-distintas plazas, calles y edificios de Santa Cruz de la Palma : iglesia de San Francisco ; Plaza de España; calle Real.- Isla de La Palma.-Canarias/.-6.-océano Atlántico ante la isla de La Palma.-segunda quincena de julio 2010.-fotos JJP)

6 DE AGOSTO DE 1945 (2)

«Entonces cortó el cielo un resplandor tremendo. El señor Tanimoto recuerda con precisión que viajaba de este a oeste, de la ciudad a las colinas. Parecía una lámina de sol. Tanto él como el señor Matsuo reaccionaron con terror, y ambos tuvieron tiempo de reaccionar (pues estaban a 3.200 metros del centro de la explosión). El señor Matsuo subió corriendo las escaleras, entró en su casa y se lanzó de cabeza entre los bultos de sábanas. El señor Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y se arrojó entre dos rocas grandes del jardín. Se dio un fuerte golpe en el estómago con una de ellas. Como tenía la cara contra la piedra, no vio lo que sucedió después. Sintió una presión repentina, y entonces le cayeron encima astillas y trozos de tablas y fragmentos de teja. No escuchó rugido alguno. (Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando cayó la bomba. Pero un pescador que estaba en su sampán, muy cerca de Tsuzu en el mar Interior, el hombre con quien vivían la suegra y la cuñada del señor Tanimoto, vio el resplandor y oyó una explosión tremenda. Estaba a treinta y dos kilómetros de Hiroshima, pero el estruendo fue mayor que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, a no más de ocho kilómetros de allí.)

(…)

Lo primero que vio en la calle el señor Tanimoto fue un escuadrón de soldados que habían estado escarbando en la ladera opuesta, haciendo uno de los mil refugios en los cuales los japoneses se proponían resistir la invasión, colina a colina, vida a vida, los soldados salían del hoyo, y la sangre brotaba de sus cabezas, de sus pechos, de sus espaldas. Estaban callados y aturdidos.

Bajo lo que parecía ser una nube de polvo del lugar, el día se hizo más y más oscuro.

(…)

La señora  Nakamura estaba de pie, mirando a su vecino, cuando todo brilló con el blanco más blanco que jamás hubiera visto. No se dio cuenta de lo ocurrido a su vecino; los reflejos de madre empezaron a empujarla hacia sus hijos. Había dado un paso (la casa estaba a 1.234 metros del centro de la explosión) cuando algo la levantó y la mandó como volando al cuarto vecino, sobre la plataforma de dormir, seguida de partes de su casa.

Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó; todo se volvió oscuro, porque había quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gritaba: !Mamá, ayúdame!», y vio a Myeko, la menor – tenía cinco años – enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a manotazos frenéticos, la señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni escuchaba a sus otros niños».

John Hersey.-«Hiroshima» (Turner)

La bomba fue  lanzada a 9.750 m y tardó 57 segundos en caer hasta la altura donde detonó automáticamente. La nube resultante se elevó 18 kilómetros en el cielo. La explosión inicial mató a 70.000 personas. A finales de 1945 se calculó que un número igual de personas había muerto por efecto de la radiación.

El año pasado en Mi Siglo recordé el acontecimiento. En la placidez del verano es conveniente no olvidar aquella barbarie.

(Imágenes-1–Alberto Sughi.-2008.-artnet/2.-Hiroshima tras el bombardeo.-wikipedia)

LA ISLA, EL SILENCIO, LAS PALABRAS (1)

Después de tantas palabras, de tantas citas y reflexiones, Mi Siglo cruza hoy en silencio bajo balcones extendidos,

se detiene ante bancos solitarios,

contempla el arco de las palmeras,

se adentra por jardines como selvas,

y al fin mira el mar.

El silencio de MI Siglo recorre esta isla sin decir palabra alguna, rodeado de insólitos contrastes. Asombrado ante la espuma que huye, admirado de tanta belleza.

