“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (36): LA PALABRA Y LA IMAGEN

 

 

Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo, los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS:    (36) : La palabra y la imagen

 

13 junio

– El otro día – me reanuda hoy el diálogo la periodista entrando en el despacho – hablábamos de las declaraciones suyas en la universidad de Montevideo sobre la belleza. Pero hoy me gustaría que me ampliara un poco otro tema muy querido para usted, algo que escribió extensamente en “El ojo y la palabra”: la relación entre el artista y la imagen. Como usted ha recordado muchas veces, estamos en el universo de la imagen, pero también ha insistido en que la palabra sigue siendo esencial.

-Sí, naturalmente. En “El ojo y la palabra”, el libro que acaba usted de citar, comentaba yo, por ejemplo, que Van Gogh no había creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos “subcreadores“-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos Todo esto significa, al menos para mí, que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, de contemplación y de arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí estarán dotados para muchas otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

 

Por tanto el artista, y así lo indicaba también en aquella entrevista de Montevideo, sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable también de transmitir la imagen o imágenes a los demás. De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre que mantuviéramos viva la capacidad de asombro, que es lo que recordábamos el otro día. Esto no llegamos a admitirlo porque este mundo nos obliga al sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y entonces nos preguntaríamos, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso sería decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Titulé mi libro “El ojo y la palabra” entre otras cosas porque creo que el ojo es lo último que queda del ser humano, el color de la pupila, el ojo entreabierto antes de partir, especialmente ese color, como digo, que encierra cada ojo. Se empobrecen los miembros, los músculos, los movimientos, también las palabras, al fin esas palabras van quedando en monosílabos e incluso reemplazadas por gestos. En el caso del ojo, cuando uno está a punto de abandonar la vida, y mucho antes también, en los meses o semanas anteriores, el ojo va quedándose quizá estático, perdido, sin fuerza ni fijeza, pero, aunque palidezca algo, nunca abandonará su primitivo color. Pueden estar satisfechos los ( o las) que tengan un color de pupilas bonito, porque ese azul o ese color – el que sea- será lo último que se cierre. Además, cuando se emplea la expresión ante el momento de la muerte, “Vamos a cerrarle los ojos“, se dice así, y no “vamos a cerrarle las palabras“, porque las palabras seguramente enmudecieron ya mucho antes.

Por otro lado, la palabra y el ojo van siempre de la mano. A través del ojo vemos el ejemplo que se nos da, y lo que al fin le queda a un ser humano cuando permanece ya solo en la vida, con sus padres ya fallecidos, es el ejemplo de ellos, lo que VIO en la familia y en la vida, no tanto lo que le dijeron. Pocas personas guardan palabras numerosas y aleccionadoras de sus padres y educadores, pero en cambio sí ha quedado en su retina aquello que vio con sus propios ojos, actitudes y ejemplos, buenos y malos, que indicaban coherencia o no coherencia respecto a las palabras que se pronunciaban a lo largo de su educación. Por tanto, el ojo que nos ve en los hijos o en los alumnos recoge más lecciones aún que las palabras. Ese ojo además es el que paseamos a través de la vida en general: en viajes, en acontecimientos, en un fluir incesante de palabras cotidianas, etc. Pienso a veces, y así lo dije en esa entrevista de Montevideo, que las palabras se desgastan porque se usan mal y se abusa de sus contenidos, y el ejemplo de la política y los políticos en general en el mundo – con ese desfile de sucesos, líderes, elecciones y promesas – hacen que uno devalúe la palabra escuchada. El ojo también juzga todo eso, pero, como siempre, es el ejemplo el que va viendo el ser humano, y aunque le llegue también el escepticismo ante lo que ve, es distinto al escepticismo o a la incredulidad ante tantas promesas de palabras.

