POSTALES

 

 

“Al elegir una postal – decía Ado Kyrou enLa edad de oro de la carta postal” -, el comprador se identifica un poco con el artista que la ha concebido. Mandar una postal que represente la vista de un paisaje donde uno se encuentra es una afirmación de las propias posibilidades de poder viajar y, por tanto, un símbolo de su estatus social. Al escribir cosas personales, sabiendo  consciente o inconscientemente que cualquiera puede leerlas, uno se da importancia saliendo del anonimato; de algún modo es como si nos publicaran. Hasta podríamos añadir cierto exhibicionismo: quien ama, quien odia, necesita gritar su pasión al mundo entero. Desde hacía siglos los hombres vivían esperando el momento de poder decir abiertamente “te quiero”. El éxito de la tarjeta postal se basa tanbién en el recuerdo que se desea perpetuar, el sueño que se puede adquirir a buen precio, y finalmente en la pereza, dado que una postal se escribe en menos tiempo que una carta, así como en la manía del  coleccionismo.”

 

 

Desde los comienzos del sistema postal se habían enviado por correo tarjetas ( quizá las más antiguas – señala Simon Garfield en su Curiosa historia de la correspondencia – sean las tablillas de Vindolanda). Su auge llegó sin embargo a comienzos del siglo XX. “La tarjeta postal  con imagen incluida – indica Garfield –  triunfó con la popularización de las vacaciones costeras ( el Museo y Archivo Postal Británico estima que entre 1902 y 1914 se enviaron cada año hasta 800 millones de tarjetas postales). Se contaba en ellas lo que siempre se ha contado en una postal: ojalá estuvieras aquí conmigo, hace un tiempo regular, besos para todos. Eran sin embargo un medio expuesto al ojo curioso, que podía leer su contenido en cualquiera de las etapas del viaje.

 

 

Ocasionalmente había que transmitir alguna intimidad, y para ello apareció un código basado en la forma de pegar el sello ( antes de 1840, ese código estaba formado por trazos o símbolos dibujados en  el sobre). Un sello colocado al revés en la esquina superior izquierda significaba, “Te quiero”. Un sello apaisado en ese mismo lugar significaba “Mi corazón pertenece a otra persona”. Un sello colocado al revés en la esquina superior derecha quería decir “No escribas más”. Colocado al revés, junto al apelllido, indicaba “Estoy comprometida”. Centrado, en el borde derecho: “Responde de inmediato”. Y en ángulo recto, en la esquina superior izquierda: “Te odio”.

Tiempos antiguos de la comuncación y de la correspondencia.

 

 

(Imágenes .-1-letralia/ 2- Madrid- 1892- filatelia digital/ 3-Huelva buena/ 4-pinterest)

VIEJO MADRID (76) : VOCES EN UNA CALLE

 

 

“¿Por qué cerrar el balcón? Se oye lo mismo, se oye más – escribe Eugenio Noel enEspaña, nervio a nervio” – ; parece que vocean y piden más fuerte al enterarse de que el balcón está cerrado. Desembocan en la calle infernal dos de esos voceadores únicos, de los que echan caperuzas o guindas a la Tarasca y que venden a dúo nada menos que polvos matapulgas, chinches, correderas y demás parásitos. Hay que oírles vocear para creerlo. El uno chilla espantosamente; el otro ahueca la voz hasta hacerla profundamente horrenda, y los dos, cada uno por su lado, en inagotable verborrea, recomiendan sus cajas. En seguida entra en la calle el tío de las naranjas, un mozo que echa las naranjas en las cestas de las compradoras gritando cada vez más alto : “! Dos, ocho, y dos más, y seis más, y doce más: este tío se ha vuelto loco, vecinas…!”. Quizá no lo esté él; pero oírle es volverse loco sin remedio. Y después de este energúmeno, aquí tenemos al carrero que vende sus verduras aullando un estupendo “! tía María…!”, frase que repite millares de veces; y a un trapero vagneriano, mejor dicho, stravinkyano, que se anuncia con un extraordinario lujo de disonancias rarísimas y extravagantes; y a una señora que da cacharros por trapos y los paga a quince céntimos el kilo; y a uno que compone paraguas, sombrillas, fuelles y artesones; y a un chico que vende lotes de kilo y medio de pepinos de Leganés; y a un campesino que expende ristras de ajos rojos de Pedroñeras o tempraneros de Chinchón; y a un melonero de Villaconejos; y a la cangrejera “de mar y de río vivos”…

