VOY A IR DESPIDIÉNDOME…(2) DEL MAR

Voy a irme despidiéndome del mar. Hay tantos mares en España que mis manos los tienen que recorrer uno a uno.  Tengo las manos limpias, la piel tersa, sin manchas de ancianidad,mi madre siempre me decía que lo más bonito que yo tenía eran mis manos, y es verdad. Como han tenido la suerte de no tener que entrar nunca en las cocinas y han hecho pocos esfuerzos de cargamento, la piel y los dedos no presentan grietas,  quizá porque han trabajado únicamente sobre el papel durante muchos años;  entre mis dedos he ido transportando de aquí para allá mi pluma, escribiendo largos o cortos libros, y después las yemas de mis dedos se han ido acostumbrando a oprimir las teclas de la tecnología moderna como si de  pianos metálicos se tratase. Por eso saludo ahora al mar con estas mis manos, y luego, voy con ellas, y con los brazos y con todo el cuerpo, nadando y nadando, hasta abrazar al mar en el Norte de España, en Puerto de la Selva, en el Alto Ampurdán, en el lado norte del Cabo Creus.

Cuando me ve llegar, el mar se pone inmediatamente en pie, se levanta en sí mismo y con enorme  fiereza y también exquisita ternura me abraza  intensamente, como siempre lo ha hecho, pero esta vez quizá con una mayor delicadeza porque sabe que esto entre nosotros es una despedida. Él me cubre de algas y de gotas de espuma, me atrae hacia sí cubriéndome las manos y sobre todo los hombros de diminutos cangrejos multicolores y de pececillos igual que lenguas resbaladizas que se mezclan con hilos de medusas. Son los afectos del mar, algo inexpresable. Porque el mar es más alto que yo en cuanto se pone en pie, domina a las rocas y a Figueras, y a la ‘cala’ de Portaló, e incluso a la sierra de Rodas. Nunca he sabido dónde tiene  los pies el mar, ni si el mar tiene pies, pero no me importa. Me basta este abrazo intenso de los dos, empapados de agua, que yo no quisiera soltar nunca.

Entonces empezamos a nadar. El Mediterráneo nada muy bien, es un gran nadador. Su mar lanza muy suaves ondas conforme va avanzando en cada brazada. Nada a mi lado tranquilamente, rítmicamente, y mientras los dos vamos bajando lentamente  por los lindes de la Costa Brava, él me va narrando sus relaciones familiares, su  historia, de la que presume por su agua antigua, por la calidad de sus peces, por sus países y batallas. Yo le cuento mientras nadamos que tengo predilección por el mar Cantábrico porque allí frente al mar, en el cementerio de Getxo, reposa el cuerpo de un amigo mío del alma, un cuerpo que anduvo conmigo por toda Europa, que se rió, nos reímos, escribimos, trabajamos, vivimos la salud y la enfermedad de la vida, nos intercambiamos la amistad. El Mediterráneo, con sus grandes brazadas, me escucha y me dice que él suele ser un mar caliente por las palmadas que el sol le da en la espalda, en el lomo de las olas, mientras que el Cantábrico es un mar más frío, bellísimo me dice, pero que todos son mares, porque es el mismo mar extendido por la Tierra, por las tierras, un enorme mar que quizá no lo tengan otros planetas, no se sabe, algún día, me dice el Mediterráneo,lo sabremos. Y de repente, ya al final de la costa de España, el Mediterráneo deja de nadar,se pone en pie y el poderío gigantesco del mar me abraza, sus aguas me rodean los hombros, no me sueltan y los dos sabemos que esto sí que es una despedida.

José Julio Perlado

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