 

Hay que recordar también que en las familias, todas las casas están llenas de palabras desde el inicio del día a la noche, las madres especialmente se vuelcan en palabras hacia sus hijos y su formación, sencillamente porque, en principio, están más tiempo con ellos que sus padres. Pero creo que ese fluir de palabras tan necesario, incluso un hijo lo puede esquivar, harto ,en determinadas edades, de escuchar lo mismo: lo que es mucho más difícil que esquive es el ejemplo, a veces sin palabras: un ejemplo coherente y firme, en el que se pueden mirar los hijos como en un espejo. Después, naturalmente, ejerciendo su libertad, harán lo que quieran. Pero insisto en esta pequeña valoración porque creo que el mundo actual está sobrecargado o saturado de palabras, – además de las imágenes – y, como he dicho antes, hay un empobrecimiento de las palabras, muchas palabras se manipulan como mentiras, y el excelso valor de la palabra – hasta cuando uno “da su palabra” a otro – se ha vaciado muchas veces de contenido.

 

-Hablaba usted en esa entrevista del “centro” y de los “vaivenes” de la vida…

– Sí, cuando se contempla la historia actual, por ejemplo con sus complejos temas económicos y financieros a nivel mundial, hay que pensar, al menos así lo pienso yo, que son “vaivenes” – a veces esenciales y muy importantes y de grandes repercusiones -, pero que no pueden ocultar de ningún modo el centro ni la profundidad de las cosas, las esencias. Si se pierde el centro, los vaivenes son los que reinan y hay que preguntarse si el mundo, desde hace años, no va detrás de los impulsos de esos vaivenes, arrastrado por las modas y los modos que ellos comportan, viajando a merced de las corrientes imperantes y haciendo que esas modas y esas corrientes sustituyan a lo capital, es decir, haciéndolo capital.

El centro es el centro, y si uno no tiene personalmente un centro vital sobre el que haga girar su vida tendrá que buscarlo y agarrarse a él. Por ejemplo, ¿ es que quizá el “centro” de una vida intelectual puede ser, simplemente,, el “postmodernismo“? Eso causaría risa. No habría más que ver, en ese caso concreto, el resumen de los “ismos” que hacen Guillermo de Torre o Juan Eduardo Cirlot para saber que todos esos “ismos” pasan y que con ellos se escapan épocas y actitudes que son sustituidas inmediatamente por otras. Todo eso son los “vaivenes“, muchas veces deslumbrantes, que, naturalmente deben ser motivo de estudio y de trabajo, pero que no pueden constituirse como “el centro” o el eje de una vida.

La palabra, pues, es la palabra y la Palabra con mayúscula es la que ha engendrado a las otras palabras. “En el principio fue la Palabra“, dice San Juan. No dice “En el principio fue la imagen”, aunque ahora, en nuestra época, la imagen parece que lo ocupara todo. La palabra en ningún caso puede ser apartada ni olvidada. Lo más que puede hacer es completar a la imagen, explicarla. Pero hay que pensar que quienes han escrito sobre “la lectura de imágenes” , por ejemplo, “Cómo se lee una obra de arte“, de Omar Calabrese, o “Leer imágenes” de Alberto Manguel, no tienen más remedio que emplear palabras para glosar tales imágenes, y no pueden glosarlas con otras imágenes. Por tanto, para crear una historia en Imágenes hay que, después de “verla”, edificarla y construirla mentalmente con palabras, que son las que harán en su momento el guión, y luego, para glosar y comentar esas imágenes, también habrá necesidad de emplear palabras. Es decir, siempre – y felizmente – estará la palabra del hombre.

