VÉRTIGO

Paseo anoche con el autor de Las Diabólicas, la historia que llevó Clouzot al cine en 1955. Siempre que camino con Thomas Narcejac me hace ver lo que hay y lo que no hay en los paisajes, lo que esconde cuanto nos rodea.
– Ese álamo que me imagino – me va diciendo entre los árboles -, al borde de ese riachuelo que imagino, es más real, para mí, que el álamo real que se alza al borde del camino real. Porque el primero sé cómo está hecho puesto que soy yo quien lo ha creado, el otro no. ¿Ilusión? En absoluto. Usted me comprenderá perfectamente puesto que está escribiendo ese blog Mi Siglo que titula la invención de la realidad.
Indudablemente que le comprendo. ¿Estoy inventando yo ahora que camino con Narcejac o es verdad que es anoche cuando paseo con él y cuando me habla de nuevo?
-Por ejemplo – me dice -, fíjese usted: ese bosquecillo bañado por la luna es, al mismo tiempo, el bosquecillo-desde-donde-ha-disparado-el asesino, lo vemos con una nitidez, con una intensidad de la que habitualmente carece nuestra mirada. Nunca el mundo es más hostil, más patético que cuando ha cubierto la huida de un asesino. Hasta el menor detalle permanece en nuestra memoria, significativo e inolvidable. Si usted se da cuenta, al leer un libro policiaco, en el momento en que ha silbado la bala, o el cuchillo ha vibrado, las cosas que miraba el lector se han fijado bruscamente en una especie de eternidad; entre las cosas y el lector se ha establecido una comunicación que enriquece la ficción con todos los resortes de un mecanismo difuso, en bruto, pero arraigado hasta el fondo. ¿No le parece?
Es cierto. No me atrevo a pisar mucho esta realidad no vaya a ser que esté caminando sobre la invención, pero horas después, ya en casa, la imagen del sueño me trae a Simone Signoret y a Vera Clouzot en Las Diabólicas con aquel Paul Meurisse enigmático en la escena de la bañera. Ahora quisiera escapar angustiado, no puedo, me toma de la mano Narcejac, atravesamos corriendo esta película, y me hace subir a toda velocidad por esa escalera interminable donde ya me espera James Stewart arriba, abrumado, filmado por Hitchcock, antes de ser devorado por el Vértigo.

EL SILENCIO ANTES DE BACH

El silencio antes de Bach, después de Bach, en el órgano de Bach. La película de Pere Portabella nos lleva desde el vendedor de pianos hasta el violoncelista, desde el camionero hasta el carnicero, desde el librero hasta el mayordomo, nos conduce por los túneles del metro y nos deposita en estancias donde sólo se oye palpar las teclas de la música. «La música – decía Julien Green – dice frecuentemente lo que se debe decir porque dice lo que jamás la palabra ha podido expresar y a través del ruido maravilloso que hace atrae al silencio».
El silencio se alterna con el agua en esta película y el agua deja hundirse en ella la plenitud del piano mientras se deslizan sonatas de Mendelssohn. El silencio anticipa siempre, rodea y envuelve a cualquier creación. Sin el silencio no puede crearse y nosotros «soportamos en rigor el silencio aislado, nuestro propio silencio – recordaba Maeterlinck -; pero el silencio de muchos, el silencio multiplicado, y sobre todo el silencio de una muchedumbre, es un fardo sobrenatural cuyo peso inexplicable temen las almas más fuertes».
«La mayoría de los hombres -seguía diciendo Maeterlinck -no comprenden y no admiten el silencio más que dos o tres veces en la vida. No se atreven a acoger a ese huesped impenetrable sino en circunstancias solemnes. Acordaos del día en que os encontrásteis sin terror en vuestro primer silencio»
Luego el silencio nos sigue hablando, caminamos con él. Son confidencias que no contaremos jamás porque son diálogos íntimos.

