LA TRAVESÍA DE LOS JARDINES

paisajes-4fgtty-Emil Nolde

«En nosotros erige sus cumbres la llanura. Revela el atardecer que nos llena los ojos de una luz dulce. Su diseño – su aliento – cerca la cabaña donde el horizonte viene a perfilarse: este es nuestro umbral, nuestra alma, nuestro diario de a bordo. Calor y sombra se alejan. La línea de fuga, como bloques de una bella base despliega su amplitud. A ella ascendemos, al pájaro friolero que descifra el azul, pasa las páginas de un libro límpido.

El libro del cielo, la ofrenda océana para quien sondea y es sondeado. Un dios compartido, un dios que abre la vía al encanto sin salidas.»

Liane Nimrod.-«La travesía de los jardines» (Tchad, 1959)

paisajes- dfln- Ed Mell

(Imágenes.-1.-Emil Nolde/ 2.-Ed Mell)

¿CREES QUE TÚ MISMA PUEDES ESCRIBIR UN LIBRO?

escritores.-tyhh.-Karen Blixen.-Isak Dinesen.-1920

«Entre los somalíes, entre los masai – así se lee en la entrevista a Isak Dinesen que recogió «The Paris Review»  -, la baronesa fue una gran doctora, una cazadora merecedora del título de «Reina Leona»  pero a quien se sospechaba incapaz de escribir un libro. La duda era dirigida por su joven criado Kamante:

«- Msabu, ¿crees que tú misma puedes escribir un libro?

Le respondí que no lo sabía.

Para figurarse una conversación con Kamante hay que imaginarse una pausa larga y grávida antes de cada frase, como si tuviera una profunda

responsabilidad. Todos los nativos son maestros en el arte de las pausas y de este modo dan perspectiva a una discusión. Kamante hizo una pausa así,  y luego dijo:

– Yo no lo creo.

escritores,.44fvv.-Isak Dinesen -Karen Blixen y Kamante.-artnet

Yo no tenía a nadie con quien hablar de mi libro: así que dejé a un lado mi papel y le pregunté por qué no. Descubrí que había estado pensando en aquella conversación previamente y que se había preparado para ella; tenía detrás suyo la mismísima Odisea y la depositó sobre la mesa.

– Mira, Msabu, éste es un buen libro. Está unido de un extremo a otro. Hasta si lo levantas y lo sacudes con fuerza no se hace pedazos. El hombre que lo ha escrito es muy listo. Pero lo que escribes – prosiguió con una mezcla de desprecio y de amable compasión – está un poco ahí y otro poco allá. Cuando la gente se olvida de cerrar la puerta, el viento lo mueve, se cae al suelo y entonces te enfadas. No será un buen libro.

Le expliqué que en Europa lo juntarían todo».

«De lo que Kamante verdaderamente dudaba es de que un blanco pudiera crear una narrativa como la propia, oral, con la complicidad del viento».

escritores.-ttb.-Peter Beard sobre Karen Blixen,-. artnet

«Todo se convertía en un pretexto para inventar una historia – decía de Karen Blixen su sobrina Ingeborg, y así lo relata Sandra Petrignani en «La escritora vive aquí» (Siruela) – . Y siempre era muy clara y precisa. Nunca aburrida. Una mujer especial, yo la adoraba. Tenía unos ojos muy oscuros, muy bonitos. Le venían de su madre. Sus estados de ánimo me sorprendían, pero no los temía como les sucedía a casi todos. Era sarcástica, y si se aburría, se convertía en una hiena. «Diviérteme, dime todo lo que ha pasado. ¿Has estado en alguna fiesta? ¿Quién estaba? ¿De qué habéis hablado? ¿Quién estaba sentado a tu lado? No podías responder de manera vaga o distraída. Ella quería todos los detalles. Pero todo ese interés hacía que te sintieras importante.(…) Uno de los criados a quien más cariño cogió en África, Kamante, resultó ser cocinero original y de gran clase».