-Esto, de algún modo, está relacionado con lo que cuenta usted en “El ojo y la palabra” al describir los atentados de las Torres Gemelas…

-Sí, me impresionó mucho aquella imagen de 2001. Recuerdo que el 11 de septiembre de 2001, en el momento de los tremendos atentados de Nueva York, estaba siguiendo en casa, como suelo hacer a esa hora, el telediario del mediodía. No se interrumpió ante la catástrofe. Más aún, como era su obligación informativa, lo retransmitió en directo. Vi al detalle todo cuanto ocurría. Meses después escribí sobre aquello: “se estrella el segundo avión secuestrado por terroristas contra la segunda de las dos Torres Gemelas de Manhattan. La imagen del impacto es vista en directo por el mundo entero. El ojo humano queda hipnotizado por la incredulidad y el horror y la palabra no sale de los labios, sólo aparece el gesto. El ojo humano queda imantado en la pantalla y la pupila recorre esa humareda blanca y esa bolsa de sangre incendiada que envuelve a los rascacielos. Minutos después aparecen pañuelos de vida en las ventanas despidiéndose o pidiendo auxilio a la existencia. Otras existencias caen ovillándose para siempre, rodando por el aire de la niñez al suelo, despavoridas, seguidas por el ojo humano que no las puede ayudar. El ojo de la cámara, el ojo del televisor sigue teniendo en su pupila una nube roja y blanca, una mancha o penacho en llamas que le impide ver con serenidad. Las dos Torres están llenas de vidas, es decir, de proyectos, de amores, vacaciones, fiestas, paisajes, niños en las casas, colegios, deudas, créditos, preocupaciones, lágrimas y carcajadas. Pocos minutos después, al caer derrumbadas todas esas vidas, el polvo se hunde haciéndose arena y esa arena expulsa una bocanada de pavor entre las calles, aliento caótico en Manhattan que apenas se huele y que sólo el ojo contempla mientras corre hacia atrás, intentando no ser alcanzado por el televisor. Es el triunfo del ojo sobre la palabra porque la palabra aún no se pronuncia, no ha tenido tiempo de pronunciarse. Sólo el grito y el gesto dominan entre exclamaciones y los diálogos apenas se inician , mucho menos las palabras impresas. Pero las palabras impresas – primeras ediciones de periódicos – pronto aparecerán. Más tarde vendrán primeras ediciones de libros, segundas ediciones, volúmenes, palabras, palabras analizadas, palabras investigadas, encuadernadas, palabras doradas por el estilo, traducidas, bruñidas, repujadas, colocadas en estanterías, situadas en bibliotecas. El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, sí, como documento histórico, es importante testimonio ocular, pero visto y no visto en esta increíble mañana neoyorquina, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace en la pantalla. ¿ Qué ha ocurrido en esos edificios gigantes que ahora se derrumban? Y sobre todo, ¿por qué, por qué? Los porqués quedan envueltos en los gases neoyorquinos, en el misterio de la polución americana, dentro de la cúpula del consumismo occidental. Antes de caer las innumerables oficinas, los papeles despiden en el aire las facturas y los balances revolotean suicidándose. Es el cielo de millones de papeles blancos, el cielo de existencias arrojadas desde las ventanas. Los qués siguen apareciendo en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros.” Más tarde los porqués de los análisis en esos libros intentarán explicarnos de algún modo los qués, lo que hay detrás de los qués para que haya tenido que suceder y estallar todo esto.

– Por tanto, usted se reafirma en que es la palabra la que explica la historia y no solamente la imagen.

– Lógicamente. La palabra puede estar en un libro, en un soporte de las nuevas tecnologías de la comunicación, en un móvil, pero la palabra es la que explicará siempre las razones de la imagen. Es la que la completará.

No puede olvidarse tampoco que la palabra no es sólo la palabra leída o escrita sino, antes de ello, la palabra hablada, el diálogo, ya en la infancia, enseñado por los padres al bautizar con palabras cada objeto que el niño mira – mira la imagen que representa al objeto y los padres lo definen con palabras – y lógicamente esto sucede también en la escuela primaria y en los primeros diálogos. La palabra fluye incesantemente por todo ese mundo, y no las imágenes. El diálogo, esencial en la convivencia humana, es un eslabón de palabras y lenguas y no puede ser sustituido por imágenes. Por mucho que se hable de la devaluación de la palabra, la palabra está ahí, y no se la puede ignorar, despreciar o manipular. El gran problema está en saber si en el futuro una videoteca, por ejemplo, por sí sola y sin palabras, llenará intelectualmente lo que hoy una biblioteca y su lectura puede llenar. El reto estará en saber cómo se compagina la enseñanza de la sabiduría con el mundo de las imágenes.

