JOSÉ GUADALUPE POSADA Y EL 2 DE NOVIEMBRE

Posada- nhu- Posadas Mexico City- mil novecientos

 

«Nomás mire qué belleza. Ha tenido que morirse esa vieja para que hoy enciendan esto y usted, licenciado, lo disfrute. Pobres, ¡tenían unas ganas los descarriados que ni por puro respeto podían aguantar más! ¡Estábamos fritos, don Segis, que usted es testigo! Alguien dijo que la iban a tumbar a balazos, que a la muerte se la ha matado siempre. Pero no se les hizo. Lo que son las cosas. ¿Usted sabe que todos los cuartos de Guadalajara estaban llenos de imágenes y de décimas pidiendo al Santo Patrono y a la Virgen de Guadalupe que se pudiera hacer lo de siempre?: con todo respeto, sépalo usted, Don Segis, pedían algo como lo que le pasó hace años a Refugio Mijangos, Dios le haya perdonado, saliendo del Expendio del Pulque de la Hacienda San Nicolás el Grande, la que grabó José Guadalupe Posada, de Aguascalientes, que Dios goce, y que seguro usted conoció, licenciado, y me va a perdonar que lo haya dicho aquí, entre nos.., ¿Lo conoció?

-Sí. De pequeño.

¿Lo ve, Don Segis…? Yo me decía: «Pícale por ahí, por ahí». Vámonos echando otra, que esto es de remojarlo. Alivia, ¡madre! ¿No es cierto» Es para no creerse. ¡Ay Dios mío! A mi se me hace cuando estoy chiqueando con usted, que vivo en otro tiempo, y para que es más que la verdad, siento feo, licenciado; a Feliciano Molina no se le pasan las copas, bueno, sí, a veces se me pasan, pero no con gente de

 

Posada-nbbhu-youtube com

 

confianza, Don Segis…¿Así que usted lo conoció al compadre Posada? Yo nomás le miré los grabados cuando pelaba papas alrededor de las brasas, calentando el almuerzo para los alzadores que se pasaban el día rasguñando surcos en la escarda para el cultivo del maíz en la parcela de Isidro López Contreras, calculada como de diez yuntas de sembradura. Era tierra dura y engranada, que se rompía de cuarterones, pero el hijo de mala vida del aparcero, dale que dale lo consiguió con el mayordomo y el bueyero y los gañanes, hasta que la milpa brotó, y yo seguía siendo como un fuereño: el día pensando si echaba a la lumbre un tasajo de cecina para alegrar las tortillas y adormilado a la sombra de un tacaño, oyendo graznar a los cuervos que buscaban granos entre los surcos, hartos de zapotes, calabazas y mezquites. Y yo, Don Segis, no creo mucho en Dios pero cuando creo, fijese nomás, creo bien y bueno, y me revuelven los rezos y le decía: «¡Ay, Diosito, sálvame, llévame y aquí, sálvame papacito!». Y lo que son las cosas, licenciado, que un día me agarró la curiosidad de saber qué guardaba Isidro López Contreras, y recuérdese nomás que esto no lo he contado a nadie…¿ Qué cree que encontré? Nunca me imaginé que el compadre Posadas hubiera hecho tantos grabados, pero allí estaban en pequeño…¿Cómo se dice?

-Depende… Hoja suelta, grabado en metal tipográfico, cincografía: pero las caricaturas litográficas son las que le hicieron famoso.

-¡Habráse visto! Ya ve, yo me creía que no es usted muy decidor que digamos. No es por presumir, pero se me hace que uno debe sentirse muy ancho sabiendo todo y esas cosas. Porque, ¡válgame Dios! Y usted, Don Segis, ¿qué me dice, que era muy pequeñito?

-Unos doce años.

-¿En Aguascalientes? ¡ Ay, Dios mío! Aguántese tantito. Espéreme, déjeme acordarme. Mire, profesor, somos un pueblo de muertos de hambre, pero algo sé, para servirle a usted. ¡No hallo en qué pensar! ¡Hablarle sentado aquí, o juntados en casa, que aunque dormimos de a tres en cada pieza, es la casa de usted muy a la orden!…¡Fue en la capital! Tuvo que ser allá, en la editorial Vanegas Arroyo, la de volantes y folletos y corridos para el Día de Muertos. Dicho sea sin ofender, se lo acerté, Don Segis. ¡Chóquela! Vámonos echando la otra, porque imagínese nomás.

-¡Sea por Dios!»

José Julio Perlado.- «Contramuerte» (páginas 200- 201)

 

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(Imágenes.- 1.-Posadas mexico city- 1900/ 2.- grabado de Posadas- YouTube com/ 3.- grabado mexican folk art-guide com)

TODOS LOS ESCRITORES ESCRIBIENDO AL MISMO TIEMPO

Museo Británico- bf- dos

 

«Hemos de formarnos una imagen visual de los novelistas ingleses en la que aparezcan no como si flotaran río abajo, en una corriente que se lleva a todos sus hijos, a menos que se cuiden – imagina E. M. Forster en sus «Aspectos de la novela» -, sino que los hemos de ver como si estuvieran sentados juntos en un cuarto, en una sala circular, en una especie de cuarto de lectura del Museo Británico, en el que todos se encontraran escribiendo simultáneamente. Mientras se hallan sentados allí, no piensan «vivo durante el reinado de la reina Victoria, pertenezco al período de la reina Ana, soy portador de la tradición de Trollope, reacciono contra Aldous Huxley«. El hecho de que tengan la pluma en la mano es mucho más vívido para ellos. Están medio hipnotizados, sus penas y alegrías fluyen con la tinta, están unidos por el acto de la creación. Esta ha de ser la visión que de ellos tengamos; una visión imperfecta, pero que se acomoda a nuestras facultades y nos librará de un grave peligro, el peligro de la pseudo-erudición».

 

Museo Británico

 

¿Y  qué están escribiendo estos escritores al unísono? El mismo libro. La vida, el amor y la muerte. Unos han empezado a contar la historia del amor y se han encontrado escondida la pequeña muerte de los celos o de la infidelidad; otros han querido comenzar en cambio con la muerte y de repente el amor se ha cruzado como salvación para culminar la vida. Otros han preferido narrar la vida desde el principio pero las esquinas de la muerte les hacen escaparse pronto hacia el amor, abrazarse al amor como refugio. Cuando nos acercamos silenciosamente a estos pupitres donde todos los escritores del mundo están escribiendo a la vez el mismo libro, el amor, la muerte y  la vida se entrelazan con la vida, el amor y la muerte y las páginas pasan veloces bajo las plumas que vuelan, plumas que están repitiendo los mismos temas del mundo pero que sueñan cada segundo con la llama de la originalidad.

 

lbros- bre- bibliotecas- Edgar Degas- mil ochocientos setenta y nueve

 

(Imágenes.- 1 y 2.- Museo Británico/2.- Edgar Degas– 1879)

DESCENSOS DE LAS MONTAÑAS

japón-bhym-mujer- Itou Shinsui- mil novecientos diez

 

Estuvo Hisae Izumi dando clases allí, en aquellos jardines, durante muchos años. A partir de 1399 dio clases en el jardín del templo Tenryû-ji, al borde del río Oigawa, cerca de Kyoto, célebre por sus cerezos. Dio clases en el jardín del palacio de Kitayama, también cerca de Kyoto, al lado del Pabellón de Oro. Y fue precisamente ante ese gran lago del Pabellón de Oro cuando amplió el número y la edad de sus alumnos. Ya no eran niños sino toda clase de gentes de Japón las que venían desde lejos a escucharla. Impresionaba la menuda figura de Hisae en pie junto a la grandiosidad del lago, procurando permanecer como siempre en la sombra y huyendo de todo rayo de sol. Destacaba por su elegante kimono de seda al que cruzaban manchas color café entre flores y ramas. Seguía ilustrando muy bien la Historia, siempre señalando el espejo del agua, esperando a que el viento borrase la pizarra. Pero también comentaba cómo los islotes en forma de tortuga en medio del estanque significaban longevidad. Explicaba muy bien la longevidad. Le miraban entonces los ojos en círculos cargados de muchos años. Todo el Japón milenario, el del siglo de Nara y el de la época de Héian, se agrietaban en las comisuras de aquellos labios y en las arrugas de los ojos hasta oírse el ruido del tiempo mientras ellos escuchaban. Hisae se hizo famosa por sus clases, especialmente por otras nuevas que inventó dedicadas a la geología, en las que movía las manos para que bajasen las montañas. Cada vez que ella levantaba las manos bajaban precipitadamente las rocas de las montañas volcánicas, dándose las unas contra las otras, empujadas por las palabras de Hisae. Si ella levantaba algo más las manos y hacía un cuenco con las palmas formando una especie de volcán las gentes que lo veían podían escuchar perfectamente el movimiento de los intestinos den­tro de los cráteres a punto de derramarse. Mantenía así en el aire los cuencos de sus palmas durante largo tiempo y luego los iba abriendo muy lentamente para que fueran escupiendo todo lo que llevaba den­tro el Fujiyama, el Aso y el Kirishima. Siendo el Fujiyama montaña sagrada se veían descender por sus laderas cristales sagrados que iban envueltos en lava y a través de esos cristales podía contemplarse todo el archipiélago. Las gentes, encantadas, aplaudían. Eran rocas encendidas que se despeñaban cayendo entre gases hasta los pies de Hisae.

-¡No las toquéis! ‑gritaba entonces Hisae muy asustada a sus oyentes procurando que no se hicieran daño‑ ¡No las toquéis!

Y las gentes retrocedían fascinadas por aquellas clases tan vivas que transmitían siempre un paisaje mineral con olor a azufre.»

José Julio Perlado.– (del libro «Una dama japonesa«) (relato inédito)

(Imagen.-Itou Shinsui-1910)

VIAJES POR EL MUNDO (3) : UN TEATRO EN PARÍS

 

baile- danza.-5gyu.-Ximo Lizana

 

«Recuerdo ahora aquel teatro de París a media mañana, el patio de butacas vacío, los lujosos palcos desiertos, algunas luces, sin embargo, encendidas a pesar de la hora, no todas las arañas iluminadas, pero sí aquí y allá, desperdigadas, unas luces que hacían resaltar los dorados azules y las alfombras elegantes de los pasillos, y yo allí, sentado y solitario, en la cuarta fila del patio de butacas, situado en el centro, intrigado más que fascinado por aquel único bailarín que estaba ocupando el escenario, un gran escenario semivacío, siguiendo los movimientos de sus brazos y de sus manos, aquel bailarín espigado, de tez oscura, un flequillo remoloneando su frente, pero sobre todo, lo que más atrajo mi atención fueron su cintura y sus pies, sus manos en el aire, revolvía el aire, las palmas abiertas golpeándose rodillas y muslos, chasquidos, dedos sueltos ; calzaba estrechas botas puntiagudas y al bailar iba levantando espacios de polvo con el repicar de su taconeo en la madera, sonaba y resonaba la madera bajo las plantas de sus pies y las puntas de sus botas, se le veía repetir, ensayar, repetir, se corregía, no parecía contento con sus logros, estaba sudoroso y excitado con su simple pantalón vaquero y su torso desnudo, se erguía y doblaba y giraba, se inclinaba y se expandía al compás de la única guitarra desgarrada en un rincón, al aire de unas palmadas dadas desde la sombra, entre cortinas, sobre una silla.