(Imagen -Madrid – Calle de Toledo- 1890)

LA APARICIÓN DEL PÁJARO QUE VUELA

 

 

“La aparición del pájaro que vuela

y vuelve y que se posa

sobre tu pecho y te reduce a grano,

a grumo, a gota cereal, el pájaro

que vuela dentro

de ti, mientras te vas haciendo

de sola transparencia,

de sola luz,

de tu sola materia, cuerpo

bebido por el pájaro.”

José Ángel Valente – “El fulgor” (1984)

(Imagen – foto: Joel Sartore – National Geographic)

LEER CON VIRGINIA WOOLF

 

 

“Me gustaba leer aquí. Una acercaba  la mecedora maltrecha a la ventana, para que la luz cayera sobre la pågina – escribe Virginia Woolf  en uno de sus Ensayos – A veces, la ensombrecía la silueta del jardinero que cruzaba el prado (…) Había damas altas que entraban y salían de la casa (…) Pero nada me distraía del libro (…)  De una u otra manera el libro se sostenía como si se apoyara en los setos, y el azul lejano; me parecía, en lugar de un libro, algo que no estaba impreso, ni encuadernado, ni cosido sino que era producto de los árboles, de las colinas, del caliente día de verano, como el aire que flota, en las mañanas claras, alrededor de las cosas (…) Los grandes escritores son crueles, como la naturaleza lo es. En cuanto a que Cervantes supiese qué estaba haciendo, quizá los grandes escritores nunca lo saben. Quizá por eso los que vienen después encuentran allí lo que buscan.”

“¿Te dije que estoy volviendo a leer toda la literatura inglesa? – le  escribe a Ethel Smyth en febrero de 1941 – Para cuando llegue a Shakespeare estarán cayendo bombas. De modo que he arreglado una última escena perfecta: leyendo a Shakespeare y habiendo olvidado mi máscara de gas (..) Ayer abatieron a un bombardero del otro lado de Lewes. Yo iba en bicicleta a conseguir nuestra mantequilla, pero sólo escuché un zumbido en las nubes. Como tú dirías, ¡ gracias a Dios que nuestros padres nos legaron el gusto por la lectura! En lugar de pensar: para mayo estaremos…como sea, pienso: !sólo tres meses  para leer a Ben Jonson, Milton, Donne y el resto (…) Ya no puedo controlar mi cerebro. Leo y leo como un asno describiendo círculos en torno a un pozo.”

 

 

(Imágenes -1- Virginia Wool – foto Gisele Freund/2-James C Christensen)

LA MAGIA DE URSULA K. LE GUIN

 

 

“Esto es una roca: tolk, en el Verdadero Idioma – escribe Ursula  K. Le Guin en “Un mago de Terramar” – . Un trozo de la piedra de que está hecha la isla de Roke, un trocito de la seca tierra en que viven los hombres. Es ella misma. Es una parte del mundo. Mediante la Ilusión- cambio puedes hacer que parezca un diamante, o una flor, o una mosca, o un ojo, o una llama.

La roca fue adoptando instantáneamente las formas que nombraba , y al final volvió a ser roca.

– Pero eso es pura apariencia. La ilusión engaña los sentidos del espectador; le hace ver, oír y sentir que el objeto ha cambiado. Pero el objeto no cambia. Para convertir esta roca en joya, tienes que cambiar su verdadero nombre. Y hacer eso, hijo mío, hasta con un fragmento tan diminuto del mundo, es cambiar el mundo. Se puede hacer. Desde luego que se puede hacer. Es el arte de Maestro Transmutador, y lo aprenderás cuando llegue su momento. Pero no debes cambiar nada, ni un guijarro, ni un granito de arena, hasta que no sepas el bien y el mal que pueden derivarse de tal acto. El mundo se sostiene en contrapeso, en Equilibrio. El poder de Transmutar y Conjurar del mago puede trastocar ese equilibrio. Es peligroso ese poder. Tiene grandes riesgos. Debe seguir al conocimiento y estar a su servicio. Encender una vela es arrojar una sombra…”

