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Posts Tagged ‘Toru Hanai’

 

 

“Con todos aquellos recuerdos confundidos en su cabeza y caminando entre las piedras Hisae proseguía adelante su fatigosa ascensión monte arriba. El pintor Hokusai, en dos de sus más interesantes y famosas estampas que hoy puede contemplar todo el mundo, la quiso dibujar así, algo inclinada por el esfuerzo de su caminata, doblando un recodo del monte y subiendo blanca y meditativa, con la belleza que siempre la acompañaba, una belleza sin arrugas, una belleza inmaculada, un rostro que no había padecido el paso de la edad – ni tampoco lo padecería nunca – y al que ahora, en la subida, ni siquiera le influían los vientos del monte. En el primero de aquellos dos dibujos que realizó Hokusai sobre Hisae se la puede ver cómo ella pasa muy cerca de unas grullas, símbolos de la longevidad, diez grullas que mueven las curvas de sus cuellos al ritmo de sus patas y que destacan sobre el Fuji al fondo, y es en ese momento, viendo el dibujo por detrás, cuando se percibe la sombra blanca del kimono de Hisae rozando los picos de aquellos afilados animales plantados en tierra y que de algún modo parecen abrirle el camino a su ascensión. En el segundo de los dibujos, Hisae, sorprendentemente, aparece por primera vez tumbada y refugiada en una especie de cabaña o cueva. Corresponde esa imagen a la titulada por HokusaiEl Fuji de la cueva” y es allí donde el pintor la quiso colocar acostada, medio dormida, para representar sin duda a una Hisae cansada, una mujer fatigada por la subida. Y efectivamente de esa forma ocurrió : Hisae había empezado a notar su cansancio por tanto caminar y fue para ella sin duda una bendición encontrar de repente aquella especie de oquedad. Al entrar en ella descubrió de improviso a varios peregrinos agrupados que hablaban entre sí con murmullos que apenas se oían : algunos parecían campesinos y otros quizá eran leñadores a tenor de su atuendo y de sus pies descalzos y también de sus piernas cubiertas con protectores de paja. Pero sobre todo, y esto sí lo quiso resaltar Hokusai en su dibujo, lo que más impresionó a Hisae al entrar fueron las caras redondas y los ojos vivos de aquellos peregrinos que la miraron intensamente en el momento en que ella cruzó despacio el suelo de la gruta y fue a acurrucarse en un rincón, vencida ya por el cansancio y por el sueño.”

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes -1 El monte Fuji cubierto por la nieve – foto Toru Hanai-  Reuters time/ 2- Kaigo no Fuji -1834)

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“Y fue en una de aquellas mañanas, en el inicio de ese otoño, cuando Hisae se encontró con la que sería el principio de una enfermedad que le duraría mucho tiempo. Comenzó a escribir aquella mañana, como solía hacer tantas veces, inclinada sobre su papel y poniendo los cinco sentidos en su pincel y cuando dejó de escribir casi al mediodía y abandonó la habitación sintió como siempre que seguía escribiendo de memoria, que se había llevado las palabras con ella y que ahora andaba por el jardín apartando frases que le venían constantemente a la cabeza, tropezando con ellas, caminando cada vez más deprisa, como si alguien la llamara aceleradamente. Pero no la llamaba nadie. Como ella relataría años más tarde en su libro “El mal de los volcanes”, aquella mañana Hisae, al estar algo fatigada, se recostó en una esquina del jardín mirando al cielo, se apoyó en una pared y cerró levemente los ojos. Vestía Hisae aquella mañana, tal como ella quiso recordarlo, un kimono rojo, de tonos intensos, esfumados a veces en penumbra. Todo aquel vestido estaba distribuido en una especie de grandes marcas cuadradas a las que Hisae siempre había llamado “ventanas” y en las que se reflejaban los colores del día. En cada una de aquellas ventanas el sol daba una tonalidad diferente y a través de aquellas ventanas extendidas sobre la tela, ella podía dedicarse a contemplar y a soñar. Recordaría también muchos años después que aquel kimono rojo siempre le había atraído porque creía ver en él, a través de las aberturas de la tela, lo sucedido en épocas pasadas. Pero aquella mañana para Hisae fue muy distinta. De repente el jardín se le nubló y enseguida por una de aquellas ventanas de su kimono comenzó a salir un hilo de humo blanco, como si la ventana se redondeara y se hundiera en sí misma igual que un cráter, exactamente como un pequeño cráter, y envolviendo toda su orla apareció un tono amarillento que recordaba a los granos de arena, unos granos diminutos que empezaron poco a poco a extenderse y a espolvorear toda la tela. Una delgada columna de gas ascendió de una de las ventanas del kimono y la hizo adormecer. El gas o los gases la llevaron a un sueño profundo que cubrió toda su cabeza y la transformó lentamente en una especie de volcán”.

José Julio Perlado – (del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

 

 

(Imágenes.-1- pintura japonesa/ 2- el monte Fuji cubierto de nieve – foto Toru Hanai- Reuters – Time)

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“Antífanes, el fámulo de Platón, habló de un país donde los inviernos eran tan crudos que las palabras se congelaban en el aire. Cuando se derretían en verano, los lugareños se enteraban de lo que se había dicho durante el invierno, al igual que sólo en el umbral de la vejez los discípulos de Platón empezaban a comprender el significado de las palabras del maestro que habían escuchado de jóvenes“. Cuando leo estas frases del médico polaco Andrzej Szczeklik en su libro Catarsis (Acantilado) en donde trata del poder curativo de la naturaleza y del arte, evoco la vida de las palabras en el arco de cualquier existencia, palabras – y hechos también – pronunciadas por nuestros abuelos o por nuestros padres – palabras igualmente escondidas en libros que un día leímos -, y que sólo con la sabiduría de la experiencia ( con los dolores, con las vicisitudes), se van descongelando poco a poco en nuestro entendimiento, deshaciéndose como nieve en la memoria y haciéndose transparentes igual que el cristal para que las pueda atravesar bien nuestra comprensión.

Recuerda igualmente Szczelklik el caso relatado muchos siglos después por Baldassare Castiglione, en el que un mercader italiano organizó una expedición a Ucrania para adquirir pieles de marta. “Se quedó atascado en los hielos de la orilla del Dniéper, y desde allí, intentó negociar con unos comerciantes moscovitas que habían acampado en la otra orilla. Sin embargo, los gritos del mercader no llegaban hasta tan lejos: se congelaban por el camino y quedaban suspendidos en el aire en forma de carámbanos“.

Palabras y gritos congelados durante años, signos petrificados y opacos en libros y en labios, verdades que tardan casi una vida en comprenderse. Al fin se comprenden. Los clásicos, en la segunda, a veces en la tercera lectura, nos abren el secreto que parecían negarnos al principio y el contenido de la voz del corazón de nuestros padres se nos vuelve de repente diáfano, entregándonos su profundo sentido.

(Imagen.- el monte Fuji, en Japón, cubierto de nieve.-foto Toru Hanai.-Reuters.-TIME)

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