Siempre me han interesado los ensayos. Los ensayos, los haga quien los haga, siempre son tentativas, esfuerzos continuados, uno parece que no sabe a dónde va y sin embargo los ensayos siempre marchan hacia un fin de manera constante, con tenacidad ciega, persiguen recomenzar una y otra vez, reemprender, superarse. En los ensayos se visten ropas informales en un clima de intimidad y de soltura y allí nadie nos ve porque sólo nos vemos nosotros».

José Julio Perlado  (del libro inédito «Relámpagos»)

(Imagen.-Ximo Lizana)

UNA FOTOGRAFÍA

  fotografía-byyu- Mark Elliot

 

  Cuando se contemplan esas fotografías de juventud en las que aparezco yo con mi primer traje de adolescente, la mano izquierda, que así me la ha colocado el fotógrafo, sobre el hombro de mi madre, la vida, como todas las vidas, aún no ha aparecido en el horizonte, como no ha aparecido tampoco la vida en la existencia de A., la que será mi mujer, que más que fotografiada queda dibujada en ese otro retrato suyo, realizado con un lápiz negro, muy cuidado, en el que el dibujante ha ido ensombreciendo su pelo, ha retocado su cuello de once o doce años y ha colocado una cinta blanca en lo alto de su cabeza de muchacha. Ahora las dos imágenes tras cristales distintos reposan sobre uno de los muebles del comedor, sobre una repisa con otras tantas fotos de familia, y esas imágenes puras de juventud han llegado hasta aquí a través de mil avatares, sin conocerse al principio, entrelazándose después, y siendo año tras año responsables de todas esas otras fotos familiares que se extienden sobre muebles, pero también sobre campos, arboledas, o sobre aquel banco en el que estamos con nuestros hijos junto al mar. Esas dos estampas de juventud son el germen de todo ello. Pero yo miro ahora al fotógrafo de pie, estoy al lado de mi madre, me han colocado junto a mi madre sentada y luciendo aquella melena rubia que ella tenía por aquellos años, cuando aún gozaba de salud,  y también me han querido colocar casi en la esquina respecto a la posición de mis hermanos y algo lejos de mi padre situado al otro lado. Imagino que el fotógrafo dio unos pasos atrás para esconder su cabeza bajo el paño negro de ocultación que se usaba aquellos años para retratar y que con la mano en el aire, echado su cuerpo hacia delante y acompañándose con la voz, nos iba retocando las posturas, situándonos las manos, pidiendo una sonrisa – todos estamos serios – y dando al fin al flash, al relámpago que inmortalizara aquel momento.

El momento quedó inmortalizado y la vida se situó delante de mí prácticamente sin haberla vivido como también estaba la vida de A., la que sería con el tiempo mi mujer, y ella se levantó con sus once o doce años de la silla en que había posado. Debió de realizarse ese dibujo en la primera vivienda que tuvieron sus padres en Madrid o quizá en una vivienda del sur, no lo sé bien. A. me entregó años más tarde aquel dibujo y no me dijo más. Ella en cuanto concluyó el dibujo se refugiaría muy posiblemente en la conversación con sus hermanas y yo, en una ciudad distinta, casi con toda seguridad y al terminar aquella sesión fotográfica, me desabrocharía el botón superior de mi camisa blanca que me estaba apretando el cuello y acaso me fuera a leer un poco al volver a casa, porque en aquella época, a los trece o catorce años, yo leía ya muchísimo».

José Julio Perlado  ( del libro inédito «Relámpagos«)  

 

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(Imágenes.-1. -Mark Elliot/ 2. Astrid Kirchherr)

VIAJES POR ESPAÑA (8) : TOLEDO (Y Al FONDO, JERUSALÉN)

Greco-rwwsw- Toledo bajo la tempestad-- Museo Metroploitano de Nueva Tork

 

Asomado en la noche a esta balaustrada del hotel, este corredor al aire que abre las habitaciones a una visión lejana y cercana, iluminada, del Toledo roquedal ante el Tajo al fondo y abajo, uno no contempla nada insólito sino un paisaje natural. Desde el balcón de Toledo mis recuerdos se alargan hasta otro balcón hace años en un hotel de Jerusalén, la ciudad al fondo en la noche, emociones veladas, un panorama similar a éste. Allí mi mirada buscaba tonos, explanadas, historia. Ahora  el Toledo nocturno, tras subir en automóvil una larga cuesta y fuera ya de las murallas, es un pozo de roca,  luz e historia española de siglos. También aquella noche contemplé los siglos en Jerusalén. Aquella extensión de la ciudad santa la fui mirando despacio a través de los visillos y luego buscada en detalle sobre los mapas. Toledo ahora, me digo asomado a esta balaustrada, es admirable, pero no sé si realmente es observada por la curiosidad y la serena contemplación. Toledo está cerca de Madrid y quizá no sabemos descubrir lo que nuestra España recubre o encubre.  Hay en estos momentos un silencio de altura, un aire límpido y casi palpable; la luna, entre nubes, encuentra a la noche clara con grises y platas en el cielo que pintara El Greco. Uno llega a comprender que el celaje toledano, entre brumas, cubriera la tela del pintor. Paz. Silencio. Esta noche se está más cerca del aire, en lo alto de una ciudad cuya limpidez se respira. Hasta aquí se llega por una subida de curvas que acaba en el aire, en la cumbre del aire, sin demasiado viento, con enorme quietud.

José Julio Perlado

(Imagen.- El Greco – Toledo bajo la tempestad)

SONREiR EN UN BLOG (7) : EL SÍNDROME POSTVACACIONAL

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Yo recuerdo aquel año en que todo arrancó muy despacio, con un enorme bostezo en las Bolsas y en las exportaciones, arrastrando sus goznes y ruedecillas muchas máquinas en las fábricas, ralentizándose los motores de los camiones, resistiendo para no ser levantados los cierres de los comercios, con una difusa desgana en los camareros que servían en los hoteles y un retraso paulatino en las reuniones, una abulia pegajosa que tenía ya su origen en un impuntual Congreso de coach que tenía que estudiar el síndrome postvacacional y aquel Congreso había empezado tarde y no muy bien porque los mismos coach no tenían demasiadas ganas de reunirse para atender a la larga lista de afectados por el síndrome postvacacional que estaban pidiendo ser orientados en una selva de desánimos e incertidumbres, asediados por las fechas de su vuelta al trabajo  y sin saber si acudir o no a él con alguna estabilidad emocional. Porque los mismos coach no acertaban bien a decidir quiénes de entre los afectados podían sentirse arrastrados por simple vagancia o desidia, la vagancia de toda la vida y la desidia de todos los domingos, y quiénes, en cambio, podían estar sufriendo el brote de una incipiente depresión. Se establecieron por tanto en el Congreso una serie de ponencias con sucesivas intervenciones contrastadas que comenzaron a mitad de agosto y que, por su complejidad, aún no habían concluido en las primeras semanas de septiembre, con lo cual el país decidió por su cuenta ir abriendo con energía las entradas de los comercios, ir poniendo en marcha los motores de los camiones y darle vigor y soltura a los camareros sin síndrome alguno, haciéndolos ir y venir con las bandejas con asombrosa diligencia y prontitud, como si el efecto postvacacional nunca existiese.

Poco a poco el país adquirió aquella velocidad y ritmo de otros tiempos, cuando las gentes trabajaban de sol a sol y no consultaban a psicólogo alguno porque era tanta la tarea sucesiva que no había un minuto que perder en contemplarse a sí mismos.

Las conclusiones del Congreso se publicaron a mitad de octubre cuando el país estaba ya a pleno rendimiento.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes. – 1.- David Merveille / 2.- Shintaro Kago alias Kago Shintaro)

VIAJES POR ESPAÑA (11) : RÍO ARLANZÓN

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Vienen y van las aguas del Arlanzón entre las vidas de los árboles, al costado de Burgos, cuando las vidas pasean a media tarde entre estos árboles del río, vienen y van los árboles cabeceando al viento, viene y va el viento que no se sabe dónde nace, porque el Arlanzón nace en el Pico de San Millán, en la Sierra de la Demanda, y las vidas que pasean abajo y arriba al costado de Burgos van y vienen algunas con bastones de nudos apoyando recuerdos, otras en cambio corren fugaces y en trajes de colores delante de sus madres, vidas diminutas como hojas pequeñas de los árboles, vidas secas, vidas enhiestas, vidas encorvadas, río Arlanzón que corre  mansamente, mansedumbre de aguas, mansedumbre de vidas, pasean las aguas al costado de árboles y las conversaciones y las confidencias y las nostalgias y los requiebros bajan como las aguas Burgos abajo, dejan la Catedral, la Plaza Mayor, sortean los afluentes de la existencia y apenas se oye ahora su caudal.

Me quedo oyendo el río, mirando a Burgos, pasan los años, pasan los árboles, pasan las aguas, viene y va en silencio el Arlanzón.

José Julio Perlado

 

Burgos-mmuj- río Arlanzon- wikipedia

 

(Imágenes. – el río Arlanzón a su paso por Burgos)

VALOR DEL SILENCIO

 

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Oigo el silencio. En medio de tanta palabra ociosa e innecesaria, oigo el mundo de las palabras sin pronunciar, dichas en silencio, pensamientos que casi son palabras y que conviven con palabras y silencios de los demás. El aire invisible está lleno de silencios plenos de palabras. No se sabría decir si en este mundo de murmuraciones, justificaciones, explicaciones y diálogos banales, el número de palabras sin pronunciar domina al silencio aparente, y allí quedan revelados y brillantes como gotas en el ojo de un microscopio. Lo que sin duda es difícil comparar es el valor de las palabras pronunciadas y el de los silencios meditativos, silencios misteriosos que sin embargo, y por la fuerza de su mutismo, llegan siempre a su destino.

