“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (20) -ROMA, PIAZZA NAVONA

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (20):  Piazza Navona, Via Margutta

 

 

—Singulares experiencias, sin duda, las de sus años romanos…
Me ha hablado usted varias veces estos días del paso de tiempo, no sólo en los libros sino en muchas otras cosas. ¿Le interesa el tiempo, le obsesiona el tiempo?

 

— Bueno, esto está también relacionado de alguna forma con mis años en Roma. El tema del tiempo es algo que siempre me interesa. No creo que exactamente me llegue a obsesionar, pero sí me interesa mucho, me intriga, usted me lo ha recordado. He escrito varios libros que de uno u otro modo giran en torno al tema del tiempo, en torno a la superación del tiempo. Hace unas semanas, creo, si no me equivoco, cuando le hablaba a usted de Madrid, de la calle en que nací cerca de la Gran Vía, pero también de aquella casa de la calle de Goya, la primera casa en la que viví, de las grandes habitaciones de aquella casa, me refería al tiempo pasado, a la superposición de distintas épocas sobre esa casa. Esto me ha sucedido muchas veces: el pensamiento del paso de las épocas sobre las ciudades y los hombres.

Recuerdo, por ejemplo, en Roma cómo me impresionó una manifestación comunista de los años sesenta a la que tuve que asistir por obligaciones periodísticas y cuyo escenario fue la Basílica de Majencio, a un paso del centro del Foro. Allí, ante las ruinas de la célebre Basílica civil del siglo lV comenzada por Majencio y terminada por Constantino, pensé también en la superposición de las épocas, en el pasar de los siglos. En aquel anochecer romano de antorchas y de cánticos se estaba pidiendo a gritos la libertad y la paz. Y mi mirada, recuerdo, iba contemplando atentamente aquella gigantesca escena entre las sombras, y al evocarla, mi memoria marchaba igualmente hacia atrás, me llevaba sin querer hasta una acuarela a lápiz que yo había descubierto hacía años entre las páginas de un libro. Se trataba de una “vista de Roma” del arquitecto y dibujante inglés John Goldicutt, pintada hacia 1820, y allí aparecía también aquella Basílica de Majencio reencarnada en tonos ocres y amarillos y llena de luminosidad. Pero la luminosidad de aquella noche de los años sesenta con las antorchas en penumbra y alumbrando de algún modo las tres bóvedas, las imágenes de la Basílica del siglo lV y a la vez la “vista de Roma” de Goldicutt , fueron las que se unieron de pronto en mí en un instante mientras seguía escuchando los vibrantes cánticos comunistas. Y eso aún pervive en mi memoria.

De todos modos con Roma, ya que volvemos a ella, me ha pasado como con muchas otras ciudades: el interés o la evocación, casi sin querer, como digo, por la superposición de muchas épocas. Eso quizás ha ampliado mi mente de escritor, no lo sé, tal vez algo la haya enriquecido y le haya dado otra dimensión; pero eso no soy yo quien debe decirlo. Es como si volviera de alguna forma al título de aquel libro de Mujica Láinez del que un día le hablé, el “aquí vivieron”, el saber de algún modo que en esas ciudades y en esas casas, hace muchos siglos, ellos – sean quienes sean -, “aquí vivieron”. Acabo de referirme a esa acuarela de Goldicutt representando a la Basílica de Majencio. Pero yo he sido siempre muy aficionado, además de a la pintura y a los buenos cuadros, también a las fotos antiguas: me han intrigado esas amarillas imágenes. Ellas me han ido abriendo a otros mundos. Pienso que son la historia de una ciudad, la vida de las generaciones. En el caso de Roma, cuando yo la viví en los sesenta, también las viejas fotos me intrigaban mucho. Recuerdo una en la que se veía el Foro Romano, cuarenta años después de la acuarela de Goldicutt, es decir, en 1860, una fotografía extraordinaria de un italiano de origen alemán afincado en Nápoles, Giorgio Sommer, que recogía el paso de unas yuntas de bueyes caminando pesadamente por entre las ruinas del Foro, poderosos y mansos animales transportando enormes carromatos cargados de maderas, imagino que aportaban su esfuerzo para alguna construcción, y esos bueyes entre las celebres ruinas me iban llevando hasta tiempos en los que el Foro, ya en la Edad Media, se había utilizado como feria de ganado y luego, a mitad del XlX, cuando llegó a llamarse “campo vacuno”. Nunca habría podido imaginar a unos bueyes paseando ante la Columna Trajana pero allí estaban. Roma es así, imprevisible. Como decía Fellini, esa ciudad es una gran plataforma que sirve para emprender vuelos fantásticos y esos vuelos a mí me han llevado calles abajo, por plazas y rincones de Roma, gracias a las grandes fotografías y a los grandes fotógrafos. También Giorgio Sommer , el mismo fotógrafo que retrató el Foro con los bueyes y en el mismo año en que lo hizo, había querido recoger los numerosos carromatos cargados de frutas y verduras que invadían plaza Navona, desperdigados y semiapoyados en torno a las fuentes y al obelisco, testimonio sin duda del bullicioso mercado que allí había existido desde el siglo XV y que en el XlX ofrecía diariamente sus provisiones a los romanos. Y así, cuando yo muchas veces me acercaba en aquellos años, sobre todo en verano, hasta aquella plaza sentándome bajo el toldo de la heladería “Tre Scalini” para saborear una “cassata” o un “tartufo”, los avatares históricos de plaza Navona venían hacia mí, pero como podía venir igualmente el tapiz del pasado en Madrid, en París o en cualquier otro sitio. Eso, de una forma o de otra, en las ciudades siempre me ha ocurrido.

