“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (19) – FEDERICO FELLINI

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (19) :   Federico Fellini

 

 

– Volvamos ahora, si le parece, a su encuentro con Federico Fellini, del que aún no me ha hablado, y de sus años romanos…

 

-La primera vez que llegué a Roma, como antes le decía, fue en 1963. Tras dejar mi equipaje en un hotel de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre, aún lo recuerdo, en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel primer viaje mío estaba previsto como una estancia rápida y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita muy provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego tan habitualmente. Pero los giros de la vida son imprevisibles, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional estable y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como via Condotti o via Frattina, via della Mercede o via del Tritone y tantas otras más. Tenía entonces mi despacho de corresponsal en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil italiano, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima via Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas diarias y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido, solía detener mi coche cerca de aquellas Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora o algo más dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en mi casa de Madrid, diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la esquina con via Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en uno de sus cafés bajo los toldos, en “Canova”, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde las reuniones variadas de gentes del cine y de la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando también Federico Fellini.

 

Conocí a Fellini en los estudios Rizzoli en 1965, cuando estaba rodando “Giulietta de los espíritus”. Pero sigo teniendo en la memoria, como digo, ese café “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en las charlas de ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse un día precisamente qué era Roma para él. En el fondo es algo parecido a lo que usted me acaba de preguntar. Y él mismo quiso responderse: Pienso – dijo el director italiano – que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

Naturalmente que voy a hablarle ahora de Fellini. En primer lugar, usted muy posiblemente no sabrá nada, o muy poco, de un monje italiano del siglo Xl llamado Hildebrando. Hildebrando Aldobrandeschi era su nombre completo. Nacido en Sovana, en Toscana, en 1020, murió en Salerno, a los 65 años, en 1085. Y aquel monje Hildebrando llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio Vll y su nombre, Hildebrando, significó para quienes le amaron una brillante llama, según dicen, y para quienes lo odiaron una señal del infierno. Pues bien, Federico Fellini, en las nieblas de su cabeza creadora y efervescente, durante la larga entrevista que mantuvimos aquella mañana me estuvo llamando constantemente Hildebrando, aún no sé por qué, y lo hizo todo el tiempo y durante más de la hora que duró la entrevista, reemplazando continuamente mi auténtico nombre ( pienso que lo hizo de modo inconsciente, porque si no no se me ocurre otra explicación) por el nombre de aquel monje del siglo Xl.

 

-¿Y usted no le corrigió?

 

– Sí, naturalmente que le corregía de modo casi continuo y protesté claramente las primeras veces, pero luego, quizás al primer cuarto de hora, viendo que él no cambiaba, lo dejé ya por imposible. Me cansé. Prefería escucharle las respuestas. ¿Qué importancia tenía que me llamara de un modo u otro si me estaba contando cosas interesantes? Lo importante eran sus respuestas, lo que me comentaba de su cine.

 

-Che effetto, Fellini, le fece “La Strada“? – le preguntaba yo por ejemplo.

-Adesso, Hildebrando, “La Strada”…

 

– Ma, scussi – le respondía yo enseguida en italiano – mio nome non é Hildebrando.

— ¡Ah, vero!…¿Lei e francese…?

– No, non sono francese…. Sono spagnolo.

– ¡Ah, va bene, va bene…! Allora, Hildebrando, “La Strada”, como ogni altra espressione artistica…

—Ma, scussi un altra volta, Fellini, mío nome non é Hildebrando..

– ¿Lei e francese, vero?

– No, son sono francese…Sono spagnolo. Allora, Fellini, fantasia, cos’é?

— La fantasia, Hildebrando, é una parte fundamentale dell’esistenza…Nulla si sa, tutto sí immagina…

-Ma io non sono Hildebrando, ripeto; mío nome non é Hildebrando.

—¡Va bene, va bene..! Adesso stiamo registrando o no?

—Sí.