(Imágenes.-Isla de la Palma.-Canarias.- 1.-balcones en la Avenida Marítima de  Santa Cruz de la Palma/ 2 , 3 y 4-: ejemplares de un jardín botánico en la Palma/5.- el mar cerca de la playa de los Cancajos, en el Atlántico -segunda quincena de julio 2010.-fotos JJP)

REMEDIOS CONTRA LA VEJEZ

«Canela, pimienta común, jugo de adormidera, pétalos de rosa secos, semilla de colza, lirio de Iliria, bálsamo de Judea, mirra, azafrán, jengibre, calamita, pimienta blanca, flores de junco dulce, nardo, flores de zamarrilla, semilla de perejil, hoja de la India, genciana, anis, bálsamo, valeriana, hierba de San Juan, semilla de zanahoria, ricino, miel y vino de Palermo«, milenaria poción para retrasar la vejez. Parecería mentira, quizá una broma sofisticada o complicada, pero así se aconseja en la «Historia de la medicina del doctor Russell» y lo recoge la escritora inglesa Edith Sitwell en su libro «Ingleses excéntricos» (Tusquets) en donde añade aún otra receta más,  tomada del «Libro del Conocimiento«, de 1687, y en el que se lee la fórmula que hay que emplear para combatir el paso de la edad. «Cójanse – decían en el siglo XVll – de sus nidos pollos de golondrina en número doce, romero, hojas de laurel, lavanda y hojas de fresa, un puñado de cada clase. Córtense las plumas largas de alas y colas, pónganse en un mortero de piedra, echándoles las hierbas encima, y macháquense con plumas y huevos incluidos, mézclense entonces con tres libras de grasa de cerdo y déjense un mes al sol. A continuación hiérvanse, cuélense y consérvese en ungüento, que se aplicará a la parte afectada«.

¿Cuál es la parte afectada? ¿El rostro, el cuerpo, quizás el movimiento, acaso la memoria, tal vez la sabiduría? La singular Edith Sitwell, retratada por Roger Fry ,del grupo de Bloomsbury, y por otros grandes pintores y fotógrafos, enigmática y distante, nada añade.

Hay una experiencia profunda en la tercera edad, una visión personal de la vida, una mezcla de nostalgias y de esperanzas, que – felizmente – ninguna mágica poción consigue eliminar.

(Imágenes:-1.-retrato de Edith Sitwell por Roger Fry.-wikipedia/2.-retrato de Edith  Sitwell.-1921.- Powys  Arthur Lenthall  Evans.-(1899-1981).-Peter Nahum.-Leicestergalleries)

VIEJO MADRID (17) : CALLE DE LA MISERICORDIA

Me detengo en mis paseos madrileños en esta solitaria Plaza de las Descalzas, silenciosa, llena de recuerdos. “Ese bario de las Descalzas – escribe Baroja en una de sus novelas – era entonces, y es todavía, un islote tranquilo y desierto en medio de la animación de unas vías tan frecuentadas como la del Arenal y de la de Preciados. (…) En aquel tiempo, en la Plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de Piedad primitivo había una fuente con una estatua de Venus, la antigua Mariblanca, trasladada allí, desde la Puerta del Sol, donde estuvo muchos años. (…) La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no tenía los edificios de ladrillos blancos y rojos del Monte de Piedad, que por su color, recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaba un sinnúmero de carros, y los carreteros fornaban sus corrillos al aire libre”.

«La casa de la calle de la Misericordia, núm 2, esquina a Capellanesrecuerda a su vez Azorín en su libro «Madrid«- , era simpática. Hace años la derribaron. Vejo caserón, tenía amplio zaguán con escalera al fondo. En el piso primero vivía el capellán del convento paredaño. Desde las buhardas de la casa se veía el convento (…) Las estancias en la casa de Baroja eran amplias. La sala en que nos reuníamos los amigos del escritor estaba alhajada con sillones y sillas de guatapercha negra, un escritorio isabelino y una consola de la misma época. Formaban la familia de Baroja, don Serafín, doña Carmen, Carmencita y Ricardo. Doña Carmen, delgada, alta, limpia, silenciosa, iba y venía por la casa en trajín afanoso. Estaba atenta a todo. Don Serafín, ingeniero notable, tenía sus fugas hacia lo humorístico. Tañía también discretamente el violoncello. Se propuso una vez don Serafín estar solo, al menos un minuto, en la Puerta del Sol, y se dedicó a conseguirlo. La cosa era difícil. Porque en la animada plaza a toda hora hay gente. Aun a la madrugada transitan por ella trasnochadores rezagados, mozos de cafés que se cierran, aguardenteros y churreros que allí van a a colocar momentáneamente su tablero forrado de cinc, encima de un ligero caballete. Duró mucho tiempo la porfía de don Serafín, y al cabo pudo, por maravilla, ser el hombre único, el hombre que podía ufanarse de una cosa estupenda: haber estado solo, único transeúnte, en la Puerta del Sol».