 

 

El gran regalo de Ursula  K. Le Guin – recientemente fallecida  – es, como comenta Robert Scholes al analizar sus novelas, “ofrecernos una perspectiva en la que todo ello se mezcla, en la que realismo y fantasía no son opuestos , porque se hace natural lo sobrenatural : no sólo se postula, sino que se regula, sistematiza, se convierte en parte del Gran Equilibrio mismo. En sus libros se ha convertido en una especie de antropóloga fabulosa, imaginando sociedades enteras mediante el empleo de detalles eficaces”.

”Un mago – escribe la gran autora de ciencia ficción – tan solo puede controlar lo que le es próximo, lo que puede nombrar de manera cumplida y precisa. Y esto conviene. De no ser así, la maldad del poderoso o la locura del sabio hubieran intentado hace ya mucho tiempo cambiar lo que no puede cambiarse, y el Equilibrio se habría roto. El mar desequilibrado anegaría las islas en las que tan arriesgadamente habitamos, y en el antiguo silencio se perderían las voces y todos los nombres”.

 

 

(Imágenes-1- Joseph Cornell – 1941- artnet/2- Scarlett Hooft Graafland/ 3- nummery schnell – museo european)

SOLO

 

 

“Poco

a

poco

me

fui

quedando

solo

Imperceptiblemente:

Poco

a

poco

Triste es la situación

Del que gozó de buena compañía

Y la perdió por un motivo u otro.

No me quejo de nada: tuve todo

Pero

sin

darme

cuenta

Como un árbol que pierde una a una sus hojas

Fuime

quedando

solo

poco

a

poco.”

Nicanor Parra.- “Solo”

(Imagen.- Nicanor Parra- wikipedia)

LAS PEQUEÑAS CIUDADES

 

 

“¿ Y en una pequeña ciudad? – escribe Unamuno enPor tierras de Portugal y de España “-. Su escenario social es muy reducido, sus gentes se aburren y cansan pronto de los papeles que representan y aparecen  por debajo los hombres con sus flaquezas; es decir, con lo que los hace hombres. Siento una gran afición a la vida provinciana, porque en ella es más fácil descubrir por debajo de una aparente calma la tragedia. Y tanto como aborrezco la comedia, amo la tragedia. Y, sobre todo, la tragicomedia.

(…) ¿Y los que dicen aburrirse en una pequeña ciudad? Es porque no han tocado sus fondos trágicos, la severidad augusta del hondón de su monotonía. Tengo por mí que en las grandes ciudades los orgullosos se convierten en vanidosos; es decir, las púas se les vuelven lana.

Y para el que ejerce una cierta acción pública que puede ser ejercida a distancia, para el escritor, para el artista, la pequeña ciudad ofrece la inapreciable ventaja de que vive lejos de su público y le es hacedero conseguir el que no lleguen a él, a no ser muy tamizados, los efectos que su obra produce. Puede vivir en una cierta independencia de su público, sin dejarse influir por él, que es la única manera de hacerse un público en vez de hacerse uno a él.

 

 

(…) De cuando en cuando no viene mal ir a la gran ciudad y echarse al mar de sus muchedumbres, pero es para volver a salir a tierra firme, a sentirse pisando el suelo. Por mi parte, como me interesan los hombres individuales, tú, Juan, que lees esto, y tú, Pedro, y tú, Ricardo, pero no me interesan apenas las masas que ellos forman cuando se juntan, me quedo en la pequeña ciudad viendo todos los días, a horas dadas, a los mismos hombres, con cuyas entrañas han chocado, y tal vez dolorosamente, alguna vez las mías, y huyo de las grandes metrópolis, donde me azotan el alma con azotes de hielo las miradas desdeñosas de los que ni me conocen ni les conozco yo a ellos. Gentes a las que no puedo nombrar… ¡ horror!”.