Isak Dinesen.-rdvv,.Peter Beard.-Fahey.-Klein Gallery.-artnet

«Los leones – decía -, cuyo rugido es como «el tronar de los rifles en la oscuridad«, se convertirían para ella en el símbolo del físico perfecto. En «Memorias de África» mira fascinada sus cuerpos desollados: «ni una sola partícula de grasa superflua«, sólo músculos tensos y potentes. «Elegantes hasta los huesos». Y sobre los elefantes escribió en «Daguerrotipos«: «es fútil preguntarse para qué sirve un elefante: se cumple en sí mismo, con su cola delante y detrás».

«En realidad – le había respondido ya a Clara Svendsen en una entrevista – tengo tres mil años, y he cenado con Sócrates«, como ya hace tiempo recordé  en Mi Siglo.

(Imágenes.-1.- Karen Blixen.-1920.-caribarao.org/ 2.-Karen Blixen y Kamante.-artnet/ 3 y 4.- Peter Beard.-artnet) Peter Beard.-Fahey/ Klein Gallery.-artnet)

DE MAPAS Y DE HOMBRES

«Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo – escribe Borges en «El Hacedor» – . A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara».

Desde las calzadas romanas al itinerario del siglo Xlll de Londres a Roma, hecho por Matteo de Paris, y hasta el plano de los trenes subterráneos, las arrugas, las vetas y los surcos de todos los cansancios de los hombres presentan su cartografía peculiar, aquellas conversaciones olvidadas, aquellas vigilias transidas de disgustos, las risas, las sonrisas, el peso del sol en los atardeceres, las alegrías, las luchas y las penas.
También los países se miran en el espejo de la Historia. Y el itinerario de sus rencillas, los signos y direccciones de sus costumbres, los viajes de batallas ganadas o perdidas y las latitudes y longitudes en un firmamento de siglos, transforman poco a poco el mapa de las naciones, las alargan, las ensanchan, las consumen, las incendian, las levantan en armas y a veces incluso las destruyen.

“No hay que desdeñar la geografía, quizás no sea menos importante que la psicología«, decía también Borges en otro de sus escritos. La geografía del rostro, todas esas curvas de nivel que el topógrafo sigue atentamente sobre la piel, los accidentes superficiales en las comisuras de los labios, las pequeñas arrugas orillando los ojos, las exploraciones que seguirá el navegante para llegar a su destino, aparecen a la vez en los mapas de los hombres y de los países, cartas que levantan acta de las vicisitudes de la vida, planos que marcan las» distancias» que hemos vivido y cuantas «distancias» aún – pocas o muchas –  nos quedan por recorrer y vivir.

(Imágenes:-1.-Holbein- Fernando Vicente Sánchez.-bigthink. com/2.-Massai.-Fernando Vicente Sánchez.-bigthink.com/ 3.-Otto Schade.-Conflictos internos.-graffiti en Madre Bar Old Street en Londres.- bigthink/4.-bestiario -Fernando Vicente Sánchez.-bigthink/ 5.-mapas en el cielo -bigthink)

«MEMORIAS DE ÁFRICA» : 25 AÑOS

Se cumplen ahora 25 años de la película «Memorias de África« y copio aquí mi reciente artículo en Alenarterevista sobre Isak Dinesen:

Quizá la imagen más representativa de la baronesa Blixen – Isak Dinesen – sea aquella que vimos en la película “Memorias de África” cuando cordiales acompañantes de la fascinante mujer le proponían – en el aire nocturno, a los pies de las fogatas y junto a una tienda de campaña, o en el amable ambiente de una cena – que prosiguiera los arabescos de un cuento creado con una sola palabra, suscitado por un único vocablo: es decir, que la escritora ejerciera su capacidad de fabulación, las mil y una noches inventadas de un relato que recorría el mundo de la fantasía, frases eslabonadas de un texto insospechado.