SACRIFICIO

Cuando nos acercamos al agua que rodea a las casas que aparecen en la película, a la enfermedad colectiva que amenaza a los personajes, al incendio que envuelve, destruye y purifica, oimos la voz de Andrei Tarkovski revelando lo qué quería decir con Sacrificio:

-«El personaje de Sacrificio busca participar en la vida, influir en el destino de sus contemporáneos y de su país, sin dejar que sean los políticos profesionales los que decidan por él. Este individuo quiere introducirse en la corriente de la vida y cambiar su curso. Y eso es posible sólo cuando se da cuenta de que nadie hará nada por él, mientras él mismo no tome la iniciativa. De esto trata la película. Si no queremos vivir como parásitos en el cuerpo de la sociedad, disfrutando de los beneficios de la democracia; si no queremos convertirnos en conformistas y estúpidos consumistas, tenemos que aprender a renunciar a muchas cosas.

Y, sobre todo – prosigue Tarkovski -,cualquier reforma que propongamos debemos empezarla por nosotros mismos. Rápidamente, solemos echar la culpa de lo que pasa a nuestros amigos, a la sociedad, pero nunca a nosotros mismos. Yo me enfado cuando la gente hace responsable de todo lo malo que ocurre en el mundo a los demás, pero nunca a sí mismo. ¡Cuántos gastan gran parte de su energía en culpar a los demás, sin dirigir primero la mirada sobre ellos mismos! Empezar por uno mismo, eso es lo que deberíamos hacer todos desde el primer momento. Pero nos hemos acostumbrado a que todo lo paguen el esfuerzo y el trabajo de los otros, y no el nuestro propio.

Ninguna estructura social puede funcionar en parte alguna del mundo – continúa este gran director de cine – si no arraiga en cada individuo singular. Por eso resulta de extrema importancia restablecer la participación del hombre en su propio futuro, conseguir que éste vuelva a creer en su alma y en el sufrimiento de ésta, y que ligue su actuación a su propia conciencia. Estoy convencido de que todo intento de restablecer la armonía en el mundo sólo puede tener éxito a partir de la renovación de la responsabilidad individual. Y esto no lo haremos sin renovar nuestra actitud respecto a la fuerza que nos ha creado y que nos hace vivir».

A veces en un blog no hay que añadir nada más.

SEIS MESES / OCHO 1/2

Hace ahora cuarenta y tres años – en la mañana del 24 de febrero de 1965 – estuve en Roma con Federico Fellini que rodaba en aquel momento «Giuletta de los espíritus«. La entrevista con el célebre director italiano la recogí en mi libro

Diálogos con la cultura.

Se le ve que Fellini – escribí entonces -, recostado en este sillón, mira los exteriores del bosque donde Giulietta Masina está bajando del árbol, descendiendo de la casa de ramas, descubriendo con ojos de payaso el suelo. El despacho en que charlamos huele a bosque, el bosque huele a decorado, los decorados los clavan los carpinteros, a los carpinteros los pagan los productores. Huelen los productores a bosque, esperan en la sombra, con sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad, a que nosotros terminemos. Suena el teléfono. Fellini se levanta, habla, cuando vuelve dice que Giulietta de los espíritus quiere tenerla montada pasado mañana.

Ahora, el 25 de febrero de 2008 este blog Mi Siglo cumple sus seis meses de vida en el espacio. Vaya hoy, como recuerdo y homenaje al gran Fellini, la luminosa pasarella final de «Ocho y medio»  que ofrezco en este video:

LA ERA DE LA SOSPECHA

Indudablemente la característica esencial de la imagen es su presencia. Así como la literatura dispone de toda una gama de tiempos gramaticales, que permite situar los acontecimientos unos con relación a los otros, puede decirse que en la imagen los verbos están siempre en presente (lo que hace tan raras y tan falsas estas «películas contadas» de las publicaciones especializadas, en las que se restablece el pretérito indefinido, ¡tan caro a la novela clásica!) : es evidente que lo que uno ve en la pantalla está sucediendo; lo que se nos da es la acción misma, y no un reportaje sobre ella.
Estas palabras pertenecen a la Introducción que Alain Robbe-Grillet escribió para presentar el guión de El año pasado en Marienbad, película a la que me referí ayer en Mi Siglo. De todas las reacciones dispares suscitadas en Francia ante la muerte de este escritor, sin duda la de mayor interés es la de Claude Sarraute, hija de la novelista Nathalie Sarraute, la autora de La era del recelo (Guadarrama). Culpa a Robbe-Grillet de apoderarse de cuanto había ya inventado su madre.
Indudablemente, la «nueva novela» – el debatido «nouveau roman» de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta en Francia – es cosa pasada. La simple presencia de los objetos, la «escuela de la mirada«, la descripción de un mundo objetivo donde el hombre no es más que un objeto entre otros, un presente eterno y neutro tomado a cámara lenta, el riesgo de la monotonía, el ojo y la oreja del lector-auditor en ese intento de «nueva novela», todo eso no dejó demasiada huella. La era del recelo se extendió sobre las conversaciones y subconversaciones que Nathalie Sarraute había estudiado y ahora, al cabo de los años, la cabeza de ese recelo gira y se enrosca sobre los mismos que hablaron de ella, asuntos muy franceses, demasiado franceses, que poco eco han tenido después en el curso y el devenir de la novela moderna.
(Pero la actualidad nos trae precisamente de nuevo a Alain Resnais, el director de Marienbad, que en 2006 dirigió la aquí llamada Asuntos privados en lugares públicos, su última película).