Y fue precisamente en una de aquellas mañanas, como le digo, en plaza Navona, en uno de aquellos paseos míos siguiendo la forma oval de aquel lugar donde había estado emplazado hacía siglos el estadio de Domiciano, y mientras admiraba una vez más la célebre Fontana de los Cuatro Ríos con el gran obelisco egipcio coronado en su cielo por la paloma que lleva una rama de olivo en su pico y en el momento en que bajé la mirada y la extendí de nuevo sobre la multitud, cuando me topé casi de bruces, inesperadamente, con un viejo colega mío, un excelente periodista y corresponsal francés, Jean D ‘Hospital, con el que no había logrado coincidir, aún no sé bien por qué, desde hacía muchos meses y en las pocas ocasiones que habíamos charlado lo habíamos hecho en los despachos de la Prensa Extranjera, en Plaza de San Silvestro. A los dos nos sorprendió aquel encuentro y pienso que a los dos nos proporcionó también una gran alegría. Y sin duda para recuperar el tiempo perdido empezamos los dos a hablar enseguida de muchas de nuestras cosas, y como ocurre con las conversaciones entre antiguos conocidos, casi sin darnos cuenta, fuimos cruzando callejuelas y atravesando plazas sin dejar de hablar, deteniéndonos en las esquinas para reforzar nuestros argumentos y volviendo de nuevo a andar hasta llegar así, paso a paso y casi sin querer, hasta vía del Corso, y de allí, con una conversación casi interminable ( él acababa de publicar su libro “Roma in confidenza”, y deseaba, me dijo, regalarme un ejemplar ), nos acercamos hasta vía Margutta que era donde Jean D’ Hospital vivía.