 

 

(Imágenes -1-Oskar Kokoschka– Toledo- 1925/ 2- Alexandre Benois– 1910/ 3-Pierre Dumont– Rouen)

CORAZÓN MÍO

 

 

“En la calle se oye la trompeta

del correo. ¿Por qué te has agitado,

corazón mío?

El correo no te ha traído carta:

¿por qué te has inquietado extrañamente,

corazón mío?

¡Ah, el correo llegó de la ciudad

donde antaño tuvieras una amada,

corazón mío!

¿Querrás quizá mirar hacia lo lejos

y preguntar qué tal le van las cosas,

corazón mío?”.

Wilhelm Müller“El correo” -“ Viaje de invierno” – (versión de Andrés Neuman)

(Imagen- foto Douglas Brothers – 1994- stephen trother fine arts- artnet)

“EL NADADOR” DE JOHN CHEEVER

 

“Tardé en escribir este cuento – decía John Cheever–  tres días, tres semanas, tres meses. Casi nunca leo mi propia obra. Me parece una forma particularmente ofensiva de narcisismo. Es como poner grabaciones de la propia conversación. Es como mirar por encima del hombro para ver cuánto corrió uno. Por eso he utilizado con frecuencia la imagen del nadador, el corredor, el saltador. La clave es concluir algo y pasar a lo que sigue. También siento, aunque no con tanta fuerza como antes, que si miro por encima del hombro moriré. Este cuento fue muy difícil de escribir. Porque ni siquiera pude levantar la mano para opinar. Estaba cayendo la noche, el año terminaba… No era una cuestión de problemas técnicos sino de imponderables. Cuando el personaje descubre que está oscuro y hace frío, eso ya tiene que haber sucedido. Y, por Dios, sucedió. Después de terminar ese cuento sentí que estaba oscuro y hacía frío durante un tiempo. A veces, los cuentos más fáciles para el lector son los más difíciles de escribir’.

 

 

Ahora que se publican las Cartas de Cheever – un paso más en la indagación de su compleja personalidad -, algunos de los cuentos del escritor norteamericano vuelven a la actualidad. “Hay aproximadamente quince cuentos que me hicieron sentirme particularmente bien. Amaba esos cuentos, amaba a todo el mundo…amaba los edificios, las casas…estuviera donde estuviera. Era una sensación grandiosa. La mayoría eran cuentos escritos en un período de tres días y con una extensión de aproximadamente treinta y cinco páginas. Los amo, pero no puedo reelerlos, en muchos casos, dejaría de amarlos si volviera a leerlos”.

Comentando los cuentos de Cheever, Harold Bloom opinaba que no se le podía mencionar entre los modernos narradores americanos de mayor eminencia pero que sí en cambio permitía una comparación bastante favorable con los autores de segundo orden, como Sherwood Anderseon, Malamud, Updike, Carver o la canadiense Alice Munro. Como les pasa a ellos – comentaba Bloom – adolece de la originalidad imperecedera de Hemingway y Faulkner, pero Cheever tiene la misma seguridad y el mismo esmero que Updike.

 

 

(Imágenes-1- William Mackinnon– 2015/ 2-Maria Svarbova– 2016/ 3- Benjamin Anderson)

PERROS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

 

“…este eco no existe en parte alguna sino en El Prado cuando está desierto, el mundo se ha cerrado entre unos muros, y el eco, al fondo del larguísimo pasillo, me tentaba en cartones luminosos y para allí fui y aún voy ahora muy despacio, atravesé arcos de luz, una mesa florentina apoyada sobre cuatro leones atenazando bolas me vio pasar, mis ojos eran atraídos por el eco, mundo ido, mundo despojado de todo ruido que no sea el creado por el pincel, Madrid, Recoletos y el Botánico transmitían rumores de vehículos veloces o silencios de flores entre árboles, pero no aquel eco, ¿lo oye usted?, el ojo desnudo avanza muy despacio por este corredor, es el Museo para mí, festín de cuadros que adquieren vida, han dudado un momento los animales que pintó Velázquez pero me sorprendió que un suave aliento de refrigeración escapara a la altura del suelo y por los dientes de aparatos mecánicos y por las rejillas de los rincones un aire artificial moviera algo, y tuve entonces que volverme y retroceder

 