José Julio Perlado

(Imagen.-Michal Lukasiewic)

VIAJES POR ESPAÑA (10) : RASCAFRÍA

 

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Acaban de moverse ante mi ventana entreabierta las puntas de unas hierbas. Luego parecen reposar. Una siembra de gorriones se esparce como si alguien los espolvorease sobre la tierra, sobre el prado pelado y sobre los caminos: con sus cuerpos mullidos y menudos – como granos vivos, inquietos perdigones – andan de aquí para allá dando saltitos bajo las gotas de lluvia, se inclinan y comen: de vez en cuando aletean. Es el único ruido en todo este trozo de campo. Oigo su piar; me he acodado ante la ventana, escribo sobre ellos contemplándolo todo y sigo con la vista la huerta en la que ladra el perro, miro las tejas rojas y las piedras formando un surco. Mientras tanto, bajo la ventana, siento subir esa humedad con que se va rociando la tierra.

Luego el silencio va adelgazándose. La ladera de Rascafría se dobla y ese silencio se hace cada vez más vulnerable, más indefenso. Sólo se necesita atravesar aquellos pueblos cercanos para llegar al flujo de la carretera principal, una vena que desemboca en  el ruido. Allí están los ronquidos del motor, el vertiginoso deslizarse de los faros deslumbrantes.

Sigo mirando a los gorriones.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes.- 1.-biologicada com/ 2.-veoverde com)

VIAjES POR ESPAÑA (9) : CAMBADOS AL ATARDECER

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Cambados a la hora del atardecer tiene un sol rojo, tan rojo como el lomo de un faisán, tan variado como él cuando ese rojo sol se desangra y por todo su cuerpo se derraman manchas rosadas, brochazos de luz que alguien ha extendido sobre el cuerpo redondo con enorme fuerza. Estaban hoy las nubes grises, blancas, lejanas, cortándole la cintura al sol, rasgando la rueda que descendía. Había grises en el cielo, en el muelle, manchas de gris en tapias y tejados alargados hacia el mar. Había grises y blancos en vientres y alas de gaviotas ondulándose en el aire, atentas al vaivén del mar, al secreto de los peces invisibles. Había alguna primera luz encendida, alguna bombilla aportaba su luminosidad extraña a aquella hora. Todo el conjunto de este rojo sol, esta gama de blancos, azules y grises, el recorte de tierra y el gran campo del cielo cruzado por los gritos de las gaviotas, me lleva siempre a la misma pregunta: ¿todo esto para qué? ¿Qué utilidad tiene esta riqueza de colores en el rostro impresionante del mar, esta puesta de sol presentada despacio, a la hora en punto, reuniendo todos los contrastes?

Obsesionados por la utilidad, tardamos en descubrír el misterio de la simple belleza. El borde blanco del paseo de Cambados recibe ahora toda esa belleza y unos hombres pasean insensibles ante ella, otros la contemplan, otros  dan gracias.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes.-1.-Edward Potthast/ 2.- John Aavitsland)

 

EL NOBEL

figuras-yedd- Mark Rothko

 

» El escritor, por definición, comentó él paseando, no sabe dónde va, escribe para intentar comprender por qué tiene necesidad de escribir. Y mientras decía esto se iba deteniendo por las diversas estanterías de su amplia biblioteca y luego volvió a echar a andar buscando, comprobando aquí y allá títulos y autores que él ya había leído, recordaba, por ejemplo, nada más extraer el lomo del pequeño libro blanco de Dostoyevski, el Diario de un escritor, la historia breve de aquella centenaria que iba con una moneda en la mano atravesando la ciudad para ver a sus nietos y cuando llega por fin a la casa…, sí, lo recordaba perfectamente por su gran intensidad, Dostoyevski era así, entrando hasta el fondo con la ternura y con una fuerza enorme, y volvió a empujar el lomo del pequeño libro para alinearlo con los otros y de paso entornar la ventana del balcón del salón, porque era media mañana y ya entraba mucho sol, había un reflejo del sol en los cristales pero sobre todo llegaba mucho ruido procedente de la calle, venía vociferando la cantinela del

 

figuras-yuui-Mark Rothko

 

tapizador urgiendo a las señoras por si tenían algún mueble que tapizar, por si tenían sillas, sillones, sofás, tresillos, cualquier mueble que tuvieran que tapizar las señoras, cualquier mueble viejo que arreglar y el tapizador inmediatamente subiría sin ningún compromiso, y entonces el escritor empujó algo el cristal de la ventana del balcón e iba ya a cerrarla cuando se quedó mirando al otro lado de la calle la casa de enfrente y las ventanas abiertas y algunas esterillas o alfombras pequeñas colgadas ya que estaban limpiando y sí, perfectamente se veía al fondo de las ventanas abiertas una serie de espejos en una habitación amplia, una serie de espejos pero sobre todo uno rectangular, grande, que reflejaba parte de los techos altos con molduras blancas y la cabeza de una mujer vista desde arriba que iba y venía de afuera adentro del espejo, sin duda estaba limpiando aquel cuarto, pero al escritor no le interesó aquella cabeza de mujer ni aquella figura que iba y venía limpiando sino el espejo mismo, un espejo grande, antiguo, con un marco dorado, de los que ya no se ven, pensó, parecido al que tenía tía Matilde en aquel gran salón de espejos y tapices y alfombras de la calle de Lagasca, parece que el

 

figuras-ttv-Mark Rothko- mil novecientos sesenta y nueve

 

 

escritor, sí, lo estuviera viendo ahora, quizás aquel espejo grande del salón de tía Matilde era mayor, adornado con arabescos en los bordes, un espejo heredado del siglo XIX en el que se reflejaban los sillones y la butaca roja de tío Eduardo cuando venía a la tertulia familiar del domingo, y el pelo blanco ensortijado de tía Elvira que se sentaba debajo del espejo ante la bandeja de pasteles, parece que estoy viendo los dedos gordezuelos de tía Matilde cargados de sortijas y adelantándose golosos hacia la bandeja de pasteles, porque era golosa, sí, mi tía Matilde, era todo un personaje, yo la he sacado, ¿sabe usted?, se volvió un poco hacia ella, en mi primera novela, los escritores acudimos a lo primero que tenemos, a la infancia, a los recuerdos, a veces esos recuerdos se quedan en una imagen, como la de un espejo que refleja a toda una familia y uno no sabe por qué pero es así, como cuando uno se ve a sí mismo evocando su infancia de repente y entornando a la vez esta ventana por ejemplo como ahora lo hago yo, ¿o prefiere que le cierre el balcón?, se volvió aún más el escritor preguntando hacia el fondo del salón, lo digo por los ruidos de la calle que nos pueden perturbar para lo que estamos haciendo, ya ha oído usted al tapicero anunciándose, pero también pasa el afilador, el

 

 

figuras-yvvd-Mark Rothko- mil novecientos sesenta y nueve

 

 

trapero, son oficios que parece que mueren pero que siguen ahí como trovadores curiosos, como gente romántica de otro tiempo, ya ve, sonrió, cómo hablamos los escritores a veces, al afilador por ejemplo, lo que le ocurre…, pero al decir por segunda vez la palabra afilador el escritor no supo por qué, aunque ya le había pasado en otras ocasiones, dejó de hablar y de andar porque escuchaba perfectamente hacía años el silbo agudo y moldeado de la hoja de afilar ondulándose en el aire debajo mismo de las ventanas del hotel que el bosque rodeaba, ¿cómo es posible que haya un afilador aquí, en plena naturaleza?, le había dicho entonces a su mujer, ¿lo oyes, Alicia?, y Alicia salió del baño con la toalla azul como turbante, descalza, asomándole los pies desnudos bajo el albornoz y se asomó junto a él al balcón del hotel de recién casados, se puso un poco detrás de él para que nadie la viera desde fuera en albornoz y los dos juntos contemplaron cómo allí, en la explanada y cerca de los árboles, afilaba su silbo en la rueda aquel hombre larguirucho y delgado, de fino bigote, tocado con gorra, decentemente trajeado, concentrado en su oficio a dos pasos del bosque y ajeno a cualquier público como si estuviera componiendo una curiosa melodía aquel afilador…, y al volver ahora por tercera vez esa palabra a su mente, el escritor,

 

figuras-ubbnn-Mark Rothko

 

tampoco supo por qué, echó de nuevo a andar desde el balcón ya cerrado hacia lo profundo del cuarto, hacia la figura de aquella mujer joven sentada en el sofá tras la mesa inundada de libros que con el bloc sobre sus rodillas iba tomando notas de lo que el escritor decía, también de sus movimientos y de sus gestos, aunque lo que no podía era con sus silencios, porque ¿cómo registrar con la pluma, y ni siquiera con aquel pequeño magnetofón encendido todo lo que los silencios guardaban?, no hay, pues, señorita, continuó el escritor paseando, una entrevista perfecta, porque usted aprenderá en su oficio que el hombre es inapresable, usted me pregunta, mejor dicho, me ha preguntado, y yo le he contestado como siempre respondo cuando vienen a verme, aunque no sé, en verdad, por qué vienen a vernos a nosotros los escritores ni qué podemos tener de encanto para ustedes, porque ¿por qué no tienen ese atractivo los ministros o los banqueros o los meros comerciantes?, yo comprendo que a ustedes los mandan de los periódicos, de las televisiones, para indagar, para mostrar lo que escondemos, para saber cómo trabajamos, cómo se nos ocurren las cosas, ¡pero si no hay nada que mostrar

 

figuras-uiu-Mark Rothko- mil novecientos cincuenta y cuatro

 

aquí!, todo es bien sencillo, simple, y a la vez, siguió andando por la alfombra, yo le diría, sonrió, que, a la vez, es también algo misterioso, porque si yo le digo, por ejemplo, que hace un momento, ahí, se volvió señalando al balcón cerrado, ahí, en esa ventana, al yo ir a entornarla y mirar distraídamente a la calle, al otro lado de la calle, he visto casualmente un espejo a lo lejos en el que no me había fijado nunca, un espejo grande, antiguo, y ese espejo me ha llevado a mi infancia, es decir, he visto en un momento un recuerdo preciso de mi infancia, una imagen nítida, como si estuviera yo allí y no aquí, pues usted se reiría, seguramente no lo entendería, entre otras cosas porque yo no le puedo transmitir esa imagen mientras paseo, para transmitírsela tendría que sentarme en mi mesa de trabajo, ante una hoja en blanco y esforzarme y concentrarme como escritor, y crear de nuevo a lo mejor todo este escenario, todo este momento, hasta incluso crearla a usted en este salón, al fondo, exactamente donde ahora está usted sentada, y empezar desde cero, desde el momento, ¿recuerda?, en que, cuando usted me empezó a preguntar, yo buscaba vagamente un libro para leer y he movido un poco ese pequeño libro blanco de Dostoyevski, el Diario de un escritor, y (usted lo ha visto), me he quedado un segundo pensativo, pero yo no le he podido