No sé si usted conoce bien la ciudad de Roma pero vía Margutta por aquellos años seguía siendo, y yo creo que lo sigue siendo ahora aunque quizá con más avalancha de turistas, una pequeña calle deliciosa, muy cercana a la Plaza de España, una pequeña calle célebre por su arte al aire libre, decorada muchos días y a muchas horas de cuadros espontáneos. Y eso es lo que vi nada más llegar al portal de mi amigo. A pesar de la hora – era más de mediodía – ya estaban los muros y las aceras de la calle casi completamente invadidos de pinturas y esculturas de todos los tamaños, unos cuadros descansando en el suelo, otros a media altura presentando dibujos sin marco, abigarradas litografías que se alternaban con figuras en yeso, mascarillas, bocetos, toda clase de objetos artísticos colocados entre sillas y mesitas cubiertas con pequeños tapices familiares, en el fondo todo un museo improvisado y viviente. D ‘Hospital me contó, mientras yo contemplaba todo aquello asombrado, que hacía diez años, en 1953, se había creado en esa calle la “Feria de arte de la vía Margutta”, una muestra anual muy celebrada en la ciudad y que a él todo aquel tráfico de gentes y de vendedores a veces le perturbaba en su trabajo periodístico pero que no dejaba de mostrar indudablemente, y así lo reconocía, una gran belleza. Luego, cuando subimos a su apartamento en el segundo piso – una superficie de tres habitaciones que daba a un pequeño balcón cuajado de flores – D ‘ Hospital, entregándome su último libro acompañado de una dedicatoria cordial y expresiva, me estuvo hablando, aunque de manera muy general, de las costumbres romanas, de las gentes y de la vida pública, cosas que él había vivido y observado muy bien, pero sobre todo lo que me intrigó enseguida y me dejó asombrado fue el descubrimiento de su extraordinaria colección de fotos antiguas de la ciudad que muy pronto quiso mostrarme con una mezcla de orgullo y de satisfacción. Escondía la colección, muy bien clasificada y ordenada, en una pequeña habitación contigua a su estudio y allí me hizo pasar. La había ido acumulando, según me dijo, durante veinte años, exactamente desde que en 1944 había llegado a Roma procedente de Argel, entrando en la ciudad en plena noche conduciendo un jeep y vistiendo el uniforme militar con las insignias de corresponsal de guerra de una Francia dolorida. Y allí, ante mi sorpresa, encontré el mayor archivo fotográfico de Roma que nunca he visto ni hubiera podido imaginar y que ya desde el primer vistazo constituyó para mí una auténtica delicia. Eran numerosas imágenes de tipos muy diversos captados a lo largo de años por los más grandes fotógrafos no sólo italianos sino americanos y de diversos países europeos, y revelaban la pasión de todos los devotos observadores de la ciudad. Allí encontré, por ejemplo, instantáneas conseguidas por los célebres Cartier- Bresson y James Anderson o fotos logradas por el calabrés Mario Carbone o por los hermanos D’ Alessandri, pero más aún que esos nombres, siendo importantes, impactaban las imágenes. Recuerdo de manera especial los testimonios gráficos de la época del fascismo que él había reunido gracias, como me dijo, a amigos suyos del Instituto Luce, la gran Agencia oficial estatal, y donde se veía a los romanos de 1942 leyendo en las calles, entre la curiosidad y la desesperanza, el periódico mural “Notizie da Roma”, un enorme papel pegado y arrugado que había ido colocando en las esquinas la Federación Fascista de la Urbe, o también la visita de Hitler y Mussolini a la Galleria Borghese de Roma en 1938 con la pétrea mandíbula de Mussolini disparada con enorme poderío sobre la “ Paolina Borghese” de Antonio Canova mientras Hitler, a su lado, la vigilaba y calibraba sin mover apenas su famoso bigote. Eran muy valiosos testimonios de una época ya pasada pero a la vez intensa, que, como quiso comentar D ‘Hospital conforme pasábamos las hojas de su archivo, hacían surgir las preguntas que los romanos frecuentemente se hacían: “¿la guerra?, ¡bien, ya pasó! ¿Los fascistas? ¿Pero es que alguien alguna vez había sido fascista?”, se preguntaban. Eran cuestiones sin respuesta y que a la vez definían a los italianos. En uno de aquellos momentos aproveché para preguntarle al periodista : “entonces, tu que los conoces bien, ¿en qué están interesados los romanos?”, y enseguida me contestó: “ Pues creo que principalmente en su madre, en sus hijos, en la mesa, en los cantantes de moda, en las bodas reales, en las aventuras de las estrellas de cine, en la temperatura y en el fútbol. Como habrás visto, añadió, hablan a una velocidad endiablada, porque su lenguaje está basado en tres expresiones fundamentales: “Aoh!”…”He!”… “Mha!”… La primera, no es que yo lo haya indagado mucho, me añadió D ‘Hospital, pero creo averiguar que puede ser una manifestación de sorpresa, una oposición, o tal vez una defensa, a veces incluso una prohibición, aunque yo no consigo adivinarlo bien del todo; la segunda puede ser también una interrogación o una aceptación, y la tercera, cualquier forma inspirada de un lenguaje suyo muy propio y muy personal. Es un lenguaje inimitable el de los italianos y casi siempre sostenido por gestos. A veces ese lenguaje, como has visto, queda resumido en un solo gesto porque no necesitan más: hacen un movimiento con las manos o alzan las cejas. Pero con eso ya lo han dicho todo: desde las protestas en la ventanilla de su coche a las conversaciones más banales. Se comunican perfectamente. Y como anotaba un gran novelista, el pueblo romano goza con el estrépito y con el ruido, con ese ruido producido con la boca o con las manos, y eso ya contribuye a su felicidad de vivir.”