Simón Díaz evoca a su vez esta casa de la calle de la Misericordia a la que Baroja alude en sus «Memorias» : comenta que allí residía la tía abuela de Baroja, doña Juana Nessi, –dice Simón – que le alojó cuando en 1893 regresó a Madrid para cursar el doctorado de Medicina. Después de su experiencia profesional durante dos años en Cestona, decidió regresar de nuevo para asumir la direción de la fábrica de pan establecida en el mismo edificio por el marido de doña Juana, D. Matías Lacasa, que introdujo en la capital el tipo de pan denominado Viena, que allí mismo vendían y que por este origen motivó que los establecimientos creados posteriormente para su reparto se denominasen «Viena Capellanes«.

Salgo despacio de esta Plaza, de estos recuerdos. Delante de este convento de las Descalzas se alzaban tablado y dosel para la proclamación de los reyes y la aclamación de los príncipes de Asturias. Detrás de todas estas fachadas sigue la Historia, sus vítores y sus silencios.

(Imágenes:-1.-Plaza de las Descalzas.-foto JJP/ 2.-manos de Pío Baroja.-foto El Mundo.-elmundo.es/3.-casa de la calle de la Misericordia donde vivió Pío Baroja.-foto JJP/4.-Monasterio de las Descalzas.-foto JJP)

PLA, MATVEJEVIC, MAGRIS

Tiempo de verano, tiempo de viajes. Nubes, horizontes, espacios nuevos. Tiempo también para acompañar a tantos escritores viajeros, como entre muchos otros destacan Pla, Matvejevic o Magris. En torno a montañas y a mares quise evocar a los tres en Alenarte a través de este artículo:

«Como si quisiera seguir  a Pla de algún modo aunque con otro estilo muy distinto y muy original, el gran escritor yugoslavo Predrag Matvejevic, profesor de literaturas comparadas en la Sorbona y del que acaba de reeditarse su célebre “Breviario mediterráneo” (Destino),  cuenta los viajes de las olas, los de las nubes, los vientos, el mar, y  también esas conversaciones que el océano arroja en las costas siempre que sepamos dialogar con ellas

Siempre me ha interesado también la forma con la que Josep Pla invita al viaje. Y de su delicioso libro “Viaje a pie” he hablado ya en Mi Siglo.

¿Cuándo se viaja a pie? Pocas veces. No es estrictamente un viaje el que hacemos caminando desde el autobús hasta la boca del Metro cada mañana o cada tarde ni ese  callejear al costado de los barrios cuando vamos o venimos del trabajo, ni  tampoco lo son las pequeñas excursiones semanales, si es que las hacemos, con fines deportivos o higiénicos. El viaje a pie lento, mesurado, contemplativo, despreocupado y gozoso lo cumplimos en contadas ocasiones amparados en  la excusa de que estamos cercados por el tiempo. “Ante todo – recomienda Pla en ese libro a los jóvenes y en el fondo a todo el mundo – les propondría un corto viaje por alguna de nuestras comarcas, que pasaran de una a otra población, no por los caminos reales y las carreteras del orden que fueren, sino a través de los caminos vecinales, los atajos y las veredas. (…) . Hay dos cosas muy interesantes – continúa –  : pasear y hablar con la gente” Y aquí Pla da en el clavo de dos cuestiones que reflejan bien nuestro tiempo. Ni  paseamos suficientemente ni tampoco  hablamos.  Marchamos siempre veloces por la vida  y a la vez nos refugiamos en el mutismo, convivimos  con  nuestra  propia  soledad.

Pasear – sigue diciendo Plasupondría tener una idea del aspecto material de las cosas. Y de muchas otras cosas que no son el aspecto material (…) Y a base de hablar con la gente se llegaría a tocar, a ver, a presentir nuestra manera de ser más auténtica y real. ¿Que eso no tiene interés? Pero, entonces, ¿qué es lo que tiene interés? ¿Qué es lo que vale la pena observar?”.

