«En realidad, Sevilla entera, con sus numerosas cruces e imágenes en la via publica, con los cortejos procesionales que la surcaban – cuenta Antonio Dominguez Ortiz al estudiar la ciudad de hace cuatro siglos, la Sevilla del siglo XVll -, era como un inmenso templo, en especial, en las ocasiones solemnes, de las que todavía es hoy ejemplo único su Semana Santa. Ya en el siglo anterior existían la mayoría de las cofradías que hacía estación en el XVll, y solo aparece en éste alguna que otra nueva: la de las Tres Caídas, fundada por los cocheros, la Expiración de Triana y el Desprecio de Herodes, pero fueron bastantes las que se fundieron o reorganizaron, como la del Calvario, que primitivamente había sido de mulatos. La orden dada en el sínodo de 1604 de que todas hicieran estación en la catedral, contribuyó mucho a regularizar sus desfiles, que antes se hacían de forma un tanto anárquica (…) Sabemos que había gran variedad de cofradías; que algunas se distinguían por su recogimiento, mientras que algunas otras, como la de las Negaciones de San Pedro, que entonces sacaban los estudiantes, no estaban exentas de jolgorio y travesuras juveniles.
¿Se cantaban entonces saetas? Probablemente sí, aunque no en las procesiones de Semana Santa, sino durante las misiones, que en aquella centuria adquirieron auge extraordinario; famosas fueron, por ejemplo, las que dio en Sevilla el jesuita Tirso González; la de 1672 la dedicó a la conversion de los musulmanes que, como esclavos o moros libres, vivían en la ciudad. Se celebró en la Casa Profesa, y fueron tantos los que acudieron que los moros no cabían en el patio y corredores ni las moras en la iglesia. La aristocracia sevillana colaboró de forma increíble: caballeros y señoras los acompañaban a los sermones (…) La saeta antigua (como las coplas de campanilleros) eran unas exhortaciones versificadas, breves y punzantes, como dardos o saetas, dirigidas al devoto y al pecador (…) Y precisamente fue en Sevilla (1683) donde el mercedario fray Gabriel de Santa María publicó su Predicador apostólico, donde aduce ejemplos de saetas misionales».
(Imágenes.- 1.-Julio Romero de Torres– 1918/ 2.-cantando una saeta- Wikipedia)






Paseo por este Retiro madrileño de hoy, descendiente de aquel Buen Retiro de tantos espectáculos y acontecimientos. Avenidas desiertas bajo los árboles, soledad de paisajes que guardan aquí, cerca del Casón (que fuera pabellón de fiestas de aquel Palacio) el brillo de los maravedís que se gastaron, el sonido de las pompas, danzas, justas, reuniones literarias, comedias, banquetes y corridas de toros de aquellos carnavales de 1637. El 15 de febrero de aquel año – cuentan Jonathan Brown y J.H. Elliott («Un Palacio para el Rey«) (Alianza) –Felipe lV (que había participado en un banquete en casa del banquero genovés Carlos Strata en su casa de la Carrera de San Jerónimo) acompañado por el Conde Duque de Olivares se encaminó al Retiro a a la luz de las antorchas. Quince cuadrillas de jinetes, vestidos de negro y plata, entraron en el coso a los acordes de la música; luego hizo su entrada el rey, también de negro y plata, y los jinetes se dividieron en dos grupos, uno encabezado por el rey y otro por Olivares. En este momento hicieron su aparición en el coso dos carros triunfales que arrastraban bueyes disfrazados de rinocerontes, situándose uno a cada lado del palco de la reina. Las diversiones prosiguieron durante tres horas y el coste de aquella fiesta ascendió a 70.000 ducados.