Quedaban los asistentes atónitos al escucharla, como quedamos asombrados los lectores cuando nos adentramos en sus “Siete cuentos góticos”, publicado en 1934, en sus “Cuentos de invierno”, en “Ehrengard”, en “El festín de Babette”, en “Carnaval” o en “Ultimos cuentos”. Hemingway, al recibir el Premio Nobel, señaló que ese galardón debía haber sido adjudicado a Isak Dinesen, y lo cierto es que su capacidad de invención permitía que sobresaliera de su prosa esa gran pregunta que los niños y los mayores hacen – pero sobre todo los niños – :”Y entonces, ¿qué ocurrió?”, “Y después, ¿qué pasó?”. Porque siempre pasa algo en la vida, que eso es lo que más nos interesa, no sólo lo que está pasando sino lo que va a pasar, la escondida sucesión del presente que estamos viviendo, aquello que aún no ha llegado pero que ya nos espera en la esquina del día, la invención del más allá que sólo un narrador-poeta nos puede revelar

“La baronesa – la retrató Truman Capote -, que pesa como una pluma y es tan frágil como un puñado de conchas, recibe a sus visitantes en un salón amplio y resplandeciente, salpicado de perros dormidos y calentado por una chimenea y una estufa de porcelana; en el salón, como creación imponente surgida de uno de sus propios cuentos góticos, está sentada ella, cubierta de peludas pieles de lobo y tweeds británicos, con botas de piel, medias de lana en sus piernas, delgadas como los muslos de un hortelano, y frágiles bufandas color lila rodeando su redondo cuello, que un anillo sería capaz de abarcar”. Pero esta mujer en apariencia frágil es una escritora de acero. Cuando se le preguntaba si reescribía muchas veces sus cuentos, contestaba: “Oh, sí, lo hago. Es infernal. Una y otra y otra vez”. Es decir, el brote de la idea y su explosión creadora era retocada y pulida y despojada de cuanto no fuera esencial. “Pues sólo si uno es capaz de imaginar lo que ha ocurrido – decía -, de repetirlo en la imaginación, verá las historias, y sólo si tiene la paciencia de contárselas y volvérselas a contar, será capaz de contarlas bien”.

Por tanto esta moderna Sherezade no sólo lanzaba al aire la fabulación sino que en el aire mismo lograba la artesanía del oficio, habilidades de repetición y de corrección, el logro de una seducción conmovedora. Nacida en Dinamarca, en una casa a orillas del mar, a medio camino entre Copenhague y Elsinor, su vida en África– sus amores truncados, la enfermedad, sus experiencias en las plantaciones –  despertarían luego su fascinación imaginativa, la escala de una fantasía prodigiosa. Divertía, entretenía a sus oyentes: las grandes fogatas nocturnas para escucharla podían trasladarse a las pequeñas chimeneas de los despachos en lecturas sosegadas, a la quietud bajo un árbol exótico o al dormitar silencioso de una almohada. Lo importante en Isak Dinesen es ese collar de anécdotas que nos cuenta, la sorpresa que nace de la primera palabra sugerida, y cómo esa palabra llama a sus hermanas en las frases, las frases convocan a los párrafos y los párrafos, corriendo, se acumulan y se desgajan para extender el tapiz de una historia, ese tapiz nos eleva sobre la realidad y volamos de pronto encima de la literatura.

(Imágenes tomadas de Alenarterevista)

MI ABUELO, ÁFRICA, LA NOCHE

Es maravilloso vivir con mi abuelo, Premio Nobel, en nuestra casa.

   Lo he contado ya varias veces en Mi Siglo. Cuando recibió el Premio Nobel. Cuando explicó la vida de un párrafo. Cuando creó a la dama de las cerezas precoces.                                            

          Me he quedado tan pensativo en esta encrucijada del pasillo que apenas oigo a mi lado la voz de mi abuelo:

          –Juan, ¿pero qué haces aquí?

          No sé qué contestar.

          –Ven, te voy a enseñar algo.

          Me toma de la mano y me lleva –uno, dos, tres corredores, una, dos, tres galerías– hasta el nuevo cuarto que le han construido  para que pueda pensar mejor. 

          –Siéntate –me dice.

          Me siento entre redomas alambicadas como culebras de cristal, entre gases color de azafrán y de canela.

          –¿Estás ahí, abuelo? –le pregunto.

          Lo pregunto porque de repente ya no le veo.

          –Sí, claro que estoy aquí. ¿Dónde iba a estar?