Tuvimos, recuerdo, una larga y agradable conversación, y cuando le comenté, casi al despedirnos, aquella fotografía del Foro que a mí me había sorprendido tanto – la fotografía del Foro con los bueyes en 1860 – , D’ Hospital no se asombró en absoluto. Me enseñó otra aún más antigua: una imagen del mismo Foro tomada tres años uantes, en 1857, una instantánea de la ropa puesta a secar, extendida sobre las famosas columnas históricas; unos pantalones blancos, unas camisas y sábanas colgadas en lo que habían sido las ruinas quizá más célebres del mundo, unos colores amarillentos igual que si el tiempo hubiera dorado la fotografía, y un color blanco en cambio extendido en los vestidos bajo el sol. Como digo, toda aquella charla fue muy agradable. Nos prometimos repetirla y así lo hicimos unas semanas después, yéndonos a cenar al aire libre al barrio del Trastevere, ese barrio tan típico donde la chiquillería corre entre las mesas y casi no le dejan hablar a uno. Pero pudimos hablar de muchas cosas. Con la gran cultura que Jean D’Hospital tenía sobre la ciudad, recuerdo que me aconsejó el libro de Jérôme Carcopino sobre la vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, desmenuzándome muchas anécdotas, por ejemplo, las intensas diferencias que, precisamente allí, en el Trastevere, habían existido entre el día y la noche, en el marco de históricas tabernas permanentemente abiertas y tantas veces cercadas por embaucadores, raptores e incluso asesinos que en tiempos del Imperio atacaban de modo casi continuo a paseantes nocturnos.

José Julio Perlado— “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (19) – FEDERICO FELLINI

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (19) :   Federico Fellini

 

 

– Volvamos ahora, si le parece, a su encuentro con Federico Fellini, del que aún no me ha hablado, y de sus años romanos…

 

-La primera vez que llegué a Roma, como antes le decía, fue en 1963. Tras dejar mi equipaje en un hotel de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre, aún lo recuerdo, en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel primer viaje mío estaba previsto como una estancia rápida y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita muy provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego tan habitualmente. Pero los giros de la vida son imprevisibles, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional estable y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como via Condotti o via Frattina, via della Mercede o via del Tritone y tantas otras más. Tenía entonces mi despacho de corresponsal en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil italiano, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima via Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas diarias y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido, solía detener mi coche cerca de aquellas Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora o algo más dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en mi casa de Madrid, diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la esquina con via Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en uno de sus cafés bajo los toldos, en “Canova”, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde las reuniones variadas de gentes del cine y de la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando también Federico Fellini.

 

Conocí a Fellini en los estudios Rizzoli en 1965, cuando estaba rodando “Giulietta de los espíritus”. Pero sigo teniendo en la memoria, como digo, ese café “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en las charlas de ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse un día precisamente qué era Roma para él. En el fondo es algo parecido a lo que usted me acaba de preguntar. Y él mismo quiso responderse: Pienso – dijo el director italiano – que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

Naturalmente que voy a hablarle ahora de Fellini. En primer lugar, usted muy posiblemente no sabrá nada, o muy poco, de un monje italiano del siglo Xl llamado Hildebrando. Hildebrando Aldobrandeschi era su nombre completo. Nacido en Sovana, en Toscana, en 1020, murió en Salerno, a los 65 años, en 1085. Y aquel monje Hildebrando llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio Vll y su nombre, Hildebrando, significó para quienes le amaron una brillante llama, según dicen, y para quienes lo odiaron una señal del infierno. Pues bien, Federico Fellini, en las nieblas de su cabeza creadora y efervescente, durante la larga entrevista que mantuvimos aquella mañana me estuvo llamando constantemente Hildebrando, aún no sé por qué, y lo hizo todo el tiempo y durante más de la hora que duró la entrevista, reemplazando continuamente mi auténtico nombre ( pienso que lo hizo de modo inconsciente, porque si no no se me ocurre otra explicación) por el nombre de aquel monje del siglo Xl.

 

-¿Y usted no le corrigió?

 

– Sí, naturalmente que le corregía de modo casi continuo y protesté claramente las primeras veces, pero luego, quizás al primer cuarto de hora, viendo que él no cambiaba, lo dejé ya por imposible. Me cansé. Prefería escucharle las respuestas. ¿Qué importancia tenía que me llamara de un modo u otro si me estaba contando cosas interesantes? Lo importante eran sus respuestas, lo que me comentaba de su cine.

 

-Che effetto, Fellini, le fece “La Strada“? – le preguntaba yo por ejemplo.