Los adolescentes, y los que pronto abandonarán la niñez, han visto desde siempre el televisor – y hoy los móviles – como un elemento más de su casa y de su vida. Igual que antes ocurrió con el automóvil o con el frigorífico. Edward Albee, entre otros, hizo ver este dato. También Foster Wallace. Los ejemplos de autores serían múltiples. Con la imagen se vive, y también se come y se cena ante ella, y la imagen le persigue a uno a lo largo del día. Pero querría ya citar aquí unas palabras de George Steiner en “Presencias reales” que dicen así: “Si el niño queda vacío de textos, en el sentido más cabal del término, sufrirá una muerte prematura del corazón y de la imaginación y subrayo “en el sentido más cabal del término”. El despertar de la libertad humana puede darse también en presencia de cuadros, de música. Es, en esencia, un despertar por medio del pulso de lo narrativo a medida que golpea en la forma estética. Pero parece que son las palabras las que golpean con mayor seguridad la puerta“.
Creo que esta última frase es reveladora. La palabra es la que golpea con mayor seguridad y no la imagen. La imagen golpea instantáneamente, puede estremecer en un segundo, pero golpea la conciencia quizá con menos profundidad. Es decir, su sonoridad queda más pronto amortiguada

Ante el paralelismo de las palabras y la imagen hay que preguntarse también quíén pronuncia las palabras. ¿Las madres, como yo digo en “El ojo y la palabra“ al hablar de los padres y madres de los escritores?. ¿Quién pronuncia esas palabras que marcan ? ¿El libro? ¿El profesor?

Habrá que aprender a educar con imágenes, y las nuevas generaciones piden que se les explique así el mundo. Pero eso no basta. Consumir sólo imágenes no hace que penetremos en los secretos del pensamiento. Además, la velocidad instrumental de la imagen es rapidísima. Me refiero a que ya tenemos imágenes en el reloj de pulsera. Paralelamente, las palabras en los mensajes se reducen a píldoras de comunicación brevísima. Entonces, ¿cuándo es el momento en que recibimos las palabras reales, las profundas, las de los “por qués“? ¿En la escuela? ¿Y en el momento en que dejamos el colegio o la Universidad? ¿Y cuando ya no tenemos las palabras familiares de nuestros padres educándonos en la medida en que les deja su tiempo libre? Se diría que el hombre, arrojado al vértigo social de la vida corriente, se alimentará de imágenes, pero ¿quién decide y manipula esas imágenes? Se hace difícil que ese hombre se alimente con la lectura. Entonces, ¿cuándo va a enlazar cuando sea mayor con la corriente de la sabiduría ? ¿Quién va a explicarle a ese hombre los porqués? Aparte de esto, todos cuantos exponen imágenes en películas o televisión, sobre todo si escriben un guión, y por tanto quieren dar un mensaje a través de la sucesión de imágenes, tienen que profundizar antes en las ideas, y esas ideas suyas las captarán y elaborarán estudiando y comparando testimonios y lecturas, es decir, palabras. Es un mundo fascinante.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius”—Memorias

 

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

“EL HOBBIT” DE TOLKIEN

“Ser entrevistado – confesaba Tolkien en 1967- me resulta cada vez mas fastidioso y perturbador”. El autor de “El Señor de los Anillos padecía de artritis, y tenía que ser entrevistado de pie; caminaba de un lado para el otro y usaba continuamente la pipa, según se cuenta en sus Cartas. Intentaba preservar su intimidad creadora: ” Se me ha informado – dijo en una ocasión – que la Weekend Telegraph tiene intención de que su artículo aparezca ilustrado por una serie de fotografías tomadas mientras estoy trabajando y en casa. En ninguna circunstancia acordaré ser fotografiado otra vez con semejante propósito. Considero todas estas intromisiones en mi intimidad una impertinencia (…) Mi trabajo necesita concentración y paz de ánimo”.