          –No, es que no te veo. ¿Qué hacemos aquí?

          –Esperar a la noche –oigo la voz de Dante.

          Espero a la noche escuchando las tripas de las botellas hirviendo, el bullicio que arman las burbujas. El día se me hace muy largo porque no me veo la punta de los zapatos. Hay un olor a azufre, a amoníaco, a lejía ácida, pero eso es lo de menos. Lo que me preocupa es que no me veo la punta de los zapatos, pasan las horas y sigo sin verme la punta de los zapatos a causa de la niebla.

          –¿Hay que esperar mucho? –le pregunto a mi abuelo–. ¿Cuánto falta?

          La voz de mi abuelo viene de alguna parte, a lo mejor está delante de mí, no lo sé.

          –En los experimentos siempre hay que esperar –oigo su voz–. En los inventos siempre hay que esperar. En los descubrimientos siempre hay que esperar. Esperar. Esperar. Es muy importante esperar en la vida.

          Vuelvo a mirar hacia abajo, a ver si mientras espero consigo verme la punta de los zapatos. No. Nada. No los veo. Pero están ahí. Meto la mano entre la niebla y sí, ahí están los dos zapatos, uno en cada pie, eso es una realidad.

          Al fin, tras toda la espera, viene la noche.

          –Ahora, fíjate bien –me dice mi abuelo apartando las nubes de gases y de bruma.

          Hay un ventanal inmenso con el cielo duro y curvo, cuajado de estrellas. Nos acercamos lentamente a los continentes, a los países, a las ciudades. Lentamente los continentes, los países y las ciudades se acercan a nosotros.

          Entonces veo en las ciudades los rascacielos en la noche, primero iluminados, luego apagados.

          –Eso es Nueva York –me va explicando Dante.

          Veo a los hombres y a las mujeres tumbados, horizontales, cada uno en su cama. Hay millares, millones de cuerpos acostados, cada uno en su dormitorio, cada uno en su piso, todos los pisos de los rascacielos unos debajo de los otros, todos los cuerpos tendidos. Unos tienen colocada su cabeza a la derecha y los pies a la izquierda y otros han preferido colocar su cabeza a la izquierda y los pies a la derecha.

          Entonces, la ciudad va apagando todas sus ventanas, todos sus rascacielos, y los cuerpos de los dormidos también apagan poco a poco sus luces y se quedan inmóviles y horizontales, entregados al sueño.

          Excepto algunos.

          Sí, hay cuerpos que aún siguen encendidos.

          –¿Los ves? –me dice mi abuelo.

          Sí, sí que los veo. Hay uno allí, iluminado en su cama, en el piso 39 de un rascacielo de acero, queda otro cuerpo encendido en el piso 56 de un edificio de cristal, otros dos cerca de una azotea, en lo alto, no me imagino qué piso será.

          Pero voy descubriendo más. Muchos. Muchos más.

          –¡Mira, abuelo, aquel en aquella ventana! ¡Sigue con luz! –le señalo con el dedo– ¡Y aquel otro, abajo, ¿lo ves?, en aquella casa! –y le voy indicando los cuerpos iluminados por toda la ciudad– ¿Por qué no se apagan?.

          –Ahora los apago yo –me dice Dante.

          Alarga su mano y va dando a los interruptores de los cuerpos con luz. Toca suavemente en el cerebro de cada uno y le da vuelta a la llave del sueño. Todo se va apagando, todo duerme.

          –¿Pero por qué tardan tanto en apagarse? –pregunto.

          –Por preocupaciones, por disgustos –me va diciendo mi abuelo mientras sigue apagando los cuerpos–. No pueden dormir porque les dan vueltas y vueltas a las cosas y creen que pensando en ellas las van a resolver.

          Algunos se resisten.

          Dante Darnius les tiene que dar a algunos dos y tres vueltas a la llave y hacer girar varias veces el interruptor, con suavidad y sin hacerles daño, hasta que quedan a oscuras, totalmente dormidos.

          –Hay que hacerlo en el hipotálamo –me explica.

          No sé lo que es el hipotálamo. «Tiene nombre de caballo», pienso. «De caballo alado». ¿Es un caballo alado?

