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Archive for the ‘libros’ Category


Estaban muy ocupados charlando todos los libros. Cerré la puerta de Mi Siglo, entorné las ventanas del blog y estuve escuchando todo aquel rumor de estanterías en la noche de los libros, los volúmenes hablando unos con otros, los lomos de las filas altas encorvándose para susurrar habladurías a los de los estantes más bajos, los títulos comunicándose confidencias, las letras escapando de las portadas para correr a contar rumores de autores, fechas imprecisas, anécdotas secretas. Toda la biblioteca estaba en danza y la danza era bailada por libros infinitos, de todas las épocas, libros cruzados y encuadernados, libros rústicos, libros de mi niñez, libros recien comprados, libros subrayados, libros que yo no quería olvidar.
Estuve oyéndolos toda la noche.
– Los tontos – decía desde su alta estantería La Bruyere – leen un libro y no lo entienden; los talentos medianos creen entenderlo perfectamente; los grandes ingenios no lo entienden a veces del todo: encuentran oscuro lo que es oscuro y claro lo que es claro; los pedantes quieren encontrar oscuro lo que no lo es y no entender lo más inteligible.
Le contestó José de Maistre desde una esquina:
-Es cierto que recorriendo los libros reunidos por un hombre, se conoce en poco tiempo lo que es, lo que sabe y lo que ama.
Cicerón intervino de pronto desde otra repisa:
-Mis libros están siempre a mi disposición: nunca están ocupados.
Pero Swift casi le quitó la palabra:
-Estimo tanto los libros, que me los figuro vivientes, y que, al leerlos, converso con ellos.
Apareció una voz anónima, abriéndose paso por entre las maderas, encima casi de la puerta:
-Los libros antiguos -murmuró – son los libros de la juventud del mundo, y los libros nuevos son el fruto del tiempo.
Y Francis Bacon quiso añadirle desde un atril:
-La lectura hace maduro a un hombre; la plática lo hace desenvuelto, y el escribir lo hace exacto.
Después crucé el umbral de Mi Siglo y me alejé unos pasos de mi blog.
Aún estuve oyendo durante muchas horas los murmullos de los autores en la oscuridad. Vivían febriles. Se quitaban la palabra continuamente en la noche de los libros.

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Le pregunté si había oído hablar del libro eléctrico de salmos inventado por Happolatime dijo Knut Hamsun.

– ¿Qué libro eléctr…?

Un libro con letras eléctricas que lucían en la oscuridad! Una magnífica empresa, millones de coronas en circulación, fundiciones e imprentas trabajando sin descanso, un gran número de mecánicos empleados a sueldo fijo. Había oído decir que setecientos hombres.

Me sorprendí y me asusté porque creí que ya había sido inventado el libro del futuro, el libro transformado en pequeña caja metálica, un diminuto ordenador plateado que cada uno llevaba en el bolsillo, un dispositivo portátil para la lectura de textos digitalizados. Pero no, estábamos en 1899, no era posible, Knut Hamsun estaba a mi lado y sonreía.

Entonces cerré la novela “Hambre” donde se decía todo aquello, revisé la capacidad de su memoria, la duración de su batería y la conexión inalámbrica que me permitía la descarga por vía telefónica.

Luego me fuí tranquilo a esperar el futuro. Estuve toda la tarde feliz, leyendo en un banco del parque.