Entre los partidarios y no partidarios de Tolkien se han sucedido abundantes declaraciones. Ursula Le Guin afirmaba de él que “como todos los grandes artistas, escapa de la ideología porque es muy veloz para sus redes, muy complejo para sus simplicidades, muy fantástico para su racionalidad y muy real para sus generalizaciones“. C. S. Lewis,  al comentar “El hobbit, anotaba que este libro “les resultará más divertido a sus lectores más jóvenes y, sólo años después, en una décima o vigésima lectura, comenzarán a percatarse de qué copiosa erudición y profundas reflexiones consiguen que todo sea tan maduro, tan familiar y, a su manera, tan cierto”. En el universo de Tolkien,  Moria, ha sido minuciosamente reseñada por Alberto Manguel en su “Diccionario de lugares imaginarios” como “la ciudad de los enanos más antigua e importante, tesoro inabarcable para el geólogo amateur. En ella los enanos forman un pueblo singularmente rudo, práctico y obstinado“.

Pero en cuanto a la referencia y al dibujo de los propios hobbits -más que en declaraciones a periodistas – Tolkien se expresa con gran detalle a lo largo de su correspondencia. “Imagino – dice en 1938, intentando ayudar a los ilustradores para futuras ediciones de su novela -una figura bastante humana. Una cara redonda y jovial; orejas sólo ligeramente puntiagudas; el pelo corto y rizado ( de color castaño). Los pies, desde los tobillos hacia abajo, cubiertos de pelos castaños. La ropa: pantalones de terciopelo verde; chalecos rojos o amarillos; chaqueta verde o castaña; botones de oro (o bronce); una capucha y capa de color verde oscuro (propia de un enano)”. “Y se los hace “pequeños”  – se añade en las Notas a las “Cartas”en parte para exhibir la mezquindad del hombre, del hombre estrecho de miras y poco imaginativo, aunque no con la pequeñez ni el salvajismo de Swift, y sobre todo para mostrar en criaturas de muy escasa potencia física el asombroso e inesperado heroísmo de los hombres ordinarios “en casos de apuro”.

(pequeño apunte cuando “El Hobbitcumple estos días 75 años)

(Imágenes.-1.-“El Hobbit” ilustrado por Alan Lee/ 2.-. Tolkien leyendo/ 3.- la colina de Hobbiton, donde se encuentra la casa de Bilbo Bolsón.-wikipedia)

(video: ilustraciones de Alan Lee)

IMÁGENES Y PALABRAS (y 5) : SOBRE LA FOTOGRAFÍA Y OTRAS COSAS

Si hemos sostenido que estamos inmersos en una cultura de la imagen – me pregunta finalmente el Dr. Alberto Sánchez León para concluir la entrevista que estoy recogiendo estos días en Mi Siglo -, ¿es entonces el artista el que tiene la última palabra?

Respuesta :-Indudablemente es el artista el que tiene la última palabra. Él tiene que entregar a los demás la imagen como si fuera una palabra (por darle la vuelta un poco a esta frase), y  a la vez él es el que tiene que mostrar la imagen estética que a su vez es reflejo proyectado desde el centro y desde lo alto, desde lo profundo, por la gran Imagen. Hablando de poesía e inspiración, Pieper recuerda en “Entusiasmo y delirio divino” que la poesía procede de un estado del alma que es antes bien un estar-fuera-de-sí, que un estar-en-sí, y este estar-fuera–de-sí no ha sido provocado por vino, veneno o drogas, sino por un poder superior. La verdadera poesía, dice Pieper, tiene, pues, su origen en la inspiración divina.