CÓMO SE VENDE UN CANDIDATO

– Tiene que surgir como una persona con una dimensión de una magnitud superior a la misma vida – me dice a gritos McGinniss a mi lado, contemplando al candidato aclamado por la multitud -, que esté adornado con el bagaje de la leyenda. El público, ¿sabe usted?, se conmueve con la leyenda, comprendida la leyenda viviente, no con el mero hombre. Es la aureola que rodea al personaje mravilloso más que el propio personaje, lo que atrae a los seguidores. Nuestra tarea es forjar esta aureola. La atención engendra atención. Personas que no prestarían atención a algo que presenciaran en la calle la prestarán y sostenida si ven a una multitud congregada para presenciarlo. La gente suspira ante las estrellas de cine al verlas de cerca no porque ellas sean inherentemente más interesantes que el vecino, sino porque son un foco de la atención pública, de adulación. Son acontecimientos, sucesos, instituciones, leyendas: ver la leyenda en carne y hueso. Algo que podrán contar a sus vecinos.
(Los vítores y aplausos casi no me dejan oir las palabras de McGinniss, de pie, gritando en mi oído).
Vamos a brindar ideales – me sigue diciendo este periodista americano -; la gente aspira a tenerlos, los ideales son algo con lo que las personas anhelan ser identificados (sin perjuicio de que no vivan para estos ideales, gustan pensar que lo hacen).
Representar, simbolizar el mejor, el más noble.
Alejarse, romper las cadenas de la lógica linear: presentar un fuego graneado de impresiones, de actitudes. Interrumpirse a media frase y saltar a otro tema a un mundo de distancia, que marcha tangencialmente hacia lo que se hablaba. Envolver al auditorio en un caleidoscopio de impresiones; esto es tridimensional. Ésta puede ser la clave: envolver, cautivar a la audencia, atraerla, entrelazarla, enredarla en mallas. Lo que debemos fraguar – dice McGinniss – es tridimensional.
(Me doy cuenta de que estoy en 1968, en la campaña de Nixon, rodeado de banderas y de gritos, acompañado por Joe McGinniss, el autor de Cómo se vende un presidente. ¿O estoy en 2008, atrapado por la multitud que unas veces aclama a los demócratas y otras a los republicanos? No sé dónde estoy. El eco del tiempo es el mismo, porque McGinniss ha conseguido introducirse en los equipos de relaciones públicas y publicidad de Nixon ( y no como reportero ni como inflitrado), y permanece dentro de la campaña para realizar este asombroso reportaje que marcará una época en el Nuevo Periodismo y que será elogiado por Tom Wolfe).
(Pero de repente pienso en otra pieza célebre de ese Nuevo Periodismo, Todos los hombres del Presidente (El escándalo Watergate) y veo a Bernstein y a Woodward saliendo deprisa del «Washington Post«, cruzándose en la calle con Robert Redford y Dustin Hoffman y cerrando otra etapa histórica de Norteamérica). (El tiempo me juega estas malas pasadas. El eco del tiempo trae desde las tribunas vítores y promesas enfebrecidos. El círculo de los aplausos congrega a las banderas. Yo voy bajando luego los escalones hacia la calle, ahora que cae la noche y está entrando – parece – un aroma de libertad).