 

figuras-ttvv-Mark Rothko-mil novcientos sesenta y ocho

 

 

transmitir lo que pensaba, porque las entrevistas, usted lo sabe, se hacen con palabras, ustedes los periodistas preguntan y nosotros contestamos, ¿pero cómo decirle a usted que cada vez que yo toco ese libro veo andar y atravesar la ciudad a esa amable centenaria que Dostoyevski describe y que marcha apretando una moneda en la mano para regalársela a sus nietos?, ¿cómo expresarle todo eso a usted?, no, no es posible comunicar todo eso, dijo, y menos en el mismo momento en que ocurre, hay cosas que uno piensa y que nunca se pueden decir, todos, no sólo los escritores, todos vivimos entre pensamientos, usted se irá de aquí sin saber en realidad qué pienso yo esta mañana, cuáles son mil fulguraciones, porque todo son palabras, palabras y palabras exteriores, usted anota las palabras y hace bien, es su oficio, rebusca entre mis gestos a ver cómo puede extraer mi personalidad, quién soy yo, cuáles son mis sentimientos dentro de este despacho lleno de libros en el que usted ve ahí ese gran retrato de una mujer desconocida, y luego estos libros, todos estos libros encuadernados, distinciones, recuerdos de premios, fotografías, el ordenador, las cuartillas, todo este mundo arreglado por Alicia durante veintitrés años y que ha quedado igual que cuando ella me dejó,

 

figuras-yvvb-Mark Rothko

 

 

parecido a la gran cubierta de una nave enorme, así lo llamaba ella, porque le gustaban estas habitaciones alargadas y diáfanas, ella tiró todos esos tabiques, hubiera tirado todos los tabiques de la casa, le gustaba pasear descalza por esta alfombra y se sentaba ahí, más al fondo de donde está usted, y se distraía viéndome trabajar desde lejos, cogía una revista y se pasaba en silencio largos ratos en el sofá mirándome a hurtadillas, sin interrumpir, lo mismo que si estuviera frente al mar o ante el campo, lo mismo, siempre relajada dijo el escritor, y se quedó un momento ensimismado mirando al fondo, mirando a la periodista cómo escribía, a qué velocidad y qué nerviosamente estaba anotando todo aquello en su cuaderno la joven periodista de pantalones azules y blusa blanca que asentía, sí, asentía nerviosa mientras seguía escribiendo con tensión porque aquella era una entrevista esencial para ella y quería anotarlo todo y que nada se le escapase, tampoco lo del posible Premio Nobel, tampoco lo de los amores del escritor, tampoco lo de sus inclinaciones políticas, aunque todo esto aún no lo había preguntado pero lo tenía ya preparado en su agenda, cuidadosamente ordenado por preguntas y temas, lo que  pasaba era que a ella le estaba distrayendo aquella voz, la voz melodiosa del escritor que iba y venía por la alfombra y que le distraía con su voz de galán, ya le habían advertido, te toparás con un auténtico galán, muchacha, depende de cuándo lo cojas, influye mucho la época del año, en agosto

 

figuras-nbn-Mark Rothko- mil novecientos cuarenta y ocho

 

 

 

o septiembre, cuando cree que le van a dar el Premio Nobel él se crece, trae locas a todas las periodistas, a las mujeres no sé qué las da, le sale todo ese poderío de conquistador y de triunfador, toda la fuerza del trabajador tenaz, pero cuando pasa el Nobel en octubre y ve que una vez más no se lo han dado, decae hasta en su aspecto físico, engorda, pierde agilidad, hasta le cambia la voz, se le hace meliflua y débil, pasa todo un invierno escondido y trabajando en otra nueva obra y así de nuevo recomienza el año con la esperanza…, pero ella enseguida había interrumpido, ¿Y si le dan un día el Premio Nobel?, ¿qué pasará si le dan el Premio Nobel?, y nadie había sabido contestarle, pero ella estaba ahora aquí, precisamente en el día posible del Nobel, ella había hecho sus cálculos, jueves o miércoles de octubre era la tradición, habían concedido ya los Nobel de Física, Química y Medicina, quedaba el de Literatura, había mentido, pactado, concertado esta entrevista en exclusiva, estaba con su pequeño magnetofón encendido y el cuaderno encima de sus rodillas, seguía yendo y viniendo la voz del escritor por la alfombra del despacho y al fondo, cerca del balcón, había un teléfono que podía sonar…, pero la voz, aquella voz de él le seguía poniendo muy nerviosa porque toda la entonación y vocalización era tan sugerente que ella ya no estaba atenta al

 

 

figuras-rbnuv- Mark Rothko

 

 

contenido sino a la forma, asentía a la forma y a la música de las palabras que estaban yendo y viniendo por el despacho, era acunada por la voz que traía y llevaba las pronunciaciones y las pausas, había además una respiración honda entre todos aquellos libros encuadernados en negro y rojo, entre la alfombra y el gran retrato iluminado de aquella bella mujer misteriosa, y seguía la voz paseando, ¿y qué me ha dicho ahora?, ¿qué está diciendo de verdad este hombre? se dijo la joven periodista, pero no le dio tiempo a pensar porque seguía cautivada por aquellas inflexiones de las frases que arrastraban a los pensamientos y que ella intentaba seguir tensa e inclinada hacia adelante, las piernas juntas, detrás, continuamente detrás de la belleza de aquellas palabras, nunca en ninguna entrevista le había sucedido el estar tan aturdida y distraída, tan tonta le susurró la script, pero la periodista aún no la oyó, estaba tan ajena a todo que no volvió a escuchar a la script cuando le repitió por detrás, pero querida, ¿quieres arrancar?, te toca hablar a ti, ¡tienes que hablar!, ¡te toca diálogo!, y la secretaria de rodaje detrás de ella estaba ya descomponiéndose en su silla de tijera intentando recordarle la pregunta que el guión le marcaba y que ella debería hacerle ahora al escritor pero que ella no acababa de hacer mientras la script con su gran bloc en las manos se la apuntaba susurrando y los operadores miraban todo aquello asombrados, y detrás de los operadores esperaban los electricistas con sus cables,

 

figuras-yub-Mark Rothko- mil novecientos cuaenta y ocho

 

 

y los técnicos de sonido con sus auriculares, y los iluminadores con los focos, y los carpinteros, y el resto del equipo que rodaba, los decoradores, mecánicos, ayudantes de dirección, las encargadas del vestuario, las maquilladoras, el escenógrafo y quienes ahora giraban la gran grúa en donde estaba moviéndose muy despacio, muy lentamente, sentado en su sillín, el director, el único tranquilo de todos quizá porque estaba aprovechando muy bien este momento de sorpresa que no aparecía en el guión, al director con su visera en la frente le gustaban estas improvisaciones, estaba realizando un lento travelling hacia arriba, había tomado este despacho, y al escritor y a la joven periodista cada uno en un rincón del escenario, al escritor le seguía dejando hablar y pasear, los escritores necesitan desahogarse, se creen divos, se ufanan cuando reciben a una joven periodista, se pavonean yendo y viniendo por entre los libros de los otros y por entre sus propios libros, hay que dejar pasear y hablar a este pobre escritor que cree en los premios, que cree en el Nobel, que desde hace años ha construido su vida, sus entrevistas, sus viajes, sus relaciones pensando en el Nobel, que sueña por las noches con la velada en Estocolmo y que se levanta en sueños a recibir los aplausos, sí, hay que dejarle hablar y que siga fascinando con sus palabras a esta joven periodista de

 

figuras-onnhy-Mark Rothko- mil novecientos sesenta  nueve

 

 

pantalones azules y de blusa blanca se dijo el director en el lento travelling hacia atrás, alejándose ya hacia arriba de este despacho, se alejaban las estanterías de los libros y la alfombra, también se alejaba la voz melodiosa del escritor, su voz de galán, ahora parecía que el escritor se empequeñecía y su voz se debilitaba, eso era lo que el director deseaba mostrar en el final de su película, enseñar la carpintería y el artificio de una vida que giraba en torno a un premio, unas horas cruciales y disimuladas de nerviosismo por si sonaba el teléfono, y cada año igual, ese paseo incesante por el despacho esperando…, y además la sorpresa ahora de esta joven periodista que no hablaba, estaba fascinada por el otro y se había quedado en silencio olvidándose del guión, muda, sentada en el sofá con las piernas juntas y echada hacia delante, y así, así quiero terminar, se dijo el director en su lento travelling hacia atrás, no quiero nada más, porque esta situación inesperada puede ser un final abierto para El Nobel, esta película que me ha llevado tanto tiempo, recuerdos, reflexiones, variaciones, he querido contar la vida de un escritor, un simple quehacer, una vocación rendida, un esfuerzo constante y una ilusión virgen al principio, un querer dedicarse a los demás, interpretar el mundo, incluso intentar mejorarlo, para luego, por avatares de la vida, apartarse poco a poco del camino y obsesionarse con los premios y repetirse, y caer en la imitación de sí mismo, en la charlatanería banal, sí, hay que dejar hablar y pasear a este pobre escritor que es pura vanidad ante el Nobel, puro cálculo, se dijo el director remontando el lento y largo travelling hacia arriba y hacia atrás, quería abarcarlo todo, sí, quiero abarcarlo todo, se repitió el director sentado en lo alto en su sillín de la grúa que lo ascendía y lo alejaba ahora lentamente a la vez en el plató, veía abajo el despacho en donde el escritor seguía paseando y hablando ante la joven periodista que continuaba muda y fascinada en un rincón, veía también,

 

figuras-nnb- Mark Rothko- mil novecientos cincuenta

 

