LA ASAMBLEA DE LOS ÁNGELES

 

 

“La  Asamblea llamada del Azul, o Asamblea de  los Ángeles , aunque quizá muchos ahora no la recuerden,  tuvo lugar hace varios años en lo alto de la iglesia de Saint Michel, en Francia, en el pueblecito Puy en Velay, en la región de Auverna, un pueblecito pintoresco y famoso  por su subida casi vertical de sus 268 escalones que ascienden desde las calles hasta la iglesia. Naturalmente los ángeles no necesitaron aquellos escalones y volaron gozosos sobre ellos: cantaron y disfrutaron mientras ascendían.  Se trató en aquella Asamblea de numerosas cosas: allí se sentaron como pudieron docenas de ángeles en los picos de la capilla y otros se recostaron apoyados en los techos, y desde abajo, es decir,  desde el pueblo de Puy en Velay, algunas mujeres que miraban de vez en cuando hacia arriba mientras seguían trabajando en su encaje de bolillos sentadas a las puertas de sus casas, cuando se les preguntó tiempo después si habían visto ángeles, espíritus, o algo parecido, sólo pudieron afirmar que habían percibido un extraño resplandor a media tarde, una especie de hilo brillante iluminado por el sol. Únicamente una joven costurera, Berthe Rufin, que vivía en la calle Rápale y que también se dedicaba al encaje, fue más explícita, y como dijo que presumía de vista excepcional y, más aún, de oído fino, declaró que mientras trabajaba había observado una suave ráfaga luminosa subiendo y bajando desde la iglesia hasta la calle. En los techos de aquella capilla, posados igual que pájaros inmóviles, se prepararon para celebrar la Asamblea, entre otros, un ángel de Zurbarán, y  uno pintado por Murillo, también  un ángel de Poussin, otro de Leonardo y otro de Caravaggio.  Estaban también, apoyados en un extremo del tejado de la iglesia de Saint Michel y procurando no caerse, los once ángeles del famoso díptico de Wilton que habían llegado todos a una desde Londres, desde la National Gallery, y que como siempre fascinaban con su intenso azul. Ellos fueron los primeros que quisieron hablar y así lo hicieron los once a la vez con la voz única que tenían, es decir, como si hablara uno solo, modulando las palabras y haciendo referencia enseguida al azul con que vestían sus ropajes y señalando sus once alas delgadas y verticales que aunque parecían partir de los hombros casi nacían de sus cabezas. Aquellas once alas eran una especie de llamaradas blanquecinas que terminaban en una punta azul. Defendieron que aquellas alas suyas eran las adecuadas para todo tipo de ángeles aunque fueran distintas y estuvieran muy alejadas de tener enormes dimensiones.

 

 

 Y aquí se entabló una gran discusión  entre los once ángeles del díptico que seguían hablando a la vez con voz única y que amenazaban con aturdir a los demás. Se trataba esencialmente de dos posiciones: el debate sobre la importancia del azul en los ángeles y los distintos puntos de vista sobre las dimensiones que debían de tener las alas. Unos defendían mantener un azul puro para las alas, el azul que vestían, un azul sin mezcla para los ángeles, y otros en cambio abogaban por un azul difuminado, mezclando blancos, grises, e incluso negros. Uno de los once ángeles del díptico de Wilton , situado en el extremo izquierdo del tejado y que llevaba en la mano un collar dorado y una corona de flores, quiso destacarse del resto de las voces y confesó que para él el más bello azul era profundo y lanzaba al hombre al  infinito. Tras una pausa, añadió:

la entrada en el azul conduce al país de los ángeles.

Y aún quiso decir más:

quiero quedarme a vivir siempre en este azul que está en trance de explotar.

 

 

Hubo un largo silencio ante aquellas palabras,  y todo el mundo en aquel tejado de la iglesia de Saint Michel en Francia pareció dedicar unos momentos a la reflexión. ¿Entonces era verdad que esencialmente el azul era el que podía representar mejor a los ángeles? ¿Y por qué no representarlos con el amarillo, el blanco o el dorado? Existían muchos ángeles dorados, fascinantes, fulgurantes en la vida, ángeles también sin alas, ángeles sin cuerpo, solamente con cabeza, unas cabezas redondas como de niños, y en ese momento alguien en el otro extremo del tejado interrumpió los comentarios para preguntar por qué no estaban allí, en aquella Asamblea, las diminutas cabezas de los ángeles llorando que pintó Giotto para su Llanto por la muerte de Cristo.

—Ellos expresó aquella voz precisamente por ser azules y por ser sólo cabezas de niños podrían darnos ahora un buen testimonio.

Y así continuó durante toda la tarde aquella apasionante reunión y yo me alejé lentamente de ellos.”

 

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos’) (texto inédito)

 

 

(Imágenes – 1- Howard Hodgking/ 2 – diptico de Wilton- National Gallery/ 3-Adam Fuss-1991/ 4- ángel de Giotto)

CRISTINO DE VERA

 

 

“El ambiente, la luz de las islas, sí que ha influido en mi pintura – recordaba Cristino de Vera -. Mi primer viaje a la Península lo hice a los diecinueve años. Ya en ese tiempo dibujaba, pintaba. La luz cambiante de las islas, la observación de tonos y cosas, el primer muerto que vi – un compañero de la escuela, su tremenda sinceridad en el rostro -, las frutas de los mercados… mis largos paseos por La Laguna (nubes bajas) mis primeras observaciones de los cambios del mar, tierra, nubes… sin duda tienen una influencia definitiva en mi trabajo.”