“Los mediterráneos – afirma por su parte  Matvejevic siguiendo el motivo del mar– se hacen preguntas ya desde niños, y a veces contestan a ellas, como niños cuando ya son viejos. Las he escuchado sobre todo en los autodidactas, mientras exponían sus teorías sobre el mar y sus orígenes, sobre el nacimiento y la muerte de las lenguas, sobre el origen de los pueblos, sobre antepasados únicos o comunes, por ejemplo, godos y ostrogodos, vénetos…Algunas de estas tesis o hipótesis – especialmente por el modo de exponerlas o defenderlas – provocan la sonrisa, otras nos hacen pensar: las mareas, las posiciones de la luna en el continente y en las islas, las diferencias entre los lunáticos continentales e insulares; el lucero del alba y la estrella polar, sus movimientos e influencias; los signos del zodíaco y los calendarios más variados; los alfabetos más antiguos, los manuscritos que versan sobre ellos, los lugares donde fueron hallados o aún pueden ser hallados; los mares antiguos y sus vestigios; las causas y los efectos de las lluvias amarillas o rojas, los vientos que las traen de la costa africana; las catacumbas y su papel en la política, las canículas y su influencia sobre el poder; la distribución de los terremotos en la cuenca del Mediterráneo…” Es decir – como Pla –  Matvejevic se ha detenido a conversar con los hombres y las mujeres de las costas y,  sobre todo, más que hablar él,  los ha escuchado. Así ha ido acumulando esa sabiduría que el viajar por el mundo otorga.

En el fondo, es tan importante el escuchar como el viajar como persuasión  (así lo recomienda Claudio Magris), no viajar de modo apremiante y apremiado, ya que hacerlo obligados por el trabajo o los quehaceres significa la negación de la persuasión,  de la parada o del vagabundear. El viajar espaciado – con la curiosidad a flor de piel, “pegando la hebra” (como diría Delibes), hilvanando conversaciones con las gentes – es algo tan valioso que podríamos compararlo a  cursar una asignatura al aire libre en la que se nos fuera explicando – a veces al caminar, a veces ante un vaso de vino – muchos secretos de la longevidad y de la vida, la vuelta de muchos amores y desdenes, cómo se superó un desarraigo y se perdonó una traición o qué herencia se recibió y qué herencia se deja.  ”¿Adónde os dirigís?”, se pregunta en “Enrique de Ofterdingen“, la novela de Novalis. “Siempre hacia casa”, es la repuesta. “¿Por qué cabalgáis por estas tierras?’”, pregunta el alférez en la famosa balada de Rilke. “Para regresar” contesta el marqués.

En resumen, casi cada vez se nos cuenta mientras cruzamos la existencia que estamos volviendo al origen,  unos a las raíces, otros a las creencias, otros a la patria de donde salimos. Caminamos y volvemos. Caminamos y avanzamos. El recorrido lo han hecho muchas gentes y uno entre muchos fue Ortega con sus “Notas de andar y ver“. Vemos y andamos. Andamos y escribimos cuanto escuchamos antes. Anotamos (como hizo Cela en la Alcarria y en el Pirineo de Lérida, entre otros libros) y lo que anotamos fue lo que nos fueron diciendo quienes nos saludaron o nos recibieron. Pla lo hace igualmente por el Ampurdán. Castroviejo por los montes y chimeneas de Galicia. Unamuno y Azorín por muchos lugares de España.

Lo esencial es viajar por mares y montañas, pueblos y ciudades,  y saberlo hacer. Los mares le van hablando al yugoslavo Matvejevic porque notan que el escritor ama el Mediterráneo y sabe escucharlo con atención. A su vez Claudio Magris escucha a Viena, a Prusia, a Zagreb, incluso a Vietnam,  y así va poco a poco  escribiendo “El infinito viajar” (Anagrama), la síntesis de  sus recorridos por el mundo. Andar y ver es todo. Tan sencillo como pasear y como  hablar  con las gentes.

(Imágenes:-1. Oleander Drive.–Slim Aarons.-1965.-photographers gallery.-arnet/ 2, 3, 4 y 5  fotos procedentes de Alenarterevista)

SHITAO, EL PINCEL, LA MANO Y EL CORAZÓN

“Pintar es el resultado de la receptividad de la tinta; la tinta se abre al pincel; el pincel se abre a la mano; la mano se abre al corazón. Y todos ellos de la misma forma que el cielo engendra lo que la tierra produce: todo es el resultado de la receptividad”, decía Shitao, el gran paisajista chino del siglo XVll , para añadir: «El pincel sirve para salvar las cosas del caos«.