Sin adentrarme ahora en esto, que nos llevaría muy lejos, lo que inspira o transpira el centro de la Imagen o de la Palabra es el descubrimiento por parte del artista de la imagen creadora o la palabra creadora. En “El ojo y la palabra” comento que, Van Gogh, por ejemplo, no ha creado el azul, tampoco Picasso, tampoco Miró. Son todos “subcreadores“-en frase de Tolkien – y lo que descubren son las formas o los reflejos de la gran Creación en donde sí está ya creado el Azul desde el principio de los tiempos. (…) Todo esto significa para mí que el artista sí tiene la última palabra en muchos sentidos: está dotado gratuitamente de una capacidad de observación, contemplación y arrebato ante la Belleza que seguramente otros muchos no poseen y que, sin embargo, sí están dotados para otras cosas. El artista, pues, se siente impelido a recoger esa Belleza que descubre y que contempla y a transmitirla a su modo y manera, con sus técnicas propias. En ese aspecto sí tiene la última palabra, porque, aunque él no lo quiera, en cierta medida se siente obligado interiormente a reflejar esa belleza. Aunque no quiera, nota que no tiene más remedio que hacerlo. Se diría que no sirve para otra cosa. En ese caso, no sería fiel a su vocación de artista si no lo cumpliera.

Por tanto, el artista sí tiene la última palabra en esta cultura de la imagen. ¿Quién, si no, la va a tener? Él es responsable de saber contemplar la Imagen con mayúscula ( o las imágenes que transmite el mundo), y él es el responsable de transmitir la imagen o imágenes a los demás. Maritain tiene un libro pequeño y muy valioso, “La responsabilidad del artista“, que analiza muy bien estos temas. (…) De lo deseable de la Belleza que contemplamos nace el deseo del artista por copiarlo, interpretarlo, entregarlo y, por parte de quienes no son específicamente artistas, el deseo, podríamos decir, de apropiárselo, el deseo de convivir con ello largo tiempo, el tiempo mayor posible. Aunque a nuestro rápido entender no nos quepa en principio en la cabeza que no nos pueda cansar una puesta de sol, la verdad es que la belleza de una puesta de sol con sus infinitos matices contemplados podría llegar a no cansarnos nunca. Siempre, como he dicho con anterioridad, que mantuvieramos viva la capacidad de asombro. Esto no llegamos a admitirlo porque en este mundo nos obliga el sentido de la utilidad, de la concreción por la utilidad inmediata, y nos preguntaríamos entonces, ¿para qué me es útil una puesta de sol? Y el siguiente paso es decir entonces, ¿para qué me es útil la belleza?

Volviendo al tema de la imagen, el artista tiene también la última palabra al seleccionarla, escogerla y transmitirla. De lo que líbremente escoja en sus imágenes para incorporarse al mundo de la imagen, a la cultura de la imagen, él es el responsable. También cuando selecciona imágenes que no son esencialmente bellas sino que son denuncias, cuando muestra imágenes del lado oscuro del mundo, de sus deficiencias. En cualquier caso, no es, creo, el espectador de imágenes el responsable. El artista se adelanta con su ojo al ojo del espectador y le muestra una sección, un encuadre específico del mundo. Siempre que veo una fotografía pienso lo mismo. El fotógrafo ha seleccionado líbremente un aspecto concreto del mundo, de un rostro o de un paisaje. Incluso ha seleccionado el tiempo, haciendo, podríamos decir, un corte en el tiempo: lo que vemos en ese gesto de esa fotografía es un instante, ya pasó y no volverá a pasar nunca así exactamente, no se repetirán jamás los matices de ese gesto, por tanto el fotógrafo recorta un segundo del tiempo, con sus gestos y con cuanto ello conlleva, y nos lo entrega. Roba un trozo de tiempo de una vida, aunque sea minúsculo. Y eso es lo que nos muestra. Él es el responsable, él es el que tiene la última palabra en esa elección. Nosotros vemos lo que él ha elegido.  Esto no solo en la fotografía sino en el cine, video, televisión, arte en imagen en general. Además de cuanto podemos elegir nosotros constantemente con nuestra pupila, el artista nos entrega su elección, aquello que él cree que nos debe transmitir. De ahí también su libre responsabilidad. Millares o millones de ojos ven esa elección del artista que – a su manera, al elegir – en esa cultura de la imagen, está diciendo, de algún modo, su última palabra.