EL NADADOR


He vuelto a leer El nadador de John Cheever. Me he tirado de cabeza en el relato del gran escritor norteamericano y he seguido las brazadas que daba Neddy Merrill desde la piscina de los Westerhazy hasta la de los Clyde. Me he olvidado un poco de la película de Burt Lancaster en 1968 cuando el filme perseguía a la literatura y he cruzado todo el condado nadando, atravesando las edades, atravesando las fatigas, el agua rodeándome los brazos y olvidándome a cada movimiento de lo que ocurrió ayer, nadando hacia el futuro. «Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro – me iba diciendo Cheever conforme nadaba -, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría». He cruzado la piscina de los Bunker y la piscina pública de Lancaster. Otro novelista americano, Nelson Algren, nadando a mi lado, me decía entre brazada y brazada: » Cheever es el único escritor norteamericano del que puedo leer un relato en el New Yorker sin tener que pasar las hojas para identificar al autor».
Es verdad. Le veo nadar a Cheever – es decir, escribir sus Relatos (Planeta) -y le oigo decir en el agua que la literatura debe agrandarnos y no disminuirnos. No debe rebajarnos al nivel de un cenicero de colillas. «Camino de casa de los Clyde – cuenta El nadador -se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en las piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido».
Allí nos despedimos. Aún me dijo Cheever antes de terminar: «Yo esperaba que los ríos de mi infancia, plagados de truchas, se verían un día inundados de latas de conserva mohosas y que los prados se cubrirían de casas. Esperaba incluso a verme parcialmente aislado de nuestra herencia moral y ética. Pero los absurdos de la vida moderna me dejan desarmado. No obstante, me parece también que esas latas de conserva, esas autopistas, esos conjuntos inmobiliarios deprimentes no son los restos de una civilización decadente sino las avanzadillas y las primeras fortificaciones de una civilización que ahora nos corresponde construir».
Y de nuevo Cheever estiró los brazos, trazó una larga curva en el aire y se arrojó de cabeza a la piscina.

EL MISTERIO PICASSO

Cuando Picasso pinta un pájaro su mano traza el ojo que nos mira, ese ojo del animal sorprendido al ver que estamos entrando en el sagrado recinto de la creación. En el verano de 1955 el director de cine Henri- Georges Clouzot logró que Picasso accediera a pintar bajo los focos, rodeado de cámaras, técnicos y ayudantes, yendo y viniendo con su pequeño cuerpo bronceado, desnudo de cintura para arriba, la mirada fija en el trazo seguro e inesperado, el pulso firme sobre los cuernos de un toro o sobre el cálido plumón de una paloma que con sólo un rasgo rápido y preciso se transformaba en la mejilla de una mujer.
Clouzot, el director de Las Diabólicas, filmó su documento en los estudios cinematográficos de Niza bajo un calor, se dijo, «que hacía que el sol de afuera pareciera el de Islandia» y consiguió recoger el proceso de creación del pintor gracias a filmar los dibujos por la parte de atrás de un papel absorbente a través del cual las tintas de colores penetraban en el acto, con la ventaja de que la mano de Picasso no ocultaba su trabajo. Una vez trazada, cada línea parecía correcta e inevitable y daba la sensación – como ha dicho Penrose – de que ya estaba allí, pero que era invisible a todos salvo al artista.
En este documento fílmico excepcional, «Le mystère Picasso» – con música de Georges Auric y con montaje de Henri Colpi, que se estrenó en 1956 -, vemos el lápiz del pintor siguiendo a su ojo, el ojo dirigiendo a su mano, y mano y ojo descubriendo lo que hay en la mente, un misterio impenetrable, similar misterio al que existía en la cabeza de Leonardo o de Mozart. Pero, ¿qué cámara puede entrar en las secretas estancias cerebrales y sensoriales de un músico? Se ha dicho que Clouzot debería haber usado un microscopio metafísico de insólita potencia que actuara fuera de los límites de tiempo y espacio y haber dejado a un lado la cámara. Ese microscopio, por ahora, no existe. Vemos ir y venir al pintor, adentrarse en la blanca creación de un lienzo que parece cristal, un cristal que parece papel, un papel desde el que nos mira un pájaro, un pájaro con su ojo sorprendido como si nos preguntara qué hacemos allí, cómo nos hemos atrevido a entrar en el sagrado recinto de la creación.