 

porque oí ruidos y eran las hojas del gran libro que sostenía el bufón y que estaban esparcidas por el suelo, era don Diego de Acedo, el Primo, pintado por Velázquez, enano de bigote y de perilla, vestido en ropa negra brochada y con mangas bobas pues así se llaman, y lo vi en calzones con pasamanería y lazos, y estaba él en cuclillas en la gran sala, con sus calzas y sus zapatos negros sosteniéndose apenas sobre sus cortas piernas y recogiendo con una manecita las grandes hojas desperdigadas mientras con otra mano intentaba sostener el enorme sombrero, y así le sorprendí, fuera del marco, y estaba el marco vacío de blancos, negros y grises azulados, y un fuerte olor a pintura salió del fondo como un fulgor que esperara a que el bufón volviera a su retrato, pero el Primo me vio y debió sorprenderse de hallarme allí a tales horas, y al observarme con su mirar distante, perdido y pensativo, se le volvieron a escapar las hojas del enorme libro y ese ruido alertó  a muchos animales creados por Velázquez y nadie supo cómo, pero los perros fueron los primeros, y no hubo ni ladridos ni gemidos, fue un silencioso movimiento, jamás se escuchó a tantos perros mansos moverse como sombras en un Museo, bajó el mastín de “Las Meninas” y se desperezó como la espuma y tras ese mastín entraron como el humo otro

 

perro de larga mancha blanca en el hocico que dormía a los pies del príncipe Baltasar Carlos niño junto a un árbol, un perdiguero blanco y canela que había levantado su hocico del suelo y sacudiendo su sopor adormilado, entró campante viniendo desde una sala vecina y le seguía un galgo dorado y avispado, de nariz negra y mirada viva, y ambos juntándose con otros muchos en mansedumbre y humo, y parecían de lana transparente o acaso de vidrio tan invisible y tenue que ni rumor hacían, paseando sobre losas desiertas y husmeando el aire, ladrando sin emitir sonidos, jamás escuché sin oír a tantos perros  y tan entremezclados que ni olor despedían, llevaban en sus lomos pegada la pintura pero eran auténticos y poseían tal fuerza que ellos atrajeron a más potentes animales, escuché ahora cómo bajaban de los cuadros las pezuñas de los corceles de Velázquez, y la grupa del caballo del Conde Duque caracoleó de pronto y se unió al concierto de aquel otro  mastín de cara negra , perro de caza, perro real, despierto y vigilante y de tan gran vitalidad que apenas le oí saltar del lado donde estaba, al costado de la escopeta de cañón que sostenía Felipe lV, aquella grupa del corcel del Conde Duque movió su torso y se salió del marco de manera tan suave que el poderío del gran caballo abandonó al jinete y el valido del Rey quedó ridículamente, ya sin cabalgadura y sin apoyo para su altanería y pretensión…”

José Julio Perlado  – ( del libro “Ciudad en el espejo”) ( relato inédito)

 

 

( Imágenes–Velázquez: 1-Las Meninas/ 2- bufón don Diego de Acedo, el Primo /3- príncipe Baltasar Carlos/ 4- caballo del Conde Duque de Olivares)

DE LA AMISTAD Y DE LOS HIJOS

 

 

“De hijos a padres – dice Montaigne en susEnsayos” – se trata más bien de respeto. La amistad se nutre de comunicación, y ésta no puede darse entre ellos porque la disparidad es demasiado grande y acaso vulneraría los deberes naturales. Porque ni pueden comunicarse a los hijos todos los pensamientos secretos de los padres, para no crear una intimidad indecorosa, ni las advertencias y correcciones, en las que radica una de las primeras obligaciones de la amistad, podrían ejercerse de hijos a padres (…) A decir verdad, el nombre de hermano es hermoso y está lleno de dilección, por eso lo convertimos, él y yo, en nuestra alianza. Pero compartir bienes, los repartos y el hecho de que la riqueza de uno conlleve la pobreza del otro, diluyen extraordinariamente y aflojan el lazo fraternal. Al tener  que conducir el curso de su promoción por el mismo camino y al mismo paso, es forzoso que los hermanos tropiecen y choquen a menudo. Además, ¿por qué ha de darse en ellos la correspondencia y relación que generan las amistades verdaderas y perfectas? Padre e hijo pueden tener temperamentos enteramente alejados, y los hermanos también (…) No es que yo no haya probado cuanto puede darse por ese lado. He tenido el mejor padre que jamás ha existido, y el más indulgente, hasta su extrema vejez, y pertenezco a una familia famosa y ejemplar de padre a hijos en lo que se refiere a concordia fraternal (…) Pero en la amistad se produce un calor general y universal, por lo demás templado y regular, un calor constante y reposado, lleno de dulzura y pulcritud, que no tiene nada de violento ni de hiriente”.