(Imágenes:-1.-Rain Song.-Moscou 1963.-Marie Sechtlová.-Sechlt y Museo de la fotografía Vosecek.-luminous-lint/2.-retrato de uno mismo.-Marie Sechtlová.-Sechlt y Museo de la fotografía Vosecek.-luminous-lint/3.-Nueva York 1964-Marie Sechtlová.-Sechlt y Museo de la fotografía Vosecek.-luminous.lint/4. El canal.-1996.-Franco Donaggio.-Joel Soroka Gallery.-artnet)

ENTREVISTAS Y SILENCIOS

Al  anunciar el célebre entrevistador norteamericano Larry King que, tras un cuarto de siglo de trabajo, retira su espacio el próximo otoño, vienen a la memoria esos capítulos de palabras y silencios que se han cruzado en muchos diálogos de la historia. Edward R. Murrow, por ejemplo, le hizo una famosa entrevista al senador Mc Carthy en los tiempos de la “caza de brujas” y el periodista le fue dejando solo para que hablara a sus anchas. Mc Carthy se emborrachó de ideas, planes, fantasmas y pesadilas. Fue cavando su propia tumba. América entera se dio cuenta en las pantallas de cómo el senador, que era un gran inquisidor, sudaba, vociferaba, perdía los nervios. El periodista apenas hizo peguntas. Le contempló silencioso desde el humo de su cigarrillo.

En otras ocasiones el silencio del entrevistador también ha proporcionado impresionantes respuestas. Bárbara Walters presentó en pantalla a su invitada de la noche y señaló: “La señorita X., que una vez fue alcohólica”. Ella contestó: “No fue; es alcohólica”. Y contó detalladamente la historia de su largo calvario. La periodista no hizo ninguna pregunta más. Al fin, pronunció: “Gracias”. Y terminó la entrevista y la emisión.

En mi libro “Diálogos con la cultura” (Eiunsa) hablo de estas palabras y silencios cruzados. Los silencios de Tolkien negándose a que el periodista hurgara en su “santuario” de creador. Los célebres silencios de Azorín, monosílabos que podían crispar a quien hablara con él y que Cela resolvió en su visita gracias a la habilidad de su prosa.

Palabras y silencios. Silencios y palabras. Una sola pregunta en el aire ha bastado para que fuera la última. Al interrogarle a Fidel Castro si sabía de antemano que iban a matar a Kennedy se le escapó un , y la entrevista terminó. No hubo que preguntar nada más.

(Imagen: Larry King entrevistando a Obama  en la Casa Blanca el 3 de junio de 2010.-White House.-elmundo.es)

 

 

 

TOLKIEN : ESTAR DENTRO DEL LENGUAJE


Ante este mapa en el papel o dentro de su cabeza, pensando en los amantes de los árboles, las flores o el agua, en los humanos que cultivaban el suelo y edificaban villas y fortalezas, en los que buscaban minerales dentro de las montañas o en quienes custodiaban los bosques, Tolkien le consultaba a su hijo Christopher el 21 de mayo de 1944: “¿Te parece que Shelob (EllaLaraña) es un buen nombre para una monstruosa araña? Por supuesto, se trata tan sólo de “she más lob” = (araña) ; pero escrita como una única palabra, parece algo nocivo…”

Diez días después le confiaba también a su hijo: “Le leí a C.S.Lewis los dos últimos capítulos (El antro de Ella-Laraña y Las decisiones de maese Samsagaz). Sam, entre paréntesis, no es la abreviatura de Samuel, sino de Samsagaz (Medio-tonto en inglés antiguo), como el nombre de su padre es el Gaffer (Ham) en inglés antiguo Hamfast o Stayathome ( Quedadoencasa). Los hobbits de esa clase tienen por lo general nombres muy sajones; y no estoy verdaderamente satisfecho con el sobrenombre Gamyi y lo habría reemplazado por Buenchico si pensara que tú me lo permitirías.”

