EVA Y LA SOLEDAD

Entonces Eva entró mientras yo estaba trabajando y se sentó en una silla de mi despacho con ánimo de contarme algo. Venía con una de esas historias de sus amigas tan importantes para ella y por las que necesitaba desahogarse. Y yo dejé todo, me incliné un poco en mi sillón  de orejeras, y presté atención. Se trataba de Inés, que cruzaba medio sonámbula la calle con riesgo de que la pillara un coche, la cabeza abarrotada de pastillas anti depresivas. para superar el tema de su marido. Pero Eva no lo contaba así ; tiempo después pude recuperar su voz: “¿Inés?, no te imaginas cómo estaba hoy, iba con el carrito de la compra como si lo arrastrara, no miraba los semáforos, yo la llevé casi de la mano de una acera a otra, porque un día, le dije, te mata un coche, tienes que reaccionar, hay gente en la vida mucho peor que tú, no puedes ir como una borracha de pastillas, pero ella no me escuchaba, seguía y seguía hablando del infierno que vive con  su marido.“Ahora tengo dos enfermeros, me decía, pero aún así no aguanto más,  un día se me escapa de casa, mi hijo mayor no me apoya, se ha puesto de parte de su padre. “ Yo creo, ¿ sabes  que pasa?, me decía Eva, que ella siempre se ha ocupado de sus nietos, ellos han sido su salvación, años y años trayendo y llevando a sus nietos al colegio, pero eso ya se acabó, los nietos han crecido como todos los nietos del mundo, no quieren saber nada de su abuela, son mayores, vienen los domingos a darle un beso y a pedirle dinero, y eso se acabó, todo ese tiempo en que ella se refugiaba en sus nietos ya no existe”. “Tengo que ir al psiquiatra,me decía Inés esta mañana, y yo le he dicho, No, Inés, tú no tienes que ir al psiquiatra, lo que te tienes que ir pensando es cómo internar a tu marido en una residencia, hay residencias buenas por aquí, algunas son un poco caras, pero encontrarás una cercana y barata, allí tienes que meter a tu marido, pero no por egoísmo sino por él, por él y por ti, tienes que quitarte de las pastillas… “ Y la voz de Eva proseguía en una historia que yo ya conocía porque la había oído muchas veces y entonces puse menos atención y ladeé un poco la cabeza en una de las orejeras del sillón, y pensé que si algún día me quedo  solo en este piso  me arrepentiré de no haber escuchado bien, porque ¿a quién le va a contar todo esto Eva si no a mí? , y ahora, cuando abro las puertas de las habitaciones vacías, y veo lo larga que se hace la tarde en este piso sin nadie, y veo el sillón de orejeras, pienso en aquellos momentos desperdiciados, en la voz de Eva contándome las mismas historias de siempre, la voz , la voz de Eva, la voz…, y doy una vuelta  más por el pasillo interminable y apago la luz. 

José Julio Perlado

imágenes- wikipedia

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