-Adesso, Hildebrando, “La Strada”…

 

– Ma, scussi – le respondía yo enseguida en italiano – mio nome non é Hildebrando.

— ¡Ah, vero!…¿Lei e francese…?

– No, non sono francese…. Sono spagnolo.

– ¡Ah, va bene, va bene…! Allora, Hildebrando, “La Strada”, como ogni altra espressione artistica…

—Ma, scussi un altra volta, Fellini, mío nome non é Hildebrando..

– ¿Lei e francese, vero?

– No, son sono francese…Sono spagnolo. Allora, Fellini, fantasia, cos’é?

— La fantasia, Hildebrando, é una parte fundamentale dell’esistenza…Nulla si sa, tutto sí immagina…

-Ma io non sono Hildebrando, ripeto; mío nome non é Hildebrando.

—¡Va bene, va bene..! Adesso stiamo registrando o no?

—Sí.

— Allora, Hildebrando, mi sia permesso un recordo personale, che inmediatamente mi è tornato in mente…

Y así continuaba Federico Fellini despojándose ya de la gabardina y recostándose en aquel sillón de los estudios Rizzoli escondidos en una bellísima callecita que pasaba junto a la iglesia de San Giovanni e Paolo. Como digo, esos días él estaba completamente inmerso en el rodaje de “Giulietta de los espíritus” y desconozco qué nieblas surcaban su cabeza. Cuando vi más tarde la película y a la vez recordé nuestro diálogo volví a pensar que por aquel despacho y en aquella mañana cruzó entera la fantasía : en aquella hora y mientras hablábamos, parecía que estuviera descendiendo Giulietta Masina de la casa en ramas recién aparecida en el film y que aquel despacho de los estudios cinematográficos, como así lo escribí en una crónica de aquel tiempo, oliera a bosque, el bosque oliera a decorado, el decorado diera la impresión de que lo estuvieran clavando continuamente los carpinteros y a los carpinteros a su vez los iban pagando los productores. Todo era fantasía. Y siguiendo con esa fantasía escribí entonces que los productores también podían oler a bosque, esperaban en la sombra a que acabáramos nuestra conversación, humeaban sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad y la verdad era que todo era fantasía, todo, hasta la lluvia de Roma que empezó a caer tras los cristales era ya pura fantasía : se notaba que la lluvia entraba dentro del cuarto, dentro de las palabras de Fellini, tal vez los hombres de los efectos especiales estaban volcando cubos de lluvia sobre aquella habitación donde estábamos, y empezaba a salir agua por el auricular del teléfono. Sí, era el reino de la fantasía. Mientras escuchaba a Fellini pensaba que yo no era ni había sido nunca francés, que tampoco me llamaba Hildebrando, pero que pacientemente escuchaba y escuchaba, a la vez que Giulietta Masina seguía bajando y subiendo del árbol de su película asombrada de cuanto estaba diciendo en aquellos momentos Federico, su marido, y de cómo dirigía aquel bosque de los espíritus que era real e irreal a la vez igual que aquel despacho, igual que los árboles que sostenían los decoradores, igual que los decoradores que irían a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esos decoradores que esperarían ante las ventanillas donde volaban los billetes de banco que a su vez repartirían los productores. Yo veía perfectamente los ojos de los productores cegados por el incendio de sus habanos, aquellos habanos que crujían en sus dedos, y mientras tanto Fellini hablaba y hablaba y seguía hablando llamándome Hildebrando, y yo seguía escuchando y escuchando, y a la vez un monje del siglo Xl entraba y salía de vez en cuando de aquella habitación y de aquella conversación mientras continuaba cayendo lluvia de fantasía en aquel cuarto.

– Pero sin duda Federico Fellini le diría, como usted dice, cosas interesantes. ¿De qué hablaron?

