COPPOLA Y “APOCALYPSE NOW”

 

“Yo estaba allí , en medio de la selva — recordaba Coppola evocando el rodaje de Apocalypse Now —, y  todo el mundo me miraba. Teníamos problemas, no sólo a causa de las terribles tormentas y las tensiones en el trabajo, sino porque habíamos llegado a un punto en el que no podíamos  continuar la película. Como  todo el mundo, yo había empeñado mi coche, mi casa y todo lo que tenía , incluyendo los derechos futuros de películas como El Padrino, como garantía ante el banco, de modo que si me pasaba del presupuesto ese dinero cubriría las diferencias. Tenía dificultades y a nadie a quien pedirle ayuda. No tenía productor, no tenía un protector, no tenía jefe. El jefe era yo. Había conseguido mi deseo, yo tenía todo el control. Al final llegué a un punto en el que dejé de luchar y me iba a la cama pensando : “Se acabó; no puedo, no puedo hacerlo.”

 

 

Estos días se recuerda que han pasado cuarenta años desde aquella película. El relato de Conrad era muy tentador cinematográficamente. Coppola había dicho al final: “la película no es sobre el Vietnam. Es el Vietnam.(Orson Welles, como anota Pere Gimferrer, se había planteado la posibilidad de adaptar “El corazón de las tinieblas” narrando enteramente la historia por el procedimiento de cámara subjetiva, es decir, de modo que la cámara se identificase con la mirada del narrador, traducción visual de una forma bastante usual del relato literario: la narración en primera persona)

 

 

Pero proseguía la voz de Coppola hablando sobre el rodaje: “una vez desperté y me di cuenta de que daba igual. Es como ese tipo que dice: no necesito el trabajo, no necesito un coche nuevo, no necesito triunfar en mi carrera: en la vida hay cosas más bellas e importantes que eso. Así que empecé  a pensar que podía convertir la película en algo personal, que podría seguir mis instintos sin preocuparme de nada más. Aunque fracasara, al menos habría rodado la película que quería.”

 


 

“La misma película — continuaba Coppola — se convirtió en una especie de Vietnam, no podía salir de ella y la única forma que tenía de salir de ella era a través de una escalada de estilo. Y el film se fue volviendo cada vez más mítico. Empieza como un film de guerra realista y acaba siendo algo más que eso. Si alguien viera el final de Apocalypse sin haber visto el principio, pensaría que es una locura. No se sabe si el protagonista es un loco o un héroe. Y seguramente era ambas cosas. Pienso que ése es el verdadero tema de la película, esa dualidad entre el bien y el mal.”

 


 

(Imágenes- -1-marca/2- collider/3–Coppola – hoy/ 4-Marlon Brando -huffi post/ 5- polígono)

EL QUE DEBE ( O NO DEBE ) MORIR

Esta imagen de Eddie Adams siempre me ha impresionado. Data del 1 de febrero de 1968 y fue merecedora del Premio Pulitzer en 1969. El hombre que tiene la pistola en la mano es el general Nguyen Ngoc Loan, de la policía survietnamita, y a quien apunta es a un prisionero del Vietcong, segundos antes de ser ejecutado.

Dieciseis años después (cambiando ligeramente la forma de esta imagen pero en absoluto su esencia) escribí en mi novela – “Contramuerte” ( Ediciones B, 1984) -, el diálogo que uno de mis personajes, el profesor Bruno Vial, mantenía  con el protagonista del libro, que así lo relataba:

“No sé en dónde, en alguna parte del cuarto, en sus rodillas, en las mías, o tal vez en la mesa camilla, permanecía abierto el periódico de la mañana con la imagen a que he aludido – y que ahora tengo ante mí -: aquel sombrío fusilamiento en Saigón.

Bruno Vial, cambiando de improviso de tema, como arrebatado de repente por aquella fotografía, la acercó hasta sus lentes de miope tal y como solía hacer, es decir, casi rozando con las gafas el papel y recorriendo con enorme atención la epidermis de todo cuanto veía o leia. Pasó inesperadamente la página hacia atrás. Era el retrato del mismo hombre pero aún sin ejecutar. Sus rasgos descompuestos en primer plano parecían preguntar sin pronunciar palabra, interrogaciòn cubierta por una venda negra cubriéndole los ojos, otra tira de tela estrecha apretándole la boca con tal fuerza que se incrustaba en ella, haciéndole mascar obligatoriamente con los dientes aquella mordaza. Vial daba la impresión de haberse desentendido de mí y sus gruesos cristales se concentraban en aquella imagen como si la palparan con la frialdad del vidrio, pero también la fueran quemando y absorbiendo con el calor de las pupilas al otro lado de los lentes.