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Al comenzar esta nueva entrada de Mi Siglo y en el momento de teclear las primeras palabras se pone a mi lado Alberto Manguel ante la mesa del ordenador para recordarme que los comentarios a los textos de los blogs podrían evocar de alguna forma a las tradicionales anotaciones que siempre se hicieron a ciertas lecturas.
– No sé si usted lo sabe – me dice Manguel -, pero Montaigne, cuya costumbre de anotar se asimilaba a una conversación, continuaba el diálogo en la contraportada del libro que estaba leyendo, incluyendo la fecha en la que lo había acabado para recordar mejor las circunstancias de ese acontecimiento. Aunque tenía libros en varios idiomas, las notas marginales siempre eran en francés (“no importa en qué idioma hablen mis libros – decía -, yo siempre les hablo en el mío), y en francés ampliaba el texto y sus notas con sus comentarios críticos.
– Pero eso no se puede hacer en los blogs -le digo a Manguel -. Los blogs carecen de contraportada. Aunque los blogs sí tienen márgenes para que la gente opine. Los comentarios, igual que el texto, quedan alineados y fijos para siempre.
– Sin embargo – me replica Manguel -, no muchas cosas han cambiado. En la página tradicional, esos espacios en blanco que quedan después de que el escritor ha tratado de vencer lo que Mallarmé llamaba “la aterradora blancura de la página”, son los espacios precisos en los que los lectores pueden ejercer su poder. Tradicionalmente, en esas aperturas entre el borde del papel y el borde de la tinta, el lector puede generar una revolución silenciosa y establecer una nueva sociedad en la que la tensión creativa ya no se genera entre la página y el texto sino entre el texto y el lector.
Estamos de acuerdo. Aunque el poderío del lector que podía alcanzar al autor no le alcanzaba sino que quedaba reducido a una anotación solitaria y personal. Ahora es distinto.
Luego Manguel me va contando lo que a su vez contaba Chateaubriand de un autor del XlX, Joseph Joubert. “Cuando leía -decía de él Chautebriand -, arrancaba de los libros las páginas que no le agradaban, y de ese modo logró formar una biblioteca completa a su gusto, compuesta de libros ahuecados dentro de cubiertas demasiado amplias para ellos”.
Vamos teniendo así una grata y larga charla Alberto Manguel y yo ante este ordenador. Me gustaría que me ampliara más historias pero ahora he de teclear las primeras palabras de esta nueva entrada de Mi Siglo.

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Paseo por las afueras de Madrid con Oscar Wilde, al que llevo metido en un bolsillo en forma de libro, El arte de conversar (Atalanta), veintiocho relatos del escritor inglés y una colección de aforismos.

Pero lo que me interesa es charlar, dejarle hablar, que él me escuche, el juego de las reverencias en el diálogo, el respeto mutuo, la cortesía al exponer y al defender argumentos, toda la educación de las palabras cuando mezclan interés y atención entre pausas, como si el paseo en el tiempo se detuviera.

Le cuento que tengo este blog titulado Mi Siglo, la invención de la realidad, y Wilde sonríe:

– El placer superior en literatura es dar realidad a lo que no existe – me dice.

Por eso estas invenciones de los paseos, estas pisadas en la fantasía, los crujidos de nuestros zapatos tienen más fuerza que todas esas vidas con las que nos cruzamos, esas vidas que nos saludan al pasar, todos esos hombres y mujeres reales que nos ven como fantasmas.

Le pregunto a Wilde qué libros lee y si presta libros.

– Cuando se da un libro – me dice -, debiera darse un libro encantador, tan encantador, que sintiera uno haberlo dado y que al mismo tiempo, no quisiera que le fuera devuelto.

Se detiene un momento, saco de mi bolsillo El arte de conversar y le pregunto cómo podrían dividirse los libros.

Wilde hojea el volumen que él ha escrito y me comenta:

– Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases: 1ª Los que hay que leer… 2ª Los que hay que releer…y 3ª los que no hay que leer nunca… La tercera clase es, con mucho, la más importante… Realmente, decir a las gentes lo que no deben leer es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo en este siglo en que vivimos, en un siglo en que se lee tanto, que ya no tiene uno tiempo de admirar, y en que se escribe tanto, que ya no tiene uno tiempo de pensar. Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los Cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.

Guardo el libro en el bolsillo, echo a andar con Wilde por los paseos de la conversación. Pasan las gentes saludándonos, sorprendidos de que no seamos fantasmas. La invención de la realidad da una vuelta entre árboles y setos, vemos la ciudad al fondo, y llegamos así -el escritor inglés y yo – a la plazuela de las despedidas.