— Naturalmente hablamos de muchas cosas apasionantes y muy variadas. Creo recordar que de la libertad en general y en concreto de la libertad creadora, de su resistencia a las entrevistas y de su resistencia a las preguntas. También de Rimini, el lugar de su nacimiento, y de los dibujos que él solía hacer antes de empezar sus películas. Pero lo más importante para mí de aquel encuentro, lo que más me ha quedado en la memoria, fue el envoltorio, el escenario, el modo cómo, sin querer y sin prepararlo, estuvimos rodando los dos una secuencia imprevisible de una película sorprendente, irreal y real a la vez dentro de un despacho, aquel despacho que era todo un film, los grandes ojos blandos de Fellini me miraban y su voz le hablaba siempre a un tal Hildebrando que simplemente le miraba. Mi nombre, como digo, nunca acertó a pronunciarlo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

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“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

 

 

VIAJES POR EL MUNDO ( 31 ) : PLAZA DE ESPAÑA, ROMA

 

 

“La plaza de España, con sus escaleras, empurpuradas de azaleas y coronadas por el campanario doble de la Trinidad de los Montes —escribe Julien Gracq —, representa para un parisino un esbozo reducido tanto de las escaleras de Montmartre como de los callejeros de la plaza del Tertre ( las pinturas de la Vía Margutta no están lejos); pero un boceto que a la vez vendría a salpicarse a la vez un poco de la escarcha matinal, olorosa,  del Mercado de las Flores.(…) Como los enramados abandonados del Capitolio, como la superpoblada plaza Navona, es uno de los lugares de la ciudad por los que gusta pasar, donde gusta quedarse. Pero tampoco en ningún otro lugar se capta mejor que la seducción de esta gran ciudad guarda un carácter de modestia y timidez provincial casi patético: el de una ciudad enclenque que fue sobreviviendo como pudo durante mil quinientos años entre los escombros y los recuerdos de una megalópolis más grande que ella y donde en ningún lugar se percibe ese brote orgulloso en el florecimiento y la afirmación de sí misma que es el propio de una ciudad como Nueva York, por completo hija de sus obras. La plaza de España, que sobre sus escalones expone como en un espaldar a los “hippies” de todos los países de Europa, es un lugar de descanso para la fatiga soleada de vivir, un decorado para la florista, para una gentil aventura sentimental sobre el que la Trinidad de los Montes hará llover desde lo alto la religiosidad tranquilizadora, el toque de queda  de sus ángeles avejentados. Aquí más que en otros lugares, me ha parecido respirar más de una vez una humildad inesperada y sonriente que es como la nota original de Roma.”

 

 

 

(Imágenes—1 y 2- plaza de España)-

RECUERDO, SÍ, LO RECUERDO


Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo a Marcello Mastroiani contando en un pequeño escenario y ante sólo seis personas y en las montañas de Portugal, en los descansos del rodaje de Viaje al inicio del mundo, de Manuel de Oliveira, lo que recordaba de su vida hilvanada. Recuerdo que contó un sueño donde alguien le decía que llevara consigo los recuerdos de la casa de sus padres. Recuerdo también a mi padre, ya anciano, subiendo conmigo unas escaleras. Recuerdo haber mojado un día una magdalena en una taza de te y cómo las migajas humedecidas me llevaban a los Campos Elíseos, a la blancura de un tiempo recobrado de muchachas en flor y a sus vestidos deslumbrantes. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo cómo recordaba Simenon su infancia y evocaba en París su sombrero flexible y la gabardina de espía con la que se embozaba para escuchar conversaciones y ternuras. Recuerdo en Jerusalén un huerto nocturno con olivos. Recuerdo en Roma Via Margutta y un patio de anticuarios. Recuerdo en Londres un teatro redondo donde se escuchaba a Shakespeare. Recuerdo mi mano en Venecia tocando el agua desde el borde de la góndola. Recuerdo un viaje en automóvil por un valle navarro de España. Recuerdo mi primer baile en la noche con quien sería mi mujer. Recuerdo haber leído los recuerdos del escritor francés Georges Perec. “Je me souviens”, decía Perec, “je me souviens” decía Simenon, “mi ricordo, sì , io mi ricordo“, decía Mastroiani. Recuerdo la niebla en los faros en lo alto de una montaña. Recuerdo la gran playa en la tarde, la extensión desierta, los caballos blancos. Recuerdo los ojos de un ciervo mirándome. Recuerdo el brillo rojizo de una chimenea. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo escribir al amanecer, en el silencio de la casa. Recuerdo haber soñado con música. Recuerdo ventanas y puertas de las ruinas de Palenque, en México. Recuerdo el color de las hayas en La Granja. Recuerdo los cines del Barrio Latino en París. Recuerdo los ojos de mi madre. Recuerdo, sí, lo recuerdo. Recuerdo cuando me llamó ese vecino, Alzheimer, y le dije que nunca estaría en casa. Recuerdo aquel olor de lluvia en la tarde de verano, aquel olor de lluvia permanente, aquel olor a lluvia que no cesa.