(Imagen – Georgia O ‘Keeffe – 1922 – witney museum artdlay  org)

QUÉDATE QUIETO

 

 

”Deja para mañana

lo que podrías haber hecho hoy

(y comenzaste ayer sin saber cómo).

Y que mañana sea mañana siempre;

que la pereza deje inacabado

lo destinado a ser perecedero;

que no intervenga el tiempo,

que no tenga materia en que ensañarse.

Evita que mañana te deshaga

todo lo que tú mismo

pudiste no haber hecho ayer.”

Ángel  González – “Quédate quieto” -“Deixis en fantasma”

(Imagen – Arlene Slavin)

VIAJES POR ESPAÑA (19) : BARTHÉLEMY JOLY

 

 

 

“Los españoles son personas de elevado gusto y de buen apetito – escribe el francés Barthelemy Joly en suViaje por Españaen el siglo XVll -, de ordinario no se lavan las manos antes de comer, pues cada uno presupone tenerlas limpias, y se sientan a la mesa antes de que se haya colocado la comida. Primero viene la fruta, que ellos la toman al revés que nosotros, al principio, naranjas enteras o en rodajas con azúcar, ensaladas, uvas verdes, granadas, melones de invierno, guardados todo el año, como se hace con la calabaza. Después, una vez colocados los platos, el maestresala se pone al extremo de la mesa, descubierta la cabeza, con su capa y una servilleta sobre el hombro. A un lado hay una pila de platos, al otro un gran cuchillo y un tenedor, con los que él hace partes, tomando un poco de cada cosa que él pone sobre un plato ante la persona más importante, haciendo lo mismo con los tres o cuatro más próximos a él; otro de los más diestros hace semejantes platillos a todos los demás de la mesa, de manera que no quede nada en las fuentes, que son retiradas de inmediato y otras las reemplazan, y lo mismo ocurre con los platos. Los platos más importantes como el pavipollo, conejos, capones, gallinas no se sirven nunca enteros, sino presentados en piezas desde la cocina, de tal manera que viniendo una o dos fuentes de pavipollo, el maestresala los trocea, cortándolos más menudo para dar, con la salsa, dos o tres trozos a cada comensal.

 

 

(…) Cuando alguno quiere beber se le trae del “buffet“, llamado aparador que está generalmente fuera de la sala, preparado no solamente con vasos y utensilios de mesa, sino con otras piezas muy lujosas, si el dueño quiere hacer el honor y dar a sus amigos un convite más digno, se le lleva entonces la copa media de agua, presentada sobre un plato un poco hondo, en el cual puede verter lo que quiera y servirse tanto vino como guste, blanco y clarete, en dos pequeñas jarritas de vidrio. El vino es turbio y no tan delicado como el nuestro; es preciso beber más de lo ordinario a causa de la gran cantidad de pimienta que ellos ponen en todos los platos, además de la que se sirve en la mesa como sal, estando hechos sus saleros tanto para la una como la otra, no cesando de añadir especias para hacer, según dice, buena digestión; la libra de pimienta cuesta allí dos reales, comen además cabezas de ajo y otro ajo aún más picado y líquido, existiendo este proverbio: “sobre el buen comer, el ajo”, con salsa y guisos que ellos llaman sainetes, no perdonando a nadie que no le guste. Al fin terminado el cocido, se sirve como postre lo que ellos llaman, a diferencia de la que sirve de entrada, fruta de postre, también confituras y turrones, especies de bizcochos muy duros con algo azucarado para mojar.