2008

En la memorable película de Theo Angelopoulos » La eternidad y un día«, un poeta va comprando palabras a todos aquellos que las venden, y adquiere así por unas pocas monedas la palabra cielo, y la palabra perfume, y la palabra olvido. Ahora que está a punto de llegar la gran esfera del misterio, un nuevo año cargado de paisajes y de conversaciones, rostros que conoceremos, penas y gozos, encuentros, despedidas, aquel proyecto hecho realidad y la última sonrisa que esperábamos, las palabras futuras se nos ofrecen aún sin abrir y será al rodar el mundo por los días del tiempo como la caja de las sorpresas nos mostrará el secreto.
«¿Cuánto dura el mañana?», pregunta en la película el escritor Aléxandros.
La respuesta la trae escondida el Año Nuevo.

COLOQUIO CON LA MADRE

A veces no hay que decir mucho más en este blog. Subir por una calle muy empinada de Agrigento, en Sicilia, y entrar por las imágenes de los hermanos Taviani a través de su película Kaos hasta «la villa del caos«, entre Agrigento y Puerto Empédocles, en donde nació Luigi Pirandello un día de junio de 1867. Allí, en lo profundo de un viejo caserón, la madre del gran dramaturgo espera a su famoso hijo para contarle una vez más la historia que él no consiguió escribir, una historia de velas y de música, el azul del mar, la infancia, una isla inesperada y los recuerdos dejándose caer hasta la orilla del baño.
«La fachada de la vieja mansión expuesta a los vientos y a la lluvia, melancólica en su humedad, y abajo, la callejuela negra y desierta, iluminada solamente por un débil farol», será una de las obsesiones de Pirandello. Los seis personajes en busca del pasado hablan dentro del cerebro del dramaturgo y el dramaturgo hecho hijo habla a su vez con esta madre solitaria que rememora todo lo que ocurrió con una suave sonrisa. Este «Epílogo» de los hermanos Taviani es un prodigio de delicadeza dentro de la gran película y esa madre aconseja tal como Pirandello aconsejó a su hijo mayor cuando intentaba ser escritor: «No querría que te descorazonaras de escribir -le dice en sus cartas-. Nunca te encierres en ti demasiado. Una cosa es hablar con nosotros y otra hablar a los demás. Y es preciso aprender a hablar a los demás tal como hablamos con nosotros. Y es esto tan difícil que frecuentemente nos causa desesperación. No te cierres, pues, demasiado dentro de ti».
Así le habla Pirandello a su hijo y así parece escuchar Pirandello a su madre en esa casa de recuerdos del Agrigento.

"NOSTHALGIA"

Casi al fnal de la gran película «Nosthalgia» de Tarkovski, un hombre intenta proteger la llama de su vela encendida atravesando el agua con enorme cuidado, amparando la luz del menor vientecillo, cobijando en el cuenco de su mano ese pálpito luminoso, la idea interior, sus convicciones, la pequeña lengua dorada que crece iluminando su vida. Es una secuencia memorable. Al hombre, una levísima ráfaga de viento, apenas un soplo, le arrebata la luz, la devora, y en una imagen de admirable belleza el hombre vuelve atrás decidido, y retornando al punto de partida, recomienza otra vez su peregrinación. Enciende su vela por segunda vez y recorre de nuevo lentamente el pasillo del agua, el agua estancada de las costumbres y de las tentaciones, sus pantalones avanzan mientras se empapan de húmedas distracciones, sus manos – ahora las dos – cubriendo el cuerpo de la llama. Aún se apaga la vela por tercera vez y es la tenacidad del hombre la que vemos en la pantalla, en la vida, la tenacidad de una existencia que recomienza impasible con el chasquido de su voluntad encendiendo la vela nuevamente y floreciendo la llama diminuta, una llama tan frágil que las manos y los ojos y el corazón la protegen y cubren mientras vuelve a avanzar muy despacio, casi temblorosamente, en un prodigio de inestabilidad, en un ejercicio de inaudito equilibrismo sobre las aguas.
Eso hace Tarkovski en esta película ejemplar. Es lo que vemos siempre, cuando al final del recorrido de una existencia colmada, tan atraída por todas las nostalgias, nos asombra que siga intacta esta vela encendida que ya está a punto de ser apagada.