— Allora, Hildebrando, mi sia permesso un recordo personale, che inmediatamente mi è tornato in mente…

Y así continuaba Federico Fellini despojándose ya de la gabardina y recostándose en aquel sillón de los estudios Rizzoli escondidos en una bellísima callecita que pasaba junto a la iglesia de San Giovanni e Paolo. Como digo, esos días él estaba completamente inmerso en el rodaje de “Giulietta de los espíritus” y desconozco qué nieblas surcaban su cabeza. Cuando vi más tarde la película y a la vez recordé nuestro diálogo volví a pensar que por aquel despacho y en aquella mañana cruzó entera la fantasía : en aquella hora y mientras hablábamos, parecía que estuviera descendiendo Giulietta Masina de la casa en ramas recién aparecida en el film y que aquel despacho de los estudios cinematográficos, como así lo escribí en una crónica de aquel tiempo, oliera a bosque, el bosque oliera a decorado, el decorado diera la impresión de que lo estuvieran clavando continuamente los carpinteros y a los carpinteros a su vez los iban pagando los productores. Todo era fantasía. Y siguiendo con esa fantasía escribí entonces que los productores también podían oler a bosque, esperaban en la sombra a que acabáramos nuestra conversación, humeaban sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad y la verdad era que todo era fantasía, todo, hasta la lluvia de Roma que empezó a caer tras los cristales era ya pura fantasía : se notaba que la lluvia entraba dentro del cuarto, dentro de las palabras de Fellini, tal vez los hombres de los efectos especiales estaban volcando cubos de lluvia sobre aquella habitación donde estábamos, y empezaba a salir agua por el auricular del teléfono. Sí, era el reino de la fantasía. Mientras escuchaba a Fellini pensaba que yo no era ni había sido nunca francés, que tampoco me llamaba Hildebrando, pero que pacientemente escuchaba y escuchaba, a la vez que Giulietta Masina seguía bajando y subiendo del árbol de su película asombrada de cuanto estaba diciendo en aquellos momentos Federico, su marido, y de cómo dirigía aquel bosque de los espíritus que era real e irreal a la vez igual que aquel despacho, igual que los árboles que sostenían los decoradores, igual que los decoradores que irían a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esos decoradores que esperarían ante las ventanillas donde volaban los billetes de banco que a su vez repartirían los productores. Yo veía perfectamente los ojos de los productores cegados por el incendio de sus habanos, aquellos habanos que crujían en sus dedos, y mientras tanto Fellini hablaba y hablaba y seguía hablando llamándome Hildebrando, y yo seguía escuchando y escuchando, y a la vez un monje del siglo Xl entraba y salía de vez en cuando de aquella habitación y de aquella conversación mientras continuaba cayendo lluvia de fantasía en aquel cuarto.

– Pero sin duda Federico Fellini le diría, como usted dice, cosas interesantes. ¿De qué hablaron?

— Naturalmente hablamos de muchas cosas apasionantes y muy variadas. Creo recordar que de la libertad en general y en concreto de la libertad creadora, de su resistencia a las entrevistas y de su resistencia a las preguntas. También de Rimini, el lugar de su nacimiento, y de los dibujos que él solía hacer antes de empezar sus películas. Pero lo más importante para mí de aquel encuentro, lo que más me ha quedado en la memoria, fue el envoltorio, el escenario, el modo cómo, sin querer y sin prepararlo, estuvimos rodando los dos una secuencia imprevisible de una película sorprendente, irreal y real a la vez dentro de un despacho, aquel despacho que era todo un film, los grandes ojos blandos de Fellini me miraban y su voz le hablaba siempre a un tal Hildebrando que simplemente le miraba. Mi nombre, como digo, nunca acertó a pronunciarlo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LOS CUATRO MEJORES CREPÚSCULOS DEL AÑO

Castilla la Vieja-dcd-Miguel Zaballa-fotocommunity

l

“Tornasoles verdes,

viento sobre mieses.

Es Castilla la Vieja,

y marzo. Encima de esa

cama, la tarde muere,

sangrienta.

cielos.-por Lisa Kereszi.-2002.-Yancey Richardson Gallerry.-New Yorlj.-artnet

ll

Junio en steamer,

derrotas de Noruega.

Gaviotas blancas y negras

mudan, de tanto que vuelan,

el ámbar de las nueve horas

en unas diez horas perla.

paisajes.-47uuu.-Dorothy Bohm.-Italia 1960lll

Las viñas toscanas

prolongan la ottobrata.

La noche, esta vez, era

pitagórica y serena.

Sobre los cinco cipreses,

entre las veintiún estrellas,

violeta.

ciudades.. uu5tg.- París 1954.- Robert Doisneau

lV

Frío tiempo de Adviento.

París y Altolaguirre

en un taxi me encierran.

Fuera, a las cuatro apenas,

la noche cae, disuelta,

en una tinta china

sepia.”