 

 

(…) La costumbre general de la mesa es hacerle grandes honores a la comida, mezclando un poco de conversación para animarse a comer muy bien. La perdiz – dicen ellos – es perdida, si caliente no es comida; el arroz nace en agua y hay que hacerle morir en vino; aceituna una por una. Y es porque los médicos dicen de las aceitunas que la primera es de oro, la segunda es de plata y la tercera mata”.

 

 

(Imágenes-1- Helene Schjerfbeck / 2- Jopie Huisman/ 3- Carl Moll – 1900/ 4- Wayne Thiebaud)

ENGAÑOS DE LOS SUEÑOS

 

 

“Cuando el sueño con suave sopor – dice Lucrecio –  nos ha atado los miembros, y el cuerpo entero yace en profunda quietud, nos figuramos estar despiertos y mover nuestros miembros, y en las ciegas tinieblas nocturnas creemos ver el sol y la luz del día, y aunque en una habitación cerrada, nos parece que cambiamos de cielo, de mar, de ríos, de montes, que andando cruzamos llanuras y oímos sonidos, aunque por todas partes reine el severo silencio de la noche, y estando callados, creemos hablar”.

(Imagen -Zhang Xiaogang – 2007- artnet -asiatshige Kunter)

LA ATENCIÓN DE UN MAESTRO

 

 

“A lo largo de los años he podido observar que el auténtico maestro suele ser dos cosas: severamente exigente, por un lado, y por otro, afectuosamente generoso.” Estas palabras, pronunciadas por Claudio Guillén el 24 de febrero de 2000 en la “cátedra Jorge Guillén” de la Universidad de Valladolid, y reunidas en “Entre el saber y el conocer”, retratan el perfil del maestro tal y como el autor lo vivió a lo largo de años. “El maestro es hoy por hoy – continuaba– quien impulsa bien a las claras el mecanismo de ejemplaridad que ha sido fundamental en nuestra civilización, lo mismo occidental que oriental. La ejemplaridad  es algo que acontece, como un proceso interior a la trayectoria de unas relaciones reales entre hombres y mujeres diferentes. Es todo lo contrario de la norma, el dogma abstracto, la idea vista como esquema elevado y remoto. Es la encarnación de las normas a través del influjo personal, del individuo que da “buen ejemplo” a quienes conviven con él. Sin sermones ni ademanes autoritarios, esa persona ofrece no ya una orientación sino una inspiración. No es, muchas veces, que no sepamos qué hacer o qué imitar. Pero el influido, el inspirado, necesita un ejemplo concreto para llegar a hacer lo que viene deseando hacer, para perfeccionar no sus conceptos sino su comportamiento. Un influjo humano, una experiencia vivida, acaso inolvidable, consigue actualizar lo que quedaba latente anteriormente. Y lo que se viene transmitiendo, claro está, es unos valores.”

 

 

Claudio Guillén recordaba en esa conferencia a ciertos maestros – algunos  de ellos famosos – que él había tenido. Pero a su primer maestro, el profesor de Historia del Arte, Lane Faison, no lo olvidaría. “ El profesor Faisonevocaba – dedicaba cada clase a un artista individual, digamos Boticelli, o Manet, o Matisse. Escribía unos datos antes de empezar en la pizarra y presentaba sus diapositivas, perfectamente ordenadas, con mucha serenidad y una voz sorda, casi confidencial. Entonces se producía una prodigiosa iluminación, el tránsito de ver a mirar, de mirar a descubrir, y luego a sentir y entender y relacionar. Nos enseñaba a ser atentos. Pedía y despertaba la capacidad de atención del alumno, la paciencia minuciosa, la sensibilidad ante los pormenores del objeto de interpretación. Amigos, ¿qué conseguí yo tal vez, muchos años más tarde, si no acercarme en alguno de mis  trabajos a la obra literaria con la misma atención que me había enseñado aquella experiencia de la pintura?

 

 

Faison consagraba todos sus esfuerzos a la enseñanza, sin escatimarlos, sin ambigüedad alguna. Todo en él parecía sencillo y verdadero. ¿Cómo explicar la calidad personal del maestro que logra comunicar perfectamente la calidad del objeto de estudio?”