 

conforme ampliaba su travelling, los decorados, los focos, los cables, y detrás los mecánicos y los carpinteros, las maquilladoras, el escenógrafo, los técnicos de sonido y de iluminación, la script y los ayudantes de dirección, también abarcaba al director de fotografía, al productor y hasta a algunos curiosos que seguían el rodaje de esta última secuencia, e incluso algo más atrás veía también parte de la pequeña sala de proyección en donde media docena de actrices y de actores, de críticos y de escritores aplaudían ya el final abierto de este film, El Nobel, que estaba haciendo reflexionar a todos y les había hecho repensar el ejercicio de la literatura, su actividad y su vanidad, vanidad de vanidades, se dijo pensativo uno de aquellos escritores que acababan de ver el final de la película, vanidad de vanidades, sí, se repitió aquel veterano escritor levantándose ya de su butaca en las últimas filas mientras estaban pasando aún los carteles de crédito y se encendían las luces de la sala pero él se dispuso a salir deprisa, como huyendo, porque le habían conmocionado mucho aquellas imágenes tan idénticas al relato que él estaba escribiendo estos días, y prefirió salir sin despedirse de nadie, ganar la calle y abrir su paraguas bajo la lluvia para andar rápido y llegar pronto a casa y pensar aún más qué era realidad y qué ficción en todo aquello, y eso se dijo ya en su casa, por la noche, y en el sillón de su despacho, repasando y releyendo el final de aquel relato suyo en el que llevaba trabajando varios días, había intentado resumir en él parte de su vida, aquel espejo evocado, por ejemplo, de la infancia en la tertulia familiar, aquel nombre, Alicia, el nombre amado de su mujer, este retrato iluminado de ella que ahora veía delante en la gran habitación, sí, todo lo había ido escribiendo él en aquel cuaderno en el que había trabajado tanto tiempo, toda la curva de su relato, toda la invención, hasta la invención también de sus paseos ante la joven periodista imaginaria, incluso el rodaje de aquella película, todo, todo había sido auténtica ficción, y quiso dejarlo así cerrando el cuaderno, y se dispuso a colocarlo en la estantería entre sus libros, en la gran biblioteca, al lado del pequeño libro blanco de Dostoyevski al que tanto quería, el Diario de un escritor, pero como todos los años a esta hora sintió un pequeño estremecimiento, sí, porque para mañana estaba anunciado que darían el Nobel y, sí, como todos los años, sintió un pequeño escalofrío al salir y apagar la luz.»

José Julio Perlado : «El Nobel» ( relato inédito) (perteneciente al libro «Caligrafía», de próxima aparición)

 

 

figuras-yvvd-Mark Rothko- mil novecientos sesenta y nueve

 

(Imágenes-  Mark Rothko)

CÓMO ESCRIBIR UNA NOVELA ( DE INTRIGA)

 

escritores.-2m2m.-Patricia Highsmith

 

«La mayoría de los novelistas – dice Patricia Highsmith – tienen muchas ideas que son breves e insignificantes, que no pueden ni deben convertirse en libros. Con ellas pueden escribirse relatos cortos buenos y hasta estupendos (…) Sé de novelistas que tiran a la papelera, por así decirlo, ideas para relatos breves, sin molestarse siquiera en anotarlas (…) Toma nota de todas estas ideas – aconseja la creadora de «El talento de Mr. Ripley «-. Es sorprendente ver cuán a menudo una frase anotada en una libreta conduce inmediatamente a otra frase. Puede ocurrir que se desarrolle un argumento a medida que vas tomando notas».

 

escritores.-998bb.-Patricia Highsmith

 

En muchas ocasiones he utilizado estas y otras opiniones de Highsmith en mis cursos de escritura. Me parecen llenas de sentido común, muy prácticas y aleccionadoras. Ahora se vuelve a su breve e interesante obra «Suspense…Cómo se escribe una novela de misterio«en una nueva edición (Círculo de Tiza), páginas que nacerían como artículo en septiembre de 1957 en la revista «The Writer», y que años más tarde, en 1965, se desarrollarían como libro. La novelista, sentada ante su máquina de escribir Olympia, hablaba entre otras cosas del «extraño poder que tiene el trabajo de transformar una habitación, cualquier habitación, en algo muy especial para un escritor que ha trabajado en ella, y que en ella ha sudado y maldecido y tal vez conocido unos pocos minutos de triunfo y  satisfacción». «No hay que ser un monstruo, o tener la impresión de serlo, para exigir dos o tres horas de intimidad absoluta. Este programa debe convertirse en un hábito, y el hábito, como el escribir mismo, es una forma de vida».

 

escritores.-99jj,.- Patricia Highsmith.-20 de noviembre de 1975.-imagen AFP Getty Images

 

«Debido a la naturaleza solitaria del oficio de escribir -confesaba también -, estos recuerdos y emociones tan vivos no pueden compartirse con nadie«. Y sin embargo transmitió muchos consejos a quienes se dedicaban a crear historias fueran o no de intriga o  de misterio. «Un libro – decía – es en realidad un proceso largo y continuo que, idealmente, sólo el sueño debe interrumpir (…) Desde luego, la mente necesita distraerse mientras escribes un libro, pero la distracción tiene que escogerse cuidadosamente y no ser de un tipo que trastorne o produzca cansancio físico».

Con su privacidad obsesiva para todo cuanto fuera su trabajo creador, cuando en marzo de 1980 inspectores de Hacienda entraron en su vivienda para investigar en sus cuentas y papeles, al concluir y marcharse,  limpió una y otra vez su máquina de escribir y frotó su escritorio, intentando disolver en agua y detergente su profunda sensación de violación.

Era la habitación donde escribía y también la habitación de su obra. «La redacción del libro – había dicho – te protegerá de toda suerte de golpes emocionales, de índole destructiva, que, de no ser por el libro, podrían herirte y confundirte».

 

escritores.-7vcxxe.-Patricia Highsmith en Fontainebleu en 1976.-foto Jacques Pawlosky -Symac-Corbis

 

(Imágenes.- 1 y 2.- Patricia Highsmith/ 3.- Patricia Highsmith- 1975- getty-images/ 4.- Patricia Highsmith- 1976 – foto Jacques Pawlosky. symac- corbis)

 

«EL FIN DE LA CIENCIA FICCIÓN»

televisión-ggyu - Robert Delpire

 

EL  FIN  DE  LA  CIENCIA FICCIÓN

 

«-¿Y usted cree realmente que es el fin de la ciencia ficción?-preguntó el periodista.

El escritor de las gafas de concha y de las grandes patillas rojizas -un gigante- se inclinó sobre el micrófono.

-Pues sí, yo creo que nada tiene que hacer la ciencia ficción a partir de ahora. Todo está inventado. Y si no, se inventará. Yo llevo toda mi vida escribiendo ciencia ficción. Creo que no escribiré más. Se ha ido a la Luna. Se irá a Venus. Se explorará el universo. Se han conseguido avances inauditos, clonaciones, experimentos, ¿qué se puede contar que el hombre no sepa? ¿cómo se le puede sorprender? Es muy difícil ya sorprender al hombre. La ciencia ficción ha tenido una época, los premios Hugo, Nébula y todo eso. Eso ya ha pasado. Es el pasado. Durante todo ese pasado se escribió sobre el futuro. Pero ahora habría que hablar del futuro del futuro, y eso es imposible. Fíjense ustedes que nosotros cada día inventamos el futuro. Prácticamente hacemos del presente el futuro. No hay presente. Como esas estaciones intermedias del año que casi han desaparecido. O hace frío o hace calor.

Estaba la sala abarrotada, las lámparas encendidas. Bob tomaba notas en su cuaderno, sentado en una silla de amplio respaldo, una silla de ribetes dorados alineada con muchas otras que el Hotel había puesto a disposición de la rueda de prensa. Se le veía al escritor algo fatigado. Miraba a los periodistas desde el cristal de sus gafas y parecían empañadas. O quizá era el cansancio en sus pupilas, unas pupilas de hombre mayor, que ha vivido mucho.

Acabó la rueda de prensa y se levantaron todos de las sillas. Bob pensó que ya tenía suficiente material para su información y que ahora  podía irse ya para casa, cenar y meterse en la cama hasta la siguiente jornada  No tenía que transmitir nada esa noche. Simplemente ordenar sus notas para la crónica de mañana por la mañana. Sacó su coche del aparcamiento y se dirigió  al único supermercado abierto cerca de su casa. Quería aprovechar para hacer la compra del fin de semana.  Desde que vivía solo luchaba por hacerse más ordenado: dedicaba un día fijo a abastecer su despensa pero muchas veces el olvido o la pereza le vencían. Compró fruta y carne congelada, tres latas de conservas, helado, vino y dos bolsas de patatas. Cerca de la cajera tomó una barra de pan.

 

television.-BB.-1981-1983.-por Kenny Scharf.-artnet

 

A las nueve y media ya había cenado. Dejó limpia la cocina, llamó a Martin para quedar a tomar algo al día siguiente, contestó a unos e-mails que había  recibido, apartó una camisa y un traje y los colocó sobre una silla y luego se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá a ver la televisión.

En la televisión, como siempre, había la rutina de todas las noches. Pasó con el mando a distancia sobre escenas de películas, fugaces documentales, concursos absurdos y programas de entretenimiento. Unas bailarinas se encadenaban con los cigarrillos de Humphrey  Bogart y Bogart daba paso a anuncios refrescantes que daban paso a su vez a la voz de un tenor y éste  a escenas de guerra : fogonazos, estampidos, carreras y llamaradas. Volvió a pasar aburrido sobre todas las cadenas y de repente vio algo que le hizo detenerse: en el fondo de la pantalla, sentado en un sofá, algo somnoliento, aparecía un hombre que estaba moviendo el mando a distancia. Cerca de él había una copa de vino. Aparecía borroso, no le enfocaban bien. Oyó a su lado a la presentadora:

-¿Se ve usted bien? Quizá es que la cámara no lo recoge exactamente. Ahora verá, enseguida le toma mejor la cámara.

Efectivamente, la imagen apareció ahora algo más nítida. Se vio otra vez a sí mismo, sentado en el sofá de su apartamento, a su lado la copa de vino. La presentadora volvió a insistir:

-¿Ahora se ve usted bien?

El asintió con agradecimiento:

-Sí, gracias, ahora muy bien.

-Hemos procurado filmar su apartamento, Bob… ¿Me permite que le llame Bob? ‑preguntó ella con una sonrisa y él  asintió- Le decía que hemos procurado filmar su apartamento sin causarle demasiadas molestias ; ya sabe usted que este programa respeta lo más posible la intimidad. O al menos lo intenta. Pero al mostrar una vida a los espectadores no tenemos más remedio que entrar en el espacio vital de la personas, como suele decirse. En su mundo. Usted lo entiende, ¿no es cierto?

-Sí -dijo él-, naturalmente.

-Perfecto. La televisión es así. Y nosotros- dijo ella con una amplia sonrisa-  le damos las gracias.

Era una rubia oxigenada, una mujer alta, de unos veinticinco o treinta años: vestía unos pantalones azules ajustados y un jersey azul con florecitas blancas sobre el que colgaba un collar que quería ser deslumbrante.

-Usted es periodista, ¿verdad Bob? -preguntó ella con otra gran sonrisa.

-Sí -contestó Bob-, soy periodista.

-Pero es usted un periodista poco común, es decir, un periodista al que le gustan los hechos insólitos.