Tres siglos después, en 1999, el escritor y pintor chino Gao Xingjian, al que alguna vez me he referido en Mi Siglo, recordaba que “el estado de ánimo está en el cuadro y de él emana. El encanto y el gusto de la tinta y de las pinceladas se realizan mediante procedimientos plásticos, nada se oculta. Las imágenes que en la tinta tradicional provocan ese estado mental guardan relación con el espíritu asceta de las letras de la antigüedad china; ese estilo de existencia es proyectado en el arte con mucho encanto. Pero ese modo de vida ya no tiene validez, y debes rememorar una vida que ya no existe. (…) Lo que deseas expresar en la pintura son los sentimientos en el momento presente. Es inútil repetir las imágenes de la tinta tradicional, debes buscar tus propias imágenes mentales y con tu pincel, con tu propio medio de expresión, acceder a los sentimientos que la contemplación ha hecho nacer en un instante determinado”.



Como recuerda Palomino en su Museo Pictóricohay pinceles de pelo de brocha fino; otros de colillas de cabra; otros de pelo de perro; otros de ardilla; y otros de meloncillo. Otros suele haber de pelo de turón, que son admirables, briosos y suaves. Y los de meloncillo son bellísimos para golpear y definir en lo grande y son bellísimos para cosas más sutiles; y los más pequeños para cosas delicadas«, pero sin duda lo más importante ( para pintar, para escribir)  -y  nos lo repite Shitao desde hace siglos – es cómo el pincel lo va llevando la mano y cómo a la mano la va llevando el corazón.

(Imágenes:- 1.-paisaje de Shitao/ 2.-Los montes Sinting en otoño.-Shitao.-.-wikipedia/ 3.-dibujo de Shitao.-metmuseum)

VIEJO MADRID (16) : LA POSADA DEL PEINE

Subo en mis paseos por la madrileña calle de Postas, cerca ya de la Puerta del Sol, caminando hacia la Posada del Peine, y evoco allí las palabras de Gutiérrez Solana contemplando esta esquina ya célebre:

«A mí me gusta oir vocear todas las noches – decía Solana -, cuando regreso a la Posada del Peine, los periódicos con la lista de la lotería o el crimen de anoche. (…) También todas las noches, antes de ir a cenar a un café cualquiera, abro el balcón para escuchar la voz de un ciego andaluz, feo y negro, que se sienta en los adoquines de la calle, con las piernas cruzadas como un moro, con un platillo delante, que canta abriendo la boca desdentada y la tuerce dando jipidos, pegando golpes con las manos en la guitarra, y poniendo los ojos en blanco, canta, durante una hora, con gran sentimiento:

Tiene la tarara,

tiene la tarara;

la tarara sí,

la tarara no«.

Es la observación siempre minuciosa de Solana en su «Madrid, escenas y costumbres«, recorriendo las calles  de la capital y hospedándose en esta Posada en 1913, el tiempo que se tardó en publicar su libro «Escenas de Madrid«. La calle de Postas y todas las adyacentes, con su viejo y pequeño comercio tradicional, que según las ordenanzas de los antiguos gremios, era el de mercería, especiería y droguería, toma su nombre del siglo XVl, pues aquí se encontraba la casa de Postas y a sus maestros pertenecía la imagen que había en el portal número 32, y que mostraba a la Virgen de la Soledad, imagen a la que el vecindario tenía mucha devoción.

«Es en esta Posada, tan conocida de los isidrossigue diciendo Solana -, que bajan al comedor a tomar el cocido y la sopa a sus horas, donde se hospedan tanta gente rara y sin colocación: criadas despedidas, que por el miedo a los peligros de encontrarse una noche sola en la calle, se ha encerrado a las seis de la tarde, sin cenar, en uno de estos cuartos, se ha atrancado con llave y se ha metido en la cama, y con una voluntad de hierro ha encontrado honrada colocación a la mañana siguiente».