 

 

Ahora Cristino de Vera expone en Madrid, en Caixa Forum. Su muestra la titula “Hacia el silencio”. Una depuración de años, una búsqueda interior a través de la pintura. “Me siento vinculado – proseguía el artista – a una forma de pensamiento que creo que es una constante en la historia de la pintura : el esfuerzo o la búsqueda de cierta belleza escondida que hay en todo, una cierta nostalgia por la muerte que podría estar con un expresionismo poético muy particular, un ansia en cada cosa de intemporalidad, un amor al reposo de las formas. El primer contacto con Zurbarán, su forma mística de transfigurar la luz…cierto enfoque de ver el cosmos en Van Gogh, la serenidad de Fray Angélico…la fuerza de un Van der Weyden, Van der Goes… todos estos grandes artistas creo que me han servido bastante para ir descubriendo y desarrollando mi propio estilo.

 

 

A mí me gusta  trabajar las cosas que ya en su realidad despiden una carga de humildad y sencillez… un cestillo, una rosa seca, un cráneo, una áspera mesa, una figura irradiada de blanca luz, unas florecillas. Decía Paracelso que “a veces en la más humilde de las cosas está encerrado todo el misterio del Universo”. Cuando pinto figuras o ventanas con fondo de cementerio… o figuras muertas sobre mesas, o en campo de flores, con fondo de galaxias…lo que a veces intento es que por medio de una limpia luz de estrellas, noche, luna o crepúsculo se mitigue el fondo dramático que la muerte encierra… y es cómo si llevase dentro de mí un cúmulo de cosas con mucha carga atormentada que me hacen a veces un ser muy inestable… por eso a veces en mi pintura hay aquello de que más carezco y amo, un mundo de paz, y humildemente pretendo que este mi trabajo pueda servir a algunos seres. Ya eso de por sí sería bastante.”

 

 

(Imágenes-: Cristino de Vera: -1-Lorenart/ 2-fundación Cristino de Vera/ 3-Caixaforun/ 4- elpais)

HORAS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

 

”Yo vengo aquí porque no veo, me doy cuenta de que no sé ver, de que pocas veces he visto algo”, decía María Zambrano  en “Una visita al museo del Prado”. Estos días se plantean sugerencias sobre lo que conviene ver en el espacio de una hora dentro del Museo. Tarea difícil y muy personal. En 1922, Eugenio D’ Ors publicó su célebre libro “Tres horas en el Museo del Prado”. En uno de sus prólogos, el dedicado a la undécima edición, en los años cuarenta, señalaba que “el Prado ha mejorado mucho, justamente  como consecuencia de haberse transformado poco”. Hace ya casi veinte años se evocaban una vez más los impresionantes tesoros que guardaba el Museo. Sólo de pintura española, así lo indicaba Gustavo Torner, el Prado tiene 23 cuadros de Zurbarán, 40 de Murillo, 52 de Ribera, 35 de El Gredo, 120 de Goya y 51 de Velázquez. En pintura flamenca parece ser que en el Prado hay más que en el resto del mundo, incluido Flandes. En total, 238 cuadros.

 

 

Sánchez Cantón en sus “Itinerarios de arte” recordaba también que el Prado “ no es un tesoro arqueológico, testimonio del pasado, inoperante fuera de la erudición, inteligible no más que por el docto, sino fuente viva de enseñanzas y de goces. Porque la sensibilidad de quienes no somos pintores puede explayarse en sus salas por el campo de la belleza plástica. Hay museos más completos; cada día son más los que piensan que ninguno aventaja al nuestro en riqueza estética”.

¿Cómo aprovechar entonces el valor de una hora dedicada a la contemplación?

 

 

(Imágenes-1-Velázquez- Pablo de Valladolid – museo del Prado / 2- Tiziano -1566– – autorretrato- Museo del Prado/ 3- Velázquez- Francisco Lezcano- Museo del Prado)

BLANCOS DE ZURBARÁN

Zurbarán-nyyn- San Serapio- museo Thyssen

 

Blancos y pliegues y plumas y papeles que escriben los monjes, pero sobre todo blancos, blancos, la blancura de Zurbarán en el Thyssen a media mañana, mientras se deslizan por el Paseo del Prado automóviles de todos los colores y los blancos, sólo blancos de las mangas de los monjes, dejan escapar los dedos hacia el cielo, unos dedos señalando la altura de otro mundo, la hondura de la accesis. Blancos, blancos centrados en bodegones, entre cacharros del siglo XVll, entre frutas y cardo. La manga blanca del hábito de San Serapio cuelga sus pliegues atrayendo la mirada hacia la mano y la mano que lleva el pincel de Zurbarán nos lleva otra vez a lo blanco, se extiende en lo blanco, lo blanco invade el marco del museo y la pluma del monje se posa en el aire buscando acabar su escritura, apuntes que tratarán del cielo.

Luego están los ojos, pupilas que se cierran o que miran a lo alto, el blanco infinito y oculto para tantos humanos ya lo ha visto ese ojo del santo de Zurbarán que suplica, padece y contempla. Los blancos de los pliegues se alzan intentando seguir la visión de ese ojo pero no lo alcanzan, los pliegues de las ropas reposan sobre tierra, envuelven la tierra de ese monje que es polvo enamorado.

José Julio Perlado

 

Zurbarán-noon- monje- elmundo es

 

(Imágenes.- 1.- Zurbarán- San Serapio- museo Thyssen/ 2.- Zurbarán-elmundo es)