– ¿Ha visto? ¿Ha visto usted esto?.- pronunció absorto, sin levantar su cabeza hundida.

No quise pronunciar palabra alguna por no delatarme. Y miré, me acerqué más a Vial, y miré aquella fotografía.

– Este hombre al que se le acaba de decir que va a morir en los próximos minutos – murmuró el profesor como si hablara consigo mismo -, no ha muerto nunca. No sabe qué es morir. (…) Pienso que si antes hubiera muerto este hombre alguna vez – dijo de pronto Vial -, igual que muchas veces ha tenido que sufrir, amar y fracasar, como ha tenido oportunidad de llorar y de reir y de realizar todos los actos de la vida, este rostro que casi no puede verse, tendría ahora una expresión distinta, impensable para mí – prosiguió el profesor lentamente -; para mí -repitió -, para él y para el resto.

Sus gafas le seguían rozando para  observarlo bien.

– Pero este hombre – dijo Vial sin dejar de mirarlo -, como todos los seres, va a morir – esperó – ¿lo ve?, va a morir por primera y última vez – ahora hablaba muy lentamente – No conoce su muerte. Ni siquiera conoce la muerte, sino por cuantas muertes (no suyas), ha llegado él a ser testigo.

Al borde de la página, en otra ilustraciòn, aparecia semiborroso el mismo patio y el condenado, al fondo, sujeto ya, apuntándole.

– Y este grupo de hombres – prosiguió el profesor igual que si palpara los escondrijos de aquella fotografías -, todos los hombres del mundo menos él, aquellos que le van a ejecutar, y quien dará la orden – hizo una pausa -, así como los millares de millones de ojos que estamos observándole a través de la prensa – no levantó la cabeza -: es decir, todos los que no somos él y le contemplamos -gafas y periódico eran casi una misma cosa -, nada sabemos tampoco del morir – guardó silencio -. Es esta “una muerte más” -hablaba con enorme lentitud -, estampido, fogonazo, caída: inmovivildad perpetua – aguardó -, pero no es la esencia de la muerte.

Por primera vez el profesor irguió un poco sus lentes y, dejando el periódico abierto entre los dos pero sin atenderme, miró ( o yo creí que miraba) hacia un punto indefinido de la habitación: como continuando el soliloquio.

– ¿Quién puede comprender tal esencia?

Era como si se interrogara a sí mismo y hablara en un aula extraña, que respetase su pregunta y su indagación.

– Únicamente aquellos que ya han muerto, suponiendo que la conserven consigo tal y como en vida se guardan esencias y vivencias.

Estaba absolutamente concentrado.

– Ninguno de los que han muerto, ha revelado sin embargo esa esencia al resto.- Una pausa – ¿La conservan? -nueva pausa – ¿Guardan los muertos esa lección única de su propio morir? – movió ligeramente la cabeza: yo estaba seguro de que él se sentía solo en la habitación -. Nada se sabe – dijo con tremenda lentitud -. Nada se comunica a los hombres con vida.

Yo creí que iba a proseguir, pero de improviso volvió a la imagen del periódico.

– Por ello, estas miradas y sentimientos, las reacciones escondidas que contemplamos, esa “muerte del otro” – se quedó clavado ante la fotografía del condenado oriental – ¿qué aportan en el fondo de sí y definitivamente?  – ya su mente parecía disparar desencadenadamente las preguntas, igual que si ametrallase a aquel hombre -. ¿Cómo definir certeramente lo que sentimos en la hondura, si este morir al que asistimos es “uno más”, y nunca es el “nuestro”?”.

(“Contramuerte“, págs 42-44)

Sí, siempre me ha impresionado esta fotografía.

El que debe ( o no debe ) morir.

Y por supuesto, nunca morir así.