          –¿El hipotálamo es un caballo alado, abuelo? –me atrevo a preguntar.

          –El hipotálamo es una parte del cerebro y el cerebro es una parte del hombre –me dice Dante mientras sigue apagando los cuerpos.

          Me quedo maravillado ante esos cuerpos iluminados de cada edificio. Parecen vasijas transparentes conteniendo luz, irradiando luz como barras horizontales.

          –Se les desconecta el apetito, la sed, el comportamiento sexual –continúa explicándome mi abuelo conforme da a los interruptores.

          «¿El comportamiento sexual?», me digo pensativo.

          –Se les desconectan las sensaciones, el estímulo para despertar –sigue diciéndome Dante.

          –¿Y cuando ya están desconectados?

          –Cuando ya están desconectados, ¿ves?, como éste –dice girándole a uno la llave del sueño–, pues se quedan ya tranquilos, sosegados. Reposan.

          Ahora veo todo Nueva York a oscuras –edificios, calles, cuerpos. Toda la ciudad duerme. Casi podría oírse la respiración de la ciudad.

          Como mi abuelo ve que esta experiencia me gusta, la noche siguiente me llama a su cuarto.

          –Ven, hoy iremos a África.

          Enseguida nos vamos a África. Ya estamos en África.

          En África la noche es muy distinta. Hay una luna de color azul, de tinte de aceituna, una luna grande de tono violáceo o violeta, no lo sé muy bien. La veo encima de África como un disco y luego veo cómo se va posando poco a poco, horizontal, hasta transformarse en un lago. Entonces África se queda a oscuras porque la luna es una laguna a la que van a beber elefantes y jirafas y en donde nadan los cocodrilos.

          –Me gusta África –le digo a mi abuelo–. Sí, me está gustando mucho África.

          Lo que más me gusta de África son los colores. Hay un color verde oscuro, verde botella, verde esperanza en las ramas de los árboles y unas rayas de tiza tumbadas en los cuerpos de las cebras. Luego está el color de vino en los traseros de los  chimpancés y la plata en la melena de los leones.

          Y el silencio.

          Nunca he oído tanto silencio.

          –¿Oyes qué silencio, Juan? –me dice mi abuelo.

          ¡Es verdad, qué silencio!

          Mi abuelo, el escritor, pone su oreja sobre el cuerpo de África, yo le imito, y juntos oímos (como cuando se oye venir de lejos al tren, como cuando juego a escuchar en las vías) el rumor de los tambores avanzando, el tam‑tam de los latidos.

          –¡Cuántos corazones!, ¿eh, Juan? –me dice mi abuelo mirándome mientras escuchamos.

          –¡Sí, cuántos corazones!

          ¿Cuántos corazones habrá en África?

          Cuando nos levantamos, veo los cuerpos dormidos de los africanos. La noche va pasando y cerrando sus párpados.

          Y luciérnagas. Veo luciérnagas. Gusanos de luz.

          –¡Mira, abuelo, cuántas luciérnagas!

          Pero como en África las apariencias engañan, no sé bien si son estrellas o luciérnagas, si están reflejándose en el lago de la luna o es que son auténticas.

          –No son luciérnagas –me explica Dante–, son cuerpos encendidos.

          Efectivamente, son cuerpos encendidos. Africanos que no pueden dormir. Parecen gusanos de luz sobre los campos. Aquí no es como en Nueva York, no hay rascacielos. Los cuerpos forman el paisaje y cada uno está tumbado en una postura distinta. Parecen lombrices iluminadas junto a las chozas, en los poblados. O quizá pulseras brillantes. O ramas, sí, ramas de luz.

          Mi abuelo va apagando estos cuerpos encendidos en el silencio de África. Va pasando por entre el verde y el violáceo, aparta el malva de las montañas, separa las lianas amarillas y apaga, desconecta, deja que el sueño entre.