HACER COMPRENDER, HACER SENTIR, HACER VER (2)

Y para celebrar también estos tres meses de blog que se cumplen mañana he invitado a ver conmigo «Apocalypse Now» al mismo Conrad. Sentado en su butaca ha mirado de reojo la película y luego hemos hablado de su prólogo a El negro del «Narcissus«. Hay que tener – me ha aconsejado sobre el quehacer artístico – un esfuerzo sincero para llevar a cabo esta obra creadora, para caminar por esta vía todo lo lejos que sus fuerzas le permitan, sin dejarse abatir por las vacilaciones, el cansancio o los reproches, es la única justificación valedera del que trabaja en una obra de imaginación. Y a aquellos – ha continuado – que, en la plenitud de una sabiduría que busca un provecho inmediato, exigen que se les consuele, divierta o dé ejemplo, cuando no que se les mejore, anime, asuste, violente o deleite sin demora, deberá, si es de conciencia clara, responder lo siguiente: «El fin que me esfuerzo por alcanzar, sin otra ayuda que la palabra escrita, es haceros comprender, haceros sentir y, ante todo, haceros ver. Esto, y sólo esto; simplemente. Si lo consigo, aquí encontraréis, con arreglo a vuestros merecimientos, ánimo, consuelo, terror, deleite, todo lo que puede complaceros, y acaso también ese atisbo de la verdad que olvidásteis reclamar».

Después, al salir, le he preguntado por Coppola pero aún no he conseguido adivinar si le gustó la película.

HACER COMPRENDER, HACER SENTIR, HACER VER (1)


Para celebrar los tres meses de este blog que se cumplen mañana me ha acompañado esta tarde la mirada del coronel Kurtz al final del río de lecturas y cine, corriente arriba en una patrullera, dejando atrás la Caballería Aérea con su carga de aspas y de espuma en «La cabalgata de las Walquirias», mi habitación oliendo a humo, fuego y gasolina.
He visto la película de Coppola una vez más, los helicópteros coronando el sofá, bengalas, gritos y disparos que llegaban del pasillo «y sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror…de una intensa e irredimible desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: «¡Ah, el horror! ¡ El horror! «.

SOLARIS

Veo «Solaris«, la célebre película de Tarkovski basada en la novela de Stanislav Lem. Sigo los lentos remolinos azules del cerebro humano, las masas grises de la memoria que se desplazan hacia olas infinitas, islas del recuerdo que son mecidas por el «Preludio coral en fa menor» de Bach. Tarkovski confesó que no le interesaba la ciencia-ficción, que hubiera querido prescindir de aquellas naves espaciales. La zona – lo que más le atraía- es la vida que el hombre debe atravesar y en la que sucumbe o aguanta. La zona es ese océano que llevamos dentro de la cabeza, debajo del cráneo, con las tormentas escondidas, las aguas revueltas y los picos espumosos de locura y razón. «Que el hombre resista – dijo Tarkovski- depende tan sólo de la conciencia que tenga en su propio valor, de su capacidad de distinguir lo sustancial de lo accidental».
Estas secuencias rodadas en círculo en esta película mental, en este film inquietante, nos envuelven hasta desconcertarnos, como siempre nos desconcierta ese hombre mudo que nos mira en un transporte público, que nos tiende la mano en un almuerzo, que se une a nosotros en un ascensor. No llegaremos nunca a su zona porque ella está velada por su piel, por sus ojos y por sus párpados. Ni él mismo llega a su zona más íntima porque no conoce realmente quién es. Se asombraría al ver cuántos remolinos verdes y azules pueden moverse dentro de su memoria y cuánto podría filmar Tarkovski si, mecido por Bach, buceara en el planeta de su interior.