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Me contaba Mujica Láinez hace casi veinte años – ¿o fue ayer?-que estando un día en Londres vio de repente una pequeña librería cerrada y en su escaparate un libro abierto que mostraba a un hada. Le gustó y pensó comprarlo a la vuelta de su visita al Museo Británico. Una hora después, en la misma plaza le extrañó no ver la librería, preguntó a un guardia y le contestaron que jamás había existido una librería en esa zona. Volvió al día siguiente, pero nunca jamás pudo hallarla.
Todo ello lo cuento en mi libro Diálogos con la cultura, como relato también la historia de la sortija.
– Yo tenía una sortija – me dijo también aquella tarde el autor de Bomarzo – que me habían regalado entre veintisiete amigos, porque era extremadamente cara, era un ágata que tenía tallado el perfil de Shakespeare. Y ese anillo lo tuve siempre, siempre hasta hace unos dos años en que nadie sabe cómo desapareció. Como si fuera algo mágico. Era un día de mucho frío; yo no salí al jardín, me acosté a dormir la siesta, me puse una manta sobre mí…, y cuando me desperté noté que no tenía mi sortija… todo fue muy raro; no había nadie extraño en la casa, era el mismo servicio que ahora tengo…, se revolvió todo, incluso la chimenea, las cenizas por si se me había caído…, y jamás, jamás apareció…
Lo que nunca le confesé a Mujica Láinez era que yo fuí quien robó la sortija. Aprovechando su sueño, entré por el jardín e, inclinándome sobre el sofá del novelista, le extraje con gran cuidado el ágata. Es ese perfil de Shakespeare que la gente tanto envidia y que generalmente llevo yo.

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Decía Paul  Auster  hablando de Antonioni y de Bergman al comentar sus muertes, “que habría sido trágico que hubieran empezado a dirigir ahora porque nadie habría financiado sus películas (…) Ahora nadie se atreve realizar cine como arte. Todo está inspirado por el deseo de hacer más y más dinero. El dinero lo ha contaminado todo, incluido el arte, que se ha convertido en una simple mercancía. La mayoría de las películas se realiza sólo por eso; no para explorar el mundo, sino para entretener a la gente dos horas y ganar tanto como sea posible”.
Habría que añadir la pregunta sobre si algun editor se interesaría hoy por Kafka o por La muerte de Virgilio” de Hermann Broch, ese cántico a la lentitud de la escena clásica, el ritmo de las palas en el agua, el ir y venir de los recuerdos. ¿Alguien editaría hoy a Proust?. Camus dice que todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. ¿Muchos releen  hoy?  También  Auster señaló  que a Shakespeare se le lee y relee. “Se puede pensar que ya está todo dicho sobre Shakespeare, pero es todo lo contrario: Shakespeare es inagotable. (…) Un cuadro genial no sufre ningun desgaste. Un buen libro no sufre ningun desgaste. Nunca se logra alcanzar el meollo. Esa es la razón por la que el libro puede ser una fuente de energía y representar una especie de reto durante siglos”.
Pero vivimos en la época del entretenimiento, las dos horas de superficialidad en la penumbra de un cine, el libro fácil y “encantador” (en el sentido de que “encante” a los  sentimientos), el libro o la película que no plantee la exploración del mundo sino tan sólo que invite a  un paseo agradable y sin preguntas, con un ritmo rápido que  -sobre todo, en el caso del cine – no deje tiempo para digerir e interiorizar.
“Lo más interesante sobre los libros -terminaba Auster– es que, probablemente, sean el escenario más íntimo donde la conciencia humana se puede expresar y encontrar”.
Hay que recordar todo esto cuando se miran a lo lejos esas grandes superficies de las aguas que vienen ya anunciando el otoño,  las  cubiertas de  novedades del próximo año , las grandes superficies de los títulos. Unos nos van a interesar, otros nos van a divertir, otros nos van a entretener. ¿Alguno nos llevará a pensar?
(Imágenes: “Blow-Up” de Antonioni (1966) / Paul Auster en Central Park.-sine.edu)

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Ahora en otoño, cuando se acerca uno al mar y se pasea solitario por entre rocas y acantilados, en estas tardes o mañanas de niebla, a la hora en que se fueron ya los últimos veraneantes, el grosor de las olas y el lomo de las aguas va y viene despacio en el casi absoluto silencio que alarga la costa, el mar se va haciendo la mar, y en la mar, al fondo, se ven venir flotando toda especie de libros, aquellos finos y delgados de poesía y estos otros de caudal considerable, con sus portadas y páginas saladas, con sus reclamos publicitarios y brillantes, libros como peces o peces como libros, con sus escamas plateadas, curvados, ondulados, tentadores, abrumadores.
Sentado en esta roca, la gran superficie del mar con sus departamentos, mesas y anaqueles, recibe este flujo de libros que arroja la fuerza de la “rentrée“, obras que se escribieron por convicción o por oportunismo, animales marinos resbaladizos.
Decía Salman Rushdie ” que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro”.
Luego uno se fija en la costa, en el atardecer de la costa, en cómo se va poniendo el sol y va entrando suavemente el claroscuro.

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