(Imagen:- foto: Eddie Adams.-1 de febrero 1968.- Premio Pulitzer 1969)

REY DEL RING

“Los pesos pesados – escribe Norman Mailer enRey del ring” (Lumen) – jamás tienen tan simple equilibro. Tan pronto llegan a campeones, comienzan a tener vida interior a lo Hemingway y a lo Dostoievski, a lo Tolstoi, Faulkner, Joyce, Melville, Conrad, Lawrence o Proust. El más claro ejemplo es Hemingway. Por querer ser el más grande escritor de la historia de la literatura, sin dejar de ser una inmensa figura de todas las artes corporales que su siglo y su edad le permitieran, se quedó solo, y siempre tuvo conciencia de ello”. En Mi Siglo ya hablé de esa gran pieza periodística que Mailer escribió – junto a “Los ejércitos de la noche” -: el movimiento de las palabras en combate con la página, la flexión de las piernas sorteando a la imaginacion, sus puños dirigidos al mentón de los vocablos. Y siempre la observación, la constante obervación de los sentidos que todo reportaje ha de tener y que fue muy valorada en el Nuevo Periodismo. En “Un fuego en la luna” – su seguimiento de la aventura del Apolo Xl en 1969 – Mailer se retrataba en tercera persona: “Él prefería adivinar un suceso – decía – a través de sus sentidos; dado que era tan corto de vista como vanidoso, tendía a olfatear el núcleo de una situación desde cierta distancia. Así su pensamiento permanecía a menudo fuera de contacto en las elaboraciones de su cerebro, durante muchos días en la misma época. Llegado el momento, loado sea el cielo, él parecía haber comprendido el suceso. Ésa era una de las ventajas de usar la nariz, la tecnología todavía no había logrado elaborar una ciencia del olfato”.

EnRey del ringMuhammad Ali baila sobre la lona y Mailer le sigue con su olfato de palabras: “El sparring – escribe– bombardeaba el estómago de Ali y Ali imprimía lánguido movimiento ondulatorio a su cuerpo, torciendo de vez en cuando el cuello hacia atrás cuando el sparring dirigía un golpe alto a la cara, rebotando de las cuerdas a los puños, de los puños a las cuerdas, como si su torso se hubiera convertido en un formidable guante de boxeo que absorbiera el castigo, con lo que Ali penetró en un más profundo concepto del dolor, como si el dolor dejara de ser dolor cuando se acepta con el corazón en paz”.

Muhammad Ali es interesante – le confesaba Mailer a Lawrence Grobel en “Una especie en peligro de extinción” (Belacqua) y también le confiaba la violencia que el autor deLos ejércitos de la noche llevaba dentro. Esa violencia alternaba la contundencia con la suavidad de la prosa y así podía escribir queAli descansaba en las cuerdas y absorbía puñetazos en la barriga, con leve expresión de desdén, como si los golpes, curiosos golpes, no profundizaran demasiado en su cuerpo, y después de uno o dos minutos, habiendo ofrecido su cuerpo como si fuera el cuero de un tambor en el que un loco batiera un solo, salía violentamente de aquel estado de comunión consigo mismo, y lanzaba una cascada de puñetazos como destellos de luz en el agua”. El periodismo seguía golpeando una y otra vez al vientre y a la realidad de la vida ” y entonces – continuaba Mailer – fue como si el espíritu de Harlem por fin hablara y viniera en su ayuda, y se aparecieran los fantasmas de los muertos en el Vietnam, y algo le mantuvo en pie ante el triunfal Frazier, el Frazier con los brazos agarrotados por la fatiga, casi fuera de sí, que acababa de propinarle el más potente puñetazo que había lanzado en su vida. Y así discurrieron los últimos segundos de una gran pelea, con Ali todavía en pie, y Frazier vencedor”.

Cuando se reeditan ahora célebres fotografías de Muhammad Ali boxeando, releer también memorables reportajes sobre el tema nos conducen a las singulares peleas del periodismo.

(Imágenes:-1.-fotografía del libro sobre Muhammad Ali publicado por Taschen/2.-comic de Superman contra Muhammad Ali.-foto Andrew Henderson.-The New York Times/ 3.-foto del libro publicado por Taschen/4.-Muhammad Ali noqueado en 1966.-elmundo.es)

“LA CINTA BLANCA”

Las guerras nacen en el cerebro. También en el corazón. Del corazón salen los homicidios, los malos sentimientos, las venganzas, los rencores, los odios. “Y cuando estaban en el campo, Caín se alzó contra su hermano Abel, y lo mató“, dice el Génesis. Y cuando estaban a la vera del río, uno de los niños arrojó al otro al agua intentando matarlo.

 Se ve perfectamente la “pequeña guerra”  – Rilke hablaba de la “pequeña muerte” – en la película de Haneke.

La envidia es caries de los huesos” – recuerdan los Proverbios -“El propenso a la ira comete necedades y el malicioso se hace odioso” Las guerras nacen siempre en el cerebro.

 También en el corazón.

La pequeña guerra suele esconderse en los ojos de los rostros.

Luego, la guerra – aún pequeña – se eleva entre las llamas de los asaltos.

Después la guerra – ya más amplia – se extiende en la humareda de las trincheras.