Las Cartas de J.R.R. Tolkien (Minotauro) revelan, entre tantos otros escritos, la preocupación del autor por el lenguaje. En la necrológica de Tolkien que The Times publicó en 1973 y que escribió su amigo C.S.Lewis se decía que él había sido no sólo un estudioso, sino un creador lingüístico: “Había estado dentro del lenguaje”, se afirmó. “”Al escribir – decía Tolkien – yo siempre empiezo por un nombre. Dadme un nombre, y sacaré un cuento, pero no al revés”. Como tampoco estaba muy seguro de cómo había inventado la palabra hobbit: “Yo no sé de dónde salió el nombre. Uno no puede coger al vuelo a su cerebro. Es posible que fuera por asociación con el Babbit de Sinclair Lewis“.

A Tolkien me referí en Mi Siglo el 29 de noviembre pasado y allí aludí a la invención y a la realidad. Ahora, un libro reciente, “Tolkien et le Moyen Âge” (CNRS, París,2007), publica una serie de artículos en torno al Tolkien investigador y filólogo, especialista en el mundo anglosajón-medieval. Lo feudal, el universo de las armas, la música, la poética, la magia, la arquitectura y la medicina expanden esa Edad Media de la que habla el célebre escritor. ¿Pero de qué Edad Media se trataba?
Se sabe que la ambición de Tolkien no era escribir novelas, sino constituir algo legendario, susceptible de reunir a la vez las mitologías greco-romanas y celto-germánicas. Trabajaba el lenguaje con intuición e imitación y ahora – además de quienes le veneran como autor y de quienes le rechazan – es estudiado como creador del lenguaje en muchas universidades del mundo.

¿ES ESTO VERDAD?

¿Es verdad que acabo de oir el trueno o acaso lo voy a oir ahora? Estas raíces blancas en el cielo, las venas en el corazón de la tormenta, el temblor del paisaje, los cables eléctricos, el estremecimiento de las nubes, las contracciones del aire, ¿todo esto es verdad o es fantasía?. Es verdad, me dice Tolkien paseando, lo hacemos bajo el imperio de los ruidos, entre las luces viol áceas, él mira al cielo y me explica que Thörr es el nombre del Trueno, y Miöllnir el martillo del relámpago y que el Trueno tiene la barba roja, la voz potente, el temperamento violento y la fuerza bruta y aniquiladora.
-¿Pero es esto verdad?.-le insisto preguntando.
Me contesta con las frases que pronunció en su célebre conferencia del 8 de marzo de 1939 en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, y que llevó por título “Sobre los cuentos de hadas”. Están recogidas en el volumen Árbol y Hoja y las he leído muchas veces. Sí, es verdad – me dice Tolkien -. Probablemente todo escritor, todo sub-creador que elabora un mundo secundario, una fantasía, desea en cierta medida ser un verdadero creador, o bien tiene la esperanza de estar haciendo uso de la realidad.
Pero mire usted -me sigue diciendo Tolkien mientras andamos -, la cualidad específica del “gozo“en una buena fantasía puede así explicarse como un súbito destello de la verdad. No se trata sólo de un “consuelo” para las tristezas de este mundo, sino de una satisfacción y una respuesta al interrogante: “¿Es eso verdad?”. La contestación que di al principio fue: “Si habéis creado bien vuestro propio mundo, sí; en ese mundo es verdad“.
El aire extremadamente caliente se expande ahora sobre nuestra conversación, el roce con el otro aire frío del ambiente produce tal onda de choque, tal estruendo en el relámpago, que raíces de luz iluminan el cielo de la cara de Tolkien mientras nos despedimos.