-Bueno, a todos los periodistas nos gustan los hechos insólitos -respondió Bob-. Eso forma parte del oficio.

-Bueno, me refiero -continuó la presentadora- a que usted, de manera especial, se dedica a cubrir acontecimientos, llamémosles singulares, ¿no es así?

-Sí -contestó Bob-, de alguna forma es así.

Ahora le estaban molestando algo los focos, tanto giro blanco y azul en los techos y en los ángulos. Veía con dificultad al público invitado que estaba en el plató y las caras se le aparecían lejanas y borrosas. A la vez le tiraba un poco el maquillaje, sobre todo en las comisuras de la boca. Notaba un sudor en el labio.

-¿Podría usted, Bob -dijo la presentadora-, comentar a nuestros espectadores algún hecho insólito y  reciente que haya  vivido, algo que como profesional le haya causado más  impresión  cualquiera de estos días?

Bob se arrellanó más en el sillón y miró con sorpresa a la mujer.

-¿Reciente? -preguntó.

-Sí, algo reciente. ¿Qué ha hecho usted hoy, por ejemplo, de interesante? Algo que le haya  llamado la atención…

Bob intentó hacer memoria.

-Bueno, hoy me ha llamado precisamente  la atención una conferencia de prensa a la que he tenido que asistir. Precisamente esta tarde.

-Una conferencia de prensa ¿sobre qué, Bob?

-Una conferencia de prensa sobre ciencia ficción.

La presentadora casi palmoteó en el sofá.

-¡Oh, qué interesante! -dijo entusiasmada- ¿Y de qué trataba esa conferencia de prensa?

Bob se resistía a contestar.

-Bueno -respondió de mala gana-, del fin de la ciencia ficción. De que ya no habrá más ciencia ficción.

-¿Y eso por qué, Bob? -le preguntó la presentadora con voz cantarina- ¿No cree usted en la ciencia ficción?

-Bueno, yo no creo ni dejo de creer -contestó un poco aburrido-. Es lo que le oí al conferenciante.-Hizo una  pausa y al fin se decidió-: Y me  da la impresión de que tenía razón.

-¿O sea que nunca más podremos leer ya una de esas novelas de ciencia ficción, una de esas novelas tan divertidas? ¿Ya no podremos leerlas?

-Bien, yo no las llamaría precisamente divertidas. A veces son intrigantes, desasosegantes-dijo Bob.

-Yo no soy ninguna experta en esas cuestiones -se excusó la presentadora mirando a la cámara-, pero estoy segura de que aquí  hay muchos invitados, y por supuesto muchos espectadores en sus casas, a los que sí les  suele gustar ese desasosiego -rió muy nerviosa-, ¿A qué es verdad, señores?

Las cámaras recorrieron las filas del público que estalló en aplausos. La presentadora esperó a que acabara el aplauso para continuar:

-¿Y no querría usted, Bob, que viéramos esa conferencia de prensa?- dijo con una  mirada pícara y con los ojos muy abiertos- Nuestras cámaras estaban allí.

-¿Ah, sí? -dijo Bob sorprendido.

-¡Sí! ¡Eso es lo que tiene la televisión! -exclamó triunfante la mujer- Que estamos en todas partes. ¿Quiere que lo veamos de verdad?-añadió entusiasmada.

-Bueno, está bien -respondió Bob.

-¡Fíjese en esa pantalla! -le indicó la presentadora girándose.

 

televisión.- 456gh.- Henry Gunderson.- Melt Down.- 2011

 

Entonces Bob también giró en su sillón y distinguió en un extremó del plató, cerca de los invitados, una gran pantalla de televisión.

De repente apareció en ella la sala en que esa tarde había tenido lugar la conferencia de prensa con el novelista. Vio las sillas abarrotadas, las lámparas, el estrado y se vio a sí mismo inclinado sobre sus papeles, trabajando con atención.

En ese momento estaba diciendo el escritor gigante de las gafas de concha a los periodistas.

-Pues sí, yo creo que nada tiene que hacer la ciencia ficción a partir de ahora. Todo está inventado. Y si no, se inventará. Yo llevo toda mi vida escribiendo ciencia ficción. Creo que no escribiré más.

El video se desvaneció y la presentadora cortó sonriente.

-Y bien, Bob, ¿qué le ha parecido?

Él aprobó con la cabeza.

-Asombroso -comentó.

-¡Muy bien! -dijo la mujer satisfecha-. Pero ahora vamos, Bob, si no le importa, un momento, tan solo un momento, a publicidad. Sólo unos minutos. Luego veremos otras cosas. No le importa, ¿verdad, Bob?

-No -dijo él -. No me importa.

Empezaron los anuncios de publicidad y él, como siempre, se levantó del sofá y aprovechó para darse una vuelta por su pequeño piso. Fue al baño, picó un poco de fruta de  la nevera,  buscó una corbata que le entonara para el traje del día siguiente y  la colocó en la silla junto a la camisa. En ese momento llamaron al teléfono.

Era Martin. Estaba muy nervioso.

-¿Estás viendo la tele? -le preguntó- ¿La estás viendo?

-Sí -contestó Bob.

-¡Yo no sabía que habías estado en esa conferencia esta tarde! ¿Fue interesante? ¡Debió  ser muy interesante!

-Sí, realmente fue interesante.

-Lo dices como si no tuviera importancia, como si te diera igual.

-Bueno, es mi trabajo. Es mi trabajo de todos los días.

-¡Pero tu trabajo de todos los días no sale siempre en televisión! -protestó Martin- ¡No sales en televisión todos los días!

-Bueno, eso da igual -añadió Bob sin demasiado interés.

Estuvieron hablando un gran rato sobre la oficina y  los jefes. Martín quería  pedir un permiso y no sabía cómo exponerlo. Se lo preguntó a Bob y él le dio su opinión, le dio además algunos consejos y colgaron.

 

objetos.-77j.-televisión.-las pequeñas pantallas.- Lee Friedlander --2001

 

Luego Bob se sirvió un poco más de vino blanco de la nevera y volviendo al sofá se sentó ante el televisor. Acababan en ese momento los anuncios y la presentadora apareció en primer plano mirando a la cámara.

-¡Bueno, ya estamos aquí de nuevo! -exclamó con una gran sonrisa y luego se dirigió a los espectadores-: ¿Pero quieren que les cuente -añadió con una mirada pícara- qué es lo que ha hecho nuestro invitado mientras pasaban  la publicidad? -Luego miró a Bob sentado a su lado-: ¿Me permite usted, Bob, que lo diga? -dijo en tono cómplice.

-Sí, naturalmente -contestó él.

-Pues ha estado hablando con un amigo suyo, Martin, un amigo suyo de la oficina.- dijo mirando a la cámara, y  luego se giró hacia él -: Bueno, también un amigo de hace muchos años, ¿verdad Bob?

-Sí, realmente nos conocemos desde hace muchos años.

-Por cierto, Bob -dijo la presentadora- tiene usted un piso muy bonito. -Luego añadió encantadora dirigiéndose al público-: Fíjense, señores, qué piso tan bonito y tan bien arreglado tiene nuestro invitado de hoy.

En la gran pantalla al lado del público apareció ahora el apartamento de Bob. Se vio en primer plano la silla en donde estaba colocado el traje, la camisa y la corbata. Después la cámara fue girando lentamente sobre  la mesa de comedor y  se adentró en el pasillo hasta llegar a la cocina. Al dar la vuelta para entrar en el pequeño dormitorio se detuvo un momento en unos cuadros colgados de la pared.

La presentadora lo iba comentando todo.

-Esos cuadros, Bob -le preguntó la presentadora -¿son auténticos o son  litografías?

-No, son litografías -dijo él.

-Vive usted solo, ¿verdad Bob?

Él asintió.

-Pues tenemos que felicitarle, Bob,- dijo la mujer mirando a la cámara y con una gran sonrisa-, porque tiene usted un  piso impecable. Para un hombre que vive solo esto no suele ser normal, ¿verdad, señores? -Se le veía que estaba intentando provocar el aplauso de los invitados y lo consiguió.

Hubo un cerrado aplauso y se vieron las caras encantadas del público sentado en las tribunas.

-¿Y sabe usted -dijo ahora la mujer mirando a Bob- que hemos estado a punto de invitar a su amigo Martin para que viniera hoy al programa?

Él se quedó realmente sorprendido.

-¿Ah sí? -se atrevió a decir.

-Sí -dijo la mujer-, pero al fin no hemos podido -añadió quitándole importancia-. Otro día será. -Luego rió muy nerviosa- Pero tenemos una sorpresa ahora para usted. ¿Quiere verla?

Bob le seguía asombrado.

-Sí, ¿por qué no?

-Es una sorpresa que creo le gustará -dijo la presentadora.

 

 

televisión.-4fr,.David Hall.-interrupciones TV.-cortesía de David Hall y Lux.-Londres

 

Indicó que entrara el video y en la gran pantalla junto al público apareció la casa de su infancia, el camino por donde iba él al colegio, un plano de sus padres  jugando con él bajo unos árboles y luego una panorámica de la pequeña ciudad en donde había pasado su juventud. Después aparecieron testimonios de amigos, Bob vio a su amigo Luis a la puerta del colegio, luego a la rubia María, su primer amor de los catorce años, oyó una conversación entre sus padres y abuelos que él recordaba muy bien en el día de su noveno cumpleaños y enseguida otra vez la casa de su infancia y el  patio donde había jugado tantas veces. Después se vio a Tino, su viejo profesor de matemáticas. Apareció su nombre en los rótulos, bajo la imagen.

-Bob era un niño muy listo, y sobre todo muy dócil -estaba diciendo Tino en ese momento contestando a una entrevista que se le hacía-. De los mejores de la clase.

Más tarde se vio a Tino entrar en un aula y detenerse ante un pupitre.

-Aquí se sentaba Bob  -indicó satisfecho señalando una de las mesas-. Aquí estudió.

-¿O sea que era un buen estudiante? -se oyó la voz en off de la entrevistadora.

-Sí -respondió Tino-. Sobre todo en mi asignatura. Supongo que se habrá dedicado a las matemáticas…

Siguió un plano de todo el colegio al que acompañó de fondo una suave música. Luego los árboles y de nuevo una  panorámica de la ciudad.

El video se desvaneció y la presentadora rubia se giró ahora hacia Bob con una sonrisa.

-¿Es cierto eso? -preguntó cómplice- ¿que estaba usted dotado para las matemáticas?

-Pues no lo sé -dudó Bob procurando también sonreír- Un niño nunca se da cuenta  de esas cosas.

-Pero lo dice su profesor de entonces, ¿lo ha visto?…¿Cómo se llevaba usted con sus profesores?