Al fin la guerra es disparada por la boca del cañón acribillando 100.ooo víctimas en Tokio en 1945, sin contar Hiroshima y Nagasaki, que provocaron 200.ooo muertos. En Vietnam la guerra – sólo entre víctimas civiles -, 365.000 muertos.

La guerra deja las botas tendidas en la muerte, suelas marcadas de vidas. En Japón, la guerra – sin contar las bombas atómicas -300.000 civiles muertos sólo en 1945.

La guerra aplasta la inocencia.

La guerra tiñe el cielo de rojo.

Pero la guerra – la “pequeña guerra”, esa simiente de la guerra perpetua – empieza en el campo, junto al río. “Y cuando estaban en el campo, Caín se alzó contra su hermano Abel, y lo mató“.

La guerra empieza siempre en el cerebro.

También en el corazón. 

También en cualquier lugar de la mente.

También en cualquier lugar de una habitación.

(Imágenes:-1,2, 3, 4 y 10.- “La cinta blanca” de Haneke/ 5.-foto Frank Hurley.-Francia 1918.-flickr/ 6.-foto Yakov Khalip .-1937.-artnet/ 7.-foto Paolo Ventura.-The New York Times/ 8.-foto Tyler Hiks.-The New York Times/9.-Rudy Ernst.-2001.-artnet)

LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE

Hay otros lenguajes que no son el de las palabras, hay lenguajes de símbolos y lenguajes de naturaleza. Hay lenguajes del cuerpo. Y el boxeo es uno de ellos. Jamás podremos comprender a un campeón de boxeo, si nos negamos a reconocer que se expresa a través de un dominio de su cuerpo que es, en su inteligencia, tan independiente, sutil y amplio como cualquier ejercicio mental llevado a cabo por destacados ingenieros sociales cual Herman Kahn y Henry Kissinger. Desde luego, según nos dicen, Herman Kahn es un hombre que pesa más de cien kilos. No, sus pies no son alados. Y también es cierto que más de un buen boxeador, a poco sonado que esté, no habla con excesiva brillantez. Pero esto no significa que sea incapaz de expresarse con ingenio, estilo y un especial concepto estético de la sorpresa cuando boxea con su cuerpo, de la misma manera que la obesidad de Kahn no nos impide darnos cuenta de que piensa con vigor. El boxeo es un diálogo de cuerpos. Hombres ignorantes, por lo general negros, por lo general casi analfabetos, se dirigen el uno al otro por medio de un conjunto de intercambios de carácter conversacional que van directamente a los puntos más sensibles de cada uno de ellos. En realidad, pura y simplemente, conversan con su físico.
Así describía la pelea de mentes y de puños Norman Mailer que hoy acaba de morir y que, aparte de sus novelas largas, quedará como el autor de “Rey del ring” (Lumen), de “El negro blanco” (Tusquets) o de “Los ejércitos de la noche” (Grijalbo).

El periodismo literario le debe – como a Truman Capote o a William Styron – paginas precisas y memorables. Los ejércitos de la noche no se disolvieron tras los días de “demostración” contra la guerra del Vietnam en la ciudad de Washington en 1967. Los ejércitos de la noche han proseguido manifestándose ante cada contienda aunque no se hayan cantado siempre de la misma forma por los escritores.

Norman Mailer poseía un poderoso ego que convocaba a la vez admiraciones y desprecios. La diferencia entre el noble ego de los campeones – escribió él – y el más débil ego de los escritores radica en que el campeón vive en el ring unas experiencias que, en ocasiones, son tan formidables que sólo pueden comunicarse a otros púgiles de la misma altura, o a las mujeres que han vivido minuto a minuto un parto angustioso, experiencias misteriosas, a fin de cuentas. Lo mismo les ocurre a los montañeros. Estos ejercicios del ego llegan a dar lugar a algo parecido al alma, de la misma manera que quizá la tecnología haya comenzado a superarse a sí misma, en el momento en que pisamos la Luna. En el curso de un gran combate, dos grandes púgiles navegan por subterráneos ríos de agotamiento, alcanzan altos picos de dolor, a la luz de su propia muerte, miran a los ojos al hombre con quien combaten, y atraviesan encrucijadas de las más angustiantes dudas cuando se levantan del suelo, haciendo caso omiso de las dulces invitaciones de las catacumbas del olvido. Pero nosotros no nos damos cuenta de que estos hombres son así debido a que no son hombres de palabras, y a que este siglo es siglo de palabras, de números y de símbolos.

Norman Mailer era así.