          Cuando nos tumbamos otra vez –mi abuelo y yo– con la oreja pegada al cuerpo de África, la oímos perfectamente dormir. Es una respiración potente la de este continente, suben y bajan con la respiración las cordilleras, las fieras, las cataratas, los penachos de plumas de los jefes de las tribus, se levantan en el aire las lanzas, retumban los tambores, sí, es una respiración potente la de África en el añil de la noche. Cuando África respira, incluso cuando ronca, los monos se encaraman en sus chillidos, las llamas de las hogueras ascienden, los caimanes se hunden en las aguas y se paralizan todas las danzas rituales, las máscaras, todas esas máscaras cruzadas de pinturas en la brujería de los bailes.

          ¡Sí, qué respiración tan oscura, tan profunda, tan fuerte la de África!

          Quizá por eso –por oír dormir a África o por apagar cuerpos en Nueva York– me gusta tanto el venir aquí a pasar grandes ratos al nuevo cuarto de mi abuelo, el Premio Nobel».

José Julio Perlado: ( del libro «Nosotros, los Darnius«) (relato inédito)

(Imágenes: 1.-África.-Christa Dichgans.-2007.-artnet/ 2.- foto: Andrew Henderson for The New York Times/ 3.- África.- Christa Dichgans.-2003.-artnet)

MALICK SIDIBÉ

Sibidé.-Publico.es

África, la música, la noche…Sibidé.-2 photoespaña

El amor, los pensamientos, ensoñaciones…sidibé.-55.-AFP

Una mirada, una nueva mirada…africa.-2.-por Christa Dichgans.-2002.-artnet

Una tierra…

A veces no hay que decir nada más.

(En recuerdo de Malick Sidibé, al que han galardonado con el Premio PHoto España 2009)

(Imágenes: 1. y 2:- fotografías de Sidibé/ 3.-Malick Sidibé en una imagen/.-4.-África.-por Christa Dichgans.-2002.-artnet)

BABEL A LAS NUEVE DE LA NOCHE


Sentado en Mi Siglo contemplo Babel a las nueve de la noche, cuando la sintonía del telediario me trae las primeras imágenes y escucho estas declaraciones de Rosa María Calaf, veterana corresponsal de Televisión Española en Asia: «En estas tres décadas se ha producido un deterioro del periodismo, sobre todo en televisión, ya que prima el impacto sobre lo que importa. Lo que más interesa ahora es la espectacularidad, que sirve para vender tragedias. Además, ha tenido lugar una auténtica revolución tecnológica, que ha propiciado cosas muy buenas, pero también que predomine la velocidad sobre los contenidos, aunque no se cuente nada. El principal riesgo de todo este proceso es que se construyen valores erróneos y, en el telediario, no se distingue entre los niños desnutridos de África y el contrato millonario de un futbolista. Como consecuencia, la gente se acostumbra a consumir sin pensar, lo que es muy grave porque se crea una sociedad descerebrada. Estamos creando una sociedad de consumidores, no de ciudadanos».

Sentado en Mi Siglo pienso en esa verdad sobre el periodismo actual: la primacía de la velocidad sobre los contenidos, algo que está transmitiendo no sólo la televisión sino cuantos instrumentos tecnológicos avanzan a velocidades múltiples, por ejemplo Internet, este milagro de la comunicación instantánea ante el que hay que preguntarse qué se comunica tan instantaneamente y qué contenidos y valores se transmiten cabalgando siempre sobre los lomos de la celeridad.