Eugenio D´Ors“Los cuatro mejores crepúsculos del año

(Imágenes.- 1.-Castilla la Vieja.-Miguel Zaballa– fotocommunity.es/ 2.-Lisa Kereszi –Yancey Richardson Gallery/3.- Dorothy Bohm– Italia 1960/4.- París- 1954.- Robert Doisneau)

PALLADIO, ARQUITECTO DE LOS ARQUITECTOS

 

PALLADIO.-TTBBT.-Il  REDENTORE.-Venecia.-bluffon.edu

“La madera se debe cortar en otoño y durante todo el invierno – recomienda  Andrea Palladio en sus “Cuatro libros de arquitectura” (1570) -, porque los árboles recobran entonces por las raíces el vigor y la dureza que en primavera y verano habían derramado en hojas y frutos. Se talarán en luna menguante, porque en ese tiempo se ha consumido ya el humor que corrompe la madera. (…) Las piedras – sigue diciendo Palladio – se extraen en verano, a fin de que, no estando hechas a sufrir vientos, lluvias y hielos, se endurezcan poco a poco y puedan así resistir las inclemencias de los elementos. (…) La arena, entre todas, la mejor es la de cantera y es negra, blanca, roja o carbúnculo, que es una especie de tierra tostada por fuegos subterráneos que se extrae en Toscana. Por larga experiencia se ha visto que entre las arenas de río la mejor es la de torrente, que se encuentra bajo la peña por donde el agua baja, porque está más limpia. La arena de mar es la peor de todas: debe negrear y ser lúcida como el vidrio. (…) Los metales que se emplean en los edificios – continúa Palladio – son el hierro, el plomo y el cobre. El hierro sirve para hacer clavos, quicios, cerrojos para cerrar las  puertas, para construir las puertas mismas, las rejas y cosas parecidas. (…) De plomo se cubren los palacios magníficos, los templos, las torres. De cobre se cubren a veces los edificios públicos. Los antiguos hicieron de él los clavos, que comúnmente se llaman espigas, los cuales, hincados en la piedra de abajo y en la de arriba, evitan que las piedras se muevan de lugar”.

PALLADIO XVXV.-Ciaxa Forum Madrid

Con esta prosa tan ceñida al material y tan cuidadosamente tratada por las manos de Andrea Palladio, este gran arquitecto y teórico de la arquitectura tan admirado por Goethe va exponiendo fundamentos y explicaciones. Habla, por ejemplo, en esos “Cuatro libros (Akal) de las obligadas relaciones de los habitantes con la naturaleza, de la doctrina de los puentes de madera hechos por César o entrega recomendaciones puntuales sobre cómo se debe hacer la arquitectura de las prisiones. Hijo de un modesto molinero, inscrito él como cantero en 1523  en el gremio de albañiles de la ciudad italiana de Vicenza, para Palladio la antigüedad es el modelo insuperable y Vitrubio la guía y el maestro. San Jorge el Mayor y el Redentor en Venecia, Villa Rotonda y el teatro Olímpico en Vicenza muestran, entre muchas otras obras, toda su innovación.

PALLADIO.-9876.-Teatro Olímpico.-archivo1968Italia1081

Ahora Caixa Forum en Madrid acaba de inaugurar una exposición sobre su figura y, a través de conferencias, observa  la estela que en la Historia ha ido dejando el “palladianismo“: análisis de sus páginas, presentación de sus dibujos, panorámica general sobre el que está considerado desde el siglo XVl “preceptor de la arquitectura”.

PALLADIO.--nmnm.-Villa Pîsani en los Cuatro Libros de arquitectura.-Wikipedia.-

Las palabras de Andrea Palladio nos siguen hablando desde susCuatro libros“:  “Yo trataré primero – dice al principio – de las casas privadas y pasaré después a los edificios públicos, y brevemente trataré de los caminos, de los puentes, de las plazas, de las prisiones, de las basílicas, es decir, lugares de la justicia,  de los “xustós” y de las palestras, que eran lugares donde los hombres hacían ejercicio, de los templos, de los teatros y de los anfiteatros, de los arcos, de las termas, de los acueductos, y finalmente del modo de fortificar las ciudades y de los puertos…”.

Su voz y su sensibilidad para la historia de la arquitectura han llegado vivas hasta nuestro siglo XXl.

(Imágenes.- 1.-iglesia de El Redentor.-Venecia.-bluffon.edu/2.-exposición en Caixa Forum/3.-teatro Olímpico de Vicenza.-Archivo1968Italia1081-/ 4.-“Villa Pisani” en “Los cuatro libros de la arquitectura”.-wikipedia)