-Bien. Yo creo que bien. No recuerdo haber tenido problemas.

-Pero sin embargo -añadió la presentadora procurando ser encantadora- usted no se ha dedicado a las matemáticas -rió- ¡Si su profesor le viera ahora!- agregó soltando una carcajada- ¡No se lo imaginaría como periodista! ¿A que no? -volvió a reír-  Por cierto, ¿ha vuelto a ver a sus profesores?

-No -dijo Bob-. La verdad es que no los he vuelto a ver.

-Pues le recuerdan a usted perfectamente. Y además con gran cariño. Y, eso, Bob, siempre es de agradecer. No crea usted que es lo normal -se inclinó más hacia él-. Y dígame ‑preguntó en tono confidencial-, ¿por qué prefirió el periodismo? ¿Qué le atrajo del periodismo? ! Es lo opuesto a las matemáticas!

 

televisión.-8gtg.-Nam June Paik

 

A Bob le empezaba a tirar otra vez el maquillaje, sobre todo en los labios y en las cejas. Además le cegaban los focos. Casi no veía al público invitado. Estaba incómodo en el sillón.

-Pues no sé-intentó escabullirse-, la verdad es que no lo sé…

-¿Cree que el periodismo es apasionante?-preguntó la mujer.

-Pues sí, quizá sí ‑dijo Bob-, depende de cómo se tome uno la profesión.

La presentadora dejó de mirar a Bob y miró ahora hacia la cámara.

-Y bien, señores! -dijo de forma  espectacular y con voz vibrante-¡Eso es lo que vamos a ver dentro de un momento! ¡No se muevan! ¡Vamos a ver, vamos a seguir en directo las  confesiones de un periodista de nuestro tiempo, una profesión realmente apasionante!

De nuevo volvió la publicidad y Bob apagó el televisor con su mando a distancia y se levantó del sofá. Aún tenía que hacer varias cosas, y sobre todo quería  arreglar unos papeles para el día siguiente, especialmente ordenar las notas de la conferencia sobre ciencia ficción. Se sentó a la mesa y estuvo trabajando hasta las once. Sonó el teléfono dos veces y no quiso cogerlo. A las once y media tomó un libro para llevárselo a la cama,.estuvo leyendo hasta las once y media y a las once y media apagó.

Al día siguiente le inundaron de trabajo en el periódico. Tuvo que cubrir la rueda de prensa del Ayuntamiento, asistió al almuerzo mensual con el Gobernador de la Banca, estuvo en la presentación a  la prensa de una obra de teatro, volvió a la Redacción y se ocupó de completar la información  de dos conferencias, entre ellas la de ciencia ficción, revisó una encuesta sobre población activa y tituló crónicas diversas. Acabó muy tarde y hasta las nueve y media no llegó a su casa .Después de cenar se sirvió una copa de vino, se sentó en el sofá y miró qué podía haber en televisión. Como siempre, no había nada interesante.  Hoy eran concursos y algún telefilme aburrido y estuvo a punto de apagarla.

 

televisión.- 878.-Nam June Paik.-1979.-Fundación William T Kemper

 

Estaba pasando rápidamente sobre unos anuncios publicitarios cuando de repente concluyó uno de ellos y  apareció de pronto la presentadora rubia.  Esta noche no vestía pantalones azules sino una falda roja estampada y una blusa blanca. Conservaba la misma sonrisa encantadora y el mismo peinado oxigenado. Se giró en su sillón y se dirigió hacia él.

-¡Y bien, Bob, ya estamos aquí de nuevo! -dijo radiante- Nos habíamos quedado en que usted contaría a nuestros espectadores cómo es la profesión periodística, qué tiene el periodismo de apasionante para que muchos jóvenes, ¡y no tan jóvenes! -rió- se dediquen a ello.- Se inclinó hacia él-: ¿Qué tiene el periodismo, Bob, le decía yo antes, que no tengan las demás profesiones? ¿Por qué no nos lo explica usted que lleva tanto tiempo trabajando en ello?

-Bueno -se excusó Bob- no tanto tiempo, tampoco soy un veterano…

-¡Pero trabaja mucho, yo diría que duro, trabaja duro!, ¿no es verdad? -dijo la mujer con su sonrisa.- Hoy, por ejemplo, ha sido un día duro para usted, ¿no es cierto?

-Bueno-respondió Bob-, tampoco un día demasiado duro, un día normal…

La presentadora soltó una carcajada y se dirigió al público de las tribunas.

-¿Ven ustedes qué modesto es este hombre?- y luego miró fijamente a la cámara.- Ustedes en sus casas creerán quizá que los periodistas son unos superhombres.- hizo una pausa. Se le notaba entusiasmada, disfrutando con todo aquello- ¡Pues aquí tienen a uno modesto, excesivamente modesto diría yo, un hombre sencillo, que no se hace valer. !Ya quisieran muchos profesionales ser así.-suspiró-, o al menos intentarlo. ¡Pero no siempre es posible! -y de nuevo le miró a él- : Hoy, por ejemplo, Bob, ¿qué le ha costado más, ir al Ayuntamiento o ir al almuerzo con el Gobernador de la Banca?  Porque a lo mejor lo que no es usted es un hombre de Redacción… ¿ Prefiere la calle, no someterse a un horario?… Cuéntenos.

-Bueno -dijo Bob-, a mí me gusta todo…

-Pero algo le gustará más… No me diga que le da igual un trabajo que otro…

-Pues sí – se excusó Bob -, la verdad es que a mí me gusta toda la profesión…

-De todos modos- dijo ella con una sonrisa pícara-, si yo le pongo ahora unas imágenes de usted trabajando en la calle y unas imágenes trabajando en su mesa, usted notaría la diferencia, ¿no es así?

– Sí. Probablemente -dijo él.

-¡Pues vamos a verlas!- exclamó ella triunfante, mirando a la cámara.

Entró el video y en la pantalla junto al público se vio el lujoso comedor iluminado del Gobernador de la Banca. Allí estaba Bob, entre muchos otros periodistas, tomando notas mientras comía y a la vez escuchaba al Gobernador, un tipo grueso que leía su informe tras las gafas. Se oía la voz rotunda del Gobernador en medio de las preguntas de la prensa y se oía y veía a Bob, muy atento,  en el momento de intervenir, entre el ruido de las copas, las toses y el cruce de palabras.

-¿Ve usted? -intervino la presentadora comentando la escena-. Aquí está usted, diríamos, en su tarea habitual de esta mañana. Se le ve a usted cómodo. ¿Cuántas veces almuerzan ustedes, los periodistas, con el Gobernador?

-Una vez al mes -contestó Bob-. Es nuestra comida habitual.

-¿Y no le cansa? -preguntó la mujer.

-No, no me cansa.-respondió Bob- Es nuestro trabajo, es decir, es mi trabajo.

-Le he preguntado si no le cansa -añadió ella sonriendo y como disculpándose- y, la verdad, no sé por qué. A lo mejor le divierte ¿Le ha divertido, por ejemplo, la comida de hoy? ¿Ha sucedido allí algo interesante? -se volvió a la cámara y la miró fijamente-. Me gustaría que explicara usted a los espectadores cómo es el oficio de periodista, en qué consiste, cómo discurren, por ejemplo, esas comidas. ¡No todo el mundo -rió- comemos con el Gobernador de la Banca!, ¿verdad, señores?-  Se oyó al fondo un largo aplauso y ella se giró hacia él-. A ver, cuéntenos, Bob.

Bob empezó a contar algo de lo que ocurría en esas comidas, muy poco, porque se sentía incómodo con el maquillaje y sobre todo los focos le estaban dando una especie de angustia, además de sudor. No quería sacar su pañuelo porque le parecía inadecuado y tampoco se atrevía a mirar de reojo su reloj para ver cuándo llegaba una pausa. Estuvo contando varias cosas del periodismo y de cómo hacía su trabajo y lo hizo como siempre lo solía hacer él, quitándole importancia, porque pensaba que su trabajo era como el de los demás, no tenía demasiados alicientes. Pero la presentadora insistía en querer preguntarle muchas cosas, la interrumpían a intervalos los aplausos de los invitados y no dejaban de sucederse vídeos sobre la vida de Bob, sus  amigos, vacaciones y hábitos. Allí aparecieron  de  pronto  sus padres, ya muy ancianos, a los que se les había hecho una entrevista muy emotiva,  emocionándose su madre al recordar la infancia de su hijo. Otro de los vídeos recorría la  Redacción  del periódico, pasaba  junto a las mesas de los compañeros y se detenía en la suya, en la que se le veía a él  trabajar muy concienzudamente. Lucas, el Director, también dijo unas palabras desde su despacho y a Bob le sorprendieron los elogios que hacía de  él como periodista. Después, en medio de las continuas interrupciones de la presentadora rubia, aparecieron  en imagen algunas novias suyas de hacía  años, entre ellas Lola, que aún conservaba algo de rabia en sus declaraciones, aunque Ana, y principalmente Beatriz, la última que había salido con Bob, dijeron de él que era un hombre con defectos, sí, pero al menos un hombre sincero.

El video se desvaneció y la presentadora  se giró sonriente hacia él.

-Y  bien, Bob, ¿qué le ha parecido? -dijo triunfante.

A él los focos le impedían ver claramente a la mujer y tardó algo en contestar.

-Bien. Me ha parecido bien -respondió.

-¿A que ha sido un pequeño repaso interesante sobre su vida? -dijo la presentadora con su sonrisa encantadora- ¡Bueno, no hemos podido recogerlo todo, naturalmente! Eso es imposible en televisión. Pero al menos -rió- lo hemos intentado, nuestro servicio de Documentación lo ha intentado. -Hizo una pausa- Y ahora me gustaría, Bob, que usted diera algunos consejos a quienes nos están viendo desde sus casas, a quienes quisieran, a  lo mejor, ser algún día periodistas. Sobre todo a los jóvenes. ¡Bueno, claro ‑se disculpó riéndose-, naturalmente a los jóvenes! ¿Le parece, Bob?

Bob asintió.

-¡Pues adelante!- exclamó la mujer siempre sonriente. Pero antes de que él lograra empezar a hablar ella anunció mirando fijamente a la cámara -¡Unos breves minutos, señores, y volvemos!- dijo con énfasis- ¡Por favor, no se muevan de ahí! ¡Tenemos aún muchas cosas que contarles! ¡La noche promete ser muy interesante!