Sentado en Mi Siglo contemplo Babel a las nueve de la noche y recuerdo que escribí no hace mucho que nuestra pupila ve los telediarios y no los mira, los mira y no los comprende. A la pupila le falta muchas veces la comprensión, ese ponerse en lugar del otro, no recibir tan sólo sino aprehender imágenes y sonidos que nos desvelan lo que ese otro lleva dentro. A ese otro, en directo y mientras cenamos, le están acribillando con los ojos vendados ante un pelotón de fusilamiento. Hace años escribí en un libro: Ese hombre, como todos los hombres, va a morir; va a morir por primera y última vez. No me acostumbro a ello. Me lo repito continuamente. Aunque fuera en diferido, los disparos siempre son definitivos porque esa vida es única e irrepetible y el cuerpo de la venda cae doblado sin poderse sustituir. El asombro, sin embargo, nos tienta en la pantalla con el siguiente anuncio de líneas aerodinámicas de un automóvil. Nos tienen necesariamente que tentar con la sorpresa porque la publicidad sabe que nos estábamos quedando adormecidos con tanta muerte. Se nos sacude entonces con los objetos deslumbrantes ya que al parecer los sujetos repetitivos y sangrantes – quizá sólo por ser repetitivos – nos provocan sopor. Entonces pasa y vuelve a pasar el objeto iluminado y musical desde todos los ángulos insólitos y se deja ver, mirar, admirar cuantas veces sea necesario hasta que lo consumamos en vida antes de que la muerte llegue. Cuando la muerte llega de nuevo – ese tanque, por ejemplo, que está aplastando al niño inocente – no sabemos si ello es realidad o ficción, tan maquillada aparece la realidad con su disfraz de afeites. Exclamamos entonces, ¡qué horror! Pero estamos en el segundo plato y continuamos masticando nuestra cena de horrores. La vida sigue. («Necesidad del asombro» en «El artículo literario y periodístico» (Eiunsa).

Después me levanto de Mi Siglo porque ha acabado ya Babel a las nueve de la noche, la apago y me voy a dormir.

HABLAR COMO LA LLUVIA


Tenía una voz excepcionalmente grave y oscura, fantasmal, fuerte, irreal. Su acento en danés era casi arcaico, con las vocales abiertas y arrastradas del «viejo Copenhage«. Tenía una idea fija de lo que debía ser un cuento de Isak Dinesen, o una conversación, o una entrevista. Para un pequeño círculo de admiradores Karen Blixen se había convertido en el Viejo Marino, protagonista del famoso poema de Coleridge. Uno de sus invitados solía «darle pie» para que comenzara un cuento, y ella empezaba con su repertorio de gran dama, capaz de seguir y seguir sin una sola pausa y sin preocuparse de ponerse a la altura del que escuchaba. Otro de sus íntimos amigos decía estar dispuesto a echar una moneda a su contador y escuchar. A veces había en sus ojos una concentración total que casi asustaba, la mirada abstraída, en trance, viviendo totalmente en otro espacio y tiempo. Su hablar conpulsivo reflejaba su estado exaltado, estado de ensoñación, no plenamente consciente de dónde se encontraba.
Hablaba como la lluvia.
Convocaba a sus veladas a invitados imaginarios: a Shelley, a la emperatriz de China, a San Francisco.
Sí, hablaba como la lluvia.
En ocasiones era tan realista, tan abnegada y llena de recursos como la diosa china de la compasión y de la astucia femenina.
«Detesto la literatura – dijo -, y en especial la moderna. Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar el Príncipe Encantador en los libros».
A quien le entrevistó para The Paris Review (El Aleph), le dijo:
En África ya había aprendido a contar cuentos. Porque, ¿sabe?, tenía al público perfecto. Los blancos ya no escuchan los cuentos recitados. Se mueven inquietos o se quedan adormilados. Pero los nativos siguen teniendo oído. Les explicaba historias todo el tiempo, de todo tipo. Y toda clase de tonterías. Les decía: «Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas…» y enseguida tenían ganas de escuchar más. «¿Ah? Sí, pero memsahib, ¿cómo lo encontró?, y ¿cómo lograba alimentarlo?» o cualquier otra cosa. Les encantaban esas invenciones. Deleitaba a mi gente de allí hablando en verso para ellos; no tienen rima, ¿sabe?, no la habían descubierto. Yo decía cosas como: «Wakamba na kula mamba» («La tribu wakamba come serpientes»), que en prosa les habría enfurecido, pero que les divertía enormemente en verso. Y después me decían: «Por favor, memsahib, habla como la lluvia», así que entonces sabía que les había gustado, ya que la lluvia allí era algo muy valioso.
Estos son los cuentos de Isak Dinesen, cuentos góticos y cuentos últimos, cuentos barrocos y cuentos sorprendentes. Caen intermitentemente, palabra a palabra, y caen con la finura de la literatura oral, abren el espacio de los oyentes y dejan en el campo de la atención el olor de la lluvia.