 

 

(Imágenes.-1-Bosco Sodi- 2017/ 2- Jeon Gwang Young/ 3-Jackson Pollock- 1950/ 4- Arshile Gorky- 1947)

IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS

 

 

La apertura este mes del museo Ignacio Sánchez Mejías en Manzanares (Ciudad Real) , localidad donde el diestro fue cogido por el toro  “Granadino” el 11 de agosto de 1934, nos lleva hasta las palabras de Francisco García Lorca, hermano de Federico, que en “Federico y su mundo” nos acerca a su figura. “Torero por vocación – comenta de Sánchez Mejías -, era Ignacio, no obstante, de formación universitaria. Por inclinación natural, acaso también por razones de ambiente profesional, e incluso familiar, se orientaba con entusiasmo hacia el canto y el baile andaluces. Estaba casado con una hermana de los “Gallo”, de estirpe gitana. Y el mayor de ellos, el incalculable Rafael Ortega, era el esposo de la gran Pastora Imperio, a la que Falla eligió para estrenar, con “La Argentinita”, “El amor brujo”.

 

 

Había tenido gran fama de joven como torero, y había hecho su carrera por sus pasos contados, habiéndose distinguido antes como excepcional banderillero en la cuadrilla de  Joselito, el “Gallo”. Maestría, técnica y arrojo eran las características de Ignacio en la arena. No tuvo nunca la gracia inspiradora y casi alada de su cuñado Joselito, ni el casi angustioso dramatismo estatuario de Belmonte, las dos estrellas incomparables que iluminaban el cielo taurino de entonces. Enjuto y vigoroso, daba más bien Ignacio la nota de gladiador. La muerte de Ignacio determina dos grandes elegías: la de Alberti, “Verte y no verte”, y el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” de Federico. El “Llanto” ha sido considerado como una culminación de la poesía de García Lorca. Es un poema de integración y por ello, en cierto modo, el más lorquiano, el que refleja mejor el rostro del poeta. En él alternan innovación y tradición, libertad creadora y disciplina, ímpetu lírico y enfrentamiento. Se dan la mano el  eco andaluz y popular con el tema abstracto de la muerte; se  conjugan luciente claridad y poético hermetismo. Su vocación de poeta elegíaco la desata la muerte del amigo. Y todo el poeta está en su elegía.

Federico evita, no obstante, la palabra “elegía” y opta por la designación “llanto”, que es lo que la palabra griega quiere decir en castellano. Resucita así la vieja voz “planto”, con que se designaba a las elegías medievales.

 

 

Ignacio no murió en la enfermería de la plaza de Manzanares, sino que fue trasladado en una ambulancia a Madrid, donde murió dos días después de su gravísima cogida. Un lapso de tiempo separa, pues, la cogida y la muerte, que, no obstante, se superponen en una parte del poema, la única que lleva un título: “La cogida y la muerte”. De haber muerto Ignacio en la plaza de Manzanares, el título sería “Cogida y muerte”, o “La cogida y muerte”. Pero la serie de imágenes que componen esta parte del poema se centran en lo accidental; es decir, en la cogida, que llega a identificarse con la muerte misma. El poema ignora que la muerte misma acaeció en Madrid, el día 13 de agosto, a las 9, 45. La hora poéticamente mortal son las cinco de la tarde. Federico necesita un tiempo que fije el encuentro con la muerte, y ése no fue, por elección del poeta, la sórdida, lenta hora de la clínica, sino el trágico instante de la cogida a las cinco de la tarde.”

 

 

Entre muchos otros, Marcelle Auclair en su “Vida y muerte de García Lorca” ha evocado en varias páginas los versos del “Llanto” comentando a la vez el curso de esos días y horas entre la cogida y la muerte del torero. Ese “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” que Lorca, según quiso recordarlo así José Luis Cano, lee en abril de 1935, en Sevilla, en el Palacio del Alcázar, ante Jorge Guillén, Joaquín Romero Murube y Pepín Bello

 

 

(Imágenes.-1 , 2 y 4 – Francisco de Goya / 3- museo del Prado/ 5- Ignacio Sánchez Mejías – ABC es)