RECORDAR LA INFANCIA

 

 

“Hay dos tipos de autores —dice Bárbara Jacobs —: los que deciden hablar de su infancia, de este modo o del otro, más apegados a la realidad o más a la fantasía, y los que deciden no hacerlo. Casi podría asegurar que a estos últimos su infancia se les colará en el momento en que lo crea oportuno, a pesar de la resistencia razonable o no que ellos le opongan. Y se colará, se hará presente, en una frase, en una palabra, por la sencilla razón de que ellos no son quienes son sino sólo a partir de ella. Lo cierto es que apenas un autor llama a su infancia y ella aparece, ha empezado el recuerdo.

Cuando un autor escribe acerca de su infancia, la relee, la recorre en la memoria, mira por primera vez el niño que fue, y del que es hijo, y entonces le  pregunta cuanto ese niño le habría preguntado a él, si él hubiera sido su padre; y ese niño, a la hora del recuerdo, resulta que conoce las respuestas y se las dicta, con naturalidad, al autor que, de niño, nunca las supo. Eso es el recuerdo.

 

 

Y si un autor redacta con fidelidad ese recuerdo individual, real y a un tiempo imaginario, la  historia se vuelve hospitalaria: recibe a cuantos llegan a ella y les dice, pasen, siéntense, ésta es también su casa. Y no hay más que un tipo de casa; o más bien: a los infinitos tipos de casas los habita un único ambiente; o más bien: los infinitos tipos de ambientes llevan a un componente inconfundible que los une, que los hace ser el mismo, siempre el mismo, y este componente con un sabor adaptable a todo paladar, nombrable o identificable por cada paladar según su propia naturaleza, es el de la nostalgia.

Cuando un autor recuerda su infancia, cuando escribe lo que su recuerdo le dicta; cuando un lector lee esta memoria con forma y la hace suya; cuando uno visita esta ciudad, esta novela, lo que experimenta es nostalgia. Puesto a recordar, un autor advierte, además, que la ciudad de su infancia, la novela de su infancia, recorrida igual que la brisa por la precisa nostalgia, es inagotable.

(…) El recuerdo, la recreación de este recuerdo, no es una recuperación de la infancia; es afianzar el hecho de que la infancia, esa ciudad, esa novela, se ha dejado atrás. Es el tiempo de llorar. Es el tiempo de regalar nuestras tallas pequeñas al fuego; las cenizas volarán como el polen y, como el polen, rozarán los dientes de león de los campos y se posarán sobre todas y cada una de las margaritas blancas y amarillas para que, ahora sí,  uno pueda jugar entre ellos con toda libertad: en la noche, a la hora de soñar; ante las hojas encima del escritorio, a la hora de sentarse a recordar.”

 


 

(Imágenes—1-Eugene Smith/ 2-Vynn Bullock/ 3- Robert Doisneau)

ÉRASE UN NIÑO QUE SALÍA

“Érase un niño que salía cada día,

y el primer objeto que veía, en ese objeto

se convertia,

y ese objeto se convertía en parte de él todo el día

o al menos una parte del día,

o por muchos años o por largos ciclos de años.

Y las primera lilas se hacían parte de este niño,

y la hierba y el blanco y rojo de las campanillas, y

el trébol blanco y rojo, y el canto del

papamoscas,

y los corderos de tres meses y los rosados lechones,

y el potrillo y el ternero,

y la ruidosa camada del corral o junto al lodo

del estanque,

y los peces tan curiosamente suspendidos allá

abajo, y ese hermoso y curioso líquido,

y las plantas acuáticas con sus gráciles cabezas planas, todo

se convertía en parte de él.

(…)

Sus propios padres, el padre que le había engendrado y la madre

que le había concebido en su seno y dado a liuz,

y de sí mismos le dieron a ese niño más que todo eso,

le dieron después el cada día, se convirtieron en parte

de él.

La madre en casa que en silencio coloca los platos sobre

la mesa,

la madre de dulces palabras, limpios su gorrro y su vestido,

el saludable aroma que emana de su persona y ropa

cuando camina,

(…)

las costumbres familiares, el lenguaje, la compañía, los

muebles, el corazón conmovido y emocionado,

el afecto que no puede negarse, la noción de lo que

es real, el pensar si después de todo resultará

ser irreal,

las dudas que se tienen durante el día y las dudas de la noche,

los curiosos si y cómo,

si lo que parece ser así es así, o son todo destellos

y motas,

los hombres y mujeres que abarrotan veloces las calles, si no son

destellos y motas,  ¿entonces qué son?,

las calles mismas, y las fachadas de las casas, y

vehículos, caballos de tiro, los tablones de los muelles,

los inmensos embarcaderos de los ferrys,

el pueblo de la meseta visto desde lejos al alba,

el río que lo cruza,

sombras, aureolas y nieblas, la luz que se posa en los tejados

y hastiales blancos o pardos a dos millas de distancia,

la goleta cercana que duerme soñolienta sobre la marea,

el pequeño bote que va a remolque a popa,

las olas presurosas que vienen y van, las crestas efímeras,

que chapotean,

las capas de nubes de colores, la larga franja de tono

marrón allá solitaria, la extensión de pureza donde

permanece inmóvil,

el filo del horizonte, el vuelo del cormorán, la fragancia

de las salinas y el lodo de la orilla,

todo eso se hizo parte del niño que salía cada

día, y que ahora sale, y que siempre saldrá

cada día”.

Walt Whitman: ” Érase un niño que salía

(Imágenes:-1.-Wynn Bullock.-niño en Forest Road.-1958/2- Fernand Khnopff.-1885/3.-Arkady Rylov -la extensión del azul.-1918.-wikipedia)