BALLET DE MEDUSAS

Catedrales de seda flotante -me dice Valéry prestándome los prismáticos-, ¿usted las ve?, fíjese bien en esas largas cintas vivas recorridas enteras por rápidas ondulaciones, por flecos y frunces que ellas pliegan y despliegan mientras se giran, se deforman, vuelan, fluidas como el fluido continuo que las aprieta y se pega a ellas y las sujeta por todas partes, hace hueco a su menor inflexión, y pasa a ocupar sus formas. Ahí, en la plenitud incomprensible del agua que parece no oponerles resistencia, esas criaturas disponen del ideal de la movilidad, y despliegan y repliegan su simetría radiante. Nada de suelo, nada de sólido para esas bailarinas absolutas; nada de tablas; sino un medio donde apoyarse en todos sus puntos, que ceden hacia donde se quiere. Nada de sólido, tampoco, en sus cuerpos de cristal elástico, nada de huesos, nada de articulaciones, ni vínculos invariables, ni segmentos que se pudiera contar…
Estamos en un acuario viendo moverse a las medusas. ¿O estamos en un teatro viendo danzar a las bailarinas de Degas? A veces, con los prismáticos, no sé dónde estoy. Quizá me encuentre en un museo, ante un cuadro de Degas que parece un ballet, ballet que a su vez parece un acuario en donde las medusas danzan. Llaman la atención ahora por la brillante luminiscencia de su pintura, por la luz fría de las blancas faldas que no centellean en el acuario, por el número de cambios trenzados cruzando el escenario. La virtuosidad, la resistencia física de estas bailarinas flotando en aguas superficiales, es atraída por el viento que intenta arrastrarlas en giros y vueltas y las faldas son a veces violetas y otras amarillas, la movilidad espacial las acerca al cine y yo tomo otra vez los prismáticos para ver las campanas de estos cabellos de medusas y seguir el color de este cuadro que está dentro del escenario, escenario que está dentro del agua.
La correspondencia de las artes es así. No sólo la pintura enlaza con la poesía y ésta a su vez se une con la música. Nunca sabemos dónde estamos. Mirando un paisaje decimos, por ejemplo: «parece un cuadro», mirando un cuadro nos asombra que supere a un paisaje, mirando a esta bailarina nos atrapa de pronto la medusa que nos lleva a Degas.

ARTE Y DINERO

Decía Paul  Auster  hablando de Antonioni y de Bergman al comentar sus muertes, «que habría sido trágico que hubieran empezado a dirigir ahora porque nadie habría financiado sus películas (…) Ahora nadie se atreve realizar cine como arte. Todo está inspirado por el deseo de hacer más y más dinero. El dinero lo ha contaminado todo, incluido el arte, que se ha convertido en una simple mercancía. La mayoría de las películas se realiza sólo por eso; no para explorar el mundo, sino para entretener a la gente dos horas y ganar tanto como sea posible».
Habría que añadir la pregunta sobre si algun editor se interesaría hoy por Kafka o por «La muerte de Virgilio» de Hermann Broch, ese cántico a la lentitud de la escena clásica, el ritmo de las palas en el agua, el ir y venir de los recuerdos. ¿Alguien editaría hoy a Proust?. Camus dice que todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. ¿Muchos releen  hoy?  También  Auster señaló  que a Shakespeare se le lee y relee. «Se puede pensar que ya está todo dicho sobre Shakespeare, pero es todo lo contrario: Shakespeare es inagotable. (…) Un cuadro genial no sufre ningun desgaste. Un buen libro no sufre ningun desgaste. Nunca se logra alcanzar el meollo. Esa es la razón por la que el libro puede ser una fuente de energía y representar una especie de reto durante siglos».
Pero vivimos en la época del entretenimiento, las dos horas de superficialidad en la penumbra de un cine, el libro fácil y «encantador» (en el sentido de que «encante» a los  sentimientos), el libro o la película que no plantee la exploración del mundo sino tan sólo que invite a  un paseo agradable y sin preguntas, con un ritmo rápido que  -sobre todo, en el caso del cine – no deje tiempo para digerir e interiorizar.
«Lo más interesante sobre los libros -terminaba Auster– es que, probablemente, sean el escenario más íntimo donde la conciencia humana se puede expresar y encontrar».
Hay que recordar todo esto cuando se miran a lo lejos esas grandes superficies de las aguas que vienen ya anunciando el otoño,  las  cubiertas de  novedades del próximo año , las grandes superficies de los títulos. Unos nos van a interesar, otros nos van a divertir, otros nos van a entretener. ¿Alguno nos llevará a pensar?
(Imágenes: «Blow-Up» de Antonioni (1966) / Paul Auster en Central Park.-sine.edu)