Gutiérrez Solana hace decir de la Posada a uno de los que allí se hospedan: «Yo estoy conforme con esta habitación que está tan cerca de los tejados, de las casas de enfrente y del reloj de esta Posada, de esfera iluminada de noche, donde destacan negras y grandes las agujas, parecido a un reloj de bolsillo gigante, de claras y sonoras campanadas, que me despierta, invariablemente, a las nueve de la mañana, y me invita a levantarme de la cama, abrir el balcón y a oir los pregones y ruidos de la calle; me visto, y a dos pasos tengo el arco de la Plaza Mayor; me entretengo viendo las tiendas y hablo con las sirvientas que bajan de la compra, con la cesta al brazo. Al mediodía me encuentro al pie de la iglesia de San Sebastián; al lado hay una antigua relojería; su escaparate está ocupado por un enorme reloj de chinos de madera, pintados con las coletas hasta los pies y las caras y las manos amarillas; a gran altura de sus cabezas hay un boquete negro y lóbrego, con un complicado mecanismo de ruedas, campanas, poleas y cadenas. Cuando las agujas del reloj se van uniendo y acercándose  a las doce, hay un ligero estremecimiento en los brazos de los chinos, y de pronto, al sonar la primera campanada, un chirrido de muelles los pone en movimiento, y un chino pequeño sale de una caja, cuya puerta se cierra de golpe, y montándose a caballo en una campana, da un fuerte golpe en ella con un martillo muy grande, saliendo despedido al voltear la campana y quedando colgado de la trenza, entre un estruendo de hierro que arman los dos chinos gigantes, tirando de unas cadenas. Al poco rato me hallo en mi cuarto de la Posada del Peine quitándome las botas y poniéndome las zapatillas; bajo al comedor a almorzar».

Los ojos, como siempre, de Solana lo han fotografiado todo con las pupilas: la adivinadora, el ventrílocuo, el curandero, los peluqueros, el ciego de los romances. Madrid se detiene ante estos escritores que pasan y Madrid pasa a su vez ante  estos escritores que se detienen.

(Imágenes:- 1.-fachada actual de la Posada del Peine.-foto JJP.-/ La posada del Peine.-wikipedia)

¿HACIA DÓNDE VA EL PERIODISMO?

Copio de Scriptor org estas interesantes declaraciones:

«Toni Piqué dice cosas muy interesantes en una entrevista en Venezuela, de las que él mismo destaca en Paper Papers («La actitud insular de las redacciones») la idea que aquí resume el titular de esta anotación: que el proceso informativo o el trabajo profesional del comunicador (del periodista, en este caso) no acaba en la publicación de algo, ni mucho menos en que ésta tenga lugar en uno u otro soporte material.

Algo que, dicho así, sin más, o entendido superficialmente, puede parecer obvio. Pero es algo que implica la patología profesional de darlo interesadamente por sobrentendido, con presunta inocencia, entre quienes se dedican a la comunicación pública, al no quedar todo lo destacadas y explícitas que precisan las razones que mueven a la publicación de algo, y del modo y manera en que se hace.

Coincido con él en que el busilis de la comunicación pública, y por tanto del periodismo, está más bien en el diálogo cívico o –como dice Toni– en el debate social que se genera a partir de la oferta en los medios de asuntos que merecen ser tomados como relevantes y hacer ver del mejor modo posible qué razones y juicios hay para otorgar el tipo y la relevancia que se les da, y no otros.

Esta es la pregunta y respuesta que hace al caso:

  • -¿Cuáles son las grandes resistencias que ha identificado en los procesos de integración de redacciones?
  • Lo más difícil es el estado mental, esa actitud de resistencia; pensar que la decadencia del papel implica la decadencia del periodismo, y que ajustar su proceso significa matar al propio periodismo.
  • Lo peor es ese ambiente insular que hay en muchas redacciones; y de éste, lo más perjudicial es considerar despreciable al público, a los ciudadanos. Se desprecia su colaboración y se mingonea [ningunea] la posibilidad de que participe en el proceso informativo. Hay maneras de superar esa actitud insular. Yo no conozco ninguna redacción que no quiera hacer buen periodismo; y en cuanto comprenden el proceso, se lanzan como tigres, porque a los periodistas les gusta el periodismo.
  • Hay una frase de Von Clausewitz, un maestro de la estrategia militar, que dice: “En tiempo de guerra, la tradición es el peor enemigo del comandante”. Es decir, no se puede hacer esta guerra con las mismas armas con las que hicimos la anterior. No nos estamos jugando el papel o no el papel. Nos jugamos el periodismo.
  • En las redacciones de los diarios, en general, hay muchas rutinas establecidas que a los propios periodistas nos parece que son parte del periodismo. Pues no. Son simplemente rutinas que ahora tenemos que cambiar.
  • La publicación ya no es el final del proceso informativo; probablemente no es más que el principio. Uno publica y a partir de allí se genera un debate social. Aquí lo importante es el periodismo como debía haberse definido desde siempre: la capacidad de editar y valorar lo que es relevante y darle una expresión adecuada para el público al que el medio se dirige».

A veces en un blog no es necesario añadir nada más.