 

televisión.-6trt.-Nam June Paik.-mashori tumblr

 

Entró la publicidad y Bob apagó su televisor y se levantó del sofá. Ya no pensaba seguir viendo más. Tenía el cuerpo muy agitado, estaba fatigado y sobre todo deseaba dormir. Además le había alterado tanto la televisión que miró su aparato con auténtico terror, como si él  fuera nuevamente a encenderse y a ponerse en movimiento. Se metió en la cama casi  inmediatamente. Nada quería saber de aquella mujer rubia a la que sin embargo vio esa noche en sueños. Se le aparecieron  en pesadillas los focos y los invitados,  él no sabía qué responder mientras pasaban por su memoria todo tipo de videos. A la mañana siguiente, al haber dormido mal, rindió poco  en el trabajo. Tuvo que cubrir distintos acontecimientos y comió de pie en la barra de un bar  procurando ponerse de espaldas al televisor de la pared. Se negaba a mirar a la pantalla. Le parecía que en cualquier momento iba a aparecer  aquella mujer  rubia y le iba a volver a interrogar. Rehuyó ir a la Redacción, escribió parte de sus crónicas en el banco de un parque,  paseó bajo los árboles y cuando volvió al periódico procuró hacerlo cuando ya era muy tarde y muchos compañeros ya se habían ido. Tampoco esa noche, tras la cena, encendió el televisor. Se metió pronto en la cama y al día siguiente comprobó con alivio que no había tenido pesadillas. Le costó no ver la televisión durante varios días. Se entretuvo con mucho  trabajo, le encargaron un viaje que le distrajo, tuvo que resolver varios  problemas inesperados y sólo dos semanas después pudo pasear solitario por la ciudad procurando relajarse. Quería comprar esa tarde algo de  música para sus ratos libres y entró en unos grandes almacenes. Estuvo primero hojeando libros, curioseó las novedades, escuchó algo de música antes  de decidirse a comprarla y al fin se acercó hasta la caja, le envolvieron  el pequeño paquete y pagó. Cuando ya salía por el pasillo central vio a su izquierda  el sector de electrodomésticos  y una larga fila de televisores  encendidos de  todos los tamaños que mostraban  diversos programas. Instintivamente  procuró no mirar, pero ya desde una de aquellas pantallas le estaba siguiendo  y le observaba fijamente la presentadora rubia.  Hoy vestía una  cazadora blanca y unos pantalones oscuros y resaltaba aún más su peinado oxigenado  y brillante. Se giró hacia él desde su sillón, luciendo como siempre su sonrisa.

-Y bien, Bob -le dijo en tono muy seductor-, vemos que está usted hoy de compras. Le interesa la música, ¿verdad?

Él tardó en responder y trató de esconder el  pequeño paquete tras su espalda.

-Sí, sí me interesa -respondió al fin.

-¿Y nos podría decir qué clase de música ha comprado? Aquí estamos muy interesados  en todo lo suyo, ¿verdad, señores? -se oyó detrás el fuerte aplauso del  público invitado.

A Bob ya  le empezaban  a cegar aquellos focos.

-Bueno -se excusó Bob con cierta desgana-, un poco de Mozart, unos conciertos  de Mozart…

-¡Ah!, ¿le gusta a usted  Mozart? -dijo la presentadora de forma encantadora.

Él volvió a asentir.

-¡Qué apasionante! Yo creía, no sé por qué, que un periodista no había de interesarse  tanto por la música clásica. ¡Bah -le quitó importancia-, una tontería mía! Creía que le iba a gustar más la música moderna.

-Bueno -puntualizó Bob-, también la moderna me gusta.

La presentadora se inclinó más hacia él.

-Y bueno, Bob -le dijo con una sonrisa pícara y en tono confidencial-. Nos habíamos quedado antes, no sé si usted lo recuerda, en que daría usted unos consejos a los jóvenes, algún buen consejo a los que quieran ser periodistas. ¿Se atreve? -preguntó con coquetería.

-Bueno, la verdad -dijo Bob-, es que no soy muy amigo de dar consejos, los consejos no sirven para mucho…

Pero la presentadora insistió:

-Bueno, Bob , pero alguna recomendación sí,  algún consejo…- casi le suplicó – Usted es un buen profesional…

-Bueno, yo soy un profesional muy normal -se disculpó enseguida Bob.

-¡Siempre modesto, siempre tan modesto! -comentó la mujer dándose unas nerviosas palmadas en las rodillas. Y enseguida le animó con su radiante sonrisa-: ¡Vamos, Bob, cuéntenos!

A regañadientes Bob empezó a dar unos consejos generales, unos consejos elementales.  Nunca le había gustado dar consejos a nadie y en cuanto pudo  se apartó de todo eso y se puso a hablar de otra cosa, de viajes, de experiencias, de recuerdos. No estaba muy animado a todo aquello y le costaba hablar porque los focos le estaban cegando otra vez con intensidad, se encontraba incómodo en el sillón y todo el tiempo tenía que estar volviéndose para contestar a la presentadora. Estuvo recordando sus primeros tiempos en la profesión, pero conforme avanzaba en su relato le empezaba a tirar de nuevo el maquillaje, sobre todo en la parte superior del labio, como si algo fuera a derretirse. Además no conseguía ver bien la tribuna de invitados, únicamente les oía aplaudir y aquello le desconcertaba. Pasaron vídeos de algunos de sus viajes y la presentadora los fue comentando todos,  pidiéndole constantemente su opinión. Él mientras tanto procuraba mirar su reloj a hurtadillas cuando creía que no le enfocaban las cámaras y calculaba cuándo podía llegar una pausa para irse. Tuvo que contar varias veces su vida , le seguían deslumbrando los focos e intentó varias veces cambiar de postura. Seguía sudando. Siguió hablando y hablando y contestando a la presentadora constantemente. Pero nunca llegó la publicidad.  Nunca pudo salir ya del televisor.»

José Julio Perlado.«El fin de la ciencia ficción».- (relato inédito) ( perteneciente al libro «Caligrafía«, de próxima aparición)

 

television.-ZZZ.- por Janet Cardiff y Georges Bures Miller.-1999.-artnet

 

Imágenes.-1.-Robert Delpire/2.-Kenny Scharf– 1983-artnet/ 3.-Henry Gunderson-Welt Down-2011/ 4.-Lee Friedlander. 2001/ 5.-David Hall.-cortesía de David Hall y Lux.- Londres/ 6.- Nam June Paik/ 7.-Nam June Paik- 1979-Fundación William T Kemper/  8.-Nam June Paik/ 9.-Janet Cardiff and Georges Bure Miller– 1999)

 

LIMPIAR EL TIEMPO

tiempo- nnbbh-Big Ben- elpais.es

 

Si, limpiar el tiempo. Sobre todo aquella escena en el hospital, cuando el tiempo no pasaba, usted miraba aquella puerta del quirófano que no se abría porque el tiempo parecía haberse incrustado entre las hojas y la bata de la vida y la muerte no salía a decirnos el resultado de la operación, allí estábamos tu madre y yo esperando a que corriera el tiempo y el tiempo no pasaba, el mismo hermano tiempo de los atardeceres en la playa, en los montes, un tiempo lento, inacabable, recuerdo que era un tiempo infinito, no nos queríamos ir porque el lomo del tiempo, al ser acariciado, nos traía toda la mansedumbre de las hojas y el brillo de las aguas cristalinas, un tiempo submarino también, un tiempo etéreo. Sí, hay que limpiar el tiempo. El tiempo curaba  el borde de las heridas, el paño del tiempo limpiaba con cuidado la cueva de las tristezas, parecía que no hubieran existido tristezas nunca. Luego, al ponerme las gafas se cumplieron las bodas de plata con el tiempo y al encorvar un poco mi espalda celebramos nuestras bodas de oro. Un tiempo dilatado también en la noche, tu y yo dormidos en el avión, manta de nubes en las rodillas, y el tiempo que viajaba al contrario, venía su motor en alas del océano y fue un tiempo de luces apagadas, ¿recuerdas?, un tiempo de sueños.

Pero lo importante fue al final. Cuando desperté y creí haberme quedado traspuesto muchos años de inviernos y de luchas, tantas vueltas en cama, tantos anhelos, frentes de sudorosa fiebre, y pregunté: ¿ ha pasado, en verdad, mucho tiempo?, y la voz a mi lado  contestándome: » No. Es un puro espejismo. Usted ha vivido aún muy poco».

 

Texto:  José Julio Perlado

(Imagen. limpieza del Big Ben .-elpais.es)

UNA CARTA

 

escribir.- Berthe Morisot.-

 

Ya sabes, hijo, que a mí no me gustan mucho los whatsApp, tampoco los mensajes, tampoco las imágenes, al final se lo lleva todo el viento, son cosas modernas, no lo niego, aventuras de hoy que mañana quién sabe dónde estarán,  pero la caligrafía de tu madre, ésta que estás leyendo, tendrá siempre sus rasgos, como mis arrugas, hijo, como las manchas de mi piel, en estas subidas y bajadas de las consonantes y de las vocales con las que a veces te ríes porque me salen picudas o redondas pongo todo mi esmero, aprieto la pluma para que te llegue incluso mi respiración en el papel y  las palabras se acerquen a tu oído. Has escuchado, hijo, muchas palabras engañosas estos últimos tiempos, sabes de que te hablo, pero las palabras de una madre siempre son distintas, regañan, a veces chillan, pero son limpias. Busca palabras limpias, hijo mío, que no sé dónde las vas a encontrar. Te hemos enseñado tu padre y yo a leer y a estudiar, pero también a un lenguaje interior, a una elegancia del espíritu, no te envuelvas en mentiras que no van a ninguna parte, recuerda que cuando pasabas los dedos con rapidez por el borde de las hojas nuevas de repente te cortabas sin querer y las yemas te sangraban instantáneamente. Así son las hojas  de algunas palabras cuando las arrojamos en el aire. Parece que no hemos dicho nada, que el viento se lo va a llevar todo, y sin embargo se abre el abismo. Años enteros del tú me dijiste y yo te contesté y el rencor que no cesa. Es muy difícil tapar el rencor con el perdón. Al perdón, a veces te lo he dicho, le cubre un tono manso, un acento apacible, lo más difícil del perdón es hermanarlo con el olvido. Y sin embargo, hijo, hay que llegar al olvido. Tú, que tienes tan buena memoria, tienes que vaciarla, irte quedando en lo esencial, apartar todo lo secundario. Cuando te olvides del rencor es cuando has llegado definitivamente al olvido.

Cuando pasen los años y vuelvas a leer esta carta no te preguntarás, ¿qué me decía mi madre? si no ¿ cómo era mi madre?

Tu madre es una simple mujer como tantas que escribe a su hijo.

Texto : José Julio Perlado

(Imagen.- Berthe Morisot)