(Imagen: «El sillón».-1960- Bernard Fleetwood Walker.-Dudley Museo y Galería de Arte

IMÁGENES Y PALABRAS (y 5) : SOBRE LA FOTOGRAFÍA Y OTRAS COSAS

Si hemos sostenido que estamos inmersos en una cultura de la imagen – me pregunta finalmente el Dr. Alberto Sánchez León para concluir la entrevista que estoy recogiendo estos días en Mi Siglo -, ¿es entonces el artista el que tiene la última palabra?

Respuesta :-Indudablemente es el artista el que tiene la última palabra. Él tiene que entregar a los demás la imagen como si fuera una palabra (por darle la vuelta un poco a esta frase), y  a la vez él es el que tiene que mostrar la imagen estética que a su vez es reflejo proyectado desde el centro y desde lo alto, desde lo profundo, por la gran Imagen. Hablando de poesía e inspiración, Pieper recuerda en «Entusiasmo y delirio divino» que la poesía procede de un estado del alma que es antes bien un estar-fuera-de-sí, que un estar-en-sí, y este estar-fuera–de-sí no ha sido provocado por vino, veneno o drogas, sino por un poder superior. La verdadera poesía, dice Pieper, tiene, pues, su origen en la inspiración divina.

Sin adentrarme ahora en esto, que nos llevaría muy lejos, lo que inspira o transpira el centro de la Imagen o de la Palabra es el descubrimiento por parte del artista de la imagen creadora o la palabra creadora. En «El ojo y la palabra» comento que, Van Gogh, por ejemplo, no ha creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos «subcreadores«-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos. (…) Todo esto significa para mí que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, contemplación y arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí están dotados para otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y que contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

Por tanto, el artista sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable de transmitir la imagen o imágenes a los demás. Maritain tiene un libro pequeño y muy valioso, «La responsabilidad del artista«, que analiza muy bien estos temas. (…) De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre, como he dicho con anterioridad, que mantuvieramos viva la capacidad de asombro. Esto no llegamos a admitirlo porque en este mundo nos obliga el sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y nos preguntaríamos entonces, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso es decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Volviendo al tema de la imagen, el artista tiene también la última palabra al seleccionarla, escogerla y transmitirla. De lo que líbremente escoja en sus imágenes para incorporarse al mundo de la imagen, a la cultura de la imagen, él es el responsable. También cuando selecciona imágenes que no son esencialmente bellas sino que son denuncias, cuando muestra imágenes del lado oscuro del mundo, de sus deficiencias. En cualquier caso, no es, creo, el espectador de imágenes el responsable. El artista se adelanta con su ojo al ojo del espectador y le muestra una sección, un encuadre específico del mundo. Siempre que veo una fotografía pienso lo mismo. El fotógrafo ha seleccionado líbremente un aspecto concreto del mundo, de un rostro o de un paisaje. Incluso ha seleccionado el tiempo, haciendo, podríamos decir, un corte en el tiempo: lo que vemos en ese gesto de esa fotografía es un instante, ya pasó y no volverá a pasar nunca así exactamente, no se repetirán jamás los matices de ese gesto, por tanto el fotógrafo recorta un segundo del tiempo, con sus gestos y con cuanto ello conlleva, y nos lo entrega. Roba un trozo de tiempo de una vida, aunque sea minúsculo. Y eso es lo que nos muestra. Él es el responsable, él es el que tiene la última palabra en esa elección. Nosotros vemos lo que él ha elegido.  Esto no solo en la fotografía sino en el cine, video, televisión, arte en imagen en general. Además de cuanto podemos elegir nosotros constantemente con nuestra pupila, el artista nos entrega su elección, aquello que él cree que nos debe transmitir. De ahí también su libre responsabilidad. Millares o millones de ojos ven esa elección del artista que – a su manera, al elegir – en esa cultura de la imagen, está diciendo, de algún modo, su última palabra.

(Imágenes:-1.-Rain Song.-Moscou 1963.-Marie Sechtlová.-Sechlt y Museo de la fotografía Vosecek.-luminous-lint/2.-retrato de uno mismo.-Marie Sechtlová.-Sechlt y Museo de la fotografía Vosecek.-luminous-lint/3.-Nueva York 1964-Marie Sechtlová.-Sechlt y Museo de la fotografía Vosecek.-luminous.lint/4. El canal.-1996.-Franco Donaggio.-Joel Soroka Gallery.-artnet)